sábado, junio 10, 2006

Stalin. Primera parte.



STALIN: 50 AÑOS DESPUÉS DE LA MUERTE DEL TIRANO

“La revolución acaba con la mentira social. La revolución es la verdad. Comienza llamando a las cosas por su nombre [...] Pero la revolución en sí misma no es un proceso integral y armonioso. Está lleno de contradicciones [...] La propia revolución crea un nuevo estrato dominante que busca consolidar su posición privilegiada y es propenso a verse, no como un instrumento histórico transitorio, sino como la conclusión y la coronación de la historia”
(Trotsky. La revolución desfigurada: la escuela falsificación estalinista)

Hace cincuenta años que el mundo escuchó la noticia de la muerte de Stalin. Durante décadas, la maquinaria estalinista de propaganda alentó continuamente el mito de Stalin, lo presentó como “el Lenin actual”, quien, supuestamente, había dirigido el Partido Bolchevique junto a Lenin. Pero todo esto, simplemente, era algo fabricado con la intención de justificar la usurpación del poder por un tirano que destruyó el partido de Lenin, liquidó las conquistas políticas de Octubre y destruyó la Internacional Comunista.
En realidad, Stalin jugó un papel secundario en la historia del Partido Bolchevique. Entró al Comité Central en un momento en el cual había escasez de personas experimentadas en Rusia. Stalin, asistió al V Congreso del partido en Londres en 1907, pero no pronunció una sola palabra en ninguna de las sesiones. Stalin era lo que se podría llamar un “práctico” ¾un hombre de comité implicado en los aspectos administrativos y prácticos del trabajo del partido revolucionario¾. Nunca fue un teórico, un escritor o un orador. Estaba interesado en la construcción de la maquinaria del partido.
Personas como éstas pueden jugar un papel importante en el partido, en la medida que están bajo el control de una dirección firme ideológicamente y desarrollada teóricamente. Pero si intentan tomar el control del partido y sustituir la teoría por la estrechez organizativa, eso siempre es una receta acabada para el desastre. La ausencia de autoridad política y moral, siempre les lleva a recurrir al aparato para resolver los problemas internos. Esto, inevitablemente, sólo provoca crisis y divisiones. Además, tienden a abordar cada problema desde un punto de vista organizativo y administrativo. Esto ha ocurrido en más de una ocasión en la historia del movimiento revolucionario y siempre con resultados muy negativos.
Lenin nunca vio el partido de esta forma, aunque era perfectamente capaz de construir un aparato, y lo hizo en más de una ocasión. Para Lenin, el partido, en primer lugar, era un programa, ideas, métodos y tradiciones, y sólo en segundo lugar, un aparato para llevar estas ideas a la práctica. Comprendía los peligros que podían surgir si la maquinaria del partido escapaba al control político.

Stalin y la Revolución de Octubre

En varias ocasiones Lenin se enfrentó implacablemente en esta cuestión a los hombres de comité bolcheviques. En los momentos críticos, esos “prácticos” demostraron su total incapacidad para comprender las ideas revolucionarias y la teoría marxista, y quedaron totalmente desorientados. Eso ocurría con Stalin, el arquetipo de hombre de comité o apparatchik del partido. En estas personas, la intransigencia organizativa (o la clara bravuconería) es el reflejo, no de la fuerza, sino de la debilidad política. Stalin se unió a los bolcheviques, no por su claridad política y teórica, sino porque era una organización disciplinada y centralizada. No era casualidad que en 1903 la fracción de Lenin fuera conocida como “los duros”, frente a “los blandos” que apoyaban a Martov.
Sin embargo, la “dureza” de los bolcheviques, su intransigencia revolucionaria, sólo era una expresión de su línea política, que a su vez estaba arraigada en la teoría marxista. La organización centralizada no tenía significado en sí o por sí misma. Era sólo un medio para conseguir un fin. Sin embargo, los hombres del comité tenían tendencia a verla como un fin en sí mismo. De una forma peculiar, repetían la idea del revisionista Bernstein, quien decía: “el movimiento es todo, el objetivo final es nada”. Esta afirmación (en realidad sin sentido) refleja la mentalidad del “práctico” del partido, la estrechez mental del apparatchik o burócrata, que ve la revolución no como el movimiento propio de la clase obrera, sino simplemente a través de los anteojos de la organización del partido.
Como la mayoría de los hombres de comité, Stalin pudo demostrar su intransigencia en la etapa más intensa de la lucha de clases y, sobre todo, en la revolución, en estas situaciones se encontraba perdido. En cada momento clave de la historia del Partido Bolchevique, en el período previo a la revolución, Stalin vaciló y se adaptó al oportunismo y al conciliacionismo. Incluso llegó a describir las diferencias entre Lenin y los mencheviques como una “tormenta en una taza de té” y una pelea de emigrados. Esto provocó serios conflictos con Lenin, por ejemplo en 1912 y de nuevo en febrero de 1917, cuando, junto a Kámenev, estaba a favor de la unificación de bolcheviques y mencheviques.

Stalin en 1917

En abril de 1917, cuando Lenin exigió que los bolcheviques se posicionasen firmemente contra el gobierno provisional burgués, Stalin y Kámenev, inmediatamente, le repudiaron en las páginas de Pravda, afirmando que su posición era “inaceptable porque partía de la presunción de que la revolución democrático burguesa había terminado [...]”. (Pravda, 21 de abril (8) de 1917). Sólo después de una profunda lucha interna, Lenin consiguió convencer al partido de su postura.
Contrariamente a lo que dice la vieja mitología, el papel de Stalin en la revolución de octubre fue insignificante. Durante los años treinta se hicieron intentos absurdos de falsificar la historia con la intención de dar un papel especial al llamado Centro Militar Revolucionario, al cual pertenecía Stalin. En realidad, este comité sólo era un subcomité subordinado al Consejo Militar Revolucionario, que estaba dirigido por León Trotsky. Realmente, el famoso Centro Militar Revolucionario nunca funcionó y sólo fue recordado años más tarde cuando era necesario encontrar algún papel para Stalin en la Revolución de Octubre.
Era un orador pobre, el verdadero campo de acción de Stalin no eran las barricadas, las fábricas o los barracones, sino las oficinas del partido, donde trabajaba para cultivarse una capa de compinches. Maria Joffe, la viuda del dirigente bolchevique Adolph Joffe, que se suicidó en los años veinte para protestar contra los estalinistas, ella misma pasó veintiocho años en un campo de concentración de Stalin, comenta lo siguiente:
“Uno de los hombres de Smolny, débil e insignificante [...] nunca visitaba las fábricas o los regimientos; estaba sentado permanentemente al final del telégrafo, conectado con todas las provincias y ciudades. Aunque la encantadora y amable Elena Stasova era la secretaria del Comité Central, todas las instrucciones diarias, todas las respuestas a las preguntas urgentes y la rutina telegráfica normal, todo llevaba su firma [la de Stalin]. Por esa razón, las distintas organizaciones regionales y locales mayoritariamente sólo veían y recordaban un nombre en particular. Y, de acuerdo con las instrucciones, las respuestas iban dirigidas a él. Nadie en ese momento fue capaz de ver como este hombre, poco a poco, tenazmente, cortejaba a las provincias, éstas se acostumbraban a él y las ganaba para su bando. En ocasiones, llamaba a algún trabajador destacado para que viniera y le viera, por esa razón, en los congresos del partido, parece que tenía más amigos que cualquier otro. Les invitaba a una bebida “amistosa”, le gustaba conocer en detalle como funcionaba una organización en particular. Así era en 1917”. (Maria Joffe. One Long Night. pp. 69-70).
Qué Stalin en 1917 era prácticamente un desconocido fuera del estrecho círculo de activistas del partido se puede comprobar claramente al leer la famosa obra John Reed sobre la Revolución de Octubre: Diez días que estremecieron al mundo. En la introducción del libro, Lenin lo describió como la “versión más fiel de los acontecimientos”. “Recomienda firmemente este libro a todos los trabajadores del mundo” y añade que “le gustaría ver publicados millones de ejemplares del libro [...] y que fuera traducido a todos los idiomas”. Pero en este libro, que insiste en el papel de Trotsky, Stalin apenas es mencionado, a pesar de que sí menciona en 1917, en mayor o menor medida, a un gran número de personas. En el índice del libro se puede ver que menciona cincuenta y cuatro veces a Trotsky, mientras que Stalin sólo aparece en dos ocasiones. Este hecho expresa con toda certeza la verdadera situación. Esto también explica por qué el libro de Reed, a pesar de las entusiastas recomendaciones de Lenin, se retiró de todas las bibliotecas de la Unión Soviética durante los años treinta y no se volvió a reeditar en la URSS en vida de Stalin.

La democracia soviética

Una de las mayores calumnias que se repite hoy en día es que el leninismo y el estalinismo son iguales. En realidad, no existe nada en común entre el régimen de democracia obrera establecido por Lenin y Trotsky, y la monstruosidad totalitaria que Stalin edificó sobre los huesos del Partido Bolchevique.
En El estado y la revolución, escrito durante los días revolucionarios de 1917, Lenin estableció las cuatro condiciones que debía cumplir el poder soviético, no para el socialismo o el comunismo, sino para los primeros días del poder obrero:
Elecciones libres y democráticas con derecho a revocar a todos los funcionarios soviéticos.
Ningún funcionario recibiría un salario superior al de un trabajador cualificado.
No al ejército o la policía permanentes, sino el pueblo en armas.
Gradualmente, todo el mundo, por turnos, debería participar en todas las tareas de gestión del estado. “Cuando todo el mundo es un ‘burócrata’, nadie es un burócrata”.
Estos principios elementales del leninismo estaban incluidos en el programa del partido de 1919. Es verdad que, en unas condiciones difíciles donde la revolución se quedó aislada en unas condiciones de atraso terrible, hambre y analfabetismo, esta situación provocó distorsiones que eran inevitables. Pero eran deformaciones relativamente pequeñas, nada que ver con el monstruoso régimen que después instauró Stalin.
La verdadera causa de los problemas a los que se enfrentaron los bolcheviques fue el aislamiento de la revolución. Lenin y Trotsky formaron la Internacional Comunista en 1919 como una forma de romper este aislamiento. Este fue el único paso adelante. El programa del partido de 1919 se escribió aplicando los términos intransigentes del internacionalismo proletario. Comenzaba con la siguiente premisa: “ha empezado la era de la revolución proletaria mundial”.
En él se explicaba que, debido a la guerra, la “privación de derechos políticos o cualquier clase de limitación a la libertad, sólo eran medidas temporales”, pero cuando la guerra hubiera terminado el “partido tendría que reemplazarlas y eliminarlas completamente”. Pero este objetivo se tuvo que posponer debido a la invasión del estado soviético por parte de veintiún ejércitos extranjeros de intervención y que ahogaron al país en un baño de sangre.
A pesar de todo, la clase obrera disfrutaba de derechos democráticos. El programa del partido de 1919 especificaba que “se debía convencer a todas las masas trabajadoras, sin excepción, para que participaran en el trabajo de la administración del estado”. La dirección de la economía planificada principalmente estaba en manos de los sindicatos. No mencionaba la colectivización, sino que apoyaba distintos tipos de cooperativas.
Este documento inmediatamente fue traducido a los principales idiomas del mundo y se distribuyó ampliamente. Sin embargo, en 1936, en el momento de las purgas, era considerado un documento peligroso y se retiraron todos los ejemplares de las bibliotecas y librerías de la URSS.
Se creó una comisión, presidida por Stalin, para elaborar un nuevo programa del partido. Junto a Stalin, había otros veinticinco funcionarios del partido, incluidos Voznesensky, Beria y Bagrov, los veinticinco murieron más tarde fusilados al ser considerados “enemigos del pueblo”. Cuando Lenin y Trotsky estaban al frente del partido, los congresos se celebraban cada año, incluso durante los difíciles años de la Guerra Civil. Con Stalin, pasaron trece años hasta que se celebró el XIX Congreso del partido en octubre de 1952. Incluso se dio la situación grotesca de que durante muchos años la URSS estuvo gobernada por un partido que tenía un programa (teóricamente todavía válido) prohibido por la censura.
El secretario general nunca fue el puesto más importante de la dirección del Partido Bolchevique, tenía un carácter principalmente administrativo. Antes de Stalin, el secretario general era Sverdlov, un organizador excepcional y con una elevada talla moral. Pero Sverdlov murió en marzo de 1919. Lenin estaba ansioso por encontrar un sustituto y pensó que Stalin era el candidato adecuado. Pero Stalin no era Sverdlov. Desde 1919, con el crecimiento del nuevo aparato del partido, el puesto de secretario general se hizo más importante. En diciembre de 1919 se aprobó un mandato a través del cual el trabajo de los secretarios de distrito pasó a ser un trabajo a tiempo completo.
A partir de 1920, comenzaron las quejas sobre el “burocratismo” del partido. Pero estas quejas al principio estaban relacionadas con abusos individuales, trámites, etc., En ese momento, la URSS todavía era un estado obrero relativamente sano, con algunas desviaciones burocráticas menores. Pero eso cambió.
En la medida que la clase obrera estaba agotada y debilitada por los largos años de guerra, revolución y guerra civil, ésta cayó en la pasividad. Esto provocó un aumento colosal de la burocracia. El final de la guerra civil acrecentó el problema. La desmovilización del Ejército Rojo supuso que una parte importante del anterior personal militar fue absorbida por el aparato del estado. Estas personas principalmente eran comunistas honrados, pero se habían acostumbrado al método del mandato.
Lenin quería una persona fuerte en el centro del aparato del partido para eliminar la corrupción y el burocratismo. Pensaba que Stalin era esa persona, pero estaba equivocado. Una vez instalado en un puesto importante, Stalin comenzó a llenar las oficinas centrales del partido con compinches como Kaganovich, que fue puesto a cargo del Departamento Organizativo del Partido (Orgotdel). Este comité controlaba los nombramientos. Por lo tanto, tenía poderes para patrocinar a personas. A Sverdlov nunca se le habría ocurrido utilizar su puesto para beneficio personal. Y el propio partido era muy claro en la cuestión de los nombramientos y en los puestos no electos en general. El X Congreso del Partido, celebrado en condiciones muy difíciles, aprobó la siguiente resolución sobre los sindicatos:
“Por encima de todo es necesario poner en práctica [...] a una escala amplia, el principio electoral en todos los órganos [...] y suprimir el método de nombramientos desde arriba”.
Otra resolución decía que se debía garantizar que todos los militantes formaran “parte activa en la vida del partido, en las discusiones de todas las cuestiones que se planteen en el partido”. Además, “la naturaleza de la democracia obrera excluye cualquier forma de nombramiento que sustituya el sistema electoral”. (Ver KPRSS v rezolyutsiyakh, vol. 1, pp. 516-27 y 534-49).
En general, el sistema de nombramientos sólo debería ser permisible en condiciones de clandestinidad. Sin embargo, Stalin, sistemáticamente, utilizó el sistema de nombramientos para construirse una base de apoyo entre los funcionarios del partido que le estaban agradecidos por su promoción.

Lenin contra Stalin

Toda burocracia tiende a convertirse en un casta cerrada de elementos privilegiados, ansiosa sólo por defender sus intereses creados. Pensar que un estado obrero es de alguna manera inmune a estas tendencias es una locura. Pero en un estado obrero en condiciones de atraso extremo, con una clase obrera débil y exhausta y una población campesina en su mayor parte analfabeta, los peligros de la degeneración burocrática eran extremos. Por eso Lenin estaba alarmado. Veía que la burocracia podía minar y destruir el estado soviético, la historia demostró que estaba en lo cierto.
En un intento de luchar contra la burocracia, Lenin creó el Rabkrin ¾Inspectorado Obrero y Campesino¾ y puso a su cargo a Stalin. Pero en lugar de luchar contra la burocracia, el Rabkrin se convirtió en un semillero de burocracia. En una de sus últimas cartas, Lenin dice que el Rabkrin no tiene un átomo de autoridad y pide su reorganización. Lenin avisó en muchas ocasiones, especialmente en sus últimos escritos y discursos, del peligro de burocratismo en el estado obrero. Su consejo de quitar a Stalin de la secretaría general no era casualidad. Poco a poco se dio cuenta que Stalin representaba las mismas tendencias burocráticas contra las que estaba luchando.
Lenin, durante la etapa final de su enfermedad, inició una dura lucha contra Stalin por su manipulación de la cuestión nacional, una cuestión de vida o muerte para la revolución de octubre. En 1920, sin consultar con la dirección, Stalin efectuó lo que equivalía a un golpe, cuando preparó la invasión de Georgia, una república soviética controlada por los mencheviques. Enfrentado a los hechos consumados, Lenin consintió de mala gana pero hizo una dura advertencia para que se tratara a los georgianos con sensibilidad y respecto.
El secuaz de Stalin, Ordzhonikidze, se convirtió en el dictador virtual de Georgia. Lenin le bombardeó con instrucciones que pedían la moderación y aconsejaban que se hicieran concesiones a los mencheviques georgianos. Ignoraron estos consejos. La situación empeoró tanto que los agentes de Stalin actuaban como una fuerza de ocupación. Los dirigentes bolcheviques georgianos protestaron, pero les respondieron con las tácticas de la bravuconería y la intimidación. En una ocasión, un bolchevique georgiano fue agredido físicamente por Ordzhonikidze. Este acto no tenía precedentes, aunque no es nada si se compara con la violencia desatada posteriormente por Stalin y sus gángsteres.
En 1922 Stalin, Dzerzhinsky y Ordzhonikidze utilizaron la violencia y las tácticas intimidatorias para obligar al gobierno georgiano a aceptar los dictados de Moscú. Con Lenin seriamente enfermo, Stalin utilizó su control del aparato del partido para aislar completamente a Lenin. Pero Lenin descubrió lo que ocurría en Georgia, estaba escandalizado con la conducta de Stalin y sus secuaces ¾Dzerzhinsky y Ordzhonikidze¾. Esto tenía implicaciones serias no sólo para la cuestión nacional, también para el futuro de la democracia soviética en general. Comprendía claramente que Stalin y su camarilla burocrática estaban detrás de todo esto, de ahí su decisión de destituir a Stalin como secretario general.
Stalin intentó aislar a Lenin, utilizando su control del aparato del partido y los médicos del Kremlin. A pesar de su mala salud, Lenin dictó una serie de cartas a sus secretarias y las consiguió sacar en secreto con la ayuda de su esposa, Krupskaya. Uno de estos mensajes era un memorando secreto para Trotsky, pidiéndole que se hiciera cargo de la defensa de las posiciones de Lenin en el próximo congreso del partido. La existencia de esta correspondencia entre Lenin y Trotsky fue revelada a Kámenev por Trotsky, lo que éste no sabía es que Kámenev y Zinoviev habían formado un bloque secreto con Stalin.

El 22 de diciembre de 1922, Kámenev escribió a Stalin:

“Joseph:

Anoche me telefoneó T[rotsky], me dijo que había recibido una nota de St[arik] (Lenin, AW), quien, aunque está contento con el informe del congreso de Vneshtorg (ministro del comercio exterior, AW), quiere que T[rotsky] informe sobre esta cuestión a una fracción del congreso y prepare el terreno para plantear la cuestión en el congreso del partido. Aparentemente, significa fortalecer su posición. Trotsky no da su opinión, pero me preguntó si podía plantear el tema en la sección del CC responsable de la dirección del congreso. Le prometí que te lo diría y lo estoy haciendo:
Yo no podía llamarte por teléfono.
En mi informe voy a presentar con fervor la resolución en el Pleno de CC, te estrecharé la mano.

L. Kam[enev]”.

Stalin respondió inmediatamente:

“¡Camarada Kámenev!

He recibido tu nota. Pienso que deberíamos limitarlos a la declaración de tu informe sin llevar esto ante la fracción. ¿Cómo ha podido Starik organizar esta correspondencia con Trotsky? Foerster le prohibió completamente hacerlo.

J. Stalin”.

(Izvestiya Ts. Kom. KPSS, 1989, p. 191)

Estas dos cartas no se publicaron en la Unión Soviética hasta 1989. Cuando Stalin se enteró del memorando entró en cólera y llamó a Krupskaya para advertirla que no se entrometiera. Krupskaya intentó defenderse y en el curso de la conversación, Stalin, la atacó de forma lamentable, la llamó “puta” y “zorra sifilítica”. Estas expresiones ilustran perfectamente el carácter de Stalin y su grado de lealtad y afecto hacia el agonizante Lenin.
l día siguiente, Krupskaya, escribió a Kámenev, para protestar por la conducta de Stalin:

“Lev Borisych:

Con relación al breve dictado que me dictó Vlad. Ilyich, con el permiso de su médico, Stalin ayer me habló en términos muy groseros. Este no es mi primer día como militante del partido, durante estos treinta años no he escuchado una sola palabra grosera de ninguno de mis compañeros. Los intereses del partido y los de Ilych no tienen menos importancia para mí que para Stalin. Ahora, necesito ejercer un gran autodominio. Sé mejor que cualquier médico lo que le viene bien o mal decir a Ilyich, como también sé lo que le inquieta y lo que no. En cualquier caso, yo lo se mejor que Stalin. Recurro a ti y a Grigori (Zinoviev, AW), como los amigos más cercanos a V.I. y te pido que me defiendas ante esta ingerencia grosera en mi vida personal y ante estos juramentos y amenazas. No dudo de la decisión unánime de la Comisión de Control, con la cual Stalin se ha tomado la libertad de amenazarme, pero no tengo la fuerza ni tiempo que malgastar en esta pelea estúpida. Soy un ser humano y mis nervios ya están muy agotados.

N. Krupskaya”.
(Lenin. Obras Escogidas en ruso. Vol. 54, 1965, pp. 674-5).

El 5 de marzo de 1923, Lenin dictó una carta a Stalin donde rompía las relaciones personales y de camaradería con él, un acto sin precedentes. El mismo día, Lenin ofreció a Trotsky formar un bloque contra Stalin. Pidió a Trotsky que “emprendiera urgentemente la defensa de Georgia en el Comité Central”. Al día siguiente, Lenin envió a Trotsky tres notas sobre la cuestión nacional que había dictado diez semanas antes.
Si Lenin no hubiera caído enfermo, sin duda, Stalin habría sido destituido del puesto de secretario general. Una de sus secretarias recuerda que Vladimir Ilyich estaba “preparando una bomba” para Stalin en el congreso del partido. Envió una nota a los dirigentes bolcheviques georgianos, Mdivani y Makhradze, dándoles su apoyo “con todo mi corazón” contra Stalin.
Aunque Lenin había roto todas las relaciones con Stalin y exigía su destitución como secretario general, Stalin consiguió mantener su posición gracias a una serie de maniobras. Como resultado de estas maniobras, el testamento de Lenin no se hizo público, a pesar de las protestas de Krupskaya. En la reunión del Politburó y el Presidium donde se iba a discutir la cuestión, Stalin dijo:
“Sugiero que no hay razón para publicarlo, especialmente porque Ilyich no ha dado instrucciones para hacerlo”. (D. Volkogonov, Trotsky, p. 243).
El paso que dio Lenin para romper relaciones con Stalin no tiene precedentes. Su testamento era un golpe devastador. Pero el mensaje no se hizo nunca público. El testamento de Lenin permaneció oculto para la población de la URSS hasta que Kruschev lo citó en una sesión secreta del XX Congreso del PCUS, en 1956. Antes entonces, había sido publicado por los trotskistas en occidente, pero denunciado como una falsificación por los estalinistas. Fueron indecentes y desleales con la última voluntad de Lenin.

Después de la muerte de Lenin

Mientras Lenin vivía, la camarilla de Stalin actuaba con cautela. La memoria de la revolución de octubre estaban demasiado reciente y la autoridad personal de Lenin era demasiado grande. Pero cuando ya no estaba Lenin, comenzaron a maniobrar para tomar el control del partido. La ambición de Stalin aumentó con la muerte de Lenin, a quién temía de muerte. Después de la muerte de Lenin, una casta de funcionarios privilegiados usurpó el poder en la Unión Soviética. Dentro del partido estaba representada por la fracción burocrática que se había formado alrededor de Stalin.
Se creó un triunvirato secreto, formado por Zinoviev, Kámenev y Stalin, con el objetivo de aislar a Trotsky. En su testamento, Lenin sólo mencionaba a Trotsky como el miembro más capacitado del Comité Central, también decía que “no se debería utilizar contra él” su pasado no-bolchevique. Pero el triunvirato ignoró el consejo de Lenin y lanzaron una campaña vitriólica contra Trotsky, inventando el mito del “trotskismo”. Como parte de esta campaña, crearon el culto a Lenin. Contra los deseos de Krupskaya su cuerpo fue embalsamado y puesto en lugar público en el mausoleo de la Plaza Roja. Más tarde Krupskaya diría: “Toda su vida Vladimir Ilyich estuvo en contra de los iconos y ahora él se ha convertido en un icono”.
En esto jugaron un papel nefasto Zinoviev y Kámenev, motivados por consideraciones mezquinas de ambición y celos iniciaron una campaña de calumnias contra Trotsky. Cuando Lenin describió a Trotsky en su testamento como el miembro del Comité Central más capacitado, eso ofendió en particular a Zinoviev por que él se consideraba como el sucesor natural de Lenin. Por supuesto, las enemistades personales, los celos y las rivalidades nunca pueden determinar el resultado de un proceso histórico amplio. Más bien caen en el apartado de accidentes históricos. Pero como explicó Hegel la necesidad se expresa a través del accidente. Actuando como hicieron Kámenev y Zinoviev, sin duda facilitaron la tarea de Stalin y aceleraron en gran medida el proceso de degeneración burocrática.
Lenin no confiaba en Kámenev y Zinoviev, en su testamento advertía que su conducta durante la revolución de octubre no era casualidad. Una vez más, su juicio demostró ser correcto. Stalin les utilizó con el objetivo de desacreditar a Trotsky y después se volvió contra ellos. Más correctamente, ellos se volvieron contra Stalin cuando se dieron cuanta hacia dónde llevaba éste a la URSS. Durante un tiempo participaron con Trotsky en la Oposición de Izquierdas. Después, en un gesto típico, cuando las cosas se volvieron difíciles capitularon ante Stalin.
El discurso de Stalin en el funeral de Lenin fue un ejemplo típico de su hipocresía. Sentía alivio por la muerte de Lenin, porque sabía que Lenin estaba dispuesto a destituirle. Pronunció una oración funeraria en los términos del culto bizantino. Ya estaba fuera de peligro y ahora podía adular a Lenin por que éste había muerto, algunas veces los muertos son más útiles que los vivos. Utilizó el lenguaje litúrgico de la iglesia ortodoxa que Stalin había aprendido en el seminario, se parecía más a un sortilegio religioso que a un discurso marxista. Esto no era casualidad, mientras construía el culto religioso a Lenin, Stalin pisoteaba los principios más elementales y la política del leninismo. Bajo la bandera del “leninismo” se estableció el nuevo credo estalinista, el polo opuesto a las ideas del Partido Bolchevique.
Por supuesto, no hay nada nuevo en esto. En la historia, toda casta usurpadora siempre se ha visto obligada a ocultar su revisionismo con el disfraz de la “ortodoxia”. Las ideas comunistas revolucionarias de los primeros cristianos comenzaron a defender a los ricos y privilegiados cuando Constantino tomó el control del estado. La iglesia se convirtió en su contrario, se ha convertido en la iglesia de los ricos y privilegiados, sin embargo, lo hacía en nombre del hijo de un pobre carpintero y un rebelde de Galilea. Lo mismo ocurrió con Napoleón Bonaparte, mientras pisoteaba las tradiciones de la Revolución Francesa y se ponía la corona imperial sobre la cabeza, continuaba hablando el lenguaje de la república de Libertad, Igualdad y Fraternidad.

La Oposición Unificada

Más que una idea, el estalinismo comenzó como un ambiente concreto de reacción entre los funcionarios. La campaña contra el “trotskismo” era, en esencia, un reflejo de la reacción pequeño burguesa contra Octubre. La numerosa casta de funcionarios soviéticos estaba cansada de la tormenta y la tensión de la revolución, que asociaban con la idea de la “revolución permanente”, aunque el verdadero significado de esta idea eran un libro cerrado para ellos.
Stalin realizó una maniobra para aislar y acabar con la vanguardia leninista, organizó la conocida “leva Lenin”. Las puertas se abrieron y eso permitió la entrada y votación en el congreso de una masa de nuevos militantes, ignorando los estatutos del partido que establecían un período de premilitancia.
Maria Joffe recuerda:
“Las puertas del partido, que tan celosamente se guardaban para no permitir la entrada de personas indignas, se abrieron de par en par: obreros, oficinistas, funcionarios del servicio público, todos entraron en masa, convencidos por promesas de mayor alcance. Todo lo que necesitaban eran demostrar que eran “disciplinados” y que se “enteraban”. El significado político de la ‘leva Lenin’ era la disolución de las filas revolucionarias que fueron sustituidas por materia prima humana, no curtidos en la batalla, sin experiencia y sin una mente independiente, más bien tenían la antigua costumbre rusa, ahora de nuevo cultivada, de temer a las autoridades y obedecer ciegamente”. (Maria Joffe. One Long Night, pp. 71-2).
A finales de 1927, el 60 por ciento de los secretarios de los grupos principales del partido habían entrado después de 1921, es decir, después de la Guerra Civil. En el período de la revolución y la Guerra Civil, la militancia del partido no suponía ninguna ventaja e implicaba sólo riesgos y sacrificios. Pero después de 1921 todo esto cambió. El partido estaba en el poder y atraía a todo tipo de elementos arribistas. Debían su ascenso a Stalin y éste se basó en ellos para atacar al ala de izquierdas del partido.
En agosto de 1922 el partido tenía 15.325 liberados. Cuando se celebró el XIV congreso —en 1925— la cifra ya ascendía a 20.000. El salario de estos funcionarios era un 50 por ciento superior al de los trabajadores del gobierno y, lo más importante, disfrutaban de privilegios que no tenían los trabajadores. Por lo tanto, tenían intereses materiales que defender.
Sin embargo, la política antiobrera y anti-socialista de la burocracia, tenía que disfrazarse con fraseología “socialista”. Esto se consiguió con la “teoría” antimarxista del socialismo en un solo país. Cuando Stalin planteó esta consigna reaccionaria, violando todos los principios del leninismo, fue demasiado para Kámenev y Zinoviev. Rompieron con él. Después, intentaron defender las ideas básicas del leninismo y la revolución de octubre, aunque de una forma vacilante y poco entusiasta.
Finalmente, Kámenev y Zinoviev unieron sus fuerzas con Trotsky para formar la Oposición de Izquierdas Unificada, que incluía a destacados viejos bolcheviques, como la viuda de Lenin: Krupskaya. En una reunión de la Oposición de Izquierdas celebrada en 1926, Krupskaya dijo que “si Vladimir Ilyich hoy estuviera vivo, estaría en una de las cárceles de Stalin”. Era una prueba de lo lejos que habían ido las cosas, cuando Kámenev y Zinoviev capitularon y fueron asesinados por Stalin, Krupskaya fue silenciada con amenazas y el chantaje de Stalin. La advirtió que si seguía molestándole siempre podría encontrar otra “viuda de Lenin”.
En ese momento, Stalin viró a la derecho y unió sus fuerzas con Bujarin, que estaba a la cabeza del ala de derechas del partido, hizo concesiones a los campesinos ricos (kulas). Planteó una consigna directa a los campesinos: “Enriqueceos, desarrollad vuestras granjas y no temáis porque nos os impondremos restricciones”.

La expulsión de la Oposición

La Oposición defendía los principios del leninismo y de Octubre. Avisó de las consecuencias que tendría esta política desastrosa de compromiso con los campesinos ricos, en su lugar, la Oposición defendía los impuestos a los kulaks y la industrialización, incluidos planes quinquenales, todo esto unido a otras medidas destinadas a restaurar la democracia obrera frente al burocratismo y a la defensa del internacionalismo proletario.
Pero la lucha era desigual. Stalin movilizó todo el peso del aparato para aplastar a la Oposición. Despidieron de su empleo a los oposicionistas, les expulsaron del partido, les persiguieron y arrestaron. Stalin utilizó a bandas de matones para romper las reuniones de la Oposición. Todo esto era completamente ajeno a las limpias tradiciones del Partido Bolchevique.
Al giro a la derecha en Rusia siguió el viraje a la derecha en la política internacional. La política de Stalin y Bujarin provocó la ruina de la Internacional Comunista. Garantizó una derrota tras otra, en Estonia, Bulgaria, Gran Bretaña y la peor de todas, en China.
Stalin, el “práctico” de mente miope, intentó basarse internacionalmente en el ala de derechas, de la misma forma que se había basado en los kulaks rusos. Sin confianza en la clase obrera o en la Internacional Comunista, llegó a toda una seria de acuerdos y alianzas con los dirigentes sindicales de derechas en Gran Bretaña y con Chiang Kai Shek en China. Este último incluso entró en el Comité Ejecutivo Internacional de la Comintern, con un solo voto en contra, el de León Trotsky.
Cada nueva derrota de la revolución internacional profundizaba la desilusión y la desesperación de los trabajadores soviéticos y aumentaba la confianza de los burócratas.
Finalmente, en 1927, el XV Congreso del partido votó a favor de la expulsión de la Oposición. Fue llevada a cabo por los seguidores de Stalin pero fue el resultado de una decisión predeterminada. Trotsky y los otros oradores de la Oposición eran interrumpidos y acosados constantemente por los estalinistas, una violación clara de las tradiciones democráticas escrupulosas del partido de Lenin.
La burocracia triunfó no por los errores de la oposición o la capacidad de previsión de Stalin, sino porque la clase obrera estaba agotada después de largos años de guerra, revolución y guerra civil. Estaba desencantada y desanimada. Los funcionarios soviéticos se aprovecharon de la paz y el orden para continuar con sus tareas administrativas. No comprendían el internacionalismo bolchevique y recelaban de él. Eran igualmente hostiles a la democracia soviética que permitía a los trabajadores “interferir” en sus planes y en el funcionamiento de sus departamentos.
“La lucha política, en esencia, es la lucha de fuerzas e intereses, no de argumentos. La calidad de la dirección está, por supuesto, lejos de ser algo indiferente para el resultado del conflicto, aunque no es el único factor, en última instancia, sí es el factor decisivo. Cada uno de los bandos en contienda exige dirigentes a su propia imagen y semejanza”. (Trotsky. La revolución traicionada).
El argumento de que Stalin ganó porque fue más habilidoso y perspicaz que Trotsky es completamente falso. La lucha estuvo determinada por la correlación de fuerzas de clase y en ese momento era desfavorable para la vanguardia proletaria. Las personalidades de las fuerzas en contienda eran una característica completamente secundaria. Lo que aquí ocurrió fue el triunfo de la burocracia sobre la clase obrera soviética y su vanguardia. En la persona de Stalin la burocracia encontró un líder a su propia imagen y semejanza.

Stalin: el ejecutor del partido de Lenin

La política de Stalin-Bujarin creó una situación peligrosa en el campo donde los kulaks se estaban convirtiendo en una fuerza poderosa hostil al poder soviético. Aquí vemos el rudo empirismo y la ausencia de comprensión marxista de Stalin. En febrero de 1928 escribía: “La NEP es la base de nuestra política económica y seguirá siéndolo durante mucho tiempo”. En abril del mismo año, Stalin y el Pleno del Comité Central aprobaron una resolución en la que se decía: “sólo los mentirosos y los contrarrevolucionarios pueden extender rumores sobre la abolición de la NEP”.
La Oposición de Izquierdas advertía continuamente del peligro que representaba el kulak y pedía un cambio de rumbo. Pero todos sus llamamientos cayeron en oídos sordos. Pocos meses después toda esta política se convirtió en su contrario. Los kulaks organizaron una huelga de grano como primer paso para la contrarrevolución capitalista contra el poder soviético. A finales de 1927, la caída del suministro de grano en las ciudades había adquirido proporciones alarmantes. Con un giro de ciento ochenta grados Stalin anunció la “liquidación de los kulaks como clase”.
En 1930 Trotsky advirtió que la colectivización del campesinado debía hacerse de forma gradual y de forma voluntaria, y en ningún caso abrir un conflicto entre el proletariado y el campesinado. Defendía que no se colectivizara más del 20-25 por ciento de las granjas “por temor a que se excediese el marco de la realidad”.
Esto estaba en línea con la actitud de Lenin hacia la colectivización. En su lugar, Stalin insistió en colectivizar todo. En este proceso, no hicieron distinción entre los campesinos medios y los ricos. El resultado fue una guerra civil sangrienta y enviaron al campo al Ejército Rojo. Como resultado de la política lunática de Stalin, en 1932-3, una hambruna terrible asoló el país. Millones de personas murieron de hambre. Se dieron casos de canibalismo en Ucrania y Asia Central.
Desde un punto de vista económico no se podía iniciar una colectivización a gran escala cuando la industria soviética no estaba en situación de suministrar a las granjas colectivas los tractores y las cosechadoras necesarias. Como irónicamente dijo Trotsky: “Al poner juntos las azadas primitivas y los pobres caballos de los mujiks, no se crea agricultura a gran escala, de la misma forma que no se crea un gran barco de vapor juntando muchos barcos de pesca”.
Más tarde Stalin tuvo que dar marcha atrás, pero el daño ya estaba hecho. La agricultura soviética nunca se recuperó de este golpe. La política aventurera de Stalin de colectivización forzosa de la agricultura, provocó un desastre terrible. Stalin más tarde admitió ante Churchill que habían muerto de hambre diez millones de personas”. (Ver Churchill. The Second World War, vol. IV, pp. 447-8).
En el terreno de la industria Stalin zigzagueó de la misma forma. Cuando Trotsky, siguiendo los pasos de Lenin, defendió una política de industrialización basada en planes quinquenales y la electrificación del país, fue acusado de ser un “super-industrializador”. Stalin ridiculizó la propuesta de Trotsky de construir un proyecto hidroeléctrico en el Dnieper (Dnieperstroy) respondiendo que sería lo mismo que ofrecer a un campesino un gramófono en lugar de una vaca. Pero, de repente, después de denunciar la idea de Trotsky del plan quinquenal, Stalin proclamó “un plan quinquenal en cuatro años”.
Esto provocó una dislocación de la industria y se consiguió rectificar con grandes dificultades y con grandes pérdidas. Sin embargo, el lanzamiento del plan quinquenal fue un gran paso adelante para la URSS que permitió al país salir del terrible atraso e industrializarse en un corto espacio de tiempo. En realidad, Stalin robó algunas de las políticas de la Oposición de Izquierdas, a las que anteriormente se oponía. Por supuesto está fuera de toda duda que no aceptaba las reivindicaciones básicas de la Oposición, las relacionadas con la democracia obrera y el internacionalismo. El resultado no era una genuina política socialista, sino una caricatura burocrática.
Sin embargo, el viraje a la izquierda de la fracción de Stalin fue interpretada por muchos oposicionistas como una prueba de que su política estaba justificada. Varios destacados dirigentes capitularon, empezando con Kámenev y Zinoviev. Pero la capitulación es una pendiente resbaladiza. Se puede convertir en una costumbre. Capitularon por segunda vez y después, una tercera de la forma más rastrera, pero eso no les salvó. Stalin los utilizó y después los ejecutó. Ninguna capitulación pudo salvarles. La consolidación del estalinismo exigía la completa liquidación de los viejos bolcheviques.

El ascenso de la burocracia

Un punto de inflexión decisivo fue la abolición del Partmaximum*. Esta medida leninista tenía la intención de evitar la formación de una capa privilegiada de burócratas “comunistas”. Lenin explicó que la existencia de diferencias salariales era un remanente del capitalismo que desaparecería cuando la sociedad se encaminara hacia el socialismo. El desarrollo de las fuerzas productivas iría acompañado de una mejora general de los niveles de vida y las desigualdades disminuirían. Sin embargo, en la Rusia estalinista ocurrió lo contrario. Lejos de reducirse la desigualdad, aumentó enormemente la diferencia entre los niveles de vida de la clase obrera y las capas superiores de la burocracia.
En un discurso pronunciado en 1931 Stalin hablaba de la “vida feliz” de la población de la Unión Soviética. En ese momento los niveles de vida de los trabajadores eran muy bajos, los salarios de los trabajadores continuaron deprimidos a lo largo de los años treinta, a pesar de las colosales conquistas del Plan Quinquenal. Sí, la “vida feliz” era una realidad para millones de funcionarios del estado y el “Partido Comunista”; ellos vivían muy bien. Además de otros privilegios relacionados con el abastecimiento y el alojamiento, se creó una nueva red de “distribuidores” cerrados y restaurantes que eran de uso exclusivo para los altos funcionarios comunistas o del estado. Después, se crearon “tiendas estatales” especiales también para su uso exclusivo. En estas tiendas se podía comprar todo y a unos precios que los trabajadores no podían pagar.
Los principios de Lenin fueron pisoteados. Lenin había dicho que las diferencias salariales eran un remanente del capitalismo que deberían reducirse cuando la URSS se encaminara hacia el socialismo. Ocurrió precisamente lo contrario. Ciliga comenta el estilo de vida y la mentalidad del burócrata y sus familias:
“El valor de un hombre se medía por la elegancia de las vacaciones que podía permitirse, por su apartamento, mobiliario, ropa y la posición que ocupaba en la jerarquía administrativa. [...]
La diferenciación de la elite burocrática llegaba a otro plano; los maridos, las mujeres y los niños constituían tres grupos, cada uno con sus propias normas. Los maridos han desarrollado un sentido de la diplomacia, no son agresivos y no recuerdan ‘entrar en contacto con las masas’, no mantienen apariencias proletarias o revolucionarias. Se expresan en términos cautelosos. Las mujeres no tenían estas consideraciones. Su único pensamiento era cómo deslumbrar con sus vestidos, su palco en el teatro, la elegancia de sus casas, o las descripciones de sus vacaciones en tal o cual lugar o su viaje al extranjero. Eran conscientes de pertenecer a la ‘sociedad’ y vivían sólo para sus pequeñas ambiciones. [...]
En cuanto a los niños, estaban asombrados por la hipocresía de sus padres. Ellos querían llamar a las cosas por su nombre. ‘Aquí somos los jefes, ¿por qué ocultarlo?’ ‘¿Por qué no vestimos siempre con ropas elegantes? ¿Por qué sólo lo hacemos en ciertas ocasiones, mientras que en las demás debemos vestirnos con fingida modestia? ¿Por qué no salimos en coche si tenemos uno? ¿Por qué fulano lleva los niños a la escuela en coche mientras que papá no quiere hacerlo?’ La fraseología revolucionaria les molestaba, odiaban escuchar una y otra vez la palabra proletario”. (Ante Cigila. The Russian Enigma. pp. 118-9).
En estas pocas líneas está toda la información necesaria para comprender exactamente lo que ha ocurrido en Rusia, Europa del Este y China durante los últimos diez o veinte años.

Las Purgas de Stalin

Después de la muerte de Lenin, el PCUS experimentó un proceso de degeneración burocrática que terminó en la dictadura de Stalin. Pero para consolidar su poder, Stalin primero tenía que destruir el partido de Lenin. Lo hizo físicamente, exterminando el Partido Bolchevique y las célebres Purgas.
El Partido “Comunista” con Stalin se transformó en un club burocrático. En realidad, no era un partido, era parte del aparato del estado, un vehículo para controlar a la clase obrera y el avance de los arribistas. Aunque quedaban algunos verdaderos comunistas, la aplastante mayoría de sus militantes eran pelotas, aduladores, espías y parásitos.
En 1935 la Sociedad de Viejos Bolcheviques se disolvió, un mes más tarde lo hizo la Sociedad de Antiguos Prisioneros y Exiliados Políticos. La historia del partido se reescribió para glorificar a Stalin y éste no quería testigos incómodos a su alrededor que pudieran contradecirle. La juventud era una amenaza aún mayor. A iniciativa de Stalin se reorganizó drásticamente el Komsomol, con el objetivo de eliminar a los “enemigos del pueblo”.
Los primeros juicios políticos, en 1930, fueron los de la llamada oposición industrial. Ingenieros completamente inocentes sirvieron de chivos expiatorios para el caos económico provocado por la locura política del “plan quinquenal en cuatro años”. Se les acusó de organizar una red de sabotaje en nombre del Alto Mando francés. Se les obligó a confesar crímenes inexistentes y se les condenó a largas penas de prisión. Fue el ensayo general de Stalin de las Purgas de Moscú.
A éste siguió el juicio del “Buró de Socialistas Mencheviques”. Anteriormente, eran personas desconocidas que en determinado momento habían pertenecido a los mencheviques, pero ahora estaban inactivas. También confesaron la organización de un programa de sabotaje para preparar la intervención militar extranjera contra la URSS. En esa acusación no había ni un átomo de verdad, pero preparaba el terreno para cosas mayores.
Al XVII Congreso de octubre de 1934 se le aclamó como “el congreso de los vencedores”. Los delegados competían entre sí para cantar las alabanzas al Líder, pero casi todos los 2.000 delegados que asistieron a ese congreso, posteriormente, fueron víctimas del terror de Stalin. El congreso demostró que Kirov, el jefe del partido en Leningrado, era popular entre los delegados, demasiado popular. Recibió una sonora ovación al principio y al final, fue elegido para el Secretariado del Comité Central. Esto significaba que sería trasladado de Leningrado a Moscú, donde sería un rival para Stalin. Los desastres de la colectivización forzosa y el caos económico provocado por la mala gestión del Plan Quinquenal habían provocado muchas dudas sobre Stalin, y un sector del partido estaba a favor de sustituirlo por Kirov. Eso marcó su destino.
El 1 de diciembre de 1934 Kirov fue asesinado por un joven comunista llamado Leonidas Nikolayev, que había sido, oportunamente, militante de segunda fila en la oposición zinovievista de Leningrado. En realidad, Nikolayev trabajaba para la GPU y era una simple herramienta de las maquinaciones de Stalin. Qué Nikolayev era un provocador se puede comprobar en el siguiente hecho. Escribía un diario donde a principios de 1934 revelaba no sólo la actitud crítica hacia la dirección del partido, sino que también revelaba sus tendencias terroristas. Le descubrieron y fue expulsado del partido, pero después volvió a ser admitido. Eso le permitió continuar trabajando en el Instituto Smolny, los cuarteles generales del partido en Leningrado.
Debido a estas circunstancias es incomprensible que Nikolayev pudiera entrar en contacto con Kirov, quien, como todos los demás dirigentes del partido iba rodeado de guardaespaldas. Sin embargo, en el momento del asesinato, no había ni un sólo guardaespaldas a la vista. Inmediatamente después del asesinato, se dieron los pasos necesarios para acabar con todos los testigos y así ocultar las pistas. No sólo fue ejecutado Nikolayev, también fueron asesinados los guardaespaldas y el chofer de Kirov, además de las esposa de Nikolayev y otros miembros de su familia.
No existe la más mínima duda de que este asesinato fue planeado por Stalin. Temía a Kirov porque era su rival. En el momento en que Stalin perdía apoyos, el nombre de Kirov circulaba en los círculos del partido como un posible sustituto. Tenía que ser y fue eliminado.

El juicio a Kámenev y Zinoviev

Al principio se culpó de la muerte de Kirov a elementos de la Guardia Blanca, pero después, se fabricó la historia de que los autores reales eran Kámenev y Zinoviev, aquellos “brutos enemigos” que se decían guiados por el “mercenario fascista Trotsky”. En 1935 fueron llevados a juicio en secreto, acusados de la responsabilidad política del asesinato de Kirov. Después de haber capitulado una vez ante Stalin, ahora, capitulaban de nuevo. Stalin les prometió perdonarles la vida si confesaban y les envió a un campo de trabajo. Pero esto no era suficiente para Stalin. Les quería muertos. Así que después de dieciocho meses regresaron a Moscú para otro juicio.
El 19 de agosto, cuando estaba en pleno apogeo la discusión de la Constitución de Stalin (“la constitución más democrática del mundo”), 16 dirigentes ex – oposicionistas encabezados por Zinoviev y Kámenev, junto con Yevdokimov y Smirnov, fueron llevados a juicios acusados de cargos capitales. En esta ocasión fueron acusados, no de la “responsabilidad política” del asesinato de Kirov, sino de organizar actos terroristas contra Stalin, Voroshilov, Kaganovich y Zhdanov, siguiendo instrucciones directas de Trotsky.
Este juicio era una excusa para llevar a cabo arrestos en masa de todos aquellos que cuestionaban la dirección de Stalin. Durante las sesiones a los acusados se les obligó a arrojar basura sobre sí mismos. Kámenev testificó que: “él mismo sirvió al fascismo y que junto a Zinoviev y Trotsky habían preparado una contrarrevolución en la URSS”. Zinoviev declaró que: “el trotskismo es una variante del fascismo”. La naturaleza miserable de estas confesiones no les salvó: fueron ejecutados. Doce meses después de este juicio, sólo en Leningrado, 100.000 personas habían sido arrestadas o ejecutadas.
Los métodos de la GPU eran similares a los de la Inquisición. Los acusados eran sacados de la cama en mitad de la noche, los aislaban, golpeaban, torturaban, amenazaban a sus familias, les arrancaban a la fuerza una confesión falsa. Los interrogatorios se hacían ininterrumpidamente, día y noche, durante 16 y 24 horas, a los prisioneros se les impedía dormir (el sistema “transportador”). Los que no confesaban eran ejecutados o simplemente desaparecían. Utilizaban a provocadores para conseguir las denuncias. A los niños se les pedía que denunciaran a sus propios padres.
El principal motivo de las Purgas era liquidar el Partido Bolchevique, destruir a toda una generación de viejos bolcheviques y de este modo consolidar el dominio de la burocracia. Cualquiera que pudiera recordar los antiguas tradiciones democráticas internacionalistas del leninismo estaba en peligro. Como cualquier criminal común, Stalin comprendía la necesidad de eliminar a todos los testigos. Pero también había un motivo personal. Stalin era un mediocre que no se podía comparar a los antiguos dirigentes bolcheviques. Comparado con Bujarin, Kámenev e incluso Zinoviev, menos aún con un genio como Trotsky, Stalin era una nulidad. Y lo sabía. Por lo tanto, abrigaba sentimientos de venganza hacia toda la generación de viejos bolcheviques.
Stalin era un sádico que tenía interés personal en atormentar a sus víctimas. Llevó a Moscú los métodos primitivos de las peleas sangrientas georgianas, donde no sólo se asesinaba a los enemigos, también a sus familias. En cierta ocasión dijo: “No hay nada más dulce en el mundo que un plan de venganza sobre un enemigo, ponerlo en práctica y después, irte tranquilamente a la cama”. Él personalmente redactaba la lista de sus víctimas y decidía quién podía vivir o quién debía morir. De un total de 700.000 casos, personalmente firmó 400 listas, con un total de 40.000 personas. Una de estas listas eran los nombres de todos los principales lugartenientes y compañeros de armas de Lenin.
Stalin tenía una receta muy simple para el interrogatorio de los prisioneros: “Golpear, golpear y golpear de nuevo”. En la época de los primeros juicios el jefe de la OGPU-NKVD, era Genrykh Yagoda. Aplicó las directrices de Stalin, pero no lo hizo con el suficiente entusiasmo para el Vozhd. Stalin estaba furioso porque Yagoda no había obtenido en el juicio de 1936 las confesiones de Kámenev y Zinoviev por el crimen de Kirov. Le llamó y le dijo: “Tu trabajo es malo, Genrykh Grigorievich. Sé que Kirov fue asesinado siguiendo las instrucciones de Zinoviev y Kámenev, ¡pero no has sido capaz de demostrarlo! Debes torturarles hasta que finalmente digan la verdad y revelen sus relaciones”. (Anna Larina. This I cannot Forget. p. 94).
Yagoda era un funcionario corrupto y un arribista despreciable, sus manos estaban manchadas de sangre, pero era militante del partido desde 1907, estaba inhibido por las viejas tradiciones y algunas veces le costaba seguir las monstruosas órdenes que se esperaba que él cumpliera. Esto marcó su destino. Fue destituido, llevado a juicio, acusado entre otras cosas de envenenar al escritor Máximo Gorki, y posteriormente fue ejecutado. La acusación sobre Gorki es insignificante. Gorki, que tenía un corazón bondadoso, a menudo, solía interceder ante Lenin en nombre de personas que habían sido arrestadas e intentó hacer lo mismo con Stalin. Pero éste no era Lenin. Stalin encontraba irritantes las peticiones del anciano. Pero Gorki era demasiado famoso para llevarle a juicio por “trotskista”, así que con toda probabilidad Stalin acabó con él y acusó al desafortunado Yagoda. Esto era muy del estilo de Stalin.

El año 1937

1937 pasará a la historia como un sinónimo del terror desenfrenado de Stalin. El hombre que sustituyó a Yagoda, Nikolai Yezhov, era un monstruo a la imagen de Stalin. Ningún acto era demasiado bajo o sangriento para él, ninguna orden era demasiado atroz. Esta criatura era la encarnación perfecta de la contrarrevolución política de Stalin.
En los campos de trabajo, millones de personas pasaban hambre y trabajaban hasta la muerte. Entre 1929 y 1934 la esperanza media de vida era inferior a los dos años. Y todavía el Jefe decía que las condiciones en los campos de trabajo eran demasiado cómodas: eran “como centros de salud”. Hasta 1937, la administración de los campos de trabajo no llevó a cabo una política deliberada de exterminio de los prisioneros, aunque muchos murieron como resultado de la mala alimentación y el exceso de trabajo. Yezhov cambió todo eso. Cuando él se hizo cargo la situación empeoró. Para empezar la condena máxima, después de la pena de muerte, pasó de diez a veinticinco años. En la mayoría de los casos esto suponía una sentencia de muerte.
Según los datos suministrados por Yezhov a finales de 1936 y principios de 1937, sólo en las instituciones centrales de Moscú, fueron arrestados miles de “provocadores trotskistas”. Entre octubre de 1936 y febrero de 1937, fueron arrestados y condenados el siguiente número de trabajadores de los Comisariados del Pueblo: Transporte: 141; Industria de Alimentación: 100; Industria Local: 60; Comercio Interno: 82; Agricultura: 102; Economía: 35; Educación: 228; y así sucesivamente. Más tarde la situación empeoró. Sólo en un día, el 12 de diciembre de 1938, Stalin y Molotov sentenciaron a muerte a 3.167 personas, después se fueron al cine.
Ahora se sabe que la NKVD tenía cuotas de arrestos y que se esperaba que las cumpliera, como las cuotas de acero, carbón y electricidad durante el Plan Quinquenal. Yevgeniya Ginsberg relata la siguiente conversación que tuvo en prisión en 1937: “Como tártara, era muy simple convertirme en una nacionalista burguesa. En realidad, primero me catalogaron de trotskista, pero Rud envió de vuelta el informe diciendo que ya habían sobrepasado la cuota de trotskistas y que tenían pocos nacionalistas, aunque habían detenido a todos los escritores tártaros que recordaban”. (Yevgeniya Ginsberg. Into the Whirlwind. pp. 109-10).
La maquinaria propagandística de Stalin funcionaba en todo momento. Se organizaban reuniones con consignas como “¡Muerte a los mercenarios fascistas!” “¡Aplastar a las sabandijas trotskistas!” y “¡Trotsky es otra forma de fascismo!” El 6 de marzo de 1937 Pravda decía que “los trotskistas son un descubrimiento para el fascismo internacional [...] El número insignificante de esta banda no debe tranquilizarnos, debemos aumentar por diez nuestra vigilancia”. El 15 de marzo de 1938 Vechernaya Moskva decía lo siguiente: “La historia sabe que ninguno de los actos malignos iguala a los crímenes de la banda del bloque derechista-trotskista antisoviético. El espionaje, el sabotaje y la destrucción cometida por el mayor de los bandidos, Trotsky, y sus cómplices, Bujarin, Rikov y los demás, provocan sentimientos de furia, odio y desprecio, no sólo en el pueblo soviético, también en el género humano progresista”. (Citado por D. Volkogonov. Trotsky. pp. 381-2).
La historia sabe que ninguno de los actos malignos iguala a los crímenes de la banda del bloque derechista-trotskista antisoviético. Stalin desató una oleada de terror contra el pueblo de la URSS. Decenas de millones de personas inocentes fueron arrestadas, condenadas y enviadas al Gulag. Incluso fueron purgados los servicios de seguridad. En 1937-8, 23.000 funcionarios de la NKVD fueron arrestados. La mayoría delataron a otros para poder sobrevivir.
No todas las víctimas de Stalin fueron llevadas a juicio. El líder sindical, Tomsky, seguidor de la Oposición de Derechas de Bujarin, se suicidó. La esposa de Stalin, Nadezhda Alleluyeva, también fue empujada por Stalin al suicidio. Era una mujer honrada y decente, pero simpatizaba con Bujarin. Se pegó un tiro para protestar contra la perfidia moral y política de Stalin. Más tarde siguió el mismo destino Sergo Ordzhonikidze, el antiguo amigo y camarada de Stalin. El 18 de febrero de 1937, murió repentinamente, supuestamente de un ataque al corazón. En realidad, fue empujado al suicido por Stalin, que había arrestado al hermano de Sergo, lo había torturado y ejecutado sin razón alguna.
Los detalles de este caso fueron revelados por Kruschev en el XX Congreso del PCUS celebrado en 1956. En el mismo discurso reveló que del total de 139 miembros y candidatos al Comité Central elegido en el XVII congreso de 1934, 98 de ellos, el 70 por ciento, fueron ejecutados. Kruschev dijo que los arrestados fueron sometidos a torturas brutales y que sólo confesaron “todo tipo de crímenes brutales e improbables” cuando “ya no podían soportar más las brutales torturas”.

La destrucción del Ejército Rojo

Stalin recelaba del Ejército Rojo que había sido fundado por Trotsky. Muchos de sus dirigentes, héroes de la Guerra Civil, habían luchado con Trotsky y estaban bajo su influencia. Muchos de ellos eran personas con mucho talento y al menos una de ellas, M. N. Tujachevski, era un genio militar. Antiguo oficial del ejército zarista, Tujachevski se pasó al lado de la revolución y fue leal hasta su muerte. Dirigió el Ejército Rojo en la lucha contra Wrangel y los polacos.
En 1920 sus fuerzas llegaron a Varsovia, donde fueron derrotadas, en parte, porque los títeres de Stalin, Voroshilov y Budyonny, se negaron a aunar fuerzas con Tujachevski y prefirieron hacer la guerra por su propia cuenta, persiguiendo el objetivo completamente secundario de Lvov. Como resultado de esto, el Ejército Rojo fue derrotado en las puertas de Varsovia, un importante revés para la estrategia de la revolución mundial de Lenin, que llevó al aislamiento de la revolución rusa, aislándola de la revolución alemana.
El dictador polaco, Pilsudsky, más tarde reveló: “Nuestra situación parecía completamente desesperada. La única mancha brillante en el horizonte era el fracaso del ataque de Budyonny sobre mi retaguardia [...] el XII Ejército demostró su debilidad”. [es decir, el ejército que seguía las órdenes del comisario Stalin se había negado a ayudar a la fuerza de Tujachevski y se había separado de ella].
En 1935 Tujachevski fue ascendido a mariscal del Ejército Rojo. Era un puesto merecido. Este gran genio militar pronosticó que la Segunda Guerra Mundial sería una guerra móvil con tanques y aviones. Pero Stalin recelaba de él y sospechaba del Estado Mayor del Ejército Rojo. Cuando Tujachevski insistió en aumentar el número de aviones y tanques del Ejército Rojo, Stalin se negó, llamándole intrigante atolondrado. (Ver Dimitri Shostakovich. Testimony, p. 103).
El mediocre de Stalin siempre odiaba a las personas con talento. Odiaba y temía a Tujachevski porque su brillantez siempre le recordaba su propia incompetencia en cuestiones militares, donde le habría gustado ser un genio. Pero lo más serio es que Stalin vivía con el temor a un golpe militar. Por lo tanto, organizó una nueva maquinación para implicar a todo el Estado Mayor soviético. Acusó a Tujachevski y a otros líderes clave del Ejército Rojo, de ser aliados de Hitler.
El famoso compositor soviético Dimitri Shostakovich era amigo personal de Tujachevski. En sus memorias escribe: “Ahora es conocido que Tujachevski fue destruido por los esfuerzos conjuntos de Stalin y Hitler. Pero no se debe exagerar el papel del espionaje alemán en esta cuestión. Si no hubieran existido documentos falsificados que ‘delataban’ a Tujachevski, de cualquier forma Stalin se hubiera deshecho de él”. (Ibíd., p. 99).
Stalin sustituyó a este gran pensador militar por sus compinches, Budyonny y Voroshilov, dos incompetentes que pensaban que la Segunda Guerra Mundial ¡se lucharía con caballería! Dos semanas antes de la Segunda Guerra Mundial, ¡proyectaban películas propagandísticas en Rusia de Voroshilov y su caballería barriendo al enemigo! Sólo después de las primeras derrotas importantes del Ejército Rojo en 1941 Stalin fue consciente de su error, pero fue una lección muy costosa para la URSS. Lo mismo ocurrió con los cohetes. Stalin había ejecutado a todos los expertos en cohetes de Leningrado y después tuvo que empezar desde cero.
La Purga destruyó todo el cuadro dirigente del Ejército Rojo y dañó la capacidad defensiva de la URSS. Tujachevski, Yakir y otros, fueron ejecutados en secreto, lo que indica que se negaron a confesar. La Purga militar continuó durante 1938 y llevó a la eliminación del 90 por ciento de todos los generales, el 80 por ciento de los coroneles y 30.000 oficiales de baja graduación. Esto debilitó seriamente al Ejército Rojo en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Sabemos que fue uno de los factores que llevaron a Hitler a atacar la URSS. Silenció las objeciones de sus generales con el comentario: “Ellos no tienen buenos generales”.

El juicio de los veintiuno

En marzo de 1938 se inició en Moscú el juicio de los veintiuno. Bujarin, Rikov, Kretinski, Rakovski y otros miembros del llamado Bloque Trotskista de Derechas. Estos viejos bolcheviques fueron descritos por el ex–menchevique Vyshinski como “carroña fétida”, “canallas lamentables”, “malditas sabandijas”, “jauría de perros del imperialismo” y otras cosas por el estilo. Pravda describió esta parodia repugnante de juicio como “el tribunal popular más democrático del mundo”. Este veredicto fue aceptado por el “amigo de la Unión Soviética” más inesperado, Wiston Churchill, quien describió la representación de Vyshinski en el juicio como “brillante”.
El primer día del tercer juicio, el 2 de marzo de 1938, el antiguo menchevique Andrei Vyshinski, calumnió al hombre que Lenin había descrito en su testamento como “el favorito del partido”: “Bujarin, el que se sienta ahí con la cabeza agachada, es un traidor, tiene dos caras, lloriqueando, es una nulidad funesta que ha sido desenmascarado [...] como líder de esta pandilla de espías, terroristas y ladrones, como instigador de asesinato [...] Este sucio y pequeño Bujarin”. (The Case of the Anti-Soviet Bloc of Rights and Trotskyists. Registrado en las Actas del Juicio, Moscú, 1938, 99. 656-7).
Aunque es Vyshinski quien lee las líneas, su autor era Stalin, se burlaba y difamaba a su víctima antes de aniquilarla físicamente. Este era el método favorito del “amado líder y profesor”. “La hipocresía y perfidia de este hombre excede a la mayoría de los crímenes pérfidos y monstruoso conocidos en la historia de la humanidad”. Estas palabras no se pueden aplicar a Bujarin, un revolucionario perfectamente limpio, honesto y dedicado, pero sí describen perfectamente al propio Stalin.
Más tarde Bujarin declaró: “La confesión de los acusados es un principio medieval de jurisprudencia [...] Yo no me declaro culpable [...] Yo no se nada de esto [...] lo niego [...] niego categóricamente cualquier complicidad”.
No sólo los trotskistas fueron asesinados, también muchos estalinistas cayeron en desgracia ante el “amado líder y profesor”. Abel Yenukidze, por ejemplo, fue ejecutado por intentar salvar la vida de antiguos bolcheviques. No contento con asesinar a sus enemigos, Stalin se vengó de sus familias y amigos. Cientos de miles fueron enviados a los campos de trabajo, no sólo como “enemigos del pueblo”, también como chesirs o “familiares de un traidor a la madre patria”. Entre estas víctimas estaban la esposa y las hermanas de Tujachevski, la esposa de Bujarin, la primera mujer de Trotsky, su hijo mayor, Sergei, quién no participaba en actividades políticas, fue arrestado por negarse valientemente a denunciar a su padre y fue ejecutado.
Los métodos de la GPU quedaron al descubierto de una forma sorprendente durante los propios Juicios de Moscú. Cuando el propia Yagoda fue llevado a juicio, Vyshinski declaró (11 de marzo de 1938): “Yagoda está en la cima de la tecnología del asesinato y lo hace con las formas más enrevesadas. Representa la última palabra en la ‘ciencia’ de la bestialidad”. (Sudebny otchet po delu antisovetskogo trotskiiskogo tsentra, el informe oficial del juicio en rusa, Moscú 1937, p. 332). En medio de todo este pantano de mentiras y distorsiones que forman estos documentos probablemente es lo único verdadero.
Yezhov había conseguido el máximo poder. El culto a Yezhov se emparejó con el culto a Stalin. Yezhov era llamado oficialmente “el amado de la nación”. Los horrores que él infligía a sus víctimas eran conocidos como las “púas de Yezhov” (Yezh en ruso significa erizo). Las bardas de Asia Central cantaba al Padre Yezhov. Todo esto no era bien visto por Stalin que tenía un temor mórbido de sus rivales.
Yezhov incluso envió un borrador de decreto al CC, supuestamente a iniciativa de “incontables peticiones de los trabajadores” para que Moscú fuera rebautizada con el nombre de Stalinodar (Ver Volkoganov, p. 463). Sin embargo, Stalin no estaba lo suficientemente loco para aceptar. En su lugar, arrestó a Yezhov en 1938. Como era habitual, Stalin culpó de todos los horrores y dislocaciones de las Purgas a su títere Yezhov, a quien sustituyó por un títere georgiano, Lavrenty Beria. El “amado de la nación” desapareció en el Gulag, parece ser que fue ejecutado en 1939.

El asesinato de Trotsky

La única oposición seria a Stalin fue la Oposición de Izquierdas de Trotsky. Stalin leía todo lo que escribía Trotsky y había decidido eliminarle. Los trotskistas rusos (bolcheviques leninistas) mantenían su fe en los principios del bolchevismo y la perspectiva de la revolución mundial. Mantuvieron viva su organización incluso en los campos de concentración de Stalin. Organizaron huelgas de hambre contra sus atormentadores y sólo fueron silenciados por los pelotones de fusilamiento. Cuando se encaminaban hacia la muerte en la congelada tundra cantaban la Internacional.
Con estos métodos Stalin erradicó los últimos remanentes de las tradiciones del leninismo de la Unión Soviética. Pero una voz seguía desafiándole, la del principal lugarteniente de Lenin, el arquitecto de la revolución de octubre y fundador del Ejército Rojo, Lev Davidovich Trotsky. Mientras Trotsky siguiera con vida Stalin no podía descansar.
A pesar de todo, Stalin no se sentía seguro. Su persecución de Trotsky no sólo era una cuestión de odio personal, aunque también existía. Sobre todo era temor a las ideas y el programa de Trotsky y los bolcheviques leninistas, y a que éstos pudieran encontrar un eco entre la clase obrera soviética. No era un temor infundado. Entre la clase obrera soviética aumentaba el descontento ante las malas condiciones de vida y, sobre todo, ante la creciente desigualdad y los privilegios de la burocracia.
Incluso en el momento álgido de las Purgas existían síntomas del fermento subterráneo de descontento. A través de los informes del partido y del NKVD, Stalin era consciente de la verdadera situación. En 1937 los protocolos del partido de la empresa de construcción Medgorodsk (Smolensk), nos proporcionan una descripción inusualmente sincera de las condiciones de vida de los trabajadores:
“Se puede decir que los trabajadores en los barracones están en una situación hacinamiento y extrema desesperación, hay goteras que caen directamente sobre las camas de los trabajadores. El calor raramente llega a los barracones. La ropa de cama no se cambia y el trabajo sanitario apenas existe. No hay cocinas y los comedores están en construcción. No se puede conseguir comida caliente hasta la tarde, entonces, los trabajadores tienen que recorrer largas distancias para llegar al comedor. ‘Muchas de las mujeres’, dice una trabajadora del partido, ‘viven prácticamente en la calle. Nadie las presta atención; algunas de estas criaturas indefensas amenazan con suicidarse’. Además, ‘hay casos donde no se pagan los aumentos salariales. Todo este ‘abandono de las necesidades elementales de los trabajadores’, así como ‘la falta de cuidado a los seres humanos’ provoca ‘insatisfacción completamente justificada’ y amargura entre los trabajadores.
Algunos trabajadores describen el ambiente como “amenazante’ y ‘directamente contrarrevolucionario’. Por ejemplo, en una discusión sobre la constitución de 1936, un tal Stepan Danin, un carpintero, cita a los trabajadores de su brigada:
¡Debemos permitir la existencia de varios partidos políticos en nuestro entorno, como ocurre en los países burgueses; así podrán observar mejor los errores del Partido Comunista.
En nuestro entorno no ha desaparecido la explotación, los comunistas y los ingenieros emplean y explotan a los sirvientes.
No se debe fusilar a los trotskistas Kámenev y Zinoviev porque son viejos bolcheviques.
A la pregunta de un agitador de quién debería ser catalogado como viejo bolchevique, un trabajador respondió: ‘Trotsky’”. (Citado por M. Fainsod. Smolensk Under Soviet Rule, p. 322).
Stalin seguía muy de cerca las actividades de los trotskistas. Tenía infiltrados en sus filas y los artículos de Trotsky estaban cada mañana en su escritorio del Kremlin, a menudo, antes de que fueron publicados. Los agentes de Stalin en París asesinaron al hijo de Trotsky, León Sedov, que estaba jugando un papel clave en el movimiento. Este fue un serio golpe contra la Cuarta Internacional que todavía se encontraba en su fase embrionaria. Uno por uno, los colaboradores de Trotsky, los amigos y su familia, fueron asesinados por Stalin.
Un agente del NKVD, Sudoplatov, fue puesto al cargo del asesinato de Trotsky. El primer ataque armado en su casa de Coyoacán fracasó. Pero inmediatamente después vino otro. El 20 de agosto de 1940, Lev Davidovich fue asesinado por uno de los agentes de Stalin en Ciudad de México.

Alan Woods

* El Partmaximum, que es una palabra rusa, era una regla establecida después de la revolución de Octubre que limitó el nivel de los salarios que podían recibir miembros del Partido Comunista que servían como funcionarios del Estado. Aunque funcionarios y obreros especialistas recibían un salario mas alto que el de un obrero normal, los miembros del Partido Comunista no podían cobrar sueldos privilegiados sino que tenían que aceptar el sueldo de un obrero normal. El Partmaximum fue abolido en 1930.

viernes, junio 09, 2006

Napoleón Bonaparte. Un análisis marxista.

ASCENSO Y CAÍDA DE NAPOLEÓN BONAPARTE

El marxismo nunca ha negado el papel del individuo en la historia, pero ha demostrado cómo los rasgos personales específicos reflejan un contexto histórico y social determinado. La personalidad de aquellos que hacen la historia —para bien o para mal— ciertamente tiene una influencia sobre sus acciones. Pero atribuir a la personalidad una cualidad determinante sería caer en el burdo subjetivismo. Es necesario demostrar la relación dialéctica entre los factores subjetivos y objetivos. En esta ecuación el factor objetivo es el fundamental.
Los estudios psicológicos de los "grandes hombres y mujeres" con frecuencia sirven como una hoja de parra para enmascarar la falta de comprensión de los procesos socio-históricos amplios. El estudio de la historia se sustituye por las observaciones personales triviales. En lugar de ciencia tenemos chismografía. Los rasgos negativos y las peculiaridades de una gran persona se encuentran detallados en las memorias de un ayudante de cámara. Pero como dijo Hegel, el ayudante de cámara que recuerda estas trivialidades nunca hace historia.
El estudio cuidadoso del carácter y los antecedentes de Napoleón Bonaparte pueden suministrarnos algunas ideas útiles sobre su comportamiento, de la misma forma que una información similar de Hitler y Stalin pueden arrojar luz sobre ellos mismos. En su biografía de Stalin —una obra maravillosamente profunda sobre el materialismo histórico— Trotsky dedica el primer capítulo a la infancia y educación de Stalin, un componente necesario de cualquier biografía. Excluye cuidadosamente las exageraciones y conclusiones efectistas sobre el pasado de un hombre y toma como base aquellas relacionadas con lo que más tarde se convirtió. Trotsky, después de estudiar cuidadosamente las fuentes materiales, nos da una pequeña cantidad de información útil que nos puede ayudar a tener una comprensión más profunda de la evolución posterior de Stalin.
Los hombres y las mujeres hacen su propia historia, pero no libremente, en el sentido de que el alcance y los resultados de sus acciones están estrictamente limitados por el contexto socioeconómico que existe independientemente de su voluntad. Períodos históricos distintos requieren personalidades diferentes. Hay veces que la historia exige un Lenin o un Trotsky, pero hay otros momentos en que se hace notar un Stalin. Es el contexto histórico lo que da al individuo el campo de acción necesario. Pero existen determinadas circunstancias donde las acciones de un individuo o grupo de individuos pueden ejercer una influencia decisiva, inclinando la balanza en un sentido u otro.
Por supuesto, las características personales no pueden determinar el curso de los grandes acontecimientos históricos. Pero pueden influir e influyen en las formas específicas que adoptan los acontecimientos. No crean el flujo y reflujo de los procesos históricos amplios, pero sí pueden crear patrones muy complicados, contracorrientes y remolinos que afectan al corto y medio plazo. La personalidad de Stalin no fue la causa de la degeneración burocrática de la Revolución Rusa. Esto fue el resultado del aislamiento del primer estado obrero en el mundo en unas condiciones de atraso terrible. Pero el carácter de Stalin por supuesto dio a la reacción burocrática contra Octubre un tinte particularmente feroz y "asiático".
Toda analogía tiene sus limitaciones y sólo es útil dentro de las fronteras de estas limitaciones. Sin embargo, resulta llamativo para todo aquel que se tome en serio la historia que ciertas características personales reaparezcan constantemente en un contexto histórico determinado, como ciertas morfologías animales reaparecen en diferentes etapas de la evolución. Las similitudes entre, por ejemplo, Napoleón, Hitler y Stalin se han comentado en muchas ocasiones. De la misma forma, hay similitudes entre el carácter del zar Nicolás y su esposa alemana con el de Luis XVI y su esposa "austriaca" —María Antonieta—, incluso con Carlos I de Inglaterra y su esposa francesa. Normalmente se considera que son accidentes históricos que entran en la categoría de coincidencias extraordinarias.
La Revolución Francesa ofrece un material muy rico para el estudio de cómo se relacionan individuos diferentes con el proceso histórico. Las características de Danton y Robespierre les permitieron florecer y encontrar un eco en el período de ascenso revolucionario. Había hombres con visión, héroes que creían apasionadamente en los principios e ideales. En el período de descenso, cuando la revolución había agotado su potencial y había entrado en una espiral descendente, todo parece convertirse en su contrario. El tipo de individuos que surgieron en este período no tenían que nada que ver con los que surgieron durante la marea alta revolucionaria.
Aquí encontramos hombres y mujeres de una clase diferente. Estas personas tenían un carácter y personalidad concreto que se adaptaba perfectamente a la suerte cambiante de la revolución, el oportunista sin principios, el conformista adulador, el burócrata egoísta y el avaro cazafortunas. El nombre de Joseph Fouché resume perfectamente el carácter de las criaturas que pasaban con una enorme facilidad de un campo a otro, abandonando los principios y la ideología como si fuera un balasto inútil.

Los años de formación de Napoleón

El nombre de Napoleón está rodeado de tal cantidad de leyendas que es difícil separar la realidad de la ficción. Se dice que ya en la escuela demostró unas asombrosas cualidades para la dirección, incluso dirigiendo una batalla de bolas de nieve. Sin duda es el producto de la escuela mitológica napoleónica que durante el siglo XIX se promovió sistemáticamente en Francia por razones políticas. Difícilmente cuadra con la imagen general del niño reservado y taciturno que ha llegado hasta nosotros.
Napoleón era hijo de una familia corsa de clase media, en un momento en que Córcega todavía no era francesa. Anteriormente pertenecía a Génova y la población corsa no hablaba el francés sino el italiano. Eran, y son, un pueblo mediterráneo intensamente independiente, con un temperamento mediterráneo. A Napoleón siempre le cohibieron sus orígenes humildes y antecedentes provincianos. Procedía de una familia mediocre y fue a una academia militar mediocre, donde sus condiscípulos se mofaban de su intenso acento corso.
Según todas las fuentes, sus días de escuela no fueron el período más feliz de su vida. El resultado no es difícil de predecir. Era un niño difícil y reservado, resentido con sus iguales. Se hundió en sus estudios. Sus profesores consideraban que era "muy regular en su conducta" pero "pobre en baile y dibujo". La razón por la cual Napoleón carecía de lo que se llaman gracias sociales (algo que ocurrió durante toda su vida) fue que se sentía socialmente inferior, una inferioridad constantemente enfatizada por sus condiscípulos franceses adinerados. De esta infancia sale una imagen clara, decididamente no existió esta batalla de bolas de nieve donde él dirigió a sus condiscípulos. Era, en pocas palabras, un niño inadaptado e introvertido. Por otro lado, era excelente en matemáticas, una cualificación que decidió su especialización como oficial de artillería.
Fue un golpe de suerte —uno de los muchos que le beneficiaron— porque en el antiguo régimen la artillería era la rama más prestigiosa del ejército. Pero el mayor golpe de suerte de Napoleón fue nacer cuando nació, en la época de la Revolución Francesa. Napoleón, como muchos otros, fue obra de la revolución que puso al mundo del revés y para un joven ambicioso (siempre fue ambicioso, consecuencia de su resentimiento debido a su estatus inferior) presentaba enormes y nuevas oportunidades.
Las cosas no fueron mejor para él en la escuela de artillería que, al ser el sector más prestigioso del ejército, estaba llena de hijos de familias nobles que llegaban allí por las influencias, independientemente de su capacidad o ausencia de ella. El teniente taciturno y malhumorado procedente de una familia corsa de clase media, continuaba sintiéndose inferior y resentido con los aires de superioridad y los modales de los jóvenes aristócratas snobs que eran sus oficiales. El mundo anticuado de la jerarquía y la tropa le repelía y le disgustaba. Por esa razón, la Revolución llegó como algo caído del cielo y le dio la bienvenida con los brazos abiertos. No es necesario dudar de la sinceridad de los sentimientos revolucionarios que Napoleón abrigaba en esta época. Simplemente ajustaba las cuentas con aquellos que se habían negado a reconocerle y apoyarle.
En esta época Napoleón todavía se sentía demasiado corso. En realidad, la discriminación racial sufrida en la escuela había exacerbado su sentimiento nacional y provocado un profundo sentimiento de rencor contra todo lo francés. Pero la vida puede dar giros extraños. Ya se sabe que un amor rechazado puede convertirse en odio. En esa época Napoleón soñaba con ponerse a la cabeza del movimiento nacionalista corso. En ese momento, sus horizontes no iban más allá del deseo de hacerse un nombre por sí mismo en la isla de Córcega. Pero calculó mal. Dicen que nadie es profeta en su tierra y en su caso fue verdad. Los nacionalistas corsos estaban inclinados hacia las ideas monárquicas y reaccionarias, les disgustaban los ideales de la revolución. También desconfiaban de Napoleón que tuvo la mala suerte de ser visto como un provinciano corso para los franceses y como un intruso francés para los corsos.
Rechazado por sus compatriotas, Napoleón abandonó todos sus ideales nacionalistas. Más tarde pasó de ser un ardiente patriota corso a un defensor ferviente del centralismo francés. El líder nacionalista corso Pascal Paoli, apoyaba la causa monárquica y organizó una insurrección que fue aplastada por Bonaparte. Estas cosas no se olvidan y perdonan en una isla pequeña donde las ofensas de sangre forman parte de la vida cotidiana. Napoleón Bonaparte se vio obligado a huir de Córcega con su familia y desde entonces se convirtió en un implacable nacionalista francés. En esto existen importantes paralelismos con Hitler, que era austriaco pero se transformó en un defensor fanático de la superioridad racial alemana También con Stalin —el georgiano—, quien durante toda su vida habló un ruso espeso, pero que se convirtió en un seguidor igualmente fanático del centralismo gran ruso.
No hay nada sorprendente en este repentino giro de ciento ochenta grados. Napoleón nunca tuvo principios fijos en nada, excepto en su propio progreso. Sus tempranas simpatías republicanas puede que fueran auténticas pero lo cierto es que eran moderadas porque incluían una fuerte dosis de oportunismo. Se especializó en conseguir el favor de sus superiores para ascender en la escala del progreso arribista. Cuando le favoreció presentarse como un jacobino, se vistió con la bandera tricolor, pero más tarde, cuando su estrella palidecía, con la misma celeridad se puso en contra los jacobinos.

La pleamar de la revolución

Durante varios años el péndulo de la revolución giró profundamente hacia la izquierda. La tendencia más moderada constantemente era sustituida por otra más revolucionaria. En todas las etapas de la revolución la fuerza motriz eran las masas. En agosto de 1792, en medio de la guerra con Austria, los barrios obreros de París estaban en una situación de fermento. Las masas se levantaron contra la Asamblea y tomaron el Palacio de las Tullerías. Formaron un Consejo Municipal Revolucionario o Comuna y exigieron la convocatoria de elecciones —con sufragio universal masculino— para elegir una nueva Asamblea Nacional. Este movimiento de las masas impulsó la revolución aún más a la izquierda, creó una situación de doble poder. Los jacobinos, el ala más radical de la pequeña burguesía revolucionaria, creció rápidamente a expensas del ala moderada, los girondinos. En respuesta a las demandas de la Comuna, se eligió una nueva Asamblea en otoño de 1792, basándose en el sufragio universal masculino. Naturalmente, el poder en la Asamblea pasó a las manos del ala de izquierdas.
A partir de 1792 los destinos de la revolución estuvieron inseparablemente unidos a la guerra. En 1791 se había formado en Renania un ejército contrarrevolucionario en la emigración. El Conde d’Artois estableció sus cuarteles generales en Coblenz y sus agentes vagaban por Francia en busca de reclutas para la "liberación" de Francia. Fue esta amenaza la que provocó el inicio del Terror. El rey Luis y María Antonieta que constantemente participaban en complots y conspiraciones, mantenían correspondencia con Coblenz. Muchos oficiales monárquicos desertaron para unirse a los contrarrevolucionarios. La revolución estaba en peligro.
Las monarquías de Europa no podían tolerar la Revolución Francesa y se aliaron contra ella. La Primera Coalición de Austria, Prusia, Gran Bretaña, Países Bajos y España se formó en 1793. Como señala David Thomson: "Las causas inmediatas de la guerra incluían las intrigas de la corte y los emigrados, el clamor bélico de los girondinos en la Asamblea, la agresiva confianza en sí mismos de los revolucionarios, el descrédito del rey y la diplomacia prusiana. Pero su causa básica es más profunda. En términos modernos, se trataba de dos formas de sociedad basadas en principios completamente diferentes y si ambas podían coexistir pacíficamente. Francia había acabado con el feudalismo dentro de su propio territorio, había destruido las pretensiones del absolutismo real y fundado nuevas instituciones basadas en los principios de soberanía popular, libertad individual e igualdad. Las viejas instituciones, derrocadas en Francia, seguían existiendo en sus vecinos continentales. La influencia de la revolución se extendió, minando la posición de los otros gobernantes e implícitamente desafiando en todas partes los remanentes de la servidumbre, el feudalismo y el absolutismo. Los ideales revolucionarios eran demasiado dinámicos como para ser ignorados por el orden establecido" (David Thomson, Europe Since Napoleon, pág. 35).
El Duque de Brunswick publicó su famoso manifiesto declarando que sus ejércitos estaban interviniendo en Francia para suprimir la anarquía y restaurar la autoridad legal del rey, amenazando las vidas de los líderes revolucionarios. La respuesta de la revolución fue el manifiesto del 27 de julio de 1792. Después de las primeras victorias de los ejércitos revolucionarios, Francia ofrecía "fraternidad y ayuda" a todos los pueblos que deseaban seguir el ejemplo de Francia y afirmar su libertad frente al antiguo orden. Al manifiesto le siguió en diciembre una nueva declaración de la Asamblea, en ella se decía que Francia haría cumplir los principios sociales revolucionarios en aquellas partes donde estuvieran presentes los ejércitos franceses. Los ejércitos revolucionarios abolirían las obligaciones feudales y confiscarían la propiedad del clero y la aristocracia. Francia respondió a la amenaza de la contrarrevolución con una guerra revolucionaria contra la Europa monárquica.
La guerra tuvo el efecto de acelerar el proceso revolucionario. La recién elegida Asamblea se reunió el 21 de septiembre de 1792, un día después de que el ejército prusiano fuera derrotado por las fuerzas revolucionarias, y anunció la abolición de la monarquía. Después de la victoria en Jenappes, cuando los franceses ocuparon Bruselas, la República llevó a juicio a Luis. El 21 de enero de 1793, arrojó la cabeza del rey a la horrorizada Europa. Al ejecutar al rey la República había quemado sus naves. Ya no era posible dar marcha atrás.
En condiciones de guerra e invasión extranjera, la revolución tuvo que recurrir a medidas drásticas para defenderse. El establecimiento del Comité de Seguridad Pública y el Terror jacobino tenía la intención de asestar un golpe a la contrarrevolución. Esta era la marea alta de la revolución, pero también el punto en que el movimiento de masas había alcanzado sus límites e incluso había ido más allá de ellos. No era posible ir más allá sin sobrepasar los límites de la revolución burguesa, era algo que estaba objetivamente descartado. Las masas en París habían arrastrado todo a su paso e incluso comenzaron a tomar medidas contra la propiedad privada. En este momento, la burguesía y sus aliados de la clase media recularon ante la Revolución y el péndulo comenzó a girar en dirección contraria.
A pesar de su aparente jacobinismo, Napoleón siempre miraba a las masas con desconfianza. Odiaba a la "muchedumbre" de París. Cuando obligaron al rey a ponerse el gorro rojo en el verano de 1792, Bonaparte no disfrutó de las celebraciones. Su visión era la típica de un pequeño burgués clásico, odiaba a las clases superiores y temía a las masas. Su verdadera inclinación siempre fue hacia el "orden", la disciplina y su oposición al "fraccionalismo". Pero en 1793, cuando la revolución todavía estaba en pleno torrente, el joven Bonaparte de 23 años de edad todavía nadaba a favor de la marea. Sin la revolución Napoleón nunca habría sido lo que fue. La revolución recompensaba el talento y sin duda él lo tenía.
La gran oportunidad de Napoleón llegó en 1794 con el asedio de Toulon. Este puerto clave mediterráneo fue ocupado por los ingleses. Inglaterra era el verdadero baluarte de la reacción y patrocinaba las guerras contra la Francia revolucionaria que otros luchaban. Napoleón vio la oportunidad de dejar huella, lo hizo a través de una valentía notable y un alto grado de destreza en el uso de la artillería que decidió la batalla a favor de Francia. Su rápido ascenso hacia la fama y el éxito había comenzado.

Napoleón y el Thermidor

El avance de Napoleón contó con la ayuda de sus relaciones con los principales dirigentes jacobinos. Mantenía unas excelentes relaciones con Robespierre y utilizó su influencia para conseguir su ascenso a general de brigada. Su estrella estaba en ascenso. Pero después todo pareció derrumbarse. En el verano de 1794 Robespierre fue derrocado y ejecutado por la reacción thermidoriana. Las fuerzas que estaban decididas a frenar la revolución se unieron en la condena de los "extremistas" y "terroristas", aunque muchos de los que gritaban en voz alta eran antiguos extremistas y terroristas.
En realidad, el alcance del Terror se ha exagerado mucho. Teniendo en cuanta los estándares modernos fue un asunto relativamente suave. El Tribunal Revolucionario de París condenó a muerte a 2.639 personas, en total, las cortes revolucionarias condenaron a 17.000 personas. La gran mayoría de los que cayeron víctimas del Terror fueron ejecutados en ejecuciones sumarias en medio de una violenta guerra civil que hundió en la locura ciudades como Vendée y Lyón. La explicación a esta violencia se encuentra en el hecho de que la revolución se sentía amenazada por enemigos internos, pero sobre todo externos. El Terror demostró ser un instrumento contundente y cuando comenzó a volverse en contra de los revolucionarios y los trabajadores, se alejó completamente de las masas que eran la base de la revolución y esto finalmente provocó la caída del régimen jacobino.
La verdad es que la revolución había alcanzado su cenit y se había agotado. Los jacobinos de clase media no podían satisfacer las demandas de las masas que estaban empujando los límites de la propiedad privada burguesa. Cuando las masas comenzaron a sucumbir a la desilusión y al cansancio, Robespierre estuvo perdido. Cuando el instrumento del Terror se volvió en contra de la izquierda sólo consiguió destruir su propia base y entregar la iniciativa al ala de derechas.
Había comenzado su largo y doloroso declive. El Terror revolucionario jacobino fue sustituido por el Terror contrarrevolucionario thermidoriano. El Thermidor llevó directamente a la reacción, pero este drama no tuvo lugar en un solo acto. Inicialmente no fue un giro hacia la monarquía sino hacia el ala moderada del jacobinismo que pensaba que la revolución había ido demasiado lejos y deseaba detenerla. La lucha partidista a su vez reflejaba un cambio en la correlación de clases. Las masas de pobres urbanos, proletarios y semiproletarios, estaban alicaídas y apáticas. Su voz se ahogaba en medio de un coro de clases acomodadas que exigían orden.
La característica general de los termidorianos era su extrema mediocridad. Con la excepción de Carnot, un genio militar y un gran organizador, el resto era un racimo de oportunistas serviles y vergonzosos, hombres de intelecto limitado y sin visión. La base de clase de la nueva Convención consistía en empresarios, especuladores financieros, personas que se habían enriquecido estafando al ejército y, sobre todo, los terratenientes que ahora era la clase más grande de Francia y que proporcionó una base sólida de apoyo a Napoleón. Estos elementos apoyaron la Convención y la mantuvieron.
Fue el cambio de correlación de fuerzas de clase lo que predeterminó la victoria de los thermidorianos, a pesar de su mediocridad. Aunque sus oponentes jacobinos en general estaban más capacitados, su capacidad no les sirvió de nada cuando cambiaron las circunstancias. Las masas, que habían sido el resorte principal de la revolución, la fuente de toda su fortaleza, estaban agotadas, hambrientas y desilusionadas. En cambio, las fuerzas de la reacción cada vez tenían más confianza. Los legitimistas disfrazados salieron no se sabe de donde y comenzaron a intrigar y conspirar. En lugar de la austeridad, volvieron a ponerse de moda el lujo, el buen gusto y la alta sociedad. Ridiculizaban abiertamente las viejas virtudes revolucionarias de la igualdad y la fraternidad, mientras que la libertad sólo era para los nuevos ricos que habían hecho sus fortunas fuera de la revolución y ahora deseaban disfrutar de una vida en paz y tranquilidad.
El Thermidor desembocó en muchos cambios y en gran parte fueron imprevistos por la dirección. La Convención renunció a todos los intentos de hacer cumplir el Maximum, la ley que intentaba limitar los aumentos de precios. Esta era una medida que afectaba a las masas y aumentaba aún más su alejamiento de la revolución. La desmoralización y la apatía crecían, junto con la indiferencia hacia la política en general. Las masas estaban agotadas después de años de tormenta y tensión. Sus rebeliones ahora tenían un carácter desesperado, sin una perspectiva real.
En la primavera de 1795 la dislocación del comercio y el alto precio del pan provocó una agudización del malestar social. Estallaron revueltas en París, la población exigía "pan y la Constitución de 1793". Pero las masas rápidamente fueron aplastadas por las tropas del general Pichegru. En mayo un grupo de insurgentes, dirigido por rebeldes jacobinos, tomó la Convención hasta que fue expulsado por tropas regulares dirigidas por Murat y Menou. El ejército desmanteló fácilmente las barricadas en los distritos obreros. La Guardia Nacional, el aliado tradicional de los revolucionarios, fue reorganizada y se convirtió en una institución puramente de clase media.
El gran drama histórico afectaba a las vidas de muchos individuos. Como muchos otros, Napoleón se encontraba ahora en una posición delicada y peligrosa. Sus conexiones con Robespierre le comprometían a los ojos de la reacción. Fue investigado por acusaciones de terrorismo. Estos cargos a menudo tenían como consecuencia el afeitado con la "navaja nacional", como se conocía popularmente a la guillotina. Pero como muchos otros arribistas, cambió de camiseta y se adaptó al nuevo régimen. Una vez más los acontecimientos actuaron a su favor.
Los monárquicos, cansados de esperar en la sombra, comenzaron a impacientarse. Cuando la asamblea aprobó un decreto declarando que dos tercios de los diputados debían ser elegidos entre las filas de la vieja Convención, intentaron organizar una insurrección. Eso fue en octubre (Vendimiario). Esto alarmó a las autoridades que deseaban poner fin al gobierno jacobino pero que no querían regresar a la monarquía. Los monárquicos creían que había llegado la hora de ajustar cuentas con la revolución. Estaban equivocados. Fueron aplastados por la fuerza. La Convención llamó al general Barras en busca de protección. Su joven subordinado era Napoleón Bonaparte. Barras utilizó los servicios de Napoleón para aplastar la insurrección de París. Esta tarea requirió disparar contra civiles franceses. Muchos eran reticentes a cumplir con este deber, pero no Napoleón. Más tarde pronunció su frase de que había dispersado a la multitud con una "bocanada de metralla". En realidad fue mucho más que una "bocanada" ya que al menos murieron asesinadas doscientas personas.
Este incidente fue significativo porque por primera vez intervenía el ejército como una fuerza decisiva en la política interna francesa. Lenin explicó que el Estado es, en última instancia, cuerpos de hombres armados. Normalmente, el Estado es un arma en manos de la clase dominante, utilizada para contener a las masas. Sin embargo, hay períodos determinados cuando la lucha de clases alcanza un punto muerto en el cual las fuerzas en contienda se desequilibran. En estas circunstancias, el Estado puede elevarse por encima de la sociedad y adquirir un grado considerable de independencia. Este es el fenómeno que los marxistas denominan bonapartismo. Con ropajes diferentes se ha recurrido a él a lo largo de la historia de la sociedad clasista. En el mundo antiguo existía el cesarismo y Napoleón adoptó a César como su modelo de personaje histórico. En 1809 en una conversación con Canova comentó: "¡Qué grandes personas eran los romanos, especialmente en la Segunda Guerra Púnica! ¡Pero César! ¡Ah César! ¡Ese fue el gran hombre!".
Con cada paso atrás que daban las masas, crecía la insolencia y la confianza de los reaccionarios. Algunos de los legitimistas exiliados comenzaron a regresar y levantar la cabeza. Debido a la forma legal de la contrarrevolución, la Convención abandonó las constituciones redactadas por los jacobinos y los girondinos y redactó una nueva constitución que insistía más en los deberes que en los derechos. Esta constitución se impuso por la fuerza en octubre de 1795 y se mantuvo en vigor hasta diciembre de 1799, cuando fue sustituida por una bonapartista.
Hasta el último momento hubo gente dispuesta a luchar contra la contrarrevolución. En octubre de 1795 se formó la Sociedad del Panteón para luchar contra la nueva Constitución del Directorio. Publicó un periódico llamado Tribuna y el nombre del editor era François-Noël Babeuf, más conocido como Gracchus Babeuf. Cuando el directorio decidió cerrar la sociedad eligió a Napoleón para hacer el trabajo sucio. Babeuf y Silvain Maréchal respondieron con la creación de un comité insurreccional o "Directorio Secreto" formado por seis y preparado para la rebelión.
El significado de la conspiración de Babeuf fue recuperar la idea de la igualdad bajo la bandera del comunismo. Por un lado exigía la implantación de la Constitución de 1793, que había sido aprobada pero que nunca fue implantada. Por otro lado, proclamaron la "República de los Iguales" basada en la abolición de la propiedad privada y la supresión de la diferencia entre ricos y pobres. Se hicieron los preparativos para la insurrección, se acumularon armas y municiones. Los agentes revolucionarios penetraron en las unidades del ejército, la policía y la administración. Cuando se diera la señal, los ciudadanos de cada distrito de París tenían que marchar detrás de las banderas para apoyar a los amotinados del ejército. Se iban a tomar los edificios públicos y las panaderías.
La debilidad de esta rebelión se encontraba en su naturaleza conspirativa. En sí misma reflejaba el declive del movimiento de masas. Unos años antes no habría sido necesario organizar una conspiración para sacar a las calles al pueblo de París. Tenía todas las debilidades de una conspiración. Desde el principio se infiltró la policía. En víspera de la insurrección arrestaron a los conspiradores. El Directorio llevó a Babeuf y a los demás a juicio para intimidar a la oposición. Durante los tres meses que duró el juicio, Babeuf mostró un coraje admirable, utilizó el juicio como una plataforma para exponer sus ideas y denunciar el orden social existente. Fue ejecutado, una víctima del Terror Blanco. Pero sus ideas sobrevivieron mucho después de su muerte, gracias a la obra de su compañero, Phillippe Buonarroti.
La conspiración de Babeuf realmente fue la última bocanada de la Revolución Francesa, al mismo tiempo señalaba el camino hacia adelante. Su ejemplo sirvió de inspiración a los trabajadores franceses del siglo XIX y sus ideas tuvieron influencia en los jóvenes Marx y Engels.

Una república de dinero

Con la derrota final del ala de izquierdas el proceso de diferenciación entre ricos y pobres alcanzó su expresión extrema. Durante los últimos años del siglo XVIII cambió la atmósfera de toda la sociedad francesa. Las clases adineradas triunfantes controlaban la situación sin ninguna oposición. Su perspectiva de clase, su moralidad y valores de repente se convirtieron en los dominantes. La vieja austeridad fue sustituida por el florecimiento del lujo, la corrupción y el hedonismo. En su perspicaz biografía de Fouché, Stefan Zweig describe este cambio:
"Un nuevo señor estaba llegando al poder [...]. Este nuevo señor era el dinero. Apenas acababan de reposar los restos de Robespierre y los demás, cuando el dinero sufre una resurrección, se convierte en el todopoderoso y una vez más, aparece un innumerable número de pelotas y esclavos. Como antes de la revolución, las calles estaban llenas de hermosos carruajes tirados por caballos bien cuidados resplandecientes con sus nuevos arreos; y sobre los asientos acolchados iban encantadoras mujeres vestidas con sedas y muselinas caras, vestidas tan ligeramente que algunas parecían ir casi tan desnudas como las diosas griegas. Jóvenes dorados paseaban por el Bois, con levitas amarillas, marrones o escarlatas y ajustados mahones blancos. En su mano derecha llevaban elegantes fustas con empuñaduras doradas, estaban contentos de utilizarlas ahora, de nuevo, para azotar a los aterrados ‘terroristas’. Las perfumerías y las joyerías hacían sonados negocios. Por arte de magia aparecieron quinientas, mil salas de bailes y cafés. Se construían villas, se compraban y vendían casas, los teatros se llenaban; la especulación y las apuestas abundaban; las elevadas apuestas en el juego continúan detrás de las cortinas de damasco del Palacio Real. Dinero, dinero una vez más es lo que se tramaba, autocrático, arriscado y desafiante" (Stefan Zweig, Fouché, pág. 87).
Bajo el terror jacobino a las clases adineradas no les quedó otra alternativa que encubrir su riqueza. Ahora hacían ostentación de ella abiertamente. Además, se estaba produciendo una rápida redistribución de la propiedad. La consigna de la época era: "¡enriqueceos!". Los termidorianos se tomaron en serio esta consigna:
"Las fincas cambiaban de manos y el dinero se pegaba a los dedos. Las posesiones de los emigrados fueron subastadas y se convirtieron en una oportunidad de adquirir riqueza. Los assignants [papel dinero emitido por la Revolución] veían depreciarse su valor según pasaban los días, la inflación emprendió un rumbo frenético; la especulación monetaria con frecuencia era lucrativa. La gente con dedos ágiles y manos como garras, si sabían arrastrarse ante el gobierno, tenían bastante libertad para acumular reservas" (Ibíd., pág. 88).
Los nuevos ricos que ahora tenían el control eran arribistas y tenían las características habituales de los ricos advenedizos: vulgares en sus gustos y sin escrúpulos en la política, sobre todo deseaban poner a salvo sus conquistas del peligro de la restauración o la confiscación. Igualmente se oponían a la restauración monárquica y a las demandas de las masas. Miraron a su alrededor en busca de un salvador y lo encontraron en la persona de Napoleón. Los agradecidos termidorianos colmaron a su salvador con recompensas y condecoraciones. Fue agasajado en todos los salones de París, donde era presentado como el compañero y amigo más íntimo de Barras.
Pero tras las bambalinas estaban intranquilos. Alguien le dijo a Barras: "Ascended a este hombre o se ascenderá él sólo". Como recompensa por sus servicios al Directorio, Bonaparte fue puesto a cargo de la policía, una posición muy importante. Sobre la superficie era un funcionario fiel del Directorio, pero en realidad lentamente comenzó a acumular las riendas del poder en sus manos. A los 26 años de edad Napoleón por fín había "llegado" a su meta. Era un joven procedente de una familia humilde con pocas prerrogativas y ahora toda Francia estaba a sus pies.
Incluso tomó posesión de Josefina Beauharnais, la amante de Barras (aunque lo más probable es que ella tomara posesión de él). Se casaron en 1796. Lo que Napoleón no sabía era que Josefina era una de las espías de Fouché. No era muy difícil sobornar a este tipo de mujeres, las típicas cortesanas aristocráticas y semiaristocráticas que no jugaron un papel insignificante en el Thermidor. La frívola lady Creole quería trescientos sombreros y setecientos vestidos al año y por consiguiente siempre necesitaba dinero. Según las memorias de Fouché, éste la pagaba mil louis d’or para costear sus facturas y ésta a cambio le contaba todo lo que su marido le decía en la intimidad del lecho matrimonial. Este detalle nos da una idea certera de la moralidad del régimen de la reacción.

La campaña italiana

En este loco torbellino de explotación y especulación, se presentaban oportunidades espléndidas para que la Convención declarara la guerra a sus enemigos extranjeros. Si la guerra era una necesidad también era un gran negocio. Era una cuestión tan simple como hacerse rico vendiendo mala comida y botas rotas al ejército. Dar con la persona adecuada en el gobierno te podía abrir la puerta a contratos militares muy rentables. También eran las guerras de Napoleón. Cuando los austriacos se instalaron en el norte de Italia para apoyar a los Borbones, Francia se vio obligada a actuar y Napoleón dio un paso adelante más en su carrera.
La guerra italiana no sólo fue un buen negocio, también sirvió a otros objetivos. El Directorio era notoriamente corrupto y cada vez más impopular. Había abolido el Maximum y como consecuencia los precios se habían disparado. La pobreza y la desigualdad aumentaron. La guerra en Italia era una forma de desviar la atención pública de los problemas internos. En una situación donde las clases habían llegado a un punto muerto, el ejército se convirtió en la fuerza decisiva. Napoleón se presentó como un "soldado sencillo". Su popularidad aumentaba en la misma proporción que disminuía la del Directorio. Al enviarle a luchar en Italia el Directorio esperaba que fuera derrotado y perdiera algo de su popularidad. Además, las oportunidades de derrota parecían excelentes. El ejército estaba desmoralizado y hambriento, como el resto de la población. Pero Napoleón contó con la ayuda de su destreza y una gran dosis de suerte.
Como siempre su "suerte" derivaba de la Revolución. Los ejércitos revolucionarios derrotaron a los invasores porque estaban organizados en líneas revolucionarias y despertaban un entusiasmo revolucionario. El mérito de la organización de estos ejércitos no era de Napoleón, sino de hombres como Lazare Carnot, que desarrolló la idea de la "levée en masse" —servicio militar universal— que permitió crear un ejército de ciudadanos. Esto dio a Francia una ventaja tremenda sobre sus enemigos. Sólo Prusia podía rivalizar con ella porque había creado antes el ejército permanente.
La táctica principal de Napoleón era sencilla: concentrar fuerzas para asestar un golpe devastador contra el punto más débil del enemigo —preferiblemente el centro—. En la batalla de Lodi, él personalmente dirigió la avanzadilla francesa hacia un puente estrecho y derrotó a la retaguardia austriaca. Esta acción no fue decisiva porque el ejército austriaco escapó. Pero parece que sí convenció a Napoleón de que poseía poderes especiales para inspirar a los hombres en la batalla. En esto había algo de verdad, como confirmó el Duque de Wellington al comentar que el sombrero de Napoleón en el campo de batalla valía por 40.000 hombres.
La victoria de Napoleón provocó el colapso de la capacidad de fuego austriaca en todo el norte de Italia. Este acontecimiento tuvo gran significado histórico y político. La bandera tricolor ondeaba sobre Milán y en todas las ciudades de Lombardía. Por primera vez los franceses intentaban exportar la revolución como un arma contra sus enemigos monárquicos. Se aprovecharon de la situación basándose en el movimiento nacionalista antiaustriaco. La presencia del ejército francés sin duda dio un impulso al movimiento nacional, al menos en sus etapas iniciales. Pero como una vez dijo Robespierre: a nadie le gustan los misioneros armados con bayonetas. Los franceses no tenían dinero para financiar la campaña italiana y el ejército tenía que vivir de la tierra, eso significaba vivir de los campesinos italianos. Al inicio de la campaña se dirigió a las tropas en los siguientes términos: "Soldados, estáis mal alimentados y casi desnudos [...] os llevaré a las llanuras más fértiles del mundo, donde encontraréis grandes ciudades y tierras ricas. Acumularéis honor, gloria y riquezas".
Al principio los italianos daban la bienvenida a los franceses como libertadores. Estaban preparados para el cambio. Pero cuando experimentaron el saqueo y el robo de los franceses, su actitud cambió. Los elementos radicales de la clase media italiana culta en las ciudades principalmente eran pro-franceses. Pero la mayoría de los italianos consideraban a los franceses explotadores y ocupantes, dedicados al pillaje, el asesinato y la violación. Hubo explosiones de rabia popular que fueron sofocadas brutalmente.
Napoleón fue el responsable de todo esto. Si no era muy popular con los campesinos italianos, sí lo era entre sus soldados. Por primera vez en años el ejército francés estaba bien pagado. Esto fue a costa del pueblo italiano, pero este pequeño detalle no disminuía el verdadero entusiasmo que existía por Napoleón entre los soldados franceses. Ahora eran completamente leales a su general, o en cualquier caso, estaban mucho más cerca de él que del gobierno de París. Al menos él les pagaba y les permitía saquear.
Pero el saqueo perpetrado por los soldados de Napoleón era insignificante en comparación con lo que tomó el propio estado francés. En octubre de 1797 Austria firmó el Tratado de Campo Formio por el cual abandonaba Bélgica a Francia y reconocía su anexión; reconocía la nueva creación francesa de la República Cisalpina en el norte de Italia, la entrega de las islas Jónicas de la costa griega, pero mantenía Venecia y todos sus territorios en Italia y el Adriático. Con tratados secretos el emperador austriaco además prometió ceder a Francia zonas importantes de Renania y a cambio le prometieron parte de Bavaria y la exclusión de su rival Prusia de cualquier conquista territorial. El historiador Pierre Lanfrey escribe lo siguiente:
"Nuestro egoísmo nacional en general arroja un velo que oculta los motivos de esta rapacidad desvergonzada que caracterizó nuestra primera ocupación de Italia [...] La población prefiere dejarse seducir por frases hermosas y retóricas destinadas a adormecer a la multitud [...] De esa manera el verdadero significado de los acontecimientos permanece oculto y se produce cierta sorpresa cuando ese supuesto heroísmo y virtudes llevan al cínico tratado de paz de Campo Formio. La población no comprende por qué nuestro trabajo en Italia se deshizo tan rápidamente, ni por qué al final nuestra propia república fue condenada a sufrir su extinción a manos de sus propios soldados republicanos" (P. Geyl, Napoleon – For or Against?, pág. 87).

Napoleón contra el Directorio

Las noticias de las victorias de Napoleón en el Directorio no se recibían con escenas de júbilo, más bien les alarmaban. Con una maniobra transparente París intentó obligar a Napoleón a compartir su mando con el general Kellermann, pero el primero era un intrigante lo suficientemente astuto como para negarse. Había edificado su propia maquinaria propagandística que se complementaba con su propio periódico de noticias privado, El mensajero de Italia, que se vendía en París y daba informes entusiastas de sus hazañas militares. Se estaba convirtiendo en una fuerza a tener en cuenta. El Directorio, al que le rechinaban los dientes, tuvo que dar marcha atrás. Napoleón había ganado la primera prueba de fuerza contra sus "amos" de París. Palmo a palmo la correlación de fuerzas fue cambiando a su favor.
El Directorio tenía razones para estar alarmado. Napoleón no actuaba como un general victorioso sino como un gobierno en el exilio. Llevaba adelante sin permiso negociaciones con el Papa y el rey de Nápoles. Poco a poco fue tomando forma un régimen de doble poder. En el frente militar los ejércitos austriacos contraatacaron y fueron de nuevo derrotados. En Tívoli 8.000 austriacos fueron asesinados. Después cayó Mantua. Napoleón sin duda era mucho mejor general que sus enemigos austriacos. Pensaba más rápido que ellos y se movía también con mayor rapidez. Sobre todo, las tropas francesas estaban seguras de sí mismas y eran enérgicas. Napoleón tenían la habilidad —esencial en la guerra— de ir a la esencia de la situación, analizar todos los factores de la ecuación y actuar decisivamente. Inmediatamente veía los puntos débiles en las defensas enemigas y se concentraba en estos puntos.
A pesar de la conducta depredadora de su ejército, Napoleón devolvió Italia a los italianos. Por lo tanto su papel es contradictorio. Muchos italianos consideran este período el principio de la lucha de liberación nacional italiana. Después regresó a París donde le esperaban sus rivales con temor, sobre todo el débil y decrépito Directorio, que para librarse de esta molestia dirigió su atención a Inglaterra. Comenzó a planear una invasión que no llegó a nada.
Gran Bretaña era el principal enemigo de Francia. Era la principal fuerza marítima y comercial. Estaba dirigida por una oligarquía bajo el mando de William Pitt, un enemigo implacable de la Revolución. La gran riqueza de Inglaterra y su fuerza naval representaba una amenaza constante para Francia. Paradójicamente, Inglaterra salió ganando en la guerra con Francia. Se apoderó de las colonias francesas y holandesas. Todavía controlaba los mares. Por lo tanto, no tenía ningún interés en la paz y seguía siendo una espina clavada en el costado de Francia. Objetivamente, Inglaterra tenía razones para intentar estrangular el poder en ascenso de Francia antes de que estuviera en posición de desafiarla.
A diferencia del poder de Inglaterra, que al ser una isla descansaba sobre su armada, el poder de Francia estaba en sus ejércitos terrestres, constantemente surtidos con una fuente aparentemente inagotable de reclutas procedentes del campesinado. Esto dictaba las tácticas de ambas partes. Para golpear al enemigo Napoleón intentó llevar a cabo una guerra semirrevolucionaria contra Inglaterra apelando a los irlandeses para que se levantaran contra el dominio inglés. En 1797-8 se iniciaron los preparativos para una insurrección conjunta y la invasión, pero al final los franceses abandonaron a United Irishmen y fueron aplastados sin piedad. El poder marítimo inglés, socavado por la victoria naval en Cabo Vincent, fue suficiente para abortar los planes franceses de invasión.

La campaña egipcia

Frustrado en el frente anglo-irlandés, Napoleón buscó otro frente militar para consolidar su control del ejército. Este siempre fue el elemento clave de sus planes, necesitaba ir de victoria en victoria, mantener contentos a sus soldados con la perspectiva del saqueo y la gloria. También se adaptaba muy bien a su carácter de aventurero y jugador. Ideó un plan para invadir Egipto. Siempre había sido el objetivo de Inglaterra porque Egipto era clave para la India y el control del Mediterráneo Oriental. También favorecía su vanidad al compararse con Alejandro Magno. Recordando que éste último había llevado con él en sus campañas a Aristóteles y otros hombres sabios, decidió llevar un pequeño ejército de arqueólogos, artistas, ingenieros y científicos, que hicieron descubrimientos importantes. La ciencia de la egiptología comienza realmente con el descubrimiento de la piedra Rosetta que permitió descifrar la escritura jeroglífica.
La campaña egipcia comenzó bien. Tomó fácilmente Alejandría. Después llegó la terrible marcha sobre el Cairo que reveló una ausencia total de conocimiento del terreno. Los hombres morían como moscas debido al calor y la falta de agua. Era un ejército acostumbrado a vivir de la tierra, pero estos terrenos baldíos no tenían nada para vivir. Las condiciones eran tan malas que los soldados se suicidaban, enloquecían por el calor y la sed. En Giza se enfrentaron a un ejército de mamelucos y turcos. Pero en la batalla de las Pirámides, Napoleón demostró una vez más su capacidad para inspirar a sus soldados. Ahí hizo su famoso discurso: "¡Soldados! Desde las cumbres de estas pirámides cuatro mil años os observan".
Los egipcios no se parecían a un ejército moderno europeo y el ejército francés era el más diestro de Europa. Engels en el Anti Dühring explicaba la ley dialéctica de la transformación de cantidad en calidad con relación a la fuerza relativa de los soldados mamelucos y franceses. La batalla sólo duró dos horas y finalizó con la derrota completa de las fuerzas egipcias. Pero la armada británica inmediatamente anuló los efectos de esta victoria. Con Nelson al frente, un líder militar que era igual a Napoleón en osadía, energía e iniciativa, los británicos destruyeron la flota francesa en la Bahía de Aboukir. Napoleón se atascó en Egipto.
Marchó por tierra hacia Siria, en concreto a Acre, el antiguo centro de las cruzadas. Demostró una total crueldad al masacrar en Gaza a mil prisioneros turcos. ¿Por qué no? debió pensar el mismo hombre que no dudó en disparar a sus conciudadanos franceses en las calles de París. ¿Por qué debería perdonar la vida a una "raza inferior"? Aquí tenemos la verdadera cara del colonialismo europeo que se ha convertido en algo tan familiar para nosotros en una guerra colonial tras otra, desde la conquista británica de la India, pasando por la conquista belga del Congo, la estadounidense en Vietnam y ahora Iraq. Napoleón sentó un precedente para todo esto. En la batalla de Aboukir asesinó a miles de turcos. Esta carnicería acrecentó su prestigio en casa aunque a decir verdad no tenía demasiado mérito en un conflicto tan desigual.

El 18 Brumario

De regreso a París el Directorio se encontró con un problema serio. Los ejércitos franceses habían sido derrotados. La economía era un desastre. Las masas estaban inquietas. El débil gobierno estaba fracturado por las escisiones y las luchas fraccionales y de camarillas. Se tambaleaba al borde del abismo Un buen empujón habría provocado la caída. Probablemente muchos de sus miembros estaban contentos con las noticias de la victoria de Nelson en la bahía de Aboukir. La realidad es que habían muerto miles de marineros franceses, pero para ellos era más importante la humillación de Napoleón. Sin embargo, nada podía detener la desintegración interna del Directorio. Había madurado el momento para un coup d’état. Barras y Sieyès llegaron a la conclusión necesaria. Habían traicionado a Robespierre y ahora estaban preparando la traición al Directorio. Pero necesitaban una pequeña ayuda. Al enviar al extranjero a Napoleón el Directorio pensaba que se podía librar de él. En su lugar, consiguieron aumentar su popularidad y prestigio. Ahora Sieyès le invitó a restaurar el Orden, la especialidad de Napoleón.
La podredumbre del gobierno se pudo ver en el hecho de que Barras había iniciado conversaciones secretas con el exiliado Luis XVIII, mientras que otros sectores buscaban un acuerdo con el pretendiente al trono, Felipe, duque de Orleans. En septiembre de 1797 el Directorio evitó que la mayoría, que ahora consistía principalmente en monárquicos, llevara a cabo un golpe de estado. Para esta tarea el Directorio tuvo que basarse en Bonaparte, que le ayudó a expulsar a los recién elegidos diputados de la cámara, es el llamado coup d’état de Fructidor. Al basarse en la fuerza armada para resolver los problemas del parlamento, el Directorio demostró que estaba en bancarrota no sólo económica, sino también políticamente. Esto acercó un poco más el golpe de Bonaparte. El proceso se aceleró aún más con la anulación de las elecciones de 1798, los resultados de las mismas eran insatisfactorios para el Directorio (el coup d’état de Floreal).
En noviembre de 1799, el mes de Brumario según el nuevo calendario establecido por la Revolución, Napoleón llevó a cabo su golpe. Sieyès al principio le veía como el socio más joven. Imaginaba que él estaba utilizando a Napoleón cuando en realidad ocurría exactamente lo contrario. De la misma forma que Zinoviev subestimó a Stalin, también Sieyès subestimó a Napoleón. Pensaban que la clave de la política era la capacidad de intrigar y maniobrar. En realidad, estas cosas ocupan un papel menor en la política de los grandes acontecimientos históricos: son la calderilla de la historia. Y son importantes sólo para los hombres y mujeres con mentes pequeñas.
Las grandes transformaciones históricas —revolucionarias o contrarrevolucionarias— no están determinadas por cálculos diplomáticos, intrigas y maniobras, o por la "inteligencia" de los participantes. Están determinadas, en última instancia, por los grandes cambios en la correlación de fuerzas de clase. Eso es lo que establece las reglas fundamentales y los límites dentro de los cuales las cualidades personales, la inteligencia, la iniciativa, etc., de los caracteres dirigentes puedan ponerse en juego. Naturalmente, la previsión y las capacidades personales de los protagonistas juegan un papel. Pero su capacidad de determinar el resultado final está estrictamente limitado. En el período de reflujo de la revolución, el elemento de la pequeña intriga asume un mayor significado que en el período de ascenso revolucionario, cuando el papel decisivo lo juegan las masas. Pero en cualquier caso, no puede afectar de forma decisiva al resultado final.
Por su carácter aventurero y de oportunista sin principios que había salido de la revolución, aunque nunca fue realmente un revolucionario, Napoleón se adecuaba admirablemente al papel de verdugo. Además, tenía una ventaja inconmensurable sobre sus rivales, él contaba con la lealtad del ejército, el ejército campesino que imaginaba que sólo él era la encarnación de la revolución que les dio la tierra y ahora estaba comprometido con la extensión de los ideales de la revolución y la gloria de Francia en los demás países.
Por supuesto esto era completamente incierto. Los campesinos franceses consiguieron la tierra con métodos revolucionarios. Después del 14 de julio de 1789 se levantaron y quemaron el chateaux de los terratenientes, destruyendo los archivos feudales y afirmando su libertad de las obligaciones feudales. Pero con el paso del tiempo la mitología sustituyó la realidad y todo se confundió en la mente de los campesinos huérfanos políticamente. En la historia un mito puede cobrar vida propia y convertirse en un factor poderoso. Esto se demostró con la persistencia durante generaciones del mito napoleónico entre los campesinos franceses.
Napoleón maniobró entre las clases, apelando ahora a la derecha y después a la izquierda, para fortalecer su propia posición. A la burguesía le prometió Orden y el final de los disturbios revolucionarios, mientras que a los soldados les hablaba demagógicamente de salvar la revolución de los conspiradores monárquicos. No era ni lógica ni consistente. No necesitaba serlo. Tenían 80.000 argumentos excelentes encarnados en sus soldados. El ejército tenía la espada pendiendo sobre la cabeza de sus enemigos que él utilizaba en cualquier momento.
La conducta de Napoleón durante el golpe de estado del 18 Brumario no reflejaba mucho el prestigio que tenía, no fue su mejor momento. A la hora de la verdad, cuando intentó dirigirse a la Convención y fue interrumpido con los gritos de sus oponentes, se reveló como una figura ridícula. Valiente personalmente y decidido en el campo de batalla, su audacia no le sirvió en el campo del debate. Se redujo a tartamudear ideas de lo más comunes sobre el "Dios de las batallas" en medio de las burlas de los diputados hostiles. En determinado momento miró como si todo fuera a ser abortado por un puñado de alborotadores parlamentarios, a pesar de que la mayoría de los diputados ya estaban comprados y el ejército estaba en su bolsillo. Al final, tuvo que ser rescatado por sus amigos que le arrastraron fuera de la Cámara. Sólo las bayonetas de sus soldados le salvaron de una derrota vergonzosa.
Napoleón fue nombrado Cónsul junto a otros dos, pero pronto les apartó a un lado. En realidad, era el gobernante supremo de Francia con poderes monárquicos. Incluso acabó con los últimos vestigios de la revolución, Napoleón hablaba en su nombre. Insistía en que no deseaba tomar el poder por sí mismo, que sólo quería defender el orden revolucionario, consolidarlo, purgar a los canallas y a los enemigos, y dirigirlo a la victoria. Para cumplir este objetivo eran necesarias la disciplina y la unidad. Como en la antigua Roma, en momentos de gran peligro para la República era necesario que ésta entregara el poder a hombres que sabían como defenderla. En vísperas del golpe de Barras confió en el jefe de policía Fouché: "Necesitamos una cabeza y una espada", sugiriendo que Barras era la cabeza. Pero al final los papeles se cambiaron. Barras y Sieyès pensaban que estaban utilizando a Napoleón pero en realidad eran ellos los que estaban siendo utilizados. Cuando su utilidad desapareció fueron arrojados al polvo de la historia.

¿Qué es el bonapartismo?

La tendencia hacia el gobierno de un solo hombre —hacia la dictadura— se iba imponiendo de una forma irresistible. En una situación donde las fuerzas en contienda se han agotado, el ejército (es decir, el estado) se eleva por encima de la sociedad. Emerge en la forma de dominio de la espada —la característica esencial del bonapartismo—. Pero a la cabeza del ejército está el comandante, el generalísimo, el jefe supremo. No es casualidad que la palabra emperador proceda de la palabra latina imperator, que simplemente significa comandante del ejército. El jefe del ejército ahora se presenta como el jefe supremo de la nación, la personificación de la nación. Se presenta como alguien por encima de todos los mezquinos intereses de clase, partidos y fracciones. Él pretende representar al conjunto del pueblo, habla en su nombre. Desde su exilio final en Santa Elena, Napoleón protestó y dijo que su única motivación era su amor a "Francia". Pero como él identificaba Francia con su propia persona, su voluntad y sus caprichos, no hay contradicción aquí. Luis XIV dijo "yo soy el estado", y todos los bonapartistas de la historia dicen "yo soy la nación".
Sin embargo, el gobierno de la espada no agota la definición de bonapartismo. Hay muchos tipos de gobierno que se basan en la espada. El bonapartismo tiene unas características particulares que surgen porque expresa una situación específica donde las fuerzas de clase antagónicas están en un estado de equilibrio inestable. En esta posición, el gobernante bonapartista tiende a equilibrarse entre las clases. Napoleón se apoyó en un momento en la izquierda para asestar golpes a la derecha, y en otro momento, se basó en la derecha para dar golpes a la izquierda. En todo momento él incrementaba su propio poder.
Napoleón era "todas las casas para todos los hombres". Esto le permitió ganar el apoyo de muchos oponentes del ala de izquierdas del Directorio —antiguos jacobinos que deseaban restaurar la revolución con sus principios originales e imaginaban (equivocadamente) que Napoleón era el hombre adecuado para cumplir esta tarea—. En su lenguaje y comportamiento del primer período, no hizo nada para desalentar esta creencia ingenua. Pero en realidad, mientras hablaba de "izquierda" se dirigía hacia la derecha, este giro inevitablemente terminó en la coronación de un nuevo emperador, la restauración de la nobleza y el Concordato con el Papa. El error de estos jacobinos que apoyaban a Napoleón era el mismo que cometieron viejos bolcheviques como Kámenev y Zinóviev que capitularon ante Stalin en el período de 1927-31, creyendo que éste frenaría a Bujarin y al ala de derechas, que introduciría la colectivización y que los planes quinquenales supondrían el regreso al leninismo. Pronto se desengañarían.
Todo régimen insurrecto debe pagar un servicio al régimen que ha derrocado. A pesar de su esencia reaccionaria, el bonapartismo había surgido de la revolución y aquellos que usurparon el poder todavía se sentían obligados a prestar un servicio a ella. De la misma forma que el emperador Augusto continuó manteniendo las formas externas de la República Romana mucho después de que la hubiera destruido, Stalin, el ejecutor del Partido Bolchevique, también continuó hablando en nombre del leninismo y la Revolución de Octubre. Aunque la contrarrevolución ya había liquidado el régimen político de 1793 Napoleón continuaba hablando el lenguaje de la revolución.
El régimen bonapartista de Francia proclamaba estrepitosamente los valores republicanos: libertad, igualdad y fraternidad, especialmente fuera de Francia. De este modo, encontraba eco entre la clase media liberal y progresista y entre la clase obrera de otros países. De la misma forma, Stalin en Rusia recibió el apoyo entusiasta de los trabajadores de otros países que imaginaban que mantendría el comunismo y los ideales de octubre, incluso cuando estaba pisoteando los ideales en Rusia e internacionalmente. En ambos casos, la contrarrevolución continuaba hablando el lenguaje de la revolución y esta era una fuente importante de fuerza en la arena internacional.
La realidad fue que el bonapartismo dio el coup de grace final al régimen político establecido por la revolución. Con el pretexto de "eliminar excesos" y "abolir el Terror", Napoleón realmente estaba diciendo "la revolución ha terminado". Su base de clase era la gran capa de personas que habían salido bien de la revolución y ahora deseaban vivir en paz y tranquilidad para disfrutar los frutos de su éxito. Napoleón prometió defender la revolución tanto contra los monárquicos, que deseaban dar marcha atrás al reloj a 1788, como contra las masas plebeyas y semiproletarias que habían perdido el poder político en 1794.
"Siempre trató a los trabajadores como inferiores", escribe Alphonse Aulard, "por una ley del Año XI y el decreto del Año XII [1803 y 1804] les puso bajo la supervisión policial, les prescribió la posesión de una tarjeta de identidad sin la cual podían ser arrestados por vagabundos, una vez más prohibió los sindicatos y las huelgas bajo pena de prisión, encargó al Prefecto de Policía la resolución de las disputas laborales. Hubo un retroceso hacia el anciente régime cuando el Código Napoleón impuso que en estas disputas la palabra del empresario era la que valía. El plebiscito podría ser la base del nuevo régimen, pero aquí como en los otros casos, Bonaparte mostró evidencias de una inclinación a destruir la igualdad y dividir la sociedad francesa en una clase burguesa privilegiada, social y políticamente, y una clase plebeya subordinada". (Ver P. Geyl, p. 321).
Los trabajadores, agotados por los esfuerzos del período anterior, no ofrecieron resistencia al régimen bonapartista, aunque a media voz lo maldecían. Las ciudades obreras se mantenían tranquilas gracias a una política de pan y carne baratos. Con este propósito se pusieron bajo control a los panaderos y carniceros de París. La industria revivió y los salarios subieron, la tendencia se vio impulsada por la escasez de mano de obra provocada por el servicio militar obligatorio.
Por otro lado, Napoleón tenía un aliado poderoso en el campesinado, los millones que habían obtenido tierra como resultado de la revolución y que veían en Napoleón la mayor garantía de su título sobre la tierra. También ocurría que el campesinado era la base del ejército de Napoleón, que le adoraba. En la medida que Napoleón mantenía la lealtad del campesinado y el ejército campesino, su posición estaba asegurada. Era capaz de formar un estado a su propia imagen y semejanza. Si examinamos este estado aislado, parece que representa el regreso al pasado monárquico. No detectamos ni un solo trazo de la antigua república revolucionaria de 1793. El poder despótico liquidó sistemáticamente los últimos remanentes del régimen revolucionario y restauró todas las antiguas formas: jerarquía, base, nobleza, títulos y finalmente incluso la Iglesia Católica.
Siguiendo con su habitual forma de actuar, Napoleón lanzó su segunda campaña italiana para aumentar su prestigio y consolidar su régimen a través de la conquista extranjera. Napoleón siguió su instinto de jugador y no le engañó. Tuvo suerte —pero esta "suerte" tenía unas bases objetivas—. Los ejércitos a los que se enfrentó eran los ejércitos de los regímenes feudales monárquicos degenerados. Sobre el papel eran formidables maquinarias bélicas, pero en el campo de batalla no tenían comparación con el ejército francés, que a pesar de todo era el hijo de la revolución y estaba inspirado para luchar por sus ideales. Los soldados de Napoleón eran experimentados en la batalla y estaban acostumbrados a ganar. En contraste, el ejército austriaco estaba desmoralizado y carecía de la voluntad de lucha, especialmente en suelo extranjero.
Como Cónsul Primero, Napoleón creó un formidable aparato burocrático con una policía secreta y una red ubicua de espías controlada por el renegado jacobino y antiguo terrorista Fouché. Toda la disidencia se sofocó brutalmente. La prensa fue sometida a una rígida censura. De los setenta periódicos de París sólo quedaron tres. Podemos decir que ¿con Napoleón finalmente la revolución quedó liquidada? Esta pregunta es más complicada de lo que parece. Lo que destruyó Napoleón —y él lo destruyó total y completamente— fue el régimen político establecido por la revolución. Pero lo no que no destruyó y no podía destruir eran las nuevas relaciones de propiedad establecidas por la revolución

Golpes contra la izquierda

Las fuerzas de la reacción monárquica al principio estaban encantadas, creían que Napoleón reintroduciría la monarquía. De la misma forma, en los años veinte algunos monárquicos rusos dieron la bienvenida a la victoria de Stalin sobre Trotsky, esperaban que la burocracia restableciera el capitalismo. Engañado por las apariencias externas, Luis XVIII escribió a Napoleón ofreciendo regresar y que todo quedase olvidado. El Cónsul Primero le respondió amablemente declinando la generosa oferta de Su Majestad. A pesar de los parecidos externos con el antiguo régimen, el nuevo estado no tenía nada en común porque éste descansaba sobre unas bases de clase y unas relaciones de propiedad completamente diferentes. En última instancia, éstas son decisivas, no las formas bajo las que aparecen.
Cuando los reaccionarios se dieron cuenta de su error, se prepararon para librar una lucha a vida o muerte contra la Francia napoleónica. Toda Europa se unió en esta cruzada. Utilizaron todos los métodos posibles, incluido el intento de asesinato, para destruir a su enemigo. En 1800 los conspiradores monárquicos intentaron asesinar a Napoleón con la ayuda de lo que era conocido como una "máquina infernal". En vísperas de Navidad, Napoleón se dirigía al estreno en París del oratorio de Hayden, La Creación. Cuando su carruaje pasó por la estrecha Rue Nicaise, hubo una devastadora explosión. Los acontecimientos que rodearon este incidente son descritos por Balzac en su novela Un asunto tenebroso, que describe el período con una gran exactitud, distinguiendo cuidadosamente entre las diferentes clases y fracciones en la sociedad francesa y descubriendo sus intereses y psicología.
Después de 1799 el régimen se enfrentaba a la oposición tanto de la derecha como de la izquierda. En realidad, los jacobinos ya eran una fuerza agotada —una simple sombra de su pasado—. El peligro real venía de la derecha, de los monárquicos que creían que había llegado su hora. La policía estaba convencida (correctamente) de que el ataque fue obra de los Chouans monárquicos. Pero Napoleón no quería oír hablar de ello. Echó la culpa a la izquierda: 130 republicanos fueron acusados de terroristas y sin ninguna prueba, fueron enviados a la "seca guillotina" del exilio en Guayana, de donde muy pocos regresaron vivos.
De la misma forma que Stalin utilizó el asesinato de Kirov como un pretexto para golpear a los viejos bolcheviques, Napoleón se aprovechó del incidente de 1800 para golpear a la oposición de izquierdas. Su principal apoyo se encontraba entre la derecha. Sus víctimas siempre eran los seguidores de la izquierda —hombres de principios que se oponían a él y se resistieron al golpe de estado del 18 Brumario o que representaban un peligro de otra forma—. Pocos días después, Fouché, el ministro de policía, desenmascaró a los verdaderos terroristas —el ala de derechas monárquico Chouans—. Se les declaró culpables y fueron guillotinados, pero no liberaron a los viejos jacobinos. Bonaparte estaba decidido a acabar con ellos y se había asegurado de que el decreto de proscripción se hiciera en nombre de la "seguridad del Estado" en general, no en nombre del intento de asesinato de diciembre.
Esto no era casualidad. Napoleón estaba decidido a eliminar los últimos vestigios del jacobinismo que permanecía como una reprimenda silenciosa a sus planes de engrandecimiento imperial. Al igual que Stalin no podía tolerar la supervivencia de los viejos bolcheviques incluso después de que éstos hubieran capitulado y rebajado ante él, Napoleón tampoco podía tolerar la supervivencia de personas que, aunque impotentes, todavía podían servir de recuerdo de lo que había sido la Revolución Francesa. Poco tiempo después, exigió, y lo consiguió, el consulado de por vida.

La Iglesia

Una muestra clara de la naturaleza del régimen fue el Concordato de Napoleón con el Papa. La revolución francesa había dejado a un lado la religión. El total dominio de la iglesia sobre la vida social se había hecho añicos. En cualquier caso, el catolicismo del campesino francés era muy superficial. George Lefebvre comenta lo siguiente:
"No se debe medir la influencia de la Iglesia sobre la población por su progreso material. En muchas regiones era considerable el grado de indeferencia y en las ciudades siempre se podía encontrar gente dispuesta a aplaudir a Edipo o Tartufo" (P. Geyl, pág. 394). Edipo, la primera tragedia de Voltaire era un ataque a la Iglesia y la hipocresía religiosa. La Iglesia estaba demasiado identificada con las clases superiores y la monarquía. No tenía demasiado atractivo para la mayoría de la población, aunque había excepciones, como la zona atrasada y muy religiosa de Vendée, que fue el centro de la contrarrevolución. La mayoría de la población miraba con indiferencia la destrucción de la Iglesia o lo aplaudían entusiastamente. La restauración de la Iglesia Católica bajo Napoleón fue un momento cualitativo en la degeneración de la revolución.
La relación entre la Iglesia y el estado establecida por el Concordato era mutuamente beneficiosa. El régimen no tenía un ápice de respetabilidad y los derechos de propiedad de los nuevos ricos se fortalecían. La Iglesia recuperó algo, si no todo, de su poder y privilegios perdidos. El estado pagaba el salario de los sacerdotes. Pero Napoleón seguía siendo el jefe y nombraba a los obispos. En el día de Pascua de 1802 se celebró una misa especial para celebrar el Concordato en Notre Dame. Nadie estaba feliz con esto, incluso en el círculo íntimo de Napoleón. Uno de sus generales cuando preguntó por el Cónsul Primero respondió: "¡Un disfraz muy monacal! Lo único que está ausente es la sangre del millón de hombres que murieron intentado superar lo que usted está restaurando".
La restauración de la Iglesia fue casi el último acto del desmantelamiento del edificio político creado por la revolución. Fue un acto deliberado para convencer a todos de que la revolución estaba superada y que el régimen actual era un régimen de Orden, donde la propiedad privada, la familia y el estado eran sacrosantos. También estaba diseñado para mantener bajo control a la clase obrera. Citando al propio Napoleón:
"Por mi parte, en la religión no veo el misterio de la transubstanciación sino la miseria del orden social.
"La sociedad no puede existir sin la desigualdad de la propiedad, una desigualdad que no se puede mantener sin la religión [...] Debe ser posible decirles a los pobres: ‘Es la voluntad de Dios. En el mundo deben existir los ricos y los pobres, pero en el futuro y para toda la eternidad habrá una distribución diferente" (Ver P. Geyl, pág. 323).
¿Se puede expresar con mayor cinismo y claridad la actitud de la clase dominante hacia la religión? Las masas apoyaron la revolución porque creían que desembocaría en un nuevo orden de libertad, igualdad y fraternidad. Mientras la burguesía las necesitó como tropas de choque en la lucha contra sus enemigos, las permitió continuar creyendo que el reinado de la burguesía desembocaría en una edad dorada. Pero cuando ya estuvo confortablemente instalada en el poder, la burguesía reescribió las reglas, explicando a las masas que el objetivo de la igualdad y una "distribución diferente" debía ser ligeramente pospuesto —hasta después de que estuvieran muertas— cuando ya serían libres para disfrutar de estas cosas para toda la eternidad. Los ricos, por supuesto, podrían disfrutar de ellas ahora. Pero había que convencer a los pobres de la necesidad de ser pacientes y sumisos. Para conseguir este milagro la burguesía recurrió a los servicio de la Madre Iglesia. Desde entonces ha prestado este servicio.Napoleón utilizó la religión para el fortalecimiento de su poder. Incluso dictó un nuevo catecismo, el séptimo capítulo decía lo siguiente:
"Los cristianos se deben a los príncipes que les gobiernan y nosotros en particular nos debemos a Napoleón I, nuestro Emperador, le debemos amor, respeto, obediencia, lealtad, servicio militar, los deberes impuestos por la conservación y la defensa del imperio y su trono; también le debemos rezos fervientes para su seguridad y para la prosperidad temporal y espiritual del Estado.
¿Por qué tenemos todos estos deberes hacia nuestro Emperador?
En primer lugar porque Dios [...] dispensa copiosamente regalos a nuestro Emperador, ya sea para la paz o la guerra, le ha convertido en ministro de su poder y su imagen sobre la tierra. En segundo lugar, porque Nuestro Señor Jesucristo, tanto por sus enseñanzas como por su ejemplo, nos ha enseñando lo que debemos a nuestro Soberano [...]". Y sigue con otras cosas por el estilo.
Nadie pronunció una palabra de queja sobre el nuevo catecismo. Roma guardó silencio. Los obispos franceses le dieron la bienvenida con muestras de gozo. Napoleón ahora era el amo de Francia —Cónsul de por vida— un título confirmado por el plebiscito. La Iglesia había regresado pero bajo su firme control. Alphonse Aulard consideraba el Concordato, correctamente, como "un acto contrarrevolucionario por excelencia".

El Código Napoleónico

Napoleón fue muy cuidadoso con sus usurpaciones de poder y procuró siempre convocar un plebiscito posterior para legitimarlos. Pero en realidad su verdadero poder derivaba no de los plebiscitos (el método clásico del bonapartismo) sino del ejército. El nuevo sistema legal, el Código Napoleónico, santificaba las nuevas relaciones de propiedad. El campesinado mucho tiempo después seguía creyendo que Napoleón le había dado el derecho a la tierra. En realidad no era cierto. Los derechos feudales fueron abolidos por la revolución en su período ascendente en 1792-3. Napoleón simplemente tomó posesión de la situación que existía y la dio un marco legal.
La verdadera base de clase del régimen napoleónico eran las clases medias adineradas que habían hecho su fortuna con la revolución. Querían defender las nuevas relaciones de propiedad que garantizaban sus fortunas, pero también querían detener la revolución. Querían trazar una línea de separación y establecer un Orden que les protegiera contra la amenaza de la restauración monárquica y contra las "excesivas" reivindicaciones de las masas. Estaban cansados de años de tormenta y tensión y deseaban disfrutar de sus recién adquiridos privilegios e ingresos. Eran exactamente las mismas consideraciones que motivaron a la burocracia rusa y a la fracción estalinista en el período posterior a la muerte de Lenin.
El Código Napoleónico era la expresión legal de los intereses de esta clase. Era la codificación de la contrarrevolución política que liquidó el carácter democrático de la revolución y confirmó su contenido burgués:
"El Código confirmaba los derechos de la propiedad privada y el acuerdo agrario de la revolución, reafirmaba a todos los que habían adquirido las antiguas tierras de la Iglesia y la nobleza que sus derechos actuales serían preservados. Bonaparte aseguró, sobre todo, que no habría contrarrevolución y esto congregó detrás del Consulado a las clases medias y los campesinos". (David Thomson. Europe Since Napoleon, p. 58).
La naturaleza reaccionaria de este documento queda más clara en el capítulo dedicado a la familia: "La autoridad del padre sobre la esposa, sus hijos y la propiedad de la familia fue fortalecida, frente a la tendencia revolucionaria hacia la igualdad de las personas y la igual división de la propiedad. Con el Código las esposas quedaban sometidas a los maridos, el divorcio era más difícil y hasta una cuarta parte de la propiedad podía ser legada a alguien fuera de la familia" (Ibíd.).
Para fortalecer el poder del Estado y aumentar su control sobre la población, Napoleón creó una burocracia centralizada que ha caracterizado a Francia desde entonces. Estableció el sistema de prefectos. Charles Seignobles comenta:
"Un sistema centralizado de agentes gubernamentales, opuesto al régimen electivo autónomo creado por la revolución. La nación ya no tenía que participar en el comportamiento o en la elección de sus líderes locales. Los franceses dejaron de ser ciudadanos para convertirse una vez más en súbditos, ya no de un rey, sino del gobierno" (Ver P. Geyl, pág. 333).
El régimen bonapartista era un estado policial represivo. El ministro de la Policía, suprimido en 1802, fue recuperado en 1804 con Joseph Fouché. Las lettres de cachet, el odiado sistema de denuncias anónimas y arrestos arbitrarios del ancien régime, fue recuperado por decreto en 1810. Éste establecía prisiones estatales y permitía el arresto y la detención sin juicio por encima de la autoridad del Consejo de Estado. Francia estaba infectada por un ejército que mantenía informado al Emperador de cualquier oposición y podía aplastarla inmediatamente.
Napoleón creó una jerarquía basada en el rango, las medallas, incluida la Legión de Honor (con cuatro grados), abierta a todos los rangos por la valentía en el campo de batalla. A los viejos veteranos revolucionarios no les gustaba nada estas llamativas baratijas porque para ellos la insignia de honor eran las heridas recibidas en la lucha por defender la revolución y la Patrie. Con estos métodos Napoleón abolió el antiguo igualitarismo y creó una elite, una nueva aristocracia que imitaba todas las formas del antiguo régimen pero que tenía un carácter completamente burgués.
La nueva nobleza disfrutaba no sólo de títulos altisonantes y uniformes llamativos, también de salarios oficiales generosos y extras. Al final el Papa Pío coronó emperador a Napoleón, y por lo tanto, insistió en ser llamado "Sire" o "Vuestra majestad". Por todo esto parecería que la revolución había dado marcha atrás. Aquí teníamos al emperador, la nobleza, un sistema de honores, la Iglesia y todos los adornos del antiguo régimen. Pero las apariencias engañan. Sobre la superficie nada había cambiado desde que Luis XVI se sentara en el trono. Debajo de la superficie había cambiado todo. Las formas externas del estado y el gobierno eran las mismas, pero el sistema de clases era completamente diferente.
Este hecho fue perfectamente comprendido por las otras potencias europeas que se unieron para derrotar a la Francia napoleónica. En 1805 se formó la Tercera Coalición, formada por Inglaterra, Austria, Rusia y Suecia. La fuerza motriz, como siempre, era Inglaterra. Este poder isleño siempre mantuvo una política consecuente, basada en la correlación de poder en Europa. El poder de Inglaterra dependía de dos cosas: la fuerza naval y una Europa débil y dividida. El ascenso del poder francés hizo que Inglaterra tuviera la imperiosa necesidad de debilitar a Francia. Su poder naval una vez más quedó demostrado en la batalla de Trafalgar, cuando la flota inglesa al mando de Nelson destruyó las flotas combinadas de España y Francia.

La razón de las guerras napoleónicas

En 1789 existía una correlación de fuerzas difícil en Europa: un equilibrio tolerable entre los borbones y los habsburgos, Austria y Rusia, el Imperio Otomano y Rusia. Pero la Revolución Francesa destruyó completamente el equilibrio y quedó hecho añicos con el largo período de guerras. Francia se encontró frente a una serie de coaliciones inestables que se reunían de vez en cuando, principalmente como resultado de la estrategia y el oro británicos. La revolución reordenó radicalmente de nuevo el mapa de Europa, creando las bases para el surgimiento de los estados europeos modernos en los cien años siguientes.
Polonia en 1793 quedó dividida entre Rusia, Prusia y Austria, terminando un proceso que comenzó veinte años antes. En realidad, en 1794 las monarquías de Rusia y Austria llegaron a un acuerdo para dividirse no sólo Polonia, también Turquía, Venecia y Baviera. Sin embargo, los asombrosos éxitos de los ejércitos revolucionarios franceses inmediatamente echaron a un lado todos estos planes. Inicialmente los franceses eran recibidos por muchas personas como libertadores, un hecho que en gran medida facilitó su trabajo. Aunque los franceses exigían un precio, en la mayoría de los casos la población nativa no lo consideraba una carga superior al dominio de sus maestros feudales y normalmente era inferior.
La preocupación predominante de las monarquías europeas era derrotar a la Francia revolucionaria. La idea de la soberanía del pueblo era un anatema para todas ellas, y cuando la revolución tiró la cabeza del rey a sus pies, estaba claro que sólo podía haber un resultado. Era una cuestión de conquistar o morir. Detrás de todas las coaliciones antifrancesas estaba el poder de Inglaterra. Pitt y aquellos a los que él representaba, odiaban los principios democráticos revolucionarios que amenazaban con extenderse a través del Canal, además el conflicto estaba exacerbado por la rivalidad colonial y comercial con Francia.
Napoleón intentó llegar a un acuerdo con la firma del Tratado de Amiens. Pero todo el mundo veía que se trataba de una tregua incómoda. Inglaterra no quería la paz, sólo quería destruir el poder de Francia. Por su parte, Napoleón simplemente utilizó la tregua para fortalecer su armada. Con el objetivo de rivalizar con el poder marítimo británico avanzó expandiendo sus puertos y astilleros. Incrementó el programa de construcción de barcos y preparó expediciones coloniales a las islas Mauricio y Madagascar, que, no es casualidad, estaban situadas en la ruta hacia la India británica.
Esta tregua, como todas las demás, sólo era la preparación para una nueva guerra. Al darse cuenta de que la guerra era inevitable, Napoleón decidió atacar primero, de esta forma evitaba que se unieran las fuerzas de la coalición contra él. Veía que el eslabón más débil de la coalición era Austria y cayó sobre el ejército austriaco antes de que los rusos tuvieran la oportunidad de ir en su ayuda. Fue un ataque muy audaz. El ejército francés marchó desde la costa francesa en total secreto y sorprendió a los austriacos cerca de Ulm. Las líneas de comunicación austriacas fueron cortadas y el desgraciado general Mach, como irónicamente le llamaba Napoleón, tuvo que rendirse con 25.000 hombres. Esta obra maestra de la planificación militar desmoralizó totalmente a los austriacos y supuso un duro golpe para la coalición.
En el siguiente asalto, en Austerlitz, los franceses estaban agotados y les excedían en número gracias a la fuerza combinada de rusos y austriacos. Pero Napoleón utilizó el paisaje para desplegar su artillería con buen efecto. Engañó al enemigo al que hizo creer que era más débil de lo que realmente era, les puso un cebo en una trampa. Los austriacos y los rusos fueron derrotados. Pitt, el verdadero líder de la Coalición, quedó hecho añicos. Cuando llegaron las noticias desde Austerlitz se dice que comentó con desesperación: "Parece que el mapa de Europa no cambiará en diez años".
Pero Pitt estaba equivocado. Napoleón se vio empujado a combatir en nuevas guerras que dilataban seriamente las posibilidades reales de su país. Se dice que si Napoleón se hubiera detenido en este momento podría haber conseguido consolidar sus victorias y toda la historia de Europa habría sido diferente. El historiador francés Adolphe Thiers escribió: "Si no se hubiera acumulado más y más sobre los sobrecargados cimientos" éstos no habrían colapsado. Pero Napoleón avanzó implacablemente.
Se podrían dar diferentes explicaciones a esta imprudencia: el carácter aventurero de Napoleón, sus pretensiones dinásticas y otras cosas por el estilo. Éstas pueden explicar parte pero no todo. Debemos buscar las verdaderas razones en las condiciones objetivas de Francia, la naturaleza peculiar del régimen de Napoleón y los intereses de clase que había detrás de él. La guerra sólo era el método a través del cual desviaban la atención de la población de la política que llevaba a cabo la oligarquía y que pretendía desheredar al campesinado y confiscar la tierra. La avarienta clase media, presa de la fiebre especulativa, veía en la guerra una forma de conquistar los mercados mundiales. La paz verdadera con Inglaterra sólo habría sido posible a costa de renunciar a todo el poder naval, colonial e industrial. La rendición de Antwerp, Egipto, Santo Domingo, Luisiana y la marina mercante, la renuncia a los principios franceses de la ley marítima (el principio de que las banderas protegen la carga), todo esto difícilmente habría sido suficiente para reconciliarse con Gran Bretaña.
Por todas estas razones era imposible una paz duradera entre Francia e Inglaterra. Cada tregua era simplemente un intervalo entre una guerra y otra. En la primera etapa, los franceses conseguían una victoria brillante tras otra, en parte como resultado de la superioridad de la maravillosa maquinaria militar francesa, en parte por la dirección inspiradora de Napoleón, pero también debido a los defectos inherentes de los regímenes feudales corruptos y degenerados y sus ejércitos. Sin embargo, en determinado momento, Napoleón se excedió. Ésta parece ser una tendencia inherente y fatal en todos los grandes imperios, incluidos los actuales Estados Unidos. Las grandes victorias pueden provocar un exceso de confianza y finalmente pueden conducir a grandes derrotas.
Hay otro paralelismo importante entre la Francia napoleónica y los EEUU de George W. Bush. Clausewitz, el gran teórico militar prusiano que estaba muy al corriente de los escritos de Hegel, explicaba que el propósito de la guerra debe ser la conquista de objetivos limitados. Pero Napoleón, como George W. Bush en su "guerra contra el terrorismo", no tenía estos objetivos. A pesar de su brillantez táctica en el campo de batalla, Napoleón no tenía una estrategia global claramente perceptible que no fuera derrotar a cada una de las grandes potencias de Europa y obligarlas a aceptar sus dictados. ¡Era un orden del día demasiado ambicioso! Sólo llevaba de una guerra a otra. El dinero conseguido con una expedición iba destinado a la próxima, y así ad infinitum. Esto realmente no constituye una verdadera estrategia. Simplemente es el orden del día de un saqueador a gran escala, lo que realmente era Napoleón.

Las aventuras española y rusa

Con Napoleón las tendencias imperialistas de Francia se hicieron cada vez más pronunciadas. Mientras que en la primera fase de las guerras revolucionarias los franceses con frecuencia eran recibidos como libertadores, ahora cada vez se les veía más como opresores y ladrones. La política de Napoleón de financiar las guerras tratándolas como una empresa tenía sus desventajas. Se esperaba que el ejército viviera de la tierra exigiendo suministros a la población local. La insistencia de Bonaparte en que la guerra debería ser rentable llevó a exigencias e impuestos más duros en las tierras ocupadas. Esto creó un sentimiento antifrancés. En el período de la revolución, Francia exportaba liberalismo, ahora exportaba, inconscientemente, nacionalismo.
Napoleón respondió a la superioridad naval británica con el Sistema Continental que tenía como objetivo estrangular económicamente a Gran Bretaña excluyéndola de las mercancías de Europa. Sin embargo, el plan golpeó más a las economías de los estados europeos que a la economía británica. Además, su cumplimiento estaba lleno de agujeros y dificultades. Esta política, más que cualquier otra, provocó un profundo rencor contra Napoleón entre las naciones europeas y llevó al fortalecimiento del sentimiento nacionalista en Alemania, Italia, España y Rusia. La cuestión económica provocó un amargo resentimiento en Holanda e Italia. Pero había otros factores, más intangibles, como eran el orgullo nacional y la creciente conciencia ante el contraste que existía entre los sentimientos liberales que emanaban de París y la realidad de un gobierno opresivo y explotador.
Esto a su vez daba más alas a las intrigas británicas. Aunque otros podrían haber actuado como los principales actores del drama, Londres siempre movió los hilos detrás de bambalinas. En 1806 Prusia declaró la guerra a Francia y a las pocas semanas Inglaterra y Rusia se unieron para formar la Cuarta Coalición. En la práctica, Inglaterra siempre fue la fuerza motriz de estas coaliciones. Los ingleses enviaron ayuda militar a los españoles que estaban llevando a cabo una feroz guerra de guerrillas contra las fuerzas francesas que estaban ocupando el país.
La aventura española fue un error importante que le costó caro a Napoleón. Debido a sus ambiciones dinásticas Napoleón intentó instalar a su hermano José en el trono español. Obligó a España a entrar en guerra con Portugal para impedir el acceso británico a sus puertos y fortalecer el Sistema Continental. Utilizando esto como excusa envió un ejército a España y lo alojó entre una población poco dispuesta a aceptar su dominio. El verdadero objetivo de Napoleón era poner a su hermano José en el trono español. Para hacer el trabajo sucio envió a Madrid a su títere fiel, Savary. De él Napoleón decía: "Si ordeno a Savary asesinar a su esposa e hijos, sé que lo haría sin vacilar". La tarea de Savary era llevar a la familia real a Bayona donde quedaría prisionera de Napoleón.
El resultado fue la insurrección sangrienta de Madrid el 2 de mayo de 1808, que fue sofocada por los franceses con una espantosa carnicería, como quedó reflejado en dos de las más importantes obras maestras de Goya. Napoleón pensaba que esta "buena lección" mantendría tranquilos a los españoles. El 2 de mayo se convirtió en el grito de batalla del pueblo español que en todas partes se levantó contra los invasores franceses. El resultado fue una larga y agotadora guerra de guerrillas que costó a los franceses medio millón de hombres. La "úlcera española", como la llamó Napoleón, lentamente agotó las fuerzas y las finanzas de Francia de la misma forma que la guerra de Vietnam agotó la fuerza del imperialismo estadounidense en el siglo XX.
Desde este momento, la suerte de Napoleón cambió. Era como si su famosa "suerte" le hubiera abandonado. Pero la "suerte" en política es relativa. En general, uno se labra su propia suerte, o al menos actúa de tal forma en una situación determinada que le conduce a a un resultado afortunado. Y es evidente que un resultado afortunado es más probable en una situación favorable que en una desfavorable. En el gran drama de la historia hay situaciones que conducen a resultados determinados y otras que no. En el período de auge de la Revolución Francesa, el ala de izquierdas parecía disfrutar de un ascenso irresistible. La razón era objetiva: el movimiento de masas tenía un impulso colosal y empujaba constantemente la revolución hacia adelante.
Es verdad que en la dirección había individuos de gran talento y capacidad. Pero en tal situación incluso la gente con menos talento puede conseguir grandes resultados. Sus errores no tienen consecuencias serias y sus éxitos se magnifican. Esto crea una especie de ilusión óptica en que "les sonríe la fortuna". Pero la fortuna es una bondad inconstante. Su sonrisa puede convertirse en un ceño fruncido en cuestión de un instante. Un individuo que aparentemente no puede hacer nada equivocado, de repente, parece que no hace nada correctamente. Este hecho tiene su reflejo en la sabiduría popular, en un refrán que dice: "A perro flaco todo son pulgas".
La idea de la "suerte" es una forma muy superficial de presentar las cosas. Por supuesto, tanto en la vida cotidiana como en la historia, hay muchos accidentes. Estos son imprevistos, sucesos que no obedecen a ninguna ley particular y por lo tanto son considerados acontecimientos fortuitos. Un acontecimiento verdaderamente fortuito no se puede explicar y puede dar lugar a todo tipo de interpretaciones místicas. Por eso los jugadores siempre tienen tendencia a ser supersticiosos. Pero incluso en el juego no hay lugar a la casualidad. Un jugador puede tener una mano de cartas buena o mala. No puede controlarlo (a menos que haga trampas, que siempre es posible), por esa razón también es importante jugar bien tu mano. Pero cuando las cartas son constantemente malas, incluso el jugador más habilidoso perderá.
En su gran drama político, Julio César, Shakespeare pone las siguientes palabras en boca de Bruto:
"Hay un flujo y reflujo en los asuntos de los hombres, que, si se toma en la subida, lleva a la fortuna, y si se descuida, toda la travesía de la vida queda encallada en bajíos y miserias. En un mar así flotamos ahora, y debemos aprovechar la corriente cuando nos ayuda, o perder nuestra carta". (Shakespeare, Julio César, Acto IV Escena II).
Esta es la realidad de la historia en general. En medio de toda la miríada de pequeños acontecimientos fortuitos es posible discernir corrientes y tendencias amplias, el "flujo y reflujo de los asuntos" al que hace referencia Shakespeare de una forma magistral. Engels expresó la misma idea cuando dijo que había períodos en la historia donde veinte años equivalen a un solo día, pero que hay otros períodos donde la historia de veinte años se concentra en veinticuatro horas. Vemos lo mismo en la evolución donde largos períodos de stasis son interrumpidos periódicamente por cataclismos caracterizados por la extinción en masa de algunas especies y la aparición de otras.
En estos momentos críticos de la historia, cuando la cantidad se transforma en calidad, las acciones de un número relativamente pequeño de personas, o incluso de un solo individuo, pueden producir efectos desproporcionados con sus posibilidades aparentes. De la misma forma, una fábrica que no ha experimentado una huelga en diez o veinte años, donde los militantes se ven completamente aislados e impotentes, de repente, entra en una fase de militancia completamente inesperado tanto para los empresarios como para la vanguardia. Por encima de algún incidente trivial (que entra a ser catalogado como un "accidente"), la furia de los trabajadores se ha ido acumulando lentamente durante un largo período y de repente estalla. La situación instantáneamente se convierte en su contrario. Personas aparentemente atrasadas ahora están abiertas a las ideas más radicales y militantes. Los militantes que antes estaban aislados ahora son escuchados con entusiasmo por las masas.
Estas transformaciones se han podido ver muchas veces en la historia. Se las llaman revoluciones. Pero una revolución, por definición, es una situación excepcional. No puede durar indefinidamente. O lleva a una transformación fundamental de la vida de las masas, o en determinado momento se cansarán y caerán en la apatía y la indiferencia. En tales circunstancias, el ala revolucionaria ya no encontrará eco y la iniciativa pasará de nuevo a las fueras contrarrevolucionarias. No importa la destreza, la inteligencia o demás cualidades personales que posea la vanguardia, no habrá mucha diferencia en el resultado. En el mejor de los casos podría retrasar el resultado o modificar este o ese aspecto, pero el resultado en lo fundamental sería el mismo.
En el período posterior a la muerte de Lenin, cuando la Revolución Rusa estaba aislada en condiciones de extremo atraso, Stalin se elevó al poder como el representante de la burocracia, la casta de funcionarios privilegiados que les había ido muy bien con la Revolución de Octubre y deseaban disfrutar los frutos sin que las demandas de las masas les molestara. Aquí tenemos las mismas tendencias que había en Francia cuando la marea revolucionaria comenzó a descender. Vemos esta misma tendencia cuando el Estado escapa del control de la clase obrera y se eleva por encima de la sociedad. Esto es lo que precisamente los marxistas llamamos bonapartismo, sólo que con un carácter peculiar: el bonapartismo basado en las nuevas relaciones de propiedad nacionalizada establecidas por la Revolución de Octubre o, por utilizar el término acuñado por Trotsky, bonapartismo proletario.
Regresaremos a la cuestión del bonapartismo proletario en el futuro. Por ahora es suficiente con decir que la mediocridad personal de Stalin y su crudeza teórica no fueron un obstáculo para su ascenso al poder, en esas circunstancias concretas realmente se convirtieron en una ventaja. Los escritos de "marxistas" vulgares como Isaac Deutscher, para quien "nada sale tan bien como el éxito", no tiene nada en común con el método científico del materialismo histórico. Para Deutscher el hecho de que Stalin derrotara a Trotsky automáticamente significa que él debía ser más "inteligente", que Trotsky cometió errores, permitiéndole ser superado y otras cosas por el estilo.
Esta clase de historia está llena de superficialidades que no explican nada. Nos hace sacar la conclusión de que si Trotsky hubiera sido tan inteligente como Isaac Deutscher, no habría cometido estos errores y habría ganado a Stalin. En realidad, la causa de la derrota de la Oposición de Izquierdas hay que buscarla en la situación objetiva, el agotamiento de la clase obrera después de años de guerra, revolución y guerra civil, las condiciones de hambre, pobreza, analfabetismo y atraso, la muerte de un gran número de trabajadores avanzados en la Guerra Civil, todos estos factores llevaron al aislamiento de la vanguardia proletaria, los bolcheviques leninistas encabezados por León Trotsky. En realidad, Trotsky sabía muy bien que la Oposición sería derrotada y lo que intentaba era crear las tradiciones para las futuras generaciones de revolucionarios, y lo consiguió, mientras que Stalin, Bujarin, Kámenev y Zinoviev no dejaron nada.
Todo esto ha ocurrido antes, aunque sobre una base de clase distinta y en un contexto histórico diferente. Los grandes individuos, como explica Hegel, son aquellos que expresan mejor la naturaleza del período histórico en el que viven. Por utilizar su frase exacta, ellos "encarnan" el "espíritu mundial". Cuando Hegel vio a Napoleón dicen que exclamó: "¡Acabo de ver el Espíritu Mundial montado a caballo!" Ciertamente Napoleón expresaba la naturaleza de sus tiempos mejor que la mayoría. Su "suerte" se puede reducir al hecho de que se elevó con la revolución y después encarnó el espíritu de la reacción termidoriana más claramente y de una forma más consistente que los demás. Sus victorias militares revelan su talento personal como general. Pero sobre todo, revelan la incapacidad de los degenerados ejércitos monárquicos feudales para luchar contra el ejército que surgió de la revolución y que todavía encarnaba su espíritu de lucha y su entusiasmo misionero, aunque de una forma caricaturizada.

Los errores de cálculo de Napoleón

En determinado momento a Napoleón le abandonó su "suerte". Comenzó a cometer errores, como la desastrosa campaña española y la incluso más catastrófica invasión de Rusia en 1812. Pero estos errores reflejaban el hecho de que el impulso había sustituido a la estrategia, en realidad no existía ninguna estrategia. Una campaña de saqueo llevaba a otra, y así ad infinitum. Constantemente se excedía y esto cada vez era más obvio para sus colaboradores. El empedernido oportunista Fouché comentó irónicamente a alguien que le preguntó cuando terminaría todo esto: "Oh no importa. ¡Después llegará Rusia, y después de Rusia siempre queda China!"
Estas guerras tenían un carácter cada vez más rapaz, aunque los franceses siempre las presentaron como guerras de liberación. Jules Michelet en 1851 reprendió a los belgas por sus quejas sobre las onerosas cargas impuestas por los ocupantes franceses:
"Cuando Francia emprendió, para los belgas y el para el mundo, la guerra que le costó, desde 1792 a 1815, diez millones de sus hijos, no lo hizo, a pesar del terrible derramamiento de sangre francesa, para quejarse del escaso dinero belga". Pero ni los belgas, ni cualquiera de los otros países ocupados por Francia, veían las cosas de la misma forma. Cada agresor imperialista de la historia (con la posible excepción de Gengis Khan, quien, para ser justos, siempre fue muy sincero) ha intentado justificar el saqueo haciendo referencia a principios muy elevados. Eso ocurrió con Napoleón y hoy ocurre lo mismo con George W. Bush con relación a la invasión de rapiña de Iraq.
La crueldad de Napoleón hacia los pueblos conquistados está bien documentada. Cuando recibió noticias de una insignificante revuelta en Hesse, escribió lo siguiente a su comandante en jefe en enero de 1807:
"Mi intención es que la ciudad principal donde comenzó la insurrección sea incendiada y que se ejecute a treinta cabecillas; es necesario dar un ejemplo para contener el odio del campesinado y de la soldadesca. Si usted todavía no ha dado un ejemplo no lo retrase más [...] No puede pasar un mes sin que se incendie la ciudad principal, municipio o ciudad pequeña que dio la señal para la insurrección, y hay que ejecutar a un gran número de individuos [...] No debe quedar rastro de los cuarteles que se han sublevado" (P. Geyl, pág. 161).
En la guerra, como en la lucha de clases, las personas aprenden. Napoleón solía decir que los ejércitos derrotados aprenden bien. Con los martillazos de la derrota, los enemigos de Francia aprendieron a imitar los métodos de los franceses. Los austriacos, por ejemplo, llevaron a cabo reformas y en la guerra de 1809, aunque la ganó Napoleón, consiguieron infligir a los franceses bajas terribles en la batalla de Wagram. Esto envió una señal al resto de Europa diciendo que el ejército francés quizá, a pesar de todo, no era tan invulnerable. Sin dejarse intimidar, Napoleón eligió luchar con Rusia, aunque se suponía que era un aliado de Francia. En realidad, sólo era un matrimonio de conveniencia temporal. Al final, los intereses de Francia y Rusia estaban en conflicto: ambos deseaban dominar el Mediterráneo, Oriente Medio y conquistar Constantinopla.
La razón aparente del conflicto fue la negativa del zar a aceptar el Sistema Continental y apoyar el bloqueo de Gran Bretaña. Napoleón provocó al zar creando el Ducado de Varsovia, uniendo la mayoría de los antiguos territorios polacos de Prusia y Austria, una amenaza clara a los territorios polacos de Rusia. Pero la verdadera razón era la rivalidad entre Francia y Rusia con relación a Constantinopla y Oriente Medio. En 1812-13 Gran Bretaña y Suecia silenciosamente iniciaron contactos con San Petersburgo con la idea de intervenir en el momento del ataque francés.
La campaña de 1812 fue el mayor error de cálculo de Napoleón. Fue similar al error de cálculo cometido 130 años después por Hitler. Embarcarse en una empresa tan grande en las estepas rusas mientras Gran Bretaña permanecía sin derrotar en su retaguardia era una aventura temeraria. La batalla de Borodino costó a Napoleón pérdidas enormes e irreparables. Avanzó más de lo que era su intención inicial, los rusos utilizaron la táctica de una defensa profunda, haciendo uso de los vastos espacios de Rusia y una política de tierra quemada. Aunque ocupó Moscú, que después quemaron los rusos, tuvo que retirarse, perdiendo 225.000 hombres y otros 100.000 fueron tomados prisioneros.
La Cuarta Coalición hizo retroceder a Napoleón y cruzar el río Elba, cuando una sublevación nacionalista sacudió toda Alemania. En octubre de 1813 sufrió una de las mayores derrotas, perdió 50.000 hombres en la batalla de Leipzig contra los prusianos. Estas enormes pérdidas supusieron una enorme pérdida de mano de obra para Francia y el saqueo de su tesoro. Mientras las tropas francesas eran expulsadas de Renania, los británicos entraron a Francia desde España. Napoleón cayó preso en un movimiento de tenazas. Aparecieron las divisiones en el régimen. Cuando París capituló, el 7 de abril de 1814, firmó su abdicación como emperador de los franceses. El hermano de Luis XVI entró en Francia y subió al trono como Luis XVIII, después de firmar de mala gana una carta garantizando ciertos derechos y libertades.
El resto de la historia se cuenta rápidamente. Sólo diez meses después del exilio en una minúscula isla de Elba en el Mediterráneo, Napoleón escapó y entró en Francia para intentar la última confrontación con sus enemigos. Hasta el final, su espíritu de jugador no le abandonó. Pero realmente se trataba de un juego desesperado con escasas posibilidades. Confió en la persistencia de la leyenda napoleónica entre el campesinado y en esto no estaba equivocado.
El campesinado francés siempre ha sido la columna vertebral del bonapartismo. Creían que el Emperador les había dado la tierra y muchos estaban dispuestos a luchar para defender la tierra y a él. Entre los soldados campesinos todavía persistía un sentimiento de orgullo por las victorias del pasado y la esperanza de otras nuevas en el futuro, gracias a l’empereur. El mito napoleónico sorprendentemente persistía entre los campesinos, como vimos en el período de 1848-51 e incluso más tarde.
Sin embargo, todo esto no fue suficiente para evitar su derrota en Waterloo. Napoleón fue emperador una vez más, pero sólo de nombre. Publicó sus proclamas, órdenes, envió cartas a los tribunales extranjeros, pero todo en vano. El péndulo de la reacción había girado tanto a la derecha que hizo inevitable la restauración de la monarquía. Incluso entre el campesinado existía un sentido de cansancio después de años de guerras y requisiciones eternas. Aparecieron en las paredes carteles burlones, aparentemente firmados por el Emperador:
"Artículo 1: Cada año se me deben entregar 300.000 hombres como carne de cañón.
Artículo 2: Si es necesario, este número se incrementará a 3 millones.
Artículo 3: Todas estas víctimas serán enviadas muy pronto al gran matadero".
Si este ambiente es el que existía entre sectores del campesinado, mucho más era el escepticismo entre las clases adineradas, cuyo único deseo era que las dejaran en paz para disfrutar de su dinero. La gran burguesía que había adulado a Napoleón y actuado de una forma servil mientras él se mantenía incontestable en el poder, ahora le abandonó y se puso al lado de los británicos, restauró a los borbones que ofrecían mayor seguridad. Stefan Zweig expresa muy bien la mentalidad de estas capas:
"Los ciudadanos adinerados, ansiosos de tener estabilidad en sus ingresos, de ninguna forma compartían el entusiasmo de los oficiales y luchadores profesionales para quienes la paz sólo significaba una interrupción de su trabajo; y cuando, forzosamente, Napoleón les garantizó el sufragio, ellos le respondieron con una bofetada en la cara eligiendo a los mismos hombres que quince años antes le habían perseguido y arrojado a la oscuridad, los revolucionarios de 1792, Lafayette y Lanjuinais" (Fouché, pág. 183).
La burguesía francesa capituló ante los borbones en 1814, como la burguesía inglesa había invitado a Carlos II a regresar de Francia después de la muerte de Cromwell. En ambos casos, la burguesía vio en la monarquía un baluarte contra la revolución, un pilar de la propiedad y el orden. Abandonaron a Napoleón quien en el momento de la verdad sólo tuvo la sombra del poder. La derrota militar en Waterloo sólo fue la última nota sangrienta de un texto ya escrito por la historia. Napoleón terminó sus días en una roca yerma en medio del océano, el 8 de julio de 1815. Luis XVIII fue restaurado por segunda vez.
Si examinamos los regímenes políticos que existieron en Francia desde 1789 a 1815, vemos las transformaciones más increíbles: desde la república jacobina revolucionaria a la reacción termidoriana, pasando por el Directorio y el Consulado, después el imperio bonapartista y finalmente la restauración de la monarquía borbónica sobre las bayonetas prusianas y británicas en 1815.
Se podría sacar la conclusión de que la rueda de la historia simplemente cerró el círculo: la revolución regresó a su punto de partida. Pero esta conclusión sería totalmente errónea. El error consiste en ver la sociedad del revés, examinar sólo los cambios de la superestructura política y no comprender los procesos que se desarrollan debajo de los cimientos del edificio social, las fuerzas productivas y las relaciones de propiedad. La tarea principal de la revolución burguesa en Francia era la revolución agraria. La esencia de la revolución francesa consistía en la abolición de las antiguas relaciones de la tierra, la división de las grandes haciendas feudales y la distribución de la tierra entre el campesinado. Y a pesar de todos los cambios que ocurrieron con el régimen político, las relaciones sociales de producción en Francia básicamente siguieron siendo las mismas. Incluso la restauración borbónica no pudo cambiar esto.
Al final la Gran Revolución Francesa defraudó las esperanzas de las masas y todo el proceso se convirtió en su contrario. Pero la rueda de la historia no regresó a su punto de partida. La revolución provocó una transformación profunda de las relaciones de clase y económicas en Francia. Abolió radicalmente el feudalismo y puso las bases para el ascenso del capitalismo y por lo tanto de la clase obrera, el vehículo para el establecimiento del socialismo.
Además, la experiencia de la Revolución Francesa dejó detrás una tradición valiosa sobre la que han edificado generaciones posteriores. Sobre esas bases se desarrolló la revolución de 1848 y sobre todo la Comuna de París de 1870-71, que también tuvo como punto de partida las tradiciones revolucionarias de 1789-93. Incluso hoy, cuando paseamos por las calles y plazas de París es posible ver la historia revolucionaria escrita en cada ladrillo y adoquín. Los fantasmas del pasado nunca se han exorcizado. Están frente a nosotros en cada calle. El pasado ilumina el camino del futuro.
En la primera década del siglo XXI, el sistema capitalista que nació de lleno en la revolución se ha convertido en algo caduco y decrépito. Sus líderes parecen los patéticos representantes seniles del ancien régime. Existe un fermento general de descontento y un cuestionamiento de los valores y la moralidad de un sistema que ha superado su razón de existir y se ha convertido un freno monstruoso para el progreso humano.
La nueva generación con entusiasmo buscará y redescubrirá las ideas y tradiciones de la revolución rusa, la Comuna de París y la Revolución Francesa. El bonapartismo y el estalinismo serán arrojados al cubo de basura de la historia. Los sueños del pasado se convertirán en la realidad de futuras generaciones, en un mundo socialista, y harán suyas las ideas de Gracchus Babeuf y los comuneros.

Alan Woods

Londres, junio de 2003