martes, febrero 09, 2016

Dalton Trumbo, un comunista en Hollywood



El pasado siempre vuelve, ni tan siquiera es pasado, decía William Faulkner. Como es sabido, Faulkner fue guionista y un día se vio metido en una cacería con Clark Gable. Cuando éste le preguntó sobre quien era, él le respondió: ¿Y usted quien es? No hay duda de que habrá muy poca gente que no sepa quien era Gable, lo mismo que debe de haber muy poca que sepa quien fue Dalton Trumbo (Montrose, Colorado, 1905-Los Ángeles, California, 1976), sin embargo, nadie debería dudar que la contribución de éste último a la historia del cine es muy superior a la del que fue Red Buttler.
El pasado vuelve con Trumbo a través de una película que anuncian desde diarios y revistas. Se trata de una biografía escrita por Bruce Cook que Navona ha publicado en castellano adaptada para la gran pantalla por el temido Jay Roach (realizador de las sagas de Austin Powers y Los padres de ella), interpretada por Bryan Cranston, en uno de sus primeros papeles tras el fin de Breaking Bad con la compañía de otros actores no menos sólidos: Diane Lane y Elle Fanning como esposa e hija, amén de Helen Mirren, Louis C.K., John Goodman…De momento está teniendo buenas críticas, por lo tanto cabe esperar que dicho estreno permita que el nombre Dalton Trumbo vuelva a ser reconocido y apreciado como el de alguien que fue comunista en Hollywood, que aprendió con tanta fortuna que figura sino como el mejor, sí como el más rápido de los guionista de su tiempo.
¿Quién fue este Dalton Trumbo?. De entrada: hijo de un sheriff (cabe recordar algunos tan peculiares como el que encarnaba Walter Mattheu en Los valientes andan solos), abandona la universidad, luego, ulteriores dificultades económicas le fuerzan a un trabajo nocturno en una panadería. Permanece en la “Davis Perfection Bakery” por espacio de casi nueve años, hasta 1933. Durante este período, inicia colaboraciones esporádicas en diversas revistas, trabajos que él mismo recordará con cierta ironía….Por aquel tiempo, un artículo propuesto a “Hollywood Spectator”, “Boot legging for Junior” le facilita el ingreso en la misma, pero un año después la revista quiebra. Son malos tiempos, los de la Depresión: el capitalismo muestra su cara oscura, su incapacidad para cubrir las necesidades de la humanidad que trabaja.
Nuevamente sin trabajo es contratado por la Warner Brother como lector. En 1937 trabaja para la Columbia. Warner lo despide por no haber querido dimitir de la “Screen Writer’s Gulid”. De este período data la edición, en Gran Bretaña, de su primera novela “The Eclipse”. Gracias a su prestigiado como novelista, es llamado por la RKO, la más pequeña de las “majors”, para escribir guiónes. Las razones de su contratación evidencian la concepción literaria del lenguaje cinematográfico que tenían los productores norteamericanos. A pesar de ser la causa de su despido continúa colaborando en la “Screen Writer’s Guild” y se integra en diversos comités cuya acción era tan sugestiva y evidente como sus propias siglas: “AntiNazi League”, “Joint anti-fascist Refugee Committee”, “Hollywood Writers Mobilization”, “Committee for the Defense of Harry Budges”, etc. Trumbo participa activamente también en los diversos comités de ayuda a los republicanos españoles.
En 1938 escribe la novela…Y Johnny cogió su fúsil, uno de los mayores alegatos antimilitaristas que se recuerden (y que aquí editó Bruguera al calor de la versión fílmica). Es también el momento su primer “escenario” importante “A man to remember”. Film catalogado de serie B, escrito en dos semanas y rodado en quince días. En este guión y en el de Espejismo de amor (Kitty Foyle, 1940), Dalton Trumbo logra un oportuno y remarcable empleo del flash-back. Fue dirigida por Sam Wood, un interesante “artesano” conservador que más tarde ejercerá como un “chivato” anticomunista y contra el cual Trumbo publicará un famoso panfleto. Entre 1940 y 1942 redacta numerosos guiónes para la RKO, Columbia, Paramount, Universal, MGM, etc., que no añaden nada nuevo a su carrera.
Esto momento coincide con su integración plena en el engranaje industrial de Hollywood. Engranaje que obliga a tan ridículos manejos como los acontecidos con el film “The remarkable Andrew” que dirigió Stuar Heisler (1942). Trumbo propone para esta producción un escenario y la productora (Paramount) condiciona su rodaje a que previamente se publique una versión literaria del mismo. Aparece el libro y quedan abiertas las posibilidades de filmación. Disensiones en el rodaje provocan un ofrecimiento para que sea el propio Trumbo quien dirija el film. Rechaza la oferta. Luego llega la muy famosa, y un tanto ñoña Compañeros de mi vida (Tender Cofrade), que sería dirigida por Dmytrik con un reparto que reunía. a Gingers Rogers y Robert Ryan. Su contenido cribado por contener una escena en la que se dice que ser “camaradas” significa “compartir”, algo tan general que hasta el cardenal Rouco lo habría aceptado. Trabaja con Victor Fleming en Dos en el cielo (A guy Namet Joe, 1943), con Spencer Tracy, título sobre el cual Steven Spielberg realizó un “remake” que figura sin duda como lo peor de su filmografía; vuelve a hacerlo con Spencer Tracy pero esta vez con Mervin Le Roy en Treinta segundos sobre Tokio (1944), ambas por lo demás, apologías del ejército norteamericano al que retrata cmo mandan los cánones, tan noble como invencible. En 1944, con ocasión de la campaña presidencial, se convierte en el “National Chairman of Writers for Roosevelt”. Al año siguiente es corresponsal de guerra en el Pacífico y consejero en la Organización y Fundación de las Naciones Unidas. Es igualmente redactor-jefe de “The Screenwriter” fundada por la “Screen Writer’s Guild”.
En octubre de 1947, Dalton compareció ante el “Comité de actividades anti-norteamericanas” de la Cámara de Representantes. Preside el siniestro J. Parnell Thomas de New Jersey, y por el lugar manda también el no menos siniestro Richard Nixon de California. Ya en marzo de aquel mismo año, la Comisión había anunciado su intención de realizar una encuesta secreta sobre el comunismo en el cine. El principal motivo de sospecha que regía contra Trumbo se basaba en una antigua defensa del líder sindicalista de portuarios de San Francisco, Harry Bridges. En efecto, Trumbo había redactado el panfleto que lanzado por la “Liga Americana de Guionistas” se opuso a la expulsión del australiano Bridges. Con todo, la razón legal de su encarcelamiento fue su mantenida negativa a responder a la preguntas del Comité: ¿es o ha sido miembro, del partido comunista?, así como: ¿pertenece a la “Screen Writer’s Guild”. Mostrando su integridad, los llamados “Diez de Hollywood” argumentaron en favor de su silencio el derecho fijado en la enmienda primera a la Constitución: “El Congreso no podrá aprobar ninguna ley conducente al establecimiento de religión alguna, ni a prohibir el libre ejercicio de ninguna de ellas. Tampoco aprobará ley alguna que coarte la libertad de palabra y de prensa,…”
Trumbo, además de su obligada participación en los interrogatorios, envió una carta a Parnell J. Thomas en la que, dentro de unos moderados argumentos liberales, criticaba la actuación del Comité por atentar a la libertad individual y a la libre iniciativa de la empresa privada, transgrediendo derechos fundamentales constitucionalmente reconocidos. De 1946 a 1960, Dalton escribe cerca de treinta y cinco guiones, en condiciones económicas de las más variadas. Alvah Bessie, brigadista de la Lincoln en España, lo cita como uno de los que lograron mantener con mayor continuidad su labor.
Tres años más tarde el Tribunal se negaba a revisar su caso. Trumbo con otro comunista, John Howard Lawson fueron los más duramente penados. El primero lo estuvo a doce meses de prisión que por buena conducta se redujeron a diez. Es a partir de 1950 cuando inicia su trabajo como guionista clandestino.
A raíz de su ingreso en la “Federal Correctional Institution” de Ashland en el estado de Kentucky, la Metro rescinde su contrato. Su último guión de esta época será “The prowler” (1950), película vista aquí por TV2 y dirigida por Joseph Losey con Van Heflin y Evelyn Keyes, que puede considerarse como una de las primeras (sino la primera) película norteamericana que aborda sin titubeo la historia de un policía corrupto y fascista, y con Huston como productor. Hugo Butler y Don Weiss concluyeron el trabajo iniciado por él. Trumbo tiene que marchar por pies a Méjico con Albert Maltz. La ausencia de Hollywood se prolongará por espacio de cinco años durante los cuales su nombre resulta casi borrado del mapa.
El hecho de que varios de los encartados pudieran continuar trabajando en el propio Hollywood patentiza una actitud contradictoria y muy poco consecuente por parte de los industriales y políticos del cine. ¿Razones? Quizás lo fuera el intento de asegurar políticamente el mercado occidental para sus productos. En plena guerra fría, la actitud del gobierno norteamericano para con sus trabajadores del cine garantizaba un rigor ideológico acorde con las necesidades del momento. Mientras se mantuviera esta “imagen de marca” poco importaba que secretamente volvieran a colaborar los comprometidos en la persecución del Comité. Trumbo fue uno de ellos. Un remake de Me perteneces (“You belong to me”, 1941), realizado en 1950, cita a Trumbo en los genéricos. No obstante, él no interviene en esta nueva versión del exitoso film de Wesely Ruggles que en su día interpretaron Bárbara Stamwyck y Herny Fonda.
En 1956 se concede el Oscar al mejor guión a un tal Robert Rich. Alguien que cuando se le nombra a la hora de los premios no comparece en la entrega. Una serie de litigios por plagio en contra de los productores del film, los hermanos King, obligan a descubrir la identidad del guionista: Dalton Trumbo. Otros “blacklisted” que ganaron Oscars fueron Michael Wilson y el actor Ned Young que firmó, bajo seudónimo, el guión de Fugitivos (“The Defiant Ones”), la notable metáfora antirracista de Stanley Kramer con Sidney Poitier y Tony Curtis. Durante esta etapa clandestina trabaja con Michael Wilson, el guionista de la mítica La sal de la tierra (“Salt of the Earth”, 1952). El seudónimo Richard Bosley esconde a Wilson como Richard y a Dalton Trumbo como Bosley. Otros seudónimos establecidos fueron Robert Rich (“The Brave One”, aquí estrenada en TVE como El bravo, y resulta una entrañable e ingenua apología “animalista” dirigida por el anodino Irving Rapper), Sam Jackson (Espartaco), hasta que se destapó. De hecho, Espartaco le proveerá de su mayor prestigio. Desde entonces, se le reconocerá plenamente.
Como literato, Trumbo alcanza reconocimiento público al aparecer “McCall’s” bajo la firma de C.F. Demaine, C.F. eran las iniciales de su esposa.
De este período data una carta enviada a varios intelectuales, gran parte de ellos literatos, en demanda de solidaridad con los afectados por la lista negra. Entre los destinatarios figuraron William Faulkner, Ernest Hemingway, William Saroyan, John Steinbeck y Tennesse W. Williams. Al primero le escribió en enero de 1957 las siguientes líneas: Durante el otoño de 1947, después de una serie de audiencias tenidas por la Comisión de Actividades Anti-norteamericanas se ha establecido una lista negra, en el seno de la industria cinematográfica. En los nueve años que han seguido, más de trescientos escritores, directores, actores, músicos y técnicos han sido alejados de su oficio y desposeídos de su pasaporte que les habría permitido trabajar en el extranjero (…) Aquellos que permanecen en la profesión trabajan bajo vigilancia de grupos privados, un representante permanente de la Comisión en Hollywood y una organización administrativa que certifica el patriotismo del artista. La “lista negra• que se creó por un momento producto eventual de un período borrascoso, se ha institucionalizado. El cine, vigilado y censurado por las autoridades federales, se ha convertido en un arte oficial. ¿Puede usted, como escritor con obras adaptadas a la pantalla, quizás por las mismas personas en nombre de las cuales formulo esta solicitud, dirigirme una declaración condenando la lista negra de Hollywood? Y autorizándome a publicarla en la prensa, pues esto será una tentativa suplementaria para destruir esta condenable empresa antes de que ella nos aplaste a todos”.
Luego, su historia es mucha más conocida. En 1958 Kirk Douglas contrata a Trumbo para que escriba el escenario de “Spartacus”. La “Universal” se opone a que su nombre aparezca en los títulos de crédito, pero el posterior anuncio de que Preminger había llamado a Trumbo para redactar el guión de “Exodus” y su estreno sin problemas animó a la “Universal” a reconocer la titularidad del guión. Ya anteriormente los actores británicos de la película de Kubrick-Douglas, Laurence Olivier, Charles Laughton y Peter Ustinov habían hecho afirmaciones en este sentido. Está claro que Espartaco no fue uno de los mejores guiones de Trumbo, aunque no está claro hasta que punto influyó en la historia Douglas como productor, y el director, que, por ejemplo, con la crucifixión viva final, hace de “Spartacus” un mártir cuando el guión inicial pretendía dar la imagen del líder. La película resulta sobre todo por algo que ya contenía la novela, y que al parecer reclamaba el ambiente creado por el movimiento de los Derechos civiles. A saber: el inteligente aprovechamiento de unos elementos pensados como gran espectáculo y aparentemente “inofensivo” pero que permitían una intencionalidad mucho más profunda que, además, llegó a calar entre los espectadores, sobre todo entre los más jóvenes.
Su trabajo en Éxodo tiene empero, una significación casi opuesta. Apresurado por Preminger terminó el escenario en cuarenta y cuatro días, condicionado siempre por el antecedente novelístico del muy reaccionario León Uris, que no duda en glosar y “comprender” las fracciones más terroristas. Auténtica apología sionista que escamotea toda las complicidades de las “democracias occidentales” con la “Shoah” y que, aunque escapar al maniqueísmo habitual, lo cierto es que el trato fílmico dado a los árabes (el único bueno es un colaboracionista interpretado por John Derek que había sido Josué en Los diez mandamientos, acaba siendo colgado por los suyos), no deja de poner en evidencia el gran horror de la película: que los árabes estaban en sus tierras y que no habían tenido nada que ver con el judeocidio. El error de Trumbo lo fue también de la mayor parte de las izquierdas norteamericanas, sobre todo entre los elementos de procedencia hebrea.
En 1962 trabaja en un singular y torvo western para Robert Aldrich, El último atardecer (“The Last Sunset”, 1962), que aunque los resultados no convencieron al propio guionista, lo cierto es que se trata de una gran película, injustamente subestimada, con notables interpretaciones de Rock Hucson, Kirk Douglas, Dorothy Malone, Corl Linney y Joseph Cotten. En Los valientes andan solos (“Lonely are the brave”, 1962) Trumbo adapta la novela de un conocido escritor anarquista que desarrolla toda una metáfora “primitivista” a través de un cow-boy, Jack Burns (Kirk Douglas) es el típico cow-boy individualista y frenético de su libertad que opone a las instituciones del naciente industrialismo su lucha y su huída. Antes Trumbo también escrito el guión de otra gran película sobre los vaqueros, Cow-boy (1958), seguramente el mejor “western” de Delmer Daves que sobresalió especialmente en este género. El lector recordará el juego entre los dos protagonistas, el veterano y el novato, magníficamente representados por Glenn Ford y Jack Lemmon.
Luego llegaron Castillo de arena (The Sandpipers” (1965) crea nuevos conflictos a la labor de Trumbo con Vincente Minnelli y de éste con las exigencias de la “diva” Elizabeth Taylor, un tanto molesta por el tipo de papel adjudicado y de otra un Minnelli con ideas muy personales sobre el problema a tratar. En este film vuelve a reunirse con Michael Wilson. Sus últimos trabajos fueron sumamente interesantes aunque de aplicación irregular como son los casos de de El hombre de Kiev (The Fixer, 1968), adaptación de la novela de Bernard Malumud sobre un caso muy similar al de Dreyfus sobre el que el marxismo ruso desarrolló una gran labor (Lenin escribió bastante sobre esta historia), y Orgullo de estirpe (The Horseman, 1970), adaptación de la novela de Joseph Kessel, y ambos dirigidos por John Frankenheimeir, lejos de sus registros más próximos. Cabe citar además Hawai, de George Roy Hill que sufre de problemas de montaje, y finalmente de Papillon, otra adaptación literaria ilustre que fue dirigida por Franklin Schaffner, y que cuenta con sus partidarios.
Independientemente de su actividad estrictamente política, Trumbo se nos aparece como un guionista cómodo para el sistema de producción de Hollywood. Cómodo por su concepción de la obra cinematográfica como un trabajo parcelario. Finalizada su tarea como guionista se desentiende de las posteriores manipulaciones del guión. Manipulaciones que sólo empiezan a darse en sus últimos trabajos con directores conscientes de la necesaria originalidad de su labor. Dentro de su larga carrera, su tarea ha consistido en adaptar a las necesidades del cine obras de autores tan opuestas en su momento como León Uris y Howard Fast, aunque al final de la obra de éste, las diferencias no eran tantas: ambos eran sionistas, uno de izquierdas, el otro de extrema derecha aunque llegarían a gobernar juntos con el tiempo.
Al final de su vida cinematográfica, Trumbo adapta su propia novela novela “Johnqy got his gun” que se había editado tres días antes de la declaración de la II Guerra Mundial. No es hasta 1964 que acepta una de las repetidas propuestas para ceder los derechos a una productora, concretamente a del mexicano Alatriste, productor de los films de Buñuel. Trumbo trabaja con Buñuel durante dos semanas en Méjico. Regresa a su país para concluir el guión, pero durante este intervalo, surgen dificultades entre Alatriste y Buñuel durante el rodaje de Simón del Desierto, y el proyecto se queda en el escritorio. Finalmente será su amigo S. Lazarus, uno de los productores de La sal de la tierra, quien con ayuda de varios amigos comunes logra el capital necesario para la filmación. La sociedad productora es bautizada “Robert Rich Production” recordando el seudónimo con el que ganó el Oscar en 1956. Johnny es un soldado mutilado de la Gran Guerra. Sin piernas, sin brazos, mudo, sordo, ciego con las sensacionales tácticas como único sentido, además de su cerebro. A través de ellos recuerda, sufre, imagina e intenta comunicarse. Los médicos que lo atienden lo conservan artificialmente para estudiar su cuerpo como materia ajena a toda posible consciencia de sufrimiento. Como rata de laboratorio, aislada de todo contacto. Sólo la enfermera conseguirá relacionarse con él.
La trama no deja lugar para el sentimentalismo ni la hipocresía. Johnny recuerda, imagina y percibe su presente. Recuerda su primer amor y la relación con su padre, que Trumbo reconoce en muchos aspectos autobiográfica. En el cuerpo descubre el horror de la guerra y sueña su exhibición de feria en feria como testimonio de la misma y de sus consecuencias. Como enfermo desea la muerte. Trumbo se vale de los flash-back para explicar los sueños y recuerdos de Johnny. Flash-back que son rodados en color a diferencia del blanco y negro de las secuencias del hospital. Si bien algunos son inoportunos, la necesidad de otros es evidente. El director procura huir del horror visual para poder elevar el nivel de su crítica a planteamientos más elaborados. No sólo hay afecto para el personaje sino también consciencia de un absurdo (la guerra) y crítica a unos interesados responsables, o sea a los amos del mundo.
Por lo cual, se puede afirmar que Dalton Trumbo combatió por la libertad y la igualdad hasta el final aunque a veces se equivocó totalmente de barricada.

Pepe Gutiérrez-Álvarez

¿Tirititeros culpables? ¡Recordad el caso Dreyfus!



La historia de los montajes judiciales es larga y tenebrosa, los ha habido en todos los tiempos, pero ninguno ha alcanzado la celebridad del “affaire Dreyfus”, quizás porque acabó bien cuando en 1906 los tribunales civiles, anulando el fallo de los militares, dieron el veredicto final: Alfred Dreyfus no era culpable de traición, sí existían culpables eran los que habían realizado el montaje. Pero estos tampoco escaparon al veredicto de la historia que se manifestó a través del manifiesto conocido como Yo acuso, firmado por Émile Zola, quizás el más emblemático de los intelectuales comprometidos. 1/
Antes había tenido lugar un proceso que transcurrió a lo largo de doce años y que fue conocido como el “affaire Dreyfus”, un proceso que conoció una repercusión internacional, por ejemplo en el Reino de las Españas, también dividida entre partidarios y detractores del capitán judío. 2/ Para los marxistas rusos, la actuación de Émile Zola causó una profunda admiración. Lenin lo citaba como referente ante los casos propios (según la Kruspkaya llevaba una foto del escritor en la cartera”, como el “caso Beilis” que movilizó la opinión pública mundial obligando a la corte zarista a absolver a los principales acusados, un tema que daría lugar a una novela de Bernard Malamuth, The Fixer con la que ganó el Premio Pulitzer en 1968 y que fue llevada al cine. 3/.
Todo comenzó en 1894 cuando una empleada de la embajada alemana en París encontró documentos militares franceses en un cesto. Los investigadores del ejército concluyeron que el espía debía ser un oficial artillero y el joven capitán Dreyfus se erigía como el perfecto sospechoso: un semita además de alsaciano. (Alsacia era una región franco-germana y sus habitantes eran a menudo sospechosos de simpatizar con Alemania.) El antisemitismo estaba extendido por toda la Francia profunda, la monárquica y católica integrista; acusando a un “extranjero”, el ejército alejaba cualquier sospecha de sí mismo. La prensa de derechas y el gobierno reclamando su sangre, de manera que Dreyfus fue procesado y condenado a cadena perpetua sin mayores problemas. Dos años después, un nuevo jefe del departamento de inteligencia francés descubrió una evidencia que implicaba a otro oficial implicado. Éste fue procesado, pero su absolución había sido pactada con antelación. El espionaje francés descubrió además que los alemanes habían recibido documentos secretos entregados por un militar francés, en base a lo cual un inspector Clouseau reaccionario llegó a la conclusión de que Dreyfus era el culpable. Todo indicio era una difusa D. Un consejo de guerra de los de siempre condenó al capitán judío (a por traición, fue expulsado del ejército y enviado de por vida al presidio de la Isla del Diablo (Guayana), un lugar que los lectores podrán ver descrito en la célebre novela, Papillón. 4/
Tras el juicio militar, el novelista Émile Zola, que, animado por el escritor judío anarquista Bernard Lazare, se encontraba entre el pequeño grupo de defensores de Dreyfus, escribió su J’ accuse, una carta abierta al presidente de Francia detallando todo lo que era falso en el caso Dreyfus. Zola fue condenado por difamación y desterrado a Inglaterra desde prosiguió su campaña. Cuando uno de los acusadores originales de Dreyfus se suicidó (tras confesar que había falsificado pruebas), el gobierno se vio obligado a reabrir el caso. Sin embargo, el tribunal militar se negó a considerar Dreyfus no era culpable. Entonces el gobierno tuvo que indultarlo, por lo que Dreyfus continuó luchando por su absolución. Lo consiguió siete años después en un tribunal civil. Luego, durante la “Gran Guerra”, Dreyfus se mostró como un ardiente patriota, pero Zola no tenía culpa de ello. Además, tampoco lo pudo ver: fue asesinado como se pudo saber muchas décadas más tarde.
El “affaire” tuvo importante consecuencias. El rechazo popular por la persecución de Dreyftr desembocó en la separación de la Iglesia y el Estado en 1905 y facilitó el camino del gobierno a los partidos de izquierda franceses, pero ante todo y sobre todo fue una victoria histórica de la conciencia crítica. Un ejemplo como los poderes fácticos pueden ser derrotados con la verdad y con la movilización popular, en un referente para muchos de los casos de injusticia establecida como lo puede ser el “caso” de los titiriteros condenados por señores de la misma especie que aquellos que clamaban contra Dreyfus, los Inda, ABC y Fernández Díaz de la época.

Pepe Gutiérrez-Álvarez

Notas
1/ El texto integro junto con una extenso recopilación ha sido editado en numerosas ocasiones. Quizás la más asequible sea la de El Viejo Topo, Yo acuso, con prólogo de Maurice Blanchot y traducción de JosepTorrell.
2/ Existe una recopilación efectuada por Jesús Jareño López, El “affaire Dryfus” en España, 1894-1906 (Ed. Godoy, Murcia, 1981) en el que se recogen textos de todos los componentes de la llamada “generación del 98”, de Pablo Iglesias, Blasco Ibáñez, Luis Bonafoux, etcétera. Se puede encontrar en: https://books.google.es/books?isbn=8492820209
3/ La obra fue editada en castellano como El hombre de Kiev que fue igualmente el título de la película (1968) dirigida por John Frankenheimer. Con Alan Bates, Dirk Bogarde, Hugh Griffith, Ian Holm, Jack Gilford, Elizabeth Hartman, David Warner,
4/ Detalle al canto: en 1981 entrevisté a un militante anarquista que había pasado cerca de treinta años en la cárcel por una tentativa para matar a Franco, y entre las cosas que me contó figuraba la apreciación que lo que contaba en esta novela no era nada para lo que él había llegado a conocer

Las películas soviéticas durante la guerra española



Durante las dos primeras décadas de la posguerra, apenas si se pudo conocer por estos andurriales más allá de las enciclopedias y de unos pocos críticos, más algún que otro libro. En los ambientes cineclubistas se decían cosas como que en la Universidad o en tal localidad habían visto “el Potemkin”. Es cierto que también se decía lo mismo de Roma ciita aperta o incluso de Tiempos modernos, de Charlot aunque de este se reestrenó La quimera del oro al principio de los años sesenta a raíz de su alta puntuación en un listado sobre las mejores películas de la historia del cine.
Por la misma época se estrenaron algunos títulos soviéticos premiados en los festivales, más algún clásico como el Quijote de Kozintev, que nos permitió recuperar la memoria de Alberto Sánchez, “Alberto”, un artista plástico exiliado. A pesar del régimen, los sesenta volvieron a resultar unos años prosoviéticos justificado sobre todo porque el Imperio volvió a dejar constancia de lo peor.
Los nombres de ese sentimiento extendido un poco en todas partes –hasta Hollywood comenzó a realizar películas más amables como Que vienen los rusos, que vienen los rusos (The Russians are Coming, The Russians Are Comino, Norman Jewison, EUA, 1966), que sin ser nada del otro jueves fue un éxito en nuestros cines- se expresaron con un verdadero aluvión de ediciones y reediciones de literatura ruso-soviética, de estudios y biografías, en la puesta al día del debate sobre la “doble naturaleza” del régimen que quedaba de la revolución de Octubre y por supuesto, de las ediciones de los clásicos socialistas desde Alexander Herzen hasta las últimas expresiones de opositores al estalinismo. O sea mientras que las ideas socialistas democráticas siguieron vivas…Por entonces ya se habían publicados toda clase de estudios sobre Sergei M. Einsestein, en tanto que sus grandes obras fueron conocidas por el público y quedaron como referentes.
De todo esto quedó un pozo crítico situado en un horizonte apartado tanto de la aceptación acrítica imperante en el PCE-PSUC al menos hasta finales de los sesenta. En 1967, Dolores Ibárruri firmó una historia de la revolución que se atenía estrictamente a lo que se ofrecía institucionalmente en la URSS. También se oponía al anticomunismo imperante que medía la historia soviética desde los parámetros de las democracias occidentales que habían conocido sus revoluciones “burguesas” en el siglo XVII (Gran Bretaña, Holanda) o XVIII (USA, Francia), olvidando de que las bases objetivas de la revolución, ya bastante atrasadas, habían sido llevadas al desastre con la “contra” o sea con una “guerra civil” alimentada por el imperialismo…Sin embargo, en los años treinta este debate apenas sí había comenzado a plantearse desde la izquierda revolucionaria. Lo que se daba entonces y se dio básicamente hasta agosto del 68 (tanques en Praga), fue la idea de que todo lo “malo” que se decía era producto de la propaganda reaccionaria.
Es desde este último ángulo que se vieron durante la República las películas soviéticas importadas y estrenadas durante la guerra. Por entonces, los títulos clásicos de la etapa muda como Octubre, La Madre, El fin de San Petersburgo, Tierra, La nueva Babilonia y El acorazado Potemkin, que se habían visto ya en los cine-clubs en la Dictadura y la República y eran referentes para los obreros más conscientes. Así, por ejemplo, muchos cines de barrios de Madrid ponían Potemkin en noviembre dé 1936, durante la batalla. Ni tampoco incluye la película muda de 1929 El expreso azul (llia Trauberg), donde las clases de un tren en China corresponden a las divisiones sociales, con los héroes chinos en la tercera y los extranjeros ricos en la primera y donde hay una sublevación en el tren por parte de los chinos. A pesar de las dificultades de distribución, estas películas eran muy bien recibidas y se las reclamaba desde pueblos El PCE creó a tal efecto una distribuidora: Film Popular.
Entre los nuevos títulos importados se encontraban El Camino de la vida (Nikolai Ekk, 1931). Los Campesinos (Friedrlch Ermler, 1935) que presentaban toda la exposición razonada del comunismo detrás del movimiento hacia la colectivización y la liquidación de los kulaks como clase, todo visto como se quería ver. La película se desarrolla en un criadero de puercos. 1/.
Esta película fue estrenada el 6 de noviembre de 1937 en el cine Capitol de Madrid, como la culminación del Día del Cine Soviético en Madrid, que formaba parte de la Semana de la Unión Soviética (1-7 de noviembre); El Carnet del Partido (Iván Piriev, 1936). Circo, El (1935), su director Grigori Aleksandrov fue el ayudante de Eisenstein en Huelga, Potemkin, Octubre y La línea general fue estrenada en febrero de 1937 en el cine Monumental de Madrid; luego en los cines de barrio de Madrid en l otoño de 1937; la mítica Chapalev, el guerrillero rojo (Sergei y Georgi Vasiliev, 1934 lo fue en noviembre de 1936. Había sido presentada en diversos lugares del frente desde agosto; en la misma línea se incluyen El Diputado del Báltico, (Aleksandr Zarii y Josif Heifits, 1937); Guerrilleros (Sergei y Géorgí Vasiíiey, 1937) que resultaba ser una imitación de Chapaiev, pero mucho menos elaborada. Su trama transcurre en la guerra civil en Siberia, y describe la lucha de los guerrilleros contra los japoneses e Incluye unas escenas de batalla en el hielo muy efectiva mientras suena la música de Shostakovich; La Juventud de Máximo (Grigor! Kosintsev y Leonid Trauberg, 1935), una parte de la trilogía dedicada a las memorias de Máximo Gorka y que Incluye la canción Girando y dando vueltas al globo azul del cielo con música del mismo Shostakovich; Los marinos del Báltico (Aleksandr Feinzimmer; Los marinos de Cronstadt, (Yefim Dzigan, 1935); Noches blancas de San Petersburgo (Grigorí Roshal y Vera Stroieva, 1934, una adaptación de la obra de Dostoievsky que más tarde tentaría a Luchino Visconti, con música de Kabalevsky; La patria te llama (Boris Barnet, 1933); La revuelta de los pescadores (1934), celebrada adaptación de la novela de Anne Seghers por el conocido hombre de teatro Erwin Piscator y a la que se le atribuye una influencia en la película de Malraux, Sierra de Teruel; Rusia Revista 1940 (Grigori Aleksandrov, 1934) cuya canción tuvo mucha popularidad entre los miembros de la Alianza de Intelectuales Antifascistas y el Quinto Regimiento; La Tempestad (Vladímir Petrov, 1934), adaptación de la obra de teatro de Ostrovski finalmente, Las tres amigas, (Lev Arnstam, 1936) con música de Shostakovich y La úlltima noche, (Yuli Raizman, 1937)…No sabemos qué pasó con estas películas cuando Madrid fue ocupada por los vencedores.
Sí existe una lista de las películas no estrenadas descubiertas en las oficinas de Film Popular cuando Barcelona fue tomada por los nacionalistas en enero de 1939, y que son: El Desertor (Vsevolod Pudovkin, 1933), la muy notable Lenin en octubre (Mijhail Romm y Dmitri Vasiliev, 1937), Pedro I (Vladimir Petrov 1937) La Marseillaise (Jean Renoir, 1937) El campo, sobre las cooperativas agrícolas, que se inspira en La línea general, de Eisenstein. Igualmente se proyectaron algunos documentales tales como Canción de Cuna (Dziga Vertov). Lenin, el genio de la revolución (Dziga Vertoc, 1934), La victoria es vuestra, (V. Erofeiev). Que trataba de una conmemoración del decimonoveno aniversario de la revolución rusa.
Al acabar la guerra, los llamados “nacionales” les “perdonaron la vida” a los cineastas que durante la guerra habían servido a la causa del pueblo como Antonio del Amo, Pedro Puche, Arturo Ruiz-Castillo o Rafael Gil, porque les interesaba recomponer la industria del cine. No fue muy diferente lo que hizo Stalin que le perdonó a Einsenstein sus proclamadas afinidades por Trotsky con tal de que hiciera lo que al régimen que encarnaba, le interesara. Desde luego, el gran cine soviético es prestalinista; el que siguió fue muy desigual y se mantuvo dentro de las pautas del sistema metamorfoseado en una suerte de “colectivismo burocrático” de difícil definición y que cayó por el desapego creciente de su base social y su incapacidad de competir con el imperialismo. Su caída liberó a la izquierda de un antimodelo (Herberrt Marcuse), pero sobre todo trastornó la correlación de fuerzas desde los años ochenta.

Pepe Gutiérrez-Álvarez

1/ Jay Leyda, Kino. Historia del cine ruso y soviético (Ed. Universitaria de Buenos Aires, 1965 página 409, tr. por Jorge Eneas Cromberg)

Cuando el río Bravo comenzó a ser frontera: rapiña y traición nacional



El 2 de febrero de 1848 se firmó el tratado que cortó en dos lo que hasta entonces había sido México. Ése fue el fin de la invasión estadounidense y un gran paso en la expansión del gigante del norte.

mis tierras eran
nuevo méxico, colorado,
california, arizona, tejas,
y muchos otros senderos,
aún cuando la luz existía
sonrientemente
en las palabras
de mis antepasados...
Ricardo Sánchez, “Oye, Pito, ésta es: la vida bruta de un boy” (fragmento)

La campaña de rapiña había comenzado doce años antes, con la separación de Texas del territorio mexicano en 1836, bajo el cobijo del gobierno estadounidense. Esa entrega fue ejecutada por Antonio López de Santa Anna, entonces presidente de México.
Para 1846, el demócrata James Polk estaba en el gobierno estadounidense. Su accionar quedó para la historia como uno de los campeones del expansionismo estadounidense.
Por 15 millones de dólares, México perdió la mitad de su territorio, un número incontable de vidas humanas, una parte de su población. Como cita Howard Zinn, historiador estadounidense, en La otra historia de Estados Unidos, el periódico Whig Intelligencer, una vez firmado el tratado Guadalupe Hidalgo, afirmó “no tomamos nada por conquista…gracias a Dios”.
Se consumó así la entrega a Estados Unidos de 2,349,574 km2 de territorio, aproximadamente 120% de la superficie que hoy constituye México. Ese territorio hoy conforma los estados de California, Nevada, Utah, Nuevo México, Texas y partes de Arizona, Colorado, Wyoming, Oklahoma y Kansas.

¿Guerra o invasión?

Howard Zinn define la invasión estadounidense a México como “una guerra entre la élite angloamericana y la élite mexicana". Sin embargo, él mismo explica que la guerra fue provocada por un incidente militar circunstancial: la desaparición del coronel Cross, intendente del general Zachary Taylor, y la posterior aparición de su cuerpo con un fuerte golpe en el cráneo. Su muerte fue endilgada a “guerrilleros mexicanos”, que dicho sea de paso, nunca aparecieron.
Zinn denuncia que “cada bando rivalizaba a la hora de animar, usar y matar a su propia gente”. La campaña militar de Santa Anna y sus aliados puede sintetizarse en la entrega y la retirada. Fueron la clase trabajadora y los sectores populares quienes resistieron la invasión del territorio y enfrentaron al ejército estadounidense con lo que podían, como ese 16 de septiembre de 1847 cuando la bandera yanqui ondeó en el Zócalo, a pesar del arrojo y la valentía de hombres y mujeres que combatieron hasta desfallecer, hasta que las armas de los invasores los vencieron.
Por el lado del ejército estadounidense, se sabe que los soldados eran reclutados con promesas de una campaña militar fácil, unos acres de tierra y algunos dólares. Muchos eran irlandeses y alemanes.
Pero hubo voces que se alzaron contra la invasión, como la de Frederick Douglas, esclavo liberto, que escribió en el periódico North Star: “la guerra actual –desgraciada, cruel e inicua- contra nuestra república hermana. México parece una víctima propiciatoria de la codicia anglosajona y del amor a la guerra”. Y el mismo Douglas denunció a las figuras de los partidos políticos de la época, que supuestamente se oponían a la guerra en el discurso, pero incluso los abolicionistas seguían pagando sus impuestos para financiar la invasión.
Ya entonces se perfilaba el camino de la unidad entre la comunidad negra y los hispanos, oprimidos por los capitalistas con hegemonía de los blancos, anglosajones y protestantes.
Una parte fundamental de los objetivos políticos de James Polk era la expansión territorial. Es así que, aunque luego se llamara Guerra de México-Estados Unidos, en realidad se trató de una invasión militar y posterior colonización de gran parte del territorio mexicano, clave para el desarrollo capitalista estadounidense.
Del otro lado de la frontera quedaron vastos recursos energéticos y minerales, mano de obra y 116,000 personas cuyo destino iba a ser la proletarización, incluso de las familias que ante de la invasión tenían algunas propiedades.

Nace la clase trabajadora latina en Estados Unidos

Según Juan Gómez Quiñones y David Maciel en Al norte del río Bravo: pasado lejano (1600-1930), con la conquista por parte de Estados Unidos del territorio mexicano en 1848, se consolida el proceso de transición a formaciones económicas capitalistas. De sólo producir para el consumo de la población regional, se pasó a la producción para el intercambio con el mercado estadounidense y el de las principales ciudades de México.
Pero la opresión racial era de vieja data en el territorio: desde el tráfico de esclavos traídos de África hasta la esclavización de indígenas y el sometimiento de los pueblos originarios de la región, a quienes desde la conquista española se les había intentado someter a un proceso de hispanización forzada y de explotación a manos de la Iglesia católica y los militares peninsulares.
Después de 1848, el trabajo forzado para indígenas y mestizos continuó. Pero a ellos se sumaron trabajadores y artesanos mexicanos que llegaron al nuevo territorio estadounidense en busca de oportunidades. Fueron a trabajar en el tendido de ferrocarril, en las minas, en los campos agrícolas y ganaderos.
Los mexicanos que quedaron al norte de la frontera, los chicanos, tras la firma del Tratado Guadalupe Hidalgo y los migrantes que luego fueron llegando a la región fueron todos tratados como “ciudadanos de segunda”, estigmatizados como “perezosos e ignorantes”, su cultura y sus tradiciones fueron denigradas.
Sobre su explotación y opresión, entre otros factores, se construyó la potencia imperialista que hoy es Estados Unidos.
Hay una apasionante historia por contar sobre su resistencia, su cultura, sus intentos de organización, las luchas que protagonizaron desde el siglo XIX hasta la década de 1980.
Ésos fueron los inicios del convulso proceso de formación de la clase obrera latina en el gigante del norte, que en el siglo XXI siguen con los salarios más bajos de Estados Unidos, criminalizados, bajo amenaza de cárcel y deportación cada día. Porque el presidente Barack Obama, fiel discípulo de sus predecesores, sabe perfectamente que mantener a la comunidad latina bajo el terror –así como a la comunidad afroamericana– le resulta útil al capitalismo para continuar enriqueciéndose con el sudor y el trabajo de la clase obrera multiétnica estadounidense.

Bárbara Funes
México D.F | @barbarafunes2

India, la cara oscura del “desarrollismo”



La escritora y activista Arundhati Roy publica Espectros del capitalismo

Editado en octubre de 2015 por Capitán Swing, el libro Espectros del capitalismo, de la escritora y activista india Arundhati Roy (Shillong, India, 1961), pone el foco en la cara oscura de la gigantesca “democracia” india, con más de 800 millones de votantes, donde los activos de las cien personas con mayor patrimonio representan el 25% del PIB, mientras que el 80% de la población vive con menos de medio dólar diario, según recoge el texto. La narradora y autora de El dios de las pequeñas cosas informó a los activistas del movimiento Occupy Wall Street en Nueva York del suicidio de 250.000 campesinos indios. “Estados Unidos ha vendido aviones de combate por valor de 5.000 millones de dólares a mi país, que tiene más pobres que todos los países más pobres de África juntos; a esto lo llamamos progreso y nos consideramos una superpotencia”.

El ensayo de 110 páginas de Arundhati Roy, quien denuncia tanto el imperialismo estadounidense como el sistema de castas en la India, revela los entresijos de un país en el que se “venden” las emergentes “clases medias” (300 millones de personas, según algunas estadísticas) surgidas en parte de las “reformas” del FMI, y la pujanza de un conjunto de grandes empresas: Tata, Jindal, Vedanta, Mittal, Infosys, Essar, Sterlite o Reliance. “Hay un puñado de corporaciones que gobiernan la India”, subraya la escritora. Para hacerse una idea de su dimensión, los Tata dirigen más de un centenar de empresas en 80 países, dedicadas a la minería, yacimientos de gas, acerías, televisión, automóviles, urbanizaciones para profesionales de la “nueva economía” en la India, cadenas hoteleras, editoriales y cosméticos. Según la activista, “la era en que todo es susceptible de privatización ha hecho que la economía India sea una de las que tenga mayor crecimiento del mundo”.
Una de las fuentes de lucro para los emporios privados ha sido la actividad extractiva y la exportación de minerales, vinculadas a las privatizaciones de montañas, bosques, ríos y selvas. Las grandes compañías también han acumulado capital gracias a la adquisición de grandes extensiones de tierra, convertidas en “Zonas Económicas Especiales” (ZEE), que bajo la coartada del “interés general” han acogido proyectos de autopistas, polígonos de industrias químicas, fábricas de automóviles, presas o circuitos de Fórmula 1. No cuajaron las reivindicaciones de reforma agraria o reparto de la tierra, reivindicadas por las guerrillas maoístas o el Movimiento de la Revolución Total de Jayaprakash Narayan. Hoy, “cualquier insinuación de que hay que redistribuir la tierra o la riqueza se consideraría no sólo contraria a la democracia, sino lunática”, concluye Arundhati Roy. Millones de personas sin tierra –mayoritariamente “dalits” o parias y “adivasis” (tribus o pueblos indígenas)- “ni siquiera aparecen en los discursos de los activistas radicales”.
El texto publicado por Capitán Swing es un grito de rabia, pero no se queda únicamente en la ira. Documenta ejemplos sobre la puesta en almoneda del territorio y las complicidades entre los ejecutivos y las transnacionales. En 2005 los gobiernos de los estados de Chhattisgarh, Orissa y Jharkhand suscribieron centenares de acuerdos con grandes corporaciones privadas, por los que se cedió a precio de saldo la explotación del hierro, la bauxita y otros minerales. En enero de 2006, en el municipio de Kalinganagar (Orissa) diez pelotones de policía dispararon contra vecinos que reclamaran por las escasas indemnizaciones que percibieron por la expropiación de las tierras; murieron 13 personas (incluido un agente) y 37 resultaron heridas. Con la excusa de combatir el “terrorismo maoísta”, en Chhattisgarh la milicia ciudadana “Salwa Judum” se abrió camino a sangre y fuego por los pueblos de la selva. El libro Espectros del capitalismo apunta el balance: vaciamiento de 600 municipios y comunidades, 50.000 personas que abandonaron la selva para ingresar en campos policiales y otras 350.000 forzadas a huir. Es la realidad que acompaña a macroiniciativas que la autora califica como “delirantes”, por ejemplo, la presa de Kalpasar (estado de Guyarat): un dique de 34 kilómetros de largo, con una autopista de diez carriles y, por encima, una línea ferroviaria. Se trataría de “crear un embalse de agua dulce de los ríos del Estado”.
Uno de los ejes del libro son los mecanismos que actúan como “pantalla” para que puedan desarrollarse los megaproyectos. “El cine, las instalaciones y la avalancha de festivales literarios han sustituido a la obsesión de los años noventa por los concursos de belleza”, explica Arundhati Roy. A estas iniciativas se apuntan como entidades patrocinadoras el grupo Jindal, Essar o Tata Steel. La empresa Vedanta, responsable de la extracción de bauxita en el territorio de la antigua tribu “dongria Kondh”, esponsoriza un concurso de cine titulado “Crear felicidad”. Filmes como Slumdog Millionaire resaltan la espiritualidad de los pobres y el colorido del país. También la Fundación Ford se ha sumado a estas prácticas, de hecho, ha invertido millones de dólares en la India en el patrocinio de artistas, cineastas y activistas, además del capital inyectado en universidades para cursos y becas. En 1957, la Fundación Rockefeller impulsó el galardón Ramón Magsaysay (presidente filipino aliado en el combate estadounidense contra el comunismo) para líderes comunitarios asiáticos.
La actividad de fundaciones y ONG ha tenido un fuerte impacto, asimismo, en el movimiento feminista. La autora de Espectros del capitalismo, activista contra la marginación de la mujer y los homosexuales, se pregunta: ¿Por qué la mayor parte de las organizaciones de mujeres y feministas “oficialistas” de la India mantiene una amplia distancia respecto a, por ejemplo, la Organización Revolucionaria de Mujeres Adivasi, con 90.000 miembros, que luchan contra el patriarcado y los desplazamientos provocados por las compañías mineras? ¿Por qué la expulsión de millones de mujeres de sus tierras no se considera un “tema feminista”? Arundhati Roy señala asimismo la capacidad de las estructuras oficiales para neutralizar los movimientos contestatarios. Inspirado en el Black Power de Estados Unidos, el movimiento Dalit “fue fracturado y desactivado con mucha ayuda por parte de organizaciones hinduistas de derechas y de la Fundación Ford; su transformación en capitalismo Dalit está bastante avanzada”. La escritora, que considera a Gandhi, Mandela y Martin Luther King como sus tres principales mentores, hace hincapié en la penetración del capitalismo en las universidades indias. Por ejemplo, el grupo Jindal gestiona la Facultad de Derecho Global Jindal. Nandan Nilekani, del grupo Infosys, donó cinco millones de dólares para promover la Iniciativa India en la Universidad de Yale. También se otorgan premios en materia de desarrollo rural y alivio de la pobreza.
Galardonada con el Premio Sydney de la Paz en 2004 y el Tribunal Mundial sobre Irak (2005), Arundhati Roy dedica un capítulo al activista Anna Hazare y su campaña por la Ley Jan Lokpal, de la que pueden extraerse conclusiones sobre el sentido hacia el que se orientan las grandes corrientes de opinión. Ensalzado como “la voz del pueblo” por los grandes medios, los ayunos y protestas de Anna Hazare en 2011 derivaron en críticas a los políticos indios, lo que suponía una coartada para nuevas privatizaciones, mientras se silenciaba la corrupción de las grandes empresas. La activista también ilumina en un puñado de páginas cómo la razón de estado (indio) actúa en Cachemira, región de mayoría musulmana fronteriza entre la India y Pakistán, donde los dos países han mantenido tres guerras desde 1947. El levantamiento contra el Gobierno indio iniciado en la década de los 90 ha terminado con cerca de 70.000 muertos y 10.000 desaparecidos.
En ese contexto de conflicto, destaca la deportación del periodista radiofónico David Barsamian, a quien el Estado indio consideró un riesgo para la seguridad del Estado por informar, de modo independiente, sobre Cachemira, “la zona del mundo bajo mayor ocupación militar” (600.000 militares para 10 millones de personas, según destacaba The Economist en 2007). Otro periodista sometido a persecución policial es Lingaram Kodopi, quien denunció la barbarie paramilitar en tres pueblos en el distrito de Dantewada. Fue otro más de los señalados como “maoísta”. El último punto analizado en el ensayo es el ahorcamiento de Afzal Guru en 2013, acusado de ser el principal responsable del ataque al Parlamento indio en 2001. “Un ajusticiamiento precipitado y secreto tras un juicio sin garantías”, concluye Arundhata Roy. “Una semana después del atentado contra el Parlamento el Gobierno (indio) llamó a su embajador en Pakistán y envió medio millón de tropas a la frontera”.

Enric Llopis

Militares latinoamericanos

“En Estados Unidos no hay golpes de Estado porque no hay embajada americana”.

Los militares latinoamericanos, como todo militar, se han dedicado a la guerra; pero en muy buena medida a un tipo de guerra peculiar: las guerras civiles. En el transcurso del pasado siglo casi no hubo guerras interestatales en la región; la función de las fuerzas armadas se concentró en la represión interna.
Como parte de la Guerra Fría, prácticamente todos los países latinoamericanos vivieron guerras internas insurgentes y contrainsurgentes. Con distintas modalidades, en toda el área entre los 60 y los 90, tuvieron lugar feroces procesos de militarización. A la proclama revolucionaria siguieron invariablemente atroces acciones represivas.
La respuesta contrarrevolucionaria la dieron los Estados con sus cuerpos armados, ejércitos fundamentalmente. Esto pone en evidencia dos cosas: por un lado ratifica qué son en verdad las maquinarias estatales ("violencia de clase organizada", según la definición leninista), a favor de qué proyecto se establecen y perpetúan (obviamente no del campo popular); y por otro lado, desnuda la estructura de los poderes: los ejércitos reprimieron el proyecto revolucionario, pero ellos cumplieron su mandato; el real poder que usó la fuerza para seguir manteniendo sus privilegios no aparece en escena.
Hoy día, terminada la Guerra Fría y el "peligro comunista", dado que las sociedades fueron hondamente desmovilizadas producto de la brutal represión, los ejércitos retornaron a sus cuarteles. Incluso en los últimos años, habiéndose tornados ya innecesarios para el mantenimiento de la "paz" interior –porque el trabajo estaba cumplido– se inician tibios procesos de revisión de las guerras internas, de sus excesos y abusos.
Pasadas las dictaduras militares, con distintas modalidades, con suertes diversas también en los procesos emprendidos, los países que sufrieron esos monstruosos conflictos armados iniciaron alguna suerte de ajuste de cuentas con su historia. Más allá de los resultados de esos procesos, desde el enjuiciamiento y condena a los comandantes argentinos hasta la total impunidad y el retorno al poder por vía democrática en Bolivia o en Guatemala, el común denominador ha sido y sigue siendo que los ejércitos contrainsurgentes cargan con todo el peso político y la reprobación social respecto a las guerras sucias transcurridas.
Sin ninguna duda, esas guerras fratricidas fueron sucias, de más está decirlo. La tortura, la desaparición forzada de personas, la violación sistemática de mujeres, el arrasamiento de poblaciones rurales enteras, fueron parte de las estrategias de guerra seguidas por todos los cuerpos castrenses. Hoy día, cuando pensamos en el fracaso de los proyectos revolucionarios latinoamericanos, tenemos inmediatamente la imagen del verde olivo y las botas militares. ¿Pero no estaban preparados para eso los ejércitos de esta región?
La doctrina militar de todos los ejércitos del área no se elabora en Latinoamérica: para eso estaba la Escuela de las Américas en Panamá, por años sede del Comando Sur de las fuerzas estadounidenses. Los cuerpos castrenses locales han funcionado como ejércitos de ocupación; sus hipótesis de conflicto no eran las guerras contra otras potencias regionales sino el enemigo interno. Los distintos grupos elites que se crearon tenían como objetivo mantener aterrorizadas a las propias poblaciones. Esos soldados, preparados en definitiva por Washington en su lógica de contención del avance comunista, adiestrados en las más despiadadas metodologías de guerra sucia y bendecidos por los grupos de poder locales, en las pasadas intervenciones que tuvieron no hicieron sino cumplir con el papel para el que fueron educados. En otros términos: fueron buenos alumnos.
Hoy día se habla de revisar el pasado. Ello es imprescindible, por cierto. El futuro se construye mirando el pasado; la basura no puede esconderse debajo de la alfombra porque inexorablemente, siempre, lo reprimido retorna. Pero esto abre una duda: revisar el pasado no debe ser sólo el juicio y castigo a los responsables directos de los crímenes infames que enlutaron las sociedades latinoamericanas las pasadas décadas.
Las fuerzas armadas cumplieron sus funciones, como sus mismos comandantes se cansaron de repetir en cualquiera de los países donde condujeron las guerras internas, y no tuvieron nada de qué arrepentirse. Por supuesto que lo condenable es la extralimitación en que, como Estado, incurrieron estas fuerzas. El Estado no puede reprimir a su población, pero ¿de qué Estado hablamos? Es quimérico pensar que este aparato de Estado pertenece a todos; las dictaduras militares lo demostraron. Cuando el andamiaje real del poder de las clases dominantes es tocado, ahí se desnuda el carácter del Estado, de las "democracias" parlamentarias.
Si pedimos juicio y castigo a los responsables de los cientos de miles de muertos, desaparecidos, torturados y exiliados de los países latinoamericanos de nuestra historia reciente, si pedimos justicia para no olvidar la historia negra que se vivió, no debemos olvidar nunca que el enemigo no es el guardaespaldas del amo: sigue siendo el amo.

Marcelo Colussi

Material aparecido originalmente en la revista digital Plaza Pública el 8/2/16.

¿Casa Blanca socialista?



En Wall Street, en los grandes medios y, por supuesto, en la cúpula política de Estados Unidos, se han encendido las alarmas debido al creciente apoyo a la campaña del senador Bernie Sanders, el socialista democrático que inesperadamente empató a Hillary Clinton en las primarias de Iowa y claro favorito para llevarse Nueva Hampshire

En Wall Street, en los grandes medios y, por supuesto, en la cúpula política de Estados Unidos, se han encendido las alarmas debido al creciente apoyo a la campaña del senador Bernie Sanders, el socialista democrático que inesperadamente empató a Hillary Clinton en las primarias de Iowa y claro favorito para llevarse Nueva Hampshire -Foto Ap
En un hecho inusitado en la historia de este país y que está provocando alarma en Wall Street, en los grandes medios, y por supuesto entre la cúpula política, un proclamado socialista goza del apoyo creciente de millones a lo largo y ancho de Estados Unidos.
¿Estados Unidos está listo para un presidente socialista? fue la cabeza de la nota principal de la edición estadunidense de The Guardian este fin de semana. Ataques y gritos de representantes y operativos del orden establecido –políticos nacionales de ambos partidos, comentaristas dizque muy sofisticados y de las páginas editoriales del Washington Post y otros medios– sólo han servido para comprobar que el socialista se está volviendo una amenaza real para ellos. Tal vez lo más revelador en ese sentido fue que uno de los generales más poderosos de Wall Street considera el surgimiento de este socialista un momento peligroso en la historia del país.
Aunque La Jornada ha reportado desde un principio sobre el precandidato presidencial demócrata Bernie Sanders, quien se identifica como socialista democrático, y su creciente impacto en el proceso electoral estadunidense, y hemos recordado que el socialismo no es un bicho extraño ni foráneo en la historia de este país (http://www.jornada.unam.mx/2016/01/25/opinion/023o1mun), aún es difícil digerir que algo así está ocurriendo en el país más poderoso y campeón histórico, hasta histérico, en la lucha contra el socialismo en el mundo.
No es menos difícil para los proclamados expertos institucionales de la realidad estadunidense aquí. Desde hace meses han insistido en que un aspirante presidencial socialista en Estados Unidos no tiene probabilidades de llegar ni cerca de la Casa Blanca. Pero cada día se siguen sorprendiendo, sobre todo la reina del Partido Demócrata Hillary Clinton, su equipo de profesionales y sus circuitos tan extensos dentro del poder. Nadie de éstos lo pronosticó y mucho menos se preparó para esta coyuntura, que sencillamente no cabía en su marco.
Cada día se asustan más. Operadores de la campaña de Clinton están intensificando sus esfuerzos para etiquetar de "radical" y por lo tanto "inelegible" a Sanders, y aliados ya empiezan a tener tintes macartistas, alimentando el debate de que el senador es algo más parecido a un comunista, y que sus ideas están fuera de lo aceptable para este país.
Sanders es lo que en cualquier otro país sería un social demócrata y no un socialista marxista, aunque disfruta convocar una "revolución política" para que el pueblo recupere la democracia que ahora está en manos de "la clase millonaria y multimillonaria" y de Wall Street que "controla la vida económica y política de este país". Señala que comparte una ideología de tipo Franklin D. Roosevelt y su modelo son los países escandinavos y Canadá.
Pero los cada vez más asustados buscan atacarlo a la antigüita, como en tiempos de la guerra fría, al vincularlo, en la imaginación popular, con el antiguo bloque socialista. Y cada vez que lo hacen, sus simpatizantes se multiplican, sobre todo entre los jóvenes que como sector electoral están abrumadoramente a su favor (ganó 84 por ciento del voto joven en Iowa; en las encuestas antes de las primarias en Nueva Hampshire este martes, 87 por ciento de los jóvenes dicen que votarán por él, contra sólo 13 por ciento para Clinton).
Vale subrayar que este fenómeno no se puede reducir a un individuo como Sanders, sino que es la manifestación de una corriente política potencialmente poderosa dentro de este país, que primero se expresó en luchas recientes, desde Ocupa Wall Street a Black Lives Matter a los Dreamers, y antes en los movimientos altermundistas.
Lloyd Blankfein, el ejecutivo en jefe de Goldman Sachs, en comentarios en un programa de televisión de CNBC, la semana pasada, comentó acerca del fenómeno de Sanders que esto tiene el "potencial de ser un momento peligroso". Deploró que aparentemente el precandidato no desea hacer "concesiones" a Wall Street, y él y sus entrevistadores en CNBC se burlaron sobre cómo sus simpatizantes deberían irse a Cuba si tanto les gusta el socialismo. Jamás reconoció que la ira de los simpatizantes de Sanders proviene de lo que él y sus compinches hicieron en el fraude financiero más grande de la historia que destruyó millones de empleos, llevó a la pérdida de más de 4 millones de hogares y a la intensificación de la concentración de la riqueza, y el poder, en este país.
"Ya basta" (Enough is enough) es la consigna con que culminan los discursos de Sanders al hablar sobre la extrema desigualdad de ingreso y riqueza en este país, y cómo el 1 por ciento se ha apoderado de todo, incluido el proceso político estadunidense.
Es este mensaje que genera un apoyo cada vez más amplio, por lo menos una nueva encuesta nacional registra que la brecha entre él y Clinton a nivel nacional se ha reducido de más de 30 puntos hace unos meses, a sólo dos hoy día (aunque es sólo una, y el promedio de todas las encuestas sigue mostrando a Clinton con ventaja de 14 puntos, aun así mucho más reducida que al principio, cuando la brecha era de casi 40 puntos). Según las encuestas, Sanders ganará a Clinton, y por amplio margen, la elección primaria en Nueva Hampshire este martes, después de sorprenderla con un empate técnico en Iowa la semana pasada.
Y Sanders ha hecho todo esto desde abajo –con la maquinaria del partido y la cúpula política y económica en su contra– con el apoyo de más de un millón de donantes individuales, más un creciente ejército de jóvenes que apoyan al precandidato más viejo (74 años).
Ante la gran sorpresa de los guardianes del viejo orden, furiosos ante este desafío, queda claro que, gane o no el socialista, algo está cambiando en la política estadunidense.
No se sabe si eso logrará instalar una presidencia socialista en la Casa Blanca, o si es algo tal vez aún más amplio: el inicio de una rebelión popular ante el modelo neoliberal impuesto en Estados Unidos durante los últimos 30 años.

David Brooks
La Jornada

lunes, febrero 08, 2016

Putin contra Lenin: ¿a qué fantasma le teme el Kremlin?



El 25 de enero pasado los dichos del presidente ruso, Vladimir Putin, resonaron en la prensa internacional. A un año del centenario de la gran Revolución de Octubre, el mandatario realiza una de las críticas más duras emitidas por el Kremlin contra Lenin, tras oír ´Una enfermedad sublime´, del poeta Boris Pasternak sobre el líder bolchevique, y la revolución del 1917. Días más tarde, en un foro del Frente Popular, continuó "aclarando" por si hiciera falta

El imperio contraataca

Según el presidente ruso, en un debate acerca de la cuestión nacional (que tuvo lugar en el primer tercio del siglo XX), Lenin se equivocó al querer conceder a las repúblicas integrantes del Estado el derecho a la independencia “y eso fue una bomba atómica bajo el edificio de nuestro Estado: se depositó una bomba bajo un edificio llamado Rusia, que después explotó".
¿Qué sentido tiene este balance histórico? ¿Por qué atacar a la figura de Lenin? Una primera lectura arroja un claro mensaje en relación al conflicto abierto con Ucrania en el 2013, reforzado por el remate: "Las fronteras se decidían de manera absolutamente arbitraria y no siempre justificada. A Ucrania, por ejemplo, le dieron el Donbas [actual región en disputa entre los separatistas prorrusos y el Estado ucraniano, N de R]". De esta forma, se intenta legitimar las aspiraciones expansionistas imperiales de Rusia y justificar la agresiva política exterior, no sólo hacia las zonas aledañas sino también hacia los intereses e intervenciones en Medio Oriente, principalmente en Siria.

Seguir apropiándose de nuestro pasado

Sin embargo, no termina de explicar el ataque hacia una de las principales figuras de la revolución rusa, muerta hace más de 90 años. ¿A qué le teme el maestro de ceremonias del ´Imperio ruso’? Putin ha sabido manifestar aprecio por Stalin y no es para menos ya que, con toda justicia, podría considerárselo el padre de la burocracia gobernante de "La Gran Patria Rusa" (llamada así por los ideólogos nacionalistas que aprueban la opresión a las nacionalidades dentro - y fuera - del territorio). Recordemos que al momento de la muerte de Lenin, una de las discusiones que atravesaba y dividía al Partido Bolchevique giraba alrededor de la cuestión nacional y las nacionalidades oprimidas. Lenin y Trotsky habían librado una enérgica batalla contra el sector de Stalin, alrededor de la independencia de Georgia (habiendo consentido con anterioridad a la misma, a Finlandia en 1918). Levantaban el derecho de cada nación a determinarse y decidir voluntariamente su integración a la República de los Soviets aunque, desde ya, apoyando e incentivando a las organizaciones obreras revolucionarias contra las tendencias reaccionarias y procapitalistas.
Esta cuestión no puede ser tomada por separado del plan estratégico de los dirigentes fundadores de la Tercera Internacional. Para ellos, era necesaria la acción consciente y voluntaria de las masas, organizadas para la toma del poder político en función de la transformación de las bases económicas de la sociedad, la expropiación de los medios de producción, los recursos estratégicos, el monopolio estatal del comercio exterior, entre otras medidas. Es decir, la centralización y administración racional de los recursos nacionales en función de las necesidades de las mayorías.

El lobo con capucha roja devora al leñador

Putin recarga y gatilla: “Gobernar con tus ideas como guía es correcto, pero sólo en el caso de que esa idea lleve a resultado correctos, no como ocurrió con Vladímir Ilich [Lenin, N de R]. Al final esa idea llevó a la ruina de la Unión Soviética"
Tampoco le vendría mal recordar al ex agente de la KGB (servicio de inteligencia ruso) que la transformación social, política y económica llevó a la atrasada y semifeudal Rusia de los zares a dar un salto en su desarrollo convirtiéndose uno de los países más desarrollados de entonces, a pesar del entorpecimiento y la irracionalidad de las trabas burocráticas- tras el ascenso de Stalin - y el aislamiento internacional. La "debacle" no fue producto del triunfo de las ideas de Lenin, sino todo lo contrario: de la traición y derrota de las mismas, o sea del retroceso y aplastamiento del movimiento revolucionario internacional. Fueron los casi 70 años de despotismo burocrático, sobre las conquistas de la revolución, lo que lo devoró por dentro. Usurparon el enorme prestigio internacional que tenían entre los trabajadores del mundo el Partido Bolchevique y el primer estado obrero, para intentar perpetuarse en el poder. Fueron traicionadas una por una las incontables revoluciones que hubo a lo largo del Siglo XX, mientras se degeneraba y se sentaban las bases y condiciones para una restauración y vuelta al capitalismo.

¿Enterramos a Lenin?

Desde el gobierno ruso tuvieron que aclarar, por las dudas, que está fuera de agenda el entierro del embalsamado y expuesto Lenin. Si bien la atrocidad de momificarlo y convertirlo en un ícono inofensivo fue otra de las medidas tomadas por Stalin, como parte de su visión personalista para terminar de convertirse él mismo en el incuestionable gran "Padre de la Patria"; hoy en día puede ser un símbolo peligroso para la clase gobernante ante la perspectiva de nuevas crisis del capitalismo global.
Como decía Marx "La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos", o como escribía Adorno: "El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza sólo es inherente al historiador que está penetrado de lo siguiente: tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer".

Preparar el porvenir

La historia oculta del Siglo XX es la de las grandes guerras y revoluciones. Las fortalezas que la clase obrera supo construir para el asalto de los cielos, como el estado obrero de la URSS o la Tercera Internacional, se volvieron en su contra y cumplieron un rol imprescindible para la derrota del movimiento revolucionario insurreccional (también para la defenestración de los ideales revolucionarios y comunistas, sobre los cuales se arma el relato de los vencedores).
Sin embargo, las contradicciones y condiciones que llevaron a esas crisis y gestas no fueron superadas por el capitalismo. La clase obrera internacional tendrá nuevas oportunidades a medida que continúen explotándola y sigan profundizándose las crisis del sistema capitalista mundial. Los líderes del mundo temen esta perspectiva, si bien no es inmediata. Ayer, Stalin tuvo que reinventar la historia y masacrar a miles y miles de honestos revolucionarios, tanto en la URSS como en el mundo para garantizar su poder y borrar la historia del partido de Lenin. Hoy Putín redobla la represión y la opresión a los pueblos bajo su dominio y continúa escupiendo sobre la historia.
Si bien hoy en día es algo lejano, el fantasma de la revolución social, podría despertar ante los cimbronazos y golpes de este sistema ahogado en sus propios engranajes, que intenta resolver sus crisis a punta de fusil. Es por esto que se vuelve imprescindible conocer nuestra historia.
No es casual que Putín, quien admite conservar su carnet de membresía del estalinista Partido Comunista, cerrara su descargo condenando el ajusticiamiento contra el zar y los líderes del imperio de aquel entonces. Y casi citando a Stalin, con una frase que sale de lo profundo de su clase, dice: "nosotros no necesitábamos una revolución global".
Nosotros, sí.

Matías Gali

Angela Davis, tres veces rebelde: mujer, negra y comunista



No es la primera vez que Angela Davis pisa Euskal Herria. Hace más de medio siglo, un 15 de setiembre de 1963, se encontraba en Biarritz cuando un grupo de extremistas blancos mató a cuatro menores en una iglesia de Birmingham (Alabama), muy cerca del lugar donde Davis creció con las leyes de la segregación racial como paisaje de fondo. Un lugar conocido como Dynamite Hill, la colina dinamita, por los atentados racistas perpetrados allí por el Ku Klux Klan contra familias negras.
El atentado quedó grabado en la memoria de la joven Davis, que posteriormente dedicará varias de sus obras a las cuatro víctimas. Pero en aquel año 63, en plena efervescencia de la lucha por los derechos civiles en EEUU (en agosto el mundo escuchó el sueño de Martin Luther King), se encontraba estudiando en la Sorbona de París gracias a una beca; luchando con su particular versión de Jano, el dios romano de las puertas, los comienzos y los finales, representado con una cabeza de dos caras. Una imagen que la acompañará y a la que se referirá en más de una ocasión a lo largo de su vida.
Gracias a unos resultados extraordinarios, su carrera académica pasaba entonces por Europa, pero su compromiso militante la llamaba a casa. «Tenía la cabeza de Jano fijada; una cara llena de ganas de estar en la hermandad de Birminghan, la otra contemplando mi propio futuro. Pasó un largo tiempo antes de que ambos perfiles convergiesen», escribió en su autobiografía.
La balanza de Jano basculó así de un lado a otro hasta encontrar un siempre difícil equilibrio. Después de seguir sus estudios en la Universidad Goethe de Alemania, rechazó realizar el doctorado al lado de nombres propios de la escuela de Frankfurt como Theodor X. Adorno o Jürgen Habermas y regresó a EEUU, a la Universidad de California en San Diego, junto al filósofo Herbert Marcuse. Eran los años de los Black Panthers y la lucha contra la guerra de Vietnam.
Davis encontró cobijo militante en el Partido Comunista y refugio académico en la Universidad de California de Los Ángeles. Jano acecha y la primera trinchera le costará la segunda, junto a la enemistad vitalicia del entonces gobernador del Estado y posteriormente presidente Ronald Reagan. Fue expulsada después de que un agente oculto del FBI denunciase su militancia comunista. No sería su último encontronazo con los servicios secretos. Tampoco con un presidente de los EEUU.
Perseguida y amenazada por siglos de racismo institucionalizado y por el anticomunismo enfermizo herencia de los años de McCarthy, en ocasiones armada y con guardaespaldas, Davis se implicó con todo en el caso de los Soledad Brothers, tres afroamericanos acusados sin pruebas de la muerte de un carcelero blanco en el penal de Soledad. El 7 de agosto, el hermano de uno de los acusados, de 17 años, irrumpió fuertemente armado en el juicio para reclamar la libertad de los prisioneros. En la acción mueren él, dos presos y el juez. Davis es acusada de participar en la acción, el FBI la incluye entre los 10 criminales más buscados del país y comienza una huida que finaliza el 13 de octubre de 1971 en New York. El entonces presidente Nixon felicita al eterno director del FBI, J. Edgar Hoover, por la captura de la «peligrosa terrorista».
Tras unos meses en prisión, y arropada por la espectacular campaña «Free Angela», ella misma asume su defensa en un juicio en el que la acusaron de «asesinato», «secuestro» y «conspiración criminal», tres cargos penados con la condena a muerte. Fue absuelta. Más aun, Angela Davis recuperó la libertad convertida ya en icono de la lucha contra el racismo en EEUU y en el mundo. Desde Pablo Milanés a los Rolling Stones, pasando por John Lennon, no hubo quien no le dedicase una canción a Davis en aquellos años.

Conciliando a Jano

Mujer, negra y comunista, asumió con orgullo los tres dones que, cinco años antes, desde un mundo paralelo, la poeta catalana Maria Mercé Marçal agradeció al azar: «haber nacido mujer, de clase baja y nación oprimida». De hecho, es en la cárcel donde arranca la serie de reflexiones que desembocarán en su obra canónica, publicada en 1981: ‘Mujeres, raza y clase’.
Basado tanto en sus investigaciones académicas como en su experiencia militante, el libro, vigente 35 años después, reconcilia las dos caras de Jano, que son teoría y práctica, y que son también pasado y futuro. Echa mano del siempre semienterrado hilo de la historia e incluye la perspectiva de género a una todavía hoy incompleta historia de la esclavitud, del mismo modo en que denuncia el racismo y el clasismo de ciertos movimientos de mujeres, como el sufragista. Todo en vista a la construcción de futuro que pretende igualitario, pero del cual no se acaba de fiar.
«Sentía una insoportable tensión, era como si yo fuese dos personas, dos caras de la cabeza de Jano. Un perfil miraba fija y desconsoladamente el pasado, el fastidioso, violento y limitante pasado roto solo por ocasionales manchas de sentido. El otro miraba fijamente, con deseo y aprensión, el futuro; un futuro iluminado por el reto, pero que al mismo tiempo albergaba la posibilidad de la derrota», había dejado escrito antes en la autobiografía ya citada, publicada en 1974.

De la esclavitud a las prisiones

Davis ha pasado las dos últimas décadas estudiando el sistema penitenciario estadounidense y luchando por la abolición de las prisiones. En unos EEUU que, con el 5% de la población mundial, aportan el 25% de la población carcelaria, de la que una parte igualmente desproporcionada la constituyen presos y presas afroamericanas, dedicarse al estudio de las prisiones no fue ningún cambio de tercio en la carrera académica de Davis.
De hecho, no fue sino la evolución lógica y natural de un recorrido que sigue puntada a puntada el hilo histórico que de la esclavitud pasó al sistema de arrendamiento de convictos, un esquema con el que la población negra fue criminalizada en la segunda mitad del siglo XIX, detenida masivamente para luego, con la condena sobre la espalda, convertirse en mano de obra a disposición del Estado. En una frase: los negros y las negras dejaron de ser esclavos para convertirse en criminales. Y como tales, carentes de cualquier tipo de derechos civiles.
El sistema de arrendamiento de convictos como tal pasó a la historia, pero su herencia sigue bien vigente a día de hoy, en un país en el que 5,85 millones de personas, uno de cada cuarenta, no tienen derecho a voto a consecuencia de un juicio criminal. En porcentajes, el 7,7% de la población afroamericana tiene vetada su participación política en los EEUU, frente al 1,8% del resto de la población. La cifra, que clama al cielo, es la que lleva a Davis a denunciar que el fuertemente militarizado sistema carcelario estadounidense no es sino la prolongación de un estado de excepción con siglos de antigüedad. «De la prisión de la esclavitud, a la esclavitud de la prisión», resumió la propia Davis en un texto de 1995. Es esta constatación la que le lleva a rechazar la reforma del sistema de prisiones y a defender la abolición completa de las cárceles, asegurando que, mientras tanto, será la democracia la que quede permanentemente abolida.
Lejos de limitarse al sistema penitenciario estadounidense, Davis ha abordado los sistemas penales de diversos países (Cuba y Holanda, especialmente), consciente de que las vulneraciones de derechos pocas veces conocen fronteras. Un internacionalismo aprendido en el París de finales de los años 60, en plena lucha de liberación argelina, y que hoy, 7 de febrero de 2016, medio siglo después de la angustiosa jornada vivida en Biarritz, le lleva a viajar a Logroño a exigir la libertad de otro preso político [Arnaldo Otegi].

Beñat Zaldua
Resumen Latinoamericano

"Es el momento más crítico en la historia de la humanidad"

Entrevista al intelectual estadounidense Noam Chomsky

Chomsky repasa las principales tendencias del escenario internacional, la escalada militarista de su país y los riesgos crecientes de guerra nuclear. Se detiene en el proceso electoral estadunidense y esboza una reflexión sobre las esperanzas de paz en Colombia

Estados Unidos fue siempre una sociedad colonizadora. Incluso antes de constituirse como Estado estaba eliminando a la población indígena, lo que significó la destrucción de muchas naciones originarias, sintetiza el lingüista y activista estadunidense Noam Chomsky cuando se le pide que describa la situación política mundial. Crítico acérrimo de la política exterior de su país, sostiene que desde 1898 se volcó hacia el escenario internacional con el control de Cuba, a la que convirtió esencialmente en colonia, para invadir luego Filipinas, asesinando a un par de cientos de miles de personas.
Continúa hilvanando una suerte de contrahistoria del imperio: Luego le robó Hawai a su población originaria, 50 años antes de incorporarla como un estado más. Inmediatamente después de la segunda Guerra Mundial Estados Unidos se convierte en potencia internacional, con un poder sin precedente en la historia, un incomparable sistema de seguridad, controlaba el hemisferio occidental y los dos océanos, y naturalmente trazó planes para tratar de organizar el mundo a su antojo.
Acepta que el poder de la superpotencia ha disminuido respecto al que tenía en 1950, la cima de su poder, cuando acumulaba 50 por ciento del producto interno bruto mundial, que ahora ha caído hasta 25 por ciento. Aun así, le parece necesario recordar que Estados Unidos sigue siendo el país más rico y poderoso del mundo, y a nivel militar es incomparable.

Un sistema de partido único

En algún momento Chomsky comparó las votaciones en su país con la elección de una marca de pasta de dientes en un supermercado. El nuestro es un país de un solo partido político, el partido de la empresa y de los negocios, con dos facciones, demócratas y republicanos, proclama. Pero cree que ya no es posible seguir hablando de esas dos viejas colectividades políticas, ya que sus tradiciones sufrieron una mutación completa durante el periodo neoliberal.
Están los republicanos modernos que se hacen llamar demócratas, mientras la antigua organización republicana quedó fuera del espectro, porque ambas partes se desplazaron a la derecha durante el periodo neoliberal, igual que sucedió en Europa. El resultado es que los nuevos demócratas de Hillary Clinton han adoptado el programa de los viejos republicanos, mientras éstos fueron completamente desplazados por los neoconservadores. Si usted mira los espectáculos televisivos donde dicen debatir, sólo se gritan unos a los otros y las pocas políticas que presentan son aterradoras.
Por ejemplo, destaca que todos los candidatos republicanos niegan el calentamiento global o son escépticos, que si bien no lo niegan dicen que los gobiernos no deben hacer algo al respecto. Sin embargo el calentamiento global es el peor problema que la especie humana ha enfrentado jamás, y estamos dirigiéndonos a un completo desastre. En su opinión, el cambio climático tiene efectos sólo comparables con la guerra nuclear. Peor aún, los republicanos quieren aumentar el uso de combustibles fósiles. No estamos ante un problema de cientos de años, sino de una o dos generaciones.
La negación de la realidad, que caracteriza a los neoconservadores, responde a una lógica similar a la que impulsa la construcción de un muro en la frontera con México. “Esas personas que tratamos de alejar son las que huyen de la destrucción causada por las políticas estadunidenses.
En Boston, donde vivo, hace un par de días el gobierno de Obama deportó a un guatemalteco que vivió aquí durante 25 años; tenía una familia, una empresa, era parte de la comunidad. Había escapado de la Guatemala destruida durante la administración Reagan. En respuesta, la idea es construir un muro para prevenirnos. En Europa es lo mismo. Cuando vemos que millones de personas huyen de Libia y de Siria a Europa, tenemos que preguntarnos qué sucedió en los últimos 300 años para llegar a esto.

Invasiones y cambio climático se retroalimentan

Hace apenas 15 años no existía el tipo de conflicto que observamos hoy en Medio Oriente. Es consecuencia de la invasión estadunidense a Irak, que es el peor crimen del siglo. La invasión británica-estadunidense tuvo consecuencias horribles, destruyeron Irak, que ahora está clasificado como el país más infeliz del mundo, porque la invasión se cobró la vida de cientos de miles de personas y generó millones de refugiados, que no fueron acogidos por Estados Unidos y tuvieron que ser recibidos por los países vecinos pobres, a los que se encargó recoger las ruinas de lo que nosotros destruimos. Y lo peor de todo es que instigaron un conflicto entre sunitas y chiítas que no existía antes.
Las palabras de Chomsky recuerdan la destrucción de Yugoslavia durante la década de 1990, instigada por Occidente. Al igual que Sarajevo, destaca que Bagdad era una ciudad integrada, donde los diversos grupos culturales compartían los mismos barrios, se casaban miembros de diferentes grupos étnicos y religiones. La invasión y las atrocidades que siguieron instigaron la creación de una monstruosidad llamada Estado Islámico, que nace con financiación saudita, uno de nuestros principales aliados en el mundo.
Uno de los mayores crímenes fue, en su opinión, la destrucción de gran parte del sistema agrícola sirio, que aseguraba la alimentación, lo que condujo a miles de personas a las ciudades, creando tensiones y conflictos que explotan apenas comienza la represión.
Una de sus hipótesis más interesantes consiste en cruzar los efectos de las intervenciones armadas del Pentágono con las consecuencias del calentamiento global.
En la guerra en Darfur (Sudán), por ejemplo, convergen los intereses de las potencias con la desertificación que expulsa poblaciones enteras de las zonas agrícolas, lo que agrava y agudiza los conflictos. Estas situaciones desembocan en crisis espantosas, como sucede en Siria, donde se registra la mayor sequía de su historia que destruyó gran parte del sistema agrícola, generando desplazamientos, exacerbando tensiones y conflictos, reflexiona.
Aún no hemos pensado detenidamente, destaca, sobre lo que implica esta negación del calentamiento global y los planes a largo plazo de los republicanos que pretenden acelerarlo: Si el nivel del mar sigue subiendo y se eleva mucho más rápido, se va a tragar países como Bangladesh, afectando a cientos de millones de personas. Los glaciares del Himalaya se derriten rápidamente poniendo en riesgo el suministro de agua para el sur de Asia. ¿Qué va a pasar con esos miles de millones de personas? Las consecuencias inminentes son horrendas, este es el momento más importante en la historia de la humanidad.
Chomsky cree que estamos ante un recodo de la historia en el que los seres humanos tenemos que decidir si queremos vivir o morir: “Lo digo literalmente. No vamos a morir todos, pero sí se destruirían las posibilidades de vida digna, y tenemos una organización llamada Partido Republicano que quiere acelerar el calentamiento global No exagero –remata– es exactamente lo que quieren hacer”.
A continuación cita el Boletín de Científicos Atómicos y su Reloj del Apocalipsis, para recordar que los especialistas sostienen que en la Conferencia de París sobre el calentamiento global era imposible conseguir un tratado vinculante, solamente acuerdos voluntarios. ¿Por qué? Debido a que los republicanos no lo aceptarían. Han bloqueado la posibilidad de un tratado vinculante que podría haber hecho algo para impedir esta tragedia masiva e inminente, una tragedia como nunca ha existido en la historia de la humanidad. Eso es lo que estamos hablando, no son cosas de importancia menor.

Guerra nuclear, posibilidad cierta

Chomsky no es de las personas que se dejan impresionar por modas académicas o intelectuales; su razonamiento radical y sereno busca evitar furores y, quizá por eso, se muestra reacio a echar las campanas al vuelo sobre la anunciada decadencia del imperio. Tiene 800 bases alrededor del mundo e invierte en su ejército tanto como todo el resto del mundo junto. Nadie tiene algo así, con soldados peleando en todas partes del mundo. China tiene una política principalmente defensiva, no posee un gran programa nuclear, aunque es posible que crezca.
El caso de Rusia es diferente. Es la principal piedra en el zapato de la dominación del Pentágono, porquetiene un sistema militar enorme. El problema es que tanto Rusia como Estados Unidos están ampliando sus sistemas militares, ambos están actuando como si la guerra fuera posible, lo cual es una locura colectiva. Cree que la guerra nuclear es irracional y que sólo podría suceder en caso de accidente o error humano. Sin embargo, coincide con William Perry, ex secretario de Defensa, quien dijo recientemente que la amenaza de una guerra nuclear es hoy mayor de lo que era durante la guerra fría. Chomsky estima que el riesgo se concentra en la proliferación de incidentes que involucran fuerzas armadas de potencias nucleares.
La guerra ha estado muy cerca innumerables veces, admite. Uno de sus ejemplos favoritos es lo sucedido bajo el gobierno de Ronald Reagan, cuando el Pentágono decidió poner a prueba las defensas rusas mediante la simulación de ataques contra la Unión Soviética.
Resultó que los rusos se lo tomaron muy en serio. En 1983 después de que los soviéticos automatizaron sus sistemas de defensa detectaron un ataque de misil estadunidense. En estos casos el protocolo es ir directo al alto mando y lanzar un contraataque. Había una persona que tenía que transmitir esta información, Stanislav Petrov, pero decidió que era una falsa alarma. Gracias a eso estamos acá hablando.
Sostiene que los sistemas de defensa de Estados Unidos tienen errores serios y hace un par de semanas se difundió un caso de 1979, cuando se detectó un ataque masivo con misiles desde Rusia. Cuando el consejero de Seguridad Nacional, Zbigniew Brzezinski, estaba levantando el teléfono para llamar al presidente James Carter y lanzar un ataque de represalia, llegó la información de que se trataba de una falsa alarma. Hay docenas de falsas alarmas cada año, asegura.
En este momento las provocaciones de Estados Unidos son constantes. La OTAN están llevando a cabo maniobras militares a 200 metros de la frontera rusa con Estonia. Nosotros no toleraríamos algo así sucediendo en México.
El caso más reciente fue el derribo de un caza ruso que estaba bombardeando fuerzas yihadistas en Siria a fines de noviembre. Hay una parte de Turquía casi rodeada por territorio sirio y el bombardero ruso voló a través de esa zona durante 17 segundos, y lo derribaron. Una gran provocación que por suerte no fue respondida por la fuerza, pero llevaron su más avanzado sistema antiaéreo a la región, que le permite derribar aviones de la OTAN. Argumenta que hechos similares están sucediendo a diario en el mar de China.
La impresión que se desprende de sus gestos y reflexiones es que si las potencias que son agredidas por Estados Unidos actuaran con la misma irresponsabilidad que Washington, la suerte estaría echada.

Visión sobre Colombia

El lingüista estadunidense Noam Chomsky conoce de primera mano la realidad colombiana. Fiel a su estilo y sus ideas, visitó el país en puntillas, lejos de los focos académicos y mediáticos, para adentrarse en el Cauca, donde los indígenas nasa construyen su autonomía en resguardos y cabildos, con base en sus saberes ancestrales actualizados en medio del conflicto armado.
Parece haber señales positivas en las negociaciones de paz, reflexiona Chomsky. Colombia tiene una terrible historia de violencia desde el siglo pasado, la violencia en los años 50 era monstruosa, reconociendo que la peor parte ha sido la de las operaciones paramilitares. Más recientes son las fumigaciones de Estados Unidos, verdaderas operaciones de guerra química que desplazaron poblaciones campesinas para beneficio de multinacionales.
En consecuencia, Colombia es el segundo país del mundo en desplazados, detrás de Afganistán. Debería ser un país rico, próspero, pero se está rompiendo en pedazos, añade. Por eso, si las negociaciones de paz funcionan, eliminarán algunos de los problemas, no todos. Colombia aun sin el problema de la guerrilla sigue siendo uno de los peores países para los defensores de derechos humanos, para líderes sindicales y otros.
Uno de los peligros que observa en caso de que se firme la paz, sería la integración de los paramilitares en el gobierno, una realidad latente en el país. Así y todo, sostiene que la reducción del conflicto con las FARC sería un gran paso hacia adelante, por eso cree que se debe hacer todo lo posible para contribuir al proceso de paz.

Agustín Fernández Gabard y Raúl Zibechi
La Jornada

domingo, febrero 07, 2016

La disolución del Partido Comunista Italiano, la caída de un tigre de papel



En 1991 se disolvía formalmente el que llegó a ser el Partido Comunista más grande de Occidente, el Partido Comunista Italiano, que llegó a contar con 70 años de existencia, logrando mantenerse hasta en la larga noche negra del fascismo de Mussollini, de la que emergió siendo un partido de masas.

Parte I

Pionero en la orientación que terminó desembocando en el llamado eurocomunismo, para cuando se dio su disolución muy lejos estaba de aquel partido fundado por Gramsci en 1921 como ruptura revolucionaria de la socialdemocracia y desde hacía décadas se había convertido en un partido del régimen sin más horizonte que la defensa de la democracia burguesa. Hoy, cuando formaciones políticas como PODEMOS en el Estado Español reivindican su legado y al igual que aquel abogan por un “gran compromiso histórico” con fuerzas burguesas, planteamos algunas reflexiones sobre su deriva con gran actualidad para el presente.

La unidad nacional como estrategia

En un obituario político sobre la muerte de Lucio Magri (1), Perry Anderson planteaba: “Después de Berlinguer el PCI sufrió una constante involución. Menos importante que la moderación sin rumbo de su línea política, o que la falta de renovación de su estructura interna, era la transformación de su base social, con el paso de las generaciones, y el partido se convirtió en algo diferente después de décadas de sottogoverno. Murieron aquellos que habían conocido la Resistencia, disminuyó el apoyo de los trabajadores, sus funcionarios eran ahora en su mayoría cargos regionales o municipales satisfechos de sí mismos, y que formaban dudosas coaliciones locales o presidían empresas corporativas” (2). Algo así como un obituario del propio PCI que, como consecuencia lógica de haberse transformado en un partido completamente dócil, en 1991 terminaba de disolverse organizativamente. Anderson sitúa el comienzo del fin del PCI con la muerte de Berlinguer (Secretario General del PCI entre 1972 y su muerte en 1984), lo cual es válido para su influencia de masas y su composición social, pero lo cierto es que su deriva estratégica había comenzado décadas antes cuando adoptó la política de la unidad nacional.
Para conocer cómo llegó a este punto es necesario conocer la historia de este partido en el marco del estalinismo a nivel mundial. Teniendo en cuenta que la III Internacional fue disuelta en 1943 como ofrenda de Stalin a Occidente. En 1944, mientras Italia sufría la doble invasión aliada y alemana contra la que se había extendido una resistencia armada de masas obrero-campesina que ponía en jaque no sólo la invasión sino las propias bases capitalistas del país, Palmiro Togliatti (Secretario General del PCI desde 1927 hasta su muerte en 1964) había descendido de un paracaídas enviado por Moscú para imponer un giro en la orientación política del partido: la svolta di Salerno. Esta implicaba el abandono por parte del PCI de la estrategia insurreccionalista y su embarque en una política de unidad nacional, entrando al gobierno de Badoglio, ex mariscal del derrocado Mussolini, y luego al del socialista moderado Bonomi. Una versión italiana de la estrategia de Frente Popular impulsada por Stalin desde el VII Congreso de la IC, que el PCI adoptó tardíamente en comparación con el resto de los PC por estar en la clandestinidad y no haber acompañado la estalinización temprana sufrida por el resto de los PC.
En lo inmediato, se trataba de dotar de legitimidad a un gobierno debilitado por el avance de las masas como precondición para la tarea estratégica: contener el proceso revolucionario en curso.

La contrarrevolución democrática a la italiana

Togliatti diría en su primer discurso público al llegar a Italia: “hoy no se plantea ante los obreros italianos el problema de hacer lo que se hizo en Rusia (…) nosotros debemos garantizar el orden y la disciplina en la retaguardia de los ejércitos aliados.” Esta política fue crucial para evitar la revolución en Italia: a expensas de ésta las masas entregaron las armas a los aliados y fueron llamadas a una política que hizo eje en reformar la democracia burguesa, marcando como objetivo central la convocatoria a un referéndum donde el debate giraba en torno a monarquía o república. “La revolución democrática que se está realizando en nuestro país deberá culminar, en su primera fase, en la Asamblea Constituyente”, planteó Togliatti en su informe al V Congreso del PCI. En las fases sucesivas se iría avanzando hacia el socialismo por los cauces de una “república organizada sobre la base del sistema parlamentario representativo” en la que “toda reforma de contenido social se realice respetando el método democrático”, la Italia burguesa estaba a salvo. Pero lejos de una “revolución democrática” (3) lo cierto es que en Italia se dio el freno de la revolución obrera por vías democráticas, de las cuales nacería la nueva Constitución de 1946 como expresión institucional de la unidad nacional.
Por lo demás, podemos citar como una perla al respecto el hecho de que en su papel de ministro de Justicia del gobierno de unidad nacional encabezado por el demócrata cristiano De Gaspieri en 1946, Togliatti amnistió a 219.481 genocidas, reduciéndole las condenas a unos 3 mil fascistas acusados de crímenes graves, gracias a lo cual una gran parte de los miembros de la elite dirigente y la burguesía italiana que habían sostenido el fascismo se reincorporaron a su profesión e incluso a la función pública, reciclándose en el aparato represivo. La política que privilegiaba la unidad nacional para la “revolución democrática” del PCI fue incapaz de llevar hasta el final una tarea democrática tan elemental como juzgar a los genocidas.

1. Dirigente del PCI y organizador del grupo Il Manifesto que presentó posiciones críticas sobre la actuación del estalinismo en los procesos del ‘68 y la intervención del PCI en el “Otoño Caliente”.
2. Perry Anderson, Lucio Magri, Newt Left Review, N° 72, Noviembre-diciembre de 2011.
3. Concepción adoptada también por el dirigente trotskista argentino Nahuel Moreno.

Parte II

En su ensayo político “El sastre de Ulm”, Lucio Magri subraya que el PCI había salido de la Segunda Guerra Mundial y de la Resistencia siendo un partido muy diferente al de aquellas células clandestinas que se mantuvieron durante los años ‘20 y ’30. ”La consigna del partido de masas se había hecho realidad (...) En 1945 el PCI era un partido con 1.100.000 afiliados, en gran parte militantes; en 1946 alcanzó los 2.000.000. Incuestionablemente el mayor de todo Occidente (Francia incluida) y uno de los primeros del mundo. Su composición social señalaba al mismo tiempo un gran recurso y una gran dificultad. Era un partido de clase como quizá jamás se había visto antes. Sin embargo, ¿cómo era esa clase? (...) una muchedumbre de trabajadores manuales de la industria y del campo que a menudo no habían terminado la escuela elemental, les costaba trabajo leer o comprender la lengua nacional, no habían tenido experiencias sindicales, habían quedado al margen de la información y de la lucha política (...) en las secciones de partido aprendían a escribir, leían los primeros libros o algún diario, recibían algún rudimento de historia nacional y, arrastrados por esa nueva pasión llenaban las plazas cada tarde para discutir en corrillos improvisados y hacerse una primera idea. Los cuadros que este pueblo tenía que organizar y conformar eran unos pocos miles”. Digamos en primer lugar que de esta composición y estrategia se derivaba una idea del partido como “educador gradual” de las masas atrasadas obreras y campesinas, lo que estaba en correspondencia con una idea eminentemente culturalista de la construcción de la influencia comunista. Agreguemos que además de base obrera y campesina el PCI se nutrió de una importante base en sectores medios y de la pequeño-burguesía, atendiendo a la política de partido heterogéneo trazada por Togliatti: “el mediero y el inquilino, los parceleros, los pequeños empresarios, comerciantes, artesanos, pequeños contratistas y los intelectuales, entre otros, deberían ser bienvenidos al partido”. Si bien el PCI contaba con un núcleo dirigente experimentado en la clandestinidad y la resistencia, y con una cierta estructura de cuadros, ésta estaba en desproporción con el peso de masas que había adquirido la militancia y la influencia comunista, constituyendo una suerte de “partido-pueblo” en palabras de Magri, o populista “clasemediero”, se podría decir, lo que se correspondía con una estrategia de partido y una concepción de la construcción de la hegemonía, o más bien de la disolución de la misma.
Discutiendo contra la idea de “pocos pero buenos” que mantenía un ala de la dirección, Togliatti promovió una refundación del partido en el sentido de la constitución de “...un partido nacional italiano, es decir, un partido que plantee y resuelva el problema de la emancipación de los trabajadores en el cuadro de nuestra vida y libertad nacionales, haciendo suyas todas las tradiciones progresistas de la nación” (1). La hegemonía togliattiana será entendida entonces como ”política nacional”, de consensos entre los distintos sectores sociales por encima del predominio social y político del proletariado, donde la clave era la conquista de una amplia mayoría social para una estrategia electoralista de ocupar posiciones en los marcos de la democracia burguesa, idea que hoy reflotan formaciones políticas como Syriza en Grecia o Podemos en el Estado Español. Si en el primer caso llevó a que Syriza pasara en unos meses de postularse como el gobierno “antiausteridad” a la aplicación del mayor plan de ajuste en la historia griega, en el segundo caso llevó a Podemos a correrse cada vez más al centro en aras de sacar más votos, postulando ahora un gobierno de coalición con el mismo PSOE que hasta ayer denunciaba como parte de la casta que había que barrer.
La idea de partido de Lenin y Trotsky, y la que sostiene el PTS como parte del Frente de Izquierda, se aleja tanto de la idea del “pocos pero buenos”, una idea sectaria y propagandística del partido como pequeño grupo sin relación con el movimiento social, como del partido de masas como fuerza “nacional” que diluye los intereses de la clase obrera en una política de consensos con sectores burgueses y pequeño-burgueses. Se basa, por el contrario, en la construcción de un partido que agrupe a la vanguardia obrera, a sus sectores más conscientes (que en momentos de ascenso de la lucha puede alcanzar a varias decenas de miles), y que luche por conquistar influencia de masas creando fracciones clasistas en los sindicatos, en el movimiento estudiantil, en las luchas democráticas, en los organismos de masas. Desde esta perspectiva, la lucha por recuperar los sindicatos, por la conquista de diputados, etc. está al servicio de forjar una dirección política que dirija a fracciones de masas, recurriendo a distintas políticas de frente único, con el objetivo de la lucha contra el Estado burgués y por un gobierno obrero.

El PCI se enfría ante el “otoño caliente”

Como expresión de un nuevo ascenso revolucionario a nivel internacional (Mayo Francés, Primavera de Praga, Cordobazo) se dio en Italia el “Otoño Caliente”, un proceso que de conjunto se extendió hacia fines de la década del ‘70. En el contexto del boom económico de posguerra, implicó la emergencia del movimiento estudiantil radicalizado y del movimiento obrero, del que jugaron un rol de vanguardia sus sectores más jóvenes y nuevos. Este proceso implicó huelgas masivas, tomas de fábricas y el resurgimiento de los comités de fábrica, organismos para coordinar democráticamente la lucha. Por primera vez desde la posguerra la clase obrera volvía a estar a la ofensiva, interpelando abiertamente la idea de partido populista y consensualista que había construido el PCI.

El "otoño caliente" italiano

Rosana Rosanda, dirigente del PCI y organizadora del grupo Il Manifesto junto a Lucio Magri, cuenta la en su biografía política sobre el movimiento de toma de fábricas en el corazón industrial de Italia, la FIAT: “fue la única vez en la posguerra que las potencialidades de una lucha en el sistema productivo parecieron, y por un momento lo fueron, ilimitadas en cuanto a sus perspectivas (…)”. Y en relación a cómo este movimiento interpelaba al partido “no se hizo nada, no se pensó nada, ni siquiera un paso hacia adelante en aquel ámbito keynesiano en el sin embargo se habían criado el PCI y la CGIL (central sindical influenciada por los comunistas) y que también sería barrido (…). Las cúpulas dirigentes sostuvieron que la revuelta obrera era ilusoria, que no existía y que si existía no duraría mucho. El popularismo y el antiobrerismo del PCI estaban tan intrínsecamente entrelazados con su cultura que resultaban casi inocentes” (2). La emergencia de los sectores más bajos del proletariado, los llamados gli incazzati (los cabreados), con poca disciplina sindical y política hacia las estructuras sindicales tradicionales dirigidas por el PCI y el PSI como la CGIL (que dirigía a 4 millones de obreros), implicó la extensión de nuevos métodos de lucha como las llamadas “huelgas salvajes” que desbordaban las conducciones sindicales, completamente impotentes para encauzar el movimiento hacia una perspectiva de disputa del poder. Frente a esta quietud estratégica, surgieron distintas variantes como el operaísmo italiano, que si bien implicaba un cuestionamiento por izquierda al sindicalismo y parlamentarismo del PCI, extremó las posiciones espontaneístas negando la necesidad de construcción de un partido revolucionario.
El rol del PCI frente a la radicalización del movimiento obrero italiano sería abiertamente pérfido cuando promovió la política de apoyo al gobierno democristiano.

Del golpe a Allende en Chile al “compromiso histórico” de Berlinguer (con la burguesía)

Al poco tiempo de producirse el golpe de Estado contra Salvador Allende en Chile en 1973, Berlinguer lanzó una serie de artículos en Rinascitá, órgano del PCI, dedicados a promover la orientación del ”compromiso histórico”, es decir la colaboración de los partidos comunista y socialista con la Democracia Cristiana con el objetivo de “profundizar la democracia”. Allí se planteaba que a Allende le había faltado una política para generar consensos más amplios que le permitieran consolidar la gobernabilidad y frenar las reacciones conservadoras, de lo que se derivaba que en Italia estaba planteado promover una política de acuerdos con las “fuerzas democráticas” para “vencer a los grupos reaccionarios.” Pero lejos del balance de la dirección del PCI, lo cierto es que la experiencia chilena mostraba justamente lo contrario: a Allende le había sobrado “política de consenso”, la misma Unidad Popular era una coalición de partidos obreros reformistas (PC y PS), partidos pequeño-burgueses de izquierda (MAPU), junto a partidos burgueses (Partido Radical), entre otros, es decir, una estrategia de colaboración de clases cuyo programa era el de promover algunas reformas (desarrollo de la industria pesada, nacionalización de algunos recursos, mejora de las condiciones laborales, etc.) en los marcos de la legalidad burguesa. A medida que el movimiento de masas lo superaba y los golpes del imperialismo y el empresariado aumentaban (lock out, desabastecimiento) Allende no hacía más que hacerle concesiones a la Democracia Cristiana y al empresariado con medidas como el retorno de las fábricas bajo control obrero a manos patronales, y fue justamente esa estrategia la que abrió paso al golpe. Los cordones industriales (organismos de coordinación para la lucha puestos en pie por los trabajadores, embrión de un doble poder) que querían enfrentar al golpe por la vía de radicalizar las acciones del movimiento de masas, recibieron la rotunda negativa del gobierno de Allende a armar al pueblo, quedando indefensos frente al Ejército que dio el golpe.
El balance del PCI era que había que llevar hasta el final la orientación responsable de abrir paso al golpe pinochetista.
El compromiso histórico llevó a que el PCI diera su apoyo al gobierno de la Democracia Cristiana entre 1976 y 1979, y que fuese la cobertura de izquierda que mediante la CGIL (central sindical dirigida por el PCI) preservó al gobierno cuando los últimos embates del “Otoño Caliente” lo golpeaban.
Las dos almas del PCI: la sindical (la CGIL agrupaba por entonces a unos 4 millones de obreros) y la parlamentaria (en 1975 el PCI batió el récord del 35 % de los votos) fueron puestas al servicio de preservar el régimen burgués, en una deriva eurocomunista que identificaba cada vez más abiertamente la democracia burguesa con el socialismo.

Socialdemocratización y ocaso del PCI

En esa perspectiva, en 1976 se realizó en Berlín del Este la Conferencia de Partidos Comunistas y Obreros de Europa, donde el Partido Comunista Italiano, el Partido Comunista Francés y el Partido Comunista de España, entre otros, presentaron una plataforma común que sostenía como doctrina el retorno a la concepción reformista de la vieja socialdemocracia respecto al Estado y la democrática hacia el socialismo… Se planteaba que había que ”desarrollar el socialismo en democracia”, ganado posiciones para todas las fuerzas democráticas y antimonopólicas en el Estado y las empresas nacionalizadas como base para construir una “democracia avanzada” sin modificar las bases del capitalismo y sin destruir el Estado burgués. Consecuentemente con esto, abogaron por la eliminación de la dictadura del proletariado de su programa y en 1978 abandonaron el marxismo-leninismo como matriz ideológica. Esta era la consecuencia lógica, como consumación teórica y programática, de toda la orientación estratégica previa, que en última instancia se remonta a la estrategia frentepopulista fijada por Stalin como política de colaboración con la burguesía para contener la revolución. Si primero implicó una idea etapista de la lucha por el socialismo que incluía una “etapa democrática”, finalmente esta se extendió como único horizonte posible.
En 1991, siendo secretario general Achille Ochetto, en su XX Congreso el PCI votaría su disolución, naciendo dos formaciones políticas: el mayoritario Partido Democrático de Izquierda (PDS) y el minoritario Partido de la Refundación Comunista, variantes de una izquierda más socialdemocratizada y ecologista.
Hoy Pablo Iglesias, principal referente político de Podemos, aboga por un “compromiso histórico” con el PSOE, postulándose para ser el vicepresidente
de un gobierno de coalición con una de las principales fuerzas políticas burguesas del Estado Español que no sólo fue pilar de la odiada transición del 78 que preservó a la monarquía sino que fue un abierto gestor de la crisis (http://www.laizquierdadiario.com/Un-gobierno-del-cambio-liderado-por-el-PSOE) capitalista con el gobierno de Rodríguez Zapatero entre 2004 y 2011 que descargó el ajuste sobre el pueblo trabajador.
La experiencia del PCI muestra que no basta con consolidar grandes mayorías sindicales o parlamentarias para “condicionar al Estado” y profundizar la democracia. Si estas posiciones no están puestas al servicio de una estrategia de lucha contra el Estado burgués, se vuelven su envoltura, y los gigantes se reducen a meros tigres de papel.

Paula Schaller
Licenciada en Historia-UNC

1. Lisao Prieto, El concepto de partido nuevo en el pensamiento de Togliatti.
2. Rossana Rossanda, La Muchacha del siglo pasado, Foca, Madrid, p. 438.