miércoles, julio 18, 2018

A cien años del nacimiento de Nelson Mandela



Los homenajes por el centenario del nacimiento del líder sudafricano se convirtieron en un acto de cinismo mayúsculo, la reivindicación de Mandela por parte de los representantes de los gobiernos imperialistas, busca ocultar el papel que cumplieron durante el Apartheid apoyando durante décadas el régimen racista que les garantizaba fabulosas ganancias.

Este miércoles, tanto dentro como fuera de Sudáfrica se rindió homenaje a la memoria de Nelson Mandela, en el día en que hubiera cumplido 100 años. El dirigente y primer presidente negro de Sudáfrica, falleció a los 95 años, en diciembre de 2013.
En Sudáfrica se realizaron varios actos recordando a quien fue una de las figuras del siglo XX y a quién los sudafricanos identifican como uno de los pilares de la lucha contra el Apartheid. Mandela representó para millones la lucha de los negros contra el régimen racista que rigió en el país por casi cincuenta años. Los 27 años en las cárceles del régimen le dieron la autoridad sobre millones que se movilizaban.
Los actos sin embargo estuvieron cargados de cinismo con el saludo de los principales gobiernos imperialistas, incluyendo el británico de Theresa May, que fueron los principales responsables del brutal régimen segregacionista del apartheid y que lucraron e hicieron negocios bajo su mandato.
Pero el objetivo de las celebraciones no es solo que estos presidentes o expresidentes, como es el caso de Barack Obama, dejen libre de culpa a sus países sobre la responsabilidad en el apartheid, sino también el de reivindicar al Mandela de la reconciliación.
Se utiliza la figura de Mandela para revindicar que firmó el pacto con el último gobierno blanco de Frederik de Klerk, (y con el aval del imperialismo), que impuso un fin ordenado y pacífico al Apartheid. El que buscó la “paz y unidad nacional” y puso en funcionamiento (durante su mandato como Presidente) la Comisión para la Verdad y la Reconciliación que garantizó la impunidad a los autores de los crímenes racistas y la violación de derechos humanos, dejándolos libres de culpa y cargo simplemente por reconocer sus actos, como forma de lograr la “pacificación nacional”.
Se lo utiliza para mostrar a millones de oprimidos que el camino es la conciliación, la búsqueda de la reforma dentro del régimen que oprime y explota a millones.
Su elección como primer presidente negro en Sudáfrica representando al Congreso Nacional Africano (CNA) y la Triple Alianza (alianza entre CNA, el Partido Comunista (PCSA) y la central sindical COSATU) fue la culminación de su lucha y al mismo tiempo lo que permitió que en Sudáfrica la caída del Apartheid, jaqueado por las movilizaciones obreras y populares, no se diera en forma revolucionaria.
Mandela luchó por la caída del Apartheid para lograr la igualdad de oportunidades de negros y blancos, para lograr la “libertad” dentro del marco del capitalismo. Para Mandela y para los dirigentes de la Triple Alianza la construcción de la democracia en Sudáfrica daría la oportunidad de terminar con la pobreza y la explotación que sufría la mayoría de la población. En sus discursos decían que la caída del Apartheid incluiría la nacionalización de las minas en manos de empresas imperialistas, la garantía de los servicios básicos para la mayoría de la población pobre y la respuesta a las demandas democráticas de la mayoría trabajadora y popular.
Lejos de esto, el gobierno de la Triple Alianza fue el que garantizó la estabilidad capitalista y, sobre todo desde la segunda presidencia del CNA (Thabo Mbeki), la aplicación de los planes neoliberales, las privatizaciones y la entrega de las riquezas nacionales al imperialismo a cambió de transformarse en socios menores de las multinacionales.
Esto permitió que surja un sector minoritario de la población negra (que incluye a los propios burócratas sindicales mediante el control de las empresas tercerizadas, como ocurre en el sector minero) que se benefició con el fin del régimen del Apartheid y dio lugar a una nueva élite y burguesía negra, mientras para la mayoría negra (80% de la población) las condiciones sociales fueron las mismas, viviendo en ciudades hacinados, con la desocupación que llega al 25% y con condiciones laborales de explotación.
La dirección del CNA que este miércoles estuvo a la cabeza de los homenajes está tan corrompida y ligada a los negocios de los empresarios que a fines del año pasado tuvo que diseñar un golpe de palacio para echar al presidente Jacob Zuma, involucrado en múltiples escándalos de corrupción. Su reemplazante, Cyril Ramaphosa, no es mucho mejor. Habiendo sido dirigente sindical en el pasado, trepó como socio de las empresas mineras hasta convertirse en uno de los hombres más ricos del país y está acusado de colaborar en la masacre de trabajadores mineros en Marikana en 2012.
A cien años de su nacimiento, lo que a pocos les agrada es que Mandela representó para millones de trabajadores y explotados de Sudáfrica el cuestionamiento y la lucha por terminar con la explotación capitalista de la burguesía blanca y el imperialismo sobre las grandes mayorías en Sudáfrica, aunque este no fuera el objetivo de su lucha.
Ese “sueño” de millones todavía queda por cumplirse, y será de las propias manos de los trabajadores y el pueblo pobre que se pueda cumplir.

Diego Sacchi
@sac_diego

Corea del Norte califica la posición de Estados Unidos de lamentable y preocupante

Antes de la Cumbre celebrada en junio 2018 entre el presidente norcoreano Kim Jong-un y Donald Trump, ya se percibía que Estados Unidos podía prepararle un golpe bajo a la República Popular de Corea en las negociaciones respecto al tema nuclear coreano. En efecto, después del estrechón de manos y el acuerdo firmado, salen a relucir las patrañas yanquis.
Los indicios se reflejan en las declaraciones de la parte norcoreana unas horas después de que secretario de Estado, Mike Pompeo, culminara su breve estancia en Pyongyang, al calificar de “lamentable y preocupante la postura del gobierno de Donald Trump en esas conversaciones”.
Un comunicado oficial divulgado por la agencia estatal KCNA, afirma que las autoridades norcoreanas aseguraron que la demanda de Estados Unidos para que su desnuclearización sea “unilateral y forzada” fue lamentable, al tiempo que reiteró su petición de que el desarme se produzca de forma gradual.
Pyongyang subrayó que “las conversaciones no han servido para fortalecer la confianza entre ambas partes, sino para encarar una fase peligrosa en la que nuestra voluntad de desnuclearización podría tambalearse”.
Esa apreciación la basan en que Washington expresó demandas “en contra del espíritu de la histórica cumbre de junio en Singapur, entre Trump y el líder norcoreano Kim Jong-un, algo que no ha servido para fortalecer la confianza entre ambas partes”.
Cuba conoce perfectamente cómo actúan los Estados Unidos en sus negociaciones, pues en casi 60 años lo ha comprobado en cada una de las que efectuó secretamente con los yanquis, para buscar una mejoría en sus relaciones como vecinos.
La posición estadounidense estaba sustentada en la estrategia que estableció hacia Cuba en 1967, cuando varios analistas recomendaron como alternativa, una “contención positiva”, en lugar de la empleada “contención pasiva”, todo con el objetivo de “crear un ambiente relajado que dejara atrás las amenazas, a través de compromisos diplomáticos y algunos alicientes para persuadir a Fidel Castro de modificar sus malos comportamientos y satisfacer los intereses de Estados Unidos”, según consta en documentos desclasificados y publicados por su Archivo de Seguridad Nacional.
Para tener clara la idea de la forma de manejar el engaño en sus negociaciones, los documentos reflejan que en el escenario de la “contención positiva”, los Estados Unidos mantendrían la guerra económica, comercial y financiera, como naipe bajo la manga, y a la vez continuar sus esfuerzos para detener el apoyo cubano a los movimientos revolucionarios de Latinoamérica.
Algo que presentan de forma similar a las negociaciones con Corea del Norte, es su estratagema de alcanzar un “magnetismo económico y cultural hacia los Estados Unidos”.
A Cuba también le prometieron beneficios económicos y políticos, los cuales se podrían obtener con “un comportamiento más racional”, de acuerdo a los intereses yanquis.
Henry Kissinger también puso en práctica conversaciones secretas con la parte cubana, pero siempre con miras a obtener provechos para Estados Unidos, entre ellos la liberación de prisioneros norteamericanos, a la vez que presionaban a Cuba en el tema de los derechos humanos acorde a sus parámetros politizados, el cese del apoyo cubano a la independencia de Puerto Rico y cortar el respaldo a los movimientos de izquierda.
Por esas razones no se concretaban avances en el mejoramiento de las relaciones entre ambos países, algo que le sucederá a Corea del Norte, pues Washington aspira a que estos eliminen totalmente su arsenal nuclear y a cambio solo le ofrecerá placebos que no resultarán en mejorías reales, al mantenerle las sanciones económicas para obligarlos a doblegarse.
Cuba es víctima de esa misma estrategia, incluso ante la caída del campo socialista europeo y con Mijaíl Gorbachov al frente de la URSS, Estados Unidos intensificó sus presiones sobre Moscú para que cortara su ayuda económica y militar a la isla, con la trasnochada ilusión de La Habana no resistiría y caería como ficha de dominó, sin tomar en cuenta la valentía y resistencia de su pueblo.
Durante la administración Clinton los engaños en política se hicieron muy evidentes, al afirmar algunos funcionarios que los Estados Unidos no representaban una amenaza militar para Cuba, a la par que afirmaban: “esperamos que el pueblo cubano obtenga su libertad a través de la transición pacífica a la comunidad democrática, como la que han llevado otras naciones.
En su acaramelada y falsa retórica, dieron pasos similares a los de Barack Obama, cuando alertaron a Cuba antes de ejecutar maniobras navales en aguas cercanas a la isla, iniciaron conversaciones contra el narcotráfico y paralelamente promovieron el trabajo pueblo a pueblo, concediendo licencias de viajes humanitarios, religiosos y educativos.
Se concluyeron negociaciones secretas, donde la parte cubana aceptó recibir como repatriados a mil 500 emigrantes del Mariel que ellos consideraron excluibles para ser residentes en Estados Unidos. Sin embargo, funcionarios yanquis afirman que “Cuba solo logró obtener de esos acuerdos, una vaga esperanza de que su concesión sentaría las bases para conversaciones bilaterales más amplias”, lo que no se materializó.
Obama, en sus aspiraciones de obtener ventajas ideológicas antes de que Cuba eligiera al sustituto del presidente Raúl Castro, restableció las relaciones diplomáticas, pero mantuvo la guerra económica, el financiamiento a la subversión y se negó a tratar la retirada de la base naval en Guantánamo. Su línea fundamental fue socavar las bases del apoyo popular desde adentro, centrando su esfuerzo sobre la juventud y los trabajadores no estatales, mediante golpes suaves.
Corea del Norte no debe esperar ningún avance sustancial en las relaciones con Estados Unidos, todo será el espejismo que de conversan sobre temas que no llegan a ser cruciales, a la vez que insisten en ahogarla con sus sanciones económicas, esas que como hacen contra Cuba, solo levantarán cuando exista lo que ellos denominan un “cambio de régimen”.
Con Estados Unidos no hay otra opción que seguir luchando, porque como dijo José Martí: “Vale más un rebelde que un manso”.

Arthur González, especialista en relaciones Cuba-EE.UU., editor del Blog El Heraldo Cubano.

Che: el amor y la subversión

El Che es referencia inevitable en la vida de un revolucionario. Ha sido una constante en mi vida desde que con 16 años cayó en mis manos El camino del fuego de Orlando Borrego. Desde entonces intento –fallidamente- seguir ese camino de esfuerzo que trazó.
Tanto buscar en su vida me llevó al héroe, al guerrillero, al ministro, al comandante y al teórico. Tantas dimensiones de un mismo hombre hacen difícil llegar a conocer que el Che era todo eso y mucho más. ¿Cuánto escapa ante mis ojos y los de quienes, por desconocimiento, lo convierten en piedra?
Recientemente he recibido acusaciones por especular lo peligroso y subversivo que puede ser el Che -o un espíritu como el suyo- en cualquier sociedad. Quizá lo que me faltó mientras exponía esa idea, fue mostrar lo que realmente era ese pequeño motor que echaba a andar al impresionante guerrillero.
Son muy conocidas las anécdotas de su vida, pero quiero detenerme en algunas que muestran la presencia en él de una palabra: amor. Muchos citan esa frase donde afirma: “Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”. Según me cuentan, por un segundo provocó casi la risa de un auditorio, hasta que muchos comenzaron a reflexionar ante semejante cosa ¿Cómo podía un hombre tan recto pensar de esa manera?
Lo cierto es que al Che lo que lo movía era sin dudas un inmenso amor, deseos de hacer de esta tierra un lugar mejor. Eso lo llevó consigo toda su vida, no solo en un proyecto de construcción social, sino en cada instante.
Una vez cuando niño, cuenta su padre que casi cae del techo intentando salvar a un pajarito que no podía volar. Aquel revolucionario en potencia de apenas pocos años no podía permitir que un ser vivo sufriera. Su amor a los animales, sin embargo, no cayó en las vacuidades y ecologismos sin sentido que ponen la vida animal por delante de la humana. Cuando tuvo que sacrificar alguno -o dejar que otros lo hicieran- para que su tropa se alimentara o sobreviviera, lo hizo, comprendiendo el valor de la vida humana.
Otra fase es el amor a sus padres, en especial, a Celia de la Serna. Cuando estaba en el Congo recibió la noticia de su muerte. Escribió en su diario que era el día más triste de su vida. También resalta, ese tan perdido relato titulado La piedra, donde sentencia: ‘’Sólo sé que tengo una necesidad física de que aparezca mi madre y yo recline mi cabeza en su regazo magro y ella me diga: “mi viejo”, con una ternura seca y plena y sentir en el pelo su mano desmañada, acariciándome a saltos…’’ Dicen, que fue una de las pocas veces que lo vieron llorando en vida.
Era un gran amigo. Los fuertes regaños a los subordinados y los enfrentamientos producto de la seriedad que exigía su responsabilidad, y su decisión de asumir las órdenes de ocupar nuevos puestos, sus fuertes críticas a revolucionarios como Pablo Neruda, lo hacía parecer ante los ojos de quienes no lo comprendían como un amargado sin amigos. No hay nada más incierto, sin hacer mención de todos aquellos que lo querían y admiraban, él profesaba un inmenso cariño a sus compañeros. Prueba de eso es la anécdota de su tristeza ante la noticia de la muerte de Camilo o las notas del diario de Bolivia ante la de compañeros.
No puede dejarse pasar por alto el gran vínculo sentimental que lo unía a su esposa. Afirmó, que dos cosas personales llevaba consigo al Congo, y una era un pañuelo de su querida esposa, a la cual va dirigida esa carta titulada Mi única en el mundo.
Después de ver todo eso no dejo de pensar en que detrás de ese gran ser político, se escondía un hombre de buenos sentimientos, que comenzaban en la propia cotidianidad. Esa es una de las más importantes enseñanzas que dejó el Che, ser buena persona. Tal vez no sea exactamente lo mismo que tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro, pero si aporta mucho. El reformador social, debe sentir un inmenso amor por la familia, los amigos, la naturaleza.
Por ahí se empieza a ser revolucionario, por la vida cotidiana y no por atracción hacia determinado ideal político. Creo que muchos se llaman “revolucionarios” y son más de lo segundo, seguidores de una idea política, como quien se hace fan de un artista. Quizá sea eso lo que marcó esa brecha entre el Che y todos los demás, es decir, hay una la diferencia entre un hombre que sentía el dolor ajeno y los adeptos de una doctrina. Parece que sí es el amor la verdadera fuerza que mueve.
A una persona que centra ese sentimiento en los de más atrás en la estructura social, no se le puede convencer con razones de obediencia de que “eso es lo que está establecido”. Por eso, Che era tan crítico con la burocracia y los serviles asalariados. Por eso sigue siendo altamente subversivo.

Miguel Alejandro Hayes
La Joven Cuba

Los nuevos contrarrevolucionarios

Los nuevos contrarrevolucionarios exhiben credenciales públicas de revolucionarios intransigentes porque son, es tan sencillo entenderlo, los oportunistas de un proyecto político revolucionario.
Los nuevos contrarrevolucionarios sospechan y señalan disidencias en cualquier átomo de pensamiento útil, o diferente al suyo, porque por razones obvias, saben por naturaleza que en una fortaleza sitiada los traidores nunca disienten: traicionan.
Los nuevos contrarrevolucionarios no creen en la justicia, ni en la igualdad de todos ante nuestras leyes y la Constitución, saben que es el legado de la Revolución para hacer el Socialismo en Cuba, regaladle una Constitución de la República a uno de ellos –me consta– invocadla ante ellos y tendréis a continuación un enemigo eterno y al mismo tiempo moribundo –gracias Roque Dalton–.
Los nuevos contrarrevolucionarios no reparan por ello, llegado el caso, en violar, conculcar y subestimar derechos conquistados por la Revolución, o por nuestros ancestros, o en condicionarlos, o en justificar públicamente su inaplicación, si ello les hace parecer decididos, firmes y por supuesto, revolucionarios. Saben perfectamente que cuando el Derecho es de todos, para todos, entonces ya nadie puede monopolizarlo, nadie está por encima de él. En la antigüedad a ese sueño de la arbitrariedad se le llamó atinadamente privilegium, que quiere decir, ley privada. En 1804, en Gran Bretaña, el Obispo Watson diría ante la Sociedad para la Supresión de Vicios con inusual sinceridad: “Las leyes son buenas para los pobres, pero, desgraciadamente, están siendo burladas por las clases más bajas. Por cierto, las clases más altas tampoco las tienen mucho en consideración, pero esto no tendría mucha importancia si no fuese porque las clases más altas sirven de ejemplo para las más pobres; os pido que sigáis las leyes, aun cuando no hayan sido hechas para vosotros, porque así, al menos, se podrá controlar y vigilar a las clases más pobres”.
Los nuevos contrarrevolucionarios otean cotidianamente el horizonte, calculan minuto a minuto donde quiera que estén cada paso que dan, cada palabra que dicen o escriben, son maestros consagrados de la interpretación del pensamiento del superior jerárquico y del silencio, cuando es redituable callar, o sea: ser inteligentes, no meterse en problemas, como dicen entre los suyos. Los que no son accesibles a ese magisterio de la cobardía administrada son inmaduros, criteriosos, problemáticos, contradictorios y locos. Es mentira: saben que son peligrosos. Les consta.
Es por eso que los nuevos contrarrevolucionarios odian la historia, no sólo porque muchas veces son incultos –éste es un dato importante– sino porque quieren condenarnos a que cometamos los mismos errores. Cuando no pueden simplificarla o adulterarla, la historia es para ellos una pesadilla que no les deja dormir. Saben que su conocimiento sirve para la liberación de los hombres y no para su sometimiento, que las ideas, incluso derrotadas, laten en ella.
Los nuevos contrarrevolucionarios han copiado la técnica de la reducción de cabezas de algunas culturas para intentar reducir y empobrecer el pensamiento revolucionario en consignas, la verdad en frases huecas, la pasión en algo inocuo, la libertad en consumo. Saben que en ese pensamiento están las claves para comprender las condiciones de la opresión en cualquier circunstancia. Ahora intentan glorificar ese procedimiento, porque saben que la Revolución es hija de la cultura y de la crítica, porque saben que en Cuba existe una generación nueva, lúcida, anticapitalista y le temen.
Los nuevos contrarrevolucionarios dicen odiar furibundamente el capitalismo, pero le promueven travestido asépticamente como modernidad, eficiencia y prosperidad –las cosas buenas de los malos, dicen, a veces, cuando le disfrutan–. Quisieran borrar de la letra y el espíritu de la Constitución la salvaguarda ideológica que proscribe en Cuba la explotación del hombre por el hombre. Ellos saben que no es una simple frase, que detrás hay una idea sencilla y demoledora, una verdad, el capitalismo no produce pobres por defecto sino por necesidad. Somos anti imperialistas y nadie nos mete el píe, pero que bonito está ese zapato, ¿por cierto que marca es?, les cantó mordaz el grupo Buena Fe a sus cachorros.
Los nuevos contrarrevolucionarios espolean desde cada cota que ocupen el conservadurismo social, político y económico que ya practican en su vida privada, trasmiten su escala de valores como un patrón de éxito, se aseguran que así sea, porque saben que sobre ellos cabalgará el odio, el miedo y la ignorancia del otro, y eso puede bastar para matar la solidaridad, la bondad y la confianza. No dudan ya en devaluar la dignidad, en convertir la vileza en virtud, intentan destruir pacientemente los límites éticos en la impostura de la defensa de lo que no creen, porque saben que del abismo que se abra saldrán de entre nosotros mismos las bestias del pasado.
Los nuevos contrarrevolucionarios están hambrientos de poder, porque están obsesionados con lograr que se pierda en la memoria colectiva el significado de escoger la forma de gobierno republicano y el Socialismo. Necesitan desarmar la noción de ciudadanía y de democracia porque sueñan con una patria de consumidores, amnésica, insensible al dolor del otro, a la suerte del otro, enajenada. Por eso les inquieta más una opinión solitaria que el silencio, la inconformidad que la abulia. Es cosa sabida, también por ellos, que de vez en vez aparece un hombre, o una mujer, una persona sin mayor mérito que la decencia, sin mayor coraje que el hastío, que un buen día dice basta, y eso basta.
Por eso es que los nuevos contrarrevolucionarios saben quiénes son sus enemigos y por lo menos en eso hay que concederles tienen la razón.
Otra cosa es que nosotros no sepamos quienes son.

René Fidel González García

martes, julio 17, 2018

Marxismo y Veganismo, una aportación al debate



El veganismo está ocupando un interés creciente en los debates de la izquierda en relación a la cuestión del maltrato animal. El veganismo comparte con el vegetarianismo tradicional su rechazo a comer carne, y se opone también –como muchos otros sectores del vegetarianismo– al consumo de todo producto de origen animal, medie o no su muerte, como la piel y el cuero, lácteos y huevos, e incluso la miel y la lana. Pero va más allá en otros aspectos.
Su posición tiene un sentido filosófico y moral: el veganismo rechaza lo que considera que es ejercer violencia y opresión contra los animales, especialmente sobre los que han desarrollado un sistema nervioso y sienten y sufren dolor. Su característica principal es que reclama ser antiespecista; es decir, no reconoce la división animal en especies, sino a una comunidad única de animales donde el ser humano no debe ocupar un lugar superior, desde el que decida sobre la vida y la muerte de las demás especies animales. Los veganos rechazan la domesticación de animales y, en general, la adopción de mascotas; así como la experimentación animal para uso medicinal o científico.
Hay veganos que se reclaman marxistas que fundamentan su posición comparando la condición de los animales en la industria cárnica, con sus modos repugnantes e insanos en la crianza y sacrificio de aves y ganado en muchas de ellas, con la explotación de los trabajadores en las empresas por sus patrones.
El veganismo es un tema controvertido, que aún no ha sido abordado en detalle desde el punto de vista marxista. En el limitado espacio de este artículo no podemos entrar en un análisis exhaustivo, y la posición que aquí planteamos debe atribuirse a la responsabilidad exclusiva del autor de este artículo. Nuestro objetivo no es “establecer” la posición marxista sobre este tema, sino utilizar el método de análisis del marxismo para sacar conclusiones que sirvan de aportación al debate.

¿Cómo nos hicimos humanos?

Como toda ideología moral, el veganismo carece de una posición consistente y unificada, existiendo tendencias variopintas en su seno. Una de las posiciones más extendidas en el veganismo es que el ser humano es inherentemente vegetariano, como el resto de los primates. Esto no es completamente exacto, ya que algunas especies de primates, como el chimpancé, se alimentan ocasionalmente de otras especies de monos y de animales pequeños, además de insectos.
Aun admitiendo que nuestros ancestros homínidos más lejanos fueran vegetarianos, las diferentes corrientes del veganismo omiten dar una explicación coherente de cómo y por qué el ser humano se hizo omnívoro. La ciencia puede acudir en nuestra ayuda para alumbrarnos al respecto.
La paleontología moderna ha probado suficientemente que la transición del homínido al ser humano moderno vino acompañada de un cambio en los hábitos alimenticios, pasando de una alimentación casi exclusivamente vegetal a otra mixta, con la incorporación creciente de una dieta basada en la carne. Esa transición comenzó con la actividad carroñera y culminó con la caza de animales.
La posición bípeda de los primeros homínidos liberó a las manos de ejercer cualquier función especializada, lo que permitió al homínido utilizarlas para la fabricación de herramientas, instrumentos de madera, hueso y piedra que les servían para incrementar su capacidad de acceder a sus medios de vida y para protegerse de sus depredadores, tratando así de superar las limitaciones físicas que le imponía la naturaleza. Este proceso –el “trabajo”– trajo aparejado un cambio correspondiente en las funciones corporales, y en la disposición de los huesos, músculos, nervios y órganos a lo largo de generaciones, cambios genéticos, y surgimiento de nuevas especies de homínidos. Todo ello condujo en paralelo al refuerzo de los estímulos para la actividad y el desarrollo cerebral, con el consiguiente aumento del tamaño del cerebro y de la capacidad craneal. Ello exigía una alimentación más rica en calorías y una digestión más rápida, como la que proporcionaba el consumo de carne. El descubrimiento del fuego, en una determinada etapa, aceleró este tránsito, al ablandar la carne y acortar aún más la digestión.
Basta una observación superficial a los instrumentos más antiguos de los homínidos prehumanos proporcionados por los registros, por no hablar de las cuevas habitadas por neandertales y homo-sapiens (los humanos modernos), para encontrar multitud de huesos de animales, así como herramientas de hueso y de piedra para la pesca y la caza. Las primeras manifestaciones pictóricas se refieren casi exclusivamente a representaciones de animales y escenas de caza. Neandertales y homo-sapiens se protegían del frío con las pieles de animales en Eurasia y otras latitudes. Los inicios de la cultura humana están, pues, ligados de una manera u otra a la caza de animales para la alimentación, la vestimenta y la construcción de refugios en las llanuras.
La domesticación de animales, nacida en el Neolítico en paralelo a la invención de la agricultura, permitió disponer de una reserva estable de carne, cuero y lana, que a su vez dio lugar a un potente desarrollo del artesanado textil y al establecimiento del sedentarismo, dando comienzo a la formación de las primeras sociedades humanas y a la Historia humana propiamente dicha.
Lejos de ser un “pecado original”, el consumo de carne, y la posterior domesticación de animales, fueron parte esencial del proceso de formación del ser humano y de su relación con la naturaleza, sin lo cual no existiríamos como especie.Muchos veganos se niegan a admitir esto, negando sin ninguna base científica y sin aportar ninguna prueba que la carne jugara papel alguno en la formación del ser humano. Aquí vemos cómo prejuicios morales pueden llevar a la adopción de posiciones idealistas y anticientíficas que impiden indagar en el conocimiento de la realidad. Esta forma de pensamiento siempre ha abierto la puerta al misticismo y al fanatismo irracional.

El ser humano y la moral

En relación con esto, cabe hacer la siguiente reflexión: ¿Puede adjudicarse al proceso de formación del ser humano antes de su ingreso en la Historia, una caracterización moral? Suele definirse la moral como el conjunto de normas, creencias, valores y costumbres que dirigen o guían la conducta de las personas en una sociedad dada. Ahora bien, esa sociedad dada está conformada por estructuras sociales, por formas económicas que producen y reproducen las condiciones de existencia de dicha sociedad, a las que deben corresponder una división social del trabajo y formas de propiedad concretas. Sobre esa base, surgen y se desarrollan instituciones que dan solidez y estabilidad a dicho entramado social. Por último, todo ello debe encontrar un reflejo en la cabeza de hombres y mujeres en formas ideológicas que santifiquen el estado de cosas existente, a través de expresiones religiosas, filosóficas, políticas, artísticas y morales definidas. En definitiva, cada sociedad dada dispone de un código moral que cambia, evoluciona y se transforma conforme cambia, evoluciona y se transforma la sociedad misma.
La moral, por tanto, es un producto social, no algo inherente a la naturaleza ni al ADN del ser humano, y sólo pudo surgir en una determinada fase del desarrollo de la humanidad, exactamente con la formación de las primeras sociedades, en los albores de la llamada Revolución Neolítica. Si hubo algún tipo de “moral” primitiva anteriormente –por llamarla de alguna manera– en la fase cazadora-recolectora de comunismo primitivo, era una mera reacción instintiva, semiconsciente, frente la fuerza despótica que la naturaleza ejercía sobre el grupo tribal. Dicha “moral” –como puede observarse aún en las tribus más primitivas de África y América– consistía en la observación y transmisión de comportamientos básicos, y en normas de reparto de las subsistencias y de división de tareas tendentes a preservar la existencia e integridad del grupo tribal, que se basaban en la experiencia acumulada de cientos y miles de años.
No tiene sentido, por tanto, caracterizar moralmente un proceso natural; es decir, un proceso que emana de las condiciones intrínsecas de desarrollo de la naturaleza; y por tanto del proceso que tomó la formación del ser humano. Demás está decir que en ningún caso es aplicable establecer códigos morales a comportamientos animales fuera de la especie humana.

¿Es amoral la depredación animal?

Hay un gran peligro en forzar la realidad e interpretarla según criterios morales e idealistas, que nacen de nuestras condiciones de vida modernas, en muchos casos como respuesta al mundo bárbaro e irracional del capitalismo, en lugar de utilizar el análisis científico que toma como punto de partida la realidad material y su verdadero proceso de desarrollo.
Podemos abordar el debate desde otro enfoque: ¿qué es lo que hay de “amoral” en la depredación animal? Todos los animales encuentran la mayor parte de su fuente de vida en la depredación de otros seres vivos (incluida la materia vegetal), por la sencilla razón de que sólo en ellos existen los nutrientes, moléculas y elementos químicos fundamentales para su existencia. Aquellas especies que se alimentan exclusivamente de material vegetal no lo hacen porque les guíe un principio moral elevado –si acaso tuvieran conciencia de ello– sino como resultado de su evolución y adaptación particular al medio ambiente. Lo mismo es el caso de los animales carnívoros u omnívoros.
Los veganos tienen las opiniones más dispares sobre qué hacer con los animales carnívoros ¡Algunos proponen dejar que se extingan o “reprogramar” sus ADN para convertirlos en vegetarianos! Otros, que adoptan animales y conviven con ellos (aunque se niegan a llamarlos mascotas) imponen a perros y gatos dietas no carnívoras. Los anti-especistas, con su rechazo a lo que lo que denominan antropocentrismo –que el ser humano se considere el centro de todo–, se truecan así en especistas y antropocentristas extremos, al imponer a los animales un hábito alimentario contrario a su naturaleza, para que éstos se adapten a la concepción particular del veganismo de lo que debe ser la alimentación animal.

La explotación obrera y la explotación animal

La comparación entre la explotación de trabajadores en una fábrica y la “explotación” de animales en la industria cárnica no es acertada. Los marxistas no estamos contra la producción fabril, sino contra las relaciones sociales de producción capitalistas. Nos oponemos a que el excedente producido por la clase obrera sea apropiado por los dueños de los medios de producción. Abogamos por la propiedad colectiva de dichos medios de producción para que el fruto del trabajo social redunde en beneficio de toda la sociedad y no de la minoría explotadora.
Aun así, durante un período, dichas relaciones sociales de producción capitalista fueron necesarias para desarrollar la base económica y tecnológica que ahora sí nos permitiría pasar a un sistema social de producción más elevado, el socialismo, sin explotadores ni explotados. Es decir, la necesidad del socialismo sólo pudo surgir cuando el capitalismo completó su fase de madurez y comenzó a revelarse como un sistema caduco que amenazaba a la especie humana con llevarla a la barbarie, ya desde principios del siglo XX.En lo que sí debemos estar de acuerdo veganos y marxistas es en el rechazo a las condiciones bárbaras, y muchas veces insalubres, en que son criados, alimentados y sacrificados los animales en gran parte de la industria cárnica; así como debemos oponernos a la producción y al consumo irracional de carne, espoleado por el ansia de ganancias sin límites de los grandes fabricantes. Es completamente justa la crítica que se hace a la industria cárnica sobre los efectos dañinos en el medioambiente que provocan el consumo excesivo de agua, la contaminación de suelo y agua por los purines, la emisión de CO2 y metano a la atmósfera, etc. A otro nivel, observamos la misma irracionalidad en las demás ramas de la producción capitalista: despilfarro, sobreproducción, contaminación, etc.En un sistema socialista planificado democráticamente en interés de todos, como primera medida apostaríamos por un sistema alimentario sano y saludable que, liberado del sucio interés del lucro capitalista, llevaría aparejado una alimentación sana y equilibrada sobre bases nutricionales científicamente contrastadas, liberada del consumo excesivo de carne, con granjas abiertas; con crianza, alimentación y desarrollo saludable de los animales, y sistemas de sacrificio indoloros.
Seguramente, muchas personas veganas replicarán: “Pero aun así, los animales destinados al consumo humano seguirían siendo nuestros esclavos, ‘explotados’ y sometidos a nuestros intereses, y condenados a morir para satisfacer nuestro apetito”. Esta conclusión está mal enfocada. El ser humano es, en general, omnívoro. Esto no es una libre opción en las condiciones sociales dadas para la inmensa mayoría. Es una necesidad, para la inmensa mayoría. El omnivorismo está profundamente enraizado en la naturaleza de la raza humana, y para cientos de millones que no tienen capacidad de elegir una alimentación alternativa saludable, el límite entre la vida y la muerte está en ingerir un trozo de carne una o dos veces a la semana, incluso una o dos veces al mes. Por otro lado, en lo que al ser humano se refiere, sería insostenible pedirle que cierre las granjas e instalaciones agropecuarias y vuelva a la caza en campo abierto; es decir, que retroceda 10.000 ó 12.000 años en la historia para regresar a los métodos del paleolítico para proveerse de carne y cuero.
El error que cometen muchos veganos es poner un signo igual a cosas y animales que no pueden medirse como equivalentes, y el considerar su moralidad particular como una moralidad universal obligatoria para todos. Un animal omnívoro o carnívoro necesita alimentarse regularmente de otros animales, le va en ello su supervivencia. Es una fuente rápida de acceso a nutrientes y calorías indispensables para vivir, como explicamos en el apartado anterior. Desde ese punto de vista, el consumo humano de carne no puede ser objeto de reproche moral. Una cosa es rechazar la crueldad hacia los animales, y provocarles sufrimiento y dolor, por diversión o para satisfacción de personas despóticas o sádicas. Eso no tiene discusión. Pero otra cosa distinta es provocar la muerte de otro animal con el mínimo sufrimiento posible, para permitir la existencia de otras especies animales, incluido los seres humanos.
En la naturaleza, la depredación animal no sólo es inevitable y parte constituyente de la misma, sino que es una necesidad para permitir la existencia de todas las especies animales implicadas en el mismo ecosistema, sean herbívoras o carnívoras. En general, en la naturaleza vemos cómo las presas principales de un depredador suelen ser los miembros más viejos y enfermos de la especie depredada que carecen de la rapidez de reflejos o de fuerza física para escapar a su depredación. Eso ayuda a mantener sana y saludable a las mismas especies depredadas, sean herbívoras o carnívoras. Por otro lado, la depredación animal en el mundo natural juega un papel clave en mantener el equilibrio entre las especies y el entorno. Un predominio de animales herbívoros podría conducir a su superpoblación, y al agotamiento de la corteza vegetal de un territorio y poner en dificultades de supervivencia a esas mismas especies y a la propia masa vegetal.

La experimentación animal

La experimentación animal está también en el centro del debate en el movimiento vegano, que éste rechaza tajantemente por las mismas razones que se opone al consumo de carne. Demás está decir que debemos rechazar la crianza, experimentación y sacrificio de animales para uso suntuario (adornos, prendas de lujo) y cosméticos, aspectos superfluos destinados en su inmensa mayoría a los ricos y que en nada contribuyen a resolver problemas sociales ni médicos, ni a hacer avanzar al ser humano en sus condiciones de vida.
Un debate más arduo se sitúa alrededor de la experimentación animal para uso medicinal y científico. En el último siglo y medio, el avance de la medicina y el desarrollo de los medicamentos y vacunas han estado vinculados de un modo u otro a la experimentación con animales. Guste o no, nadie ha podido señalar una vía alternativa hasta ahora para avanzar en esta senda. Eso ha permitido acrecentar nuestro dominio sobre las enfermedades y encontrar tratamientos adecuados para curar, salvar vidas humanas (y animales), y mejorar la salud y las condiciones de vida de cientos de millones de personas. Sin ello, seríamos esclavos impotentes de la naturaleza y de aquellos efectos nocivos físicos y psicológicos que, de un modo u otro, la propia civilización capitalista ha venido provocando en la salud de las personas. Es imposible imaginar al ser humano bajar los brazos ante el sufrimiento de millones de personas y asistir impotente al desarrollo y extensión de enfermedades que provocan dolor y muerte, y probar toda vía de experimentación que le permita enfrentarse a estos problemas.
¿Quiere decir esto que no hay alternativas a la experimentación animal para uso científico, y que siempre será así? No es posible dar una respuesta categórica a esto. Lo que sí podemos afirmar es que sería posible en un futuro socialista, si concentráramos todo el conocimiento científico y el esfuerzo de los investigadores para abrir nuevas vías de experimentación, que el uso de animales se redujera al mínimo imprescindible. De la misma manera que ya podrían crearse en laboratorio una variedad de órganos humanos y animales a partir de las células-madre, podría experimentarse sobre ellos los nuevos fármacos e investigaciones y evitar así la experimentación con animales vivos en una escala cada vez más amplia. El capitalismo es un obstáculo para esto, al estar basado en la competencia irracional de laboratorios, empresas y universidades entre sí, reduciendo costes en instrumentos, métodos y experimentos que consideran superfluos; o buscando maximizar sus beneficios sin importarles las vías de investigación que pudieran minimizar el uso de animales para la experimentación.
Incluso si hipotéticamente se consiguiera en un futuro indefinido suprimir la experimentación animal con fines médicos y científicos, eso se alcanzaría gracias al conocimiento acumulado a través de la experimentación animal anterior. De la misma manera que la alquimia, en la edad media y al principio de la edad moderna, que tenía como objetivo encontrar la piedra filosofal (la capacidad de convertir el plomo en oro) y el elixir de la eterna juventud, no obstante sus investigaciones, descubrimientos, instrumentos y pruebas de laboratorio, resultaron imprescindibles para sentar las bases de la química moderna.

Posmodernismo y antiespecismo

Observamos en las ideas antiespecistas posiciones que recuerdan las ideas del posmodernismo, que rechazan la idea de progreso, tanto en la historia humana como en el pensamiento y en la evolución de las especies. Algunos rechazan, incluso, la propia capacidad humana de conocer científicamente la realidad. De esta manera, las opiniones del individuo más ignorante sobre cualquier materia deberían ser puestas al mismo nivel, o merecer el mismo crédito, que el conocimiento científico sobre dichas materias avalado por la experiencia acumulada de cientos de años.
Lo que siempre llama la atención de los individuos que despotrican contra la ciencia, es que no tienen reparos morales en aprovecharse cada día de la misma en su interés personal. Por alguna razón, estas personas consideran más conveniente para sí mismas someterse al bisturí del cirujano cuando su propia vida está en riesgo, antes que pedir ayuda a un curandero de aldea; o subir a los aviones y trenes para viajar deprisa a su destino, antes que caminar a pie o navegar en balsa. Al menos, nuestros amigos anti-especistas tendrán que reconocer el progreso de la técnica humana que ha permitido inventar el avión y el tren y así dejar atrás los viajes a caballo y en carretas, lo que les permite recorrer grandes distancias sin que se vean en la necesidad de oprimir a los equinos.
Esto nos dice mucho del carácter transitorio y relativo de toda moral humana, y del papel de la realidad material en su proceso de formación, incluso para un núcleo limitado de personas. Hace 150 o 200 años no era posible el surgimiento del pensamiento vegano y antiespecista, cuando el medio único de transporte –o, al menos el predominante– era el animal de tiro (caballos, mulos, asnos, bueyes). No podía haber agricultura sin el arado manual, que precisaba de la ayuda indispensable de estos mismos animales. Sólo gente que podía aparecer como “lunática” ante las demás se hubiera atrevido a plantear su rechazo al uso de estos animales para el transporte o la producción agrícola y artesanal, sin los cuáles las sociedades de aquella época habrían colapsado. Para el surgimiento y desarrollo del pensamiento vegano se precisaba, por lo tanto, una sociedad capitalista avanzada, como la que se desarrolló después de la 2ª Guerra Mundial, que hiciera superfluo o marginal el uso de animales vivos para estos menesteres, con un desarrollo industrial que estuviera en condiciones de producir y comercializar a gran escala los productos y alimentos veganos. Sólo el reflejo de esta nueva realidad en el pensamiento de hombres y mujeres podía desarrollar un nuevo tipo de moralidad como la que proponen los veganos.

El antiespecismo y la noción del progreso evolutivo

La división en especies, tanto animales como vegetales, propuesta por la ciencia, no buscar ejercer una “opresión” hacia el resto del mundo vivo por parte del ser humano. Se trata de evaluar y comprender cuáles son las características propias de cada grupo orgánico vivo –sea animal, vegetal, fungi (hongos y setas), protista (unicelulares) o monera (bacterias)– que lo diferencian de los demás grupos orgánicos vivos. La característica principal de una especie es que sólo puede reproducirse entre los miembros de la misma. Esta división en especies es una manera de conocer e interpretar la realidad del mundo orgánico del que somos parte y en el que vivimos.
Uno podría encontrar una reminiscencia del antiespecismo en la teoría creacionista. Según la Biblia, Dios hizo a todos los animales, vegetales, e imaginamos también a hongos y bacterias, no derivándolos evolutivamente unos de otros, sino a la manera “comunista”, en pie de igualdad, fabricando uno a uno separadamente y sin relación ni derivación orgánica con los demás. Cierto es que hizo una excepción con el ser humano, al que fabricó “a su imagen y semejanza” y lo situó a la cabeza del resto de seres vivos.En este punto, los marxistas no necesitamos de Dios para evaluar el papel principal que el ser humano ha alcanzado en la naturaleza.
Rechazar lo que los veganos denominan “especismo” significa, en los hechos, si no rechazar la propia idea de la evolución de los seres vivos y retrotraernos al primer capítulo del Génesis, sí negarle un sentido lógico y necesario a la misma. Parecería que la evolución de las especies fuera algo caótico y que no siguiera ninguna pauta racional.Es evidente que existen diferencias cuantitativas y cualitativas entre los seres unicelulares y los mamíferos, y dentro de éstos entre los llamados “monos superiores” y todos los demás; y dentro de los primates, entre los gorilas y chimpancés y los seres humanos.
La paleontología y las ciencias naturales modernas han demostrado suficientemente que todos los seres vivos actuales son producto de un largo período de evolución, partiendo de los primeros organismos unicelulares a otros pluricelulares, dando lugar a la diversificación actual que conocemos: desde los restos más primitivos que hemos podido identificar (protistas y moneras) hasta los fungi, vegetales y animales. Y dentro de cada una de estas divisiones observamos, por los registros fósiles conservados, un proceso ininterrumpido de evolución (por medio de saltos y cambios bruscos), que ha conducido a la maravillosa diversidad de especies que conocemos y a otras ya extinguidas.
Que existe un elemento de progreso en la evolución no puede dudarse. Por supuesto, no fue un proceso teledirigido, transcendental, a cargo de una mente del universo. La evolución “inconsciente” de la materia se desenvuelve en base a sus propias leyes, identificables, comprensibles y reproducibles por el propio ser humano. Lo cierto es que, en su proceso evolutivo, las especies más primitivas que prevalecieron (animales y vegetales) fueron aquéllas cuya composición física y química les permitieron ser más eficientes para desarrollarse y extenderse en un medio ambiente cambiante y sometido a cambios bruscos. Así, las especies vegetales más extendidas y numerosas fueron las que desarrollaron la diferenciación sexual, con la aparición de las flores. Un salto evolutivo crucial se dio dentro del reino animal con la aparición y desarrollo de los nervios y, más adelante, de una columna vertebral. La capacidad sensitiva permitió al grupo animal más evolucionado acrecentar su capacidad de reaccionar con el medio a través del contacto físico, y alcanzar por así decir un cierto grado de libertad del que carecían los organismos “insensibles” más primitivos. El desarrollo del sistema nervioso condujo finalmente a un “centro” de comando que conocemos hoy como cerebro, y a la formación de los ojos, al sentido del oído, del gusto, etc. Todas estas “adquisiciones” permitieron a las sucesivas especies mostrar una mejor adaptabilidad al medio ambiente y acrecentar mayores grados de libertad en su relación con la naturaleza. Negar este progreso “inconsciente” en la evolución de las especies es infantil en extremo.
Por último, el ser humano ha alcanzado el mayor nivel de “progreso” conocido en ningún ser vivo. No se trata sólo de nuestra capacidad de transformar la naturaleza de una manera consciente siguiendo un plan, para bien y para mal; o de haber sido capaz de rastrear nuestro origen y evolución particular, rescatándolos de la noche de los tiempos, sino también de penetrar en los secretos más íntimos de la materia misma, desde el nivel microscópico al nivel cosmológico. Como formuló brillantemente Federico Engels: con el ser humano la materia, por primera vez, ha tomado conciencia de sí misma. No cabe mayor grado de progreso en el proceso ininterrumpido de cambio y movimiento de la materia, desde su carácter inerte, inorgánico, hasta su evolución como materia orgánica, a partir de la cual se desarrolló lo que conocemos como vida, y que desembocó finalmente en el surgimiento del cerebro humano, el producto más elaborado de la materia.
Podemos entender perfectamente el rechazo hacia el “progreso”, no sólo de los anti-especistas, sino de muchas personas sensibles que ven horrorizadas el feo rostro en que el capitalismo ha transformado el mundo: con sus guerras, su explotación atroz, la miseria extendida, la contaminación, el aniquilamiento de incontables especies animales, entre otras “lindezas” de la civilización. Pero de esto sería un error colegir que hay algo que “anda mal” en el ser humano, debido a su engreimiento y dominio despótico sobre la naturaleza. El aspecto que muestra nuestro mundo actual es la confesión manifiesta de que el sistema capitalista global ha alcanzado sus límites hace tiempo y que su continuidad amenaza no sólo el futuro de la especie humana sino de la propia vida en la tierra. De lo que se trata no es de volver la cara a la fea realidad y refugiarse en teorías anticientíficas buscando en vano un “paraíso terrenal” en la tierra, cuando los humanos habitaban en bosques y en las cuevas, indisociados de la propia naturaleza y esclavizados por ella, y que dejó de existir hace milenios en nuestro planeta. De lo que se trata es de comprender que este sistema está caduco y que al mismo tiempo ha creado las condiciones para su total transformación, por medio de la revolución socialista, donde hombres y mujeres podamos tomar nuestros destino en nuestras manos, terminando con el capitalismo a fin de pasar del reino de la necesidad al reino de la auténtica libertad, de la prehistoria humana a la verdadera historia humana, donde sería perfectamente posible gozar de las colosales conquistas culturales, tecnológicas e intelectuales acumuladas por la humanidad, y expandirlas a niveles inimaginables, coexistiendo al mismo tiempo con un medio ambiente sano, saludable para todas las especies animales y vegetales.

Veganismo y Capitalismo

Hay veganos que, desde posiciones socialistas e incluso marxistas, tratan de conferirle al veganismo un cariz “anticapitalista” o “anti-establishment”. Tienen la pretensión, con la mejor de las intenciones, de estar combatiendo a los monopolios capitalistas, en particular de la industria cárnica, como una contribución a la lucha anticapitalista. Pero con su idea de horadar al sistema desde dentro, con la propuesta de crear una “nueva economía” de productos veganos al margen de las industrias capitalistas y de sus redes de comercialización convencionales, y de cambiar la mentalidad de las personas a través de la educación, en realidad lo que hacen es adoptar una posición reformista, gradualista; en lugar de llamar a derribar al sistema en su conjunto. Además, es una posición idealista que no casa con la realidad. Más allá del poderoso interés de la industria cárnica en permanecer, los productos veganos con mayor contenido proteínico son caros y no están accesibles para todos. De hecho, se han transformado en parte de una lucrativa rama de la industria alimentaria para una capa de la población de alto poder adquisitivo.
Actualmente, el mercado de semillas está monopolizado por 6 multinacionales gigantescas (Syngenta, Bayer, Basf, Dow, Monsanto y DuPont) que manejan el 60% de dicho mercado y el 76% de la producción de agroquímicos. El crecimiento de la producción y del mercado vegano, en detrimento del cárnico y piscícola, no llevaría al hundimiento de los monopolios capitalistas, sino que vería nacer grandes empresas que rápidamente se harían con el mercado, así como la migración de inversiones de la industria cárnica a la industria vegana, sin amenazar un ápice el dominio aplastante de las grandes multinacionales de la alimentación.
La realidad es concreta, aun si aceptáramos como sistema de alimentación preferente el veganismo, eso requeriría un profundo debate donde los aspectos morales pasarían a ser un asunto secundario. Lo principal sería un debate y un análisis científico y riguroso donde la población, junto con los profesionales de la materia, los médicos y nutricionistas, libres de todo interés lucrativo y material, pasarían a ocupar el primer plano para evaluar todos los aspectos positivos y negativos del veganismo en la alimentación humana, comenzando por sus efectos en la alimentación infantil. Se requeriría un debate y análisis científico profundo que atañería a biólogos, agrónomos, ecólogos, ambientalistas, y geógrafos sobre el impacto medioambiental de una producción alimentaria vegetariana a gran escala. Se requeriría una transformación completa de los hábitos alimenticios y una reconversión productiva muy complicada de efectuar, comenzando por el destino de los cientos de millones de animales actualmente estabulados en cada país.
Hoy por hoy, llevar tratar de llevar todo esto a efecto, resulta impracticable bajo el capitalismo. Cuando el sistema capitalista global es incapaz de prescindir de los combustibles fósiles y de la energía nuclear, tan contaminantes y potencialmente letales, pese a que están dadas las condiciones para su sustitución por energías renovables no contaminantes; cuando el capitalismo global es incapaz de dar solución al destino de cientos de millones de refugiados y migrantes que huyen de la barbarie de las guerras y de la opresión imperialista, pensar que sería posible acometer una revolución en la alimentación humana del calibre como la que propugna el veganismo, en las condiciones actuales de la humanidad y de crisis del capitalismo, sería la mayor de las utopías.

Veganismo y Comunismo

No es la función de los marxistas imponer a nadie su hábito alimentario ni impartir ordenanzas alimentarias de carácter moral. No hay tal cosa como una alimentación “marxista”. Cada persona puede y debe elegir libremente si consume exclusivamente alimentos vegetales o veganos, o practicar, como hace la inmensa mayoría, el omnivorismo. Pero sí estamos obligados a tomar parte en el debate, previniendo contra el oscurantismo filosófico y moral y, en general, contra todo misticismo fanático e irracional. No dudamos de que a la gran mayoría de los veganos les guían principios altruistas. Rechazan ardientemente la violencia y la crueldad hacia los animales y, como consecuencia de ello, han desarrollado una animadversión hacia el consumo de carne, lo que se potencia por el estado deplorable de la industria cárnica y piscícola. Muchos veganos también rechazan las posiciones anticientíficas y moralistas de aquellos sectores del veganismo que hemos analizado aquí. A estos sectores del veganismo les tendemos la mano y los invitamos a un diálogo y a avanzar hacia una comprensión científica del mundo y de la naturaleza humana.
Ciertamente, el ser humano ya no es un esclavo impotente de la naturaleza. Durante decenas de miles de años se ha transformado físicamente, y también intelectualmente. Es un ser consciente que a lo largo de miles de años ha sido capaz de comprenderse a sí mismo y a la naturaleza que lo rodea, y de transformar ésta para sus propios fines. Pero cada paso adelante dado en su avance, desarrollo y transformación intelectual, cultural y moral, ha sido fruto de una experiencia colectiva, y no del mandato imperativo de un Dios ni de los prejuicios morales o de ideas bienintencionadas de grupos de individuos.
No existe una moralidad suprahistórica, independiente de toda condición y lugar. El ser humano fue capaz de superar, como especie y en su comportamiento general, el incesto y el canibalismo, practicados sin reparos morales durante miles de años en una etapa remota. De este último queda incluso un rastro, una reminiscencia, en la liturgia cristiana en las palabras atribuidas a Jesús en la última cena: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él» (San Juan. 6, 55-56).
El rechazo creciente de la sociedad española, sobre todo en las generaciones jóvenes, a espectáculos crueles hacia los animales que hace unas décadas concitaban un consenso social mayoritario, como son las corridas de toros, es una prueba de que las sociedades cambian y que las consideraciones morales no pueden imponerse, sino que para hacerse mayoritarias y adquirir el rango de un prejuicio social firmemente asentado, deben transitar por una experiencia colectiva, sujeta a los cambios que se producen en la sociedad.
No puede descartarse, por tanto que, en una sociedad comunista, libre de las ataduras materiales actuales y de la lucha por lo necesario, que caracterizan al capitalismo, el ser humano pueda adoptar una alimentación que no requiera la matanza de animales. Hay un debate en curso entre los científicos sobre la posibilidad de crear órganos humanos y animales en laboratorio para trasplantes, y hasta de “carne sintética”, a partir de las llamadas células-madre, que podrían sustituir el consumo de carne procedente de animal vivo.
El potencial del desarrollo humano es infinito. Pero que aquello sea una realidad o no, no vendrá determinado por nuestros gustos, opiniones, o prejuicios morales o idealistas actuales, sino como consecuencia de una experiencia colectiva que el género humano deberá atravesar a lo largo de un período, en una sociedad comunista futura, auténticamente humana, a la que corresponderá una moralidad y una actitud ante la vida, humana y animal, cuya altura hoy nos resulta imposible de atisbar.

David Rey (CMI)

Trotsky y Preobrazhensky: la problemática unidad de la Oposición de Izquierda

Jerry Hough ha comentado que los años 20 y el periodo del primer plan quinquenal en la Unión Soviética han “captado la atención de una generación de estudiosos y suministrado las bases para un estimulante debate y re-análisis”. Uno de los muchos temas sometidos ahora a un análisis más preciso es el carácter de la relación entre León Trotsky y Evgeny Preobrazhensky, los dos más prominentes voceros de la Oposición de Izquierda. Durante algún tiempo los historiadores han estado vagamente conscientes de una tensión latente en esta relación. Isaac Deutscher (1965: 238) atribuyó los recelos de Trotsky a un temor de que los escritos económicos de Preobrazhensky “crearan una apertura para una reconciliación intelectual con ‘el socialismo en un solo país”. En mi propio libro sobre Trotsky señalé que, a pesar de que los dos líderes acordaron en un amplio rango de cuestiones políticas, partieron de premisas teóricas divergentes y su relación estuvo, por lo tanto, caracterizada por “diferencias escondidas” (Day, 1973: 148). Una enunciación mucho menos cautelosa que la de Deutscher o la mía está contenida en la nueva biografía de Trotsky de Joel Carmichael, donde se dice que Preobrazhensky creía que el socialismo podría construirse con recursos rusos solamente y que esta creencia finalmente lo reconciliaba con el “socialismo en un solo país” (Carmichael, 1975: 333).
Es difícil evaluar la relación entre Trotsky y Preobrazhensky porque el carácter aparentemente contradictorio de la posición de Preobrazhensky invita a la simplificación. Como uno de los principales teóricos de la Oposición, Preobrazhensky en numerosas ocasiones denunció públicamente el lema de Stalin de socialismo en un solo país. Sin embargo, en 1928, el mismo hombre rompió con Trotsky y la Oposición sobre la base de que el “giro a la izquierda” de Stalin cumplía con todas las exigencias anteriores de la Oposición de Izquierda del Partido. ¿Preobrazhensky no vio que el “giro a la izquierda” era parte de un intento de construir el socialismo en un solo país? ¿O había ahora repudiado sus creencias anteriores? ¿Y si fuera así, cuáles podrían haber sido sus motivos? ¿Y por qué fracasó en convencer a Trotsky? El hecho de que Preobrazhensky normalmente fuera un pensador consistente hizo que Deutscher sugiriera que la “apertura” para una reconciliación intelectual con el stalinismo yacía en la teoría de la “acumulación socialista primitiva”, con su acento en la acumulación interna de capital para inversiones industriales. No hay duda de que, al expresar este punto de vista, Deutscher comprendió una parte de la explicación. Pero entonces Trotsky también se refería a la necesidad de la “acumulación socialista primitiva” y Deutscher no dio una explicación convincente del sentido en el cual los dos hombres diferían en la utilización del término. Tampoco respondió a la pregunta de cómo Preobrazhensky pudo denunciar consistentemente el socialismo en un solo país en 1927 y reconciliarse intelectualmente con el stalinismo en 1928.
Los archivos de Trotsky revelan que, en los años 1926-1927, estaba preocupado por los trabajos de Preobrazhensky. Pero no existe evidencia de ningún desacuerdo expresado conscientemente. Lo que parece haber sucedido es que Trotsky, por esa época, se dio cuenta del potencial para el desacuerdo que tenía la ambigüedad de Preobrazhensky. En particular, Trotsky estaba preocupado acerca de la cuestión de la relación de la Rusia soviética con la economía internacional. A mediados de la década de 1920, Trotsky estaba comprometido con un modelo de industrialización que se asentaba fuertemente en la importación de capital y la expansión de las relaciones comerciales. Preobrazhensky veía las ventajas de algunas de las propuestas de Trotsky y, sobre esa base, durante un tiempo fue capaz de mantener la unidad de la oposición. Pero no compartía el compromiso intelectual de Trotsky con el comercio internacional y la división internacional del trabajo. Su compromiso era con la industrialización como tal. Así, cuando Preobrazhensky reingresó al Partido, no traicionó ni a Trotsky ni a sus propios principios. Él y Trotsky simplemente no estaban de acuerdo. Este desacuerdo surgió de diferentes fuentes.

Internacionalismo y la lógica de la industrialización

La creencia de Preobrazhensky en el internacionalismo y en la revolución mundial ha pasado mayormente inadvertida en sus escritos, a pesar de que es esencial para abordar este tema. El texto crítico a este respecto es el libro De la NEP al Socialismo, escrito en 1922. Aquí se sostenía que el capitalismo había llevado a la economía mundial a un callejón sin salida. Las relaciones antagónicas de distribución dentro de la sociedad capitalista habían cercenado la expansión de los mercados internos, obligando a los países europeos a embarcarse en una expansión imperialista a fin de convertir en dinero el valor de su producción industrial (Preobrazhensky, 1922a: 14-15). En paralelo con la dependencia de Europa de los mercados internacionales se había llegado a una creciente dependencia de las fuentes externas de suministro de alimentos y materias primas orgánicas (Preobrazhensky, 1922a: 9, 1927: 79-80). Un abundante suministro de mano de obra barata había desalentado la mecanización de la producción rural, trayendo como resultado una “trombosis agrícola” (1922a: 123). Europa se había vuelto sobre-industrializada respecto de su base agrícola. En los años siguientes a la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos había acentuado las dificultades de Europa al invadir los antiguos mercados europeos de ultramar. La única solución a largo plazo de este dilema era vincular la industria europea con el potencial agrícola de Rusia (1922a: 125, 1922b: 47-50). Mientras tanto Europa se estancaría. La economía mundial había sido desmembrada por la guerra y la Revolución Rusa. Preobrazhensky creía que la relación económica soviética con el entorno capitalista sería de poca significancia cuantitativa hasta el momento en que los obreros tomaran el poder político en Europa.
Dado el aislamiento económico de la Unión Soviética desde 1921 en adelante, Preobrazhensky concentró su atención en el problema de la “acumulación socialista primitiva” o ahorro forzoso dentro del país, con el propósito de financiar la reconstrucción. Durante los años 1921-1926, publicó numerosos panfletos y artículos sobre este tema, cada uno de los cuales llevó el razonamiento a un mayor grado de sofisticación, culminando en La Nueva Economía. Sin embargo, detrás de cada refinamiento de la teoría de la “acumulación primitiva” se agazapaba lo que Alexander Erlich definió como el “dilema de Preobrazhensky”: la conciencia de que el capital suficiente para la industrialización no podría generarse dentro del país sin conllevar la posibilidad de una nueva guerra civil (Erlich, 1950: 80-81, 1960: 42-59).
El “dilema de Preobrazhensky” parece sugerir que, en el análisis final, Preobrazhensky se encontró atrapado en una contradicción lógica. La “acumulación socialista primitiva” parece ser un juego desesperado basado en una especulación inútil acerca de la posibilidad eventual de asistencia de una revolución proletaria en el Oeste. Pero Preobrazhensky era un pensador demasiado consistente para construir su recomendación política sobre la base de una contradicción tan fundamental. No solo esperaba una revolución proletaria en Europa: estaba convencido de su inevitabilidad histórica. Sus argumentos en favor de la “acumulación socialista primitiva” no se pueden interpretar adecuadamente sin hacer referencia a esta convicción fundamental, que está resumida en forma más convincente en el libro De la NEP al Socialismo.
En 1922, Preobrazhensky expresó su confianza en que la Unión Soviética tendría éxito en financiar mejoras graduales en la economía durante una década y que luego de ese tiempo el país entraría en un período de crisis. El capital adicional requerido para una importante transformación tecnológica de la agricultura campesina no estaría disponible. Sin embargo, la crisis en Europa maduraría aproximadamente al mismo tiempo, trayendo consigo una gran bancarrota económica y la revolución proletaria. La Europa proletaria entonces compensaría el desbalance entre su propia industria y la agricultura invirtiendo en la Unión Soviética. La respuesta al “dilema de Preobrazhensky”, en otras palabras, sería la revolución internacional. Cinco años más tarde los puntos de vista de Preobrazhensky no habían cambiado. En 1927, en vísperas del “curso de izquierda” de Stalin, Preobrazhensky escribió que las contradicciones internas de la economía soviética demostraron “con qué fuerza nuestro desarrollo hacia el socialismo se confronta con la necesidad de romper nuestro aislamiento socialista (odinoches- tvo)... y de apoyarse en el futuro en los recursos materiales de otros países socialistas” (Preobrazhensky, 1927b: 70).
Preobrazhensky no creía que el socialismo se pudiera construir solamente con recursos rusos. Como Zinoviev (1926: 273), sin embargo, pensaba que los obstáculos políticos impedirían cualquier restauración significativa de los lazos económicos con Europa hasta que los trabajadores hubieran tomado el poder. Este convencimiento generó la base para el desacuerdo con Trotsky, que finalmente llevó a la ruptura. Trotsky no estaba preparado para esperar un cambio político en Occidente. Sostenía que la unidad histórica y la interdependencia de la economía mundial estaban basadas más en los factores objetivos que en los políticos. Durante el periodo de “comunismo de guerra”, había sido renuente a restaurar contactos con Europa hasta que estuviera en marcha la recuperación de Rusia, temiendo que se dictaran términos desfavorables y que los bolcheviques se vieran forzados a admitir las deudas zaristas a cambio de “una libra de té y una lata de leche condensada” (Trotsky, 1927: 310). Cuando, en 1922, se reunió la Conferencia de Ginebra, esos temores fueron puestos a prueba. La perspectiva de asistencia económica fue presentada en forma insistente al gobierno soviético a cambio de concesiones significativas relacionadas con la propiedad nacionalizada y las deudas zaristas. Si bien muchos miembros del Partido Comunista habían abrigado esperanzas exageradas de que se pudiera llegar a un compromiso con los acreedores europeos, la conferencia terminó en un fracaso sin llegar a un acuerdo. Sin embargo, al tiempo en que la esperanza de asistencia directa se debilitaba, Trotsky se convenció cada vez más de la posibilidad de superar el aislamiento de Rusia por medio de un regreso a las exportaciones de granos y materias primas. Hacia 1925-1927 había desarrollado una detallada estrategia para la industrialización basada en la importación de equipamiento industrial y bienes de consumo manufacturados.
Este enfoque sobre la industrialización resultaba de la preocupación original de Trotsky acerca de la división internacional del trabajo. Mientras que Preobrazhensky explicaba la necesidad de Europa de exportar en términos de una inadecuada demanda interna, Trotsky fue más allá de esta contradicción y se focalizó en la importancia de la tecnología moderna. El avance de la industria había traído consigo un progreso tecnológico acelerado y un muy importante aumento en la “composición orgánica del capital” -un aumento en la intensidad del capital- con la consecuencia de que la producción sólo sería rentable en una escala de crecimiento constante si se ponía al servicio de los mercados internacionales. Por lo tanto, la guerra de 1914-1918 había sido el resultado de las rivalidades comerciales causadas por la contradicción entre la tecnología contemporánea y el potencial limitado de mercado de la nación-Estado. Así, representó “una insurrección de las fuerzas productivas, esto es, de la tecnología humana, contra la necedad del hombre que había puesto a la naturaleza bajo su control pero no pudo controlar la espontaneidad de la sociedad (Trotsky, 1924). O, como comenta en otro lugar: “la base del internacionalismo no es un principio vacío, sino la falta de correspondencia entre la nueva tecnología y los mercados de la nación-Estado. De esta falta de correspondencia surgen las guerras imperialistas por un lado y el internacionalismo proletario por el otro” (Trotsky Archives, N° T-3034).
Para Trotsky, el internacionalismo no era un principio político sino el reflejo subjetivo del curso objetivo de la historia económica. Así como la Rusia zarista había comenzado la industrialización recurriendo a los recursos de capital de Francia, creía que la Unión Soviética se embarcaría en una construcción socialista aprovechándose de la oportunidad de importar mercancías y capital del exterior (Trotsky, 1962: 181-182). Los costos enormes del capital fijo en la industria moderna imposibilitarían cualquier esfuerzo para alcanzar la autosuficiencia económica. Confiar solamente en los ahorros internos conllevaría la inevitabilidad de una guerra civil con el campesinado. La división internacional del trabajo, como un producto histórico objetivo, en ningún caso podría alterarse sustancialmente por meros fenómenos “supra estructurales” y diferencias en la ideología (Trotsky, 1925). La industrialización soviética presupondría la amplia participación en la economía internacional en los años anteriores a la revolución socialista en Europa y después de ella. Como Trotsky escribió en 1927: “Un crecimiento adecuadamente regulado de las exportaciones e importaciones con los países capitalistas prepara los elementos del futuro intercambio de materias primas y productos (que prevalecerá) cuando el proletariado europeo asuma el poder y controle la producción”. La construcción del socialismo era un proceso ininterrumpido. No podría ser dividido en distintas etapas, separadas por un “abismo” (Trotsky Archives, ídem).
La interpretación de Trotsky de la dialéctica histórica fue más ambiciosa que la de Preobrazhensky. Este veía a la industria y a la agricultura campesina como una “unidad de los opuestos”, en donde el Estado obrero usaría el “intercambio desigual” para apropiarse del excedente económico de la agricultura capitalista, de la misma forma en la que el capital mercantil había transformado el excedente social de la sociedad feudal en capital industrial. Trotsky utilizó la misma analogía, pero en un sentido más amplio, aplicándola tanto a las relaciones internacionales como a las internas. A mediados de la década del 20 había llegado a la conclusión de que las economías de Europa habían reanudado la apropiación de plusvalor, pero eran incapaces de emprender las inversiones correspondientes por carecer de nuevos mercados (Trotsky, 1925b: 176, 1926: 188/200). La Unión Soviética debería, por lo tanto, suministrar los mercados requeridos a cambio de la importación del capital sobrante de Europa. La dialéctica de la historia obligaría al capitalismo a amamantar al socialismo así como el capitalismo se había amamantado del feudalismo (Trotsky, 1926b: 92). La Europa capitalista y la Rusia socialista serían una unidad de opuestos y su unidad sería dictada por la necesidad de su interacción.

Problemas específicos

De este resumen preliminar de la posición de cada hombre, resulta manifiesto que la estructura lógica del enfoque de Trotsky sobre la industrialización era significativamente diferente de la de Preobrazhensky. La diferencia era fácilmente distinguible hacia 1925, a pesar de que sus orígenes pueden ser remontarse tan lejos como a 1921 y a la introducción de la Nueva Política Económica (NEP). Al respecto, cuatro problemas específicos parecen haber sido de importancia central: 1) la política de la Unión Soviética respecto de las concesiones extranjeras; 2) las expectativas soviéticas respecto de los préstamos extranjeros directos; 3) la política de importaciones respecto del equipamiento de capital y 4) la política de importaciones respecto de los productos manufacturados de consumo. Si ahora consideramos cada una de estas áreas problemáticas en más detalle, será posible documentar con precisión las tensiones que se desarrollaron dentro de la Oposición y las consideraciones teóricas generales involucradas.

Política de concesiones

En 1921-1922 tanto Trotsky como Preobrazhensky reaccionaron negativamente a las ambiciosas propuestas de una NEP externa en la forma de una política de concesiones agresivas. Trotsky se preocupó por las condiciones que los capitalistas extranjeros impondrían a cambio de renovar sus operaciones en Rusia anteriores a la guerra. Más aún, creía que la recuperación de Europa era todavía demasiado problemática para permitir una exportación de capitales a gran escala (Trotsky, 1953: 243-244). Hacia 1925, sin embargo, Trotsky había revisado su opinión.
Europa estaba ahora recuperando su capacidad de exportar capital, en el preciso momento en el que la economía soviética requería nuevas e importantes inversiones para continuar su crecimiento más allá de los niveles anteriores a la guerra. Ahora parecía haber una base legítima para una relación mutuamente ventajosa. Así, en julio de 1925, Trotsky advirtió contra una excesiva prudencia en la política de concesiones y anunció: “Estamos ahora más inclinados que hace unos años a pagar a capitalistas extranjeros sumas importantes por (...) su participación en el desarrollo de nuestras fuerzas productivas”. La cuestión de las concesiones, explicaba, se volvería cada vez más importante cuando el gobierno soviético intentara expandir su planta industrial, porque los ahorros internos “no son suficientemente cuantiosos como para llevar hasta el fin la renovación y expansión de nuestras fábricas mediante nuestros propios recursos” (Trotsky, 1925c).
La actitud de Preobrazhensky hacia las concesiones era mucho más rígida. En Finances During the Epoch of Proletarian Dictatorship (Las finanzas durante la época de la dictadura del proletariado, escrito en 1921) enfatizó que la necesidad de “acumulación socialista” surgía del hecho de que la Unión Soviética no gozaba de ninguna perspectiva significativa de apoyo exterior”. Las concesiones no solamente eran poco probables, también eran peligrosas. En el otoño de 1921 escribió un artículo sobre las perspectivas de la NEP y afirmó que los concesionarios extranjeros, en caso de retornar a Rusia, serían los candidatos naturales para liderar una contrarrevolución (Preobrazhensky, 1921b: 204-205). En Questions of Financial Policy (Cuestiones de política financiera), también publicado a fines de 1921, señalaba que el monopolio del comercio exterior podría generar utilidades con las cuales moderar el déficit presupuestario.
“Respecto del capital concesionario”, comentó: “no podemos esperar ingresos importantes de esta fuente” (Preobrazhensky, 1921c: 47-48). En febrero de 1924, la revista de la Academia Comunista publicó un artículo de Preobrazhensky titulado “La ley básica de la acumulación socialista”. Este mismo artículo luego reapareció en 1926 en el segundo capítulo de La nueva economía, Aquí también sostenía que el capital concesionario era una amenaza para las débiles empresas soviéticas y que “una dosis excesiva de capital concesionario introducida en el organismo de la economía estatal podía comenzar a desintegrarla, así como en su época el capitalismo desintegró a la más débil economía natural”. Mientras Trotsky, por esa época, hablaba contra la excesiva precaución en esta área, Preobrazhensky sostenía que “la precaución en el campo de la política de concesiones es una necesidad política” (Preobrazhensky, 1924: 104-105). Cuando, en 1926, apareció la versión final de La nueva economía, Preobrazhensky resumió este punto de vista con el comentario “una actitud cautelosa hacia las concesiones está íntimamente conectada con todo el conjunto de mis ideas” (Preobrazhensky, 1965: 265).

Préstamos externos

Sobre la cuestión de las perspectivas de la Unión Soviética respecto de los préstamos externos a largo plazo, es evidente un idéntico patrón.
Como en el caso de las concesiones, durante el primer período de la NEP, Trotsky sospechaba de los planes de Grigorii Sokolnikov (el comisario de Finanzas) y de otros de llegar a un arreglo con Occidente. En una ocasión aseveró que antes de que se le diera asistencia externa, Rusia se vería obligada a entregar los depósitos de petróleo del Cáucaso, disolver el Ejército Rojo y expulsar a la Internacional Comunista (Trotsky, 1921: 48-49). En el otoño de 1922 estos temores habían sido mitigados por una buena cosecha, que aliviaba la presión inmediata sobre el gobierno soviético, abría la perspectiva de algún grado de “acumulación socialista” y, como dijo Trotsky, hacía posible “esperar un cambio de humor de parte de los capitalistas extranjeros sin ponernos excesivamente nerviosos” (1925d: 69). Las concesiones y los préstamos ahora afectarían el ritmo de la recuperación de Rusia, pero no determinarían su resultado (1927b: 300). Esta fue su posición hasta 1924, cuando la cuestión de los préstamos extranjeros volvió al tapete, como consecuencia de las negociaciones entre la Unión Soviética y el gobierno laborista de Ramsay MacDonald. Hacia 1925, por las razones ya mencionadas con la política de concesiones, Trotsky concluyó que había llegado el tiempo de buscar seriamente créditos a largo plazo. En este punto, una vez más se encontró en desacuerdo con los puntos de vista menos flexibles de Preobrazhensky.
Preobrazhensky en ningún momento negaba la utilidad de un préstamo extranjero: simplemente consideraba poco probable que se materializase. Sobre esa base, rechazaba que se fijara la política interna para satisfacer los caprichos de los capitalistas extranjeros. Veía el esfuerzo del Comisariado de Finanzas para restaurar el patrón oro y, con él, la “confianza” extranjera en Rusia, como una desviación absurda de recursos desde la industria (Preobrazhensky, 1922c). Durante los primeros años de la NEP, exploró la posibilidad de un “préstamo en mercancías” donde Rusia tomaría prestados bienes de consumo terminados y pagaría con exportaciones de granos, sin que el dinero cambiara de manos, pero eventualmente abandonó este proyecto por considerarlo impracticable (Preobrazhensky, 1922d). En agosto de 1923 retornó a su tema habitual acerca de que el ahorro interno podría acelerarse a expensas del consumo porque era “altamente improbable” que Rusia recibiera importantes créditos a largo plazo en un futuro cercano (Preobrazhensky, 1923). En La nueva economía trató la cuestión de un préstamo con la distancia analítica de un escéptico (Preobrazhensky, 1965: 134-135). El capital extranjero, sostenía, “no desea afluir en una gran escala a un sistema económico de un tipo extraño a sí mismo.” (Ídem: 298) Y continuaba afirmando que “los nuevos recursos se deben reunir dentro del país” (ídem: 240). Cuando Trotsky se volvió más optimista acerca de que Rusia pudiera encontrar una relación viable con los países capitalistas, Preobrazhensky comentó que los capitalistas se estaban volviendo más antagónicos hacia la Unión Soviética (1926: 221). Esta actitud desesperada estaba subrayada por el persistente temor de Preobrazhensky de que un préstamo pudiera frustrar la industrialización antes que promoverla, que la disponibilidad de bienes manufacturados extranjeros obtenidos mediante el crédito pudiera ser utilizada para racionalizar la apatía en la construcción socialista.

Importación de equipamiento de capital

Trotsky estaba tan preocupado como Preobrazhensky con el ritmo de la industrialización, pero abordaba este problema desde un punto de vista diferente. A su juicio, la tasa de expansión no sería determinada simplemente por la tasa de acumulación, sino también por la estrategia de inversión decidida. Luego de 1925, repetidas veces señaló el largo período de gestación provocado por la intensidad del capital de la industria moderna. La construcción de proyectos a gran escala, especialmente en la industria pesada, inmovilizaría el escaso capital por un período de 3 a 5 años antes de que la nueva producción estuviera disponible. Mientras tanto, la industria liviana sufriría, el “hambre de mercancías” se haría más agudo y las relaciones con el campesinado se deteriorarían. La capacidad de importación generada por las importaciones de capital y la venta de granos, por lo tanto, deberían utilizarse para comprar equipamiento de capital barato a los productores extranjeros que atienden al mercado mundial y, por lo tanto, poseen importantes economías a escala. Los costos de capital de la autosuficiencia industrial, según Trotsky, eran prohibitivos. En el mejor de los casos, estimaba, la Unión Soviética en los años venideros podría ser capaz de producir la mitad de su propio equipamiento industrial (Trotsky, 1926b: 89). Así, la industria soviética debería especializarse en los tipos más simples de equipamiento que tuvieran la demanda más grande, maximizando la economía a escala disponible dentro del país e importando del exterior los ítems más complejos. De esta forma, los cuellos de botella económicos serían evitados, el peligro de inflación minimizado y la división internacional del trabajo sería utilizada al servicio del socialismo. La industrialización involucraría necesariamente una creciente “dependencia” de la Rusia socialista del cerco capitalista.
Sobre la cuestión de importar maquinaria industrial, a diferencia de lo que ocurría en el caso de los préstamos y concesiones, el punto de vista de Preobrazhensky era más compatible con el de Trotsky. Una nota al pie de página a la segunda edición de La nueva economía parece haber reflejado la influencia de Trotsky, dado que apuntaba que incluso las exportaciones “no rentables” podrían ser muy ventajosas para la economía estatal “si el comercio exterior así obtenido fuera utilizado para la importación de maquinarias para la industria, que es mucho más cara de fabricar aquí que en el extranjero” (Preobrazhensky, 1965: 105). Sin embargo los costos comparativos no serían el único criterio para determinar la política de importación, y Preobrazhensky tuvo el cuidado de señalar que, en algunos casos, el Estado debería comprar productos internos más caros en beneficio del crecimiento industrial a largo plazo (ídem: 165). En “El equilibrio económico en el sistema de la URSS”, un artículo publicado en 1927, Preobrazhensky parece haberse movido todavía más en la dirección de Trotsky. Ahora llamaba específicamente la atención sobre la posibilidad de eliminar los cuellos de botella internos a través de la importación de equipamiento extranjero, sugiriendo que “la precondición del equilibrio de nuestro sistema es el máximo enlace con la economía mundial” (Preobrazhensky, 1927a: 46-47; 1965: 165-166). El hecho de que la industria pesada europea estuviera sufriendo una “crisis permanente” debido a la capacidad excesiva y la sobreindustrialización parecía confirmar la posibilidad de que Rusia pudiera echar mano en forma más extensiva de fuentes extranjeras de suministros (1927a: 78-80).
Sin embargo, incluso la cuestión de la importación de maquinaria parece haber planteado una importante diferencia de principios. La idea central de Trotsky en los años 1925-1927 era evitar una excesiva concentración sobre la industria pesada y asegurar un enfoque más diversificado que garantizaría incentivos al campesinado. Sin bienes de consumo baratos, los campesinos no llevarían al mercado sus granos y la capacidad de importación del país se vería gravemente restringida. Preobrazhensky no compartía la convicción de Trotsky en cuanto a la inminencia de este problema. En un apéndice a La Nueva economía presentaba un modelo aritmético indicando que el patrón del “intercambio desigual” con el campo sólo se podría modificar seriamente luego de una concentración preliminar de recursos de inversión en el sector de bienes de capital (1965: 271). En algún lugar del mismo libro hablaba de inversiones prioritarias en industria pesada que luego se convertirían en típicas de la ortodoxia stalinista: “como sabemos (...) el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad capitalista y el desarrollo de la técnica llevan, como una regla general, a un incremento en la composición orgánica del capital, lo cual (...) significa una importancia siempre creciente de la producción de medios de producción. La posibilidad de extender la producción de bienes de consumo y su abaratamiento se logra mediante una extensión relativamente aún mayor de la producción de medios de producción” (1965: 186-187).
Mientras que la cuestión de la intensidad del capital llevó a Trotsky a la conclusión de que la Unión Soviética debía convertirse en forma permanente en un importante participante de la división internacional del trabajo, Preobrazhensky veía la importación de maquinaria como un expediente más temporario. Respecto de este tema sus opiniones eran, como sugirió Deutscher, más fácilmente reconciliables que las de Trotsky con la teoría del socialismo en un solo país.

Importación de bienes de consumo

La consecuencia de este énfasis diferente respecto del campesinado se hizo evidente en conexión con el problema de la importación de bienes de consumo. Durante los inicios de la NEP, Trotsky y Preobrazhensky se opusieron conjuntamente a las importaciones en gran escala de este tipo, porque socavaban la recuperación de la industria interna como resultado de su bajo precio y calidad. Abogaron por una política de proteccionismo industrial que fuera impuesta por el monopolio estatal del comercio exterior.
Sin embargo, una vez que la industria liviana retornó a una condición cercana al pleno empleo, la preocupación de Trotsky se apartó de alguna forma de una protección rigurosa. La industria liviana, sostenía, de aquí en más, debería volverse más capaz de protegerse a sí misma produciendo un barato y con alta calidad. La intención de Trotsky ciertamente no era debilitar el monopolio del comercio: más bien esperaba emplearlo de una manera que hiciera frente tanto a los requerimientos de la industria como del consumidor. Con este fin sugirió que se requeriría una política de “intervención en el intercambio de mercancías” más o menos permanente, por medio de la cual las importaciones controladas de bienes extranjeros se usarían para estimular las mejoras en las empresas soviéticas y satisfacer en forma más completa las necesidades inmediatas de obreros y campesinos.
Preobrazhensky aprobaba la “intervención en el intercambio de mercancías” como una medida de crisis -pero solamente como una medida de crisis, no como un programa de duradero.7 En diciembre de 1925, explícitamente rechazaba las importaciones de mercancías como una política de largo plazo para lidiar con el “hambre de mercancías”. Tres meses más tarde advirtió que las importaciones permanentes de bienes de consumo podrían llevar a la “liquidación del monopolio del comercio exterior, la liquidación del proteccionismo socialista, la inclusión de la URSS en el sistema de la división internacional del trabajo sobre la base de la ley del valor y la preservación del nivel de industrialización existente en Europa por medio del aumento de la agrarización relativa de nuestro país (Preobrazhensky, 1926b: 65)”.

La ley del valor y la división internacional del trabajo

La referencia de Preobrazhensky a la ley del valor nos acerca al problema teórico subyacente, que da cuenta de las diferencias que hemos estado considerando. Según Marx, la ley del valor gobernaba tanto la fijación de los precios como la distribución de las fuerzas productivas. En la sociedad capitalista, el precio de venta de las mercancías era regulado por la competencia de forma tal que cada capitalista exitoso tendía a recuperar sus costos de producción y a obtener una ganancia promedio. Un capitalista que ganaba menos que la tasa de ganancia media invertiría su capital en otro lado. Si un capitalista obtenía una ganancia superior, su éxito provocaba una nueva competencia. En la economía internacional operaban las mismas fuerzas, estimulando movimientos de capital a través de las fronteras de las naciones-Estado desde áreas de oportunidades de ganancias declinantes hacia aquellas donde se pudieran obtener mayores beneficios. La ley del valor, en ese sentido, era el “regulador” de la economía capitalista, responsable de determinar qué capitalistas y qué países sobrevivirían en una lucha competitiva.
Según el pensamiento de Trotsky no había dudas de que, a pesar de la revolución, la ley internacional del valor continuaría ejerciendo una influencia reguladora sobre la economía transicional de la Unión Soviética. Esa creencia tenía dos implicaciones críticas. Primero, suministraba las bases lógicas para la convicción de Trotsky de que el capital en realidad se trasladaría desde las economías estancadas de Europa hacia Rusia, siempre y cuando el gobierno soviético estuviera dispuesto a pagar a los capitalistas extranjeros una ganancia por encima del promedio. Y, segundo, sugería que los precios soviéticos internos no podrían apartarse significativamente de los niveles mundiales sin socavar el monopolio del comercio exterior. Así, mientras Preobrazhensky exponía las ventajas del “intercambio desigual” con los campesinos a los fines de la “acumulación socialista”, Trotsky temía que los términos del comercio interno tendieran a volverse demasiado desiguales. En el caso en que los campesinos sortearan el monopolio del comercio exterior en una forma u otra, crecería el contrabando y toda esperanza de construir el socialismo se perdería. El impacto de la ley del valor podía ser controlado por el monopolio del comercio exterior, pero no podía ser negado.
En consecuencia, Trotsky insistía en que los precios y las decisiones de inversión soviéticos deberían estar guiados por una continua referencia a las condiciones prevalecientes en el mercado mundial. Se deberían mantener “coeficientes comparativos” para medir la competitividad de los bienes soviéticos en términos de precio y calidad.8 Un coeficiente desfavorable era la señal de la necesidad de controlar las importaciones por un lado y de realizar inversiones simultáneas por el otro, diseñadas para mejorar el coeficiente y mitigar la presión sobre el monopolio.
Trotsky sostenía: “no somos libres de elegir la tasa de desarrollo, dado que vivimos y crecemos bajo la presión del mercado mundial” (1926b: 120). Los coeficientes comparativos no sólo permitirían controlar el contrabando, sino que también harían posible que los planificadores discernieran dónde estaban las ventajas comparativas de la industria soviética y servirían como guías para el modelo óptimo de especialización a seguir dentro de la división internacional del trabajo. De esta forma, la productividad del trabajo soviético se elevaría a los estándares mundiales. Como sostenía Trotsky: “todo régimen social se mide por la productividad del trabajo” (1925d).
Todas las diferencias entre Trotsky y Preobrazhensky convergían en esta cuestión central de la ley internacional del valor. De acuerdo con Preobrazhensky, la ley internacional del valor no operaba más en la era del capitalismo monopólico. Había sido desplazada por los trusts, consorcios y carteles. La tasa de ganancia no tendía más a ser igualada, porque varias ramas de la producción eran ya trusts y se habían transformado en “mundos cerrados, en reinos feudales de organizaciones capitalistas particulares” (Preobrazhensky, 1965: 152). La preeminencia del capital estadounidense en la economía mundial significaba que las relaciones de valor norteamericanas establecían ahora el patrón internacional. Y esas relaciones a su vez estaban dictadas en forma arbitraria por sus trusts. El único escape de la hegemonía del capital estadounidense era el socialismo, que transformaría la economía en un “organismo monolítico” -o en un “mundo igualmente cerrado”, donde la inversión y las decisiones de fijación de precios no serían más reguladas por fuerzas externas (ídem: 158). Detrás de la barrera proteccionista del monopolio del comercio exterior, los trusts soviéticos obtendrían una ganancia adicional por medio del “intercambio desigual”, sin temor a la competencia exterior. Asimismo, las decisiones de inversión estarían reguladas por la ley del valor. Así, “la base de la colocación de órdenes dentro del país no es la ley del valor de la economía mundial” (ídem: 164).
En un momento en el que Trotsky esperaba que la Rusia soviética retornara a la división internacional del trabajo en base a la ley del valor, aunque en una forma controlada, Preobrazhensky insistía en que la ley del valor, si se le daba rienda suelta, eliminaría las tres cuartas partes de la industria soviética (1926c: 76, 1926d: 236, 1926e: 228).
Europa ya estaba sobreindustrializada y, desde el punto de vista de la racionalidad del mercado, no había justificación para la industrialización de la Unión Soviética. Por el contrario, la libre operación de las fuerzas del mercado simplemente preservaría a Rusia soviética como una periferia agraria. De qué manera la ley del valor podría tener este efecto si ya no existía era una contradicción que parecía haber escapado a la consideración de Preobrazhensky. Sin embargo, el punto principal era que, al negar el papel regulador de la ley del valor en la economía soviética, Preobrazhensky negaba la unidad e interdependencia de la economía mundial en su totalidad. Al hacerlo, negaba cualquier importancia duradera de la división internacional del trabajo, a la que Trotsky consideraba la base objetiva del internacionalismo proletario. En otras palabras, el sistema de pensamiento de Preobrazhensky suministraba la base para una reconciliación con el nacionalismo económico, la autarquía, o el socialismo en un solo país, al menos hasta el momento en que las revoluciones proletarias ocurrieran en otros países. Así, en 1923, dos años antes de que Stalin proclamara la doctrina de los “dos campos”, el campo del socialismo y el campo del capitalismo, Preobrazhensky ya estaba escribiendo acerca de los “dos sistemas de la economía mundial”.
Deutscher estaba en lo cierto al señalar que Preobrazhensky acentuaba la “acumulación socialista” mucho más que Trotsky. Pero esta diferencia en el acento no es la explicación de la ruptura en 1928. Más bien, la diferencia en el acento tenía sus raíces en las interpretaciones divergentes de la ley del valor. Trotsky creía que la ley internacional del valor establecería límites objetivos a la “acumulación socialista”, una cuestión que escapaba completamente a la atención de Preobrazhensky. Como escribió Trotsky en mayo de 1926: “La interacción de la ley del valor (interna) y la ley de la acumulación socialista debe conectarse con la economía mundial. Entonces será evidente que la ley del valor, dentro de los confines de la NEP, está suplementada por una presión creciente de la ley del valor externa, que surge del mercado mundial” (Trotsky Archives, T-2984). En enero de 1927, Trotsky retornó al mismo tema: “Somos parte de la economía mundial”-explicó a otro miembro de la oposición- “y nos encontramos dentro del marco capitalista. Esto significa que el duelo entre ‘nuestra’ ley de acumulación socialista y ‘nuestra’ ley del valor está abarcado por la ley internacional del valor, lo cual (...) altera seriamente la relación de fuerzas entre las dos leyes” (ídem, T-921).

Conclusiones

Hacia 1927, era obvio que Trotsky y Preobrazhensky se habían distanciado. La unidad del período temprano de la NEP se había desintegrado acerca de la cuestión del nacionalismo económico o el internacionalismo. Todo lo que quedaba era que Stalin lanzara el ataque sobre los campesinos en nombre de la industrialización. En julio de 1928, Stalin defendió el “giro a la izquierda” sosteniendo que, dado que la Unión Soviética no recibía préstamos externos ni explotaba colonias, no había otra alternativa sino “industrializar el país en base a la acumulación interna”. Respecto del campesinado, explicaba la situación de esta manera: “ellos pagan en exceso los bienes (manufacturados) y se les paga menos en los precios que reciben por la producción agrícola. Esto constituye un impuesto suplementario sobre el campesinado a los fines de la industrialización ( ) un impuesto adicional, que estamos obligados a cobrar a fin de elevar el nivel de nuestra industria”. Agregaba que sólo luego de “algunos años” sería posible eliminar este impuesto suplementario recaudado en la forma de lo que Preobrazhensky había denominado “intercambio desigual” (ídem: T-900).
A la luz de estos desarrollos, Preobrazhensky debe haber experimentado un profundo sentido de vindicación personal. Stalin parecía estar siguiendo al pie de la letra las recetas de La nueva economía. Más aún, las predicciones de su libro anterior De la NEP al socialismo, también parecían estar en vísperas de cumplirse. La revolución todavía no había llegado a Europa, pero Preobrazhensky veía signos de una crisis inminente en los Estados Unidos, una crisis que iba a desestabilizar las ya frágiles economías de países como Alemania o el Reino Unido. La crisis de Rusia, por lo tanto, correspondía con la crisis que llegaba de Occidente, y los trabajadores de Europa finalmente vendrían en auxilio de sus compañeros soviéticos. En estas circunstancias, era perfectamente entendible que Preobrazhensky le escribiera a Trotsky en la primavera de 1928 y le propusiera que la Oposición no solo apoyara a Stalin, sino que fuera más lejos y aceptara la “responsabilidad” por el “giro a la izquierda” (ídem, T 1262). Trotsky rehusó aceptar tal responsabilidad por las razones que ya he señalado. A su juicio, el proyecto en el cual Stalin se había embarcado era totalmente incorrecto y había sido concebido bajo la influencia de una mentalidad estrecha, provinciana.
Si Preobrazhensky hubiera previsto todas las consecuencias del stalinismo habría aceptado la responsabilidad en forma menos vehemente. No sería la revolución internacional lo que resolviera el “dilema de Preobrazhensky”, sino la colectivización forzosa. Y la “acumulación socialista primitiva” involucraría métodos mucho más “primitivos” que los que Preobrazhensky jamás había contemplado. Sin embargo, una vez que reingresó en el partido, Preobrazhensky fue rápidamente privado de cualquier influencia política. En 1937 fue asesinado por Stalin, una de las millones de víctimas del gran terror. Atribuir el terror exclusivamente a la “acumulación primitiva” sería una simplificación obvia, pero igualmente no hay duda de que la industrialización bajo el modelo de los planes quinquenales conllevó una supresión despiadada del consumo. A medida que se desvanecían los incentivos materiales se apeló en su lugar al terror. De este modo, si el “giro a la izquierda” reivindicó a Preobrazhensky, la experiencia de la década del 30 confirmó las premoniciones de Trotsky.
Si las propuestas de Trotsky habrían o no evitado estos excesos es ahora una discusión académica. Cómo se responda depende del propio juicio sobre el alcance del aislamiento que la Rusia soviética se había impuesto a sí misma. En cualquier caso, el modelo del alejamiento soviético de la economía mundial resistió un largo tiempo después de la muerte de Stalin y solo recientemente ha mostrado signos de cambio en el contexto de la détente.9 En este sentido, es interesante observar cómo los funcionarios soviéticos modernos dieron cuenta de un renovado interés de su país tanto en importaciones de capital como en el comercio exterior. En mayo de 1973, N.N.
Inozemtsev, director del Instituto de Economía Mundial y Relaciones Internacionales, escribió lo siguiente: “En nuestra era, en condiciones de rápidos desarrollos científicos y de revolución tecnológica, los cambios en los instrumentos y en los medios de producción, en los materiales y en los procesos tecnológicos, están teniendo lugar de manera tan rápida que ningún país, no importa lo grande o poderoso que sea, puede desarrollar la producción de todo tipo de producción sin excepción con igual éxito y con el mismo resultado económico” (Pravda, 16/5/1973). E. Shershnev, subdirector del Instituto sobre los Estados Unidos, sostiene que la competencia económica se ha vuelto la principal forma de lucha entre el capitalismo y el socialismo. En estas circunstancias, declara, ambos lados tienen un interés en “utilizar las ventajas de la división internacional del trabajo” (ídem, 12/6/1973). También N. Patolichev, ministro de Comercio Exterior, explicó que “no se puede alcanzar un rápido progreso tecnológico sin el uso extensivo de los logros mundiales. por ejemplo sin el desarrollo activo de la división internacional del trabajo” (27/12/1973). Resulta divertido especular cómo Inozemtsev, Shershnev y Patolichev responderían a la acusación de “trotskismo”.

Richard Day

Referencias

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