lunes, enero 23, 2017

Estados Unidos y México: de la Doctrina Monroe a Donald Trump, una historia de saqueo



El magnate norteamericano que asume hoy como presidente hizo del pueblo mexicano un blanco de ataques constantes. La historia muestra que los verdaderos delincuentes están al norte del Río Grande.

Se sabe que la promesa de construir un muro en la frontera con México fue uno de los ejes de campaña de Donald Trump, mostrando su disposición a profundizar una política migratoria que en la era Obama ya se reveló especialmente dura con más de 2,5 millones de inmigrantes deportados desde 2009.
En su intento de consolidar la base de una agresiva política de “Norteamérica para los norteamericanos”, en una suerte de versión moderna de la doctrina Monroe puertas adentro, su blanco fueron los mexicanos, -el 52 % de los 11 millones de migrantes sin estancia legal que viven y trabajan en los empleos más precarios en Estados Unidos-, a quienes tildó de “violadores, delincuentes y narcotraficantes” que serían peligrosos para Estados Unidos. Pero México no sólo sufre la rapiña imperialista norteamericana que se sirve de su mano de obra hiperexplotada, de sus recursos energéticos como muestra el gasolinazo en curso, de la militarización al servicio de sus intereses estratégicos, etc.; sino que perdió más de la mitad de su territorio a manos de su poderoso vecino del norte, por lo que gran parte de las fronteras que Trump pretende “proteger” de México en realidad le pertenecían a este.

El ladrón de guante blanco

Apenas constituido como nación independiente en 1776, Estados Unidos contaba con una extensión mucho más modesta que la que hoy lo hace ser un “país-continente”: un territorio de menos de medio millón de km2 poblado por dos millones y medio de habitantes. Unas 7 décadas más tarde su territorio era doce veces mayor, con una población de 20 millones de habitantes, la gran mayoría inmigrantes (1).
Esta vertiginosa extensión se basó en la aplicación de políticas que combinaron el exterminio y/o desplazamiento de los pueblos nativos que fueron despojados de sus territorios, -en un proceso denominado eufemísticamente la “mudanza de los indios” por el que el hombre blanco ocupó el territorio entre los Montes Apalaches y el Mississipi-; la compra o negociación de territorios con potencias imperialistas como Francia -Luisiana-, España -Floridas Occidental y Oriental-, Rusia –Alaska-; y la guerra de conquista de territorios mexicanos.
Con un acelerado desarrollo capitalista apalancado en la producción esclavista, la burguesía yanqui requería la incorporación de nuevos territorios para ponerlos al servicio de la producción de granos, tabaco y algodón, para lo que necesitaba en primera instancia enfrentar la injerencia de las potencias europeas sobre suelo americano. De allí nació la llamada “doctrina Monroe” formulada en la segunda década del s XIX sobre la premisa “América para los americanos”, que si en sus inicios se revistió de proclama defensiva frente a la amenaza colonialista que suponía la restauración monárquica en Europa, pronto se reveló en su esencia ofensiva como doctrina de neocolonización del nuevo continente por parte de Estados Unidos.
Acompañada por una justificación ideológica providencial bajo la idea del “destino manifiesto” de los norteamericanos a civilizar al resto de los pueblos, la doctrina cobró máxima expresión en la política del presidente James Knox Polk (quien gobernó entre 1845-49) que en 1846 declaró la guerra contra México. Pero la rapiña a este último había comenzado décadas antes.

La colonización de Texas

Desde su independencia de España en 1821 México se alzaba como una enorme masa territorial de unos 4 millones y medio de km2, sobreextensión que, en ausencia de una burguesía nativa fuerte con arraigue nacional, obró en su contra. La inestabilidad por las disputas entre las élites regionales impidió en los primeros años del México independiente la consolidación de un régimen político duradero (pasó de ser una monarquía a una república federada, después centralista y luego federada nuevamente), lo que marcó su incapacidad de controlar en forma efectiva los territorios, en particular los del norte del Rio Grande, que recibían escasos recursos del gobierno central debido a la distancia y a la poca densidad demográfica de California y Nuevo México.
Desde la década del 20 los gobiernos mexicanos consintieron el establecimiento de colonos norteamericanos en el por entonces estado de Coahuila y Texas como forma de limitar el avance de las tribus comanches en el oeste, tarea iniciada por el empresario de Virginia Stephen F. Austin que encabezó la llegada de los primeros 300 colonos (los “Old Three Hundred”, los viejos 300). Su crecimiento acelerado y extensión sobre las tierras fértiles del este llevó al presidente Anastacio Bustamante a prohibir en 1830 el ingreso de colonos. Para 1835, luego de que el dictador Santa Anna revocó la constitución federal para imponer un régimen centralista, los colonos de Coahuila y Texas, junto con un ejército de mercenarios enviados y pertrechados por Estados Unidos, se alzaron en armas, resultando vencedores imponiendo un tratado que establecía su independencia en 1836.
Pese a ser rechazado por el congreso mexicano este contó con la aprobación de Francia, Inglaterra y Estados Unidos, que empuñó el discurso de la emancipación y la libertad en función de su consolidación como potencia. La nueva República de Texas fue un experimento de corta duración, y en 1845 sería anexada a Estados Unidos como parte de un plan más ambicioso de robo de territorios mexicanos. En homenaje al voraz empresario Austin, pionero en la colonización de México, hoy lleva su nombre la capital de la actual Texas.

La guerra de conquista

En sus escritos sobre la guerra de secesión norteamericana Marx destacó que los estados esclavistas del sur estaban orgánicamente urgidos de expandirse tanto por una agricultura extensiva que hacía necesaria la incorporación de nuevas tierras como por la existencia de una base social de jóvenes blancos deseosos de hacer fortuna y prestos al aventurerismo a los que debían dar una salida externa para evitar disturbios internos. Estos factores explican que el Partido Demócrata, que en la primera mitad del siglo XIX era el partido esclavista, haya sido el mayor promotor de la política de expansión norteamericana, como mostraría el envío de tropas al Río Grande por parte James Polk, interesado en las por entonces provincias mexicanas de Alta California y Santa Fe de Nuevo México.
Pero contrario a lo que cierta tradición historiográfica norteamericana sostiene, el Partido Whig, antecesor del Partido Republicano y esencialmente antiesclavista, también era expansionista, y sólo guardaba con los demócratas diferencias de método en cuanto a cómo garantizar la expansión. Estas no evitaron que, una vez declarada la guerra a México en 1846 bajo la excusa del asesinato por parte de guerrilleros mexicanos de un coronel yanqui, los whigs votaran junto con los demócratas a favor de la guerra, con la sola oposición de un minúsculo grupo de abolicionistas que votaron en contra alegando que favorecía los intereses esclavistas. El general Taylor a cargo de las tropas norteamericanas escribió reveladoramente en su diario “He mantenido que los Estados Unidos son los agresores. No tenemos el más mínimo derecho de estar aquí… Parece que el gobierno envió un pequeño destacamento adrede, para provocar la guerra, para tener un pretexto para tomar California y todo el territorio que se le antoje”(2).
Howard Zinn refleja que si la guerra, revestida del discurso libertario y civilizatorio propio de la idea del “destino manifiesto”, despertó simpatías al comienzo, pronto se fue volviendo impopular. A las tropas regulares se sumó un ejército norteamericano de voluntarios de los cuales la mitad eran inmigrantes recientes, sobretodo irlandeses y alemanes, que vio como cada vez más soldados que se habían alistado por la promesa de una paga y acres de tierra pública comenzaban a desertar(3), y no pocos a pasarse al bando mexicano, como fue el caso del batallón de irlandeses San Patricio(4). Aún así, se impuso ante un México debilitado por la confrontación entre federalistas y centralistas, (que derivó en la rebelión de Yucatán en 1841 y otros intentos secesionistas en Sonora y Tamaulipas), carente de un poder militar cohesionado, y desgastado económicamente luego de la guerra en Texas y el conflicto militar con Francia entre 1838-39 conocido como la “Guerra de los Pasteles”.
El bloqueo de los puertos mexicanos sumado al rápido avance de las tropas norteamericanas garantizaron la ocupación de Nuevo México y California, que aportó con una rebelión interna de colonos anglosajones que declararon en 1846 la República de California, rápidamente convertida en territorio de Estados Unidos. En marzo de 1847, tras un masivo desembarco y bombardeo norteamericano, caería Veracruz, la “puerta de México al mundo” por ser el puerto más importante desde la época virreinal, abriendo el avance de las tropas norteamericanas hacia la ciudad de México, que caería a fines de ese año.

Un tratado sin hidalguía

Como resultado de su victoria, Estados Unidos le impuso a México la firma del Tratado de Guadalupe de Hidalgo por el cual reconocía el dominio norteamericano sobre Texas y le entregaba las provincias de Alta California y Santa Fe de Nuevo México, que actualmente son los Estados de Nevada, Nuevo México, Arizona, California, Utah y partes de Wyoming, Colorado, Oklahoma y Kansas. A cambio de la pérdida de más de 2 100 000 km² de tierra -el 55% de su territorio-, Estados Unidos se comprometió a abonarle a México 15 millones de dólares. Por eso, el periódico norteamericano Whig Intelligencer pudo decir “no tomamos nada por conquista… Gracias a Dios”.

Paula Schaller Licenciada en Historia - Conductora del programa Giro a la Izquierda

(1) Nuñez, Jorge. La guerra interminable. Ed. CEDEP. Pág. 11
(2) ZINN, Howard, La Otra Historia de los Estados Unidos, Siglo Veintiuno, pág. 117
(3) Durante la guerra la cifra total de desertores fue de 9207 entre las tropas regulares y 5331 entre los voluntarios.
(4) ZINN, Howard, Op. Cit.

Trotsky, Siqueiros y el estalinismo

Coyoacán, Ciudad de México. Contenida por las calles Viena, Morelos y Churubusco se levanta la casa en la que Trotsky buscó su último refugio y donde halló la muerte cuando sólo habían transcurrido tres años y medio de su exilio mexicano en enero de 1937. Ahora es una casa-museo de obligatoria visita, testimonio de uno de los episodios más tristes de la historia del siglo XX. Se aprecia rápidamente que en aquella casa reinaba la austeridad. Está claro que la riqueza de Trotsky era inmaterial, que residía en su cabeza, en su alma. El visitante aprecia también al instante, junto a la austeridad, un clima de orden y disciplina propio de una vida dedicada al trabajo. Trotsky resistía con su trabajo, resistía a la derrota personal y política. Pese a su vulnerabilidad y la amenaza constante de atentado contra su vida, es difícil imaginarlo viviendo con miedo en aquella casa. Se sabía condenado y trabajaba. Simplemente, trabajaba como el intelectual revolucionario que siempre fue. Claro que su drama era demasiado real, y un crimen surrealista terminó cumpliendo la orden firmada tiempo atrás: la de acabar con su vida. A la sazón, escribía una biografía de Stalin que desgraciadamente quedó inconclusa. El héroe revolucionario moría como víctima de la gran revolución que él mismo había dirigido: México, 21 de agosto de 1940. El criminal, un personaje insignificante, un tal Ramón Mercader, al que la historia registra sólo como asesino de Trotsky.
Siqueiros, sin embargo, David Alfaro Siqueiros, el gran artista, no era un personaje insignificante. Y también intentó matar a Trotsky en su casa mexicana. El contundente pintor de la madre campesina, de la madre proletaria, el muralista del pueblo oprimido y de su emancipación democrática, el anti-imperialista defensor del indigenismo, ese mismo Siqueiros dirigió un comando armado contra Trotsky, un comando de artistas dispuestos a asesinarlo. Desde la larga ventana, desde la puerta, los miembros del comando descargaron sus fusiles en el dormitorio del matrimonio Trotsky. Los numerosos boquetes e impactos de bala en las paredes del cuarto dan fe del fulgurante suceso. Sólo con verlos, aún se siente el ruido atronador, el olor a pólvora, el terror de la pareja. Y podemos imaginar a un tembloroso Trotsky agarrando instintivamente a Natalia Sedova y arrastrándola hacia el hueco milagrosamente salvador. Fue en efecto un milagro que la pareja sobreviviera a aquel atentado.
También podemos imaginar la escena con los ojos de Siqueiros. Es lo que propongo aquí ahora, que nos metamos en la cabeza de ese gran artista e intentemos ver la escena desde dentro, como protagonistas y no como espectadores. David Alfaro Siqueiros, el gran luchador, el rebelde, el coronel en el bando republicano español frente al fascismo, el comunista Siqueiros. ¿Cómo es posible que dirigiera aquel comando? ¿Qué había en su cabeza? ¿Qué certezas, qué convicciones, qué lealtades? ¿Qué sentía Siqueiros?
Siqueiros, y los otros artistas que formaban el comando, apretaron el gatillo por convicción, en la firme creencia de que Trotsky era un traidor y un enorme peligro para la causa revolucionaria. Había que eliminarlo. No bastaba con tenerlo apartado en un distrito de la Ciudad de México, desterrado, desarmado, vencido. Había que hacerlo desaparecer físicamente. Todo su heroico pasado revolucionario quedaba anulado en una sumaria sentencia. Toda su enorme labor -política, intelectual, moral, diplomática, militar- quedó borrada de la cabeza de Siqueiros mientras descargaba su rifle contra Trotsky. En aquel momento Siqueiros no vio al padre de la revolución rusa, a su gran teórico y artífice; sólo vio a un renegado traidor que debía ser eliminado. Aquel hombre sensible y creativo, capaz de empatizar con las víctimas universales de la opresión, descargaba su rifle contra Trotski sin pensárselo dos veces.
Sin dobles pensamientos, sin dudas, con la certeza del creyente, Siqueiros no debió ser consciente de la importancia simbólica de su acto. No debió darse cuenta de que no atentaba sólo, ni siquiera principalmente, contra Trotsky. En realidad, atentaba contra la misma revolución. Su fallido crimen –otro momento infame para la historia- no entraba ya en el sueño revolucionario contra la tiranía y la injusticia, no era parte ya de la lucha por la sociedad emancipada del futuro. Ni aportaba nada al arduo proceso de construcción del socialismo. Más bien al contrario, era una aportación –una más- a la causa de su destrucción. Formaba ya parte, en realidad esencial, de la pesadilla estalinista, consumándola en el plano simbólico. No era más que otro acto del terror totalitario, del pensamiento mecanizado que no soporta la crítica y la divergencia, del odio convertido en certeza y viceversa: de la certeza convertida en odio.
¿Qué fue el estalinismo? ¿Cómo sucumbieron los partidos comunistas a semejante ceguera dogmática? ¿Qué enorme operación de autoengaño sufrieron sus militantes? ¿Por qué se vendaron los ojos? ¿Tuvo remordimientos Siqueiros? ¿Qué revolución dejó todo aquello? ¿Qué esperanzas de emancipación futura?
En verdad, del delirio estalinista ya sólo podía salir una revolución metálica, sin corazón. Aquel socialismo, en cuyo nombre se atentaba contra Trotsky, era ya un socialismo sin rostro, sin empatía, sin compasión. Carecía de minorías, de contracorriente y antagonismo; de la riqueza, en fin, que da la diferencia y la variedad. Era un socialismo romo, sin sutileza, de uniforme y desfile, de acero y hormigón, huérfano de dialéctica, carente de vida. Como dejó patente el suicidio de Maiakowski ya en 1930, se había quedado sin arte ni poesía. Había perdido la alegría, la espontaneidad, la risa, y la fantasía creadora. Los mismos partidos comunistas que combatieron el fascismo incluso con las vidas de muchos camaradas, llenaron de traidores sus cabezas y se armaron de falsas coartadas para combatir al imaginado enemigo interior, con un diabólico Trotsky a la cabeza de la contrarrevolución. De críticos audaces pasaron a pobres justificadores, de rebeldes a obedientes soldados de una revolución abortada, de luchadores antifascistas a inquisidores sedientos de sangre. Su lenguaje se hizo barroco, abstruso, cerrado. El marxismo –vivaz y matizado en los grandes pensadores marxistas- se volvió escolástica de cartón piedra. Se impuso una estéril ortodoxia y la cucaña prosperó. Coyoacán, 1940, sólo 23 años después de la revolución de octubre: un insignificante comunista asesinaba a Trotsky, con el acierto esta vez que le había faltado al gran artista Siqueiros.
¿Qué fue el estalinismo? En realidad, fue muchas cosas. Se cimentó en una estructura de Estado a la que la planificación centralizada de la economía obligó a una extrema burocratización, con sus aledañas clientelas políticas y una nueva clase privilegiada ligada al partido único. El estalinismo fue además un régimen totalitario basado en el terror y la indefensión individual, sin libertad personal ni sociedad civil. Fue también una enorme maquinaria orwelliana de manipulación mediática, propaganda ideológica y control de la información. Pero no fue sólo eso. No fue sólo un régimen totalitario asentado en el terror, en una burocracia clientelar y en la manipulación generalizada. Ese moderno Leviatán generó además un estado peculiar y perverso de la conciencia colectiva. Porque Siqueiros y su artística tropa no atacaron a Trotski por miedo a una represalia. Lo hicieron, como el mismo Mercader, por compromiso político. El mito revolucionario que el estalinismo fabricó y supo mantener vivo generó adhesiones, lealtades, entrega, compromiso. Incluso heroísmo. Y lo hizo más allá de toda razón moral. De forma sobrecogedora y fascinante. De hecho, el estalinismo –como también el fascismo- desarrolló una fuerza colectiva descomunal capaz de envolver al individuo en un vórtice gigantesco y elevarlo a una nueva dimensión. En cierto modo, a la trascendencia. El sujeto revolucionario, humillado tantas veces en su cotidianeidad, sometido a jefes, necesidades, estrecheces, víctima o espectador de mil injusticias, ahora se enlaza al movimiento comunista, abraza una causa común, une su voz a la de otros centenares de miles como él, y se siente miembro de una fuerza superior. Sus pasiones y deseos antes reprimidos tienen ahora un vehículo de expresión, su sed de justicia encuentra un instrumento ejecutivo, vuelven las ilusiones y la vida cobra un sentido nuevo. El individuo se trasciende en algo más grande que él, en un órgano colectivo. Y se deja llevar. En realidad, se libera. Ahora puede hacer cosas que antes no habría podido justificarse a sí mismo. Puede atacar, pegar, incluso matar. Ahora la violencia es una nueva forma de ser, la del luchador, la del partisano, la del revolucionario. Y obedecer tiene una dimensión liberadora. Antes la obediencia era resultado de la humillación social y lo degradaba ante su patrón o su jefe. Ahora obedece con orgullo a su partido y a su dirección. No es intérprete de la historia, sino su agente. No cuestiona, no critica. Cumple un destino. Se entrega y lo hace sin importarle el sacrificio. Sacrifica familia e hijos, olvida a sus viejos amigos. Ahora es un fiel camarada que no necesita justificación por sus actos porque ya tiene a la justicia de su lado: la suya es la causa de la humanidad. Es preciso eliminar a Trotsky: ¡hágase!
Hay estados de la conciencia individual forjados a base de anular las propias capacidades intelectuales por las que aspiramos a entender el mundo. Ortega /1 hablaba del enamoramiento como uno de esos estados intelectualmente empobrecedores del espíritu basados en una certera mixtificación: el ser querido se convierte –como por arte de magia- en un ser perfecto. Es una imagen repentinamente cristalizada. También la mística crea estados “perfectos” de comunión, en este caso, con Dios, pero sin mediación de la racionalidad teológica. Hay también mucho amor y mucha mística en la conciencia revolucionaria. Es una conciencia ensimismada, llena de certezas (y autoengaños), dispuesta a la entrega total, trascendida toda su individualidad en una causa superior que no admite dudas ni contemplaciones. Dispuesta a todo, incluso al sacrificio de la propia vida.
El engagement del revolucionario encierra sin duda algo grande y noble, ante lo cual el individualismo de la llamada conciencia burguesa resulta mezquino y cobarde, atrapado en sus pequeños placeres y particularísimos intereses. Pero la entrega mística y enamorada –esto es, ciega- a una gran causa, aunque sea la emancipación de la humanidad, tiene su lado fáustico y desata fuerzas demoníacas tanto o más (auto)destructivas que creadoras. El propio Trotsky lo experimentó cuando todavía estaba en la cima del poder: salvar la revolución implicaba renegar del mismo socialismo, eliminar la democracia, reprimir a la misma clase obrera, extirpar la libertad política y sindical. Todavía no había muerto Lenin, y ya la revolución había empezado a devorar a sus mejores hijos: la dictadura del proletariado se convertía en dictadura sobre el proletariado. La diferencia esencial con el estalinismo, además del grado, es que Trotsky era muy consciente de la contradicción de su praxis revolucionaria y esa contradicción lo atormentó siempre, porque tenía conciencia moral. Stalin se regocijaba en el terror que infundía. Aunque es una gran diferencia, Stalin, sin embargo, no cayó del cielo sino que fue engendrado por la misma revolución. Fue una variante particularmente sádica y criminal, pero la semilla del totalitarismo estaba en sus entrañas. Y Trotsky lo había predicho tempranamente, en 1914, cuando todavía se oponía a Lenin.
Nadie ha captado mejor que Sartre los dilemas existenciales del “auténtico” compromiso político. En su célebre trilogía Los caminos de la libertad inventa al comunista Brunet, y sus diálogos con Mathieu, el escéptico profesor de filosofía, no tienen desperdicio. El engagement es una decisión en la que no sólo uno se pone en acción; también pone en juego cuestiones como la auténtica libertad y la responsabilidad moral.
“Eres libre”, le dice Brunet a Mathieu /2. Y precisamente por eso, añade, “tienes necesidad de comprometerte”. Porque, “¿para qué sirve la libertad si no es para comprometerse?”. Esta es una pregunta fundamental que esconde una certeza: sin compromiso, la libertad está vacía, es una libertad flotante. El hombre esclavo de su libertad personal es “una abstracción”, está como “ausente”, vive –dice Brunet- “entre paréntesis”.
Parece que esas razones hacen mella en Mathieu pues llega a reconocerle a Brunet que ha terminado por perder el sentido de la realidad: “nada me parece completamente verdadero” –dice-, y se autocalifica de “irresponsable”. Por el contrario: “Tu. Tú eres real… Todo lo que tocas parece real”. Y añade a modo de conclusión: “Tú eres un hombre…, has elegido ser un hombre”.
En efecto, Brunet, el comunista Brunet, ha renunciado a su libertad y ha entrado en otra dimensión. Ahora cumple un destino y, como el resto de sus camaradas, “no es más que un soldado”. Mathieu quisiera entregarse igual que su amigo, pero necesita “estar convencido”, necesita una certeza por la que cambiaría gustoso su libertad, porque piensa como él que “no se es un hombre hasta encontrar una cosa por la que se aceptaría morir”. Esto último es obviamente una estupidez muy del gusto del dramatismo existencialista de la época, una estupidez que implica que el fanático de turno –incluido un terrorista suicida- porta más humanidad que cualquiera de sus víctimas. Pero lo cierto es que Mathieu no está convencido de entrar en el Partido Comunista, tiene dudas. Y se abstiene.
Al final, en La última oportunidad, apéndice inédito de la trilogía, se reencuentran los dos amigos, desatada ya la II Guerra Mundial. Y Brunet desvela entonces un dato de su propio aprendizaje B73:
“El P.C. –dice- es un partido de violencia… Y la violencia jamás me ha dado miedo. Solamente creía que era un mal necesario y que se la podía dirigir, limitar su empleo”.
Pero enseguida reconoce:
“No se puede. Si la usas una vez, está en todas partes, hasta en la organización interna del partido”.
Y como Mathieu mantiene un rostro inexpresivo, decide escandalizarlo con un golpe de ultrarrealismo:
“La injusticia –explica- reina incluso en la comunidad de los justos”.
Hay que despojarse del idealismo pequeño-burgués y de la moralidad individualista, piensa Brunet, para entender y aceptar esta cruda realidad. Ahora bien, ¿quiénes son los justos? La respuesta llega al final, cuando en realidad es el axioma principal de toda la argumentación. Obviamente aquí está el núcleo del problema. Y por fin lo descubrimos. Sencillamente, concluye Brunet: “Somos nosotros los justos… somos nosotros, y jamás dejaré de decirlo, incluso si dejo el Partido.
Somos nosotros porque somos nosotros los únicos que combatimos por el hombre”.
Por eso la acción del comunista Brunet no necesita justificación, porque –continúa diciendo- “queríamos cambiar el mundo, y la menor de nuestras acciones ponía en juego el universo entero”. Trotsky –padre incuestionable de la revolución- también debía ser sacrificado al universo entero. Por eso, decir otra cosa, esto es, decir la verdad, termina afirmando Brunet –y sorprende la sintética conclusión- “no es sino trotskismo”. Hablar de la mentira del estalinismo, de su criminalidad intrínseca, de la deshumanización del socialismo realmente existente, de la aberración totalitaria; decir que Stalin era un nuevo y terrible sátrapa… Todo eso es trotskismo y había que acallarlo porque la justicia estaba “de nuestro lado”, en el bando correcto. Y Stalin, el camarada Stalin, era el salvador de la revolución frente a sus enemigos.
Camus tiene razón en El hombre rebelde al detectar un trasfondo de nihilismo metafísico en esta conciencia revolucionaria redentorista que lucha, más allá de toda moral, por la emancipación de la humanidad. Lo que queda en el nihilismo no es una ética nueva más allá de los valores, sino su total destrucción, y de ahí, de esa tierra quemada, sólo puede mantenerse en pie una voluntad de poder desnuda a la que todo está permitido, pendiente tan solo de su propia eficacia técnica. El estalinismo fue así la destrucción nihilista de la mejor esperanza revolucionaria. Sin darse cuenta, con la fe del creyente, en un arrebato casi místico de amor a la causa de la humanidad, eso es lo que hicieron Siqueiros y su comando de artistas, al apretar sus gatillos contra León Trotsky.

Andrés de Francisco
Viento Sur

Notas

1/ Véase, José Ortega y Gasset (1939), Estudios sobre el amor, Madrid, Revista de Occidente-Alianza, 1981.
2/ Este primer bloque de citas está comprendido entre las páginas 521 y 525 de Les Chemins de la liberté, Libro I. L´Âge de raison, VIII, en J-P. Sartre, Oeuvres romanesques, Paris: Gallimard, 1981.
3/ Este segundo bloque de citas se encuentra entre las páginas 1644-1647 de Les Chemins de la liberté, Appendice III, "La Dernière Chance" (fragments), en J-P. Sartre, Oeuvres romanesques, op. cit.

domingo, enero 22, 2017

Conversando con el Che (Parte I)



En #LaPupilaTv 47 minutos con la voz e imagen del Che. Un programa especial en dos partes a partir de la entrevista que realizara la periodista Lisa Howard al Comandante Che Guevara para el canal de televisión norteamericano ABC del que solo salieron al aire 22 minutos doblados al inglés el 22 de marzo de 1964 y que se grabara originalmente en el despacho del entonces Ministro de Industrias de Cuba un mes antes.

Che Guevara, discurso en la conferencia de la OEA, Punta del Este,1962



El archivo ilustra la participación del entonces ministro de Industria de Cuba, el argentino Ernesto "Che" Guevara, en la conferencia de la Organización de Estados Americanos (OEA).
En calidad de delegado de Cuba, Guevara realiza planteos a los países aliados a Estados Unidos y resalta el agradecimiento cubano "al pueblo uruguayo", aunque realiza una objeción "del agradecimiento que leyó el delegado de Perú, porque sus afirmaciones no pueden ser expresadas por nosotros". Guevara también polemiza y señala: "(...) vamos a responder a Martí con Martí, pero con el verdadero Martí, con el antiimperialista y antifeudal, que murió de cara a las balas españolas luchando por su patria y tratando de impedir con la libertad de Cuba para que Estados Unidos no penetre a Latinoamérica (...) cuando un pueblo fuerte da de comer a otro, se hace servir de él (...) el pueblo que quiera ser libre, sea libre en negocio, distribuya su negocio entre países igualmente fuertes (...) si ha de preferir a uno, prefiera al que tiene menos (...) en el caso geográfico de vivir juntos en América, obliga a unión política (...). La unión con el mundo y no con una parte de él contra otra (...). Porque esta conferencia económica es en realidad política, es política porque todas las cuestiones económicas son políticas, pero además es política porque está concebida contra Cuba".

9 de enero de 1905: el “domingo sangriento” que inició la revolución



El 9 de enero (22 según el calendario actual) de 1905, una manifestación que fue reprimida por el zarismo fue el "ensayo general" de la Revolución Rusa de Octubre de 1917.

La manifestación de 140.000 mujeres, hombres y niños en su mayoría campesinos se dio en San Petersbugo, en el imperio ruso de los zares, encabezada por el cura Gapón y levantando íconos religiosos y retratos del zar, llevaba una declaración a las puertas del Palacio de Invierno, donde le suplicaban al “padrecito zar” una serie de reclamos económicos y otros democráticos, dado que estaban atravesando una tremenda miseria y represión en el país. La represión a los manifestantes desarmados dejó un tendal de cientos de muertos y miles de heridos, pasando a la historia como “el domingo sangriento”
La marcha fue precedida por un movimiento de huelgas que, sobre todo desde 1903, venía desarrollándose en todo el país. Un movimiento obrero joven, que provenía en su mayor parte del campo, pero que venía realizando una “gimnasia” huelguística enfrentando a los patrones explotadores y la represión policial. Mientras, los burgueses e intelectuales llamaban a confiar en las negociaciones con el zarismo, que les prometía la formación de una Duma (especie de parlamento). En febrero de 1904, Rusia invade Port Arthur, iniciando la guerra ruso-japonesa que terminará con su derrota en marzo de 1905. En Bakú, en 1904, los petroleros ya habían empezado a exigir libertad de prensa y de asambleas obreras y la convocatoria a una Asamblea Constituyente, terminar con la guerra ruso-japonesa y por la jornada de 8 hs. Organizaron una huelga general que consiguió la primera convención colectiva. El 3 de enero de 1905 estalló la huelga en la gran fábrica Putilov. El 8 de enero se produjo una huelga general en San Petersburgo.

La importancia del 9 de enero

La masacre del 9 fue un punto de inflexión para la fe que aún mantenía el campesinado en el zar. Por eso las masas, al principio, confiaron en la dirección del cura Gapón (impulsado por la burguesía). Pero la matanza destruyó esa confianza. Ya no servía suplicar ni tratar de convencer al zar. Y los burgueses estaban temerosos de las acciones de las masas. El proletariado era el único que demostraba su fuerza y consecuencia. Para Trotsky (que estaba tratando de volver de su exilio), “El verdadero actor fue el proletariado. Comienza por una huelga, se unifica, formula exigencias políticas, baja a la calle, atrae hacia sí todas las simpatías, choca con la fuerza armada y abre la Revolución Rusa” (1905, “El 9 de enero”). Para Lenin: “reveló la agonía de la fe secular del campesinado en “el padrecito zar” y el nacimiento de un pueblo revolucionario encarnado en el proletariado urbano. (…) La última década del movimiento obrero produjo miles de proletarios socialdemócratas de vanguardia que rompieron con esa fe, plenamente concientes de lo que hacían. Educó a decenas de miles de obreros en quienes el instinto de clase, fortalecido en la lucha huelguística y en la agitación política, minó todos los fundamentos de semejante fe”. (1905, “El ‘padrecito zar’ y las barricadas”)
Abierta la dinámica de la revolución con el “domingo sangriento”, esta continuará con su período de auge obrero entre octubre y diciembre de 1905, hasta su derrota, el 19 de diciembre de 1905. Fue un ensayo general donde se delinearon los actores, las instituciones y sus interrelaciones, que se mostrarían plenamente en Febrero y Octubre de 1917. Se bosquejaron las respuestas a muchas de las incógnitas y debates que cruzaron al movimiento obrero revolucionario sobre la cuestión de la toma del poder: el desarrollo de los soviets (consejos) como la organización más democrática de lucha que se podían dar las masas (“embriones de un gobierno revolucionario para la conquista del poder” para Trotsky; “el embrión del gobierno provisional revolucionario” para Lenin). La huelga general política como método específico del movimiento obrero con el objetivo de paralizar la economía y desorganizar el poder del Estado, será otro de los grandes aportes de esta revolución; la necesidad de la alianza con los campesinos, los estudiantes y las nacionalidades oprimidas y el rol de las consignas democráticas en función de esta tarea; las barricadas y la formación de las milicias armadas y la política para quebrar y ganar sectores de la armada (en particular el levantamiento del acorazado Potemkin y el papel de los bolchequives dentro de él) y el ejército; el ejercicio de la libertad de prensa y en especial de la prensa obrera; la relación entre los soviets y los sindicatos y el partido; la relación entre la lucha económica, la política parlamentaria (o seudo parlamentaria en el caso de Rusia) y la lucha revolucionaria; la visualización de los sectores estratégicos para desorganizar el poder (que en el caso de Rusia eran los correos y telégrafos y ferroviarios).

Un “laboratorio” del pensamiento político ruso

Como plantea Trotsky: “La Revolución de 1905 no fue sólo el ensayo general de 1917 sino también el laboratorio del cual salieron todos los agrupamientos fundamentales del pensamiento político ruso, donde se conformaron o delinearon todas las tendencias y matices del marxismo ruso”. Tendencias y matices que se dieron alrededor del carácter del Estado ruso, del carácter de la revolución y del rol que las clases tendrían en ella en Rusia, discusión que luego se plantearía a nivel internacional. Antes de los acontecimientos de 1905, Trotsky había roto con los mencheviques (la minoría del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, POSDR) por su posición frente al rol de los burgueses “liberales” y de la clase media intelectual en la lucha contra el zarismo. Mientras los mencheviques proclamaban la conciliación con estos últimos, Trotsky sostenía: “La solución sólo puede venir de una huelga general, seguida necesariamente del levantamiento del proletariado, que se pondrá a la cabeza del pueblo contra el liberalismo”. Trotsky y Lenin coincidían en esta oposición irreconciliable. Frente a la Revolución de 1905, sus coincidencias crecieron, teniendo una visión común del surgimiento y rol de los soviets y de la huelga general como método revolucionario para la insurrección. Las diferencias entre Lenin y Trotsky en esos años giraban esencialmente alrededor del papel del campesinado en la revolución, el cual para Trotsky no podía cumplir un rol independiente sino que debía ser acaudillado por el proletariado, lo que fue confirmado por el posterior desarrollo de los acontecimientos. Las polémicas de este período alrededor de la revolución rusa dieron origen, un año antes de la Revolución de 1905, a las formulaciones iniciales de la “teoría de la revolución permanente” de Trotsky, expresada cabalmente por primera vez en su libro Resultados y perspectivas (1906).
Por otro lado, Trotsky evaluaba equivocadamente las profundas diferencias entre mencheviques y bolcheviques (la mayoría del POSDR), con relación a qué partido era necesario para la revolución. Aunque durante 1905 tendieron a la intervención común y que al término de la revolución votaron unificarse como partido (hasta 1912), las diferencias fueron cada vez más abiertas alrededor del balance de la revolución pasada y su dinámica. Trotsky no coincidía entonces con las concepciones de partido de Lenin, posición que cambiaría en la práctica frente a las Revoluciones de 1917, momento que marcaría la confluencia entre los dos principales dirigentes de la Revolución Rusa.
La Revolución de 1905 fue parte e impulsora de un ascenso en el movimiento obrero internacional tanto en los países imperialistas como en las colonias. Así sucedió en Alemania, Bélgica, Rumania, India, China. En muchos casos, como respuesta a estas luchas, las burguesías imperialistas se vieron obligadas a otorgar importantes concesiones democráticas. En EE.UU., la radicalización de sectores del movimiento obrero dio lugar ese mismo año a la organización del sindicalismo combativo, con la fundación de los I.W.W. Desde ese país, los socialistas, entre ellos el reconocido escritor Jack London, llamaron a la II Internacional a la realización de una manifestación y a la solidaridad activa internacional con la Revolución Rusa.

Gabriela Liszt

La Ley de Residencia y la de Defensa Social



Miguel Cané

Las clases dominantes, en nuestro país, han tenido desde siempre una vocación de utilizar la violencia y esa maldita costumbre de matar para resolver los conflictos sociales, económicos y políticos. Desde leyes hasta planes represivos, fue una constante a través de gobiernos dictatoriales, autoritarios o elegidos por el voto popular. En distintos artículos los vamos a repasar periodo por periodo.

“Cuando el Estado persigue a los que lo combaten, es porque la prédica de los perseguidos es atendida por el pueblo, de lo contrario se los dejaría tranquilos”. Joaquín Hucha, La Protesta, desde Montevideo, 26 de diciembre de 1911.

Paz, administración, orden y represión

Desde la segunda mitad del siglo XIX, se dio un proceso de expansión acelerado encaminado a transformar la estructura económica-social, en camino a la conformación de una sociedad capitalista, basándose en el modelo agroexportador.
Cuando Julio A. Roca en 1880 llegó al poder, las minorías dominantes dejaron de lado sus conflictos aceptando su proyecto de “Paz y Administración”.
Coincidiendo con la oleada de prosperidad de los sectores de poder, la clase obrera inicio una etapa de organización, luchas, aumentando sus reclamos contra la miseria, la desocupación, por el reconocimiento de sus organizaciones sindicales, y la sanción de leyes protegiendo al trabajo. Se multiplicaron los conflictos.
Los sectores dominantes reaccionaron con represión permanente. El clima entre el gobierno y los trabajadores era cada vez más tenso. El gobierno declaraba el estado de sitio, clausuraba los locales sindicales y detenía a los dirigentes obreros.
Las luchas del movimiento obrero se extendieron, se paralizaban los talleres, las fábricas, los negocios, y en varias ocasiones se declaró la huelga general. El proletariado, encontró como respuesta durante la mayor parte de esos años la represión, que cada vez se hizo más dura y permanente. Desde 1902 hasta 1910 se decretó cinco veces el estado de sitio, con una duración total de 18 meses. La despreocupación de los primeros tiempos, fue tornándose en intranquilidad y represión, cuando se afectaba el normal funcionamiento de las actividades agroexportadoras.
Fue entonces que desde el gobierno se impulsó y el Congreso aprobó la primera ley especial para reprimir al movimiento obrero: la Ley de Residencia (ley 4144), que autorizaba a expulsar del país a cualquier “extranjero cuya conducta comprometa la seguridad nacional o perturbe el orden público”. Sancionada en 1902, fue necesario que pasaran más de cincuenta años, para que sea derogada en el año 1958. O sea que ni los gobiernos de Yrigoyen, Alvear, ni los dos primeros del gral. Perón derogaron esa ley.
Ya en 1899 el senador Miguel Cané, famoso autor de “Juvenilla”, había proyectado una ley de represión y expulsión de los extranjeros “rebeldes”, pero fueron los sucesos de 1902 los que impulsaron al general Roca a presentar a ambas cámaras, el proyecto que en pocas horas obtuvo la sanción favorable, el 22 de noviembre de ese año.
El senador Pérez informante del oficialismo, sostuvo que “la finalidad de la ley era de evitar que ciertos elementos extraños vengan a perturbar el orden público, a comprometer la seguridad nacional, y salvar a la sociedad de esos estallidos anárquicos que comprometen tan graves intereses en un país debidamente constituido”.
Habilitaba al gobierno a expulsar a inmigrantes sin juicio previo. Sucesivos gobiernos argentinos la utilizaron para contener y reprimir la organización sindical y política de los trabajadores, expulsando principalmente anarquistas y socialistas.
Además, se continuo declarando el estado de sitio, allanamientos a los sindicatos, eran clausuradas las imprentas de los periódicos partidarios, detenciones, y todo culminó en 1910 con la sanción de una nueva ley represiva, la Ley de Defensa Social (ley 7029).
En principio, perjudicó a extranjeros politizados y con actividades sindicales y organizadores obreros siendo así otro eslabón represivo en la aguda confrontación de clases que se emparentada con la actitud política de gobernantes de otros países del mundo donde se desarrollaban las luchas por los derechos de los trabajadores.
La Ley de Residencia, decía: "El Senado y la Cámara de Diputados sanciona con fuerza de ley:
- Artículo 1º: El Poder Ejecutivo podrá ordenar la salida del territorio de la Nación a todo extranjero que haya sido condenado o sea perseguido por los tribunales extranjeros por crímenes o delitos comunes.
- Artículo 2º: El Poder Ejecutivo podrá ordenar la salida de todo extranjero cuya conducta comprometa la seguridad nacional o perturbe el orden público.
- Artículo 3º: El Poder Ejecutivo podrá impedir la entrada al territorio de la república a todo extranjero cuyos antecedentes autoricen a incluirlo entre aquellos a que se refieren los artículos anteriores.
- Artículo 4º: El extranjero contra quien se haya decretado la expulsión, tendrá tres días para salir del país, pudiendo el Poder Ejecutivo, como medida de seguridad pública, ordenar su detención hasta el momento del embarque.
Otorgaban al Poder Ejecutivo la facultad de expulsar del país a cualquier extranjero que haya sido condenado, o sea perseguido por los tribunales extranjeros, por crímenes o delitos de derecho común y, además, la ley aclaraba que podría ordenar la salida de todo extranjero que atentara contra o comprometiera la seguridad nacional o perturbara el orden público. Tres días era el plazo que estipulaba la ley para la salida del país, pudiendo ordenar su detención hasta el momento del embarco.
Una respuesta del Estado contundente y que logró su objetivo: la expulsión de cientos de anarquistas y socialistas. Solamente en la primera semana, luego de la sanción de la ley, fueron quinientos los deportados.
La medida fue respondida con una huelga general llamada por la Federación Obrera Argentina. A los tres días se intensificó la represión, la censura a la prensa y la búsqueda de anarquistas para deportar.
Entre el 27 y el 28 de junio de 1910, se sancionó en el Congreso de la Nación la denominada Ley de Defensa Social. La urgencia de la sanción llegaba luego de que una bomba estallará en el teatro Colón el 26 de junio, como consecuencia produjo algunos heridos y una terrible sensación de pánico y miedo en la dirigencia política.
Fue en ese año, que para los festejos del centenario de la Revolución de Mayo, que el movimiento obrero organizo distintas movilizaciones, y en Rosario, las sociedades obreras prepararon una importante conmemoración, adhiriendo el Comité del Partido Socialista. La Sociedad de Resistencia dio a conocer un manifiesto explicando porque la concentración tenía como consigna “La protesta contra la Ley de Residencia”: 1.-Por ser contraria al espíritu del pueblo argentino; 2.-Por anular libertades que acuerda la Constitución, lo que equivale a asesinar moralmente a los libertadores de 1810; 3.-Porque desconociendo la justicia jurídica aplica el castigo como cuando está bajo el imperio de la ley marcial, lo que implica un estado de sitio permanente; 4.-Por dar a la policía atribuciones de juez-verdugo; 5.-Porque sus efectos aunque nulos, como alcance social, siembra la desolación y la muerte en los hogares proletarios.
“Reclamamos la libertad de los presos: 1.-Porque sus actos son efectuados en defensa de la colectividad y por la justicia que entraña, no pueden llamarse delitos, 2.-Porque el pensamiento, palanca del progreso, no debe ser encarcelado, 3.-Porque si algo hubiera que castigar, debía empezarse por la sociedad, o régimen imperante, origen de esos actos inicuamente llamados auto-sociales”.
En esos días, se conoció un volante firmado por el “Grupo Los Libres”, que planteaba “Los nuevos libertadores de las cadenas de esta esclavitud secular, queremos ver esculpidas al natural a la libertad, reina del mundo, y por ello exigimos al gobierno que abra las puertas de las cárceles para que salgan nuestros compañeros de causa y las del país a los desertores infractores militares como así mismo la derogación de la infamante Ley de Residencia que anula las francas garantías ciudadanas acordadas por los libertadores argentinos en el Art. 14 de la Carta Magna del país”.
Durante el acto del 1 de Mayo de 1911, en Rosario, el Partido Socialista, dio a conocer un pronunciamiento contra la Ley de Defensa Social, el cual expresaba “El PS y los gremios de Rosario, reunidos en comisión popular para exteriorizar ante el gobierno y la opinión publica el anhelo urgente de la clase trabajadora en el 1º de Mayo, reclama: “Que la ley social, en cuanto afecta la entrada al país, de extranjeros inculpados de delitos de pensamientos, en cuanto mutila las libertades de reunión pública, de palabra, de prensa y los derechos de huelga y de más inherentes a la acción ordinaria del movimiento obrero y gremial del pueblo obrero, debe ser derogada”.

Inmigrantes peligrosos, agitadores y violentos

Desde 1889, como cónsul en España, Miguel Cané sostenía la necesidad de una legislación que diferenciara la calidad de inmigración que llegaba a la Argentina, porque allí se encontraba la raíz de los conflictos sociales.
En el debate en la Cámara de Senadores, Cané planteo que junto a “los hombres de buena voluntad, que llamaban para cultivar el suelo, ejercer las artes y plantear industrias, vinieron enemigos de todo orden social, que llegaran a cometer crímenes salvajes, en pos de un ideal caótico, por decirlo así, que deja absorta la inteligencia y que enfría el corazón”.
Gabriela Costanzo, en su investigación “Los Indeseables. Las Leyes de Residencia y Defensa Social”, nos plantea que “En los once años que transcurrieron entre la primera presentación del proyecto de Miguel Cané en 1899 y la sanción de la Ley de Defensa Social en 1910, la visión sobre el anarquismo es básicamente la misma, en algunos discursos de los legisladores se refuerza la idea del castigo, del aumento de pena, o de la expulsión, que van construyendo, en su oratoria, metáforas, figuras retóricas, que a veces, pareciera que Cesare Lombroso se encarnara el cuerpo de un legislador argentino en aquel momento; en otros aparecen destellos de miedos que impregnan al discurso la sensación de amenaza en la que se encuentran; finalmente, ciertos discursos “más moderados” coinciden con la necesidad de eliminar al anarquismo del movimiento obrero, pero cuestionan las facultades atribuidas, en las leyes, al Poder Ejecutivo, así como también le exigen una rendición de cuentas en los resultados de determinados estados de sitio sancionados. (…) El primero de ellos serían todas las formas de llamarlo enfermedad (exótica): virus, bacteria, germen, y que paralelamente conlleva al tipo de razonamiento higienista propio de la suma del positivismo, las primeras teorías en criminología y la ciencia de la época; otro de los conjuntos englobaría las calificaciones tendientes a explicar al pensamiento ácrata como secta: sea religiosa o política, y a partir de allí devendría la denominación de: doctrinas del odio de carácter irracional; finalmente el último grupo designaría las prácticas y acciones de los anarquistas (producto de las premisas que integran los otros dos conjuntos) como criminales, delincuentes, monstruos, siniestros sacerdotes del credo o débiles mentales”.

Reunión contra la Ley de Defensa Social

Y rescato estos discursos discriminadores. Mariano Vedia, afirmaba que la Ley de Residencia: “va contra aquellos que pretenden retardar la consolidación del régimen social, introduciendo el virus de enfermedades que no tienen terreno propicio para desarrollarse entre nosotros y que solo pueden motivar conmociones de un día, como estas que sentimos en los momentos actuales”.
Mientras que el senador Salvador Maciá, era bien directo y decía en 1910, “el mundo exterior que trae a nuestras playas las enfermedades exóticas, nos trae también los aparatos y los medios de desinfección, para combatirlas. La Europa, que nos ha dado civilización, progreso y libertad, con ejemplos y doctrinas, nos manda también corrientes subversivas que llegan, como enfermedades, hasta nosotros, después de originarse y desarrollarse allí y de influir sobre ella. (...) A mí me asustan tanto los hechos que parecen grandes y notables, como los que parecen nimios y pequeños. Síntomas de la misma honda perturbación, me impresionan los documentos de los anarquistas, como aquel en que llaman al gobierno argentino ‘gobierno provisorio de la Nación’, como el hecho, pequeño al parecer, sucedido en las calles, de las escarapelas arrancadas a viva fuerza de las solapas del saco de los niños inermes e indefensos de las escuelas primarias”.
Para justificar la Ley de Defensa Social, el diputado Lucas Ayarragaray, sostenía enfáticamente el día de la sanción de la, “es menester, pensaba, prohibir la entrada del loco, del epiléptico, significando que este país tiene el derecho fundamental, señor diputado, que reconocen todas las constituciones del mundo, de defenderse por medio de leyes de preservación social de los peligros exteriores importados, ya sea de una epidemia, ya sea de un ladrón reconocido, ya sea de un condenado por un tribunal de justicia, ya sea de un anarquista, de una prostituta o de una caften (sic) (...) ... nos da a nosotros la facultad de negar la entrada en el país al epiléptico, al loco, a los degenerados, a todos esos que son presuntos anarquistas, porque cuando caen dentro del radio de la acción de la prédica ácrata, son individuos que están preparados por su mentalidad para el crimen, para el atentando, para el incendio, para la bomba, que estoy seguro que esas son las clases de donde el anarquismo internacional recluta sus mejores elementos. Porque el anarquismo, señor presidente, en definitiva, está constituido por una banda de degenerados y de fanáticos que no aceptan los métodos de lucha que ha consagrado la civilización. El anarquismo desconoce la ley principal, la ley de la evolución, que no sólo gobierna la vida de las sociedades, sino que gobierna el universo todo”.
Eduardo Oliver, otro enemigo declarado de los anarquistas los describía así: “hordas de criminales... sí, señor presidente, que éste es el anarquismo que predica el exterminio y la disolución de lo existente; que declara impúdica y públicamente no tener ley, ni patria, ni religión; que prepara en la sombra los medios más mortíferos para asesinar a mansalva e indistintamente a ancianos y mujeres indefensas y a niños inocentes. Sostengo, señor, que estos monstruos están fuera de toda ley social, que los ampare. No se necesitan discursos, señor presidente, para demostrar que el anarquismo en estas condiciones es el delito más infame y más cobarde, y así lo han demostrado los distintos hechos producidos en el mundo, y que hablan con mayor elocuencia de lo que puedo hacerlo yo”.
La historiadora, Costanzo, nos aclaraba que el diputado Ayarragaray, explicaba en una de las sesiones, la importancia de la selección del tipo de inmigración, además de la prohibición del anarquismo, su percepción tenía como principal objetivo la consolidación étnica de la nación argentina, “y es contra esa situación que este país que tiene ya elementos étnicos en su población, bien inferiores, debe precaverse trayendo elementos de orden superior, seleccionado la corriente inmigratoria para incorporar los elementos sanos y poder así tener una buena raza futura bien constituida fisiológicamente sobre bases étnicas depuradas”.
Y continuaba: “nosotros no necesitamos inmigración amarilla, sino padres y madres europeas, de raza blanca, para superiorizar (sic) los elementos híbridos y mestizos que constituyen la base de la población de este país”. Y concluía “Entonces, la historia de la llegada de los inmigrantes al país no terminaba cuando se bajaban del barco, ya que muchos de los recién llegados no eran los habitantes que se pretendía, por no ser anglosajones o por tener una posición política determinada. La clase dirigente de la época encontraba los orígenes de los conflictos sociales en la calidad de inmigración, en la intromisión, a modo de outsider, de militantes al mundo obrero o en la concepción de manifestaciones o protestas como tumultos que paralizaban la industria”.
Nos detalla además, que las publicaciones de los anarquistas, respondían a la Ley de Residencia, con artículos de repudio. El 14 de febrero de 1903, Alberto Ghiraldo desde La Protesta sostenía, “la sanción de la ley inicua, como la de expulsión de extranjeros, ley draconiana, cobarde y cruel, que pone en manos del poder policial la vida y la hacienda de hombres conscientes y altivos que luchan por obtener un alivio en su vida agria de explotados”.
En 1904, las descripciones seguían manteniendo la misma línea, “la ley de residencia es mala, es brutal, es demasiado aplastadora. No la queremos. No la admitimos. Menos aún como una imposición de barbarie”.
En 1910, el diario publicaba, “el gobierno argentino ha dictado unas leyes tan terribles y bárbaras que no tienen precedente en la historia. Rusia, con ser la nación más autócrata del mundo, no tiene leyes tan atentatorias e inicuas contra la libertad individual y colectiva como las sancionadas últimamente en la Argentina”.
Se publicaban como una forma de denuncia: los nombres de los deportados, las persecuciones, las detenciones ilegales, las torturas, las prisiones.
Desde esos años hasta la actualidad, la burguesía, no ha cesado en sacar leyes y planes represivos. Los trabajadores y el pueblo, los han sufrido, pero también han sabido enfrentarlos de muchas maneras, porque sabe también de como luchar.

Leónidas Ceruti
Historiador

Presidencia Trump: división de la élite y de los factores de poder



El nuevo presidente tendrá que lidiar no solo con la polarización y división por abajo, sino con una inédita y ácida división en la cumbre del poder.

Antes de las elecciones alertábamos de la fuerte división de la clase dominante norteamericana. La élite del poder se dividió amargamente, con la mayoría apoyando a Hillary Clinton, la candidata favorita de las facciones política y corporativa, mientras que la facción militar se reunió alrededor de la elección de Donald Trump.
Esto no significa que la elite corporativa es monolítica. Por ejemplo, a la industria petrolera no le gusta que las guerras o tensiones geopolíticas perturben sus negocios a largo plazo (véase Rusia y Libia). Boeing quiere vender aviones a Irán. Por otro lado, una parte considerable de las multinacionales que se benefician de la segmentación del proceso de producción a nivel mundial se preocupan menos por esas guerras o maniobras geopolíticas, siempre y cuando creen nuevos mercados o faciliten el acceso a la mano de obra barata. Por el momento, Trump logró contener y contentar a este sector de la clase dominante con una mezcla de amenazas y promesas de jugosos negocios: lo primero fue aplicado a la industria automotriz no solo norteamericana sino mundial (Toyota, BMW, etc.) que a riesgo de ver rotas sus esenciales cadenas de producción en el extranjero estuvo dispuesta al comienzo a jugar el juego de producción nacional del nuevo presidente.
Por otro lado, mientras la baja de impuestos corporativos es un elemento central del proteccionismo reforzado de la “Trumpeconomics”, este elemento está estrechamente ligado a un tercero: la desregulación de las finanzas que promete jugosos dividendos a los bancos norteamericanos, como ya se pudo ver en el último trimestre donde los tiburones de las finanzas tuvieron ganancias extraordinarias. Liquidando las tibias regulaciones impuestas al sector financiero después de la crisis de 2007/8, Trump busca darle una ventaja comparativa al sector financiero norteamericano, que se prepara para captar los capitales y ahorros de los hogares, aumentados por la baja de impuestos y por la promesa de rendimientos fabulosos.
Pero junto a esta división del mundo de negocios, la división política decisiva durante las elecciones y a posteriori es la batalla entre el sector neocon/intervencionista liberal o mal llamado “humanitario” y los realistas en política exterior. El primer campo es representado por la CIA y el segundo por los militares. La derrota de Hillary fue una derrota para el sector que, después del fracaso de las operaciones militares en Irak y Afganistán de la era Bush, está a la vanguardia de la provocativa belicosidad del imperialismo norteamericano.
Así es que, durante casi seis años, la CIA ha participado en una campaña para el cambio de régimen, el financiamiento y el armamento de milicias fundamentalistas islámicas con el objetivo de derrocar al presidente sirio, Bashar al-Assad, el único aliado árabe de Rusia en Oriente Medio. En 2013, las declaraciones trucadas de que el gobierno sirio había llevado a cabo ataques con armas químicas fueron utilizadas como pretexto para lanzar una guerra aérea a gran escala contra Assad. El expresidente Obama, frente a la oposición popular en EEUU, las divisiones dentro del establishment militar y la oposición de los aliados de Washington de la OTAN, salvo Francia, detuvo la agresión aérea en el último minuto.
A su vez, hay pocas dudas que las negociaciones estaban en marcha entre la campaña de Clinton y la administración Obama, con un estado de planificación muy avanzado, para una escalada militar masiva de los EE.UU. en Siria a ser lanzado después de la esperada victoria electoral de la candidata demócrata, que tenía el apoyo público de las secciones dominantes de la establishment de inteligencia. Durante la campaña, Clinton reiteradamente pidió la imposición de "zonas de exclusión aérea " y otras medidas que plantean un riesgo directo de conflicto militar con las fuerzas rusas que operan en Siria. Esta política belicosa con Rusia tenía su otro foco caliente en Ucrania, donde la participación de la CIA es moneda corriente.
La caótica transferencia de poder mostró una agudización del conflicto entre Trump y la comunidad de inteligencia. El primero públicamente discutió las evaluaciones de la segunda sobre el hackeo ruso; la venganza contra él fue fabricar un expediente falso sobre un supuesto episodio de relaciones con prostitutas por parte de Trump en Rusia, con un vergonzoso episodio de “lluvia dorada”. A pesar del carácter poco sólido de toda la historia, el mismo podría ser una advertencia de que quienes escribirán el guión de la realidad serán las fuerzas del establishment y no él. Por ahora Trump no ha llegado a un modus vivendi con éste sector del “estado profundo” norteamericano.
Mientras los militares han obtenido tres puestos en el nuevo gabinete y esperan ser recompensados en su medida, la comunidad de inteligencia es la fracción más reacia a ser convencida por la nueva visión de las prioridades de la política exterior norteamericana. Así, mientras es probable que Trump aumente la retórica de conflicto contra algunos países extranjeros, es cauto a comprometerse a iniciar ninguna guerra seria (cuestión que gusta a los militares), a la vez que estos y la poderosa industria de armamentos esperaban el lanzamiento de una inútil arma de maravilla militar para la cual Trump promete billones (la Guerra de las Galaxias de Reagan redux).
Por el contrario, para los neocon y sus lazos con la comunidad de inteligencia el repudio a la doctrina de la “promoción de la democracia” y de las revoluciones coloridas que la acompañaban, que estaba en el corazón del programa de política exterior de estos como quedó claro en el discurso de asunción de Trump en Washington, no son de su agrado.
El abandono de la fracasada política exterior de los últimos años y sus implicancias geopolíticas, que tuvo su más rotundo revés en Siria donde por primera vez en un conflicto regional los EE.UU. son dejados de lado en la resolución del mismo, como muestran los acuerdos de Rusia con Turquía e Irán, hacia un decisivo unilateralismo económico que plantea la agenda del nuevo presidente no solo generará enormes conflictos externos en especial con China y Alemania, sino que arriesga exacerbar también las disputas al interior de la clase dominante norteamericana.

Juan Chingo

"La victoria de AGR tendrá un alcance para todo el movimiento obrero" //...

AGR-Clarín // Conferencia de prensa de los trabajadores en lucha

El papa Francisco le pidió a Trump que no sea Trump



En el marco de la asunción del magnate norteamericano, desde el Vaticano le enviaron una carta pidiéndole que “mantenga su preocupación por los pobres, los marginados y los necesitados”.

¿Un muro de cinismo en los ojos del pontífice o una falsa modestia plasmada en un papel? A priori, parece un chiste.
"Tras su inauguración como el cuadragésimo quinto presidente de Estados Unidos de América, le ofrezco mis cordiales buenos deseos y la garantía de mis oraciones para que Dios Todopoderoso le conceda sabiduría y fortaleza en el ejercicio de su alto cargo". Así se expresó el iluminado Bergoglio, más ampliamente conocido como Francisco.
Con este gesto el papa tuvo que acoplarse a la mundial “bienvenida” a Donald Trump como nuevo presidente de EE.UU. No fue la excepción. Los anteriores presidentes estuvieron allí, y hasta el mismo Bernie Sanders fue parte de la ceremonia.
El mensaje papal puede ser leído en clave de un intento de hacer que Trump “baje un cambio” en su política. Como parte del establisment mundial, el pontífice está interesado en que las promesas reaccionarias de campaña del ahora presidente no se lleven hasta el final.
"Oro porque sus decisiones sean guiadas por los ricos valores espirituales y éticos que han forjado la historia del pueblo estadounidense" afirmó Francisco. El papa tuvo que haber tenido la mano derecha firme para que no le tambaleara al escribir que Donald Trump tiene “valores éticos”.
La enorme oposición social y política a los “valores” de Trump ya se vio ayer en las manifestaciones de repudio a su asunción. Hoy continuarán con la llamada Women’s march (Marcha de las mujeres), convocada en Washington. Allí se expresará el amplio repudio al misógino y machista republicano, acusado de abusos sexuales.
"Espero que bajo su liderazgo, Estados Unidos (…) mantenga su preocupación por los pobres, los marginados y los necesitados", agregó a lo que pareciera una santa parodia, sin embargo” agrega Francisco.
El mensaje conciliador puede estar expresando también un giro aun más conservador del propio Vaticano, que a pesar de haber estado más cerca del Partido Demócrata hasta ayer nomas, empiece a tener una ubicación mas cercana al nuevo gobierno.
"Con estos sentimientos, le pido al Señor que les conceda a usted y a su familia y a todo el amado pueblo estadounidense sus bendiciones de paz, concordia y toda la prosperidad material y espiritual", concluyó el pontífice.
Lo concreto es que Trump asumió entre repudios y manifestaciones, mientras que el Papa francisco sigue esperando el milagro.

Nicolás Gerola estudiante del ISFD nº 45

Lenin, el estratega de la revolución



Lenin, el principal dirigente de la Revolución rusa, que se produjo hace cien años y que llevó a los trabajadores a poner en pie un Estado obrero, fundador del Partido Bolchevique y de la Tercera Internacional y uno de los principales teóricos del marxismo. Hace 93 años fallecía un 21 de enero de 1924 en Gorki, cerca de Moscú.

“Marx es el profeta de las tablas de la ley y Lenin el más grande ejecutor del testamento, que no sólo dirigía a la elite proletaria, como lo hizo Marx, sino que dirigía clases y pueblos en las ejecuciones de la ley, en las situaciones más difíciles que actuó, maniobró y venció.” León Trotsky

Un partido para la revolución

A comienzos de la década de 1890 grupos de jóvenes en Rusia estudiaron a Marx pero “solamente uno logró asimilar a fondo la doctrina, subordinándole tanto sus pensamientos como el mundo de sus sentimientos y supo por eso elevarse por encima de ella, convertirse en un maestro, mientras que la doctrina era un instrumento. Y este ser único fue Vladimir Ulianov”, más conocido como Lenin. Su principal preocupación giró en torno a las formas que debía adoptar un partido revolucionario en Rusia, cuestión que lo llevó a desarrollar las primeras divergencias con quiénes habían sido sus maestros, como Plejanov, fundador del marxismo ruso. Éstas, que al principio parecían secundarias, llevaron a la ruptura de los marxistas rusos en los dos grupos: bolcheviques y mencheviques.
Uno de los aportes fundamentales de Lenin fue fundar y dirigir el Partido Bolchevique, que se forjó durante años de trabajo legal e ilegal (por la persecución del zarismo) y se preparó para dirigir la revolución más grande de todos los tiempos y para enfrentar los grandes hechos históricos de la época, como la guerra mundial.
Para el triunfo de la revolución los trabajadores necesitan una herramienta política, o sea un partido, que pueda dirigir la toma del poder, que tenga una orientación flexible ante cualquier cambio de las circunstancias, un plan meditado de ofensiva, prudencia en la preparación técnica y audacia para dar el golpe. La gente no hace la revolución por gusto, ésta se produce cuando no queda otra alternativa, cuando el orden establecido se hace insoportable para las masas, éstas rompen las barreras que las separan de la palestra política, derriban a sus representantes tradicionales y, con su intervención, crean un punto de partida para el nuevo régimen. “El principal elemento, vital, de este proceso es el partido, de la misma forma que el elemento principal y vital del partido es su dirección. El papel y la responsabilidad de la dirección en una época revolucionaria son de una importancia colosal”, escribe Trotsky

La Revolución

La Revolución Rusa comenzó el día Internacional de la Mujer que en el calendario ruso era el 23 de febrero, las obreras de varias fábricas de Petrogrado pararon al grito de “¡abajo la autocracia!” y “¡abajo la guerra!” y las siguieron los obreros del barrio de Viborg, dirigidos por los bolcheviques. Días después, el zar Nicolás II renunciaba al trono del Imperio Ruso.
A doce años de la primera revolución (1905), en Petrogrado, renació el Soviet, un organismo compuesto por delegados obreros y soldados (en su mayoría campesinos armados por la guerra). Pero la dirección de éstos estaba en manos de los partidos menchevique y socialrevolucionarios, que buscaban conciliar con la burguesía y le daban su apoyo al Gobierno Provisional burgués.
Durante el primer mes y medio, en el Partido Bolchevique primó la confusión, con sus principales dirigentes aún en el exilio. El partido había jugado un rol histórico importante en la revolución de febrero, ya que era parte de la vanguardia obrera que protagonizó la insurrección que derrocó al zar, pero no pudo evitar que el poder pasara a manos de la burguesía, del Gobierno Provisional. Producto de las ilusiones populares depositadas en este nuevo gobierno, se fue imponiendo en el partido una línea de apoyo crítico a este gobierno.
La revolución encontró a Lenin en Suiza. Sus intentos de llegar a Rusia se toparon con la oposición del gobierno británico y decidió viajar a través de Alemania. Al bajarse del tren en Petrogrado Lenin dio un discurso donde planteó que el derrocamiento del zarismo era sólo la primera etapa en la revolución. La revolución burguesa ya no podría satisfacer a las masas. La tarea del proletariado era armarse, fortalecer el poder de los soviets, despertar a los distritos del país y prepararse para la conquista del poder supremo en el nombre de la reconstrucción de la sociedad sobre bases socialistas. Ese 3 de abril miles de obreros y soldados celebraron su llegada.
Lenin venía a reorientar radicalmente la estrategia y la táctica bolchevique expresando en un breve escrito lo esencial de las nuevas tareas en la revolución, conocido como las "Tesis de Abril". Allí caracteriza la guerra imperialista y señala qué actitud deben mantener los socialistas, explica la táctica de enfrentamiento al Gobierno Provisional y la necesidad de una lucha paciente por conquistar la mayoría de la clase obrera y los soviets para una política anticapitalista. En él, desarrolla cómo los soviets, desembarazados de la tutela de la burguesía, eran no sólo magníficas organizaciones de autoorganización obrera, sino también “la única forma posible de gobierno revolucionario” y la base para construir un nuevo Estado.
El gobierno continuaba con la guerra y esto generó un descontento muy grande entre las masas que, los primeros días de julio, realizaron manifestaciones armadas en Petrogrado. Pero en las provincias no se daba la misma situación, ni entre los campesinos, ni entre los soldados. Había un peligro de que el alzamiento prematuro fuese aplastado. Los bolcheviques, conscientes de esto, intentaron contener a las masas y propusieron una manifestación pacífica. El gobierno hizo correr un rumor de que Lenin era un espía alemán; ilegalizaron el Partido Bolchevique, detuvieron a Trotsky y a otros dirigentes y Lenin tuvo que pasar a la clandestinidad. La contrarrevolución ganó las calles y en agosto, el General Kornilov quiso ir por más e intentó un golpe de Estado que fue derrotado por trabajadores y soldados dirigidos por los bolcheviques.
Luego de las Jornadas de julio y de los acontecimientos de agosto los bolcheviques obtuvieron la mayoría en los Soviets de Petrogrado y Moscú. Lenin exclamó enérgicamente “¡Ahora o nunca!”. Como escribe Trotsky: “Además de las fábricas, los cuarteles, los pueblos, el frente y los soviets, la revolución tenía otro laboratorio: la cabeza de Lenin”. El 25 de octubre apareció en el Instituto Smolny donde funcionaba el Comité Militar Revolucionario dirigido por Trotsky y desde allí llevaron adelante el plan para la toma del poder. Ocuparon los edificios estratégicos de la capital, las oficinas de correos y telégrafos y las principales vías de comunicación. La planificación fue impecable y encontró poca resistencia a su paso hacia el Palacio de Invierno, sede del Gobierno Provisional. La toma del poder se dio en la madrugada previa al comienzo del Segundo Congreso de los Soviets; se disolvió el Gobierno Provisional y se instauró un gobierno de la clase obrera.

El escritor

Lenin desde joven realizó un continuo esfuerzo por su formación intelectual, por la defensa y el desarrollo de la teoría revolucionaria en función de las acciones necesarias para realizar el objetivo de la toma del poder por la clase obrera y por la revolución socialista internacional. A lo largo de su vida escribió una enorme cantidad de textos al calor de los acontecimientos que le toco vivir. Fue un gran escritor que con su obra guió e inspiró a generaciones de revolucionarios.
En los meses que estuvo obligado a la clandestinidad desde el 6 de julio hasta el 25 de octubre, escribió su libro El Estado y la revolución, dedicado a reflexionar sobre los problemas teóricos del Estado. Como afirma Trotsky no podía ser de otro modo: para él la teoría es una guía para la acción. “Por el simple hecho de reconstruir la teoría de clase del Estado sobre una nueva base, superior históricamente, Lenin da a las ideas de Marx un nuevo carácter concreto y, por tanto, una nueva significación. Pero la importancia mayor de la obra sobre el Estado consiste en que es una introducción científica a la insurrección más grande que haya conocido la historia (...) preparaba a su partido para la conquista revolucionaria de la sexta parte del mundo”. Para Lenin “si el Estado pudiera simplemente ser adaptado a las necesidades de un nuevo régimen, no habría revoluciones. Pero la burguesía misma ha logrado siempre el poder por medio de insurrecciones. Ahora llega el turno a los obreros”.

Una muerte prematura

En 1922 sufrió el primero de una serie de infartos cerebrales que irán destrozando su salud. En 1924, con el cuerpo paralizado e incapaz de hablar, Lenin dejaba este mundo a los 53 años. En su testamento político, Lenin señalaba los peligros de la burocracia y planteaba retirar de su cargo de Secretario General del partido a Stalin, pues lo consideraba la cabeza visible de la misma.
Su funeral fue una muestra de amor y dolor de parte de millones. Fue un trabajador incansable sin par. Trotsky lo despedía así: “Lenin ya no existe, pero el leninismo perdura. Lo inmortal en Lenin, su doctrina, su trabajo, su método, su ejemplo, vive entre nosotros, vive en el partido que él fundó, vive en el primero Estado Proletario del que fue cabeza y guía”.

Jazmín Jimenez Lic. en Sociología / @JazminesRoja

sábado, enero 21, 2017

Georgi Dimitrov, el incendio del Reichstag y el descrédito del estalinismo



Nada queda ya del prestigio que un día gozaron los líderes del comunismo internacional que se sometieron al estalinismo, y que emplearon sus métodos del “mando único” con el que articulaba sus bases militantes en base al principio de la disciplina ciega y el “patriotismo” partidario. Después de alcanzar el punto más alto del “culto a la personalidad” al final de la II Guerra Mundial, cuando alcanza la cima de la gloria para ser “destronado” en el XX congreso del PCUS el mismo año que sus estatuas derribadas se convierten en las imágenes más emblemáticas de la revolución húngara de Octubre 1956, inicio de una espiral que concluye con la descomposición del “modelo soviético” en 1989. Después de esta caída, lo que queda son algunos reductos nostálgicos como aquellos cuadrados militantes griegos que vendían obras de Stalin en la plaza Syntagma de Atenas ante el estupor generalizado. 1/
Nadie reivindica, más bien todo lo contrario, a sus émulos en los países del “socialismo real”, en los que al decir de Rudi Dutschke habían muchas realidades pero ninguna de ellas era el socialismo. La lista de los pequeños dioses caídos. Maurice Thorez que presumió de ser “el primer estalinista de Francia” perdió todo su prestigio, una pendiente de desprestigio a la que contribuyeron testimonios como los del hijo Paul Thorez con unas memorias 2/ que rebelaban lo que ya había denunciado el fanático pero íntegro André Marty, la vida de “lujo asiático” que había gozado en la URSS; Palmiro Togliatti fue arrojado al basurero de la historia por sus propios herederos; Joe Slovo, el líder histórico del PC sudafricano (SACP), un partido combativo compuesto por blanco verdaderamente comprometidos contra el “apartheid”, ha acabado aplicando las recetas neoliberales como ministro en el gobierno del ANC en Sudáfrica. En cuanto a Mao, elevado a los altares durante la “gran revolución cultural proletaria”, está acusado de las mayores atrocidades, etc.
Entre nosotros, hace unos pocos años, el entierro de los restos de José Díaz en su Sevilla natal fue un acto casi familiar. E en cuanto a Santiago Carrillo se le que ha acabado sus días aborrecido desde las nuevas generaciones escandalizada por su extremado “entreguismo” en la Transición…Obviamente, detrás de todo esto late el viejo anticomunismo reforzado por la cruzada neoliberal. Pero tal como decía Oscar Wilde, lo peor que te puede pasar es que tus enemigos tengan razón, algo que sucedía en lo referente al horror del estalinismo. Un horror que sirvió a la “revolución neoconservadora” para ocultar sus propios océanos de sangre 3/
El último que había resistido un cierto tiempo fue Georgi Dimitrov Mijáilov (Kovachevtsi, 1882 – Moscú, 1949), cuyo centenario suscitó el último gran encuentro entre los más importantes partidos comunistas que no habían roto con Moscú e incluso dio pie a una esforzada producción búlgara con ocasión de las celebraciones del centenario de su nacimiento, La advertencia, para la que fue escogido nuestro Juan Antonio Bardem que no decepcionó a las autoridades búlgaras del momento, pero sí al público y a la crítica. De hecho la película pasó con más penas que gloria y su distribución no fue más allá de una pase televisivo nocturno por TV2. Lejos quedaban títulos como Calle Mayor su obra maestra o Siete días de enero, cuyo interés temático está fuera de toda duda. 4/
Los partidos comunistas convocantes hablaron de una nueva unidad de acción de los partidos comunistas del mundo ante el peligro de guerra, tomando como referencia algunas de las ideas básicas del que había sido líder de la Internacional Comunista en el tiempo de la línea del Frente Popular y ulteriormente, el primer jefe de gobierno de la República Popular Búlgara. Entre los asistentes se han contado el secretario general del Partido Comunista portugués, Alvaro Cunhal; y representantes de los partidos comunistas de Francia e Italia, URSS, del Tercer Mundo, el Pacto de Varsovia y Yugoslavia, entre otros. Una línea de propuestas que no tuvieron consecuencia visible, de manera que lo que concebían como una nueva tentativa de comienzo se convirtió en un epitafio con la crisis polaca, la caída del Muro de Berlín y la descomposición generalizada que le siguió.
Al hilo de este último encuentro, recordemos que Dimitrov se hizo famoso en todo el mundo en el juicio de Leipzig, en 1933, que le implicó en el incendio del Reichstag en Berlín, perpetrado en realidad por lo propios nazis que acababa de acceder al poder en medio de una auténtica “guerra fría” entre socialistas y comunistas. El III Reich trató de matar dos pájaros de un mismo tiro. De un lado demoler el mayor símbolo de la República de Weimar y de otro, librarse de sus enemigos políticos y demostrar que los incendiarios habían sido los comunistas. De carácter enérgico y de notables dotes oratorias tal como se manifiesta claramente en la película, Dimitrov transformó el papel de acusado en el de acusador con una brillante autodefensa y se convirtió en un símbolo vivo -salió absuelto del antifascismo triunfante. No hay que decir que los discursos y despachos de Prensa oficiales dedicados a Dimitrov trazaron paralelismos entre los años que precedieron a la segunda guerra mundial y la actualidad y atacan de paso a EEUU y a la OTAN. Por citar un ejemplo, el secretario del Comité Central del PCUS, Boris Ponomariov defendió en este foro la cooperación de los comunistas con otras fuerzas recordando el papel de Dimitrov en la creación del “frente popular”, y ha criticó a los partidos eurocomunistas que entonces iniciaban su crisis interna..
Por entonces nadie dudaba que el referente de Dimitrov, los unía nuevamente sobre el papel. La prensa destacó a grandes trazos su perfil biográfico: desde muy joven participó en el movimiento obrero de su país, tuvo que abandonar la escuela a los doce años debido a la pobreza de su familia. Aprendió la profesión de impresor, fue cofundador de la Federación de Sindicatos Búlgaros y miembro del Partido Socialdemócrata de Bulgaria, a cuyo Comité Central perteneció desde 1909. En 1923, Dimitrov, que había sido condenado a muerte tras el fracaso de un levantamiento revolucionario contra el régimen dictatorial búlgaro, tuvo que exiliarse. Como responsable de cuestiones balcánicas de la Internacional Comunista, Dimitrov vivió en primer lugar en Viena, donde, según los recuerdos de los que le conocieron entonces, se cambiaba constantemente de .nombre y casa. En 1929, estaba ya en Berlín dirigiendo la oficina de la Internacional Comunista para Europa occidental.
El 27 de febrero de 1933. La responsabilidad del incendio sigue siendo un tema de permanente debate e investigación, pero en su momento los nazis –luego los principales sospechosos ya que el incendió encajaba con su proyecto-, culparon a Marinus van der Lubbe, un joven comunista holandés. Este fue capturado en el lugar del incendio. Después de ser torturado, admitió haber prendido fuego al edificio, por lo que fue sentenciado a muerte y ejecutado sin que pudiera decir la suya, si bien Póstumamente, la justicia alemana revisó en tres ocasiones el proceso en contra suya hasta que en 2008 derogó en todos sus puntos la sentencia condenatoria y lo absolvió. A continuación, el incendio fue utilizado como “prueba” por los nazis para acusar a los comunistas. Detuvieron a tres comunistas búlgaros entre ellos a Dimitrov. La campaña internacional en solidaridad con su combate contra el nazismo fue gigantesca y los nazis se vieron obligados ceder. Pese a las presiones políticas, el tribunal se vio abogado a absolver a Dimitrov y demás por falta de pruebas. Y aunque la Gestapo los encarceló de nuevo, la presión internacional los obligó a soltarlo.
Una vez puesto en libertad, Dimitrov marchó a la URSS, donde fue nombrado secretario general de la Internacional Comunista. Ante el VII Congreso del Komitern, en 1935 que retoma la política del frente único obrero como inicio de una plataforma antifascista más amplia, una línea que será amoldada a las exigencia del ultimo giro de la política exterior de Stalin que utilizará las “purgas” de la vieja guardia bolchevique con la doble finalidad de cortar de raíz cualquier oposición, así como demostrar a las a las potencias democrática que la URSS es la última interesada en la extensión de la revolución. Dimitrov asumió sin rechistar el principio de todo lo que era bueno para la URSS lo era para la revolución. Sin embargo el pacto germano-soviético entre Hitler y Stalin supuso en 1939 un golpe mortal para el Frente Popular, y perdió su papel de portavoz del Komintern. Como tal líder, Dimitrov permaneció en la URSS durante la ola de purgas estalinistas de los años treinta, que afectó de pleno a grupos dirigentes de partidos exiliados en la URSS como el alemán y el polaco, cuyos miembros fueron acusados de “luxemburguistas” No obstante, Dimitrov permaneció al margen de las purgas. Muchos de sus amigos desaparecieron o murieron en aquel entonces y Dimitrov salvó a otros del peligro, entre ellos a su mismo cuñado. En marzo de 1945, regresé a Bulgaria, donde el partido comunista, eje de la resistencia contra el régimen del rey Boris, aliado del nazismo, gozaba de popularidad.
En 1946, se convirtió en jefe de Gobierno búlgaro tras haber renunciado a su ciudadanía soviética. La Federación Balcánica, un proyecto defendido por Tito y Dimitrov, que parecía contar, en un principio, con el visto bueno de Moscú, ocasionó un grave enfrentamiento entre Stalin y Dimitrov, poco antes de que este muriera. El proyecto cuestionaba, por una parte, la influencia soviética en los Balcanes y, por otra, incluía a Grecia, precisamente cuando Stalin suspendía su apoyo a los partisanos griegos. Stalin se alarmó y convocó a Moscú a sendas delegaciones de Bulgaria y Yugoslavia. El proyecto de federación fracasó y las relaciones entre la URSS y Yugoslavia se torcieron. Sobre el papel, Dimitrov permaneció fiel a la URSS y tachó públicamente a Tito de “titotrotskista”; sin embargo, fuentes yugoslavas afirman que secretamente habría alentado a los dirigentes yugoslavos a proseguir en su línea independiente de Moscú y a no ceder. Un camino que no se atrevió a emprender él mismo. Enfermo de diabetes, Dimitrov acudió en 1948 a la URSS para someterse a tratamiento y murió en el sanatorio de Borovicha, en las cercanías de la capital soviética. Su cadáver, debidamente embalsamado, regresó a Bulgaria en un tren espectacularmente engalanado.
Reivindicado sin fisuras por los maoístas y por los sectores más prosoviéticos, 5/ pero quizás especialmente por Santiago Carrillo que hasta en su última entrevista conocida –con un dócil Pablo Iglesias- se remitió a Dimitrov como alguien que resultó determinante en su camino hacia Moscú y al que seguía venerando, la prueba del tiempo ha resultado igualmente inclemente. Es ese mismo tiempo el que ha puesto en evidencia el canon opuesto, el que reconoce a los que se opusieron al estalinismo aunque, como fue el caso de Lukács, lo hicieran más bien tardíamente después del XX Congreso del PCUS, que junto con la revolución húngara de octubre del mismo año (1956), marcó un antes y un después en el declive del estalinismo.
Otra cosa es que el neoliberalismo –como no podía ser menos- ha sabido hacer leña del árbol caído y que haya tratado de tirar el niño con el agua sucia. Otra cosa es también que cualquier lectura honesta está obligada a diferenciar entre los funcionarios y una bases sociales educadas en el culto “al Partido” y en la exaltación de los líderes, un tema lo suficientemente amplio y complejo como para tratarlo en otra ocasión.

Pepe Gutiérrez-Álvarez

Notas.

1/ Se puede encontrar una edición digitalizada de las “Obras escogidas” de Stalin en castellano en https://www.marxists.org/espanol/stalin/obras/.
2/ Paul Thorez, uno de los hijos del fundador del Partido Comunista Francés, Maurice Thorez, falleció a los 53 años. Paul Thorez había nacido en Moscú en 1940, durante el exilio soviético de su padre. En 1982 publicó un controvertido libro, Los niños modelo, traducido al castellano un año después, en el que describía su estancia en las colonias infantiles reservadas a los hijos de los dignatarios comunistas en la Unión Soviética. El libro recibió una respuesta inmediata del diario comunista L’Humanité, que, entre otras cosas, afirmó: “Sin duda, la historia ofrece bastantes ejemplos de hijos que traicionan las enseñanzas de sus padres y que incluso van a escupir a su tumba”. Paul Thorez respondió que el libro estaba lleno de admiración y ternura por sus padres, añadiendo que “el comunismo, antes de nada, es una impostura”. Paul se había afiliado al PCF en 1966 y devolvió el carné en 1968, “abrumado por la Primavera de Praga y la actitud de los comunistas franceses en Mayo del 68”. Desde hace años trabajaba en un centro para niños disminuidos.
3/ Cuando le preguntaron al viejo amigo de John Reed, escritor y confundidor del partido comunista norteamericano, Max Eastman que acabó renegando de sus ideas, de porqué culpaba al comunismo de cosas que el capitalismo hacía cada día, el autor de Love and Revolution respondió: Es que del comunismo uno espera otra cosa.
4/ Se puede encontrar una reseña (7 días de enero: ayer y siempre) sobre esta última en mi página de Facebook.
5/ En ausencia de cualquier homenaje o debate público, la divulgación de Dimitrov se redujo a la edición del primero volumen de sus Obras escogidas por parte de le editorial Akal en 1977. Se le podía encontrar en las paradas partidarias de los partidos maoístas y de la fracciones del PCE más prosoviéticas.

Humphrey Bogart 60 años después



En estos días se cumplen 60 años de la muerte de Humphrey Bogart (Nueva York, 1899 – Hollywood, 1957), seguramente el actor más emblemático de la izquierda cuyo imaginario fue forjado por la resistencia antifascista que tuvo en la izquierda de la llamada capital del cine en general y en el “cine negro” en particular, una de sus expresiones más populares, quizás la que más.
Bogart murió de un cáncer causado al parecer por el tabaquismo, a cuya difusión tanto influyó desde la pantalla. Actor de teatro (en 1935 actuó en la obra de teatro El bosque petrificado, cuya traslación al cine en 1936 le reportó un primer éxito), no fue hasta entrados los cuarenta cuando pasó de ser un secundario más al estrellato en un título que en un principio tenía que encarnar Ronald Regan: El último refugio (Raoul Walsh, USA, 1941), donde protagonizaba una de las muertes más bellas de la historia del cine, atrincherado contra la policía desde un escarpado escenario montañoso. Su rostro fue el del gángster desesperado que durante tanto tiempo había interpretado, cayendo abatido por la policía y su pasado moría bajo un amplio cielo desnudo. Desde entonces convirtió en la representación de un héroe en su personaje, un “chico” que era malo y bueno y al revés, la culminación de una escuela que ya había encumbrado a Paul Muni, pero sobre todo a Edward G. Robinson y James Cagney, todos ellos de reconocidas conexiones izquierdistas; el primero llegó a visitar a Trotsky en Coyoacán, el segundo se implicó como pocos en la solidaridad con la República española de manera que en los años cuarenta sus nombres fueron borrados de las carteleras españolas.
Este Bogart de los años de guerra y segunda posguerra fue un tipo melancólico, el detective de rostro esculpido por experiencias amargas cuya sonrisa torcida pugnaba por salir para ocultar todo el dolor sufrido, la emoción a punto de desbordarse, un actor que se parecía mucha gente común pero cuyos ojos traicionaban lo que decía. El “noir” o “Thriller” que inició su trayecto al principio del sonoro cobró con Bogart un sentido especial. Oscuros ambientes cargados de tinieblas, humo de incontables cigarrillos y la humedad espesa de la ciudad tras la lluvia: ése fue el hábitat del detective de los años 40. La voz en off del protagonista cortando el silencio de las calles oscuras y lluviosas o acallando ruidosas orquestas en los night clubs, mientras el “sabueso” se movía por una telaraña de corrupción, por un reino en el que el dinero marcaba la ley y arrastraba a mujeres de mirada oscura, tan ajenas como la mayoría a cualquier moralidad. El “negro” fue el género que mayores pesadillas produjo en aquella democracia detrás de la cual se proyectaban unos negocios en cuyos márgenes se movía la delincuencia abierta,
Nada es lo que parece: en El halcón maltés (1941), que fue la tercera versión de la obra de Dashiell Hammett, película de culto, metáfora del capitalismo, un juego que de hecho comienza cuando acaba. La dureza y el cinismo de Sam Spade se percibe en otras obras mayores comenzando por la mítica Casablanca (Michael Curtiz, USA, 1942), la película preferida de varias generaciones de izquierdistas -si nos atenemos, por ejemplo, a las respuestas dadas por buena parte de los invitados de “La Tuerka”, sobre todo por los varones canosos-. Su imagen fue la del último romántico, un tipo que se dice de nacionalidad beoda pero que guarda un secreto: se la jugó facilitando armas a la república española. Se rodó casi en un ambiente de improvisación. Rodada en Marruecos, el resultado final puede considerarse un milagro del cielo si se tiene en cuenta lo accidentado de su producción. Poco antes, la Warner descubrió que contaba con un magnífico plantel de artistas, pero le faltaba una historia. El rodaje se inició sin haber acabado el guión; a los actores se les entregaba cada día el diálogo escrito la noche anterior que era retocado sobre la marcha, una improvisación que le confirió un verismo singular La trama es conocida, se la recuerda en las discusiones, se citan sus frases., hay hasta quien sabe tatarear la canción de la pareja con Sam al piano interpretando la famosa As time goes by (Mientras el tiempo pasa). Todo esto resulta todavía más insólito cuando la película fue un encargo, proyectado antes de Pearl Harbour, dándose la coincidencia que su estreno coincidió con la conferencia que Churchill y Roosevelt mantuvieron en… Casablanca.
La contribución de Bogart a la lucha antifascista se manifestó en 1944 con otros títulos: Pasaje para Marsella, nuevamente con Michael Curtiz y con la rubia Michéle Morgán supliendo a la insustituible Ingrid Berman, un aporte subvalorado que conviene revisar, y después con “un Hemingway”, Tener o no tener, de Howard Hawks, donde conoce a “la flaca” Lauren Bacall con la que inicia uno de los romances (y matrimonios) más recordados de Hollywood. Se trata de una joya, el descreído Bogart y el beodo Walter Brennan contribuyen a la causa de la Resistencia francesa sacando valor de donde no lo había. La pareja alcanza el cielo en 1946 una de las cumbres del género, El sueño eterno (1946), igualmente de Howard Hawks. Basada en la novela homónima de Raymond Chandler, se trata de cine negro en estado puro: diálogos afilados cargados de ironía y una trama tan compleja y sembrada de incógnitas que desafía la capacidad del espectador para seguir el hilo de los acontecimientos que posiblemente era lo que menos importaba a su autor.
El estado de gracia se mantiene en los años siguientes con Callejón sin salida (John Cromwell, USA, 1947), La senda tenebrosa (Delmer Daves, La actualidad de Humphrey Bogart), pero sobre todo con El tesoro de Sierra Madre (USA, 1947), una adaptación efectuada por John Huston como un proyecto personal de la extraordinaria novela del misterioso anarquista germano afincado en México que firma como B. Traven: nuevamente asistimos a una vivisección de la lógica del capitalismo, de una temática que podríamos interpretar como un precoz alegato del decrecimiento. Sobre todo en la filosofía del personaje de Walter Huston. Como productor se compromete en dos alegatos abiertamente progresistas: a) Cayo Largo (ídem), que adapta la novela homónima de Maxwell Anderson y en la que encarna a un antiguo brigadista en España obligado a enfrentarse con unos gángsteres con mentalidad empresarial, y b) Llama a cualquier puerta (ídem), su primer encuentro con Nicholas Ray (con el que también hará En un lugar solitario (In a Lonely Place), que alcanzó notoriedad como un adelanto del subgénero del “negro”, conectado con los conflictos propios de la delincuencia juvenil; un film desigual totalmente bienintencionado (al final es la sociedad la que produce a estos jóvenes). Su punto más alto quizás sea el hombre por excelencia, con el que todo espectador temía que soñara su compañera, en La reina de África (USA, 1951), tal vez la película de aventuras más famosa de John Huston, y una de las más apreciadas: su reestreno a principios de los ochenta provocó grandes colas. Luego ya nada fue igual.
De reconocidas inclinaciones “rojas”, poco amigo de los convencionalismos de Hollywood, Bogart se erigió en portavoz del nutrido grupo de actores contrarios a la caza de brujas promovida por el senador McCarthy, y su foto junto con Lauren encabezando una manifestación de protesta es una de las más emblemáticas de una resistencia que, según la frase célebre y cruel de Orson Welles, claudicó por mantener sus piscinas. Lo cierto es que su tono inicialmente decidido cambió cuando se encontró en el centro de una campaña y de una presión muy fuerte de la Warner Brother, entonces titubeó y declaró que rechazaba el “comunismo” y que lo único que le guiaba era la defensa de las libertades. La derecha hizo sorna de sus declaraciones, y desde la izquierda se interpretó sus declaraciones como una genuflexión.
Aunque todavía trabajó en películas como las de antes, tales como la estupenda Sin conciencia (1951, realizada por Raoul Walhs aunque firmada por el ignoto Bretaigne Windust); un film trepidante en el que Bogart interpretó a un fiscal investigando a un peligroso criminal dejando en evidencia el enorme poder del crimen organizado en los USA, mientras que el FBI se dedicaba a perseguir a “los comunistas”; El Cuarto Poder (Richard Brooks, USA, 1952), una parábola sobre periodismo de investigación libre que aquí nos llegó por TVE; La condesa descalza (1954), realizada por Joseph Lou Mankiewicz a la mayor gloria de Ava Gardner, lo mismo que Sabrina (1954) lo sería para Billy Wilder con Audrey Hepburn … Humphrey se despedirá con Más dura será la caída (USA, 1956), lo mejor de Mark Robson, y que desentraña los sucios negocios que acompañan el mundo del boxeo. Pero antes ensució su nombre con dos títulos con los que los estudios obligaron a sus realizadores y actores a rendir pleitesía al orden establecido: a) El Motín Del Caine (USA, 1954), dirigido por el delator Edward Dmytryk y cuyo contenido haría las delicias de los próceres del franquismo: el estado psicótico de un capitán de navío no justificaba, antes al contrario, la existencia de un motín por parte de los mandos subalternos que quedan al final como unos meros ambiciosos, y b) Horas Desesperadas (USA, 1955) del liberal William Wyler; en la que una banda de malhechores ocupan la casa de una honrada familia burguesa que al final se ve obligada a utilizar la violencia en su propia defensa. Estos casi epílogos fueron un fiel reflejo de la acelerada decadencia del Hollywood. Por la misma época de la muerte de Bogart caerán también Gary Cooper, Spencer Tracy y Clark Gable, y en la década siguiente será el turno de John Ford, Alfred Hitchcock, Howard Hawks, etcétera, etcétera.

Pepe Gutiérrez-Álvarez