miércoles, abril 01, 2026

Alfredo Zitarrosa: El resplandor oscuro de su voz


Desde hace pocos días circula en redes un breve registro realizado por Álvaro Tuzman de Alfredo Zitarrosa ensayando con sus guitarristas previo al concierto del 12 de mayo de 1984 en el Estadio Centenario. La escena dura apenas unos minutos. Zitarrosa tararea una melodía, canta una frase, detiene el movimiento de las guitarras. “Vos, milonga”, le dice al veterano Walter de los Santos, encargado de llevar el ritmo desde el guitarrón. Entre indicaciones, ceba un mate, enciende otro cigarro, escucha con atención el acompañamiento y vuelve a cantar. Lo que está tomando forma es el arreglo de Milonga de pelo largo, que en 1972 compuso Gastón Ciarlo, Dino.
 El video tiene, entre otras cosas, el valor de mostrar la cocina de un ensayo. Allí no aparece el cantor consagrado ni la figura pública, sino el trabajador. La concepción del trabajo desde la cultura, lo colectivo, la búsqueda paciente de un ritmo preciso, el equilibrio entre la voz y las guitarras, el modo en que una melodía encuentra finalmente su forma. Rigor, escucha y una clara conciencia de lo que implica poner voz a un fenómeno cultural forman parte de su concepción artística y vital, donde queda atrás el gesto espontáneo o lo puramente emotivo. 
 Uno de sus guitarristas más recordados, Eduardo Toto Méndez, solía decir que tocar con Zitarrosa era “jugar en primera”. Cada músico debía estar completamente al servicio del cantor y de la arquitectura sonora que éste imaginaba: escuchar con precisión, anticipar, responder con exactitud. Estar a la altura.
 En una entrevista del 24 de enero de 1967 para el diario El Debate, dejaba en claro la postura que lo acompañaría durante toda su carrera: “Queremos dignificar al artista nacional; si yo no puedo vivir de mi profesión me dedicaré, sin ningún problema, a otra (…) Pero jamás regalaré mi arte a nadie por cuatro vintenes. Cantar es un trabajo social que merece una retribución justa. El artista uruguayo puede y debe vivir de su arte”. 
 A noventa años de su nacimiento, la obra de Zitarrosa permite volver sobre esa relación. Su repertorio suele asociarse rápidamente con el folklore, aunque en realidad pertenece a un universo cultural más complejo. El cancionero que construyó se formó desde las orillas, en barrios atravesados durante décadas por migraciones internas que llevaron hacia el espacio urbano ritmos, memorias y modos de decir provenientes del campo.
 Ese cruce entre tradición y vida urbana explica buena parte de su lenguaje musical. Las formas heredadas —la milonga, por excelencia— aparecen en sus canciones lejos de la estampa rural o de la pieza de museo. Son materiales vivos dentro de una cultura en continua transformación. Allí se fue moldeando un cancionero popular que ya no pertenece únicamente al campo ni únicamente a la ciudad, sino a ese territorio intermedio donde la experiencia social encontraba nuevas formas del decir. 
 Quizás un buen ejemplo de esto —entre tantos posibles— sean dos versos de La desvelada: “Por qué hay tanto campo / vidalita, tanta gente pobre”. Allí se establece una fisura entre el paisaje y sus habitantes. Queda expuesta una tensión que no es consigna ni declaración programática, sino más bien una pregunta que desacomoda la mirada. En lugar de explicar la realidad, la deja expuesta y justamente por eso adquiere una fuerza particular. 
 Durante los años sesenta ese desplazamiento comenzó a hacerse visible en distintos puntos de América Latina, en un clima cultural marcado por el impacto de la Revolución cubana. La Revolución en Cuba instaló en buena parte del continente la idea de que el arte y la cultura podían dialogar de manera directa con los cambios sociales y con las aspiraciones de una época. En ese marco, en Argentina surgía el Movimiento del Nuevo Cancionero, impulsado entre otros por Mercedes Sosa y Armando Tejada Gómez; en Chile se consolidaba la Nueva Canción con figuras como Víctor Jara; mientras en la propia Cuba surgía la Nueva Trova y en Brasil la música popular buscaba una modernidad propia sin romper con su tradición, en el trabajo de compositores como Chico Buarque. No se trataba de un programa único ni de una estética homogénea, pero sí de un momento en el que muchos músicos comenzaron a pensar la canción como una forma de intervenir en la realidad y de situarse frente a su tiempo.
 Zitarrosa participó de ese clima sin perder nunca una voz singular. Su canto se sostuvo siempre sobre una economía expresiva rigurosa, sobre un modo particular de decir que parecía apoyarse tanto en la milonga como en la tradición del tango y ciertas reminiscencias al flamenco. El poeta Salvador Puig, amigo —o “enemigo cordial”, como solían llamarse— escribió en su poema A.Z., publicado en el libro Si tuviera que apostar: “Cante crecido junto / al resplandor oscuro de su voz, / cante amarrado al grave / recinto de su voz”. 
 En una de las Contracanciones, esa serie de textos que dio origen a Guitarra negra, Zitarrosa reflexiona con lucidez y cierta ironía sobre el modo en que se construye su obra: “Esa canción, aquella, cómo pudo hacerla, cuánto tiempo llevó, quiénes me la indujeron, me la prestaron, me la regalaron, la estaban haciendo hasta que yo me avivé y reuní todos los pedazos, a alguien copió ese llanto, ese odio, aquel perdón, esta pena, esta manera de recordar tanta miseria, las uñas rotas, el desconcierto, la voz, el timbre y el color, mi identidad como mis orejas y las puntas de mis dedos, ¿cómo será la canción?”.
 La creación aparece entonces como el resultado de una experiencia compartida. Más allá del talento individual, surge de una trama de memorias, afectos y conflictos que circulan en la vida de una comunidad. Desde esa perspectiva, el cantor trabaja con materiales que ya circulan en la vida social —palabras, recuerdos, conflictos, modos de decir—. La canción aparece así como una forma de organizar esa experiencia dispersa. Al reunir esos elementos y darles forma musical, el cantor vuelve audible algo que pertenece a muchos. Por eso el cancionero popular se construye dentro de una trama más amplia. Trabajo colectivo que, con el tiempo, termina modelando la sensibilidad de una época.
 Tal vez por eso aquel breve ensayo que hoy circula en las redes resulta tan elocuente. En esa escena mínima —un cantor, sus guitarristas, una melodía que busca su forma— se reconoce el trabajo paciente mediante el cual una voz termina transformándose, con los años, en parte de la memoria de todos. 

 Diego Cubelli 
 14/03/2026

Operación Morgan: “Nos quisieron cortar los sueños y no pudieron”


Un día como hoy, hace cincuenta años, la dictadura fascista inició lo que se conoció como “Operación Morgan”. A partir de octubre de 1975 se produce un punto de inflexión en la institucionalización de la dictadura, en su operativa y también en la represión, un cambio en calidad, la dictadura fascista desplegó una operación de aniquilamiento buscando quebrar la resistencia, contra el movimiento popular y la izquierda en su conjunto, pero que tuvo como objetivo central desarticular las estructuras organizativas, propagandísticas y financieras del PCU y de la UJC.
 Fue una operación de carácter nacional. Se persiguió, secuestró y torturó en más de 30 dependencias militares y policiales en los 19 departamentos. Actuaron todas las armas: el Servicio de Información de Defensa (SID), el Organismo Coordinador de Operaciones Antisubversivas (OCOA), el FUSNA, la Dirección Nacional de Información e Inteligencia de la Policía (DNII) y otras reparticiones policiales, Inteligencia del Ejército, de la Armada y de la Fuerza Aérea. Todo con colaboración de la CIA y en el marco del Plan Cóndor. 
 La secretaria de Derechos Humanos del PCU, Graciela Montes de Oca señaló que “trataron, durante todo el período de la dictadura, durante varios años, de buscar las direcciones clandestinas y que el Partido desapareciera; no lo lograron. Hubo muchos compañeros y compañeras del Partido que aguantaron en la resistencia, pero también hubo pueblo que los acompañó”. 
 Es difícil precisar con exactitud los números de una represión de escala nacional en condiciones de clandestinidad e ilegalidad, pero se puede establecer con seguridad que el número de personas torturadas estuvo en el entorno de miles, hubo más de 20 asesinados en tortura y desaparecidos, también las y los que murieron en prisión como consecuencia de las torturas recibidas y las condiciones de detención. A ello hay que agregar los miles de despedidos, perseguidos y obligados al exilio. 
 Un testimonio del horror señala que “solo en el 300 Carlos habían permanentemente cerca de 200 personas interrogadas. Fue tal vez la mayor base de torturas. Lo que los caracterizaba es el alto grado de tecnificación en los medios utilizados tratando de no dejar marcas visibles (…)” 
 Uno de los objetivos de la represión tenía como eje central “hacer desaparecer al comunismo en Uruguay por 50 años”, frase atribuida a un general fascista. Pero, sobre todo, su esencia represiva era quebrar el espíritu de lucha y de resistencia de todo el pueblo uruguayo.
 “Acá está la prueba de lo que fue la resistencia del Partido, ellos se propusieron algo y no lo lograron. Siempre hubo un comunista que si caía uno el otro levantaba esa bandera”, dijo Montes de Oca, entrevistada en la previa del acto del PCU con motivo de su 105 aniversario, mirando a los cientos de compañeras y compañeros que iban llegando al Parque Batlle para festejar un nuevo aniversario.
 Montes de Oca también llamó a todos y todas a ser parte de esta reconstrucción histórica del horror, pero también de la resistencia; haciéndonos cargo de nuestra historia, de nuestros dolores, pero también sabiendo que tenemos una fortaleza que nos permitió resistir y que es lo que nos proyecta hacia adelante para seguir construyendo el camino hacia la pública felicidad. 
 “Nos quisieron cortar los sueños y no pudieron. Nuestros compañeros soñaron con un mundo mejor y ese es el legado que nos dejaron”, concluyó.

 El Popular 
 21/10/2025

¿Para qué viniste?


Crónica desde la resaca de una marcha por la memoria en Buenos Aires 

 Estábamos más lejos de lo que habíamos pensado y Érika me pregunta para qué vine. Para verte, boluda, le respondo tratando de imitar el acento argentino. Para qué viniste, para qué. 
 No tengo idea, pero aquí estamos. Hace casi tres años no veo a Érika, ni a Agus ni a Belu. Y quería verlos y que me vieran, sentir el abrazo, aunque costara 50 minutos en taxi, a través de una ciudad paralizada por una marcha; aunque luego nos quedáramos sin saber de qué hablar, solo sentados sobre la hierba medio fría de la Plaza de Mayo. 
 Mi hijo tiene un año y ahora Érika lo sostiene aupa y me dice algo sobre mojarle los pies en la fuente, una tradición de «boludos y boludas con bronca», que vienen a gritar cosas duras y hermosas a este parque desde hace décadas. 
 Mojarse los pies… para refrescar, para sentir, para heredar, para bautizarse de alguna forma. Y si Érika lo pide hay que hacerlo, porque sabe lo que dice, y me quiere a mí, ya quiere a mi hijo y yo la quiero. Y porque a uno le gusta imaginarse unos años mayor, contándole a su hijo que cierta vez, cuando apenas lograba sostenerse en sus piernas, tres argentinos buenos le pusieron sus piececitos donde mismo metieron «las patas» los obreros y obreras que, en 1945, despertaron con eso de salvar a Perón. 
 Después camina con él encima por el centro de la Plaza. Hay fotografías, carteles alusivos a hijos, a nietos, a madres, a abuelas. Érika no dice nada, solo mira estas cosas con mi hijo encima, en medio de la resaca de una marcha inmensa. 
 Corren las primeras horas de la noche del 24 de marzo de 2026. Hace 50 años, Jorge Rafael Videla dio un golpe de Estado. En el pañuelo que Érika, Agus y Belu le regalan y colocan al niño, un niño, mi niño, se ve el rostro doloroso de señoras mayores y se lee la cifra de 30 000. No estamos tristes, solo callados. 
 Un rato atrás, estábamos en la Esquina América. Belu no había llegado y nosotros aún no encontrábamos a Érika y Agus. Una mujer de poco más de 60 años se detuvo a preguntar una dirección. Pusimos cara de extranjeros y respondimos que apenas llevábamos unos días en la ciudad.
 ¿De dónde son? De Cuba. ¿Cuándo parten? La próxima semana. ¿Y cómo está Cuba? Es un momento muy difícil. ¿Pero qué va a pasar? No sabemos. ¿Si los atacan… se van a defender o no? Bueno, eso es lo único de lo que estamos seguros, de que nos vamos a defender.
 La mujer comenzó a quebrarse. Nos dijo entre sollozos que a ellos –ella y mucha gente de su tierra– les afectaba mucho todo lo que le hacen a Cuba. Y se encogió a llorar más. Y la abrazamos. Después cerró el puño y lo levantó, mientras gritaba: ¡viva Fidel, viva el Che, viva Camilo! Uno no es de piedra y la patria está a unos cuantos miles de kilómetros. 
 Y ahora vamos saliendo de la Plaza de Mayo. Érika no ha querido soltar al niño. Caminamos por una calle llena del humo de los asados populares y «sucia» de símbolos que son más o menos de uno. 
 ¿Para qué viniste si estaban tan lejos? Había preguntado ella. No sé, boluda, digo a mis adentros con seudoacento bonaerense, para que bautizaras a mi hijo, para que una vieja desconocida me partiera en dos… 

 Mario Ernesto Almeida Bacallao | internet@granma.cu 
 30 de marzo de 2026 19:03:42