Las transas de Maduro con los gobiernos de Trump y de Biden han tenido dimensiones más amplias en el tiempo. Bajo su primer gobierno, Donald Trump bloqueó una inminente “aceleración” de la deuda externa de Venezuela, por parte de los acreedores, cuando el gobierno de Maduro entró en default. El derecho de los prestamistas a pedir el pago de la totalidad de lo debido (no sólo las cuotas impagas) hubiera desatado una onda de embargos internacionales contra todos los activos de Venezuela, empezando por la distribuidora Citgo, de Pdvsa, en territorio norteamericano, algo que se negoció con posterioridad.
El ataque militar del Comando Sur del Pentágono no ha producido el tan mentado “cambio de régimen” en Venezuela, ni parece ser ahora el propósito de Trump; pareciera que el propósito del imperialismo sería sólo ‘retocarlo’. Pero esto mismo tampoco es, estrictamente, una novedad, pues es lo que ha ocurrido, aunque a una escala histórica desconocida, en la ex Unión Soviética y China, donde el “tránsito” al capitalismo fue ejecutado por la burocracia dirigente de sus partidos comunistas –preexistentes-. En este aspecto, o en este sentido, la “transición” en esos países continúa, como lo prueba la intención de la OTAN de completar el tránsito impuesto hace varias décadas por medio de una guerra. En Venezuela se trataría de imponer una recolonización del imperialismo, no por parte de la ultraderecha ‘liberal’, sino por parte de las autoridades ‘antiimperialistas’. Trump pretendería evitar que un “cambio de régimen” abrupto desate una crisis internacional y/o una guerra civil. Fue lo que el imperialismo logró en la transición de la ex URSS y Europa Oriental, y en China y el Sudeste Asiático –más la gran adquisición política que ha representado el restablecimiento de un estado alemán único-. Es claro, para todo el mundo que esa transición ha encontrado sus límites históricos en la gran crisis capitalista mundial.
El guardián de la transición en Venezuela no es otro que el enorme contingente militar que Trump ha impuesto en el Caribe. Es una transición con un revolver en la sien de los encargados institucionales de ejecutarla. Esto significa que Venezuela (y toda América Latina) se ha convertido en un Protectorado ‘de facto’. En palabras de Trump: a partir de ahora “vamos a gobernar Venezuela”. Delcy Rodríguez deberá transferir Pdvsa al control de Estados Unidos para proceder a la reconstrucción de la infraestructura petrolera y a la reestructuración de las relaciones comerciales (Político, Washington, 4/1). “Pdvsa no va a ser desnacionalizada de cierta manera y dividida…; es lo mejor para mantener el flujo de la producción”. Un consultor con base en Houston, Evenan Romero, está encargado de traer de vuelta a los productores petroleros norteamericanos. “Romero es parte de un comité de 400 personas, en su mayor parte exfuncionarios de Pdvsa, que se formó hace un año para diseñar la estrategia para revitalizar a la industria petrolera bajo un nuevo gobierno”. Es el equipo de “asesores” al que se ha referido Trump para gestionar la industria petrolera bajo el gobierno de Delcy Rodríguez. La misión principal es asegurar el retorno de las empresas de servicio tecnológico (Halliburton, Schlumberger) para restablecer las plataformas e infraestructuras de la extracción petrolera. La reconstrucción petrolera será financiada por los ingresos que recaudará Pdvsa por una producción que debería duplicarse en un año y cuadruplicarse alrededor de 2030. El gobierno de Venezuela quedará a cargo del control ciudadano, un gobierno ‘de facto’ hasta la convocatoria a elecciones en un tiempo por ahora indefinido. Este asalto económico afectará fuertemente a Cuba, que depende de la importación venezolana, y en menor medida a China, que trae de Venezuela el 8 % de sus importaciones.
Es indudable que esta metodología artificial de gobierno está preñada desde el vamos de contradicciones explosivas. Supone, por de pronto, una crisis del sistema monetario, pues no podrían coexistir una divisa de exportación y una moneda local. La dolarización monetaria, ya muy avanzada, debería quedar completa. Venezuela chocaría con el sistema monetario que está implantando China en su esfera económica de influencia, como ocurre con la internacionalización creciente del yuan. Sería un golpe para los regímenes monetarios nacionales de América Latina, que enfrentarían presiones dolarizadoras en medio de deudas públicas impagables Las contradicciones sociales y políticas no cesarían de agravarse. Venezuela pasaría a ser una pieza del capital norteamericano en la guerra comercial desatada por Trump. Con la pretensión de evitar “un cambio de régimen”, Trump se mete en un atolladero mayor: la abolición de todo régimen, una suerte de Puerto Rico sin asociación. Un Protectorado ‘de facto’ implicaría asimismo un cambio del régimen político de Estados Unidos, que ha gestionado ocupaciones militares, pero ha rechazado gobernar sistemas coloniales. En el caso de Venezuela, Trump sigue un patrón, pues también reclama convertir a Gaza en un Protectorado bajo su dirección política personal. En este caso, la tentativa ha agravado las masacres contra el pueblo palestino y desatado una crisis regional y guerras sin precedentes – en Siria, Líbano, Palestina, Yemen, Sudán y el estratégico Cuerno de África (Etiopía, Eritrea, Somalía)-.
La crisis de régimen en Estados Unidos (gobierno por decreto, violaciones del orden judicial, militarización de las ciudades), una refracción del agotamiento del régimen político de relaciones internacionales, alimenta las crisis internacionales de regímenes políticos; Venezuela ocurre en un contexto. La internacionalización de la lucha de clases, que la clase obrera no ha podido desarrollar de acuerdo a la gran crisis capitalista, la desarrolla el imperialismo mediante catástrofes económicas, políticas y militares. La rivalidad y la guerra entre los grandes estados nacionales (geopolítica) debe ser reemplazada por una acción histórica independiente contra el capitalismo y sus estados, o sea (una lucha de clases) internacional.
Jorge Altamira
04/01/2026















