sábado, mayo 02, 2026

Israel secuestra a 175 activistas de la flotilla Global Sumud en aguas internacionales frente a Grecia


Las más de 50 embarcaciones que integran la nueva expedición de la flotilla Global Sumud han sufrido el ataque de la Armada israelí, que no se ha adjudicado directamente el operativo, al secuestrar a más de 175 activistas de 22 embarcaciones distintas. Tripulantes de al menos una de las embarcaciones debieron ser rescatados por los buques que hacen de custodia -los de las ONG Open Arms y Greenpeace- debido a la destrucción de su motor. En la zona de la intercepción rige una alerta de tormenta, lo que expuso la integridad de la tripulación. Entre los detenidos figuran varios militantes argentinos de los partidos del FIT-U. 
 Los informes difieren en los motivos del desvío que se encontraba realizando la flotilla. Algunos aseguran que la decisión de desviarse hacia las costas griegas respondía a la alerta de tormentas, mientras que otros medios (como El País) aseguran que se encontraban realizando una actividad de desvío a un buque de la empresa israelí ZIM, un símbolo de la ocupación y las guerras del Estado sionista, que se encontraba trasladando material militar hacia Israel procedente de los Estados Unidos. El método de los bloqueos y los secuestros son la “nueva legalidad” habilitada por Trump, Netanyahu y su tropilla fascista. 
 La alerta de seguridad sobre posibles incursiones militares contra la flotilla había sido difundida entre las embarcaciones unas horas antes de los hechos. Hasta el momento se ha confirmado la detención de 22 de las 58 embarcaciones. Una cantidad de lanchas han logrado ingresar en aguas griegas, cuyo gobierno ha emitido un “alerta” por la presencia de las embarcaciones en sus aguas. 
 La detención en aguas internacionales constituye un crimen que el gobierno de Israel ha reiterado en diversas oportunidades contra las flotillas que pretenden romper el bloqueo ilegal contra la Franja de Gaza. En las transmisiones recibidas por los buques de Open Arms y Greenpeace, que fueron difundidos a la prensa, se escucha como las embarcaciones asaltantes se identifican como pertenecientes a las FDI (Fuerzas de Defensa Israelí), indicando a los tripulantes que dejen sus intenciones de llegar a Gaza y, en cambio, se dirijan al puerto israelí de Ashdod. Más tarde, el Ministerio de Exteriores israelí publicó un mensaje en X: “esta es la ‘ayuda médica’ encontrada en la flotilla de publicidad engañosa: condones y drogas”, acompañando el mensaje con un video y varios sobres plásticos.” (Página 12, 29/04)
 A diferencia de las excursiones organizadas en 2025, en esta ocasión los gobiernos se limitaron a emitir algunas quejas por el accionar israelí. El gobierno de España y de Turquía han convocado a una denuncia contra el gobierno de Israel por cometer piratería en aguas internacionales, sin embargo, no han movilizado a sus embarcaciones para garantizar la seguridad de la flotilla en aguas internacionales ni tampoco han emprendido acciones de mayor alcance para quebrar el bloqueo contra el pueblo palestino, iniciado en 2006, que sufre de una profunda hambruna desde 2023.
 La relatora especial para Palestina, Francesca Albanese, había desaconsejado en la reunión que decidió la nueva expedición por considerar un riesgo para los tripulantes y que el efecto de la flotilla no había logrado sobrepasar “la performance”. En su intervención convocó a operaciones coordinadas dirigidas a cadenas logísticas, puertos y suministros. Algo que fue descartado por los organizadores.
 En varias ciudades del mundo se han convocado movilizaciones y tribunas de denuncia contra este accionar de Israel, que incluso en el presente “cese del fuego” ha asesinado a más de 800 palestinos, según el último informe de la Misión para Palestina de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). A los cuales deben sumarse las masacres cotidianas en Cisjordania y Líbano. Es necesaria una movilización internacional contra la guerra imperialista, que ha penetrado en todos los continentes y países.

 Joaquín Antúnez 
 30/04/2026

Milei, entre Keynes y Palantir


El callejón sin salida de la economía académica, expuesto en el ex CCK. 

 Javier Milei llevó adelante su segunda jornada sobre “pensamiento económico”, acompañado del economista libertario Adrian Ravier y el profesor Juan Carlos De Pablo. Las “jornadas” han intentado darle una pátina de “conocimiento” a un régimen económico que viene sobreviviendo con el pulmotor del FMI y el Tesoro norteamericano. Esta vez, el sayo le cupo a John Maynard Keynes -anteriormente, le había tocado al economista escocés Adam Smith. Keynes ha sido el economista que diseñó una política de rescate a la depresión de los años 30 mediante el gasto y la inversión pública, y, paralelamente, produjo una ruptura con la economía neoclásica prevaleciente.
 Milei, como era de esperarse, estigmatizó a Keynes, al punto de llamarlo un “genio del mal”. Pero no consiguió desarrollar una crítica de las ideas del economista británico. Entre otras cuestiones, el actual presidente reivindicó la existencia de un equilibrio con “pleno empleo”, siempre que el valor de los salarios se fije “libremente”, o sea, que caigan hasta un nivel que atraigan inversiones y un mayor empleo. Para eso, fustigó el “inconveniente” que representa la organización colectiva de los trabajadores. De acuerdo a esta visión, en una economía de mercado “no trabaja el que no quiere” (desempleo voluntario). Los compradores y vendedores de fuerza de trabajo se enfrentarían en el mercado como iguales, sin importar que unos detenten el monopolio de los medios de producción y otros sólo puedan ofrecer su capacidad de trabajar. Milei defendió este punto de vista, que es el de la Argentina de la reforma laboral: aboliendo los convenios colectivos y las huelgas, los trabajadores se emplearían a un salario tan bajo como el que los patrones estén dispuestos a pagar.
 Esta fue la receta que aplicaron los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña inmediatamente después del estallido de la Gran Depresión de 1929. Pero la deflación general agravó la recesión, y por ende, el desempleo masivo. A partir de 1933, las principales potencias comenzaron a improvisar medidas de emergencia para reanimar el ciclo económico por medio del gasto estatal. En su libro de 1935, Keynes, no hizo más que teorizar sobre esos rescates en marcha, que él se había encargado de recomendar a sus gobiernos (Roosevelt en Estados Unidos; Mac Donald en Inglaterra). 
 El colapso de 1930 desmentía todo lo escrito por los economistas de las décadas anteriores, en relación a que la economía capitalista podría crecer de un modo armónico o en “equilibrio general”. Keynes buscó una explicación a la crisis y a sus desequilibrios: señaló que, cuanto mayor es el ingreso de las personas o de las familias, mayor es la proporción que le dedican al ahorro. Cuando esa abundancia de ahorro no pudiera ser colocada a una tasa de interés redituable, comenzaría a ser atesorada, es decir, a retirarse de la circulación económica y a disparar entonces la crisis. Keynes, entonces, atribuía la crisis a “un exceso de ahorro”, o sea a un déficit relativo de inversión. En cambio, los economistas tradicionales culpaban de la crisis a la insuficiencia de ahorro - el capital, en la visión de ellos, crecería a partir de la “austeridad” y de la contención del gasto inmediato. Keynes había sido educado en aquella tradición, pero en los años 30 defendió un camino antagónico: incentivar el consumo, y fomentar la intervención del Estado para “rebanar” el ahorro excedente, convirtiéndolo en gasto público. Cincuenta años antes de Keynes, Marx había señalado que el “exceso de ahorro” (de capital), empujaba a la tasa de ganancia a su declinación, demostrando que el limite del capital “era el capital mismo”. Keynes, el gran economista del capitalismo en declinación, buscó darle al régimen social que defendía una chance final, a través de la intervención del Estado. Los límites de esta terapia intensiva, como veremos enseguida, no tardarían en exponerse. 
 En su conferencia, Milei presentó a la teoría de Keynes como una superchería, sin poder explicar ni preguntarse siquiera acerca de las raíces históricas de sus ideas. Milei llegó incluso a criticar a uno de sus propios mentores y adversario de Keynes, el economista austríaco Frederic Hayek, por no haber sido “consecuente” en sus polémicas con Keynes en los años 30. Mientras que Keynes estimulaba la aplicación de inyecciones monetarias y crediticias a una economía en derrumbe, Hayek había defendido en 1931 exactamente lo opuesto: el emisionismo y el crédito público no eran el remedio de las crisis, sino más bien su causa. Para volver al equilibrio, sostenía Hayek, la depresión económica debía hacer su trabajo – la quiebra de los capitales más débiles. Milei dijo que Hayek se “deprimió” (sic) ante la indiferencia de Keynes por sus ideas, y no quiso continuar la polémica directa con él. Es más plausible pensar que lo que “deprimió” a Hayek fueron los resultados desastrosos de la deflación que él propugnaba. Para volver a terciar en el mundo de los economistas, el “austríaco” tendría que asistir, varias décadas después, al impasse del keynesianismo, en otro contexto económico.

 De Pablo le corta el boleto

 Al llegar su turno, De Pablo puso en vereda a Milei, al colocar en contexto histórico a las ideas de Keynes: “En medio de una desocupación del 30%, y un escenario dramático, Keynes actuó. Hayek y (Lionel) Robbins, en cambio, decían pelotudeces”, espetó, demostrándole a Milei que él también podía apelar a los insultos. De Pablo, otra vez, orilló el contexto histórico del keynesianismo cuando aludió a quienes, en los años 30, comparaban al derrumbe de las potencias capitalistas con la planificación de la "Rusia de Stalin" (sic). El profesor encontró una forma sinuosa de decir que la Gran Depresión y, más de conjunto, la inestabilidad que recorrió a toda la primera postguerra, desató una polarización social y política en las principales potencias. Keynes alertó por primera vez acerca de esta radicalización, en medio de la huelga general británica de 1926, desatada contra la decisión gubernamental de bajar el salario de los obreros mineros. Más adelante, Keynes, que era un pulcro afiliado al partido Liberal, le expresaba al premier británico Mac Donald su preocupación por las crecientes simpatías “con el comunismo” que mostraban sus principales discípulos en los claustros de la Universidad de Cambridge. El estatismo keynesiano, que Milei reputa de “socialista”, se erigió como una barrera preventiva contra la revolución socialista en Occidente. Keynes lo sabía mejor que nadie. Milei, en cambio, habla de lo que no sabe. 
 El New Deal -la batería de medidas sociales e inversión pública dispuesta por Roosevelt desde 1933- siguió la ruta de las recomendaciones keynesianas. Pero no bastó para hacer emerger a Estados Unidos de los escombros que había dejado la gran Depresión. La “salida” plena de la recesión sólo llegó con el ingreso de la potencia del Norte en la Segunda Guerra Mundial. En 1940, Estados Unidos alcanzaba el pleno empleo. No había bastado con disparar un gasto y una inversión desde el propio Estado: hacía falta, también, que la demanda hacia esa producción pública proviniera del propio Estado. Ese círculo cerrado y parasitario se alcanzó con la industria armamentista, de un lado, y la emergencia de la guerra, del otro. El keynesianismo, en su forma más acabada, construyó el “complejo industrial militar”, que se expandió ampliamente en la segunda posguerra y que fue financiado con dosis crecientes de endeudamiento público. Hacia 1971, el gasto militar -directo e indirecto- representaba el 25% de la demanda agregada. Más adelante, entre 2000 y 2017, los gastos de Defensa de Estados Unidos se duplicaron. Sólo cuando la espiral de endeudamiento llegó al paroxismo, el establishment se “acordó” de las recetas de Hayek o de Friedman. Pero cuando ello ocurrió, la purga sobre el gasto estatal no se aplicó a los contratistas militares, sino contra la clase obrera y el gasto social. Los Hayek y Mises, antecesores de Milei, revivieron al compás de sus asistencias técnicas a Margaret Tatcher, verdugo de los mineros británicos, o de Augusto Pinochet. 
 Milei ha recogido esa saga, bajo las condiciones de una crisis capitalista que, en sus alcances, podría superar a la pesadilla de la Depresión de 1930. Los rescates sucesivos de las corporaciones capitalistas con fondos públicos; la declinación de la economía norteamericana, que Trump pretende superar por medio de la violencia de una nueva guerra mundial; la expansión consiguiente del armamentismo, con presupuestos de guerra que le sustraen recursos a la educación y a la salud; la consiguiente desesperación de las masas, ante el avance de la crisis social. Este es el caldo de cultivo sobre el cual se yerguen los Trump o Milei.
 Keynesianismo y antikeynesianismo, en definitiva, son dos tendencias de una misma sociedad en decadencia histórica - el capitalismo. Pero se cruzan hoy en un vértice común - el de la guerra internacional. La oligarquía tecnológica de las “siete magníficas” lidera la provisión de recursos sofisticados para las masacres de civiles y la devastación de regiones enteras, como ha ocurrido en Gaza y ahora en Irán. Pero esta aristocracia digital y “libertaria”... es, en la actualidad, la más importante contratista del Estado norteamericano, a través de los presupuestos de guerra. Los idolos de Milei, en definitiva, viven de la mayor hipertrofia de gasto público presente; los “antikeynesianos” se nutren de la mayor consecuencia de las políticas keynesianas, que es la guerra. 

 Marcelo Ramal
 30/04/2026

Adorni en el Congreso: el lumpenaje libertario se exhibe completo


Enriquecimiento ilícito, coimas, estafas: un régimen de excepción a toda norma. 

Manuel Adorni ´canchereó´ al cabo de las dos horas que insumió su presentación frente al Congreso, pero es cierto que estuvo ´mudo´ durante los 35 días previos a la sesión y transitó semanas de ´coaching´ con dos equipos paralelos en la Casa Rosada, para la exposición y las respuestas en la Cámara de Diputados. En la propia sesión no se privó de pasar reiteradamente a cuarto intermedio para preparar sus respuestas en diferentes tramos. Para apuntalar al jefe de Ministros desembarcó en el Congreso la totalidad del gabinete nacional, encabezado por Javier Milei y su hermana, secretaria general de la Presidencia. Para un hombre avezado en materia de comunicación -tuitero procaz, periodista, vocero del gobierno antes de asumir como ministro en jefe- Adorni depositaba su confianza en las fuerzas sociales y políticas que lo sostendrían. No necesitó recurrir a respuestas audaces, pues siguió un guión y finalmente eludió las preguntas sobre su patrimonio y tren de vida refugiándose en la investigación judicial. Los libertarios celebraron el resultado. 
 La puesta en escena fue preparada con mucha antelación. Los alrededores del Congreso amanecieron vallados y controlados por un despliegue represivo propio de tiempos de guerra. El rol de cada bloque fue perfectamente pautado. Los aliados habituales del oficialismo pusieron el hombro para ayudar al gobierno. No tocaron el tema de la corruptela oficial en ningún momento. En el caso de los ´republicanos´ del PRO, su bloque permaneció literalmente mudo: sus diputados no hicieron uso de la palabra. De los radicales habló uno solo, para reclamar obras para su provincia, sin tocar otro tema. Algo parecido hizo el bloque de Provincias Unidas, con alguna excepción. 
 En cuanto al peronismo y la Coalición Cívica, acordaron evitar, ante todo, un ´desplante´ que pudieran justificar la retirada precipitada de Adorni, como ocurrió en alguna ocasión con su antecesor, Guillermo Francos. Miguel Ángel Picchetto, un aliado de Milei que hoy se propone articular un frente con kirchneristas y macristas, no concurrió a la sesión. Recordó, en cambio, el rol de ´fusible´ del Jefe de Gabinete, como había sido concebido en la reforma constitucional de 1994. Algo de eso tomó el kirchnerismo. “Hoy no tiene la confianza ni del Congreso, ni de la sociedad, ni de su gabinete. Para muchos usted es un lastre, un collar de melones. Y para la sociedad su palabra vale cero”, fue el planteo central de Germán Martínez, jefe de bloque de Unión por la Patria. Anticipó que impulsará una moción de censura que lo desplace del cargo - un mecanismo tortuoso. Falseó la realidad, además, pues todo el gabinete hacía de hinchada en las gradas del recinto. En el caso del FIT U, exhibía carteles contra la masacre de Gaza, el reclamo de las universidades y pedidos de juicio político a Milei. El protagonismo se lo llevó Myriam Bregman. Adormi brindó respuestas elusivas sobre el reguero de temas que le planteó la diputada (corrupción, Malvinas, financiamiento universitario), sin incomodarse. 
 A pesar de la expectativa, fomentada por los medios de comunicación, el oficialismo asistió a la sesión con la certeza de que cuenta con el respaldo ddel capital financiero y, sobre todo, de Trump. Finalmente, el ‘caso Adorni’ se suma a la lista que incluye los escándalos de las coimas de los laboratorios, la cripto estafa $Libra, los créditos de privilegio del Banco Nación, los vínculos con los narcos - una lista que no para de crecer. La lumpen burguesía ha organizado su ‘petit’ régimen político. 
 Milei y su pandilla se ocuparon de exhibir un respaldo granítico al Jefe de Gabinete. La ´foto de familia´ que difundieron momentos previos al inicio de la sesión mostró la unidad de todas sus camarillas -karinistas, caputistas- en este sentido. Su teatral llegada al palacio legislativo tuvo un reconocible aire mussoliniano. La trabajosa preparación de Adorni tuvo, a lo sumo, el propósito de sortear un nuevo traspié, cuando el gobierno está cayendo en la consideración pública. La pseudo oposición se prestó como red de contención. Para el gobierno, son circunstancias. La reforma electoral que ha presentado cuenta con la contemporización de los ‘opositores’.
 En este episodio, el gobierno se ha mostrado como lo que es: una banda fuera de la ley, determinada a construir un régimen de excepción, o sea un gobierno por decreto y vetos, auxiliado por el Poder Judicial. 

 Jacyn 
 30/04/2026