Gobierno “cívico-militar” ante “la vista y paciencia” del Congreso
Javier Milei es un defensor, repetidamente confeso, de la guerra imperialista y del genocidio internacional. Ha anunciado el propósito de alterar la “arquitectura institucional” del país, algo que viene haciendo desde su asunción por medio del gobierno por decreto, el desconocimiento de leyes, la represión de las protestas y la derogación del derecho de huelga. Ha integrado a las Fuerzas Armadas al Gobierno, con el ingreso del comandante en jefe del Ejército, Carlos Presti, y otros militares en actividad al gabinete. Ha formado así una milicia de partido, en detrimento de su condición constitucional. Milei ha establecido un gobierno “cívico-militar” ante “la vista y paciencia” del Congreso. Ha firmado un Escudo de las Américas, impuesto por Donald Trump, que autoriza el ingreso de tropas extranjeras al territorio nacional para la ejecución de tareas de represión interna. La “traición a la Patria” parecería caerle como un sayo. Los “partidos del nunca más” no han llamado todavía a una manifestación de masas ni a una huelga general contra esta violación de la soberanía nacional. El martes próximo debería ser una bandera de la marcha. El gobierno actual es un fruto, digamos que podrido, de la guerra imperialista.
Este balance histórico somero pone en el banquillo de los acusados a la clase dirigente del país y a sus partidos. Milei (qué ironía) les ha sacado la máscara. Esa clase y esos partidos urgieron a las FF. AA. a dar el golpe de 1976. La totalidad de las centrales empresarias se unieron en un lock out, el 5 de febrero de ese año, para exigir el golpe de manera inmediata. El gobierno peronista en funciones había ordenado a la milicia, en 1975, “aniquilar’ la subversión, luego de haber desplegado su propio “grupo de tareas” (la Triple A) para secuestrar, asesinar y desaparecer a militantes populares. Ricardo Balbín, jefe de la UCR, exigió “terminar con la guerrilla fabril”. Las “democracias occidentales” se pusieron al frente de la organización del golpe militar. La ilusión de que el retorno de Perón apaciguaría el antagonismo social ( y para otros construir “una patria socialista”) se disolvió en poco tiempo; Perón fue autorizado a volver para poner fin al ascenso de luchas obreras y a la politización independiente desatadas por el Cordobazo. La política de amnistías de Alfonsín y Menem solo fue derrotada cuando la rebelión de diciembre de 2001 forzó a todas esas clases y partidos a operar un cambio de frente a favor del “juicio y castigo”. Cuando la Corte votó, en 2017, el cese de la imprescriptibilidad de los delitos de lesa humanidad, 500.000 personas salieron a la calle para imponerle una marcha atrás sin precedentes.
Es con estas rebeldías que debemos ahora luchar contra las guerras imperialistas y los Estados policiales. La crisis de la humanidad solo puede terminar con la abolición de la explotación del hombre por el hombre.
Jorge Altamira
23/03/2026

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