domingo, abril 01, 2007

150 años del Manifiesto Comunista.

El Manifiesto Comunista fue publicado por primera vez hacia fines de febrero o inicios de marzo de 1848, en Londres. Como fue establecido por Bert Andreas, es probable que el propio Marx haya llevado los originales de Bruselas, su residencia en el exilio, para Londres, en la última semana de febrero de 1848. La urgencia fue dictada por la estallido (día 22) de la "Revolución de Febrero" en Francia. El Manifiesto había sido encomendado, tres o cuatro meses antes, por la Liga de los Comunistas, al propio Marx.

El Manifiesto y 1848

Cuando El Manifiesto fue encomendado en noviembre de 1847, todos creían que Europa estaba a las puertas de una revolución. A pesar del sentimiento general de urgencia, Marx, aparentemente despreocupado, se demoró en entregar el documento. Hacia fines de enero, la dirección de la Liga de los Comunistas, residente en Londres, envió a Marx una carta impaciente: "Informamos que el Comité Regional de Bruselas deberá comunicar inmediatamente al ciudadano Marx que si el Manifiesto del Partido Comunista, cuya redacción él mismo consintió en realizar, no llegara a Londres hasta el martes 1º de febrero, las mayores medidas serán tomadas contra él. En caso que el ciudadano Marx no escriba el Manifiesto, el Comité Central exige la inmediata devolución de los documentos que le fueran cedidos por el Congreso (de la Liga)".
La carta estaba firmada por Bauer, Schapper y Moll, tres obreros alemanes exiliados en Londres, que por entonces eran dirigentes de la Liga. El Manifiesto coincidió con el inicio de la esperada revolución. Ella estalló en Suiza, se expandió rápidamente a Italia y París, luego hacia Renania, Prusia y, enseguida, hacia Austria y Hungría.
En realidad, el levantamiento revolucionario europeo de 1848 era largamente esperado. Como afirma Eric J. Hobsbawm: "La catástrofe de 1846/1848 fue universal, y la disposición de ánimo de las masas, siempre dependiente del nivel de vida, tensa y apasionada. Un cataclismo económico europeo coincidió con la visible erosión de los antiguos regímenes. Un levantamiento campesino en Galitzia en 1846; la elección de un Papa ‘liberal’ en el mismo año; una guerra civil entre radicales y católicos en Suiza hacia fines de 1847, ganada por los radicales; una de las constantes insurrecciones autonomistas sicilianas en Palermo a inicios de 1848... Todo eso no era polvo y viento, sino los primeros rugidos de la tempestad. Todos sabían eso. Difícilmente una revolución haya sido más universalmente pronosticada, aun sin determinar en qué país y fecha daría inicio. Todo un continente aguardaba, presto para transmitir las primeras noticias de la revolución, de ciudad en ciudad, a través de los hilos del telégrafo" (1).

La Liga de los Justos y el Comunismo

El término "comunista" merece una explicación. En la época, el "socialismo" era considerado una doctrina burguesa, identificada con los distintos esquemas reformistas experimentales y utópicos de los ideólogos pequeño-burgueses. Los comunistas eran aquellos que estaban claramente a favor del derrocamiento revolucionario del orden existente y del establecimiento de una sociedad igualitaria. El comunismo de aquella época se originaba de una rama de extrema izquierda del jacobinismo francés, representado por Graco Babeuf (I) y Felipe Buonarroti (II).
La Liga de los Justos estaba compuesta por trabajadores, principalmente artesanos alemanes exiliados, localizados en Londres, Bruselas y París, y en algunas partes de Alemania. No se trataba de obreros modernos trabajando en grandes fábricas mecanizadas. Sin embargo, fueron atraídos por las concepciones de Marx y Engels acerca de la naturaleza de la sociedad capitalista moderna. La Liga de los Justos usaba en su bandera el eslogan "¡Todos los Hombres son Hermanos!". Cuando abrazó las concepciones de Marx y se transformó en Liga de los Comunistas, adoptó el llamado del Manifiesto: "Trabajadores del mundo, ¡uníos!".
La vieja Liga de los Justos ofrecía la particularidad de que, como federación, era secreta, aun cuando sus secciones (de Francia, Alemania, Bélgica y la "Asociación de Obreros Alemanes", grupo formado por Schapper, residente en Londres) eran legales y actuaban a plena luz del día.
En el seno de la "Asociación de Obreros Alemanes", habrían de enfrentarse las dos concepciones, pues uno de sus miembros más influyentes, Wilhelm Weitling (que era entonces el jefe espiritual de la Liga de los Justos, y que no tardó en ser alejado de la Asociación), apenas admitía una forma de propaganda, la de las sociedades clandestinas de conspiradores, en tanto Marx exigía que se pusiese fin a la propaganda secreta y que se transformasen las limitadas agitaciones subterráneas en un vasto y visible movimiento de masas.
De acuerdo con Emilio Frugoni: "A causa del Congreso de Viena (III) surgió todo ese florecimiento de sociedades secretas que minaba el terreno de la vida política y social del continente europeo. En Francia, como ya dijimos, las asociaciones blanquistas eran una forma de ‘carbonarismo’ (IV). La ‘Liga de los Justos’ surgió de la ‘Liga de los Exiliados’. Estos eran intelectuales emigrados de diversas naciones. Algunos artesanos que habían ingresado en esa Ligue des Bannis acabaron separándose de los intelectuales y formando la ‘Liga de los Justos’. Compuesta casi exclusivamente por obreros, ella luego se transformó en socialista, tendencia que se desarrolló por completo con el golpe de fuerza ensayado por los blanquistas en 1839, en el cual tomaron parte algunos miembros de la Liga" (2).

Marx y la Liga

En realidad, la Liga se hizo "comunista": de acuerdo con David Riazanov, se trataba del "socialismo revolucionario, el comunismo, que la burguesía bautizó con el nombre de blanquismo, derivado de Auguste Blanqui" (3), quien encabezó el frustrado levantamiento de mayo de 1839. Marx en París (donde residió desde fines de 1843 hasta el 5 de febrero de 1845, cuando fue expulsado por sus colaboraciones con el Vorwärts y partió para Bruselas) se mantuvo al margen de las sociedades secretas. No adhirió a la "Liga de los Justos", a pesar de frecuentar sus reuniones en la calle Vincennes, según un informe de la policía prusiana, y a pesar de la estima que tenía por los artesanos comunistas, en cuanto hombres y luchadores. "Entre ellos, escribió en 1844, la fraternidad no es una palabra vacía, sino una realidad, y toda la nobleza de la humanidad irradia de esos hombres endurecidos por el trabajo", en quienes Marx admiraba "el gusto por el estudio, la sed de conocimientos, la energía moral, la necesidad de desenvolvimiento". Invitado por la Liga de los Justos a adherirse a ella, Marx se afilió recién a inicios de 1847. Fueron establecidos nuevos estatutos, cuyo primer artículo decía: "El fin de la Liga es el derrocamiento de la burguesía, el reino del proletariado, la supresión de la antigua sociedad burguesa fundada en el antagonismo de clases y el establecimiento de una nueva sociedad sin clases y sin propiedad privada".
La Liga fue reorganizada para tornarse democrática, luego que Marx y Engels exigieran que se suprimieran de ella todo aquello que favoreciese la "superstición autoritaria". Se puso fin a todo tipo de conspiración, que requería métodos dictatoriales de dirección, y la actividad de la Liga se concentró en la propaganda pública, por lo menos cuando eso era posible. El Congreso aprobó la publicación de una revista, cuyo único número apareció en setiembre de 1847, con el título de Revista Comunista. En ese número aparece sustituido el antiguo lema de la Liga: "Todos los Hombres son Hermanos", por aquel indicado por Engels a sugerencia de Marx, y que sería el grito de guerra con el que habría de cerrarse el Manifiesto: "Proletarios de todos los países, uníos". Así se llegaba al fin del proceso evolutivo que había conducido a la Liga desde el comunismo idealista de los artesanos alemanes, o el comunismo "filosófico y sentimental" de Weitling; desde "la mezcla de socialismo o comunismo franco-inglés y de filosofía alemana que constituía la doctrina secreta de la Liga", según las palabras del propio Marx, a "una observación científica de la estructura económica de la sociedad burguesa, único fundamento teórico sólido" para sustituir la aspiración de realizar "un sistema utópico cualquiera, por una participación consciente en el proceso histórico de la revolución social que se verificaba bajo nuestras narices".

Conspiración y Comunismo

Ya desde mucho antes de su adhesión a la Liga, Marx y Engels eran conocidos como comunistas, como lo revela este informe de la policía alemana, del 14 de febrero de 1846: "Tres jefes comunistas alemanes, entre quienes se encuentra Karl Marx, están preparando la edición de 8 volúmenes sobre el comunismo, su doctrina, sus conexiones, su situación en Francia y en Inglaterra. Los otros dos colaboradores son Engels y (Moses) Hess, conocidos comunistas, el primero de los cuales llegó aquí desde Suiza. La obra será publicada en la imprenta de Der Deutsche Steuermann de París" (4).
El pasaje de las "sociedades secretas" a las sociedades obreras comunistas fue un complejo proceso histórico. Según Bert Andreas: "La Liga de los Justos debía algunos trazos de su organización secreta (como el concepto de comunismo) a las sociedades secretas neobabeuvistas, con las cuales las comunas de la Liga en París tenían estrechas relaciones. Los miembros de la Liga estaban obligados a difundir los principios, hacer nuevos reclutamientos, fundar asociaciones oficiales de obreros y artesanos... Fue solamente en los grandes centros de la Liga, en París y Londres, y más tarde en Ginebra, donde las comunas tuvieron una existencia y una actividad continuas, apoyándose siempre en asociaciones obreras paralelas".
El cambio tuvo su epicentro en Inglaterra, donde el desarrollo industrial era más avanzado y la actividad de la clase obrera más abierta. La Convención General de las Clases Obreras de Gran Bretaña, primer parlamento obrero, convocada a principios de 1839 por los cartistas, había discutido públicamente durante meses la organización de la huelga general como medio de conquista del poder. El horizonte político de los Justos de Londres fue ampliado considerablemente. El mismo Andreas sostiene que "existía ahí una clase obrera nacida de la fábrica, que hacía valer sus reivindicaciones a través del poderoso movimiento cartista; había libertad de reunión y de asociación; había en aquel lugar numerosos obreros y artesanos de todos los países europeos, exiliados políticos franceses, alemanes, italianos y polacos de todas las opiniones. (La Liga tenía) a pesar de ser el elemento germánico fuertemente preponderante, un carácter internacional".
Simultáneamente, un segundo proceso, esencial, tenía lugar: "Al tiempo que la antigua desconfianza en relación a los ‘intelectuales’ comenzaba a desaparecer entre los obreros y sus representantes, y ‘el proletariado va a buscar sus armas intelectuales en la filosofía’, los filósofos descubrían en los obreros, en esos ‘bárbaros’ de nuestra sociedad civilizada, el ‘elemento práctico de la emancipación del hombre’. Después de la rebelión de los tejedores de Silesia en junio de 1844, Marx declaraba, en Vorwärts, que Alemania no podía ‘encontrar el elemento activo de su liberación sino en el proletariado’ " (5).

La influencia del Cartismo

Tomando en consideración esta historia, se vuelve comprensible el fragmento del Manifiesto consagrado a la "actitud de los comunistas frente a otros partidos obreros": "Ella estaba dictada por el estado del movimiento obrero en aquella época, particularmente en Inglaterra. Los cartistas que habían ingresado en la Liga, lo hicieron con la condición de que pudiesen mantener la ligazón con el partido. Su intento era organizar una especie de núcleo comunista en el cartismo, para allí expandir el programa y los objetivos de los comunistas" (6).
La influencia del movimiento cartista fue, por lo tanto, decisiva para el surgimiento del "comunismo obrero". El cartismo, a su vez, testimonia el impetuoso surgimiento de la clase obrera en el escenario social europeo. Ya hacía tiempo que esta enorme fuerza social, en pleno proceso de formación, no se limitaba al plano defensivo o a la actividad puramente sindical, sino que también se proyectaba a la acción política. En enero de 1792, ocho hombres fundaron el London Corresponding Society, que se organizó en grupos de treinta miembros, basada en una contribución financiera accesible a los obreros. Hacia fines de ese año, la sociedad contaba ya con tres mil miembros. Sus objetivos: sufragio universal, igualdad de representación, parlamento honesto, fin de los abusos contra los ciudadanos humildes, fin de las pensiones otorgadas por el parlamento a los miembros de las clases dirigentes, menor jornada de trabajo, disminución de los impuestos y entrega de las tierras comunales a los campesinos. En esa misma época, el libro de Tom Paine, Los Derechos del Hombre, defendía a la Revolución Francesa y a la Independencia americana, atacando a la monarquía inglesa a favor del republicanismo. Publicado en inglés, céltico y gaélico, vendió 200 mil ejemplares en Gran Bretaña, y se transformó en el "manual universal del movimiento obrero".
En 1795, los dirigentes de la sociedad fueron apresados y ésta comenzó a decaer. Pero ella fue, sin duda, el antecedente de la primera gran organización política obrera, el cartismo inglés, así llamado por basarse en la Carta del Pueblo, proclamada en 1838. La reforma electoral de 1832, arrancada por la burguesía industrial a la monarquía, elevó el cuerpo electoral de 400 mil a 800 mil miembros: satisfacía los intereses de la burguesía, de ahí en más dueña del poder político, pero no al proletariado, pues sobrevivía el voto calificado (ligado a la propiedad). En 1836, los obreros condenados en revueltas anteriores fueron indultados, y comenzaron a regresar a Inglaterra.
En ese contexto, la Carta es proclamada y organizada en 1838: voto universal y secreto, abolición de la calificación (abolición del voto por nivel de renta), remuneración para los miembros del Parlamento (permitiendo el ingreso en él de trabajadores), nivelación de los distritos electorales, parlamentos anuales (control más efectivo y revocabilidad de los representantes). En base a este programa democrático, el cartismo organizó manifestaciones de masas y hasta una huelga general, en 1842, que abarcó a más de 50 mil obreros y que inauguró la práctica de los "piquetes móviles", después mundialmente difundida. En 1847, la última ola de actividad cartista conquistó la jornada de 10 horas: la primera victoria histórica de la clase obrera fue producto de un movimiento claramente político.
Alrededor de 1848, el movimiento cartista ya estaba despedazado y derrotado. No obstante, su importancia histórica puede ser medida por el hecho de haber lanzado y haber dado una base de masas a dos reivindicaciones centrales del proletariado, que tendrían importancia decisiva en la estructuración contemporánea de la sociedad inglesa, y de las sociedades capitalistas en general: a) la reducción de la jornada de trabajo; b) el sufragio universal y secreto.

Reformismo y Utopismo

El cartismo anticipó los debates posteriores del movimiento obrero, al escindirse en dos alas: 1) el ala partidaria de la fuerza moral, confiada en una alianza con sectores de la burguesía y en la presión moral de la justeza de sus reivindicaciones, que los llevaría a la victoria; esta ala basaba su acción en el Sur de Inglaterra, donde predominaban los viejos trabajadores artesanales; 2) el ala partidaria de la fuerza física, responsable por la organización de las huelgas y convencida de que sólo la acción directa de los obreros la llevaría al triunfo; su base de reclutamiento era el Norte industrial, especialmente los obreros de Manchester, núcleo de la revolución industrial y del proletariado fabril moderno. La Carta anticipó debates posteriores sobre reformismo y revolución.
Según Wolfgang Abendroth, en este período "los trabajadores se consideraban parte de las camadas populares de la nación, y permanecían prisioneros de esa ideología. Su privación de derechos sólo podía ser eliminada exigiendo para todos los ciudadanos el mismo derecho en determinar la actividad del poder político, de modo que no se abusase del Estado en provecho de unos pocos. Reclamaban para sí mismos los derechos de libertad correspondientes al derecho natural. Pero no eran capaces de colocar exigencias diferentes al pensamiento de los demócratas burgueses radicales" (7). En la práctica, en realidad, estuvieron bien lejos de eso.
El desarrollo social y político de la clase obrera creó las bases sociales para la superación del "socialismo" hasta entonces existente, tanto en Francia (Saint-Simon, Fourier) como en Inglaterra (Owen). El término "utopistas", aplicado a estos tres visionarios, fue así explicado por Engels: "Si los utopistas fueron utopistas, es porque, en una época en la que la producción capitalista estaba aún tan poco desarrollada, ellos no podían ser otra cosa. Si fueron obligados a extraer de sus propias cabezas los elementos de una nueva sociedad, es porque, de una manera general, estos elementos no eran todavía bien visibles en la vieja sociedad; si se limitaron a apelar a la razón para lanzar los fundamentos de su nuevo edificio, es porque no podían, aún, recurrir a la historia contemporánea".
En la propia Francia, el socialismo no basado en la lucha de clases tuvo su continuación en el trabajador artesanal zapatero Pierre-Joseph Proudhon, quien en La Organización del Crédito afirmaba: "Lo que precisamos, lo que reivindico en nombre de los trabajadores, es la reciprocidad, la igualdad en el cambio, la organización del crédito". El crédito gratuito era la solución del problema social: con él, los trabajadores "comprarían" su libertad del capitalista. "La propiedad es un robo", había afirmado Proudhon contra el capitalismo, proponiendo un sistema mutualista, basado en la gratuidad del crédito. Pero fracasaron sus tentativas de organizar un Banco de los Trabajadores (por la lógica concurrencia de los bancos capitalistas). Como dice George Lichteim, "no se trataba de un sistema socialista, por carecer de un planeamiento central, y menos aún era comunista. ¿Qué era? Tal vez, apenas la peculiar visión que Proudhon dio del socialismo". A pesar de criticarlo, Marx vio en Proudhon, un zapatero, la demostración de la capacidad de pensamiento independiente de la clase obrera.
Otro francés, Louis Blanc (V), por su parte, proponía que el Estado remediase el problema social. En La Organización del Trabajo, criticaba la economía individual, sosteniendo que la economía colectiva (la fábrica) acabaría por imponerse. "El Estado Popular debe regular la producción". Para eso, crearía Oficinas Nacionales mixtas (privadas y estatales), a fin de que todos pudiesen tener trabajo. "La concurrencia llevará a la transformación social pacífica", afirmaba, rechazando explícitamente todo acto de violencia revolucionaria. Y completaba: "La revolución social puede ser alcanzada, tal vez con mayor facilidad, a través de la colaboración entre los obreros y la burguesía". Para esto, un instrumento: el sufragio universal (Estado Popular). Fue con referencia a estos dos últimos que Marx (en Miseria de la Filosofía, de 1847) afirmó que "el ideal correctivo que gustarían de aplicar al mundo no es sino el reflejo del mundo actual. Es totalmente imposible reconstruir la sociedad sobre la base de una sombra embellecida de la misma. En la medida en que la sombra se transforma en cuerpo, se percibe que el cuerpo, lejos de ser el sueño imaginado, es apenas el cuerpo de la sociedad actual".
De acuerdo con Jean-Christian Petitfils, "ni la reforma electoral, ni el desenvolvimiento del movimiento cartista interesaron a Robert Owen, para quien el sufragio universal era una simple ‘manía popular’. En Francia, las oposiciones dinásticas y las aspiraciones republicanas de la oposición, dejaron a Saint-Simon y Fourier indiferentes. Ambos salieron de las pruebas de la Revolución de 1789 bastante decepcionados, por no decir más, sin grandes simpatías por los jacobinos o por los babeuvistas".

El "Partido Comunista Verdaderamente Actuante"

Paralelamente a los grandes constructores de sistemas sociales, se desenvolvió otra tendencia, directamente ligada a los movimientos populares. Fue la tendencia radical de las revoluciones democráticas, caracterizada por sus propuestas igualitarias, que fueron paulatinamente designadas con el término "comunismo".
Engels rastreó los orígenes de esa tendencia en los primeros grandes levantamientos contra la aristocracia, "en la época de la Reforma y de las guerras campesinas en Alemania, la tendencia de los anabaptistas (VI) y de Thomas Münzer; en la gran revolución inglesa, los levellers; y, en la gran Revolución Francesa, Babeuf. Y esos levantamientos revolucionarios de una clase incipiente son acompañados, a su vez, por las correspondientes manifestaciones teóricas: en los siglos XVI y XVII, surgen las descripciones utópicas de un régimen ideal de sociedad; en el siglo XVIII, teorías ya declaradamente comunistas, como las de Morelly y Mably. La reivindicación de la igualdad no se limitaba a los derechos políticos, sino también a las condiciones sociales de vida de cada individuo. Ya no se tenía en la mira abolir apenas los privilegios de clase, sino acabar con las propias diferencias de clase".
Karl Marx vio en esta tendencia "el partido comunista verdaderamente actuante". En sus Principios de Comunismo, anteriores al Manifiesto, Engels respondió así la pregunta "¿qué es el comunismo?": "Es un sistema según el cual la tierra debe ser un bien común a los hombres. Cada uno debe trabajar y producir de acuerdo con sus capacidades, y gozar y consumir de acuerdo con sus fuerzas". Lo diferenció claramente del "socialismo", "que debe su nombre a la palabra latina socialis. Se ocupa de la organización de la sociedad y de las relaciones entre los hombres. Pero no establece ningún sistema nuevo: su ocupación principal es componer el viejo edificio, esconder sus fisuras, obra del tiempo. Como máximo, como los fourieristas, pretenden construir un sistema nuevo encima de los viejos y podridos cimientos del llamado capitalismo".
En el momento más radical de la revolución inglesa del siglo XVII, una mayoría parlamentaria llegó a apoyar a los levellers ("igualitarios" o "niveladores"), quienes procuraban llevar las ideas democráticas a su conclusión lógica, atacando todos los privilegios y proclamando la tierra como una herencia natural de los hombres. Los levellers se concentraban en la reforma política: el socialismo implícito de su doctrina aún se expresaba en lenguaje religioso. Sus continuadores radicales fueron los diggers ("cavadores"), mucho más precisos en relación a la sociedad que deseaban establecer y que, totalmente descreídos de una acción política de tipo normal, sólo confiaban en la acción directa. Pero la revolución inglesa fue victoriosa como revolución burguesa, conciliándose finalmente con la monarquía y eliminando a sus alas radicales.
El período más radical de la Revolución Francesa también concluyó con la derrota de su dirección (los jacobinos, dueños del poder entre 1792 y 1794), pero éstos también tuvieron sus continuadores radicales en la llamada "Conspiración de los Iguales", encabezada en 1796 por Graco Babeuf. Como el propio nombre lo indica, esta fracción proponía un programa de propiedad comunal para profundizar la revolución, una especie de socialismo agrario (la industria aún estaba escasamente desarrollada). Y fue menos una conspiración que una continuación de las insurrecciones contra la reacción antijacobina —o Thermidor— instalada en el poder, las revueltas de Germinal y Prairial (VII). Según Daniel Guérin, Babeuf y sus amigos entraron en contacto con los sobrevivientes de esas insurrecciones, aprobando sus proyectos de poder popular y criticando la debilidad de esas tentativas, su desorganización. Los Iguales constituirían una organización centralizada, cuyo programa criticaba "la ley bárbara dictada por el capital", "que hace mover una multitud de brazos, sin que aquellos que los mueven recojan de ahí los frutos". Según Guérin, en su clásico Bourgeois et Bras-Nus, el perfeccionamiento del maquinismo y el progreso técnico estaban en la base del colectivismo de los Iguales, cuya propuesta política "llegó a lindar con la democracia directa, de tipo comunal y de consejos" (dirigentes electos directamente por la base y permanentemente revocables).

La Tradición Comunista

Los Iguales fueron derrotados, sus dirigentes presos o —como el propio Babeuf— guillotinados. En el proceso fueron acusados de jacobinos y terroristas. Pero crearon una tradición, que sobrevivió en poesías y cantos, y en un programa donde se leía: "Un pueblo sin propiedad y sin los vicios y los crímenes a que ella da origen, no tendría necesidad del gran número de leyes bajo las cuales penan las sociedades civilizadas de Europa".
No se trató de maquinaciones de grupos al margen de la corriente histórica. La lucha contra el monopolio de la propiedad había sido proclamada por la propia Constitución jacobina de 1793 (VIII) (aunque nunca llevada a la práctica). Aquélla elevó la igualdad al nivel de los derechos naturales imprescriptibles y dejó de calificar a la propiedad de "derecho inviolable y sagrado". Por otro lado, fuera de Francia, "delante de los intelectuales revolucionarios, fueron sobre todo los representantes de la naciente clase obrera los que lucharan por los objetivos de la Revolución Francesa: la solidaridad internacional por la democracia y los derechos del hombre. La lucha contra la coalición de las potencias europeas contra la Revolución Francesa tuvo su base social en Inglaterra, en los oficiales artesanos y en los obreros" (8).
La tradición y el programa igualitarista (crecientemente denominado comunista) de la Revolución Francesa fueron transmitidos directamente al movimiento obrero por un sobreviviente de los Iguales, Felipe Buonarroti, descendiente del escultor italiano Miguel Angel Buonarroti, quien escribió un libro: Historia de la Conspiración de los Iguales. En Democracia y Socialismo, Arthur Rosenberg informa que "después de 1830, el libro de Buonarroti era muy conocido entre los obreros. Pertenecía a la literatura popular junto a los discursos de Robespierre y los artículos de Marat" (líderes jacobino-radicales de la Revolución Francesa).
Así, como notó Eric J. Hobsbawm, en la década de 1840 "la historia europea asumió una nueva dimensión: el problema social, o mejor, la revolución social en potencia encontraba expresión típica en el fenómeno del proletariado. Sobre la base de una clase obrera que crecía y se movilizaba, era ahora posible una nueva y más significativa fusión de la experiencia y de las teorías jacobino-revolucionarias-comunistas, con las socialistas-asociacionistas". En Francia, el diario democrático Le National atacaba, en 1847, a los "comunistas". Otro diario democrático, La Réforme, le respondía: "Las propuestas económicas de los comunistas están más próximas de nosotros que las de Le National, porque les reconocemos el derecho a la discusión y porque las doctrinas que vienen de los propios obreros son siempre dignas de atención". El "comunismo", por lo tanto, era identificado con el proletariado, como surgido dentro de esa clase, y como su expresión teórico-doctrinaria.
En un paralelo notable, pocos años antes, Marx, como editor de la Rheinische Zeitung ("Gazeta Renana"), polemizó con un diario alemán (el Augsburger) que también atacaba al comunismo: "El respondió en síntesis: ustedes no tienen derecho a atacar al comunismo. No conozco el comunismo, pero si él asume la defensa de los oprimidos no puede ser condenado sin más. Antes de condenarlo, es preciso tener un conocimiento exacto y completo de esa corriente. Cuando se fue de la Rheinische Zeitung, Marx no era aún un comunista, pero ya era un hombre interesado en el comunismo como tendencia y como filosofía especial" (9). Las etapas del pasaje de Marx del democratismo radical al comunismo, hacia mediados de la década de 1840, se encuentran registradas en los Anales Franco Alemanes, editados por Marx en común con su amigo Arnold Ruge.

Democracia y Comunismo

En Inglaterra, hacia finales de la década de 1840, el movimiento cartista se dividió: sus miembros intelectuales y de la clase media se agruparon en la Asociación Nacional para la Reforma Parlamentaria y Financiera; sus miembros obreros, a su vez, apoyaron la Asociación Nacional de la Carta (dirigida por Ernest Jones y George Harney) y la Liga Nacional de la Reforma (dirigida por Bronterre O’Brien), ambas de programa socialista. Harney y Jones mantenían estrecho contacto con los obreros y artesanos alemanes exiliados, sobre quienes tenían gran influencia Marx y Engels.
En el festival obrero conmemorativo de la República Francesa de 1792, celebrado en Londres en 1845, el manifiesto declaraba que "los demócratas de todos los países desean que la igualdad a la cual aspiró la Revolución Francesa renazca en Francia y se extienda a toda Europa". En su informe respecto de dicho festival, Engels escribía que "actualmente la democracia es el comunismo. La democracia se transformó en principio proletario, principio de masas" (destacado nuestro). Dos años después, en 1847, como ya fue dicho, la Liga de los Justos, que había organizado el festival junto a los cartistas ingleses y otros exiliados, encargó a Marx y Engels la redacción de su programa, que se transformaría en el Manifiesto Comunista, lo que llevó a cambiar el nombre de la Liga.
La asimilación entre "democracia" y "comunismo" era propia de la época, y sería superada por la defensa de la dictadura del proletariado —concepto erróneamente atribuido a Blanqui— que Marx va a realizar después de las revoluciones de 1848, como balance de las derrotas de esas revoluciones (el folleto de Marx Las Luchas de Clases en Francia 1848-1850 registra ese pasaje teórico-programático). Pero aún en julio de 1846, Marx y Engels dirigirán, desde Bruselas, en nombre de un grupo de emigrados alemanes, una declaración de apoyo y de adhesión al líder cartista inglés, O’Connor (IX), publicada en la hoja cartista The Northern Star, y firmada "por los comunistas democráticos alemanes de Bruselas, el Comité: Engels, Ph. Gigot, Marx" (destacado nuestro).
David Riazanov fuerza el texto y la historia al afirmar que, cuando El Manifiesto asimila la "constitución del proletariado como clase dominante" a "la conquista de la democracia", Marx "se refiere a una democracia proletaria, opuesta a la democracia burguesa" (10). Esto no es verdad: a mediados de la década de 1840, la "democracia" era el movimiento general de lucha contra el statu-quo monárquico-aristocrático prevaleciente. Más allá de eso, Marx y Engels no fueron, antes de ser comunistas, demócratas vulgares. Ellos "proporcionaban por primera vez al movimiento democrático una comprensión real y completa de su tiempo. Las ideas atrasadas e infantiles sobre el desarrollo económico-social del mundo, a las que estaban apegados los líderes democráticos de todos los países antes de 1848", les eran ajenas. Marx y Engels fueron, por lo tanto, "los primeros demócratas que se liberaron completamente de esas ilusiones y del gusto por las experiencias abstractas. Comprendieron su tiempo porque se apropiaron de todo lo que los pensadores de la burguesía tenían que decir de su propia clase. Los economistas ingleses y los filósofos alemanes habían comprendido perfectamente la esencia de la sociedad burguesa moderna. Marx y Engels, al colocar las doctrinas de Ricardo y de Hegel al servicio de la revolución democrática, descubrieron los fundamentos teóricos de los cuales carecían Louis Blanc, O’Connor y Mazzini" (11) (X). Pero haciendo esto, Marx y Engels se vieron obligados a superar ese fundamento teórico, esto es, la filosofía clásica alemana y la economía política inglesa, elaborando una síntesis teórico-práctica que dio un nuevo fundamento científico al ya existente comunismo.

Historicidad de la democracia

El carácter ilusorio de la democracia burguesa ya había sido denunciado por Juan Jacobo Rousseau en el siglo XVIII: "El pueblo inglés piensa ser libre, sin embargo se engaña totalmente. Es libre solamente durante la elección de los miembros del Parlamento: después que éstos son electos es esclavo, no es nada. La soberanía no puede ser representada: consiste esencialmente en la voluntad general y la voluntad no se representa. Es ella misma o es otra cosa: no hay término medio".
El Manifiesto colocó positivamente la superación de la naturaleza no democrática del Estado constitucional: "La primera fase de la revolución obrera es el advenimiento del proletariado como clase dominante, la conquista de la democracia". Democracia y dominio político de la burguesía son incompatibles, no existe "Estado democrático bajo hegemonía burguesa" —e hipotéticamente, bajo hegemonía proletaria—, ni dictadura burguesa bajo formas democráticas. La "conquista de la democracia" exige, por lo tanto, una revolución, cuyo primer paso es, como en toda revolución, la destrucción de la máquina represiva que es la esencia del antiguo régimen de explotación, sin lo cual la democracia no pasa de una fachada de dictadura de la clase explotadora.
Democracia y comunismo no son idénticos: el proletariado en el poder sólo comienza a efectuar el pasaje hacia la sociedad comunista a través de la supresión de la propiedad privada burguesa y de la progresiva socialización de los medios de producción. "La democracia tiene como consecuencia inevitable el dominio político del proletariado, y ese dominio es la primera premisa de todas las medidas comunistas", escribió Engels en octubre de 1847.
Con la sociedad comunista (de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades) se crean las bases para la superación de la alienación política (representación por medio de la burocracia estatal), de la separación entre la sociedad política y civil. Pero, en las palabras del Manifiesto, con la supresión del fundamento de esa separación —la propiedad privada burguesa— desaparece el Estado Político y, por lo tanto, la democracia, la forma más desenvuelta de ese Estado: "Una vez desaparecidos los antagonismos de clase en el curso de los acontecimientos, y estando concentrada toda la producción en manos de los individuos asociados, el poder público perderá su carácter político... En lugar de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y antagonismos de clase, surge una asociación donde el libre desarrollo de cada uno es la condición del libre desenvolvimiento de todos" (destacado nuestro).
En El Manifiesto, Marx y Engels combatieron anticipadamente la ilusión de los revolucionarios de 1848, para quienes en la base de las diferencias y antagonismos de clase se encontraba la desigualdad política. Consecuentes con eso, cuando el gobierno revolucionario decretó el sufragio universal, ¡también declaró abolidas las clases de la sociedad! (Tal declaración se encuentra ipsis litteris en la proclama del gobierno provisorio francés surgido de la "revolución de febrero" de 1848).
La idea de la universalidad atemporal de una forma política (la democracia) presentada como propia de Marx, no tiene nada que ver con éste. Ciertamente, Marx y Engels no despreciaban la lucha por el sufragio universal, aun bajo dominio burgués, de la misma manera que no despreciaban la lucha por aumentos salariales o por la reducción de la jornada de trabajo. El primer partido obrero independiente, el movimiento cartista inglés, había surgido justamente de la lucha por la extensión del derecho al sufragio.
Lo que Marx y Engels hacían era poner de relieve el carácter revolucionario de esa lucha, la cual, por modestas que fuesen sus reivindicaciones iniciales, conducía necesariamente a un enfrentamiento decisivo entre la burguesía y el proletariado. Por eso Marx calificó la obtención de la jornada de 10 horas en Inglaterra, en 1847, como "la primera victoria de la economía política del proletariado". En Francia, en 1848, la lucha por la república acabó colocando frente a frente a la burguesía y a la clase obrera. Las simples reivindicaciones del derecho al trabajo originaron la "Comisión de Luxemburgo" —que no pasó de algunos intentos de cooperativización—, pero su existencia bastó para que Marx afirmase que "a esta creación de los obreros de París le cabe el mérito de haber revelado desde lo alto de una tribuna europea el secreto de la revolución del siglo XIX: la emancipación del proletariado" (12).

Comunismo y Revolución

Hasta las revoluciones de 1848, los comunistas, ya una tendencia independiente, se consideraban junto a la "democracia", del mismo lado de la barricada (en el mismo movimiento) contra la reacción feudal y monárquica. "Los comunistas trabajan por la unión y el entendimiento de los partidos democráticos en todos los países", dice El Manifiesto. La democracia revolucionaria (la Montaña en Francia, los Fraternal Democrats en Inglaterra) aún planteaba revolucionariamente sus reivindicaciones, en el sentido de la lucha de las masas contra la aristocracia y de un gobierno independiente de las masas populares, sin diluirlas en una democracia formal, que sólo aspira a la extensión del derecho al sufragio.
El desarrollo revolucionario del proletariado, no obstante, llevó a la burguesía a aliarse a la reacción, al precio incluso de sus menguadas aspiraciones democráticas. El liberalismo burgués trajo la revolución, y la democracia radical (la Montaña) fue una caricatura del jacobinismo de 1792-1794. A mitad de camino entre el proletariado y la burguesía —su vieja base social, las masas pobres de sans-culottes, se había escindido, de cuyo seno ya surgirá un proletariado socialmente diferenciado—, tuvo un papel lamentable en la revolución. Con la derrota de ésta, "estaba liquidada la democracia revolucionaria, tal como la modelara la Revolución Francesa. Ledrú-Rollin (XI), declamando inconscientemente entre las clases, y Raveaux (XII), llevaron al sepulcro lo que había sido fundado por Robespierre (XIII) y Saint Just (XIV)" (13). En su lugar surgió la "democracia pura" (pequeño-burguesa), de la cual Marx dice, en 1850, en la Circular a la Liga de los Comunistas, que "este partido democrático es más peligroso para los obreros de lo que fue el partido liberal", pues, tal como lo constató Engels en 1884 ("[Ella] puede tener importancia, en el momento de la revolución, como la más extrema tendencia de la burguesía, forma bajo la cual se presentó en [la Asamblea de] Frankfurt [en 1848-1849] y que pueda convertirse en la última tabla de salvación de toda la economía burguesa e incluso la feudal. En ese momento, toda la masa reaccionaria se coloca por detrás de ella y la fortalece. Todo lo que es reaccionario se comporta entonces como democrático. Nuestro único enemigo, en el día de la crisis y al día siguiente, es esa reacción total, que se agrupa en torno de la democracia pura"), sólo podría ser un recurso extremo de la burguesía contra la revolución proletaria.
La derrota del proletariado y la crisis de la democracia revolucionaria tenían también un contenido positivo: "La derrota de los insurrectos de junio preparaba y allanaba el terreno sobre el cual la república burguesa podía ser fundada y edificada, pero demostraba al mismo tiempo que, en Europa, las cuestiones en foco no eran sólo la República o la Monarquía. Revelaba que la república burguesa significaba el despotismo ilimitado de una clase sobre las otras" (14). Así se va esclareciendo el camino político para el advenimiento del proletariado como clase dominante: "El proletariado se va agrupando cada vez más en torno del socialismo revolucionario, del comunismo (que es) la declaración de permanencia de la revolución, de la dictadura del proletariado como punto necesario de transición para la supresión de las diferencias de clase en general, para la supresión de todas las relaciones de producción en que reposan tales diferencias, de todas las relaciones sociales que corresponden a estas relaciones de producción, para la subversión de todas las ideas que resultan de esas relaciones sociales" (15).
En la lucha por las libertades democráticas (de organización sindical y política), el proletariado defiende su derecho a organizarse contra el capital, su derecho a la vida. Situándose a la cabeza de esa lucha, los comunistas no lo hacen en nombre de un ideal democrático ‘universal’, por encima de las clases, que sería común al proletariado y a la burguesía. En la lucha por la defensa y ampliación de la democracia política contra la reacción burguesa, la clase obrera actúa con sus propios métodos (acción directa, huelga general), preparando las condiciones para el derrocamiento de la burguesía. En esas condiciones, "el sufragio universal es el índice que permite medir la madurez de la clase obrera. En el Estado actual, no puede, ni podrá jamás, ir más allá de eso, pero es suficiente. El día en que el termómetro del sufragio universal registre para los trabajadores el punto de ebullición, ellos sabrán —al igual que los capitalistas— lo que les resta hacer" (16).
En su escrito de octubre de 1937, Noventa Años del Manifiesto Comunista (XV), León Trotsky rescató la interpretación revolucionaria del Manifiesto, contra su deformación democratizante: "El proletariado no puede conquistar el poder dentro del sistema legal establecido por la burguesía. ‘Los comunistas declaran abiertamente que sus fines sólo pueden ser alcanzados a través del derrocamiento violento de todo el régimen social existente’. El reformismo procuró explicar este postulado del Manifiesto en base a la inmadurez del movimiento obrero de esa época, y en el desarrollo inadecuado de la democracia. El destino de las ‘democracias’ italiana, alemana (XVI), y de un gran número de otras, prueba que la ‘inmadurez’ es el rasgo que distingue las ideas de los propios reformistas".

Los Orígenes del Manifiesto

El gran antecedente del Manifiesto Comunista son los Principios del Comunismo, redactados por Engels por encomendación de la Liga de los Justos, bajo la forma de preguntas y respuestas (catecismo), en las cuales el comunismo es definido como "el aprendizaje de las condiciones de liberación del proletariado" (17). Así como el Manifiesto, los Principios contienen un "programa de acción" (en verdad, un verdadero programa transicional) de doce puntos, y define claramente que la revolución proletaria no "será hecha en un solo país", ya que "la gran industria, al crear el mercado mundial, aproximó ya tan estrechamente unos pueblos de otros de la Tierra, que cada pueblo depende estrechamente de lo que acontece con los otros... la revolución social no será una revolución puramente nacional. Se producirá al mismo tiempo en todos los países civilizados". Engels fue el primer anti-stalinista...
Fue el propio Engels quien sugirió la sustitución de los Principios por el Manifiesto, que podría contener los elementos históricos que el "catecismo" no contenía. De acuerdo con Franz Mehring, la forma de los Principios "había, en todo caso, contribuido para volverlo accesible a todos y no lo contrario. Había sido más apropiado a las necesidades de agitación del momento que el Manifiesto que lo sustituyó; en cuanto al desarrollo de las ideas, los dos documentos coinciden internamente. No obstante, Engels, mostrando hasta qué punto él era escrupuloso, sacrificaría de movida las veinticinco preguntas y respuestas por una exposición histórica: el manifiesto con el cual el comunismo se anunciaría como un fenómeno histórico universal, debería —como decía el historiador griego [Tucídides]— ser una obra duradera y no un panfleto para ser olvidado tan rápidamente ni bien leído". El Manifiesto posterior, "no contiene una sola idea que Marx y Engels no hubiesen ya expuesto anteriormente. El no revelaba nada; apenas concentraba la nueva concepción del mundo de sus autores en un espejo cuyo vidrio no podría ser más transparente ni el cuadro más circunscripto. A juzgar por el estilo, la forma definitiva del Manifiesto se debe principalmente a Marx, en tanto que Engels, como lo demuestra su proyecto, conocía con la misma certeza las ideas que fueron expuestas, mereciendo plenamente el título de co-autor" (18).
El propio Engels reconoció, posteriormente, la paternidad de Marx sobre las "ideas fundamentales" del Manifiesto. Engels, mientras tanto, había tenido un papel mucho más activo que Marx en la "Liga", lo que da origen a una supuesta división del trabajo entre un Engels "práctico" y un Marx "teórico", olvidando el importante trabajo de organización hecho por Marx en los tres años precedentes. Riazanov protestó contra esa leyenda: "Los historiadores no tomaron en consideración todo ese trabajo de organización de Marx cuando hicieron de él un pensador de biblioteca. No percibieron el papel de Marx en cuanto organizador, perdiendo así uno de los ángulos más interesantes de su fisonomía. Sin conocer el papel que Marx (y yo digo Marx, y no Engels) ejerció entre 1846/47 como dirigente e inspirador de todo ese trabajo de organización, sería imposible comprender el gran papel que ejerció inmediatamente como organizador, entre 1868/69, y en la época de la Iº Internacional" (19). La exageración de Riazanov —en cuanto al papel de Engels, no al de Marx— es un exceso polémico contra la social-democracia que, en el período de la obra de Riazanov, hacía mención al "reformismo" —inexistente— de Engels, contra el revolucionarismo bolchevique.

El Manifiesto y la Dialéctica

El punto de partida histórico-universal total y, simultáneamente, clasista, ya contenido en los Principios y desenvuelto en el Manifiesto, les permitió a Marx y Engels superar la filosofía de la cual ambos eran tributarios (el hegelismo) en la cuestión-clave del Estado, que Hegel (XVII) aún veía bajo una forma abstracta y, al mismo tiempo, localista (alemana): "Una multitud de seres humanos solamente puede ser llamada Estado si estuviera unida para la defensa común de la totalidad (Gesamtheit) de (aquello que es) su propiedad... Para que un multitud constituya un Estado precisa organizar una defensa y una autoridad política común" (20).
Para Marx y Engels, el Estado nace de los antagonismos de clase y, en la era burguesa, él es, de acuerdo con el Manifiesto, el "comité administrativo de los intereses comunes de la burguesía". Esta afirmación nada tiene de circunstancial, como se pretendió posteriormente, y resulta el planteamiento metodológico más profundo del Manifiesto, o sea, del marxismo.
Lo más notable, sin embargo, es que el Manifiesto no es sólo una novedad en relación a la concepción "lineal" de los pensadores histórico-sociales del siglo XVIII, sino también en relación a la misma concepción defendida por los pensadores del siglo XX, los mismos que consideran a Marx como "un pensador del siglo XIX", cuyas concepciones sólo se vincularían a la realidad histórica de su época.
Compárese así el preciso y vivo análisis del Manifiesto sobre la ruptura cualitativa impuesta por la era del capital en la historia universal, sus raíces diferenciadas de los modos de producción precedentes, abriendo el período de la historia mundial propiamente dicha, con las concepciones de un Immanuel Wallerstein acerca del "capitalismo histórico", para quien el capital siempre existió, siendo el capitalismo el "sistema" en el cual "el capital vino a ser aplicado (invertido) de forma muy específica". El "capitalismo histórico" significaría "la mercantilización generalizada de los procesos... que anteriormente habían recorrido vías que no eran las de un mercado" (21). Un retroceso de un siglo y medio en relación a la superación de la producción mercantil por la producción capitalista, y a la concepción dialéctica de la historia (que incluye las rupturas históricas) ya expuestas en el Manifiesto.
El Manifiesto reconoce sus antecedentes, aparte del ya citado de Engels (los Principios), en toda la obra teórica precedente de Marx. Maximilien Rubel ya dijo que fue en París donde Marx escribió "para los Anales Franco-Alemanes, un primer manifiesto revolucionario, que fuera calificado como ‘el germen del Manifiesto Comunista’: Zur Kritik der Hegelschen Rechtsphilosophie-Einleitung. En ese ensayo él se refiere por primera vez al ‘proletariado’ como ‘clase’, y habla de ‘formación’ (Bildung) de la clase obrera. Esos dos conceptos ya habían sido asociados concretamente en un documento publicado en París cuatro meses antes de su llegada: en L’Union Ouvrière de Flora Tristán" (22).
En 1843, la gran organizadora obrera francesa, Flora Tristan, hacía un llamado: "Vengo a proponer la unión general de los obreros y obreras, de todo el reino, sin distinción de oficios. Esta unión tendría por objetivo construir la clase obrera y construir establecimientos (Palacios de la Unión Obrera) distribuidos por toda Francia. Serían así educados los niños de los dos sexos, desde los 6 a los 18 años, y serían también recibidos los obreros enfermos, los heridos y los viejos. Hay en Francia 5 millones de obreros y dos millones de obreras". En su Crítica a la Filosofía del Derecho de Hegel, Marx cuestionaba en el filósofo alemán que reclamase "no sólo el ‘espíritu del Estado’, sino también el ‘espíritu de autoridad’, el espíritu burocrático", llegando a criticar "la inconsecuencia sorda y el ‘espíritu de autoridad’ de Hegel (que) llegan a ser verdaderamente repugnantes" (destacado de Marx) (23).

El "Fantasma que recorre Europa"

En el mismo momento en que Marx llegaba a esas conclusiones, el comunismo se transformaba en una fuerza política en Alemania y en Europa (el "fantasma" del que habla el Manifiesto en su fase inicial).
De acuerdo con David McLellan, "el socialismo y el comunismo (los términos eran usados aleatoriamente en Alemania en aquella época) habían existido como doctrina en Alemania desde por lo menos el inicio de la década de 1830, pero fue en 1842 que ellos atrajeron la atención general por primera vez. Eso se debió en parte gracias a Moses Hess, quien convirtió tanto a Engels como a Bakunin al comunismo y publicó anónimamente propaganda comunista en la Rheinische Zeitung, y en parte gracias al libro de Lorenz von Stein, Sozialismus und Kommunismus des heutigen Frankreichs (‘Socialismo y Comunismo en la Francia contemporánea’). Este consistía en una investigación de la difusión del socialismo francés entre los obreros alemanes inmigrantes en París" (24). En carta de Engels a Marx, del 22 de febrero - 7 de marzo de 1845, aquél relata la situación en Elberfeld: "Nuestra propaganda realiza un progreso extraordinario. Las personas sólo hablan de comunismo y todo el día reclutamos nuevos partidarios. En el valle del Wupper el comunismo ya es una realidad —mejor dicho, es virtualmente una fuerza. No puedes imaginar lo favorable que es la situación. Las personas más ignorantes, más prejuiciosas y más filisteas, que hace poco no se interesaban por nada, están prácticamente vanagloriándose de su comunismo. No sé cuánto tiempo durará esto. La policía enfrenta verdaderas dificultades y no sabe lo qué hacer".
Lo que Marx y Engels aportaban al comunismo ya existente era una capacidad de formular sus objetivos basada en una síntesis de conocimientos que ninguno de sus teóricos previos (principalmente franceses e ingleses) poseía, por diversos motivos: "Antes de 1848, la única praxis sobre la cual Marx podía reflexionar era la de los jacobinos y sus sucesores entre las sectas radicadas en París; por otro lado, su economía (y la de Engels) era ya la de los socialistas ricardianos y owenistas de Gran Bretaña. Pero el arsenal de instrumentos conceptuales con que contribuyó para el conocimiento de los hechos comprendía un elemento que ni el racionalismo francés ni el empirismo británico podían proveer; la filosofía de la historia de Hegel y la visión de que la totalidad del mundo forma un conjunto ordenado que el intelecto puede comprender y dominar" (25).
En 1860, en Herr Vogt, Marx expuso el camino teórico que lo llevaría a la redacción del Manifiesto como programa para la Liga de los Justos (o de los Comunistas), recorrido en la década de 1840: "Publicamos al mismo tiempo una serie de folletos impresos o litografiados. Sometimos a una crítica impiadosa la mixtura de socialismo o comunismo anglofrancés y de filosofía alemana, que constituía en la época la doctrina secreta de la Liga; establecimos que sólo el estudio científico de la estructura económica de la sociedad burguesa podía proporcionar una sólida base teórica, y expusimos, por último, en forma popular, que no se trataba de poner en vigencia un sistema utópico, sino de intervenir, con conocimiento de causa, en el proceso de transformación histórica que se efectuaba en la sociedad". En La Sagrada Familia, de 1845, Marx ya tenía claro que se trataba de dotar de un programa a un movimiento ya existente y consciente de sus objetivos: "No hay necesidad de explicar aquí que una gran parte del proletariado inglés y francés ya está consciente de su tarea histórica y trabaja constantemente para desarrollar esa conciencia con total claridad".
El objetivo político del Manifiesto, por lo tanto, es dotar de un programa a un partido cuyos contornos están todavía poco definidos: "El ‘partido comunista’ del que habla el Manifiesto es un partido internacional cuyos embriones son la Liga de los Comunistas y los Fraternal Democrats, esto es, de un lado, una organización compuesta sobre todo por alemanes, pero dispersa por toda Europa y, del otro, una organización concentrada en Londres pero compuesta de representantes exiliados de grupos obreros y comunistas de varios países del continente" (26).

El Manifiesto y la Revolución

El Manifiesto, en 1848, fue por lo tanto el remate de una obra teórica, política y organizativa, cuyos diversos aspectos son inseparables o, como dice Fernando Claudín, "análisis de la coyuntura pre-revolucionaria, formación de la Liga de los Comunistas, elaboración teórica, están estrechamente entrelazadas en la actividad de Marx y Engels durante el año de 1847 y enero-febrero de 1848, teniendo su resultado político-organizacional en el segundo congreso de la Liga y su gran síntesis teórico-política en el Manifiesto" (27).
El centro del Manifiesto, sin embargo, es la elaboración de un programa para la revolución venidera, en el cual Jean Jaurès fue el primero en ver "una teoría de la revolución proletaria que coincide con aquella que más tarde será llamada de la revolución permanente" (28). El socialista argentino Juan B. Justo criticó la "dialéctica" de Marx, culpable, según él, por haber previsto, en el Manifiesto, revoluciones proletarias en el horizonte de 1848 (29). Para Karl Korsch, el pronóstico de Marx sobre 1848 quedó impreso en la visión de los revolucionarios del pasado, al contraponer el programa de la revolución social a la revolución democrática concreta que se desarrollaba: "La sociedad burguesa nacida de la revolución, en su sobria realidad, acabó por contradecir en gran medida tanto las elevadas ideas que de sus resultados se habían formado sus participantes y espectadores entusiastas, como el heroísmo, el sacrificio, los horrores, la guerra civil y las matanzas populares que había necesitado para ver el mundo" (30).
No obstante, aunque la explosión política de 1848 fuese previsible, como dijimos antes, su alcance social estaba lejos de ser evidente antes de su acontecimiento: "La crisis económica que precedió a 1848 —y sin la cual los movimientos insurreccionales no podían haber alcanzado en aquel año una amplitud muy superior a la de las conspiraciones tramadas a lo largo de las décadas precedentes, por sociedades secretas o grupos de conspiradores, e inclusive a la de las ‘agitaciones’ populares comunes— tuvo probablemente un carácter excesivamente clásico, ‘normal’, para provocar una peculiar inquietud en todos aquellos que físicamente no fueran víctimas de ella" (31).
Cabe a Marx, justamente, el mérito de haber sido el único en prever la amplitud social de los acontecimientos inminentes, y de formular un programa de acuerdo con esa perspectiva, que no era vista por la burguesía "liberal" revolucionaria, sus ideólogos y jefes políticos: "Los jefes del movimiento liberal son profesores universitarios. Ellos son hostiles tanto a los plutócratas de Francia como a la aristocracia privilegiada. Ellos no se ocupan del pueblo. Creen que los problemas de éste no se refieren al problema político, que es lo único que les interesa. ¿No le gustaría finalmente a Dahlmann ver cerrado el acceso a la escuela para los hijos de los pobres, para mantener el volumen de la mano de obra? Lo mínimo que podemos decir es que la burguesía comprendía mal el problema social" (32). El programa de Marx superaba, en virtud de eso, la perspectiva de una revolución puramente burguesa en los países en que la burguesía aún no había ascendido al poder político: "Contrastando con esas justificaciones economicistas de una inevitable etapa revolucionaria burguesa, Marx y Engels también argumentaban a partir de una perspectiva socio-política que anunciaba una concepción explícitamente permanentista de la revolución. En esta problemática transicional, la revolución burguesa aparece como precondición en la medida en que, aboliendo la monarquía y el poder de la nobleza feudal, el terreno político queda libre para la contraposición directa entre burguesía y proletariado" (33).

El Pronóstico del Manifiesto

El famoso pronóstico del Manifiesto ("Alemania se encuentra en las vísperas de una revolución burguesa, y realizará esa revolución en las condiciones más avanzadas de la civilización europea y con un proletariado infinitamente más desarrollado que el de Inglaterra en el siglo XVII y el de Francia en el siglo XVIII; la revolución burguesa alemana, por consiguiente, sólo podrá ser el preludio inmediato de una revolución proletaria") se realizó por la negativa: la revolución alemana no triunfó como revolución proletaria pero, por eso mismo, también abortó como revolución democrática ("burguesa"). Según el balance ulterior de Trotsky, en 1848 se llegó a la peor de las situaciones históricas: el término medio. La burguesía ya no quería más hacer la revolución ("Su tarea consistía antes en —y de eso ella se daba cuenta claramente— incluir en el viejo sistema las garantías necesarias, no para su dominación política, sino simplemente para una división del poder con las fuerzas del pasado"); el proletariado aún no podía hacerla, por insuficiencia en el desenvolvimiento social y político: "En 1848 se necesitaba de una clase que fuese capaz de tomar el control sobre los acontecimientos, prescindiendo de la burguesía e inclusive en contradicción con ella, una clase que estuviese dispuesta no sólo a empujar a la burguesía adelante con toda su fuerza, sino inclusive a tirar del camino, en el momento decisivo, su cadáver político. Ni la pequeña burguesía ni el campesinado eran capaces de hacerlo... El proletariado era demasiado débil, se encontraba sin organización, sin experiencia y sin conocimientos. El desarrollo capitalista había avanzado lo suficiente como para volver necesaria la abolición de las viejas condiciones feudales, pero no lo suficiente como para permitir que la clase obrera —el producto de las nuevas condiciones de producción— se destacase como una fuerza política decisiva" (34).
Según el mismo Trotsky, el error del Manifiesto "surgió, por un lado, de una subestimación de las posibilidades futuras latentes en el capitalismo y, por otro, de una sobreestimación de la madurez revolucionaria del proletariado. La revolución de 1848 no se transformó en una revolución socialista como el Manifiesto había calculado, pero permitió a Alemania un vasto crecimiento posterior de tipo capitalista" (35).
De acuerdo con Engels, la desgracia de la revolución alemana fue haber llegado a remolque de la revolución en Francia, habiendo manifestado la burguesía su pavor a ser superada por la "revolución social" no a partir de los acontecimientos alemanes, sino de las "jornadas de junio" en París ("la primera jornada política independiente de la clase obrera"). Pero más allá del error de pronóstico, queda el hecho de que los ejes metodológicos del Manifiesto se revelaron correctos: "1º) la idea de que el desarrollo económico y social (la ‘civilización’), su grado de ‘maduración revolucionaria’, no pueden ser medidos en los límites de un solo Estado sino a escala internacional (europea, en el siglo XIX); 2º) la comprensión del hecho de que una revolución burguesa clásica (de tipo inglés o francés) no se puede repetir en Alemania en función del peso social y político que ganó el proletariado en el país; 3º) la intuición de que la revolución burguesa y la revolución proletaria no son dos etapas históricas distintas, sino dos momentos de un mismo proceso revolucionario ininterrumpido" (36). La reserva final de Löwy ("la afirmación de una prioridad necesaria de la revolución burguesa abre la puerta para un interpretación de tipo ‘etapista’ del texto") no se justifica frente al texto, el desarrollo histórico y, sobre todo, frente al balance arrojado por los propios Marx y Engels.

El Destino del Manifiesto

Las revoluciones de 1848 culminaron en la desmovilización del proletariado: "Fue un año de desmovilización para el movimiento obrero en su conjunto, dominado por el desánimo. En abril, Inglaterra conoció el fracaso de la gran manifestación cartista de Kennington Common, punto culminante de la agitación política y social. En junio, la fusilería de la Guardia Nacional coloca, en Francia, un punto final en la era de los buenos sentimientos, surgida bajo la euforia de la revolución de febrero" (37). En la propia Alemania sucede una cosa semejante, según Engels, no sin dejar establecidas las bases del movimiento obrero futuro: "Con la condena de los comunistas de Colonia, en 1852, se bajan las cortinas sobre el primer período del movimiento independiente de los trabajadores alemanes. Se trata de un período hoy casi olvidado. No obstante, se extendió desde 1836 hasta 1852, y el movimiento se reflejó, con la dispersión de los trabajadores alemanes por el extranjero, en casi todos los países civilizados. Eso no es todo. El actual movimiento internacional de los trabajadores es, en el fondo, una continuación directa de ese movimiento alemán, que fue el primer movimiento obrero internacional, de donde saldrían muchos de aquellos que en la Asociación Internacional de Trabajadores tuvieron un papel de liderazgo" (38).
El Manifiesto Comunista corrió la misma suerte. En el prefacio a la edición alemana de 1890, Engels recuerda que "fue luego colocado en un segundo plano por la reacción que siguió a la derrota de los obreros en París, en junio de 1848", y que "con la desaparición del escenario público del movimiento obrero, que comenzara con la Revolución de Febrero, también el Manifiesto salió de la escena política".
La geo-historia del Manifiesto, en tanto, acompañó el desarrollo político de la clase obrera. A partir de la década de 1870, se multiplicaron las ediciones en alemán, al calor del surgimiento, del desenvolvimiento del Partido Socialdemócrata en ese país. Entre 1880 y 1900, de acuerdo con Eric Hobsbawm (39), hubo un cambio significativo: a las 18 ediciones del Manifiesto en alemán, le correspondieron 31 ediciones en ruso: "Entre la muerte de Marx (1883) y la de Engels (1895), ocurrió una doble transformación. En primer lugar, el interés por las obras de Marx y de Engels se intensificó con la afirmación del movimiento socialista internacional. En el curso de esos doce años, según B. Andreas, aparecerán no menos de 75 ediciones del Manifiesto, en 15 lenguas. Es interesante hacer notar que esas ediciones traducidas en las lenguas del Imperio Zarista eran ya más numerosas que las editadas en el original alemán (17 contra 11)" (40).
Era como si el Manifiesto hubiese ganado vida propia, acompañando el hilo de la revolución, y hasta anticipándola. Nos falta un estudio sobre las ediciones del Manifiesto en América Latina, semejante al trabajo realizado por Edgard Carone para el Brasil.
La casualidad hace coincidir los 150 años de la redacción del Manifiesto con el 80º aniversario de la Revolución de Octubre. Cuando, en la comisión preparatoria brasileña del 150º aniversario, varios militantes propusieron una edición del Manifiesto Comunista de un millón de ejemplares, tal vez los autores de la propuesta no supiesen que el fantasma invocado acostumbra a presentarse cuando es llamado.

Osvaldo Coggiola


I. Graco Babeuf: (1760/1797) Dirigente y fundador de la Sociedad de los Iguales, considerado el primer movimiento "comunista" de la historia. Murió ejecutado.(nota del traductor)
II. Felipe Buonarroti: compañero de Babeuf en la dirección de la Sociedad, deportado después de la "conspiración" de los Iguales (NdelT).
III. Congreso de Viena: Celebrado tras la derrota de Napoleón, entre octubre de 1914 y junio de 1915. Reunió a los principales Estados europeos consagrando la "Santa Alianza" (1815/26), que establecía el predominio del zarismo ruso, de la burocracia austríaca y de la aristocracia inglesa contra la revolución democrática en todo el continente (NdelT).
IV. Carbonarismo: movimiento conspirativo italiano de principios del siglo pasado, basado en sectas secretas. Luchaba por la unificación nacional, contra la dominación austríaca y por un régimen constitucional. Famoso por el "juramento" secreto que adoptaban (NdelT).
V. Louis Blanc: (1811-1882) Dirigente obrero francés, líder moderado de las revueltas de 1848. Afirmaba combatir al capitalismo, pero era decididamente enemigo de la lucha de clases. Integró el gobierno provisional, en febrero de 1848, en "representación" del movimiento obrero (NdelT).
VI. Anabaptistas: Durante el siglo XVI, en Alemania, movimiento de sectas campesinas que se sublevaban contra el feudalismo. Fueron exterminados por los príncipes aliados al luteranismo (NdelT).
VII. Revueltas de Germinal y Prairial: se refiere a las insurrecciones populares que, bajo el calendario de la época, se corresponden a los meses de abril y mayo de 1795 (NdelT).
VIII. Constitución jacobina de 1793: arrancó los principios democráticos más avanzados durante la gran revolución francesa, entre ellos el sufragio universal y el derecho a la insurrección (NdelT).
IX. Feargus O’Connor: dirigente del movimiento cartista inglés. Se destacó en la lucha contra la "ley de Pobres", de 1834, denunciada como "ley maldita" porque condenaba al obrero desocupado a confinarse en "casas de trabajo", virtuales cárceles destinadas a sancionar a "los vagos y los disolutos". Años después, O’Connor va a encabezar el ala más avanzada del cartismo (NdelT).
X. Giusseppe Mazzini: (1805/1872) Líder italiano que defendió la lucha por la unidad italiana, la independencia y la república. Forjó el movimiento de la Joven Italia (NdelT).
XI. Ledrú-Rollin: Representante de la pequeñoburguesía en el gobierno provisional surgido de la revolución de febrero de 1848 (NdelT).
XII. Raveaux:
XIII. Maximilien Robespierre: (1758/1794) Máximo representante de los jacobinos. Guillotinado tras su caída (NdelT).
XIV. Saint Just: (1767/1794) Líder jacobino, compañero y principal apoyo de Robespierre en el gobierno revolucionario. Murió, como éste, en el cadalso (NdelT).
XV. Este artículo de Trotsky se reproduce en la página 66 de esta edición de En Defensa del Marxismo (NdelT)
XVI. Se refiere a su capitulación ante Mussolini y Hitler, respectivamente (NdelT).XVII. Jorge Federico Hegel: (1770/1831) Filósofo alemán que revolucionó las leyes del pensamiento con su "Lógica". Fundó la dialéctica en términos metafísicos —idealistas. Marx va a aprovechar el sistema hegeliano, poniéndole "los pies sobre la tierra", estableciendo la dialéctica materialista (NdelT).

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1. Eric J. Hobsbawm. Las Revoluciones Burguesas, Madrid, Guadarrama, 1971, pág. 544.
2. Emilio Frugoni. Fundamentos del Socialismo, Buenos Aires, Americalee, 1947, vol. I, pág. 127.
3. D.I. Riazanov. Manifiesto del Partido Comunista. Notas de D.I. Riazanov, México, Cultura Popular, 1978, pág. 135.
4. In: Hans M. Enzensberger. Conversaciones con Marx y Engels, Barcelona, Anagrama, 1974, vol. 1, pág. 62.
5. Bert Andreas. La Liga de los Comunistas, México, Cultura Popular, 1977, págs. 15-24.
6. David Riazanov. Marx et Engels, París, Anthropos, 1970, pág. 79.
7. Wolfgang Abendroth. Historia Social del Movimiento Obrero Europeo, Barcelona, Laia, 1978, pág. 45.
8. Idem, pág. 39.
9. David Riazanov. Op.Cit., pág.. 37. La respuesta concreta de Marx fue: "La Gazeta Renana (Rheinische Zeitung), que no puede siquiera conferir una realidad teórica a las ideas comunistas en su actual forma, y mucho menos desear o considerar posible su realización práctica, someterá esas ideas a una crítica severa. Si el Augsburger quisiese y pudiese producir más que frases resbaladizas, percibiría que escritos como los de Leroux, Considérant y, sobre todo, el trabajo penetrante de Proudhon, sólo pueden ser criticados después de estudiados larga y profundamente, y no a través de nociones pasajeras y superficiales... Debido a ese desacuerdo, tenemos que considerar con toda seriedad esos trabajos teóricos. Estamos firmemente convencidos de que el verdadero problema reside no en el esfuerzo práctico, sino en la explicación teórica de las ideas comunistas. Tentativas prácticas peligrosas, lo mismo que realizadas en gran escala, pueden ser derrumbadas de un solo golpe, pero las ideas conquistadas por la inteligencia, incorporadas en nuestra perspectiva, forjadas en nuestra conciencia, son amarras de las cuales no nos liberamos sin partir nuestros corazones; son demonios que superamos recién cuando nos sometemos a ellos" (destacado nuestro).
10. David Riazanov. Manifiesto..., ed. cit., pág. 136.
11. Arthur Rosenberg. Democracia e Socialismo, San Pablo, Global, 1986, págs. 89-91.
12. Karl Marx. As Lutas de Classes na França, Textos, San Pablo, Sociais, 1977, vol. 3, pág. 120.
13. Arthur Rosenberg. Op. Cit., pág. 108.
14. Karl Marx. O 18 Brumário de Luis Bonaparte, Textos, ed. cit., vol. 3, pág. 220.
15. Karl Marx. As Lutas de Classes na França, Textos, ed. cit., vol. 3, pág. 121.
16. Friedrich Engels. Origem da Familia, da Propriedade Privada e do Estado, Río de Janeiro, Vitória, 1964, pág. 138.
17. Cf. Friedrich Engels. Principios do Comunismo e Outros Textos, San Pablo, Mandacaru, 1990.
18. Franz Mehring. Vie de Karl Marx, París, Pie, 1984, págs. 662-663.
19. David Riazanov. Marx et Engels, ed. cit., pág. 72.
20. G.W.F. Hegel. La Constitución de Alemania, Madrid, Aguilar, 1972, págs. 22-23.
21. Immanuel Wallerstein. O Capitalismo Histórico, San Pablo, Brasiliense, 1985, págs. 10-14.
22. Maximilien Rubel. Karl Marx. Ensayo de Biografía Intelectual, Buenos Aires, Paidós, 1970, pág. 77.
23. Karl Marx. Crítica de la Filosofía del Estado de Hegel, México, Grijalbo, 1968, págs. 154-155.
24. David McLellan. Marx before Marxism, Londres, Penguin Books, 1972, pág. 125.
25. George Lichteim. El Marxismo. Un estudio histórico y crítico, Barcelona, Anagrama, 1971, pág. 55.
26. Michael Löwy. La Teoría de la Revolución en el Joven Marx, Buenos Aires, Siglo XXI, 1972, pág. 225. Sobre el trabajo político-literario de Marx en el período, ver: Karl Obermann. Aux origines de la "Neue Rheinische Zeitung", Le Mouvement Social nº 77, París, octubre-diciembre 1971.
27. Fernando Claudin, Marx, Engels y la Revolución de 1848, Madrid, Siglo XXI, 1975, pág. 2.
28. Cf. Aimé Patri. Jean Jaurès et le Marxisme, in: Jean Jaurès, Le Manifeste Communiste de Marx et Engels, París, Spartacus, 1948.
29. Cf. Osvaldo Coggiola. Juan B. Justo y la Cuestión Nacional, En Defensa del Marxismo, nº 12, Buenos Aires, mayo 1996.
30. Karl Korsch. Marx y la Revolución de 1848, Sobre la Teoría y la Práctica de los Marxistas, Salamanca, Agora, 1979, págs. 262-263.
31. Guy Palmade. La Epoca de la Burguesía, México, Siglo XXI, 1986, pág. 27.
32. Félix Ponteil. Les Classes Bourgeoises et l’Avènement de la Démocratie, París, Albin Michel, 1968, pág. 157.
33. Michael Löwy. The Politics of Combined and Uneven Development, Londres, Verso Books, 1981, pág. 6.
34. León Trotsky. 1789-1848-1905, Resultados y Perspectivas, Buenos Aires, El Yunque, 1975, págs. 30-32.
35. León Trotsky. Noventa años del Manifiesto Comunista, Escritos, t. IX, vol. 1, Bogotá, Pluma, 1977, pág. 27.
36. Michael Löwy. Revolucão Burguesa e Revolucão Permanente em Marx e Engels, Discurso, nº 9, San Pablo, FFLCH-USP, noviembre 1978.
37. Jean Christian Petitfils. Os Socialismos Utópicos, Río de Janeiro, Zahar, 1978, pág. 128.
38. Friedrich Engels. Introducción, in: Karl Marx, Revelaciones sobre el Proceso de los Comunistas de Colonia, Buenos Aires, Lautaro, 1946, pág. 9.
39. Eric J. Hobsbawm. La difusión del marxismo entre 1890 y 1905. Estudios de Historia Social, nº 8-9, Madrid, enero-junio 1979, pág. 17.
40. Eric J. Hobsbawm. El destino de las ediciones de Marx y Engels, História do Marxismo, Río de Janeiro, Paz e Terra, 1979, vol. I, pág. 425. Cf. también: Dieter Fricke. La cuestión de la organización y propagación del marxismo en el movimiento obrero internacional en la época de transición al imperialismo, Estudios de Historia Social nº 8-9, enero-junio 1979.

La ‘Historia del siglo XX’ de Eric Hobsbawm.

Eric Hobsbawm, el reconocido historiador británico, tiene ciertamente buena prensa.
Respetado por los círculos académicos en cualquier latitud, goza incluso de la simpatía de numerosos políticos ‘progresistas’. En 1995 se publicó su monumental obra ‘Historia del siglo XX ’, de más de 600 páginas, y en la cual Hobsbawm analiza los hechos producidos en un "siglo corto", cuya duración coincide grosso modo con la existencia del Estado surgido de la revolución bolchevique.
Lejos de escribir en la prosa remanida de la Academia, Hobsbawm ha querido darle a su libro no sólo aires de obra de divulgación (abarcando la política, la economía, las ciencias y la cultura) sino hasta de una especie de autobiografía (1).
Cualquier recensión sobre esta obra impondría, entonces, abarcar ambos aspectos.

Nace una estrella (tras los tanques en Budapest)

La intelectualidad ‘progre’ europea celebró su obra en la que historiza el ‘siglo corto’ como "la más abarcadora y la mejor escrita" (2). La intelligentsia local también tuvo la oportunidad de tributarle los más desmedidos elogios.
¿Quién es Eric Hobsbawm? La biografía política-intelectual es conocida: miembro vitalicio del luego auto-disuelto PC británico, al cual ingresó porque "como judíos no podíamos, por definición, dar nuestro apoyo a los partidos basados en la confesionalidad o en un nacionalismo que excluyera a los judíos. Nos volvimos comunistas. No tomábamos partido contra la sociedad burguesa y el capitalismo, puesto que parecían estar con toda evidencia en los estertores de su muerte"(3). Tras la invasión soviética que aplastara la revolución política en Hungría en el ‘56, Hobsbawm será testigo de cómo se hacía trizas el Grupo de Historiadores del cual formaba parte junto a intelectuales de promisorio futuro (Christopher Hill, E.P. Thompson, etc.).
En medio de un clima de renuncias, expulsiones y procesos propios de la Inquisición, Hobsbawm llega a un acuerdo tácito con el Partido Comunista de Gran Bretaña (PCGB): total libertad para la historiografía de los siglos XVIII y XIX, pero una prohibición absoluta para publicar investigaciones sobre el presente siglo. La confianza que el PCGB deposite en Hobsbawm será tanta que para explicar los "sucesos de Hungría" le confiará la tarea de bajar línea a través de una serie de artículos publicados en el Daily Worker. Allí escribirá que "todo socialista debe entender que Hungría podría haberse convertido en la base para la contrarrevolución. Mientras apoyamos firmemente lo ocurrido en Hungría, debemos también decir que la URSS debe retirar sus tropas del país tan rápido como sea posible"(4).
En los años ‘70, Hobsbawm se convertirá en el intelectual del ‘movimiento comunista’ en crisis, alineándose firme detrás de la variante ‘eurocomunista’.
Comentando las andanzas de su ahora ‘protegido’ Pinochet, dirá que "Allende fracasó no simplemente porque su Unidad Popular fue técnicamente incapaz de derrotar a los militares sino porque alienó a numerosos sectores de la población, a los cuales debió haber arrastrado tras de sí" (5) . No se trataba, está claro, de una crítica marxista al frentepopulismo chileno sino que Hobsbawm se sumaba entusiasta al ‘compromiso histórico’ del PCI de Enrico Berlinguer, que significaba "bajar el ritmo del cambio social a niveles aceptables para los aliados potenciales entre los sectores medios (sic)"(6).
El ‘eurocomunismo’ será sinónimo de apoyo a la Comunidad Económica Europea; el ‘abandono’ de la dictadura del proletariado y la permanencia en la OTAN.
En el ‘79 Hobsbawm dirige la revista ‘teórica’ del PC británico, Marxism Today, que cobija a una caterva de intelectuales anti-marxistas y posmodernos (Ernesto Laclau, entre otros), y que se destacará por analizar al thatcherismo en términos de "semi-fascismo" (qué mejor que el cuco fascista para resucitar al frentepopulismo …).
Hobsbawm también actúa en el Labour Party inglés, donde en los años ‘80 apaña a la dirección partidaria en su "caza de brujas" contra la corriente Militant, que practicaba el entrismo desde tiempos inmemoriales (más de 20 años). Para Hobsbawm, la "democracia" era un ‘valor universal’ excepto cuando existía una fuerte tendencia trotskista al interior del Labour Party. El entonces líder laborista Neil Kinnock le agradecerá enormemente los servicios prestados, elogiándolo como "el más sagaz de los marxistas vivientes" (7).

Siglo XX: cambalache

Según Hobsbawm el ‘siglo corto’ podría dividirse en tres grandes etapas:
• Una Era de Catástrofe, desde 1914 hasta fines de la Segunda Guerra Mundial: donde el quiebre del mundo decimonónico produjo dos guerras mundiales, la caída de los imperios coloniales, una crisis económica de profundidad sin precedentes que castigó hasta a la economía más dinámica de la época (Estados Unidos), el refugio de numerosos países en la autarquía económica y la caída de las instituciones de la democracia liberal a manos del fascismo y los regímenes autoritarios.
- Una Era Dorada (1947-1973): época de extraordinario crecimiento económico y grandes transformaciones sociales, que probablemente haya cambiado más profundamente la civilización humana que cualquier otro período de duración similar. Sobre la cuestión de por qué o cómo pudo el capitalismo resurgir con inusitada vitalidad, Hobsbawm nos dice que "no existe aún acuerdo (entre los historiadores), ni puedo decir que yo provea una respuesta persuasiva"(8).
- Un Derrumbamiento (1973-1991): "una era de descomposición, incerteza y crisis" (9), signada por la ‘desaparición’ de la URSS y la destrucción del sistema que había estabilizado ("coexistencia pacífica") las relaciones internacionales por más de 40 años, sembrando la creencia del triunfo del ‘neo-liberalismo’.
Conjuntamente, tres tristes tópicos distinguirían, según Hobsbawm, al siglo XX:
a) la desaparición del mundo eurocéntrico, puesto que "las grandes potencias de 1914, todas europeas, han desaparecido, como la URSS, heredera de la Rusia zarista, o fueron reducidas a un status regional... El mismo esfuerzo por crear una Comunidad Europea supranacional y por inventar un sentimiento de identidad europeísta que le correspondiese, reemplazando las viejas lealtades hacia las naciones y estados tradicionales, demuestran la profundidad de este declive"(10).
b) Un mundo globalizado donde las economías nacionales, definidas por las políticas de los Estados, se verían reducidas a obstáculos para las actividades transnacionales. ‘Globalización’ en la cual "curiosamente el comportamiento privado humano ha tenido menos problemas en ajustarse al mundo de la televisión satelital, el E-mail y las vacaciones en las islas Seychelles" que las instituciones estatales (11).
c) La desintegración de los viejos modelos de relaciones interpersonales, para Hobsbawm un proceso preocupante, que se evidenciaría en el acérrimo individualismo dominante, y que se vería acentuado luego de la destrucción de las sociedades del ‘socialismo real’.
Hobsbawm plantea también que "una de las ironías de este extraño siglo es el hecho de que el resultado más duradero de la Revolución de Octubre, cuyo objetivo era el derrocamiento global del capitalismo, fue el de salvar a su antagonista, tanto en la guerra como en la paz" (12). Esta verdadera ‘Astucia de la Razón’ hegeliana se habría materializado de dos maneras: imponiéndole al capitalismo un incentivo para reformarse después de la Segunda Guerra Mundial ("reforma o revolución"); y mostrándole el ejemplo concreto de la economía planificada (utilizada luego por la "macroeconomía keynesiana")

Las lecciones de Octubre

Eric Hobsbawm tiene la característica de ‘variar’ periódicamente sus apreciaciones respecto de la primera revolución socialista de la historia... En 1990, por ejemplo, la había calificado como el "resultado loco" de una Era de Catástrofe, un evidente ‘error’ que se podría haber evitado si las advertencias mencheviques hubieran sido escuchadas (13).
En su reciente visita a Bs. As., Hobsbawm sostuvo que "tal vez hubiera sido mejor no hacer la revolución de Octubre"(14).
En este libro, Hobsbawm la reivindica parcialmente (es decir, la condena de manera vergonzante). Hobsbawm comienza señalando con exactitud el giro de 180º que significó el regreso de Lenin del exilio, cuando sacó a los bolcheviques del fango del "apoyo crítico" al kerenskismo. Incluso se mantiene fiel a la verdad cuando sostiene que la perspectiva de Octubre era la extensión de la revolución a toda Europa, teniendo como eje a Alemania. Pero será aquí donde el menchevismo innato de Hobsbawm lo lleva a una apreciación de los hechos que es, por lo menos, caprichosa. Así la derrotada revolución alemana no habría sido más que "una ilusión", debido a "la total, pero temporaria, parálisis del viejo ejército, del viejo estado y estructuras de poder, bajo el doble impacto de la total derrota bélica y la revolución en ascenso"(15). Ninguna indicación nos da Hobsbawm acerca de cuánto tiempo debe durar una situación revolucionaria para no pecar de ‘temporaria’, ni tampoco analiza el papel jugado por la socialdemocracia. Esta llamativa abstención política e histórica respecto del rol desempeñado por Ebert, Noske & Cía. es sintomática, porque para Hobsbawm la creación de la Comintern significó "un error grave, la división permanente del movimiento obrero internacional" (16).
El argumento de Hobsbawm es que, puesto que el objetivo de la IIIª Internacional era el de propagar universalmente el "partido leninista de vanguardia", tal perspectiva era únicamente justificable en condiciones de inminencia revolucionaria, situación que durante el período 1918/20 no era cierto, ni en Occidente ni en Oriente. Como puede apreciarse de un solo plumazo, Hobsbawm resucita a la IIª Internacional, desvirtúa el enorme significado histórico de la IC y distorsiona las condiciones de la lucha de clases de la primera posguerra. Además, sostiene Hobsbawm, el ‘error’ bolchevique no habría de ser enmendado ni siquiera con la táctica del Frente Unico, intransigentemente defendida por Lenin y Trotsky durante el III Congreso de la IC. Habría que esperar hasta 1935, con el Frente Popular, para volver a lograr la "unidad del movimiento obrero" (con la ‘yapa’ de la burguesía liberal).
"Cuando se hizo claro que la Rusia soviética iba a ser, por un tiempo que seguramente no iba a ser corto, el único país donde triunfara la revolución, la única política realista para los bolcheviques era transformar (a Rusia) de una economía atrasada, a una economía desarrollada, tan rápido como fuera posible"(17).
El aislamiento de la revolución socialista lleva a Hobsbawm a la aceptación ‘realista’ de la política de "socialismo en un solo país". Curiosamente, señala incluso que "no hay ninguna razón teórica por la cual la economía soviética, tal como surgiera de la revolución y la guerra civil, no hubiera podido evolucionar en una relación más estrecha con el resto de la economía mundial"(18). Para alguien que reniega del control obrero de la producción, y proclama el fracaso del ‘estatalismo planificado’, no suena precisamente como un llamado bujariniano al "socialismo a paso de tortuga" sino la restauración lisa y llana.
En medio de la Gran Depresión de los años ‘30, los innegables logros de la economía planificada habrían entusiasmado, según Hobsbawm, a amplias capas de la burguesía de los países ‘atrasados’, para los cuales "la receta soviética para el desarrollo económico parecía diseñada para ellos" (19). Esto se parece demasiado a las posiciones del posadismo, para quien una burguesía convencida de que no podría realizar su propia revolución democrática, terminaría por realizar el socialismo...
Finalmente, digamos que en algún rinconcito del libro, Hobsbawm se anima a confesar que, bajo Stalin, la revolución mundial pertenecía ya a la retórica del pasado y, aun más, cualquier revolución sería tolerable sólo si no se contraponía a los intereses del Estado soviético (de la burocracia, en realidad), y podía ser llevada al control directo del aparato. Pero en otros párrafos, Hobsbawm sostendrá posiciones diametralmente opuestas...

Fascismo y Frente Popular

Un ganadero llevaba a sus bueyes al matadero. Llega el matarife con su cuchillo.
-¡Cerremos las filas y, con nuestros cuernos, traspasemos a este verdugo!, propuso uno de los bueyes.
—¿Pero en qué es peor el matarife que el ganadero que nos trae aquí a garrotazos?,replicaron los bueyes educados políticamente por el pensionado Manuilski.
—¡Pero es que luego podremos ajustar cuentas con el ganadero!
—¡No! - respondieron los bueyes con principios —. Tú cubres a los enemigos por la izquierda; ¡tú, tú mismo eres un social-matarife!
Y se negaron a cerrar filas...(20)
Cuando Trotsky defendía la táctica del frente único ante el fascismo y empleaba todos los recursos literarios para refutar a los funcionarios stalinistas como Manuilski, fijaba en realidad una perspectiva política revolucionaria para el movimiento obrero, con el fin de combatir la táctica suicida de la Comintern (la llamada teoría del "socialfascismo").
El stalinismo sostenía que el fascismo y la socialdemocracia eran ‘gemelos’, y aún más, el KPD —el PC alemán— llegaría a aliarse con los nazis para "deshacerse" del SPD— la socialdemocracia— (el denominado "plebiscito rojo" de Prusia en 1931). El nazismo se proponía aplastar implacablemente a todas las organizaciones tradicionales del movimiento obrero, comunistas o socialdemócratas, por lo que se necesitaba una política de frente único, de unidad de acción, de armamento del proletariado. Hitler llegará al poder ante la pasividad cobarde de las direcciones del movimiento obrero.
Hobsbawm también tendrá duros conceptos para con la táctica del "Tercer Período", pero reivindica al VIIº Congreso de la IC (julio-agosto de 1935), es decir al Frente Popular, que nace en Francia, cuando en su afán por ganarse a las clases medias para la ‘alianza antifascista’, el PCF y el PS se alían al partido Radical, es decir, al partido de la mismísima burguesía imperialista. En Moscú, se buscaba ahora una alianza militar y política con Francia y el Frente Popular actuaría como un recurso de la burguesía contra la revolución proletaria.
Pero para Hobsbawm "el Frente Popular fue mucho más que una táctica defensiva o, aun más, una estrategia para pasar de un repliegue a una nueva ofensiva. Fue también una estrategia cuidadosamente planeada para avanzar hacia el socialismo" (21).
Ahora bien, Hobsbawm habitualmente tiene el vicio de ‘gambetear’ cualquier tipo de crítica por izquierda del stalinismo, sosteniendo que "historia es lo que ha sucedido, no aquello que hubiera podido suceder", aunque si bien "a veces podemos especular, con algún grado de realismo, generalmente acerca de aquello que no podría haber sucedido, pero no sobre lo que sí podría haber acontecido" (22). Si midiéramos a Hobsbawm con su misma vara... ¿podría decirse entonces que su juicio sobre el Frente Popular es ‘histórico’, cuando está claro que el resultado concreto de esta política no fue "avanzar hacia el socialismo" sino ‘avanzar’ hacia Franco, Pétain-Hitler, De Gaulle, cuatro décadas de gobiernos DC-Vaticano, etcétera?
Hobsbawm finge sorprenderse al constatar que el Frente Popular finalmente no consiguió aumentar el campo del ‘anti-fascismo’, y que en términos electorales sólo se percibía el pasaje masivo de obreros socialdemócratas al campo del ‘comunismo’. El stalinismo se encargará de frustrar este viraje político de las masas, tanto en España como en Francia, mediante su alianza con la burguesía (o con su sombra...).

¿Mortal Kombat?

Como no podía ser de otra forma, el entusiasta apoyo a la política del Frente Popular lo conducirá al más banal de los macaneos cuando se dedique a analizar la Segunda Guerra Mundial...
Para Hobsbawm, la década del ‘30 y la Segunda Guerra Mundial podrían ser entendidas "no a través de la competencia entre Estados, sino como una guerra ideológica internacional" (23). Una guerra abierta "no entre el capitalismo y el comunismo sino entre lo que el siglo XIX hubiera denominado ‘progreso’ y ‘reacción’ " (24).
Entregándose al idealismo más febril, sostiene que "el pensamiento racionalista y humanista compartido por el capitalismo liberal y el comunismo hizo posible su breve pero decisiva alianza contra el fascismo" (25). Alianza que Hobsbawm reivindica porque logró, ni más ni menos, salvar la "democracia".
En principio, si la lucha ‘a muerte’ contra el nazi-fascismo había creado, digamos, un frente único tan fuerte que hasta hundía sus raíces en el Iluminismo, entonces francamente no se entiende cómo Hobsbawm sostiene que "la victoria sobre la Alemania de Hitler fue esencialmente obtenida, y sólo podía haberse ganado, gracias al Ejército Rojo"(26). ¿Quiere decir esto que al menos uno de los abanderados del ‘progreso’ (concretamente, el imperialismo ‘democrático’) escatimaba su esfuerzo, y eventualmente buscaba o toleraría un acuerdo con la mismísima ‘reacción’? Siempre se hace difícil explicar la historia real con macanas...
Lo cierto es que como Hobsbawm capitula ante el nacionalismo (imperialista) británico, exigirá la más estricta ‘unidad nacional’ contra el nazismo: "el Labour Party podría ser criticado, no por la falta de firmeza hacia el agresor fascista sino por rehusarse a apoyar las medidas militares necesarias para hacer esa resistencia efectiva, como por ejemplo el rearme y la conscripción obligatoria. También, y por las mismas razones, podrían (ser criticados) los comunistas" (27). Al negar que la única barrera contra el fascismo es el socialismo, Hobsbawm actúa igual que la socialdemocracia en 1914.
Una nueva guerra se perfilaba desde comienzos de los ‘30, y su carácter era claro: una guerra interimperialista para redefinir las esferas de ‘influencia’. Para el obrero la lucha contra el imperialismo y su guerra significaba que "el enemigo principal está en tu propio país" o "la derrota de tu propio gobierno (imperialista) es el mal menor".
A quienes, invocando la amenaza del fascismo, rechazaban el derrotismo, Trotsky les contestaba: "¿Podría el proletariado de Checoslovaquia haber luchado contra su gobierno y su política capituladora mediante slogans de paz y derrotismo? Una cuestión muy concreta está planteada así de una manera abstracta. No había lugar para ‘derrotismo’ porque no había ninguna guerra... En esas críticas 24 horas de confusión e indignación generalizadas, el proletariado checoslovaco tuvo la enorme posibilidad de hacer caer al gobierno capitulador y tomar el poder. Para esto se necesitaba sólo un partido revolucionario. Naturalmente, después de tomar el poder, el proletariado checo hubiera ofrecido una tenaz resistencia a Hitler, e indudablemente hubiera despertado una poderosa reacción de las masas trabajadoras en Francia y demás países... La clase obrera checa no tenía el menor derecho de confiar el liderazgo de una guerra contra el fascismo a los señores capitalistas, que en un par de días, tan tranquilamente, se pasaron de bando convirtiéndose a sí mismos en fascistas y cuasifascistas. En tiempos de guerra, mutaciones de este tipo por parte de la clase dominante estarán a la orden del día en todas las ‘democracias’. Esta es la razón por la cual el proletariado se autodestruirá si basara su línea política general en las etiquetas formales e inestables de ‘pro-fascismo’ y ‘anti-fascismo’ "(28).
En conclusión, Hobsbawm nos ha contado una bella fábula acerca de buenos y malos, que aunque bien podría hacernos conciliar el sueño, tiene el inconveniente de ser históricamente falsa y políticamente contrarrevolucionaria. No es casualidad que hoy día Hobsbawm niegue legitimidad al pedido de extradición de Pinochet, so pretexto de ‘salvar la democracia’ chilena.
El ‘historiador’ pretenderá hallar en el pasado la justificación de tamaña capitulación. Sostiene Hobsbawm que "después de la última guerra, en casi todos los países surgió la necesidad de la convivencia entre quienes habían luchado en la resistencia y los colaboracionistas fascistas. A veces se hace necesario trazar una raya. No me parece realista una punición general" (29). En realidad, nunca existió ninguna ‘necesidad’ de impunidad. Más aún, hagamos de cuenta que le concedemos al ‘historiador’ el argumento acerca de la imposibilidad de una ‘punición general’... Hobsbawm no se negaría entonces, por ejemplo, a expropiar a los Thyssen, Krupp & Cía. (sostuvieron a Hitler); o a expropiar a los Agnelli & Cia. (impulsaron a Mussolini); o a expropiar a la burguesía francesa (la misma que proclamaba "mejor Hitler que Blum"). Pero no, ni siquiera esto...
Hobsbawm no quiere ni ‘punición general’, ni castigar a los peces gordos. Queda en claro, entonces, que lo que sí existe es ‘necesidad’ por parte de Hobsbawm de encubrir a Togliatti (PCI) y Thorez (PCF) que desarmaron, literalmente, a los trabajadores; de encubrir a Stalin (chauvinismo antialemán; división reaccionaria del proletariado).
Curiosamente, en el cuento de hadas de Hobsbawm los buenos no quieren castigar a los malos... ¿No los convertirá esto en simples cómplices?

Dios salve a la Reina...

En el capítulo "El fin de los Imperios", Hobsbawm aborda el proceso de descolonización. Tras darnos un panorama global, el autor trata la caída del Raj británico en la India. Primero señala la deliberada y sistemática política de explotar la rivalidad hindú-musulmana ("divide y reinarás") aplicada por el Imperio ante la creciente presión del nacionalismo hindú. Pero luego Hobsbawm retrocede y nos dice que los cientos de miles de muertos causados por la partición India/Pakistán "no formaba parte de ningún plan del gobierno imperial" (30).
Lástima para los colonialistas que Hobsbawm naciera tan tarde, porque el ‘historiador’ les proporciona un nuevo argumento a favor: el Raj británico "en su desesperado intento por ganar la guerra (Segunda Guerra Mundial, N. del A.) destruyó su legitimidad moral: haber logrado una Indostán única, en la cual sus múltiples comunidades podían coexistir en relativa calma, bajo una única e imparcial administración y legalidad" (31).
Hobsbawm debería primero demostrar que la ‘relativa calma’ era fruto de la política del gobierno colonial; cosa que no podría hacer jamás (32). Luego, no se entiende cómo si se trataba de un gobierno colonial, puede calificarlo de "imparcial" siendo obvio que velaba (y cómo...) por los intereses imperiales, oprimiendo a las masas nativas. Finalmente, Marx por ejemplo hablaba del doble carácter que tenía la dominación británica en la India al destruir el despotismo oriental y sentar las bases de la sociedad occidental; pero jamás habló de "legitimidad moral" o cosa semejante... Más aún, afirmaba que "todo cuanto se vea obligada a hacer en la India la burguesía inglesa no emancipará a las masas populares ni mejorará substancialmente su condición social". Marx señalaba que la dominación colonial británica sentaba las premisas materiales para el desarrollo de las fuerzas productivas y, a la vez, para su apropiación por el pueblo. De ese papel que jugaba la burguesía Marx terminaba preguntándose "¿cuando ha realizado algún progreso sin arrastrar a pueblos enteros por la sangre y el lodo, la miseria y la degradación?".
Un tema puntual para cualquier historiador británico es Irlanda, pero Hobsbawm no le dispensa más que dos comentarios a la pasada en 600 páginas. Ni siquiera menciona el levantamiento de Pascuas de 1916, ni el Domingo Sangriento de Derry en 1972...
Hobsbawm, que gusta proclamar su deuda con el marxismo, respecto al colonialismo ha abrevado indudablemente en otras fuentes...

Mao-stalinismo en el ‘Tercer Mundo’

A principios de los ‘60, Hobsbawm, al igual que el PCGB, se alineará con Khruschev en la disputa con Pekin. La inflamada retórica maoísta no encajaba ni con el reformismo de la ‘vía británica al socialismo’ ni menos aún con el estilo flemático de Hobsbawm. Evidentemente el ‘fuego’ de aquella disputa atizó la escritura de algunos pasajes de este libro, en el que Hobsbawm justifica retrospectivamente la línea "soviética", en el sentido de que para "los partidos alineados con Moscú el capitalismo no era el enemigo, sino el pre-capitalismo y los intereses locales y el imperialismo (yanqui) que lo apoyaban" (33).
El frente político con la burguesía nacional es el programa que se desprende de semejante caracterización. El maoísmo compartía esta caracterización, cosa que Hobsbawm increíblemente niega. La prueba histórica más dolorosa es, sin lugar a dudas, lo ocurrido en Indonesia en 1965 (34). El PC indonesio, siguiendo los dictados de Pekín, consideraba al Estado post-colonial como "semi-burgués y semi-proletario", y se alineará totalmente detrás del nacionalismo burgués de Sukarno, a quien incluyó en sus estatutos partidarios como fuente de enseñanzas, a la par con el ‘marxismo-leninismo’ (o lo que Mao entendía por tal). La ‘enseñanza’ de la política de colaboración de clases, de acuerdo con la cual se debía "supeditar los intereses de clase a los intereses nacionales" implicaba para el PKI distraer con "campañas contra los roedores" al campesinado que se levantaba contra los terratenientes; implicaba llamar a "elevar la eficiencia y la productividad" de los mismos obreros que ocupaban las empresas nacionalizadas.
El ala derecha del gobernante Partido Nacional veía con pavor el crecimiento de la influencia comunista y, consecuentemente, impondrá a Sukarno la suspensión de las elecciones que debían celebrarse en la isla de Java. Sukarno llamará "democracia guiada" a su régimen político (proscripción de facto del PCI). En el cuadro de agudización de la lucha de clases y atemorizados por la conspiración derechista, allegados al presidente Sukarno y el PKI intentarán, manteniendo desmovilizadas a las masas, un cuartelazo ‘progresista’ contra el Ejército y el ala derecha del Partido Nacional (Suharto).
Lógicamente, las fuerzas armadas burguesas mantendrán su unidad y una feroz oleada anti-comunista azotará Indonesia, calculándose en 500.000 la cantidad de indefensos militantes comunistas asesinados por la contrarrevolución. Aplastado el movimiento obrero y popular, un año después será Suharto (quien gobernó Indonesia hasta la revolución de hace unos meses...) quien desplace sin necesidad de violencia alguna a Sukarno.
Tenemos, por un lado, que Hobsbawm aprueba la política del mao-stalinismo de disolución en el nacionalismo burgués (Nasser, Mossadegh, etc.). Pero por otro lado, constata, desmoralizado, que tanto el ‘socialismo’ (stalinismo, en el lenguaje corriente) como el ‘nacionalismo’ fracasaron miserablemente en sus intentos por dar "soluciones duraderas a los problemas de un mundo en crisis" (35).

¿Cómo se dice "restauración" en ruso?

Apenas comenzado el libro, Hobsbawm nos adelanta una conclusión lúgubre: "el mundo que se hiciera añicos a finales de los ’80 era el mundo modelado por el impacto de la Revolución Rusa"(36).
Durante años, Hobsbawm desechó como mero ‘juego de palabras’ cualquier intento de analizar la naturaleza de los Estados donde se había expropiado al capital. En este libro, sostiene que ya en los años ’70 había sobradas pruebas de que el ‘campo socialista’ se integraba aceleradamente a la economía mundial. "En retrospectiva podemos ver que esto fue el comienzo del fin para el ‘socialismo real’ "(37). Para Hobsbawm, "es una ironía de la historia que las economías del ‘socialismo real’ se convirtieran en las verdaderas víctimas de la crisis mundial de la economía capitalista" (38). En realidad, las leyes de la economía mundial valen para todos sus componentes, por más que esto contradiga a los defensores del "socialismo en un solo país".
Para el marxismo quedó en claro hace tiempo que "o bien la burocracia, convirtiéndose cada vez más en el órgano de la burguesía mundial en el Estado Obrero, derrocará las nuevas formas de propiedad y volverá a hundir el país en el capitalismo; o bien la clase obrera aplastará a la burocracia y abrirá el camino al socialismo" (39).
Para Hobsbawm, "hasta el final, la Rusia soviética permaneció, aún a los ojos de muchos egoístas y corruptos miembros de su ‘nomenklatura’, como algo más que una superpotencia. La emancipación universal, la construcción de una alternativa superior a la sociedad capitalista fue, después de todo, su razón de existencia". El ‘historiador’ se propone demostrar esto preguntándole al lector: "¿De otra manera, por qué un burócrata caradura en Moscú hubiera continuado financiando y armando a las guerrillas del Congreso Nacional Africano, cuyas chances de derrocar el apartheid en Sudáfrica parecían y fueron mínimas durante décadas?" (40).
¿Cómo explicar el desenfrenado pasaje de la burocracia, de ‘abanderada’ del socialismo a ‘abanderada’ del anti-comunismo? Para Hobsbawm, se trata del fracaso de la economía estatal planificada, por eso elogia a los ‘reformadores’ soviéticos que en los años ‘50 y ‘60 se manifestaban por la introducción conjunta de precios de mercado y cálculo de beneficios (y pérdidas...) en las empresas... El "estancamiento" bajo Brezhnev habría despertado de la hibernación a los Gorbachov ("apasionado y sincero comunista reformador"), y algunos de ellos, en su intento por ‘mejorar’ las cosas, se habrían convencido que el ‘sistema’ no se podía cambiar desde dentro... En medio de la perestroika, la inoportuna puja entre ‘reformadores’ y ‘conservadores’ produjo que mientras se desmontaba el viejo ‘sistema’, no se terminaba de reemplazarlo concretamente con nada... y bueno, a río revuelto ganancia de los Yeltsin...
Como puede apreciarse, una mistificación tras otra. Con la total consolidación de su poder, la burocracia se movilizó a preparar las condiciones para restaurar el capitalismo y transformarse en clase social. Hobsbawm cree ver una serie de errores de aplicación en el fracaso del ‘socialismo de mercado’ en la ex-URSS, y por eso aprecia los ‘logros’ de China. La diferencia entre un resultado y otro se debe, no a la ‘idiosincrasia oriental’, como parece tentado Hobsbawm a sostener, sino a la resistencia del proletariado, mayor en la URSS (huelgas mineras del ‘89-‘90), pero aplastada en la Plaza Tienanmen.

El muro de… los lamentos

A fines de los ‘70 Hobsbawm adelanta las tesis acerca de la "desaparición del proletariado", luego propagadas por el intelectual francés André Gorz. Hobsbawm aludía no sólo a un cambio de ‘patrón productivo’ del capitalismo a nivel mundial (‘postfordismo’) sino también a un profundo descenso en la conciencia de clase de los trabajadores. Sostenía que "la clase obrera manual, la base social de los tradicionales partidos obreros socialistas, hoy está contrayéndose y no expandiéndose. Ha sido transformada y hasta, en algún sentido, dividida por las décadas durante las cuales su nivel de vida alcanzara niveles jamás soñados… Ya no puede asumirse que los trabajadores estén en camino de reconocer que su situación de clase les impone alinearse detrás de un partido socialista, aunque haya todavía muchos millones que crean en esto" (41).
Hoy en día Hobsbawm confunde a la enorme masa de desocupados generada por el capitalismo en crisis, con una nueva clase, los ‘excluídos’. En cuanto al proletariado, seguiría reduciéndose: "en países como Inglaterra hay más gente trabajando en las agencias de publicidad que en todo el gremio de mineros" (42). Comentario más que desafortunado, porque la dirección del Labour Party, que Hobsbawm apoyó, boicoteó las combativas huelgas mineras del ‘84-‘85, y también las últimas del ‘92. El "thatcherismo salvaje" cerró las minas con la ayuda de los amiguitos de Hobsbawm…
Con la ‘muerte’ del comunismo y el auge del ‘neo-liberalismo’, Hobsbawm siente que "aquellos que vivimos los años de la Gran Depresión aún encontramos casi imposible de entender cómo la ortodoxia del libre mercado, en aquel entonces tan claramente desacreditada, una vez más volvió a dominar a lo largo de un período de depresión global a fines de los ‘80 y principios de los ‘90... este extraño fenómeno debiera recordarnos una de las características más sobresalientes de la Historia: la increíble falta de memoria, tanto de los teóricos de la economía, como de aquellos que la llevan a la práctica" (43). El ‘progre’ pide tantas veces que tengamos ‘memoria’… ¡que acaba reclamándola a los ministros de la burguesía!
Sin embargo, no todas son malas noticias... "El debate que confrontaba al capitalismo y al socialismo como mutuamente excluyentes, como polos opuestos, será visto por las generaciones futuras como una reliquia de la Guerra Fría ideológica del siglo XX" (44).
El dominio social de la burguesía y el dominio social del proletariado no son mutuamente excluyentes... Pero lo que sí hace girar al mundo es "la querella entre keynesianos y neo-liberales (que) no era ni una mera disputa técnica entre economistas profesionales, ni una búsqueda por encontrar formas de resolver nuevos y apremiantes problemas económicos… Era una guerra entre ideologías incompatibles" (45).
Hobsbawm dice que el historiador no puede más que señalar como una contradicción el hecho de que "los regímenes más comprometidos con la economía del laissez-faire (Reagan y Thatcher, N. del A.) fueron al mismo tiempo profunda y visceralmente proteccionistas y desconfiados del mercado mundial" (46). El lector, en cambio, no puede menos que señalar que el ‘historiador’, al ver cómo su castillo de arena se derrumba, sigue macaneando.
En estos tristes tiempos condenemos los ‘excesos’ del capitalismo y proclamemos la lucha (bah, la ‘búsqueda’) por una sociedad ‘solidaria’: "el gobierno de la señora Thatcher en Gran Bretaña era rechazado por la izquierda, aún durante sus años de éxito económico, porque estaba basado en un egoísmo antisocial" (47). Egoísmo, sí bueno… pero ¿quién no tiene defectos? Dice Hobsbawm que "aún la izquierda británica admitiría eventualmente que algunos de los austeros shocks impuestos a la economía británica por la señora Thatcher eran probablemente necesarios"(48). Sepa el lector que, por ‘izquierda’ británica, Hobsbawm se refiere al Labour Party y al PC, y que obviamente los shocks no castigaban a la ‘economía británica’ (en este contexto, la peor de las abstracciones) sino a la clase obrera.
Ante la enorme crisis mundial, Hobsbawm apoya al primer ministro francés Jospin en su ‘cruzada’ por "una tercera vía que medie entre el estatalismo planificado y el libre comercio". Para quienes puedan pensar que se trata otra vez del mismo viejo plato recalentado, Hobsbawm los llama a la esperanza: "la idea de un estado que vela por la economía no es novedosa. Lo nuevo es la necesidad de un control internacional global. Pero todavía no hay mucha experiencia en la materia" (49). Es bueno saber que, al margen de la LCR y LO, cada día hay más adherentes al ‘impuesto Tobin’, ¿no?...
Hobsbawm se ha hundido en el desconsuelo y ya no se atreve a hacer pronósticos llamando a las cosas por su nombre... "Si la humanidad habrá de tener un futuro, no podrá obtenerlo simplemente prolongando el pasado o el presente... la alternativa a una sociedad distinta es la oscuridad" (50). En realidad, la apuesta sigue siendo la misma: socialismo o barbarie. Lo demás, es verso.
El sociólogo Michael Mann saludó efusivamente el libro, diciendo que "Hobsbawm escribe como un desilusionado historiador marxista" (51). Pero la verdad es que Hobsbawm escribe como un stalinista en descomposición. Nada menos, nada más.

Humille, Profe, humille…

En su libro, Hobsbawm se dedica repetidas veces a ‘revisar’ al marxismo: a veces enmendándole la plana al mismo Marx; a veces negando una continuidad generacional y frecuentemente transformando al marxismo en una "bolsa de gatos"…
Desilusionado por la ‘muerte del comunismo’, se queja de que "la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado, según Marx, podía tener un único resultado" (52). En el mismo tomo dirá que "el marxismo ofrecía la esperanza de una profecía, la garantía de la ciencia e inexorabilidad histórica" (53). Como todo esto no tiene mayor sustento, simplemente dejemos constancia de la ‘desilusión’ de Hobsbawm.
Con respecto a la ‘advertencia’ de Marx (de te fabula narratur) en el prólogo a El Capital, acerca de la tendencia a la expansión del capital, el historiador dice que "cuando consideramos cuán lógica parecía la predicción de Marx acerca de la propagación de la revolución industrial al resto del mundo, es sorprendente la poca cantidad de industria que abandonara el mundo del capitalismo desarrollado antes de los ‘70" (54).
Si bien Stalin como individuo es ferozmente denostado, para Hobsbawm no existe ruptura entre el leninismo y el stalinismo; por eso sigue hablando de ‘bolcheviques’ como si el partido no hubiese sufrido una profunda e irreversible degeneración. Verdaderamente, cualquier semejanza entre el partido de Lenin y el de Stalin es, como dicen las películas, pura coincidencia.
De igual manera nos enteramos de que la política de la Oposición de Izquierda respecto de la NEP y a la industrialización fue finalmente llevada adelante por Stalin (55), que la IVª Internacional tenía como objetivo ‘competir’ con la IIIª (como si se tratara de un torneo de tenis), y que al momento de su asesinato la trascendencia política de Trotsky era casi nula (56).
Siendo que Hobsbawm no considera a la democracia como la dictadura de la burguesía, parece lógico que ridiculice la crítica al "cretinismo parlamentario" y condene al bolchevismo por cortar los vínculos anteriores entre "socialismo" y "democracia" (57).
El propósito de Hobsbawm al mezclar a Lenin, Plejanov, Trotsky, Stalin, Mao, etc., todos en un mismo paquete, está destinado a echar un manto de duda sobre la continuidad y vigencia del marxismo. "Si Marx aún permaneciera como un gran pensador... ninguna de las versiones de marxismo formuladas desde 1890 como doctrinas de acción política y aspiraciones del movimiento obrero, se hubieran desarrollado en sus formas originales" (58).
La ‘barbarie’ a la cual reiteradas veces se refiere el historiador es, qué duda cabe, hija legítima del mercado y la democracia (capitalista) que Hobsbawm ahora celebra fervorosamente y que desearía ver establecidos en todo el mundo…
Lágrimas de cocodrilo, entonces. Pero el triste final de Hobsbawm no es original ni muchísimo menos, porque "una vez echado el stalinismo por la borda, las gentes de esta clase —y son numerosos— no pueden abstenerse de buscar en los argumentos de la moral abstracta una compensación a la decepción y al envilecimiento ideológico por el que han pasado. Preguntádles por qué han pasado de la Comintern... al campo de la burguesía. Su respuesta está pronta: "el trotskismo no vale más que el stalinismo" (59).

Marcelo Novello

Notas

1. Eric Hobsbawm, Age of Extremes - The short Twentieth Century 1914-1991, Londres. Todas las citas serán tomadas y traducidas por el autor, de la edición inglesa. Hay traducción al castellano, titulada Historia del Siglo XX, por Editorial Crítica, Madrid.
2. Göran Therborn, "The Autobiography of the Twentieth Century", en New Left Review, Nº 214, 1995.
3. Citado por Horacio Tarcus, en Clarín, 22/11/98.
4. Citado por N. Carlin & I. Birchall, en "Kinnock’s favourite Marxist", revista International Socialism, verano de 1983, pág. 93.
5. Citado por Ian Birchall, op. cit., pág. 136.
6. Idem, pág. 88.
7. Citado por Ian Birchall, en Bailing out the system, pág. 98, Londres.
8. Hobsbawm, op. cit., pág. 8.
9. Idem , pág. 6.
10. Idem, pág. 14.
11. Idem, pág. 15.
12. Idem, pág. 7.
13. John Rees, "The light and the dark", revista International Socialism, primavera de 1995.
14. Clarín, 22/11/98
15. Hobsbawm, op. cit., pág. 68.
16. Idem, pág. 69.
17. Idem, pág. 376.
18. Idem, pág. 375.
19. Idem, pág. 376.
20. León Trotsky, Alemania, la revolución y el fascismo, pág. 163, Juan Pablos Editor, México.
21. Hobsbawm en Marxism Today , julio 1976, citado por N. Carlin & I. Birchall, pág. 99.
22. Idem, pág. 104.
23. Hobsbawm, op. cit., pág. 144.
24. La definición de Hobsbawm, no tan sorpresivamente, incluirá dentro del concepto de "progreso" no sólo a la burocracia contrarrevolucionaria al mando del Estado Obrero degenerado sino también al imperialismo liberal. Qué tan progresivo era el imperialismo "liberal" se verá rápidamente en los años siguientes en Grecia, Corea, Argelia, Vietnam, Guatemala, etcétera.
25. Hobsbawm, op. cit., pág. 144.
26. Hobsbawm, op. cit., pág. 7.
27. Idem, pág. 152.
28. Writngs of Leon Trotsky 1938-39, pág. 211-212, Pathfinder Press.
29. Clarín, 22/11/98, Suplemento Zona, pág. 6.
30. Hobsbawm, op. cit., pág. 219.
31. Idem., pág. 220.
32. La verdad histórica es exactamente al revés: tras el motín de los soldados nativos y las revueltas campesinas de 1857, la política británica fue la de inventar ‘diferencias’ entre los distintos pueblos. Véase la contribución de Suke Wolton, en Marxism, mysticism and modern theory, pág. 61-84, Londres.
33. Hobsbawm, op. cit., pág. 436.
34. El maoísmo siguió con detenimiento la conducta del PKI (PC de Indonesia), y por ello D.N. Aidit (su máximo dirigente) se entrevistó varias veces con Mao. El PKI, con sus 3 millones de miembros y su enorme influencia entre obreros y campesinos, era presentado por la burocracia china como un ‘ejemplo’ a seguir, en contraposición a los PC dirigidos por "renegados revisionistas khruschovistas".
35. Hobsbawm, op. cit., pág. 563.
36. Idem, pág. 4.
37. Idem, pág. 375.
38. Hobsbawm, op. cit., pág. 473.
39. Leon Trotsky, El Programa de Transición, pág. 70, Ediciones Crux.
40. Hobsbawm, op. cit., pág. 72.
41. The state of the Left in Western Europe, citado por I. Birchall, op. cit., pág. 250.
42. Clarín, 22/11/98, Suplemento Zona, pág. 5.
43. Hobsbawm, op. cit., pág. 103.
44. Hobsbawm, op. cit., pág. 564.
45. Idem, pág. 409.
46. Idem, pág. 412.
47. Hobsbawm, op. cit., pág. 410.
48. Idem, pág. 412.
49. Clarín, 22/11/98, Suplemento Zona, pág. 5.
50. Idem, pág. 585.
51. "As the Twentieth Century Ages", en New Left Review, November/December 1995.
52. Hobsbawm, op. cit., pág. 57.
53. Idem, pág. 72.
54. Idem, pág. 205.
55. Idem, pág. 378.
56. Idem, pág. 74.
57. Idem, pág. 386.
58. Idem, pág. 563.
59. León Trotsky, en Su moral y la nuestra, pág. 38, Ediciones El Yunque, Bs. As..

Lenin y Trotsky como teóricos revolucionarios.

1. A pesar de la caída oficial de la Unión Soviética, la Revolución de Octubre que le dio nacimiento aún obsesiona a las clases dirigentes del mundo. Los espectros vistos por Derrida, no sólo los de Marx, sino los de los demás bolcheviques, sobre todo los de sus líderes históricos, Lenin y Trotsky, revolotean sobre sus cabezas.
La campaña sin precedentes para destruir toda la herencia espiritual y material de Octubre después de 1991 continúa teniendo como blanco preferido la verdad histórica sobre la Revolución, sus protagonistas y el subsecuente descenso hacia el infierno stalinista. Este último siempre fue utilizado para desacreditar a los primeros. Ahora, tras el irreversible colapso del stalinismo, su bancarrota es utilizada para ‘probar’ que la revolución socialista no sólo es responsable por la pesadilla stalinista sino que ella pertenece también irrevocablemente al pasado.
Un uso especialmente amplio —o más bien abuso— se hace de la autoridad de las así llamadas "fuentes recientemente disponibles", los materiales ahora descubiertos de los archivos soviéticos y del este europeo, con el fin de distorsionar y oscurecer el rol real y la relación entre los tres personajes líderes del drama histórico —Lenin, Trotsky y Stalin.
Notorios ejemplos de tales ‘archivos descubiertos’ son los dudosos trabajos de Volkogonov, Zudopiatov, Bartosek y, al final pero no por ello menos importante, de Pipes. Este último tuvo éxito en condensar en un libro toda la inmundicia anticomunista combinándola con todas las maquinaciones de la escuela stalinista de falsificación, ¡tratando de presentar a Lenin como un monstruo que adora a su amigo Stalin y odia al otro monstruo, Trotsky!
Todo esto demuestra indirectamente que el conjunto del asunto, lejos de estar pasado de moda, tiene todavía una ardiente actualidad. Como en el caso de Mark Twain, las noticias sobre la muerte del bolchevismo parecen ser un poco exageradas. Por otra parte, ¿por qué son necesarias renovadas campañas contra Lenin y Trotsky? Deben estar involucrados aquí vitales intereses materiales como para justificar tal ola de nuevos ataques contra la "amenaza bolchevique" supuestamente derrotada para siempre.
En realidad, ‘ellos’ no han terminado aún con Octubre de 1917 y con la amenaza de nuevos Octubres. Los nuevos ataques tienen el carácter de un golpe preventivo. El nuevo caos mundial del período de la posguerra fría, la interacción de las nuevas contradicciones entre un capitalismo declinante en Occidente y un Este donde la restauración capitalista se enfrenta con problemas insolubles, el hecho mismo de la quiebra del control burocrático sobre millones de trabajadores establecido por décadas, recrea no sólo corrientes contrarrevolucionarias maliciosas sino, además, los gérmenes de nuevas revoluciones.
La derecha, como es habitual, es mucho más sensible a las potencialidades revolucionarias que muchos en la izquierda, que después de 1989/91 abandonaron el barco aterrorizados, y declararon que toda referencia a la Revolución de Octubre y a las disputas ideológicas vinculadas a ella eran obsoletas, volcándose a alternativas "nuevas y modernas", anticuadas ideas del reformismo senil.
Contra todas estas tendencias regresivas, existen ahora las condiciones necesarias y la urgente demanda de una revalidación crítica y una reapropiación creativa de la genuina y aún no superada contribución hecha por Lenin, Trotsky y los bolcheviques a la teoría y práctica de la revolución socialista.
Este necesario trabajo, para ser realizado exitosamente, tiene que pasar por encima no sólo de las montañas de distorsiones acumuladas durante las décadas de dominación stalinista en el movimiento obrero internacional sino también sobre la cabeza de las así llamadas ‘ortodoxias’ construidas dentro de la izquierda anti-stalinista, incluyendo a los trotskistas, bajo el período histórico ahora clausurado. En un ambiente históricamente hostil, muchas de esta posiciones "ortodoxas" resultaron mecanismos de defensa que se convirtieron en formas de adaptación a las tremendas presiones combinadas del imperialismo, de la propaganda anticomunista de la guerra fría y de los apologistas del stalinismo. Tenemos que re-descubrir a Lenin y al genuino leninismo detrás de su caricatura en el "marxismo-leninismo" stalinista y re-descubrir el verdadero legado de Trotsky detrás de las nubes de las sectas trotskistas post-Trotsky.

2. Lenin y Trotsky no representan dos oposiciones irreconciliables, ni antes ni después de 1917, como proclaman mentirosamente los stalinistas, ni un bloque casi monolítico, en el período post-1917, como a muchos trotskistas les hubiese gustado. Aun la idea ampliamente difundida entre los trotskistas, de que entre la Revolución de Febrero y de Octubre tuvo lugar una especie de ‘conversión 50-50’ por la cual Lenin repentinamente adhirió a la teoría de la revolución permanente y Trotsky adoptó ciegamente el "viejo concepto bolchevique" del Partido, esto en el mejor de los casos es una supersimplificación, cuando no un mito. Los marxistas revolucionarios no necesitan mitos. Trotsky correctamente calificó de ridículo el intento stalinista de construir un ‘leninismo’ artificial contrapuesto no solamente al así llamado ‘trotskismo’, sino también al marxismo del Marx clásico; según la definición stalinista "el leninismo es el marxismo en la era de la revolución proletaria", mientras que el marxismo de Marx sería... ¡"pre-revolucionario"! Además, el marxismo de Carlos Marx sería "simplemente revolucionario" mientras que el marxismo de Lenin sería "excepcionalmente revolucionario", etcétera.
Los trotskistas no deberían repetir similares estupideces en relación a Trotsky, construyendo un edificio artificial de fórmulas fijas cubiertas por el nombre histórico de "trotskismo". El rol y la contribución de Lenin y Trotsky no forman dos cuerpos compactos de posiciones estáticas a ser comparadas punto por punto para descubrir si son compatibles o incompatibles, convergentes o divergentes, o incluso intercambiables, como en la hipótesis del ‘50-50 de mutua conversión’.
El pensamiento de Lenin y Trotsky debe ser comprendido como un producto, en el más alto y más contradictorio nivel, el del aspecto subjetivo del propio desarrollo de la Revolución Rusa, acto inicial de la revolución mundial en la época de transición entre el capitalismo decadente y el comunismo mundial. Hay que tener presente lo que dijo Marx en la Ideología alemana, la fuerza motriz de la historia no está en la crítica entre dos diferentes posiciones subjetivas o líderes individuales sino en la revolución.
"La Historia no es un proceso automático", escribió Trotsky en 1940, "si no ¿por qué líderes? ¿por qué partidos? ¿por qué programas? ¿por qué luchas teóricas? (1).
La revolución es un proceso histórico objetivo que surge de la lógica de las contradicciones sociales. Es a través de formas ideológicas, modeladas por incesantes batallas teórico-políticas, que la clase en ascenso se vuelve "consciente de estas contradicciones y lucha a fondo por ellas" (2). O como Trotsky escribió otra vez, "la lógica de la lucha de clases no nos exime de la necesidad de usar nuestra propia lógica. Quienquiera sea incapaz de incluir iniciativa, talento, energía y heroísmo a la estructura de la necesidad histórica no asimiló el secreto filosófico del marxismo" (3).
Lenin y Trotsky no pueden ser separados de las especiales condiciones de la Rusia zarista de fines del siglo XIX, comienzos del siglo XX, ni tampoco reducidos a ellas. Ellos corporizan un largo desarrollo histórico cultural tanto ruso como europeo —y en el caso de Trotsky, a pesar del hecho de que él no quiso reconocerlo, también la herencia judía, que el propio gran revolucionario describió en una singular carta a Jack y Sara Weber, fechada el 4 de febrero de 1938, como "el espíritu mesiánico del proletariado judío" (4).
La Revolución desarrolla su propia conciencia a través de luchas, de su interacción e interpenetración, en el seno de su vanguardia, en cada etapa decisiva del proceso histórico. La dialéctica específica de la Revolución Rusa se reflejaba hacia su interior a través del enfrentamiento de las corrientes ideológicas del populismo ruso y el marxismo.
Las principales cuestiones disputadas entre ellos, particularmente entre mencheviques y bolcheviques y más adelante entre Lenin y Trotsky en el período previo a 1917, están articuladas con los puntos nodales de la dialéctica de la revolución.
a) ¿Cuál es el propósito de la Revolución, su naturaleza objetiva, sus tareas objetivas?
b) ¿Quién es el sujeto(s) de la Revolución, la fuerza de clase dirigente?
c) ¿Cómo lo subjetivo surge de lo objetivo, es decir, cómo emerge la subjetividad revolucionaria, cuál es el proceso de su génesis y formación, en otras palabras, cuál es la relación entre la clase y su vanguardia organizada en un partido revolucionario?

3. Una presentación muy concisa de la esencia de las luchas teóricas en relación a la primera y la segunda cuestiones puede ser encontrada en la obra de Trotsky, Tres concepciones sobre la Revolución Rusa, escrita en agosto de 1939 como un capítulo de su libro sobre Lenin que nunca completó (5). Sobre la base de este denso texto, podemos describir brevemente cómo la dialéctica del propio desarrollo de la Revolución Rusa se reflejaba en el desarrollo de una teoría dialéctica de la revolución.
Las peculiaridades históricas de la sociedad rusa se reflejaban, y al mismo tiempo se distorsionaban, absolutizando un aspecto, en las ilusiones mesiánicos eslavófilas, desarrolladas en amplitud por los narodnikis (populistas).
El marxismo de Plejanov rechazó formalmente el particularismo narodniki pero absolutizando el camino histórico seguido por el capitalismo occidental e identificándolo mecánicamente con la senda que iba a seguir Rusia. Adhiriendo a esta concepción, los mencheviques veían a la Revolución Rusa como una mera repetición de las revoluciones burguesas de Europa Occidental, concebible sólo bajo la dirección de la burguesía liberal y conduciendo al establecimiento de su poder.
Como escribió Trotsky en 1905, "las contradicciones del menchevismo son un espejo caricaturezco de la historia —imagen de las contradicciones— que ha fijado a nuestro país una inmensa tarea revolucionaria, pero que primero barrió a la democracia burguesa como fuerza política y económica en todas partes del mundo con la escoba de hierro de la gran industria" (6).
La perspectiva de Lenin de una "dictadura democrática del proletariado y el campesinado" es una negación del marxismo osificado de Plejanov (y de la Segunda lnternacional). La trasnochada burguesía rusa, enfatizaba Lenin, es incapaz de conducir su propia revolución hasta el final. El rol de sujeto de la revolución es transferido al proletariado y al campesinado. Su fórmula de dictadura democrático burguesa purgará al país del medievalismo", desarrollará rápidamente al capitalismo ruso fortaleciendo la posición del proletariado y abriendo amplias posibilidades para la lucha por el socialismo. Le daría un poderoso impulso a la revolución socialista en Occidente, lo que prevendrá una restauración contrarrevolucionaria, y permitirá, además, al proletariado ruso conquistar el poder en un corto intervalo histórico. La perspectiva de la Revolución Permanente, desarrollada por Trotsky durante la Revolución de 1905, tenía en común con la fórmula de Lenin el rechazo a la perspectiva liberal-menchevique, pero se le oponía resueltamente en la cuestión del carácter social y de las tareas de la dictadura que debía surgir de la revolución. Según Trotsky, no hay dos sujetos políticos independientes de la revolución, el proletariado y el campesinado, con el segundo poniendo límites a la actividad revolucionaria autónoma del primero. La victoria de la revolución democrática en Rusia sólo era concebible bajo la forma de una dictadura del proletariado apoyada en el campesinado. El proletariado una vez en el poder no podrá limitarse a las tareas democráticas sino que, por la lógica de su posición, estará obligado a introducir medidas socialistas, brindando el impulso a la revolución socialista mundial, cuya victoria es la única garantía para la victoria completa del socialismo.
La teoría de Trotsky era la real negación de la negación. Negaba tanto el particularismo absolutizado de los narodniki como el universalismo formal del marxismo de Plejanov que Lenin, en ese período, sólo negaba en forma incompleta e inadecuada. Mediante esta negación de la negación, fue establecida la real dialéctica entre lo universal y lo particular, entre las condiciones históricas mundiales y las particularidades rusas. Como dijo Trotsky, la teoría de la revolución permanente, "más completamente que ninguna otra, reflejaba la primera revolución proletaria de la historia y al mismo tiempo revelaba claramente su carácter incompleto, limitado y parcial. Esto, por repulsión, originó la teoría del socialismo en un solo país, el dogma básico del stalinismo" (7).

4. Las diferencias sobre estrategia y perspectiva fueron el principal factor que separó a Trotsky de Lenin en el período pre-1917. Las diferencias sobre la cuestión del Partido estaban interconectadas con las primeras, pero eran derivadas.
Trotsky veía a las perspectivas menchevique y (vieja) bolchevique como la versión de derecha y de izquierda de la misma teoría de las "dos etapas" de la revolución, la concepción "ortodoxa" del evolucionismo de la Segunda Internacional. La teoría de la revolución permanente era (y aún sigue siendo) la ruptura más decisiva con el pseudo-marxismo mecánico de la Segunda Internacional. Trotsky consideraba que ni los mencheviques ni los bolcheviques rompían con la estrategia evolucionista en "dos etapas" del marxismo oficial; sus luchas y divisiones faccionales sobre "cuestiones organizativas" aparentemente eran destructivas para el partido del proletariado. Las disputas organizativas debían subordinarse a las consideraciones estratégicas. Pensaba que en un partido unido tanto la perspectiva menchevique como la bolchevique podían ser derrotadas y, bajo la presión de la autonomía política de las masas proletarias, la perspectiva de la Revolución Permanente podría ser aceptada por el partido en su conjunto. La idea era completamente errada. Llevó a Trotsky a una posición de conciliacionismo centrista en el conflicto entre bolchevismo y menchevismo.
El bolchevismo bajo Lenin, a pesar de su perspectiva incompleta y errores de estrategia, tuvo un mérito incomparable, vital para la perspectiva de la revolución. Como destaca correctamente Marcel Liebman, Lenin y los bolcheviques estaban "total y básicamente orientados hacia la revolución, lo que significa hacia la toma del poder a través de una insurrección armada. Esto es lo que le da al trabajo y a la carrera de Lenin una coherencia y unidad de la que carecen sus oponentes. Esto es lo que determinó crecientemente, en la medida en que sus respectivas preferencias se hicieron claras, la diferencia entre bolchevismo y menchevismo (...) el leninismo (...) por su doble oposición al liberalismo burgués y al reformismo socialista, acentuó la ruptura entre el mundo de la burguesía y del proletariado, en un período en el que la socialdemocracia estaba tejiendo lazos aún más fuertes entre ambos" (8).
A pesar de su heterodoxia revolucionaria ante el evolucionismo y creciente reformismo de la Segunda Internacional, el conciliacionismo de Trotsky borró la línea divisoria entre la orientación revolucionaria y reformista y, objetivamente, se convirtió en un gran obstáculo no sólo para un reacercamiento con Lenin sino, por sobre todo, para la implementación de su propia estrategia de la Revolución Permanente.
Lenin mismo no era tan rígidamente dogmático sobre cuestiones de estrategia como lo tratan de mostrar los stalinistas. En un artículo de setiembre de 1905, por ejemplo, escribió: "Desde la revolución democrática, en la medida de nuestras fuerzas, la fuerza de la clase proletaria conciente y organizada, comienza a pasar al mismo tiempo hacia la revolución socialista. Estamos por la revolución ininterrumpida. No nos detendremos a mitad de camino" (9).
En el mismo período de la Revolución de 1905, Lenin, que ahora habla sobre la "revolución ininterrumpida" (un término también utilizado por Trotsky en su folleto Resultados y Perspectivas de 1906) se vuelve hacia los Soviets organizados espontáneamente —contra la resistencia de algunos "viejos" bolcheviques— y expresa sobre cuestiones de organización partidaria mucha más flexibilidad que sus posiciones previas.
En realidad, no fue la oposición absoluta en relación a la cuestión "espontaneidad versus partido" lo que separó a Lenin de Trotsky; el problema central fue el "conciliacionismo" de Trotsky y no una inexistente "capitulación ante la espontaneidad".

5. Un nuevo y cuidadoso estudio del folleto de Trotsky, Nuestras tareas políticas, de 1904, puede demostrar fácilmente que no se trataba de una especie de "manifiesto menchevique" contra el ¿Qué hacer? de Lenin —tal como fue presentado posteriormente, tanto por los epígonos de Lenin como de Trotsky, por los stalinistas o por los que quieren contraponer el "espontaneísmo democrático" del joven Trotsky contra el "blanquista dictatorial" Lenin y el propio Trotsky post-1917.
No hay duda de que este folleto juvenil está lleno de exasperaciones polémicas y confusiones bastante ‘normales’ para un todavía inmaduro pero excepcionalmente dotado joven revolucionario; al mismo tiempo está lleno de ideas brillantes, perspicaces y fructíferas que no han perdido su pertinencia hasta hoy.
Trotsky se opone a Lenin y está aún sentimentalmente unido a la "vieja guardia", incluido el menchevique Axelrod, a quien le dedica el folleto. Pero esta oposición a Lenin no es una justificación para capitular ante el economicismo y la espontaneidad. Por el contrario, Trotsky critica cada forma de esos seguidismos, incluyendo a los "economicistas", el blanco del ¿Qué hacer?. Al mismo tiempo, Trotsky se vuelve contra lo que denomina "la antítesis formal de los economicistas", el "sustituismo", y formula algunas bien conocidas críticas, infortunadamente justificadas, sobre el peligro emergente del sustituismo político de la clase por el partido, del Partido por el Comité Central y del Comité Central por el secretario general.
La cuestión central en el ¿Qué hacer? de Lenin no es sobre la mejor determinación de las normas organizativas sino sobre la conciencia socialista: la emancipación ideológica de la clase obrera. La conciencia de la clase obrera no puede desarrollarse espontáneamente más allá de los límites de la ideología burguesa, encerrada en la alienante relación inmediata entre obreros y patrones. En una conocida cita, Lenin enfatiza que "la consciencia política de clase sólo puede ser introducida a los trabajadores desde afuera". A continuación, explica el sentido de este "desde afuera" que provocó tantas polémicas: "Es sólo desde fuera de la lucha económica, desde fuera de la esfera de las relaciones entre obreros y patrones; la única esfera desde la cual es posible obtener este conocimiento es la de las relaciones entre todas las clases y capas sociales con el estado y el gobierno, la esfera de la interrelación entre todas las clases" (10).
Trotsky reconoce también la necesidad de ir más allá de las relaciones directamente fabriles para encontrar las fuerzas motrices que impulsan al proletariado hacia la práctica revolucionaria: "Sin miedo de traicionar mi ‘sicología intelectual burguesa’, afirmo en primer lugar que las condiciones que impulsan al proletariado a la lucha concertada y colectiva, no serán encontradas en la fábrica sino en las condiciones sociales generales de su existencia" (11). Este punto de vista es obviamente opuesto a la visión economicista-espontaneísta.
Criticando al mismo tiempo también al "sustituismo político", Trotsky presenta su propia posición:
"El marxismo enseña que los intereses del proletariado están determinados por las condiciones objetivas de su existencia. Estos intereses son tan poderosos y tan ineludibles, que finalmente obligan al proletariado a introducirse en el dominio de su conciencia; es decir, logran convertir sus intereses objetivos en preocupaciones subjetivas. Entre estos dos factores —el hecho objetivo de sus intereses de clase y su conciencia subjetiva— se extiende el dominio inherente a la vida, el de los golpes y porrazos, errores y desilusiones, vicisitudes y derrotas. Las previsiones tácticas del partido del proletariado están ubicadas enteramente entre estos dos factores y consisten en acortar y facilitar el camino desde uno al otro" (12).
Lejos de capitular ante la espontaneidad, Trotsky acusa tanto a los espontaneístas-economicistas como a los centralistas-sustituistas como diferentes formas de parte del partido de intentar "trampear la historia" en condiciones de "una débil cultura política del proletariado", es decir, de considerable distancia entre el factor objetivo y el subjetivo (13).
El rol del Partido, según el joven Trotsky, es ser el acelerador y mediador en el camino que lleva desde lo objetivo a lo subjetivo. Lo que, sin embargo, Trotsky no menciona y que Lenin señala agudamente, es que esa transición es una quiebra de lo gradual, un salto dialéctico, que necesita en cada punto de la transición del rol activo de la vanguardia revolucionaria para quebrar todos los lazos que espontánea y/o conscientemente son tejidos continuamente entre la clase, incluida en primer lugar la propia vanguardia, y la sociedad burguesa. Posteriormente, Trotsky renunció al folleto de 1904 aceptando que en la controversia entre Lenin, Luxemburgo y él mismo, Lenin tenía razón.
Esta retractación estaba determinada, parcialmente, como una defensa de las condiciones extremadamente difíciles de su lucha contra el stalinismo y sus vulgares polémicas centradas en el "no bolchevismo" de Trotsky. Aparte de esta autodefensa y de la genuina aceptación por Trotsky de la corrección de Lenin en la controversia, muchas ideas valiosas de Nuestras tareas políticas pueden ser encontradas nuevamente en los escritos de Trotsky en el período post-1917.
Un ejemplo es su brillante exposición en 1904 sobre la cuestión crucial de la relación entre teoría y práctica: la teoría, dice Trotsky, no está ligada a las necesidades inmediatas de las restringidas prácticas corrientes sino que está basada en la experiencia y en la práctica histórica colectiva de la humanidad en su conjunto; por esta razón es capaz de trascender su entorno histórico contemporáneo, desarrollar las potencialidades (el nocht nich sein, todavía no ser de Aristóteles y Ernest Bloch) y anticipar el futuro. El mismo análisis fue desarrollado por Trotsky, en 1929, en su texto sobre las Tendencias filosóficas del burocratismo (14), durante un viraje decisivo de la lucha de la Oposición de Izquierda soviética contra la burocracia stalinista.
La degeneración burocrática del partido bolchevique impulsó a Trotsky a pensar nuevamente toda la cuestión de la relación entre el Partido y la clase. Desarrolló indudablemente algunas de sus ideas previas y profundizó más adelante el conjunto de las investigaciones marxistas sobre esta cuestión vital. Sus escritos sobre Alemania contra el ultimatismo stalinista del "Tercer Período", demuestran una profunda comprensión del rol del partido como un mediador entre los intereses objetivos de la clase y su conciencia subjetiva:
"La identidad, en principio, de los intereses del proletariado y de las aspiraciones del Partido Comunista no significa ni que el proletariado en su conjunto es, ni siquiera hoy, consciente de sus intereses de clase, ni que el partido en todas las condiciones los formula correctamente. La gran necesidad del partido se origina en el hecho de que el proletariado no nace con una comprensión innata de sus intereses históricos. La tarea del partido consiste en aprender, a partir de la experiencia derivada de la lucha, cómo demostrarle al proletariado su derecho al liderazgo" (15).
El desarrollo del factor subjetivo sobre la base del factor objetivo por parte del partido revolucionario, el cual "está acortando y facilitando el camino" de esta transición, está presente centralmente en todas las discusiones entre Trotsky y sus camaradas en la década del ‘30, en la preparación, precisamente, de un Programa de Transición como documento fundacional de la Cuarta Internacional.
Resumiendo este punto: está claro que Trotsky no aceptó simplemente en 1917 una formulación estática de las viejas normas bolcheviques de organización. La explosión de la guerra mundial y de la propia revolución hizo añicos sus ilusiones conciliadoras exponiendo al social chovinismo y el carácter contrarrevolucionario del reformismo social-demócrata, incluido el menchevismo. El único camino por delante para Trotsky, y por sobre todo para la revolución, era fusionarse con el irreconciliable bolchevismo, que estaba a su vez, revolucionado internamente por la intervención de Lenin.

6. Lenin no aceptó automáticamente, en 1917, el acierto de las perspectivas de la Revolución Permanente de Trotsky.
La guerra y el colapso político de la Segunda Internacional obligaron a Lenin a realizar una nueva y decisiva vuelta hacia la Ciencia de la Lógica de Hegel y otros trabajos sobre dialéctica, en 1914/15. Fue sobre esta base que tuvo lugar una ruptura completa con el "marxismo ortodoxo" de la Segunda Internacional. La renovación filosófico-metodológica fue el prerrequisito para una reorientación estratégica bajo la realidad de una nueva época histórica. El trabajo de Lenin sobre el Imperialismo y la naturaleza de la época de decadencia capitalista (La etapa superior y última del capitalismo), su aceptación de la Revolución Permanente en las Tesis de Abril, su libertario El Estado y la Revolución, nacieron de este giro post-1914 hacia la dialéctica. Rompiendo con la Segunda Internacional en el nivel más fundamental —los fundamentos filosóficos del marxismo—, Lenin sostuvo una lucha internacional consistente e internacionalista para transformar la guerra imperialista mundial en una revolución socialista mundial. Mediante esta preparación intensiva, el fundador del bolchevismo estuvo en condiciones, en 1917, a través de una amarga lucha partidaria interna con los propios "viejos bolcheviques", de modificar la orientación estratégica del partido y el conjunto de los objetivos del bolchevismo. Es importante hacer notar que durante la discusión de la fusión entre los Mezhrayontsi (la agrupación interdistrital de Trotsky, Joffe y Riazanov) y los bolcheviques, en mayo de 1917, Trotsky insistía en que el "bolchevismo tiene que ser internacionalizado", para sobreponerse a su carácter rusocéntrico.
No fue el "viejo" sino el renovado bolchevismo internacionalizado, basado en la teoría de la Revolución Permanente, el que condujo a la toma del poder por los soviets en octubre de 1917. En este contexto, como dijo Lenin, "después de 1917, no había mejor bolchevique que Trotsky", el organizador de la victoria de Octubre y del primer Ejército Rojo de la historia.

7. El bolchevismo victorioso había unido, desde un comienzo, sus perspectivas y expectativas, el destino mismo del primer estado obrero y de la construcción socialista, a la revolución mundial, en primer lugar a su extensión a Alemania y los países capitalistas avanzados de Europa Occidental. La derrota de la revolución mundial en Europa y Asia aislaron a la Unión Soviética, una nación vasta que se inició como un país atrasado semiasiático con un bajo nivel de sus fuerzas productivas. La degeneración burocrática y el stalinismo fueron los productos de este aplazamiento de la revolución en Occidente. Para consolidar su propia posición, el nuevo y privilegiado grupo social, tenía que desconectar, en primer lugar, a la Unión Soviética de la revolución mundial. Por esta razón, sostuvo una guerra contra la Revolución Permanente —las bases de Octubre— y contra Trotsky, en nombre del socialismo en un solo país, el dogma básico del stalinismo y la más radical revisión del marxismo.
La lucha contra el stalinismo y la burocracia tenía que comenzar y efectivamente comenzó sobre las bases del propio bolchevismo, desde el ala izquierda del partido bolchevique contra los termidorianos disfrazados de "viejos bolcheviques".
Esto no es sólo un punto históricamente indiscutible. Tiene vastas implicancias políticas. Todos los que en la izquierda se oponen al stalinismo y buscan una alternativa a él, terminan igualando al stalinismo y el bolchevismo, en la medida en que ignoran los orígenes bolcheviques de la primera resistencia heroica al stalinismo, arribando al pantano del liberalismo, la social democracia y el anticomunismo.
La oposición bolchevique al stalinismo, dirigida por Trotsky, fue la expresión subjetiva de las necesidades objetivas de la Revolución de Octubre en su prolongado y trágico aislamiento.
El aislamiento derrotó a la Oposición. Algunas décadas más tarde, condujo a la implosión de la URSS.

8. Como hizo Lenin en 1914, tras el colapso de la Segunda Internacional, con su giro hacia la dialéctica, Trotsky también lo hizo en 1933 tras la bancarrota del Comintern stalinista que probó ser incapaz totalmente para prevenir la victoria del nazismo e inclusive de extraer las necesarias lecciones de los desastrosos errores de la política del "Tercer Período". Acudió a un nuevo estudio de la Ciencia de la Lógica de Hegel. Una cuidadosa lectura de sus cuadernos de 1933/35 puede fácilmente demostrar la interconexión entre sus estudios de dialéctica y sus principales obras del mismo período, especialmente las relacionadas con la naturaleza de clase de la Unión Soviética.
Los cuadernos de 1933/35 están centrados en las primeras secciones de la gran Lógica, sobre calidad y cantidad. La ley de su interrelación y transformación de una en otra es, según Trotsky, la ley fundamental de la dialéctica. Investiga, mediante esta ley, no sólo la degeneración stalinista sino, por sobre todo, la trayectoria de una teoría de la revolución contra lo que Trotsky llamaba "la visión gradualista liberal del progreso", el evolucionismo del reformismo. En esta cuestión, Trotsky se acercó mucho al concepto de la historia de Walter Benjamin. No es por casualidad que en Bolchevismo y stalinismo, Trotsky acusa al "subjetivismo policial" stalinista y al rechazo de la teoría como un "descenso al nivel teórico de la Segunda Internacional".
En sus cuadernos, Trotsky incorporó material para una reevaluación de la vida y obra de Lenin y apreciaciones sobre desarrollos en ciencias naturales, biología darwiniana y el psicoanálisis de Freud.
Las condiciones extremadamente difíciles del exilio y la persecusión impidieron que Trotsky hiciera un estudio completo y sistemático de Hegel, como hizo Lenin en sus propios Cuadernos Filosóficos.
Parafraseando a Lenin, Trotsky no nos dejó con una Lógica con mayúscula ni siquiera con unos Cuadernos Filosóficos como dejó nos Lenin, pero dejó la valiosa lógica dialéctica de la Revolución Permanente, de sus principales trabajos históricos y de la Revolución Traicionada. La más profunda filosofía de la historia adquiere aquí cuerpo y nervios, carne y sangre, y la Historia misma se nos presenta autorevelada.
La filosofía de la historia de Trotsky está centrada en la dialéctica de la Revolución como una dialéctica de lo objetivo y lo subjetivo, de lo inconsciente y lo consciente. Está resumida en esta grandiosa cita de Mi Vida:
"El marxismo se considera a sí mismo la expresión conciente de un proceso histórico inconsciente (...) un proceso que coincide con su expresión conciente sólo en sus puntos más altos, cuando las masas con su fuerza elemental destrozan las puertas de la rutina social y dan expresión victoriosa a las más profundas necesidades del desarrollo histórico. En estas circunstancias, la más alta conciencia teórica de una época se funde con la acción inmediata de las masas oprimidas más postergadas que son las que están más alejadas de la teoría. La unión creativa de lo consciente y lo inconsciente es lo que habitualmente llamamos inspiración. La Revolución es la inspiración violenta de la historia".

9. El punto de partida del bolchevismo de Lenin y Trotsky es nuestra época, una época de declinación capitalista y de una transición dolorosa, llena de espasmos violentos y zigzags. La transición es tan difícil, prolongada, está llena de tragedias, debido a su alcance sin precedentes: involucra no sólo una transición de un viejo a un nuevo modo de producción, como en las transiciones anteriores, sino, además, una transición de una sociedad de clases a una sociedad sin clases, la negación de toda la historia previa, o mejor dicho "prehistoria", para usar la clásica expresión de Marx.
En un ensayo escrito en 1908, Trotsky llamó a nuestra época, nashe otiestsesva va vremeni —"nuestra patria actual o inmediata"—, cuyo territorio es el mundo en su conjunto. Esta formulación fue repetida en su autobiografía y en otras partes. El insistía que el deber de un revolucionario es ser leal a su patria en este tiempo histórico.
La lucha por la teoría marxista y la práctica de la revolución tiene un eje en la lucha por esta "conciencia teórica más alta de la época" mencionó arriba.
En Bolchevismo y stalinismo, Trotsky resume la contribución bolchevique a la teoría como sigue:
"Trajo una invalorable contribución al marxismo en sus análisis de la época imperialista como una época de guerras y revoluciones; de la democracia burguesa en la era del capitalismo en decadencia; de la correlación entre la huelga general y la insurrección; del rol del partido, del soviet y de los sindicatos en el período de la revolución proletaria; en su teoría del Estado soviético, de la economía de transición, del fascismo y el bonapartismo en la época de la declinación capitalista; finalmente en sus análisis de la degeneración del propio Partido Bolchevique y del Estado Soviético".
Está claro que el énfasis principal está en la época. Para ser más precisos, todos estos puntos que Trotsky enumera como contribuciones teóricas no fueron completadas. En muchos aspectos, quedaron en una temprana etapa de elaboración. La demora de la revolución mundial, el aislamiento y el stalinismo dejaron el proyecto bolchevique inacabado.
Para trasladarnos a una nueva etapa de la revolución mundial, no podemos ni repetir mecánicamente ni ignorar y pasar de largo al bolchevismo de Lenin y Trotsky y a la Revolución de Octubre.
Si en 1917 la cuestión clave era internacionalizar al bolchevismo, hoy en día es radicalizar al bolchevismo internacionalizado, es decir, profundizar sus raíces en nuestra época, para desarrollar su proyecto, para llevar su lucha hasta sus conclusiones más extremas.
En otras palabras: ser fieles a nuestra patria inmediata, nuestra trágica, tremenda y magnífica época de la revolución mundial.

Savas Michael - Matsas
Atenas
29/30 de enero de 1997