A la memoria de Osvaldo Bayer, historiador anticapitalista y hombre de una sola pieza.
La lucha de clases, de la que la rebelión de los chalecos amarillos franceses forma parte, es como un río cársico que cuando parece hundirse en la arena reaparece en la superficie más tarde y a distancia porque mientras existan las clases explotadoras y la opresión será inevitable la resistencia de los explotados y su búsqueda de una alternativa social.
Los trabajadores reconstituyen su unidad en la lucha y en ella construyen su conciencia de clase sobre la base de valores morales antiguos - como la solidaridad, la fraternidad, la justicia, la igualdad, el altruismo, la acción comunitaria, la democracia de iguales nacida- que nacieron mucho antes de la construcción de Estados y de aristocracias, esa división en estratos sociales separados y congelados que los pueblos bárbaros imitaron queriendo parecerse a Egipto y Roma.
Toda gran ola social de fondo arrastra inevitablemente desclasados y desechos sociales, delincuentes y fascistas pero, al mismo tiempo, destruye las barreras a la alegría y la creatividad de los pueblos y fomenta heroísmos, abnegación, desarrollo humano, origina canciones y, porque confusamente busca cauces al desarrollo de una sociedad justa y bella, tiene reiterados momentos lúdicos y no sólo expresiones de una antigua y profunda ira.
Francia nos da un ejemplo. Con sus jacqueries (sublevaciones campesinas) y sus intelectuales subversivos obligó en 1788 al rey a convocar los Estados Generales que dieron origen a la revolución que terminó decapitándolo y creando la República de Robespierre y Saint Just. Los Cuadernos de Reclamos que prepararon esos Estados Generales fueron amasando un pensamiento común y las discusiones en las asambleas de los Clubes infundieron seguridad y audacia a los quejosos y afinaron sus propuestas y soluciones.
Enterrada la República por Napoleón I, esas experiencias reaparecieron en 1830 en la huelga insurreccional de los tejedores de seda de Lyon y, después de la derrota de éstos, en las barricadas en los barrios obreros de París en 1848 que restauraron la República. Después, culminaron y se expandieron en la Comuna de París de 1871 y el Frente popular en 1936 con su huelga general masiva o el 1968, con la mayor huelga general de la historia de Francia y el libertarismo juvenil, mantuvieron en alto esas antorchas.
Hoy los alcaldes en lucha contra el poder central de tipo monárquico que les quita derechos y fondos reúnen nuevamente Cuadernos de Reclamos para sostener la lucha de los Chalecos Amarillos y de sindicatos, asambleas locales y piquetes surge la exigencia de Estados Generales (de la Sanidad, de la Educación, del Transporte). Por su parte, las acciones de los Chalecos Amarillos, que el 78 por ciento de los franceses apoyan, son autoconvocadas, democráticas y autogestionarias y no tienen ni jefes ni delegados omnipotentes mientras la canción de los guerrilleros comunistas italianos Bella Ciao se canta hasta en las fiestas junto con la reciente On lâche rien! (¡No nos rendiremos!).
Existe una conciencia histórica profunda que hace que los trabajadores y los sectores populares reproduzcan siempre los momentos del pasado en que se vieron a sí mismos en toda su fuerza y capacidad potenciales al rebelarse contra el poder monárquico- burgués, como el de Luis XVI. Esa seguridad histórica les da un fuerte espíritu de ofensiva que convence y arrastra a otros sectores oprimidos y explotados de Francia y del resto del mundo, donde la historia popular francesa tiene gran peso.
“Los muertos agarran a los vivos”. La historia actúa hoy porque los seres humanos toman conciencia apoyándose en las experiencias pasadas y encontrando en ellas materia para reconstruir sus formas organizativas y su visión del mundo y de sí mismos.
Los Chalecos Amarillos hicieron ceder dos veces al gobierno y le desbarataron sus planes pues la reforma de las jubilaciones que aquél pensaba hacer resulta ya políticamente imposible. Hundieron así la arrogancia y la prepotencia de Macron, dividieron al partido de éste (la República en Marcha) amenazando con barrerlo del escenario político y sus acciones y reivindicaciones son hoy el centro de la vida política francesa, en la cual Macron y el capital financiero han perdido protagonismo y la iniciativa política.
Sin embargo, los Chalecos Amarillos aún deben crecer y definirse mejor para evitar desvíos o pérdidas de impulso siempre posibles. Para imponer la alternativa anticapitalista que les anima pero que por ahora sólo esbozan deben incorporar a los inmigrados antiguos y recientes (físicamente poco presentes en manifestaciones y piquetes) y a los trabajadores sindicalmente organizados, ayudándoles de paso a democratizar y politizar sus sindicatos.
Lo que todavía es consciente a medias y constituye su memoria histórica profunda debe incorporarse como conciencia de clase para que una huelga general unida a la resistencia civil pueda abrir las puertas a otra política.
Guillermo Almeyra
Blog marxista destinado a la lucha por una nueva sociedad fraterna y solidaria, sin ningún tipo de opresión social o nacional. Integrante del Colectivo Avanzar por la Unidad del Pueblo de Argentina.
sábado, diciembre 29, 2018
viernes, diciembre 28, 2018
Estado español: balance de un agitado 2018

Fuertes crisis políticas, aumento del autoritarismo y la represión, desprestigio de la monarquía y el Régimen del '78 y crecimiento de la ultraderecha. ¿Qué nos proponemos para el "año nuevo" desde la izquierda anticapitalista?
Hace un año el bloque monárquico-constitucional se prometía unas navidades felices. El 21D quisieron adelantarse el Gordo con unas elecciones digitadas desde el Palacio de la Moncloa para derrotar al independentismo catalán. Si bien Ciudadanos fue el partido más votado, la mayoría independentista quedó revalidada. A pesar de la represión, el golpe institucional y la claudicante política de la dirección procesista, la aspiración democrática del pueblo catalán a poder decidir demostró ser mucho más profunda.
Este año ese giro autoritario inaugurado en Cataluña se ha mantenido y profundizado. Este fin de año habrá más presos políticos en las cárceles que en el anterior; en 2018 hemos visto a los jueces bloquear la investidura de dos presidents de la Generalitat, emitir sentencias patriarcales escandalosas, otras “a la carta” para la banca, y también vimos iniciar el juicio-farsa del 1-O.
El otro elemento clave de la "restauración reaccionaria" que encarnaba el bloque monárquico era la recentralización. El reaccionario artículo 155 (intervención) se levantó con la formación del Govern Torra, pero se ha quedado como amenaza disciplinadora. En especial contra Cataluña, sobre la que el PP y Ciudadanos exigen su aplicación por un plazo ilimitado, y hasta el PSOE ha llegado a amagar con hacerlo por un corte de carretera “mal reprimido”. También lo hemos visto enarbolar contra otras comunidades, como Castilla La Mancha, o, adaptado a su marco legislativo, contra ayuntamientos como el de Madrid.
Sin embargo, aquel proyecto restauracionista entró en barrena en el primer semestre de 2018. El bloque monárquico, con el Rey como jefe espiritual, pecó de exceso de confianza. Pensó que con la represión acabaría con el problema catalán. Pero ni ésta le salió todo lo bien que quiso -al no encontrar el respaldo judicial de otros países de la Unión Europea ni forzar una repetición electoral- ni ha terminado con el movimiento democrático catalán, que, aunque ha retrocedido, sigue dando claros síntomas de que seguirá siendo una de las grietas principales.
También pensó que con la ola de balcones adornados con la bandera española, se había acabado la desafección de amplios sectores sociales con el Régimen del 78 y las políticas de los gobiernos del bipartidismo. Las mareas de pensionistas primero, y el gran movimiento de mujeres y la huelga del 8M después, dieron cuenta de que no era así.
A esto se le ha sumado la “resaca” del “a por ellos”: el enorme desprestigio sufrido por los dos pilares de aquella restauración. Por un lado la monarquía, que goza de una impopularidad creciente en especial entre los más jóvenes -como reconoció implícitamente el discurso de Nochebuena de Felipe VI-, y por el otro la “casta judicial”, cada vez más cuestionada y odiada por patriarcal, represora de derechos y vendida a la banca.
En medio de esta inviabilidad llegó la sentencia Gürtell. Aquí entraron en juego los intereses de parte del PSOE que vio su oportunidad para consolidarse como fuerza hegemónica del flanco izquierdo y frenar su sangría electoral. Todo junto dio como resultado la moción de censura a Rajoy del mes de junio, que la aritmética de un Parlamento fragmentado llevó a contar con los apoyos de los "excomulgados" independentistas catalanes, así como de los entusiastas de Unidos Podemos, que le dieron prácticamente un cheque en blanco.
El gobierno Sánchez, con Unidos Podemos como "ministros sin cartera", presentó otro proyecto para salvar al régimen. La vía no era ya la de la restauración reaccionaria de la que el PSOE había sido parte, sino una suerte de regeneración democrática en clave social, con mucho discurso, una tibia política redistributiva (lo que la UE permitiera) y queriendo tapar con diálogo de manos vacías crisis como la catalana.
El PSOE es un experto en “guerras culturales” y no defraudó. Sánchez quiso emular a Zapatero declarando a su gobierno feminista, desenterrando a Franco -o prometiéndolo- y recibiendo al Aquarius. Pero el cartón-piedra aguanta mejor cuando hay bonanza económica y el régimen goza de buena salud, como le pasó a Zapatero. Con crisis social, pobreza y una crisis de régimen como la actual, el relato se le acabó pronto.
Sánchez pasó rápido a ser el gobierno que se sumaba a tapar las corruptelas del Rey Emérito, que mantuvo las concertinas, las devoluciones de inmigrantes en caliente y el cierre de puertos -como al pesquero de Santa Pola hace solo unos días-, que renegaba de tocar la reforma laboral del PP o restaurar la actualización automática de las pensiones y que en Cataluña ofrece una de diálogo -en el que se niega a tratar los dos temas centrales: referéndum y presos políticos- y otra de amenazas vía cartas ministeriales.
Unidos Podemos por su parte ha dado en estos seis meses un salto en la integración al régimen como socio de su pata izquierda -el tradicional papel de la Izquierda Unida de Llamazares- criticando con la boca pequeña la mayor parte, no todas, de las derechadas de Sánchez, pero trabajando para apuntalar un proyecto que en ningún caso augura una resolución progresiva de las demandas democráticas y sociales que subyacen a la crisis del régimen por abajo.
Cuando quedan pocos días para que cierre el año, este nuevo proyecto de restauración en clave "progresista", sigue estando en la picota. La propia supervivencia del gobierno Sánchez está en duda, como lo está el que pueda sacar adelante siquiera los Presupuestos. Aún consiguiéndolo, difícilmente este gobierno “progresista” pueda sentar las bases para una regeneración estable del Estado español, con toda la derecha enfervorecida, gran parte de la Judicatura en contra y un Rey que ha quedado pegado al discurso del 3-O y que terminará decantándose por la opción más segura para el mantenimiento de su Dinastía.
Pero el año ha terminado con otra “sorpresa” venida de las urnas de unas autonómicas, esta vez las andaluzas. La emergencia del ultraderechista Vox ha puesto al desnudo que la crisis de representación vuelve a la palestra. Por izquierda ni el PSOE, ni tampoco Podemos e IU, suscitan entusiasmo. Por derecha, la radicalización del PP y Cs ha dado como subproducto una fragmentación en tres de ese espacio y la emergencia de una extrema derecha que es en gran medida la versión “hasta el final” del proyecto restaurador reaccionario ensayado por Rajoy y el bloque del 155.
El previsible gobierno de la derecha en Andalucía promete darle aire de nuevo a este flanco del régimen, y por lo tanto al mismo proyecto de restauración reaccionaria que se vio relativamente interrumpido con la moción de censura. Tanto si logran cambiar el mapa de gobiernos en las siguientes citas electorales -inclusive el central si hay adelanto electoral- como si logran marcar agenda a un PSOE cuyos barones ya se están sumando al clamor de otro 155 e incluso ilegalizaciones de partidos independentistas.
Ambas recetas para restaurar al Régimen del 78 - eso de recrear un nuevo consenso como el que sugirió el rey en Nochebuena sin sacar los pies del plato - se pondrán en juego este 2019. La clave es preguntarse si alguna tiene algo que ofrecer a la clase trabajadora, las mujeres, la juventud, los inmigrantes o las demandas democráticas. Que la de la derecha no, es algo que queda meridianamente claro. Pero tampoco la que encarna hoy el “sanchismo”, con el entusiasta apoyo de Iglesias y Garzón: el proyecto del “mal menor”.
Es el “mal menor” de la casta judicial desbocada encarcelando twiteros o políticos por organizar un referéndum, del mantenimiento de las reformas laborales y de pensiones, de las concertinas y devoluciones en caliente, de mantener el 135 y el pago de la deuda, de sostener a la Corona aunque se le hagan algún tweet republicano de cara a la carrera electoral... Y lo que es peor, es un “mal menor” que, como se ha visto en Andalucía, es incapaz si quiera de ponerle freno al auge de la extrema derecha y la posibilidad de que se abra paso un gobierno bonapartista de derechas en los próximos meses.
Contra la idea que a lo máximo que podemos aspirara es a gobiernos progresistas con el PSOE o reformas pactadas de la Constitución, hay que retomar la lucha por imponer procesos constituyentes para terminar con la corona, la “casta judicial”, conquistar el derecho a decidir y resolver los grandes problemas sociales. Contra las recetas de “redistribuir todo lo que la Troika permita”, hay que levantar un programa que se proponga acabar con el paro, la precariedad, el desmantelamiento de los servicios públicos o la pobreza, con medidas claramente anticapitalistas como el reparto de horas sin reducir el salario, derogar todas las contrarreformas laborales, nacionalizar bajo control obrero las grandes empresas y la banca o imponer impuestos sobre las grandes fortunas.
Si algún “propósito de año nuevo” debiera plantearse la izquierda, junto a los movimientos sociales, la izquierda sindical, el movimiento de mujeres, la juventud indignada con el ascenso de Vox o la que está cuestionando a la monarquía y el pacto del 78, ese debería ser el de poner en pie una izquierda anticapitalistas y de clase, que proponga y pelee por salidas tan radicales como las de la derecha pero en el sentido opuesto. No para redefinir el status quo sobre nuestros derechos sociales y democráticos, sino para cuestionarlo y derribarlo por medio de la movilización social y en favor de la clase trabajadora y los sectores populares.
Solo una alternativa anticapitalista y anclada en la movilización y autoorganización de la clase trabajadora junto a las mujeres, la juventud y los inmigrantes, puede parar el ascenso de las opciones reaccionarias y ofrecer una salida de fondo y progresiva a esta crisis de régimen, que, para mi y la organización en la que milito, la Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras (CRT), podría sentar las bases para imponer una libre federación de repúblicas obreras y socialistas sobre las ruinas de la monarquía borbónica y el “consenso del 78”.
Santiago Lupe
Barcelona | @SantiagoLupeBCN
¿Están llegando los vientos de paz a Yemen?
Nota edición: En Yemen se ha abierto una rendija de esperanza. La guerra continúa, aunque con menos intensidad. Y las partes implicadas han aceptado reunirse de nuevo en enero. Mientras tanto, el gobierno socialista mantiene sus compromisos de venta de armas.
Las noticias que llegan desde la ciudad de Hodeidah el día que en entra en vigor el acuerdo del alto el fuego son contradictorias. Se han reportado ruidos de explosiones y ataques aéreos al sur de la ciudad, pero también que la intensidad de los combates se ha reducido notablemente. Sabemos de la fragilidad del acuerdo alcanzado en Suecia, de lo poroso del territorio, del odio entre los combatientes, pero no nos queda más que hacer todo lo posible para que prospere el acuerdo. Estamos hablando del destino de la mayor crisis humanitaria de los últimos tiempos, de la vida de millones de personas.
Las fotos que por fin las empresas de comunicación han decidido publicar hablan por ellas mismas de qué clase de crisis estamos hablando. Hacía años que no veíamos imágenes tan devastadoras de una crisis hecha por el hombre. Niños con caras de viejos a causa del hambre atroz. Niñas agonizando de enfermedades curables. Cuerpos tumbados donde solo hay pellejo, incapaces de sostener su propio peso. La cifras son también pavorosas. Solo en un mes, en noviembre, en Hodeidah murieron 3.000 personas. La cifra mantenida hasta ahora de 10 mil muertos en los casi cuatro años de guerra se va quedando pequeña. Es mucho más creíble la de 60 mil dada recientemente. UNICEF ha dicho que ya han muerto 85 mil niños a causa del hambre. Una reciente encuesta de Naciones Unidas ha encontrado que 16 millones de yemeníes viven con escasez de comida, de ellos cinco millones pasan hambre y 63.500 están literalmente muriendo de hambre. Un incremento del 42% desde marzo del 2017, cuando se realizó una encuesta similar. Por el puerto de Hodeidah entra el 75% de la ayuda humanitaria que mantiene con vida a esta gente. Por eso es tan importante que el alto el fuego en Hodeidah prospere.
Martin Griffiths, el enviado de Naciones Unidas en Yemen que ha desempeñado un papel clave en las negociaciones, ha dicho que se requiere un robusto monitoreo internacional para que se cumplan los acuerdos y ha propuesto que la tarea sea llevada a cabo por el general holandés retirado Patrick Cammaert, que supervisó el alto el fuego entre Etiopía y Eritrea en su última guerra. El tiempo para que actúe la Comunidad Internacional ha llegado, pero cuando debía empezar el alto el fuego solo habían desplegado una pequeña misión. Todavía el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas no ha adoptado ninguna resolución apoyando los acuerdos de Suecia. ¿Cómo es posible?
La razón es sin duda la debilidad política de la coalición. La guerra no puede acabar sin que se inicie un proceso político para refundar el estado yemení, un proceso que estaba en marcha cuando empezó el conflicto armado. Contra todo pronóstico la guerra ha trabajado a favor de los huzíes, debilitando el viejo régimen de Saleh sin Saleh que los saudíes, ingleses y estadounidenses querían reinstalar. No deja de ser chocante que un gobierno de facto que tiene el apoyo del ejército nacional, que ha controlado durante cuatro años la capital y un territorio donde vive el 80% de la población siga siendo considerado “rebelde”, mientras que el gobierno depuesto del Presidente Hadi, que no puede ni garantizar su sede en territorio yemení, que no es otra cosa que una cáscara vacía –el ataque a Hodeidah estaba comandado por militares de Emiratos–, se le considere el gobierno del Yemen. Es incoherente que pidan al gobierno de facto que ha resistido cuatro años y que está lejos de ser derrotado que se autodesarme para poder empezar negociaciones políticas. La idea de que es un gobierno sostenido por los misiles iraníes es ridícula, como lo era la amenaza de Sadam Hussein. Se trata de excusas prefabricadas para hacernos tragar una guerra en beneficio de los halcones saudíes coaligados con accionistas de las empresas de armamento.
Este periodista ha hablado recientemente con residentes de Taiz viviendo en territorio en manos de la coalición y le han contado que esta es incapaz de generar ninguna institucionalidad. El poder está en disputa entre jeques que reciben dinero de los saudíes y jeques que lo reciben de los emiratíes, muchas veces miembros de las mismas familias. En otras áreas controladas por la coalición las tribus han establecido alianzas con al Qaeda o están bajo control de grupos separatistas. Periodistas que han visitado recientemente el país dicen que se encuentran más seguros en Sanaa que en Aden, la vieja capital del sur donde se pasa la misma hambre que en Sanaa.
Taiz era uno de los centros políticos de Al-Islah, un partido esencial en el régimen anterior en el que habían confluido wahabistas y Hermanos Musulmanes. Corrientes del sunismo ahora no solo divididas, sino enfrentadas, como ha puesto en evidencia el asesinato de Jamal Khashoggi. El wahabismo es la corriente del islam saudí y los Hermanos Musulmanes están apoyados por Qatar y Turquía. El otro partido esencial del viejo régimen, el Congreso General del Pueblo, el partido del Presidente Saleh, ha quedado también debilitado después de que este fuera abatido el año pasado por los huzíes en una disputa política interna. El Congreso General del Pueblo mandó delegados con la delegación del gobierno de facto huzíe a las negociaciones de paz en Suecia.
De cualquier manera es imposible que la guerra acabe sin que se reanude un proceso político de negociación a nivel nacional. Las negociaciones que está previsto se reanuden en enero –ambas partes han aceptado– tendrán que abordarlo si quieren llegar a un final feliz. Sin acuerdo político no hay fin de la guerra. La guerra y la política son la continuidad de un mismo proceso, detenido cuando el Presidente depuesto Hadi se negó a negociar de igual a igual con los huzíes el futuro del Yemen. Después de cuatro años de guerra estamos como cuando empezó, pero quizá ahora Hadi –debilitado– se vea obligado por fin a aceptar un diálogo nacional entre iguales sobre el futuro del Yemen. La victoria militar es inviable, como lo es la continuidad del viejo régimen.
La presión internacional sobre los saudíes es decisiva para acabar con la guerra, que es la principal causa de la devastadora crisis humanitaria en Yemen. La guerra la están haciendo los saudíes con armas occidentales y asesorados por militares estadounidenses e ingleses. Por eso ha sido importante que el Senado de los Estados Unidos –en manos de los conservadores– haya aprobado una resolución bipartidista exigiendo que se detenga la asistencia militar de los Estados Unidos a Arabia Saudí en la guerra del Yemen. No por ser simbólica deja de ser significativa. Canadá está considerando dejar de vender armas a los saudíes después del asesinato de Jamal Khashoggi, a pesar de que tiene varios contratos firmados, según ha dicho su Primer Ministro Justin Trudeau. La mayoría de los países de la Unión Europea, incluida Alemania, han detenido la venta de armas a los saudíes.
El gobierno de Sánchez debería tomar ejemplo. Nunca será tarde si se salvan vidas de civiles inocentes. España tiene que dejar de vender armas a Arabia Saudí mientras dure la guerra del Yemen. La vida de los niños debe estar antes que las comisiones de los políticos, reales o no, y los dividendos de los accionistas de las empresas de armamento. El diario El Mundo recientemente informó que “sólo entre noviembre de 2016 y febrero de 2018, 5.300 toneladas de explosivos se cargaron en el puerto de Bilbao con destino a Arabia Saudí y Emiratos Árabes”. Sánchez no debe olvidar que la crisis humanitaria en Yemen es el resultado de una estrategia de guerra contra la población civil en la que se usan las armas que España vende. Una estrategia militar prohibida por la comunidad internacional por su compromiso con los derechos humanos y la ayuda humanitaria. Es una crisis hecha por el hombre y debe ser resuelta por el hombre. ¿Cómo es posible que un gobierno “socialista” siga vendiendo armas a criminales de guerra?
Mark Aguirre
TopoExpress
Las noticias que llegan desde la ciudad de Hodeidah el día que en entra en vigor el acuerdo del alto el fuego son contradictorias. Se han reportado ruidos de explosiones y ataques aéreos al sur de la ciudad, pero también que la intensidad de los combates se ha reducido notablemente. Sabemos de la fragilidad del acuerdo alcanzado en Suecia, de lo poroso del territorio, del odio entre los combatientes, pero no nos queda más que hacer todo lo posible para que prospere el acuerdo. Estamos hablando del destino de la mayor crisis humanitaria de los últimos tiempos, de la vida de millones de personas.
Las fotos que por fin las empresas de comunicación han decidido publicar hablan por ellas mismas de qué clase de crisis estamos hablando. Hacía años que no veíamos imágenes tan devastadoras de una crisis hecha por el hombre. Niños con caras de viejos a causa del hambre atroz. Niñas agonizando de enfermedades curables. Cuerpos tumbados donde solo hay pellejo, incapaces de sostener su propio peso. La cifras son también pavorosas. Solo en un mes, en noviembre, en Hodeidah murieron 3.000 personas. La cifra mantenida hasta ahora de 10 mil muertos en los casi cuatro años de guerra se va quedando pequeña. Es mucho más creíble la de 60 mil dada recientemente. UNICEF ha dicho que ya han muerto 85 mil niños a causa del hambre. Una reciente encuesta de Naciones Unidas ha encontrado que 16 millones de yemeníes viven con escasez de comida, de ellos cinco millones pasan hambre y 63.500 están literalmente muriendo de hambre. Un incremento del 42% desde marzo del 2017, cuando se realizó una encuesta similar. Por el puerto de Hodeidah entra el 75% de la ayuda humanitaria que mantiene con vida a esta gente. Por eso es tan importante que el alto el fuego en Hodeidah prospere.
Martin Griffiths, el enviado de Naciones Unidas en Yemen que ha desempeñado un papel clave en las negociaciones, ha dicho que se requiere un robusto monitoreo internacional para que se cumplan los acuerdos y ha propuesto que la tarea sea llevada a cabo por el general holandés retirado Patrick Cammaert, que supervisó el alto el fuego entre Etiopía y Eritrea en su última guerra. El tiempo para que actúe la Comunidad Internacional ha llegado, pero cuando debía empezar el alto el fuego solo habían desplegado una pequeña misión. Todavía el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas no ha adoptado ninguna resolución apoyando los acuerdos de Suecia. ¿Cómo es posible?
La razón es sin duda la debilidad política de la coalición. La guerra no puede acabar sin que se inicie un proceso político para refundar el estado yemení, un proceso que estaba en marcha cuando empezó el conflicto armado. Contra todo pronóstico la guerra ha trabajado a favor de los huzíes, debilitando el viejo régimen de Saleh sin Saleh que los saudíes, ingleses y estadounidenses querían reinstalar. No deja de ser chocante que un gobierno de facto que tiene el apoyo del ejército nacional, que ha controlado durante cuatro años la capital y un territorio donde vive el 80% de la población siga siendo considerado “rebelde”, mientras que el gobierno depuesto del Presidente Hadi, que no puede ni garantizar su sede en territorio yemení, que no es otra cosa que una cáscara vacía –el ataque a Hodeidah estaba comandado por militares de Emiratos–, se le considere el gobierno del Yemen. Es incoherente que pidan al gobierno de facto que ha resistido cuatro años y que está lejos de ser derrotado que se autodesarme para poder empezar negociaciones políticas. La idea de que es un gobierno sostenido por los misiles iraníes es ridícula, como lo era la amenaza de Sadam Hussein. Se trata de excusas prefabricadas para hacernos tragar una guerra en beneficio de los halcones saudíes coaligados con accionistas de las empresas de armamento.
Este periodista ha hablado recientemente con residentes de Taiz viviendo en territorio en manos de la coalición y le han contado que esta es incapaz de generar ninguna institucionalidad. El poder está en disputa entre jeques que reciben dinero de los saudíes y jeques que lo reciben de los emiratíes, muchas veces miembros de las mismas familias. En otras áreas controladas por la coalición las tribus han establecido alianzas con al Qaeda o están bajo control de grupos separatistas. Periodistas que han visitado recientemente el país dicen que se encuentran más seguros en Sanaa que en Aden, la vieja capital del sur donde se pasa la misma hambre que en Sanaa.
Taiz era uno de los centros políticos de Al-Islah, un partido esencial en el régimen anterior en el que habían confluido wahabistas y Hermanos Musulmanes. Corrientes del sunismo ahora no solo divididas, sino enfrentadas, como ha puesto en evidencia el asesinato de Jamal Khashoggi. El wahabismo es la corriente del islam saudí y los Hermanos Musulmanes están apoyados por Qatar y Turquía. El otro partido esencial del viejo régimen, el Congreso General del Pueblo, el partido del Presidente Saleh, ha quedado también debilitado después de que este fuera abatido el año pasado por los huzíes en una disputa política interna. El Congreso General del Pueblo mandó delegados con la delegación del gobierno de facto huzíe a las negociaciones de paz en Suecia.
De cualquier manera es imposible que la guerra acabe sin que se reanude un proceso político de negociación a nivel nacional. Las negociaciones que está previsto se reanuden en enero –ambas partes han aceptado– tendrán que abordarlo si quieren llegar a un final feliz. Sin acuerdo político no hay fin de la guerra. La guerra y la política son la continuidad de un mismo proceso, detenido cuando el Presidente depuesto Hadi se negó a negociar de igual a igual con los huzíes el futuro del Yemen. Después de cuatro años de guerra estamos como cuando empezó, pero quizá ahora Hadi –debilitado– se vea obligado por fin a aceptar un diálogo nacional entre iguales sobre el futuro del Yemen. La victoria militar es inviable, como lo es la continuidad del viejo régimen.
La presión internacional sobre los saudíes es decisiva para acabar con la guerra, que es la principal causa de la devastadora crisis humanitaria en Yemen. La guerra la están haciendo los saudíes con armas occidentales y asesorados por militares estadounidenses e ingleses. Por eso ha sido importante que el Senado de los Estados Unidos –en manos de los conservadores– haya aprobado una resolución bipartidista exigiendo que se detenga la asistencia militar de los Estados Unidos a Arabia Saudí en la guerra del Yemen. No por ser simbólica deja de ser significativa. Canadá está considerando dejar de vender armas a los saudíes después del asesinato de Jamal Khashoggi, a pesar de que tiene varios contratos firmados, según ha dicho su Primer Ministro Justin Trudeau. La mayoría de los países de la Unión Europea, incluida Alemania, han detenido la venta de armas a los saudíes.
El gobierno de Sánchez debería tomar ejemplo. Nunca será tarde si se salvan vidas de civiles inocentes. España tiene que dejar de vender armas a Arabia Saudí mientras dure la guerra del Yemen. La vida de los niños debe estar antes que las comisiones de los políticos, reales o no, y los dividendos de los accionistas de las empresas de armamento. El diario El Mundo recientemente informó que “sólo entre noviembre de 2016 y febrero de 2018, 5.300 toneladas de explosivos se cargaron en el puerto de Bilbao con destino a Arabia Saudí y Emiratos Árabes”. Sánchez no debe olvidar que la crisis humanitaria en Yemen es el resultado de una estrategia de guerra contra la población civil en la que se usan las armas que España vende. Una estrategia militar prohibida por la comunidad internacional por su compromiso con los derechos humanos y la ayuda humanitaria. Es una crisis hecha por el hombre y debe ser resuelta por el hombre. ¿Cómo es posible que un gobierno “socialista” siga vendiendo armas a criminales de guerra?
Mark Aguirre
TopoExpress
jueves, diciembre 27, 2018
Un millón y medio de niños y niñas pasan hambre en Argentina

Según un relevamiento de la UCA, la cantidad de niños, niñas y adolescentes con inseguridad alimentaria severa creció un 3,4 % el último año.
El 2018 se termina y con él llegan a término las terceras cuartas partes del mandato de Mauricio Macri. Los motores que vienen preparándose hace tiempo, se calientan de cara a la carrera electoral del 2019.
Con el fin de este duro año par, se cristalizan las consecuencias de las políticas implementadas en su curso, del avance del ajuste y se puede ver el hambre y la miseria que se extendieron en los hogares a lo largo y ancho del país.
El informe de avance 2018 del Observatorio de la Deuda Social de la Infancia de la Universidad Católica Argentina (UCA), indagó sobre un aspecto que permite ver con claridad el costo del ajuste: la cantidad de niños y niñas de hasta 17 años que comen menos que antes o pasan hambre en Argentina.
El diario La Nación publicó algunos datos arrojados por el relevamiento que se difundirá este jueves.
El concepto de “inseguridad alimentaria severa” da cuenta de la situación de los hogares donde niños y adolescentes experimentan hambre. Este indicador pasó de 9,6 % a 13 % entre 2017 y 2018, lo que equivale a un aumento de 3,4 puntos.
Se trata de un universo que se elevó de 1.116.160 a 1.573.000 niños, niñas y adolescentes de hasta 17 años que viven en ciudades. En limpio: en los últimos doce meses hubo 456.840 niños y niñas más que pasaron hambre.
Con “inseguridad alimentaria” el informe se refiere a la situación de las casas en las que hay dificultades para acceder a los alimentos en cantidad y calidad por problemas económicos.
Este registro experimentó una suba de 7,6 % en el último año. Pasó de 21,7 % a 29,3 %. Hoy esta estadística representa la realidad en la mesa de 3.5 millones de chicos y chicas, mientras que hasta el año pasado alcanzaba la de 2,6 millones.
Días atrás la misma UCA había dado a conocer su cálculo sobre la cantidad de personas de hasta 17 años que viven en la pobreza. Entre 2017 y 2018 este índice se incrementó de un 44 % a un 51,7 %. Esto quiere decir que más de la mitad de la infancia del país es pobre y enfrenta dificultades para vestirse, transportarse y, lógicamente, alimentarse.
En números, son nada más y nada menos que 6.255.700 chicos y chicas pobres. En un año entraron en la condena de la pobreza, a engrosar esos márgenes de lo que dicen que imposible de erradicar, 931.700 niños y niñas. Es casi casi un millón más.
Sin embargo, esto no implica que la infancia que vive en esas familias pase hambre. Hay todo un sector dentro de esa generalidad a la que se denomina “pobres”, que la pasa peor aún que el resto. Previamente es probable que los padres o adultos de la casa pasaran hambre, para poder alimentar mejor a niños y niñas.
La realidad más cruda se constata en aquellos hogares donde son directamente los menores quienes ven disminuida la porción de comida servida en su propio plato.
Como para que sobrevivan algunos
La UCA estima que entre 2017 y 2018 se mantuvo estable el porcentaje de niños, niñas y adolescentes beneficiarios de asistencia alimentaria en comedores escolares, comedores no escolares, que viven en hogares o que reciben caja o bolsón de alimentos. La variación de este índice fue poco significativa, de un 36,1 % a 36,6 %.
La proporción alcanzada por alguna forma de asistencia social subió de 38,7 % a 40 %. Sin embargo, que la cantidad de beneficiarios y beneficiarias de ayuda para comer no haya variado mucho, no quiere decir que no haya incrementado la cantidad de chicos y chicas que comenzaron a enfrentar problemas para alimentarse.
Se estima que alrededor del 18,1 % de la infancia vulnerable en términos del acceso a la comida, carece de protección social.
De acuerdo a lo relevado por la UCA, la asistencia alimentaria directa cubre solo el 54 % de la población infantil con inseguridad alimentaria.
Entre la población más afectada, la ayuda para poder comer algo alcanza a un 60,6 %. Los investigadores señalaron además que en este segmento, el más hambriento de todos, se registró un incremento de la asistencia de 12,4 %.
Parece que los “esfuerzos” de los programas asistenciales del Gobierno estuvieron focalizados en evitar que los sectores sometidos a la realidad más dura mueran de hambre. Sin embargo, queda un 39,4 % de la infancia con inseguridad alimentaria severa que no recibe ningún tipo de ayuda alimentaria.
Cambiemos ya no puede hablar de "pobreza cero" e intenta mostrarse sensible a estas problemáticas. Asegura que el pacto con el FMI contempla políticas para contener a los más vulnerables. Pero ¿qué les espera a estas personas de cara al futuro, gobernado por Christine Lagarde y el Fondo?
No es imposible
“Me quiero comprometer frente a ustedes para que trabajemos juntos para que a partir del 10 de diciembre, codo a codo, junto al mejor equipo de los últimos 50 años que yo me comprometo a formar llamando a los mejores de Santiago del Estero también, para qué, para qué, para lograr una Argentina y una Santiago ¡con pobreza cero! ¡Pobreza cero!”.
No hace falta recordar de qué boca salió el fragmento de discurso precedente. Fue una de las promesas de campaña de Cambiemos y Macri, así como lo hizo en Santiago del Estero, prometió en más de un lugar que trabajaría por el objetivo de la pobreza cero. Una vez en el poder bajó un cambio y dijo que “pobreza cero” es un slogan, una expresión de deseo, pero que es algo imposible.
Nicolás Dujovne sostuvo, en uno de esos pasajes increíbles del discurso público del oficialismo de este año tan “tormentoso”, que nunca se había podido aplicar tamaño ajuste como el que impulsa Cambiemos, sin que cayera el gobierno.
Y mientras ellos se jactan de seguir administrando el poder sin caer a pesar de la catástrofe social a la que someten a millones, fue subiendo la inflación y cayendo el poder adquisitivo del salario.
El gabinete de los CEO sabe los apoyos con los que cuenta para llevar adelante su plan de ajuste, diseñado por el FMI. Esta gobernabilidad a prueba de hambre existe gracias a la colaboración de la mal llamada oposición política del peronismo en el Congreso, de los gobernadores y de la dirigencia sindical que no mueve un dedo mientras millones caen en la miseria.
En la contracumbre del G20 organizada por Clacso, Cristina Fernández de Kirchner se preguntó cómo puede ser que la gente aguante tanto, cómo puede ser que la gente soporte el avance del plan de ajuste neoliberal. Como explicación, la expresidenta habló del "colchón" social, de ese tejido supuestamente recompuesto gracias a su gestión en la década ganada que hoy hace que Cambiemos ajuste y la gente tenga algo para aguantar.
Pero no hay que olvidar que la misma Cristina Kirchner se retiró de la Casa Rosada dejando un 30 % de pobres, una de cada tres personas que habitan el territorio argentino. ¿Nunca menos?
Hablar de estas caídas y subidas es fácil. Difícil es remarla día a día, dejando de comer uno primero, para que el pibe o la piba se vaya a dormir con algo en la panza.
Difícil es constatar que ya no alcanza para que el pibe o la piba coma todos los días aunque el plato propio quede completamente vacío.
Difícil es sentir que ya no hay plato de dónde sacar para que haya pan para los hijos. En esa situación cayeron las personas responsables de alimentar a casi un millón de nuevas bocas de niños y niñas en el último año.
Esta es la pobreza que Macri opina imposible de eliminar, muy convenientemente para él y los empresarios para los que gobierna.
Esta es la pobreza mal llamada "estructural", como si fuese una parte necesaria de un armado. Es la pobreza que el gobierno anterior se jacta de haber paliado con una asistencia de miseria que dejaba afuera a millones, a los que ahora se suman nuevos millones.
No hay que aguantar. Hay muchos otros platos de los que se puede sacar.
Juana Galarraga
@Juana_Galarraga
Peligro en las mesas argentinas
El Gobierno aprobó papa y trigo transgénicos para consumo masivo
En base a estudios confidenciales, y luego del visto bueno de una comisión que tiene íntimos vínculos con las empresas que venden las semillas genéticamente modificadas para producirlos, el Estado dio vía libre a la comercialización de productos cuestionados.
Los argentinos serán los primeros en comer papa y trigo transgénicos. Dos alimentos de consumo masivo que fueron aprobados por el Gobierno en base a estudios confidenciales y luego del visto bueno de una comisión técnica-científica dominada por las mismas empresas que venden las semillas. Denuncias por la forma en que se aprueban los transgénicos, el mayor uso de agrotóxicos y la profundización de un modelo a medida de las empresas.
El 4 de noviembre la empresa Bioceres (que cuenta entre sus accionistas a Gustavo Grobocopatel y Hugo Sigman, entre otros millonarios argentinos) presentó en Pergamino el “trigo HB4”. La publicidad corporativa señala que es “tolerante a la sequía” y al agrotóxico glufosinato de amonio, más cuestionado por su toxicidad que el famoso glifosato.
“No se metan con nuestro pan” había sido la consigna de una decena de organizaciones sociales que denuncia la nueva avanzada del agronegocio y los riesgos para la alimentación. “Sabemos que los transgénicos son una amenaza para la biodiversidad, para el ambiente y la salud de todos. Sabemos que las aprobaciones y los controles son, en la Argentina, muy poco serios”, advirtieron la Cátedra de Soberanía Alimentaria de la UBA (Facultad de Medicina), Acción por la Biodiversidad, Naturaleza de Derechos, Huerquen Comunicación, Foro Ecologista de Paraná y BePe, entre otras, al tiempo que exigieron: “No queremos trigo ni pan transgénico”.
El trigo abarca en el país 5,6 millones de hectáreas y es el principal componente del pan. No hay ninguna ley que obligue en Argentina a identificar qué producto contiene transgénicos, como sí sucede en los países de la Unión Europea, además de Rusia, India, China y Australia, entre otros.
Los estudios de “inocuidad” son realizados por las mismas empresas que producen los transgénicos y los expedientes son confidenciales. La Comisión Nacional de Biotecnología (Conabia), dirigida por Martín Lema, está controlada por las empresas: de 34 integrantes, 26 pertenecen a las empresas o tienen conflictos de intereses. En tres años, aprobó 16 transgénicos (51 desde 1996).
Carla Poth es investigadora de la Universidad Nacional de San Martín y en su tesis doctoral investigó la Conabia. “Los integrantes de la Conabia son juez y parte en la liberación de transgénicos. Y eso incluye a los tres sectores que la integran: privados, funcionarios estatales y el sector científico. Todos hablan el mismo idioma, el de las empresas tecnológicas, donde sólo importa la ganancia económica”.
Fernando Frank, de la Asociación Campesina del Valle de Conlara, explicó que otro agravante es que el trigo transgénico puede fecundar al trigo convencional. Alerta que si las empresas logran la nueva ley de semillas (Cambiemos dio dictamen en la Comisión de Agricultura de Diputados y planea aprobarla el primer semestre), las cosechas convencionales podrán contener transgénicos, por simple contaminación, y los productores podrán ser obligados a pagar a las empresas.
El Gobierno también presentó la primera papa transgénica, ya liberada para su comercialización y llegada a verdulerías y a la mesa familiar. En el acto, el 10 de diciembre, estuvieron el secretario de Ciencia, Lino Barañao, y el de Agroindustria, Luis Miguel Etchevehere. La compañía beneficiada es Tecnoplant, del Grupo Sidus, en trabajo conjunto con el Conicet a través del Instituto de Ingeniería Genética y Biología Experimental (Ingebi). La publicidad empresaria afirma que el transgénico es resistente al virus “PVY” (“potato virus”). Uno de los responsables del proyecto es Alejandro Mentaberry, quien era jefe de gabinete del Ministerio de Ciencia al momento de aprobarse la papa modificada genéticamente. Desde su cargo tenía incidencia en el Conicet y en la Conabia. El investigador Fernando Bravo Almonacid (del Ingebi-Conicet) forma parte del desarrollo de la papa transgénica y también formó parte de la Conabia al momento de aprobar la nueva semilla. Del Grupo Sidus también formó parte Lino Barañao, que impulsó desde allí la clonación de animales. Así, la aprobación de la papa favorece a los ex empleadores del secretario de Ciencia.
El Parlamento Andino (órgano deliberativo de Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Chile) prohibió la papa transgénica en 2006. Resaltó la “inestabilidad” del cultivo y alertó que “una vez que se libera una variedad transgénica es imposible frenar la contaminación genética”. Elizabeth Bravo, doctora en ecología de microorganismos e integrante de la Red por una América Latina Libre de Transgénicos (Rallt) afirmó que la papa transgénica no resolverá problemas agronómicos. “Los virus mutan. Y el virus PVY puede desarrollar resistencia a la papa transgénica”. Alertó que es un “gran problema adicional” que esta papa se utilice para consumo humano directo.
Fernando Frank apuntó al fondo: “No pueden afirmar que el transgénico no va a tener consecuencias malignas en la salud. Ni siquiera tenemos acceso a los supuestos estudios de inocuidad. El llamado avance tecnológico no implica ninguna mejora para los consumidores. El objetivo es el avance de la agricultura industrial y la consolidación del control corporativo del sistema agroalimentario, manipulando el poder de decisión de agricultores y consumidores acerca de qué cultivar y consumir”.
Darío Aranda
Página/12
En base a estudios confidenciales, y luego del visto bueno de una comisión que tiene íntimos vínculos con las empresas que venden las semillas genéticamente modificadas para producirlos, el Estado dio vía libre a la comercialización de productos cuestionados.
Los argentinos serán los primeros en comer papa y trigo transgénicos. Dos alimentos de consumo masivo que fueron aprobados por el Gobierno en base a estudios confidenciales y luego del visto bueno de una comisión técnica-científica dominada por las mismas empresas que venden las semillas. Denuncias por la forma en que se aprueban los transgénicos, el mayor uso de agrotóxicos y la profundización de un modelo a medida de las empresas.
El 4 de noviembre la empresa Bioceres (que cuenta entre sus accionistas a Gustavo Grobocopatel y Hugo Sigman, entre otros millonarios argentinos) presentó en Pergamino el “trigo HB4”. La publicidad corporativa señala que es “tolerante a la sequía” y al agrotóxico glufosinato de amonio, más cuestionado por su toxicidad que el famoso glifosato.
“No se metan con nuestro pan” había sido la consigna de una decena de organizaciones sociales que denuncia la nueva avanzada del agronegocio y los riesgos para la alimentación. “Sabemos que los transgénicos son una amenaza para la biodiversidad, para el ambiente y la salud de todos. Sabemos que las aprobaciones y los controles son, en la Argentina, muy poco serios”, advirtieron la Cátedra de Soberanía Alimentaria de la UBA (Facultad de Medicina), Acción por la Biodiversidad, Naturaleza de Derechos, Huerquen Comunicación, Foro Ecologista de Paraná y BePe, entre otras, al tiempo que exigieron: “No queremos trigo ni pan transgénico”.
El trigo abarca en el país 5,6 millones de hectáreas y es el principal componente del pan. No hay ninguna ley que obligue en Argentina a identificar qué producto contiene transgénicos, como sí sucede en los países de la Unión Europea, además de Rusia, India, China y Australia, entre otros.
Los estudios de “inocuidad” son realizados por las mismas empresas que producen los transgénicos y los expedientes son confidenciales. La Comisión Nacional de Biotecnología (Conabia), dirigida por Martín Lema, está controlada por las empresas: de 34 integrantes, 26 pertenecen a las empresas o tienen conflictos de intereses. En tres años, aprobó 16 transgénicos (51 desde 1996).
Carla Poth es investigadora de la Universidad Nacional de San Martín y en su tesis doctoral investigó la Conabia. “Los integrantes de la Conabia son juez y parte en la liberación de transgénicos. Y eso incluye a los tres sectores que la integran: privados, funcionarios estatales y el sector científico. Todos hablan el mismo idioma, el de las empresas tecnológicas, donde sólo importa la ganancia económica”.
Fernando Frank, de la Asociación Campesina del Valle de Conlara, explicó que otro agravante es que el trigo transgénico puede fecundar al trigo convencional. Alerta que si las empresas logran la nueva ley de semillas (Cambiemos dio dictamen en la Comisión de Agricultura de Diputados y planea aprobarla el primer semestre), las cosechas convencionales podrán contener transgénicos, por simple contaminación, y los productores podrán ser obligados a pagar a las empresas.
El Gobierno también presentó la primera papa transgénica, ya liberada para su comercialización y llegada a verdulerías y a la mesa familiar. En el acto, el 10 de diciembre, estuvieron el secretario de Ciencia, Lino Barañao, y el de Agroindustria, Luis Miguel Etchevehere. La compañía beneficiada es Tecnoplant, del Grupo Sidus, en trabajo conjunto con el Conicet a través del Instituto de Ingeniería Genética y Biología Experimental (Ingebi). La publicidad empresaria afirma que el transgénico es resistente al virus “PVY” (“potato virus”). Uno de los responsables del proyecto es Alejandro Mentaberry, quien era jefe de gabinete del Ministerio de Ciencia al momento de aprobarse la papa modificada genéticamente. Desde su cargo tenía incidencia en el Conicet y en la Conabia. El investigador Fernando Bravo Almonacid (del Ingebi-Conicet) forma parte del desarrollo de la papa transgénica y también formó parte de la Conabia al momento de aprobar la nueva semilla. Del Grupo Sidus también formó parte Lino Barañao, que impulsó desde allí la clonación de animales. Así, la aprobación de la papa favorece a los ex empleadores del secretario de Ciencia.
El Parlamento Andino (órgano deliberativo de Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Chile) prohibió la papa transgénica en 2006. Resaltó la “inestabilidad” del cultivo y alertó que “una vez que se libera una variedad transgénica es imposible frenar la contaminación genética”. Elizabeth Bravo, doctora en ecología de microorganismos e integrante de la Red por una América Latina Libre de Transgénicos (Rallt) afirmó que la papa transgénica no resolverá problemas agronómicos. “Los virus mutan. Y el virus PVY puede desarrollar resistencia a la papa transgénica”. Alertó que es un “gran problema adicional” que esta papa se utilice para consumo humano directo.
Fernando Frank apuntó al fondo: “No pueden afirmar que el transgénico no va a tener consecuencias malignas en la salud. Ni siquiera tenemos acceso a los supuestos estudios de inocuidad. El llamado avance tecnológico no implica ninguna mejora para los consumidores. El objetivo es el avance de la agricultura industrial y la consolidación del control corporativo del sistema agroalimentario, manipulando el poder de decisión de agricultores y consumidores acerca de qué cultivar y consumir”.
Darío Aranda
Página/12
El retiro de las tropas en Siria precipita la renuncia de James Mattis

La decisión de Trump que ordenó la retirada de las tropas estadounidenses en Siria tendrá impacto regional y global. El secretario de Defensa estadounidense renunció tras la noticia. Quienes son los ganadores y perdedores.
El 18 de diciembre el presidente Donald Trump anunció por twitter el retiro de los 2000 efectivos norteamericanos desplegados en Siria. Dijo sencillamante que Estados Unidos ya habría derrotado al Estado Islámico (ISIS) y que esa era la única razón por la cual había militares en el terreno bajo su presidencia. Luego de este anuncio, el presidente siguió ampliando. Dijo que el retiro de Siria fue una de sus promesas de campaña (lo cual es verdad) y que Estados Unidos estaba haciendo el trabajo que le correspondía a Rusia, Irán y Siria, a los que llamó los “enemigos locales del ISIS”. Imposible no recordar la fallida “Misión cumplida” de George W. Bush en la guerra de Irak.
Algunos analistas lo consideran intempestivo pero predecible y leen esta decisión de Trump en sintonía con la estrategia de seguridad nacional, que reorienta las prioridades de Estados Unidos hacia el resurgimiento del conflicto entre grandes potencias (empezando por China y Rusia) y desplaza la lucha contra el terrorismo a un segundo plano. Mientras que otros lo interpretan como una táctica distraccionista del presidente para correr el foco del “Rusiagate” y de otros escándalos, como el affaire Stormy Danniels.
Para otros, esta reafirmación del “decisionismo” presidencial, a través del cual Trump ejerce su voluntad bonapartista y crea el espejismo de que es el amo del mundo, estaría al servicio de alejar el espectro de “pato rengo” que acecha desde la pérdida de control de la Cámara de Representantes luego de las elecciones de medio término.
Las hipótesis son varias, incluyendo quienes esperan que el presidente retroceda, pero el anuncio por sí mismo ya ha tenido efectos tanto en la política doméstica como en el complejo panorama geopolítico del Medio Oriente.
Empecemos por el plano interno. La decisión de Trump volvió a dejar en evidencia las disputas en la administración republicana y en la cúpula del poder estatal. Varios funcionarios quedaron en falsa escuadra. No solo los que militan en el ala moderada sino también los súper halcones, como el asesor de seguridad nacional, John Bolton, que hace apenas dos meses había asegurado que Estados Unidos no se retiraría de Siria mientras Irán y Rusia tuvieran la capacidad de ser los árbitros de la posguerra.
Casi al mismo tiempo en que el presidente declaraba la victoria sobre el Estado Islámico, el Pentágono afirmaba que una cosa era haber expulsado al ISIS del territorio que ocupaba y otra muy distinta haberlo derrotado. De hecho estima que aún hay entre 14.500 combatientes en suelo sirio. Otros cálculos menos optimistas elevan esa cifra al doble.
La decisión de Trump precipitó la renuncia de su secretario de Defensa, James Mattis, a quien muchos consideraban la última barrera para imponer algo de coherencia al pragmatismo trumpiano. La cúpula del Pentagono se había negado a secundar la decisión sobre las tropas en Siria, a pesar de los pedidos de Trump, y dejó en claro que el retiro sería interpretado casi sin matices como una rendición de Estados Unidos –y más en general de Occidente- ante la influencia de Rusia e Irán en Siria. Y en esto coincide con el ala “realista” del establishment republicano y demócrata. Con la renuncia de Mattis, que siguió el mismo camino de salida de John Kelly, se puede considerar como clausurada la etapa de los “generales” en puestos clave de la administración Trump, y lo que se viene es otra reconfiguración del esquema de poder de la Casa Blanca.
Las consecuencias geopolíticas de este giro en la posición norteamericana en Siria son múltiples y se verán en el tiempo, cuando quede claro el significado definitivo de este acto político. Los aliados de la OTAN tomaron la decisión de Trump como otra provocación (y van…) y rechazaron esta decisión unilateral de Estados Unidos que los deja en soledad enfrentando el espectro del terrorismo islámico.
Como es usual en estos casos, el análisis arroja ganadores y perdedores: en el grupo de los ganadores sin dudas están Rusia, Irán (y el régimen de Assad que es su vasallo) y también Turquía aunque haya combatido en una de las trincheras opuestas de la guerra civil.
El caso de Rusia e Irán no necesita demasiada elaboración. Han tomado el retiro como un reconocimiento de su triunfo y, por lo tanto, de su derecho a establecer los términos de la salida de la guerra. Veremos si esta es una lectura demasiado literal.
En cuanto a Turquía, el rumor que suena más fuerte es que el retiro es un resultado directo de un acuerdo alcanzado entre Trump y el presidente turco R. Erdogan durante una conversación telefónica el pasado viernes. La clave del acuerdo es el problema kurdo. Como se sabe, Turquía ha librado una guerra doble en Siria. Contra el régimen de Assad, apoyando al bando opositor, incluidas fracciones reaccionarias del fundamentalismo islámico. Y contra las milicias kurdas (YPG) ligadas al Partido de Trabajadores del Kurdistán (PKK) y aliadas tácticas de Estados Unidos en su batalla contra el Estado Islámico. Erdogan viene amenazando con invadir el territorio kurdo en Siria, lo que podía hacer realidad la pesadilla de un encontronazos entre las tropas turcas y las fuerzas norteamericanas en el terreno.
Las relaciones entre Estados Unidos y Turquía, que es miembro pleno de la OTAN, se vienen deteriorando, en particular desde el intento de golpe fallido contra Erdogan de julio de 2016. En ese momento, el presidente turco denunció que los militares insurrectos tenían una cierta cobertura de Washington.
Las contradicciones relativas llevaron a que Estados Unidos y Turquía intervinieran en bandos distintos en la guerra civil en Siria, lo que profundizó la grieta entre ambos. Pero esto puede estar cambiando. Y el único signo no es el retiro de la presencia militar norteamericana en suelo sirio. Casi en simultáneo, el Departamento de Estado informó la venta a Turquía de misiles Patriot (un negocio de 3500 millones de dólares) lo que evitó que Ankara concretara la compra de un armamento similar a Rusia.
Trump tiene razones estratégicas y también motivaciones geopolíticas más inmediatas para recomponer la alianza con Turquía, entre ellas, relajar la presión sobre el príncipe Salman de Arabia Saudita que tanto el gobierno turco como la CIA señalan como el principal responsable del asesinato del peridiosta Jamal Kashoggi, ultimado y desmembrado en el consulado saudita en Estambul.
Entre los posibles perdedores está el Estado de Israel, que ve con preocupación el avance iraní hacia sus fronteras, aunque el gobierno del ultra derechista B. Netanyahu está evaluando la estrategia de conjunto de Trump que tiene como objetivo central redoblar el sometimiento de Irán. Por eso está en una actitud de esperar y ver.
Los perdedores absolutos son las milicias kurdas que pusieron el cuerpo en la batalla contra el Estado Islámico y fueron los únicos aliados tácticos de Estados Unidos en el terreno y ahora han quedado a la intemperie. Los kurdos enfrentan la amenaza probable de que resurja el Estado Islámico. Sin embargo, el peligro más concreto viene de Turquía, y es que Erdogan tome el retiro norteamericano como luz verde para lanzar una ofensiva militar decisiva contra el kurdistán sirio.
Ante este panorama no se descarta que las milicias kurdas retomen la negociación con el régimen de Assad que a cambio de cierta convivencia podría recuperar el control de la región de Rojava.
La historia parece repetirse. No es la primera vez que una dirección nacionalista del movimiento kurdo confía en Estados Unidos y termina liquidando la justa lucha por la autodeterminación nacional, actuando como un peón en el ajedrez de los intereses imperialistas. Es lo que sucedió en Irak en la primera guerra del Golfo. Y es lo que sucede ahora en Siria, donde el entusiasmo inicial por la derrota del Estado Islámico en Kobani a manos de las milicias kurdas y el establecimiento de un incipiente autogobierno kurdo democrático, terminó en la decepción de la colaboración con el imperialismo norteamericano. Como muestra la brutal guerra civil siria, el costo de estas lecciones para los explotados y oprimidos es altísimo.
Claudia Cinatti
Soberbia, ¿de izquierda o de derecha?
El título del presente texto puede llevar a equívocos: ¿acaso la soberbia tiene ideología? En un sentido, como todo concepto perteneciente a un marco determinado de valores: sí. Pero en tanto acción humana común a todos los mortales, por supuesto que no, pues no es ni de izquierda ni de derecha en términos políticos. Es, según el Diccionario de la Real Academia Española, la “Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros”. Está en el mismo ámbito semántico que la petulancia, la altanería, la jactancia; en otros términos: el menosprecio del otro a partir de la supervaloración de sí mismo.
Ahora bien: el hecho de presentarla a través de esa provocativa pregunta tiene una finalidad muy precisa: abrir el debate en torno al porqué de su marcada persistencia en el campo amplio de lo que llamamos izquierda (entendiendo por tal aquella postura que es crítica, en mayor o menor medida, con lo establecido, que intenta construir algo novedoso y superador a partir de lo dado).
Tradicionalmente, para la cosmovisión cristiana dominante en Occidente, la soberbia es considerada un valor negativo, un vicio, un puente con lo demoníaco (el diablo no se somete a dios –al poder– por soberbio). Incluso, constituye un pecado mortal, según la Iglesia Católica. De hecho: el primero y principal. Una conducta correcta, en tal sentido, debe alejarse de una postura soberbia, la cual sirve, sin más, como puerta de acceso a todos los otros pecados capitales: lujuria, pereza, gula, ira, envidia y avaricia, aquellos promulgados por el Papa Gregorio Magno en el siglo VI. La antítesis de este ignominioso proceder sería la humildad. En esa lógica, los humanos debemos ser humildes, porque somos finitos, creados, limitados; sentirse soberbio (agrandado, ilimitado, omnipotente) es creerse como el Sumo Creador, lo cual constituye un pecado, acercándonos a Lucifer. (De acuerdo a esa teología, somos polvo –“Polvo eres y en polvo te convertirás”– y para recordarlo humildemente, cada año los católicos marcan sus frentes con ceniza en Semana Santa).
Para una visión psicoanalítica del fenómeno humano, podría decirse que la soberbia es un efecto del narcisismo que a todos nos constituye y nos habita, en tanto amor a sí mismo. El reconocimiento de la Ley, de los códigos socialmente establecidos que nos humanizan y nos permiten acceder a un mundo donde no solo existo yo, es lo que nos salva de la locura, de creernos realmente soberbios. La soberbia es el exceso de ese narcisismo, que nos pone más en el ámbito de la locura (psicosis), alejándonos del reconocimiento del otro como un igual (para la soberbia el otro siempre es un estúpido, equivocado, inferior a mí, y por tanto despreciable, pues vale menos).
La soberbia, en definitiva, anida en todos nosotros, y según los vericuetos de nuestra siempre dificultosa y problemática humanización, de nuestra entrada en los códigos sociales que nos hacen uno más de la serie, tendrá más o menos preeminencia en nuestra estructura de personalidad.
La izquierda, en general con una posición bastante voluntarista, propia del sentido común dominante –aún aristotélico-tomista–, posición que en estos aspectos de lo humano no se ha apropiado enteramente todavía de los avances de las ciencias sociales, especialmente del Psicoanálisis, sigue viendo en la voluntad una prominente virtud descollante. Es por la “buena voluntad” y apelando a un llamado a la humildad –según ese esquema explicativo– que podemos superar la soberbia. Pareciera, sin embargo, que la dinámica es más compleja, puesto que ese llamado no produce mecánicamente la reducción de la soberbia en cada cuadro de izquierda; y si es un cuadro intelectual –con mayor acceso a información que otros, por tanto, con mayor cuota de poder social– esa soberbia puede ser realmente insoportable a veces.
Si el poder fascina (siempre, en todo contexto, sea de derecha o de izquierda), es porque remite a esa condición de ilimitado. Y ser ilimitados (sin falla, absolutos, sin ninguna carencia), nos torna dioses. La soberbia implica ese “ser más que otro”, y no un simple eslabón más de la cadena. Pero eso tiene costo: si no hay límites a la soberbia, entramos al campo de la locura (por eso Freud llamó a las psicosis “neurosis narcisistas”).
Quizá la buena voluntad no alcanza para “corregir” conductas criticables, lo cual abre una discusión que no es pertinente en este breve texto (¿hasta qué punto hay voluntad, libre albedrío? ¿Qué antropología se nos abre con la idea de inconsciente?). Pero sin dudas, la soberbia “cae mal”, porque quien es objeto de una actitud soberbia inmediatamente se siente disminuido, cosificado, denigrado. El soberbio se siente dios, y actúa como tal; quien recibe esa mirada, es ¿despreciable? Por supuesto, nadie quiere sentirse despreciado, empequeñecido, denostado. Por eso el soberbio –de izquierda o de derecha– es insufrible.
En la derecha, o más aún: en la ideología capitalista dominante, que pone su acento en el “triunfo individual” y entroniza el tener sobre el ser (tener objetos, muchos objetos; léase: consumismo desaforado), la soberbia no deja de ser un “vicio”…, pero vicio tolerado (o aplaudido incluso, quizá por lo bajo, pero aplaudido al fin). Más aún: el ideal capitalista, su ramplona y mediocre moral, ve en el “triunfador”, el que “es más que el otro”, un valor encomiable. La solidaridad, la humildad, la auténtica fraternidad, más allá de las pomposas declaraciones de algún discurso insulso, no son precisamente las notas distintivas de su ideario, de su tabla axiológica. La ética del tener (tener mucho, y cuanto más se tenga: mejor, porque evidencia que se es “más” triunfador) es un punto de llegada deseado.
Ahora bien: ¿qué pasa en la izquierda con todo esto? Los militantes de las fuerzas de izquierda, antes de abrazar los ideales socialistas y solidarios, son seres humanos construidos en la lógica dominante. Por tanto, la fascinación por lo ilimitado (digámoslo claramente: por el poder, por la ausencia de carencia, por la sensación oceánica de eternidad y omnipotencia) sigue estando presente. Y ninguna “buena voluntad” la quita. En todo caso, la restringe, pero siempre en una dinámica de equilibrio inestable.
Si así no fuera, no reaparecería con tanta frecuencia. ¿Por qué en la izquierda no es raro –o por el contrario: es bastante común– esa falta de humildad, ese despliegue de soberbia? Aclárese rápidamente: la soberbia en la ética capitalista es exhibir que “se es más que el otro” porque se dispone de mayor cuota de poder cuantificable en bienes, en cosas materiales, en dinero (mercancía universal que compra todas las cosas). En esa lógica, el portero de la empresa es “menos” que el gerente; y ese gerente es “menos” que Donald Trump, que tiene un capital de mil millones de dólares; y Trump es “menos” que Rockefeller, que tiene un patrimonio de 600,000 millones de dólares… ¿Quién está más cerca de dios? O, dicho de otra manera, ¿quién es “más”? Pues el que más tiene.
En la izquierda hay otra ética, puesto que no está en juego el tener (el apropiarse) de cosas, de bienes materiales, de dinero. Pero no deja de haber soberbia. Allí cuenta el saber. ¿El que más sabe es el “más” revolucionario?
“El socialismo clásico fue prepotente y arrogante. Siempre nos enviaba a ver tal página para encontrar verdades y soluciones. Nos dieron catecismos. Y eso es un grave error”, formuló a modo de crítica el ex presidente de Ecuador Rafael Correa. Apreciación correcta, pertinente. En buena medida la teoría revolucionaria se transformó en “verdad revelada”; los expertos del cenáculo profetizaban. Se pontifica en las iglesias, pero ¿qué pasa cuando se pontifica en el campo popular, en el ámbito donde se quiere inventar un mundo nuevo?
Visto desde la ética de la derecha, en el mundo hay mucho que perder: para la clase dominante, justamente su dominio y todo el sinfín de cosas que esa privilegiada posición le permite acumular. Por eso, como clase, más allá de las diferencias existentes –que las hay, obviamente, a veces enormes– en los momentos en que puede peligrar su situación de dominio, se une monolíticamente. Está más que claro cuál es su enemigo: la clase explotada. Para el individuo aislado, siguiendo esa ideología, el peligro es perder cualquier propiedad privada (su mísera casa, o su automóvil, o la licuadora que tanto esfuerzo produjo para comprarla).
Pero en el campo popular, representado por la ideología de izquierda, “no hay nada que perder, más que las cadenas” de la esclavitud asalariada. Esto puede explicar que aquí se asista a una división casi interminable de grupos, pequeños grupos, partidos, división de partidos, células, mini-células, etc., etc. La fragmentación parece perpetua, inagotable. ¿Quién es el más revolucionario? ¿Quién recita mejor el catecismo? La relación con el saber, endiosado como bien supremo en una visión racionalista, funciona como “el” objeto lujoso, el punto de llegada. El “más” revolucionario, al menos eso pareciera en las interminables discusiones, es el que “más” sabe.
Es patético, pero es una cruel realidad. La derecha se une porque tiene mucho que perder. La izquierda no. Y ahí aparece la soberbia. Lo que está en disputa no es la tenencia de los mejores y más costosos bienes (el automóvil Ferrari, el reloj Rolex de oro, el whisky escocés añejo, las bolsas Louis Vuitton) sino quién sabe más. El mito del saber absoluto funciona como el objeto preciado. La descripción hecha por Rafael Correa es precisa.
Esta es una característica sumamente arraigada en la izquierda, que no siempre se ve con facilidad, y mucho menos se está dispuesto a autocriticar. Pero es imprescindible insistir sobre estos puntos, pues si no se están repitiendo modelos que solo servirán para repetir errores (¿otra vez el Comité Central plenipotenciario y el Gulag para quien equivoca una coma en el catecismo?) Nadie está libre de la soberbia, pues eso anida en nuestra humana constitución. Solo sabiéndolo podremos buscar los antídotos, que no serán solo acciones voluntarias de “buena fe” sino, seguramente, procesos más complejos.
“Fue la soberbia la que convirtió a los ángeles en demonios” pudo decir San Agustín en el siglo IV. Algo similar, en otro contexto, nos enseña el refrán: “De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso”. Nadie lo sabe todo; creérnoslo es altamente peligroso, y sin autocrítica podemos ser fácilmente demonios… o ridículos. ¡Y la izquierda no puede ser ridícula! La izquierda no debe pontificar, pues si no, deja de ser izquierda.
Marcelo Colussi
Ahora bien: el hecho de presentarla a través de esa provocativa pregunta tiene una finalidad muy precisa: abrir el debate en torno al porqué de su marcada persistencia en el campo amplio de lo que llamamos izquierda (entendiendo por tal aquella postura que es crítica, en mayor o menor medida, con lo establecido, que intenta construir algo novedoso y superador a partir de lo dado).
Tradicionalmente, para la cosmovisión cristiana dominante en Occidente, la soberbia es considerada un valor negativo, un vicio, un puente con lo demoníaco (el diablo no se somete a dios –al poder– por soberbio). Incluso, constituye un pecado mortal, según la Iglesia Católica. De hecho: el primero y principal. Una conducta correcta, en tal sentido, debe alejarse de una postura soberbia, la cual sirve, sin más, como puerta de acceso a todos los otros pecados capitales: lujuria, pereza, gula, ira, envidia y avaricia, aquellos promulgados por el Papa Gregorio Magno en el siglo VI. La antítesis de este ignominioso proceder sería la humildad. En esa lógica, los humanos debemos ser humildes, porque somos finitos, creados, limitados; sentirse soberbio (agrandado, ilimitado, omnipotente) es creerse como el Sumo Creador, lo cual constituye un pecado, acercándonos a Lucifer. (De acuerdo a esa teología, somos polvo –“Polvo eres y en polvo te convertirás”– y para recordarlo humildemente, cada año los católicos marcan sus frentes con ceniza en Semana Santa).
Para una visión psicoanalítica del fenómeno humano, podría decirse que la soberbia es un efecto del narcisismo que a todos nos constituye y nos habita, en tanto amor a sí mismo. El reconocimiento de la Ley, de los códigos socialmente establecidos que nos humanizan y nos permiten acceder a un mundo donde no solo existo yo, es lo que nos salva de la locura, de creernos realmente soberbios. La soberbia es el exceso de ese narcisismo, que nos pone más en el ámbito de la locura (psicosis), alejándonos del reconocimiento del otro como un igual (para la soberbia el otro siempre es un estúpido, equivocado, inferior a mí, y por tanto despreciable, pues vale menos).
La soberbia, en definitiva, anida en todos nosotros, y según los vericuetos de nuestra siempre dificultosa y problemática humanización, de nuestra entrada en los códigos sociales que nos hacen uno más de la serie, tendrá más o menos preeminencia en nuestra estructura de personalidad.
La izquierda, en general con una posición bastante voluntarista, propia del sentido común dominante –aún aristotélico-tomista–, posición que en estos aspectos de lo humano no se ha apropiado enteramente todavía de los avances de las ciencias sociales, especialmente del Psicoanálisis, sigue viendo en la voluntad una prominente virtud descollante. Es por la “buena voluntad” y apelando a un llamado a la humildad –según ese esquema explicativo– que podemos superar la soberbia. Pareciera, sin embargo, que la dinámica es más compleja, puesto que ese llamado no produce mecánicamente la reducción de la soberbia en cada cuadro de izquierda; y si es un cuadro intelectual –con mayor acceso a información que otros, por tanto, con mayor cuota de poder social– esa soberbia puede ser realmente insoportable a veces.
Si el poder fascina (siempre, en todo contexto, sea de derecha o de izquierda), es porque remite a esa condición de ilimitado. Y ser ilimitados (sin falla, absolutos, sin ninguna carencia), nos torna dioses. La soberbia implica ese “ser más que otro”, y no un simple eslabón más de la cadena. Pero eso tiene costo: si no hay límites a la soberbia, entramos al campo de la locura (por eso Freud llamó a las psicosis “neurosis narcisistas”).
Quizá la buena voluntad no alcanza para “corregir” conductas criticables, lo cual abre una discusión que no es pertinente en este breve texto (¿hasta qué punto hay voluntad, libre albedrío? ¿Qué antropología se nos abre con la idea de inconsciente?). Pero sin dudas, la soberbia “cae mal”, porque quien es objeto de una actitud soberbia inmediatamente se siente disminuido, cosificado, denigrado. El soberbio se siente dios, y actúa como tal; quien recibe esa mirada, es ¿despreciable? Por supuesto, nadie quiere sentirse despreciado, empequeñecido, denostado. Por eso el soberbio –de izquierda o de derecha– es insufrible.
En la derecha, o más aún: en la ideología capitalista dominante, que pone su acento en el “triunfo individual” y entroniza el tener sobre el ser (tener objetos, muchos objetos; léase: consumismo desaforado), la soberbia no deja de ser un “vicio”…, pero vicio tolerado (o aplaudido incluso, quizá por lo bajo, pero aplaudido al fin). Más aún: el ideal capitalista, su ramplona y mediocre moral, ve en el “triunfador”, el que “es más que el otro”, un valor encomiable. La solidaridad, la humildad, la auténtica fraternidad, más allá de las pomposas declaraciones de algún discurso insulso, no son precisamente las notas distintivas de su ideario, de su tabla axiológica. La ética del tener (tener mucho, y cuanto más se tenga: mejor, porque evidencia que se es “más” triunfador) es un punto de llegada deseado.
Ahora bien: ¿qué pasa en la izquierda con todo esto? Los militantes de las fuerzas de izquierda, antes de abrazar los ideales socialistas y solidarios, son seres humanos construidos en la lógica dominante. Por tanto, la fascinación por lo ilimitado (digámoslo claramente: por el poder, por la ausencia de carencia, por la sensación oceánica de eternidad y omnipotencia) sigue estando presente. Y ninguna “buena voluntad” la quita. En todo caso, la restringe, pero siempre en una dinámica de equilibrio inestable.
Si así no fuera, no reaparecería con tanta frecuencia. ¿Por qué en la izquierda no es raro –o por el contrario: es bastante común– esa falta de humildad, ese despliegue de soberbia? Aclárese rápidamente: la soberbia en la ética capitalista es exhibir que “se es más que el otro” porque se dispone de mayor cuota de poder cuantificable en bienes, en cosas materiales, en dinero (mercancía universal que compra todas las cosas). En esa lógica, el portero de la empresa es “menos” que el gerente; y ese gerente es “menos” que Donald Trump, que tiene un capital de mil millones de dólares; y Trump es “menos” que Rockefeller, que tiene un patrimonio de 600,000 millones de dólares… ¿Quién está más cerca de dios? O, dicho de otra manera, ¿quién es “más”? Pues el que más tiene.
En la izquierda hay otra ética, puesto que no está en juego el tener (el apropiarse) de cosas, de bienes materiales, de dinero. Pero no deja de haber soberbia. Allí cuenta el saber. ¿El que más sabe es el “más” revolucionario?
“El socialismo clásico fue prepotente y arrogante. Siempre nos enviaba a ver tal página para encontrar verdades y soluciones. Nos dieron catecismos. Y eso es un grave error”, formuló a modo de crítica el ex presidente de Ecuador Rafael Correa. Apreciación correcta, pertinente. En buena medida la teoría revolucionaria se transformó en “verdad revelada”; los expertos del cenáculo profetizaban. Se pontifica en las iglesias, pero ¿qué pasa cuando se pontifica en el campo popular, en el ámbito donde se quiere inventar un mundo nuevo?
Visto desde la ética de la derecha, en el mundo hay mucho que perder: para la clase dominante, justamente su dominio y todo el sinfín de cosas que esa privilegiada posición le permite acumular. Por eso, como clase, más allá de las diferencias existentes –que las hay, obviamente, a veces enormes– en los momentos en que puede peligrar su situación de dominio, se une monolíticamente. Está más que claro cuál es su enemigo: la clase explotada. Para el individuo aislado, siguiendo esa ideología, el peligro es perder cualquier propiedad privada (su mísera casa, o su automóvil, o la licuadora que tanto esfuerzo produjo para comprarla).
Pero en el campo popular, representado por la ideología de izquierda, “no hay nada que perder, más que las cadenas” de la esclavitud asalariada. Esto puede explicar que aquí se asista a una división casi interminable de grupos, pequeños grupos, partidos, división de partidos, células, mini-células, etc., etc. La fragmentación parece perpetua, inagotable. ¿Quién es el más revolucionario? ¿Quién recita mejor el catecismo? La relación con el saber, endiosado como bien supremo en una visión racionalista, funciona como “el” objeto lujoso, el punto de llegada. El “más” revolucionario, al menos eso pareciera en las interminables discusiones, es el que “más” sabe.
Es patético, pero es una cruel realidad. La derecha se une porque tiene mucho que perder. La izquierda no. Y ahí aparece la soberbia. Lo que está en disputa no es la tenencia de los mejores y más costosos bienes (el automóvil Ferrari, el reloj Rolex de oro, el whisky escocés añejo, las bolsas Louis Vuitton) sino quién sabe más. El mito del saber absoluto funciona como el objeto preciado. La descripción hecha por Rafael Correa es precisa.
Esta es una característica sumamente arraigada en la izquierda, que no siempre se ve con facilidad, y mucho menos se está dispuesto a autocriticar. Pero es imprescindible insistir sobre estos puntos, pues si no se están repitiendo modelos que solo servirán para repetir errores (¿otra vez el Comité Central plenipotenciario y el Gulag para quien equivoca una coma en el catecismo?) Nadie está libre de la soberbia, pues eso anida en nuestra humana constitución. Solo sabiéndolo podremos buscar los antídotos, que no serán solo acciones voluntarias de “buena fe” sino, seguramente, procesos más complejos.
“Fue la soberbia la que convirtió a los ángeles en demonios” pudo decir San Agustín en el siglo IV. Algo similar, en otro contexto, nos enseña el refrán: “De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso”. Nadie lo sabe todo; creérnoslo es altamente peligroso, y sin autocrítica podemos ser fácilmente demonios… o ridículos. ¡Y la izquierda no puede ser ridícula! La izquierda no debe pontificar, pues si no, deja de ser izquierda.
Marcelo Colussi
La Patagonia rebelde, de Osvaldo Bayer

Esta experiencia histórica es reconstruida por Bayer no solo por el conocimiento fáctico, de fuentes y testimonios que recopila sino a través de la textura de un escritor tan original que nos propone encontrar en el pasado las claves posibles para comprender el presente y avanzar en transformarlo. Este es su mejor legado.
Osvaldo Bayer además de un gran historiador y luchador incansable, mantuvo a lo largo de su vida un compromiso militante con la causa de los trabajadores y oprimidos. Entre otras facetas, el periodismo y la investigación fueron capítulos especiales de su trayectoria intelectual dedicada a la pelea por los derechos de los pueblos originarios, la historia de la clase obrera y el movimiento anarquista. Así lo retratan sus principales trabajos publicados.
Los vengadores de la Patagonia trágica cuyos tres primeros volúmenes aparecieron en el país entre 1972 y 1974 y el cuarto publicado en su exilio en Alemania, reveló en toda su dimensión las condiciones de vida de aquellos peones que en la región austral del país enfrentaron a la elite de estancieros y la oligarquía nacional. En La Patagonia rebelde, resultado de casi una década de investigación, Bayer desarrolló esta temática central. Pero no solo eso.
La narración con la claridad de su estilo, en una mezcla de historia novelada, periodismo y paciente trabajo de campo, reveló toda una época. La llegada al poder y el liderazgo de Hipólito Yrigoyen y la Unión Cívica Radical, en un contexto que combinaba las tensiones de una economía agroexportadora en expansión y los primeros pasos en la organización del movimiento obrero que debió enfrentar los intentos de disciplinamiento en beneficio de la expansión capitalista de la época.
Las huelgas patagónicas relatadas por Bayer expusieron las contradicciones del tibio reformismo de Hipólito Yrigoyen, que la Semana Trágica en 1919 ya había anticipado, y el carácter de clase de su gobierno ante el incremento de la conflictividad y la combatividad obrera. A pesar de que esta vez los sucesos se desarrollaron a kilómetros del centro político del país, los hechos y sus consecuencias trascienden las distancias.
Hacia 1920 cuando se iniciaba el conflicto que da nombre al libro, en la provincia de Santa Cruz, la Patagonia es el reino de los grandes estancieros, en su mayoría británicos, que concentraban enormes propiedades. La clave era la producción lanar, sostenida con el trabajo de peones rurales, mucho de ellos chilenos, que vivían en condiciones de extrema dureza. Como puede verse en los relatos oficiales que Bayer trabaja, “la masa laboriosa de aquel territorio, que trabaja en las estancias sufriendo las inclemencias de un aislamiento casi absoluto del mundo y aquel clima sin las más elementales comodidades, soportando una de las vidas más duras que puedan imaginarse, está luchando desde 1920 para conseguir de los estancieros —muchos de los cuales son capitalistas que viven en Buenos Aires o en Londres— mejoras de carácter elemental”. Los testimonios reunidos en el libro son en ese sentido de enorme dramatismo.
Las huelgas patagónicas atravesaron varios momentos. La primera oleada se desató por demandas en las condiciones laborales y el rechazo de la patronal a reconocer la organización obrera. Finalizó con un triunfo parcial de los trabajadores aunque, advierte Bayer, no sería más que el preámbulo de un trágico final que ocurrió meses después cuando el incumplimiento de lo acordado desató nuevamente el enfrentamiento. La segunda oleada tendría como norte la libertad de los presos llegando a paralizar toda Santa Cruz, desafiando la propiedad privada y cuestionando el poder de los dueños de la tierra. El relato de Bayer pretende demostrar la legitimidad de la autodefensa obrera en la pelea por sus reivindicaciones. Yrigoyen intervino entonces con el firme propósito de liquidar a todo el movimiento en una de las represiones obreras más sangrientas del siglo XX y asegurar, como pedían las fuerzas patronales, la Sociedad Rural y la Liga Patriótica, el orden en la Patagonia. «Vaya, teniente coronel. Vea bien lo que ocurre y cumpla con su deber», le ordenaba al teniente coronel Héctor Benigno Varela. Anticipo de una masacre obrera fraguada como enfrentamiento.
El rol del Ejército como aliado patronal, foráneo y nacional, también es documentado por Bayer de manera contundente, “La caballería argentina no supo de renunciamientos y sacrificios. Fue una verdadera caza del hombre, kilómetro tras kilómetro, legua tras legua. Los muchachos uniformados supieron darle por la cabeza a los chilotes ya desparramados y muertos de miedo, a los gallegos anarcos y a esos otros, pálidos europeos, fueran alemanes, polacos o rusos”.
En La Patagonia rebelde el retrato de algunos personajes de la obra, la trascienden y su mención proyecta el espíritu de las clases dirigentes del país. La fuerza de su relato se reconoce no solo en aquello que describe sino en aquello que sugiere. Unidas por los negocios y lazos parentales, como concluye Bayer “el poder en la Patagonia estaba dado por la ecuación: tierra más producción de lana más comercialización más dominio del transporte”. Así ocurre con la representación de una de las familias de la elite, prototipo de otras patagónicas, la familia de los Braun, propietaria de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego que llegó a disponer de 1.376.160 hectáreas y contaba con “1.250.000 lanares que producían 5.000 millones de kilos de lana, 700.000 kilos de cuero y 2.500.000 kilos de carne”.
El resto del territorio de la provincia por la concesión de tierras fiscales quedaba en manos de los extranjeros y algunos pocos argentinos. La mención al tema que Bayer dedica en el libro recobra total actualidad, “lo que sí suena a ridículo es la tesis de los que hoy todavía sostienen que la represión de las huelgas de los peones patagónicos de 1921-1922 se hizo en defensa del patrimonio nacional contra quienes, enarbolando la bandera roja, querían «internacionalizar la Patagonia». Sin necesidad de bandera roja, la Patagonia ya estaba internacionalizada, no sólo por el latifundismo extranjero, sino también porque toda su riqueza se llevaba en bruto al exterior”.
Otra figura cuyo eco sigue presente es la del ya mencionado teniente coronel Héctor Benigno Varela, como escribe Bayer, enviado por Yrigoyen para pacificar la región, encargado del desarme de los huelguistas y posteriores detenciones y fusilamientos. A Varela más conocido como “el sanguinario” lo acusan “de haber ejecutado en el sur a 1500 peones indefensos. Les hacía cavar las tumbas, luego los obligaba a desnudarse y los fusilaba. A los dirigentes obreros los mandaba apalear y sablear antes de dar la orden de pegarles cuatro tiros”.
El texto delinea la fisonomía de la clase obrera argentina en sus orígenes, un abanico de tendencias y grupos superpuestos de obreros autóctonos e inmigrantes, entre los que rechazan la organización sindical, minoritarios es cierto, pero imposibles de ignorar; un sector afín a la apertura dialoguista que propone Yrigoyen poniendo en juego el carácter autónomo e independiente de sus demandas y finalmente, pero no menos importante claro, los identificados con el ideario anarquista. Especial atención dedica a aquellos que inspirados en la gesta de la Revolución rusa y sus ideales se atrevían a desafiar y enfrentar, pagando con sus vidas, los atropellos de la conservadora elite anglo argentina.
Como explica Bayer las palabras de uno de los huelguistas golpean como martillazos “la única forma de triunfar es pelear, no podemos volver a la esclavitud después de demostrar que fuimos capaces de levantarnos contra los poderosos, no podemos negociar con los que han asesinado a compañeros nuestros en Punta Alta y Paso Ibáñez, esta huelga se hizo para libertar a los compañeros presos en Río Gallegos y no podemos abandonarlos ahora, sólo nos queda una posibilidad: combatir”. Entre varios aparece la figura del Gallego Soto uno de los principales dirigentes anarquistas de las huelgas rurales, electo en 1920 secretario general de la Sociedad Obrera de Río Gallegos. Bayer no se priva de compartir la ficha que las fuerzas del orden acaparan de esta figura “medía 1.84 de altura, tenía ojos azules claros, cabello castaño tirando a rubio, y era bizco del ojo derecho”. Como este, un sinfín de experiencias son rescatadas de un modo que no es difícil imaginarlos actuando, vivos en el presente.
La aparición de La Patagonia rebelde hoy convertido en un clásico sobre las huelgas patagónicas de los primeros años de la década de 1920, dio fuerza a la labor en un campo poco explorado hasta entonces y logró sumarse a los debates político historiográficos de la década del sesenta, reescribiendo otra historia acerca de la matanza de 1.500 obreros patagónicos. El paso del tiempo no ha logrado opacar su vitalidad. Esta experiencia histórica es reconstruida por Bayer no solo por el conocimiento fáctico, de fuentes y testimonios que recopila sino a través de la textura de un escritor tan original que nos propone encontrar en el pasado las claves posibles para comprender el presente y avanzar en transformarlo. Este es su mejor legado.
Liliana O. Caló
Del Dogma socialista a la Constitución de 1853

Esteban Echeverría, presidente de la Asociación de Mayo
Separación de la Iglesia del Estado: una batalla contra el capitalismo. Tercera parte
La tarea de la lucha contra la religión es históricamente una tarea de la burguesía revolucionaria. Tanto en Francia como en Alemania ha existido la guerra burguesa contra la religión. Una vez terminadas las revoluciones burguesas en cada nación, la cuestión de la lucha democrática contra la religión pasó a segundo plano, ocupando el primero la lucha contra el naciente socialismo. El anticlericalismo burgués pasó a ser, entonces, una herramienta, un medio para desviar la atención de las masas obreras del socialismo. De esta forma, colocar en primer plano las divisiones religiosas en vez de las políticas, distrae la atención de la clase obrera de las tareas esenciales de la lucha de clase y revolucionaria.
En América Latina, las revoluciones independentistas no fueron anticlericales, sino políticas y económicas. En una nota anterior, damos cuenta de cómo el mismo Moreno suprimió de “El contrato social” de Rousseau el apartado en el que el francés criticaba a la religión. Los revolucionarios de mayo no se propusieron cambiar las creencias religiosas de la sociedad. Así fue que los procesos de construcción de un orden liberal se encontraron ligados a la propia construcción nacional, y las creencias liberales y las católicas se pensaron unidas.
Católicos con Iglesia
Si de la construcción del movimiento católico en la Argentina se trata, durante el período que va del año 1830 al 1930 podemos dar cuenta de un movimiento que, nacido de la disolución de la cristianidad colonial, comienza a hacer pie en nuestro territorio. Esta reinvención del catolicismo en terreno americano no sólo contó con nuevas imágenes, vírgenes y santos, sino que también incluyó las tareas de sacerdotes, religiosos y religiosas que crearon sus propias organizaciones y movimientos, fortaleciéndose con la llegada de nuevas órdenes y manteniendo relaciones, directamente, con Roma.
Fue recién en 1824 que una delegación proveniente del Vaticano visitó los nuevos países latinoamericanos; luego, en el Concilio Vaticano I, se definirían líneas concretas de intervención. Mientras tanto, la llegada de millones de inmigrantes durante el período mencionado propició el encuentro de este pequeño movimiento católico latinoamericano con los inmigrantes provenientes de regiones católicas de Europa. Estos últimos encontraron en la institución Iglesia que estaba surgiendo la posibilidad de recrear una identificación, un nacionalismo de pertenencia, de aceptar una religiosidad que los integraría a una sociedad que aún no conocían. Fue así como, entonces, la integración a la ciudadanía fue dándose a través de la identificación con lo religioso, especialmente lo católico.
La Generación del 37: del Dogma socialista a la Constitución de 1853
La Generación del '37 se formó en Buenos Aires en 1837, alrededor de lo que llamaron el “salón literario”, donde un grupo de intelectuales argentinos debatía sobre política, literatura y arte, entre otros aspectos. Inspirados en el romanticismo europeo y de corte liberal, propugnaban el abandono de la herencia monárquica de la colonia española y bregaban por la consolidación de una democracia, garante de los derechos de los ciudadanos.
Disuelto por Rosas, el salón se transformó en la clandestina “Asociación de Mayo” cuyo presidente fue Esteban Echeverría y sus principales integrantes y exponentes fueron Miguel Cané (padre), Juan Bautista Alberdi, Félix Frías, Domingo Sarmiento, Bartolomé Mitre, entre decenas de otros intelectuales y políticos de la época. Pretendían un gobierno central y un sistema de gobiernos municipales que garantizaran los derechos sociales siguiendo los principios e instituciones de una república democrática. Sus escritos, entre los que se encuentran el Dogma Socialista a la juventud argentina (Echeverría, Alberdi y Gutiérrez) y las Bases: y puntos de partida para la organización política de la República Argentina (Alberdi), fueron dos grandes referencias para los constituyentes de la Asamblea de 1853. Los vínculos de estos textos con el poder eclesiástico, como veremos, fueron variando en función de conveniencias políticas.
Dogma socialista: fraternidad, libertad e igualdad… y el cristianismo como ley moral
El Dogma socialista a la juventud propone el desarrollo de quince palabras claves, levantando las banderas del progreso y la civilización, sobre la base de la asociación, la democracia y los derechos ciudadanos. En su sexto apartado (sexta palabra), postula a Dios como centro y periferia de su creencia religiosa y, al cristianismo, su ley, considerándolo “la mejor de las religiones positivas (...) porque es la ley moral de la conciencia y la razón”. Promueve al cristianismo, además, como la religión civilizadora y del progreso en tanto y en cuanto “trajo al mundo la fraternidad, igualdad y libertad”. Por ese motivo, por otorgarles derechos a los ciudadanos, proponen al cristianismo como la religión de la democracia en su función moral, ya que sostienen la libertad de culto.
Pero dejan en claro lo siguiente: la sociedad religiosa debe concebirse en forma separada de la sociedad civil: el Estado, como cuerpo político, no puede tener una religión. De esta forma, la misión que le otorgan al cristianismo se reduce a moralizar, a impartir la ley de Dios, a predicar fraternidad y caridad. Es decir, una religión que actúe como lazo social.
Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina
Fogoso partidario de la inmigración (europea), Alberdi sostiene que “gobernar es poblar”; de esta forma, insta a conquistar el principal enemigo: ese “desierto” patagónico, la cruzada que España dejó por la mitad. Esta tarea fue encomendada, sobre todo, a la congregación salesiana, que se instaló en el país a fines del siglo XIX.
Alberdi no concibe un país despoblado ni una Constitución para un país con un reducido número de habitantes. En cambio, piensa una carta magna que se plantee el objetivo de conquistar nuevos territorios y fomentar la inmigración, mientras hace alusión a que los inmigrantes europeos, con sus hábitos, traen aparejada más “civilización” que cualquier libro de filosofía de las universidades sudamericanas.
Es en este sentido que Alberdi se proclama como un defensor de la libertad de cultos (defendiendo la ley de libertad de cultos de 1825): o una nación exclusivamente católica y despoblada o “próspera y poblada, y tolerante en materia de religión”, que permita y fomente la inmigración de países, por ejemplo, sajones. De esta forma, se integrarían a la nación habitantes nuevos, con sus hábitos y cultos a cuestas, sin encontrar en la nueva nación un impedimento en materia religiosa que imposibilite su asentamiento.
Liberalismo
A nivel mundial, la posición de la Iglesia Romana respecto al liberalismo fue de total enfrentamiento: al proyecto liberal integral de la burguesía post segunda revolución industrial (fines del siglo XIX) se le opuso, desde el Vaticano, una unidad católica con el papado como centro, defensora de una “verdad única y eterna”. Así fue que las concepciones liberales del Dogma socialista y las Bases cambiaron, se adaptaron o negociaron cuando hubo que proyectar la Constitución de 1853 (como en el caso de Alberdi, autor intelectual de la misma), ser presidente de un país (Sarmiento) o ante las críticas de la comunidad católica en su conjunto. Ya veremos estas adaptaciones cuando pasemos a analizar las características de la Asamblea Constituyente de 1853 y la Constitución que resultó de la misma.
De todas formas, los efectos sociales y culturales de la modernidad igual surtieron efecto sobre la institución eclesial y esto representaría lo que en nuestro país, luego, se constituiría como la base social del catolicismo que pasara a identificarse y rearmarse en función de la aparición de nuevos movimientos políticos, como el peronismo, pero siempre reafirmándose en el campo contrario del socialismo y el anarquismo.
Flor Palombo
Bibliografía
Mallimaci, F. El mito de la Argentina laica. Ed. Capital Intelectual. Buenos Aires, 2016.
Pinto, J., Mallimaci, F. La influencia de las religiones en el Estado y la Nación Argentina. Eudeba. Buenos Aires. 2013.
Echeverría, E. Dogma socialista, en http://www.cecies.org/imagenes/edicion_180.pdf
Alberdi, Juan B. Bases para la organización política de la República Argentina, en https://www.elcato.org/sites/default/files/bases-libro-electronico.pdf
Venezuela: Se va otro año que parecieron tres o cuatro
La apabullante coyuntura venezolana tiene elementos que permanecen constantes, y que probablemente explican por qué Venezuela está lejos de los discursos apocalípticos de algunos presidentes de la región y de dirigentes opositores.
Repasar los hechos salientes del 2018 en Venezuela lleva varias veces a la misma pregunta: “¿eso pasó este año? Una elección presidencial adelantada, nueva victoria de Maduro, una hiperinflación de millón por ciento no resuelta por un plan económico anunciado como la salvación, un dron que explota cerca del presidente… Después abrazo con Erdogan y Putin y bombarderos supersónicos intercontinentales que parecen reeditar los ¿viejos? tiempos de la guerra fría. Todo en un año.
Pero la apabullante coyuntura venezolana tiene también otros elementos que permanecen constantes, y que probablemente explican por qué Venezuela está lejos de los discursos apocalípticos de algunos presidentes de la región y de dirigentes opositores.
Uno de los elementos que no varió, o varió poco, en 2018 es la hegemonía política ejercida desde el Palacio de Miraflores. El gobierno manejó los tiempos del pulso político, ante una oposición autodesactivada tras sucesivas ausencias en las urnas y (otra constante) absoluta carencia de liderazgo.
Permanece también el limbo institucional de la Asamblea Nacional de mayoría opositora. Ya ni sus medios de comunicación adscriptos cubren sus sesiones, si es que realmente éstas se realizan. Nadie parece saberlo bien, mucho menos los ciudadanos que les otorgaron la victoria, en el lejano 2015.
Tampoco varió el panorama económico. ¿Puede mantener hegemonía política un gobierno que parece no controlar nada en la economía?, en Venezuela, sí. El plan económico lanzado con bombos y platillos en agosto se quedó a mitad de camino. No fue lo que reclamaban los empresarios y no resolvió las penurias diarias de los ciudadanos de a pie. La inflación se aceleró aún más, superando con creces el aumento también desmesurado del dólar paralelo.
El Estado no logró controlar los precios, ni defender el nuevo signo monetario, el Bolívar Soberano. También quedaron en los papeles otras medidas que asomaban como indispensables, como el aumento de la gasolina (hoy un tanque de combustible se llena con 0,0024 bolívares de los nuevos, pero no hay monedas ni billetes para descender a ese no-valor).
Un censo automotor que convocó a multitudes que esperaban acceder a un inminente sistema de distribución de combustible con subsidios quedó en la nada. Se suponía que aquellos que no se adhirieran al sistema pagarían el combustible a precios internacionales. Pero no, la navidad encuentra a los venezolanos (a todos, los que tienen un automóvil económico y a los de camionetas de mil cilindros) cargando gratis, o casi gratis (algo hay que dejarle al empleado de la estación de servicio).
Pero la debacle económica y la ausencia de soluciones no necesariamente aumenta la tensión social. O al menos no a límites incontrolables. Las venezolanas y venezolanos parecen listos para encarar una Navidad manteniéndose a flote. En Caracas se vieron largas colas para comprar y comprar, a precios viles y no tanto. Probablemente en eso se fueron, parcialmente, las últimas remesas de ciudadanos en el exterior, una fuente de ingresos cuyo volumen es difícil de mensurar pero que nadie niega que existe y crece.
Así, Venezuela transita hacia el 10 de enero. La fecha en la que algunos esperan (especialmente fronteras afuera) que pase de todo, pero tal vez no pase nada. El gobierno ya adelantó sus fichas y advirtió que los países que no reconozcan el nuevo mandato de Nicolás Maduro pueden cerrar sus embajadas.
La reciente tensión diplomática entre Colombia y Venezuela. (Bogotá deportó a un ciudadano venezolano vinculado a la embajada, Caracas contestó expulsando al Cónsul General de Colombia) puede seguir en ascenso. A eso se sumarán posicionamientos de países de la región que desconocerán a Maduro y el nuevo régimen de Brasil también moverá piezas, tal vez no sólo retóricas.
El gobierno de Maduro también exhibió apoyos. A la visita del presidente turco Erdogan se sumó la visita con foto de Maduro a Putin en Moscú. El ruso dijo que “intercambiaron notas” sobre la situación en América (como hacen los aliados).
Y enseguida volaron dos cazabombarderos intercontinentales rusos al aeropuerto de Maiquetía en medio de versiones de que son apenas la antesala de una estancia más prolongada de este tipo de naves en la isla de La Orchila, en el caribe venezolano, muy cerca de Caracas. “Ojalá hubiera no una sino diez bases (rusas)”, dijo el presidente de la Asamblea Nacional Constituyente, Diosdado Cabello.
De esta forma, la movida anunciada del (parcial) desconocimiento internacional a Maduro a partir de su juramentación para el mandato 2019 – 2025 parece perder fuerza. No parece el gobierno estar quedando sin cartas.
Por el contrario, todavía se pueden cerrar los tiempos de la Constituyente, aprobar una nueva Carta Magna y revalidar los poderes (al menos el ejecutivo y el legislativo) en nuevas elecciones adelantadas que tomarían a contrapierna, de nuevo, a una oposición que ni de lejos tiene candidato. Elecciones que podría ganar el mismísimo Nicolás Maduro, y que dejaría sin argumentos a la comunidad internacional.
Parece demasiado, pero nunca se sabe en la Venezuela donde nada pasa y pasa todo.
Marcos Salgado: Periodista argentino del equipo fundacional de Telesur. Corresponsal de HispanTv en Venezuela. Analista asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, estrategia.la)
Repasar los hechos salientes del 2018 en Venezuela lleva varias veces a la misma pregunta: “¿eso pasó este año? Una elección presidencial adelantada, nueva victoria de Maduro, una hiperinflación de millón por ciento no resuelta por un plan económico anunciado como la salvación, un dron que explota cerca del presidente… Después abrazo con Erdogan y Putin y bombarderos supersónicos intercontinentales que parecen reeditar los ¿viejos? tiempos de la guerra fría. Todo en un año.
Pero la apabullante coyuntura venezolana tiene también otros elementos que permanecen constantes, y que probablemente explican por qué Venezuela está lejos de los discursos apocalípticos de algunos presidentes de la región y de dirigentes opositores.
Uno de los elementos que no varió, o varió poco, en 2018 es la hegemonía política ejercida desde el Palacio de Miraflores. El gobierno manejó los tiempos del pulso político, ante una oposición autodesactivada tras sucesivas ausencias en las urnas y (otra constante) absoluta carencia de liderazgo.
Permanece también el limbo institucional de la Asamblea Nacional de mayoría opositora. Ya ni sus medios de comunicación adscriptos cubren sus sesiones, si es que realmente éstas se realizan. Nadie parece saberlo bien, mucho menos los ciudadanos que les otorgaron la victoria, en el lejano 2015.
Tampoco varió el panorama económico. ¿Puede mantener hegemonía política un gobierno que parece no controlar nada en la economía?, en Venezuela, sí. El plan económico lanzado con bombos y platillos en agosto se quedó a mitad de camino. No fue lo que reclamaban los empresarios y no resolvió las penurias diarias de los ciudadanos de a pie. La inflación se aceleró aún más, superando con creces el aumento también desmesurado del dólar paralelo.
El Estado no logró controlar los precios, ni defender el nuevo signo monetario, el Bolívar Soberano. También quedaron en los papeles otras medidas que asomaban como indispensables, como el aumento de la gasolina (hoy un tanque de combustible se llena con 0,0024 bolívares de los nuevos, pero no hay monedas ni billetes para descender a ese no-valor).
Un censo automotor que convocó a multitudes que esperaban acceder a un inminente sistema de distribución de combustible con subsidios quedó en la nada. Se suponía que aquellos que no se adhirieran al sistema pagarían el combustible a precios internacionales. Pero no, la navidad encuentra a los venezolanos (a todos, los que tienen un automóvil económico y a los de camionetas de mil cilindros) cargando gratis, o casi gratis (algo hay que dejarle al empleado de la estación de servicio).
Pero la debacle económica y la ausencia de soluciones no necesariamente aumenta la tensión social. O al menos no a límites incontrolables. Las venezolanas y venezolanos parecen listos para encarar una Navidad manteniéndose a flote. En Caracas se vieron largas colas para comprar y comprar, a precios viles y no tanto. Probablemente en eso se fueron, parcialmente, las últimas remesas de ciudadanos en el exterior, una fuente de ingresos cuyo volumen es difícil de mensurar pero que nadie niega que existe y crece.
Así, Venezuela transita hacia el 10 de enero. La fecha en la que algunos esperan (especialmente fronteras afuera) que pase de todo, pero tal vez no pase nada. El gobierno ya adelantó sus fichas y advirtió que los países que no reconozcan el nuevo mandato de Nicolás Maduro pueden cerrar sus embajadas.
La reciente tensión diplomática entre Colombia y Venezuela. (Bogotá deportó a un ciudadano venezolano vinculado a la embajada, Caracas contestó expulsando al Cónsul General de Colombia) puede seguir en ascenso. A eso se sumarán posicionamientos de países de la región que desconocerán a Maduro y el nuevo régimen de Brasil también moverá piezas, tal vez no sólo retóricas.
El gobierno de Maduro también exhibió apoyos. A la visita del presidente turco Erdogan se sumó la visita con foto de Maduro a Putin en Moscú. El ruso dijo que “intercambiaron notas” sobre la situación en América (como hacen los aliados).
Y enseguida volaron dos cazabombarderos intercontinentales rusos al aeropuerto de Maiquetía en medio de versiones de que son apenas la antesala de una estancia más prolongada de este tipo de naves en la isla de La Orchila, en el caribe venezolano, muy cerca de Caracas. “Ojalá hubiera no una sino diez bases (rusas)”, dijo el presidente de la Asamblea Nacional Constituyente, Diosdado Cabello.
De esta forma, la movida anunciada del (parcial) desconocimiento internacional a Maduro a partir de su juramentación para el mandato 2019 – 2025 parece perder fuerza. No parece el gobierno estar quedando sin cartas.
Por el contrario, todavía se pueden cerrar los tiempos de la Constituyente, aprobar una nueva Carta Magna y revalidar los poderes (al menos el ejecutivo y el legislativo) en nuevas elecciones adelantadas que tomarían a contrapierna, de nuevo, a una oposición que ni de lejos tiene candidato. Elecciones que podría ganar el mismísimo Nicolás Maduro, y que dejaría sin argumentos a la comunidad internacional.
Parece demasiado, pero nunca se sabe en la Venezuela donde nada pasa y pasa todo.
Marcos Salgado: Periodista argentino del equipo fundacional de Telesur. Corresponsal de HispanTv en Venezuela. Analista asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, estrategia.la)
"El pueblo húngaro ya no se deja engañar por la política de Orban"
Entrevista a Catherine Horel, directora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas, sobre las movilizaciones en Hungría
Nacida a partir de la adopción de una reforma laboral muy controvertida, la contestación crece. El movimiento quiere frenar la iniciativa gubernamental en los medios de comunicación. Para la especialista Catherine Horel, en Hungría “pitan el final del descanso”.
Una semana de protestas y una revuelta que no acaba de cuajar. El anuncio de la adopción, el último miércoles, de una ley que flexibiliza la legislación laboral cristalizó en el descontento de una parte de la opinión pública contra el gobierno conservador de Viktor Orban. Que ha continuado desde entonces con manifestaciones cotidianas.
La nueva legislación eleva a 400 el número de horas extraordinarias que el empresariado puede pedir a su personal húngaro asalariado cada año. Es decir, el equivalente a dos meses de trabajo. Un volumen juzgado como exorbitante por la oposición y los sindicatos, que denuncian la creación de un derecho a la esclavitud.
Al descontento suscitado por esta ley ha venido a sumarse un nuevo desafío este lunes: que la televisión pública se ha inclinado a favor del poder. Considerada como un punto neurálgico del régimen de Orban, la MTVA ha sido acusada de estar controlada por el partido Fidesz del primer ministro húngaro.
Hecho inédito desde la vuelta al poder de Orban en 2010, la oposición de izquierdas, liberal y de extrema derecha, desfilaron bajo la misma pancarta el domingo y continuaron haciendo un frente común el lunes.
Un abanico contestatario muy variado y manifestantes que no se corresponden con el perfil típico según Catherine Horel, especialista en Europa Central contemporánea y directora de investigación en el CNRS [Consejo nacional de investigaciones científicas]. Como destaca ella:
“De un puñado de irreductibles, el movimiento de protesta ha pasado a 15.000 manifestantes el domingo 16 de diciembre... y no parece que vaya a debilitarse.
Incluso parece adquirir mayor amplitud. Evidentemente hay que ser prudentes, las protestas están muy concentradas en la capital. Es complicado tener noticias de lo que ocurre en provincias, el pluralismo mediático se ha convertido en una ilusión; no en vano, la televisión pública está en el punto de mira [de las movilizaciones]. Es normal que en un país tan centralizado como Hungría la capital marque el tono, pero mientras en provincias no se mueva nada el movimiento quedará circunscrito a Budapest y será menos importante.
En cualquier caso, es interesante que el abanico de las protestas se amplíe: va de la extrema izquierda a la extrema derecha pasando por encima del partido gubernamental. El Jobbik (Movimiento para una Hungría mejor, ultranacionalista, racista y antisemita) no ha sido excluido. Viendo llegar a la extrema derecha organizada, se podría imaginar que se trataba de una contramanifestación antifascista, pero no fue el caso. Hay un plantel muy amplio en las manifestaciones; por primera vez, menos jóvenes estudiantes urbanos y mucha más gente de todas las edades, más modesta, es decir, muy modesta. Esto se explica fácilmente: la ley contra la que se protesta afecta al trabajo y a todas las personas de Hungría, no solo a las concienciadas políticamente”.
- P. ¿Asistimos al nacimiento de un movimiento ciudadano capaz de sacudir el poder actual?
- C. H. Digamos que todo ha partido de la base, de un movimiento muy ciudadano al que han unido todos los partidos de la oposición y los movimientos alternativos que existen en Hungría desde hace dos o tres años, como Dialogue, Momentum. Es extremadamente amplio y es ahí donde reside la fuerza de un movimiento que aspira a desequilibrar a Orban. Puede que esta unión se posicione contra el Primer Ministro; este se dará cuenta de que no puede permitirse todo. Actualmente, Orban quiere imponer su posición de fuerza; cree que todo le está permitido. Por ello, que la ciudadanía pite el final del partido es bastante saludable. Si las protestas desembocan en un verdadero movimiento ciudadano, asistiremos a un episodio importante en Hungría. La cuestión ahora es saber si la revuelta seguirá durante las fiestas y si continuará en benefico de la preparación de las elecciones europeas.
- P. Después de siete días las reivindicaciones se han multiplicado, ya no se habla solamente de la legislación de las horas extraordinarias.
- C. H. Exacto. La ausencia de pluralismo mediático ha hecho a la gente salir a la calle. Porque si la juventud urbana puede informarse correctamente a través de las redes, otras personas, especialmente en provincias, gente quizás de más edad, no tienen el reflejo de ir a buscar una información alternativa y se queda encerrada en las cadenas y periódicos públicas que bloquean el pluralismo y que pretenden que los medios alternativos intoxican y alimentan las teorías del complot. Es suficiente ver la forma en la que la televisión publica cubre las manifestaciones. Bien informa poco, bien las desfigura de forma caricaturesca, anunciando que la ciudadanía está manipulada, por ejemplo, por George Soros, la Unión Europea, Occidente...
A través de esta reforma laboral, es toda la política de Orban la que enfada a la gente. Hay una incoherencia total en la política del gobierno. La ley anima a la gente a trabajar más, el paro es muy bajo, Hungría está en recesión demográfica... hay que hacer entrar mano de obra. En otras palabras, emigrantes.
Orban lo sabe, está rodeado de suficientes empresarios y de oligarcas para ser consciente de ello. Pero al haber hecho campaña contra las personas migrantes, no puede dar marcha atrás. Estas manifestaciones muestran también que la población húngara no es tonta; piden al gobierno ampliar la contratación en lugar de imponer un derecho a la esclavitud.
- P. ¿Viktor Orban debe temer por su popularidad?
- C. H. Este movimiento puede afectar a un electorado que en en el fondo no es orbanófilo, es decir, el personaje irrita a la derecha clásica. Pero no hay que equivocarse, Orban está aún en una posición muy segura.
Marine Buisson
Le Soir
Entrevista publicada en Le Soir el 19/12, reproducida con la autorización del editor en À L’encontre
Nacida a partir de la adopción de una reforma laboral muy controvertida, la contestación crece. El movimiento quiere frenar la iniciativa gubernamental en los medios de comunicación. Para la especialista Catherine Horel, en Hungría “pitan el final del descanso”.
Una semana de protestas y una revuelta que no acaba de cuajar. El anuncio de la adopción, el último miércoles, de una ley que flexibiliza la legislación laboral cristalizó en el descontento de una parte de la opinión pública contra el gobierno conservador de Viktor Orban. Que ha continuado desde entonces con manifestaciones cotidianas.
La nueva legislación eleva a 400 el número de horas extraordinarias que el empresariado puede pedir a su personal húngaro asalariado cada año. Es decir, el equivalente a dos meses de trabajo. Un volumen juzgado como exorbitante por la oposición y los sindicatos, que denuncian la creación de un derecho a la esclavitud.
Al descontento suscitado por esta ley ha venido a sumarse un nuevo desafío este lunes: que la televisión pública se ha inclinado a favor del poder. Considerada como un punto neurálgico del régimen de Orban, la MTVA ha sido acusada de estar controlada por el partido Fidesz del primer ministro húngaro.
Hecho inédito desde la vuelta al poder de Orban en 2010, la oposición de izquierdas, liberal y de extrema derecha, desfilaron bajo la misma pancarta el domingo y continuaron haciendo un frente común el lunes.
Un abanico contestatario muy variado y manifestantes que no se corresponden con el perfil típico según Catherine Horel, especialista en Europa Central contemporánea y directora de investigación en el CNRS [Consejo nacional de investigaciones científicas]. Como destaca ella:
“De un puñado de irreductibles, el movimiento de protesta ha pasado a 15.000 manifestantes el domingo 16 de diciembre... y no parece que vaya a debilitarse.
Incluso parece adquirir mayor amplitud. Evidentemente hay que ser prudentes, las protestas están muy concentradas en la capital. Es complicado tener noticias de lo que ocurre en provincias, el pluralismo mediático se ha convertido en una ilusión; no en vano, la televisión pública está en el punto de mira [de las movilizaciones]. Es normal que en un país tan centralizado como Hungría la capital marque el tono, pero mientras en provincias no se mueva nada el movimiento quedará circunscrito a Budapest y será menos importante.
En cualquier caso, es interesante que el abanico de las protestas se amplíe: va de la extrema izquierda a la extrema derecha pasando por encima del partido gubernamental. El Jobbik (Movimiento para una Hungría mejor, ultranacionalista, racista y antisemita) no ha sido excluido. Viendo llegar a la extrema derecha organizada, se podría imaginar que se trataba de una contramanifestación antifascista, pero no fue el caso. Hay un plantel muy amplio en las manifestaciones; por primera vez, menos jóvenes estudiantes urbanos y mucha más gente de todas las edades, más modesta, es decir, muy modesta. Esto se explica fácilmente: la ley contra la que se protesta afecta al trabajo y a todas las personas de Hungría, no solo a las concienciadas políticamente”.
- P. ¿Asistimos al nacimiento de un movimiento ciudadano capaz de sacudir el poder actual?
- C. H. Digamos que todo ha partido de la base, de un movimiento muy ciudadano al que han unido todos los partidos de la oposición y los movimientos alternativos que existen en Hungría desde hace dos o tres años, como Dialogue, Momentum. Es extremadamente amplio y es ahí donde reside la fuerza de un movimiento que aspira a desequilibrar a Orban. Puede que esta unión se posicione contra el Primer Ministro; este se dará cuenta de que no puede permitirse todo. Actualmente, Orban quiere imponer su posición de fuerza; cree que todo le está permitido. Por ello, que la ciudadanía pite el final del partido es bastante saludable. Si las protestas desembocan en un verdadero movimiento ciudadano, asistiremos a un episodio importante en Hungría. La cuestión ahora es saber si la revuelta seguirá durante las fiestas y si continuará en benefico de la preparación de las elecciones europeas.
- P. Después de siete días las reivindicaciones se han multiplicado, ya no se habla solamente de la legislación de las horas extraordinarias.
- C. H. Exacto. La ausencia de pluralismo mediático ha hecho a la gente salir a la calle. Porque si la juventud urbana puede informarse correctamente a través de las redes, otras personas, especialmente en provincias, gente quizás de más edad, no tienen el reflejo de ir a buscar una información alternativa y se queda encerrada en las cadenas y periódicos públicas que bloquean el pluralismo y que pretenden que los medios alternativos intoxican y alimentan las teorías del complot. Es suficiente ver la forma en la que la televisión publica cubre las manifestaciones. Bien informa poco, bien las desfigura de forma caricaturesca, anunciando que la ciudadanía está manipulada, por ejemplo, por George Soros, la Unión Europea, Occidente...
A través de esta reforma laboral, es toda la política de Orban la que enfada a la gente. Hay una incoherencia total en la política del gobierno. La ley anima a la gente a trabajar más, el paro es muy bajo, Hungría está en recesión demográfica... hay que hacer entrar mano de obra. En otras palabras, emigrantes.
Orban lo sabe, está rodeado de suficientes empresarios y de oligarcas para ser consciente de ello. Pero al haber hecho campaña contra las personas migrantes, no puede dar marcha atrás. Estas manifestaciones muestran también que la población húngara no es tonta; piden al gobierno ampliar la contratación en lugar de imponer un derecho a la esclavitud.
- P. ¿Viktor Orban debe temer por su popularidad?
- C. H. Este movimiento puede afectar a un electorado que en en el fondo no es orbanófilo, es decir, el personaje irrita a la derecha clásica. Pero no hay que equivocarse, Orban está aún en una posición muy segura.
Marine Buisson
Le Soir
Entrevista publicada en Le Soir el 19/12, reproducida con la autorización del editor en À L’encontre
miércoles, diciembre 26, 2018
Navidad sin paz en los “mercados”: ¿qué hay detrás del derrumbe histórico del Dow Jones?

Ola vendedora en la Meca de la especulación. La oposición acusa a Trump de generar “caos”. El impacto se trasladó a bolsas europeas y a Tokio, que cayó 5 %.
Este lunes 24, en una rueda de corta duración por la víspera navideña, el Índice Dow Jones se derrumbó: el promedio industrial retrocedió 2,9 %. Según el sitio especializado Barron, se registró la mayor caída en cien años para una jornada de víspera de Navidad.
En el Dow Jones industriales hubo caídas notorias de las cotizaciones de Nike, Microsoft, Johnson & Johnson, Procter & Gamble y United Technologies. Por otro lado, el Índice Standard & Poor (S&P) exhibió una baja de 2,7 % y el Nasdaq Composite de 2,2 %.
El impacto se trasladó a las bolsas europeas con un retroceso en Londres de 0,5 %, en París de 1,4 % y en Madrid de 0,9 %. En Europa, las bolsas están a punto de cerrar el año con el peor comportamiento desde 2008.
Pero el mal clima no se mide sólo en índices bursátiles: el Brexit y la primera ministra Theresa May atraviesan una crisis profunda; Emmanuel Macron tuvo que retroceder ante las movilizaciones de los “chalecos amarillos”; entre otras inestabilidades que atraviesa la Unión Europea.
Aun así, la mayor marcha atrás del día lunes se observó en Tokio con una caída de 5 %: el Índice Nikkei mostró su nivel más bajo desde abril de 2017. Además del arrastre de Wall Street, en Japón, el aumento de su moneda, el yen, está afectando a los exportadores locales y la suba prevista del IVA hacia octubre próximo anticipa una baja del consumo.
Las autoridades japonesas intentaron restar importancia a la situación interna. En tal sentido, Yoshihide Suga, el portavoz del Gobierno, explicó por "factores exteriores" la caída bursátil.
Los acontecimientos navideños están diciendo algo más. Veamos qué.
Tensiones económicas
El alerta en los "mercados" de este lunes comenzó por un llamado a un comité de crisis por parte del secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, luego de que trascendiera que el presidente estadounidense, Donald Trump, quería despedir a Jerome Powell, el titular de la Reserva Federal (FED) de los Estados Unidos, por haber elevado la tasa de interés (aunque moderó las subas previamente anunciadas para 2019).
La amenaza de Trump implica una gigantesca intromisión a los principios liberales de independencia de la Reserva Federal respecto al Poder Ejecutivo, cuestión que a través de complejos mecanismos implica una suerte de garantía a los negocios del gran capital en general y del capital financiero en particular.
Mnuchin convocó a los principales banqueros de Estados Unidos durante el fin de semana para conversar sobre la caída en la bolsa, que venía registrándose hace días: la semana pasada Wall Street registró la peor semana desde 2011. Incluso está instalado en el debate de los analistas una posible nueva crisis financiera.
El movimiento del secretario del Tesoro, quien aclaró (o ¿desmintió? a Trump) que no iban a despedir a Powell, estuvo orientado a calmar las aguas, pero el efecto fue totalmente el contrario.
El diario New York Times señala que una reunión de crisis tiene un antecedente en 2008, año en que se produjo la quiebra de Lehman Brothers. De este modo, la convocatoria de Mnuchin contribuyó al pánico de los “mercados” que, si bien no consideran que la situación sea tan grave, presuponen que podría estar ocultándose algo más.
A través de su cuenta de Twitter, a esta altura casi su principal herramienta de comunicación política, Trump atacó nuevamente el lunes a Powell: señaló que el “único problema” de la economía es que la FED "no tiene tacto con el mercado".
Pero no parece ser el único problema: en simultáneo, la Administración de los Estados Unidos sufre el cierre parcial (“shutdown”) desde el viernes 21 por falta de financiamiento. Una situación similar se vivió bajo el Gobierno de Barack Obama, pero finalmente se resolvió. No puede descartarse que esta vez pase lo mismo.
No obstante, la situación podría extenderse más allá del 3 de enero, cuando asume el nuevo Congreso votado en noviembre, debido a la falta de acuerdo con los demócratas, que niegan presupuesto para la construcción de un muro fronterizo que instale un hito más en la política xenófoba contra los mexicanos.
La clave del derrumbe bursátil está asociada a una combinación de elementos inmediatos, como el mencionado “efecto” Powell en primer lugar y el cierre del Gobierno en segundo término, junto con factores de mediano plazo, como el pronóstico cada vez más cierto de una desaceleración de la economía mundial y de los Estados Unidos hacia 2019 y 2020.
El Fondo Monetario Internacional en su último informe de perspectivas económicas revisó a la baja el crecimiento de la economía mundial de 2019 a 3,7 %, lo cual significaría que se sostiene en un nivel similar a los dos años previos.
Sin embargo, llamaba la atención el FMI, que “al mismo tiempo, la expansión es menos equilibrada y es posible que en algunas economías grandes ya haya tocado máximos. Los riesgos para el crecimiento mundial han aumentado en los últimos seis meses”.
La desaceleración es un fenómeno generalizado, que incluso comprende a China (que no obstante crece a tasas elevadas), una de las “locomotoras” de la economía mundial de las últimas décadas, y a varias economías de las denominadas “emergentes”.
En particular, sobre los Estados Unidos, el FMI advierte que el estímulo fiscal por las rebajas impositivas que impulsó Trump a las grandes corporaciones se extinguirá en 2020, momento en que el “endurecimiento de la política monetaria” (es decir, justamente las subas de tasas de interés que tiene planeada la FED), se encuentre en su nivel máximo. Estos dos factores actuarían como una tenaza comprimiendo la economía yanqui.
De hecho, hacia 2020 la economía estadounidense exhibe uno de los peores índices pronosticados de crecimiento para la década. Es que la rebaja de impuestos ha impulsado la repatriación de ganancias de las corporaciones hacia Estados Unidos para la recompra de acciones, pero el impacto fue bajo en inversiones y productividad, que hacen a la esencia del crecimiento.
Evidentemente, la caída bursátil no puede resumirse a una rencilla de Trump con el presidente de la FED.
Tensiones políticas
La intervención de Trump en la política de la FED, es un factor que genera una enorme inestabilidad financiera. No sólo eso: también política. "El mercado bursátil está desplomándose y el presidente está embarcado en una guerra personal contra la Reserva Federal, justo después de haber despedido al secretario de Defensa", refiriéndose al general Jim Mattis, expresaron en un comunicado las principales espadas demócratas del Congreso.
Luego del mal resultado en las elecciones de medio término de noviembre, se agudizó la debilidad política de Trump, cuestión que el jefe de la Casa Blanca parece querer compensar con una intención algo desesperada de mayor bonapartismo en sus decisiones.
Esta actitud genera incertidumbre sobre el devenir de la principal potencia mundial (aunque en lenta decadencia) y enciende alertas frente al temor de que Trump quiera deshacerse de la parte del establishment que integra su gabinete y que opera como “control” interno. El presidente carece de poder para tal devenir, pero esto no es un moderador de la situación, sino que por el contrario está actuando como factor de inestabilidad política creciente.
El propio Trump buscó apiadarse de su situación de estar "todo solo" en la residencia presidencial. Un síntoma estremecedor del estado de salud de la mayor “democracia” del mundo.
Tensiones geopolíticas
En este evento de caída de Wall Street la explicación central e inmediata es la crisis política en los Estados Unidos, que es equivalente a una crisis en el centro de gravedad de la economía mundial. Pero no deberían pasar inadvertidos otros factores, además de los señalados débiles pronósticos económicos, de fuerte inestabilidad en la situación internacional.
El principal de ellos es la relación entre Estados Unidos y China, a quien la estrategia de seguridad nacional del país del norte ha colocado (junto a Rusia), a principios de año, en el centro del resurgimiento de conflictos con grandes potencias.
La distensión acordada por Trump y el presidente del gigante asiático, Xi Jinping, en la cumbre del G20 en Buenos Aires, se volatilizó rápidamente, entre otras cuestiones por la detención (luego liberada bajo fianza) en Canadá de la directora financiera de Huawei debido a las acusaciones de Washington contra la multinacional china por supuestamente violar las sanciones comerciales contra Irán. Este acontecimiento es una expresión sintética de la competencia tecnológica entre ambos países.
En el marco de la redefinición estratégica de Estados Unidos, que desplaza la lucha contra el terrorismo a segundo plano, se comprende el anuncio que hizo Trump, una vez más a través de Twitter, del retiro de las tropas yanquis en Siria, cuestión que precipitó la renuncia de James Mattis, que era considerado como una figura que podía revestir de cierta coherencia al pragmatismo de Trump.
Ese retiro de tropas engendra una contradicción: una primera lectura (no definitiva) ubica como uno de los principales ganadores en terreno sirio, justamente, a Rusia. No es la única paradoja: Mattis es el autor del documento que definía que “La competencia estratégica interestatal, no el terrorismo, es ahora la principal preocupación de la seguridad nacional de Estados Unidos”.
El fin de año consagra la ruptura de Trump con el “ala militar”, una de las pocas bases firmes de apoyo del presidente.
Wall Street y los “mercados” de las principales economías parecen estar metabolizando la debilidad de Trump, el pirómano que comanda la Casa Blanca.
Pablo Anino
@PabloAnino
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