viernes, junio 01, 2007

Brigadas Internacionales: el nombre de la libertad.



"Si hay hombres que contienen un alma sin fronteras..."

Miguel Hernández,
a los miembros de las Brigadas Internacionales

"Venís desde muy lejos… Mas esta lejanía
¿qué es para vuestra sangre, que canta sin fronteras?"

Rafael Alberti,
a las Brigadas Internacionales.

Unas imágenes recuperadas, rastreadas con paciencia por Michel Lefebvre y Rémi Skoutelsky en Moscú y Nueva York, en Budapest, en Ámsterdam, París, Salamanca o Madrid, son el testimonio gráfico de las Brigadas Internacionales en una exposición que recorre España. En ella, decenas de fotografías, muchas de ellas inéditas, recuerdan la excepcional y generosa solidaridad que miles de voluntarios de todo el mundo, los voluntarios de la libertad, mostraron con la España republicana durante los años de la guerra civil. Una solidaridad que se plasmó en lo que puede ser considerado la más hermosa y noble iniciativa internacionalista del siglo XX. La rebelión militar fascista iniciada en julio de 1936 había puesto al pueblo español ante una difícil encrucijada, una guerra cuyas consecuencias trascendían las fronteras del país hasta mostrarse como la evidencia de que España se había convertido en la primera trinchera contra el ascenso del fascismo en el mundo. El impulso revolucionario, que crece en el verano de 1936, es la respuesta popular espontánea al levantamiento militar fascista, y los anarquistas, el PCE, el PSOE y los partidos republicanos articulan la resistencia, aunque los comunistas se convierten rápidamente en los principales defensores de la República democrática, hija de la victoria del Frente Popular. En septiembre de 1936, la Internacional Comunista propone organizar la ayuda a la España republicana a través del envío de grupos de voluntarios dispuestos a combatir al fascismo: las Brigadas Internacionales. Los voluntarios llegan a España para luchar por la libertad, para combatir al fascismo, y, también, para impulsar las ideas revolucionarias que estaban en la raíz de sus convicciones y de su militancia. A esa España convulsa, con sus fuerzas obreras enfrentadas, habían llegado los hombres de las Brigadas Internacionales, para defender la libertad y una digna república que no tenía demasiados amigos en el mundo. La política de apaciguamiento, simbolizada por Chamberlain y Daladier, impulsada por Gran Bretaña y seguida por Francia, traería como consecuencia, primero, la creación del comité de no-intervención o comité de Londres y, en la práctica, la aceptación de la intervención de Berlín y Roma en la guerra española, y, después, la incorporación de Austria a Alemania, la invasión de Checoslovaquia y, finalmente, el estallido de la guerra mundial. Esa política, sin embargo, no era algo imputable en exclusiva a los gobiernos de Londres y París: recuérdese que también los Estados Unidos mostraron una cierta comprensión por la política impulsada por Hitler, al menos en sus inicios. Limitada la joven URSS por su aislamiento y su lejanía, la ayuda más efectiva que recibirá la república española llegará con las Brigadas Internacionales. Las distintas fuentes sitúan el número de voluntarios internacionalistas en alrededor de cuarenta mil hombres. También mujeres —¡cómo olvidar a Lise London, cuyas palabras siguen llegándonos!—. Voluntarios de unos cincuenta países llegan a España. Integraron siempre las fuerzas de choque, las que se enfrentaban más duramente al ejército fascista. Llegaron internacionalistas de todos los países europeos, y hasta chinos y japoneses de Oriente. Jack Shirai, por ejemplo, un comunista japonés que luchó con sus compañeros de la Brigada Lincoln, y que en la batalla de Brunete, en junio de 1937, encontró la muerte: una bala le atravesó la cabeza. Lo mismo hizo el chino Chang Akin, dirigente comunista de Shanghai, que también se trasladó a lo que para él era un lejano país para luchar contra el fascismo. Podrían multiplicarse los ejemplos. Un alto número de internacionalistas murió en España. Muchos, ni tan siquiera encontraron sepultura. La participación de los internacionalistas en la defensa de Madrid —acompañados con las palabras de la Pasionaria (¡No pasarán!), los versos de Rafael Alberti y las canciones populares ("Madrid, ¡qué bien resistes!"), que habían hecho estremecer al mundo—, fue decisiva. Como si la historia trazase signos secretos en el aire, su entrada en combate se produjo el 7 de noviembre de 1936, el aniversario de la revolución bolchevique. También sería decisiva su aportación en otras muchas batallas de la guerra. Entre ellos había anarquistas, socialistas, antifascistas, aunque el destacamento más importante lo formaron los comunistas. Muchos eran obreros, estudiantes, empleados. Muy pocos tenían experiencia militar. Algunos eran también escritores, como Jef Last, Gustav Regler, Ludwig Renn, Ralph Fox, George Orwell, John Cornford, Theodor Balk, Máté Zalka (el célebre general Luckas). La gran mayoría ignoraba las lenguas que se hablaban en España. No importaba. Uno de ellos, el escritor alemán Theodor Balk, escribió: "En las Brigadas Internacionales hablamos idiomas muy diferentes –unos veinte-, pero en realidad sólo hablamos una lengua: la de la humanidad combatiente, la lengua de Barbusse." Los hombres de las Brigadas Internacionales están definidos en las palabras de Manfred Stern, el general Kléber de la XI Brigada, pronunciadas en los días de la defensa de Madrid, en noviembre de 1936, cuando, a la cabeza de sus camaradas, se lanzó contra las líneas fascistas gritando: "Por la revolución y la libertad, ¡adelante!".

* * *
Algunos historiadores han insistido en presentar a las Brigadas Internacionales como un instrumento de Stalin, y a la URSS empeñada en dictar la política al gobierno republicano español, algo que no se corresponde con la evidencia de la investigación histórica, hasta el extremo de que, como sabemos, la diplomacia soviética recomienda a su embajador en España, en los inicios de la guerra, que no se inmiscuya en los asuntos del gobierno. Tampoco resiste la prueba de los hechos la vieja tesis que postulaba la idea de que las Brigadas Internacionales eran una herramienta comunista más para acabar con la revolución española. Tanto la actuación de la Internacional Comunista, a través de las decisiones de su Secretariado, como la propia política exterior soviética insisten siempre al PCE para que amplíe las alianzas que hagan posible la defensa de una república democrática y, en ningún momento, trabajan por establecer una república comunista, de manera que la generosidad de los voluntarios de las Brigadas Internacionales se vuelca en la lucha contra el fascismo y por la libertad. Es cierto que los rasgos de sectarismo están presentes en las distintas fuerzas políticas que sostienen a la República, y que la obsesión del comunismo español por el POUM —en paralelo a los procesos de Moscú organizados por el stalinismo— es evidente, pero es, sin duda, excesivo achacar a las Brigadas Internacionales una actuación partidista, por mucho que la mayoría de sus integrantes fuera militantes comunistas. También la retirada de los internacionalistas de la guerra, a finales de 1938, ha sido motivo recurrente en la tentación conspirativa de la historia. Frente a la leyenda sobre la retirada de las Brigadas Internacionales, que pretende ver la mano soviética abandonando a la República, los hechos son elocuentes, y merece la pena detenerse en ellos. A primeros de julio de 1938, en la que será la última reunión del comité de no-intervención, lord Halifax, ministro del Foreign Office, presenta una propuesta de retirada de voluntarios de ambos bandos, que es aprobada, pese a que no podía hablarse, en rigor, de voluntarios de la Alemania nazi y de la Italia fascista. Tanto el gabinete Negrín como la Unión Soviética se muestran reticentes al plan británico, aunque será el gobierno de Barcelona —como un calculado gesto de Negrín en su cautelosa política internacional— quien finalmente acepte la propuesta, aún mostrando su desconfianza hacia la sinceridad de Berlín y Roma. Así, el embajador Pablo de Azcárate comunica al gobierno de Londres la aceptación del plan de retirada de voluntarios y, después, ante las demoras por parte de Franco para que los facciosos lleven a cabo el plan, el gobierno republicano decide una retirada unilateral de las Brigadas Internacionales, presionando de esa forma a Hitler y Mussolini en los foros europeos. En septiembre de 1938, la dirección de las Brigadas Internacionales es informada por el gobierno republicano de que Negrín presentará ante la Sociedad de Naciones la retirada unilateral de los voluntarios. Mientras tanto, la tensión en Europa central aumentaba: el 12 de septiembre, Hitler pronuncia un violento discurso en Nüremberg planteando las exigencias alemanas sobre los territorios de los sudetes checoslovacos. Suiza y Bélgica ponen sus tropas en estado de alarma y en París corren rumores en las embajadas sobre la movilización de nuevas quintas francesas. El propio embajador italiano en Londres, Grandi, envía un mensaje a Roma trasladando la petición de Chamberlain para que Mussolini intente moderar las posturas de Berlín, algo que el dictador italiano está lejos de pensar en llevar a cabo, aunque considera también grave el discurso de Nüremberg. Ante la gravedad de la situación internacional, dos días después, el 14 de septiembre, Chamberlain pide a Hitler una entrevista para discutir el asunto de los territorios sudetes, entrevista que se realiza el 15 de septiembre en Berchstesgaden. En ese clima, el gobierno republicano de Barcelona, que teme una solución a la guerra española impuesta por las potencias europeas, intenta jugar sus cartas diplomáticas. Negrín se dirige, el 21 de septiembre, a la Asamblea de la Sociedad de Naciones para salir al paso de las especulaciones de los medios diplomáticos presentes en Ginebra, según los cuales, la república desea el estallido de la guerra general como forma de solucionar la guerra española. Negrín interviene también para hacer un anuncio público, que causa gran sorpresa. El presidente del Consejo de ministros afirma en su intervención que "el gobierno español, en su deseo de contribuir no solamente con palabras sino también con actos, al apaciguamiento y a la detente (…) acaba de decidir la retirada inmediata y completa de todos los combatientes no españoles que toman parte en la lucha en España en las filas gubernamentales". Tras el anuncio, Negrín presenta una resolución, por la que España solicita "de la Asamblea de la Sociedad de Naciones la constitución inmediata de una Comisión internacional que estará encargada de proceder a las verificaciones e investigaciones que juzgara necesarias a fin de poder garantizar a la Sociedad de Naciones, y en ella a los Estados miembros y a la opinión pública mundial, que la decisión de retirada de extranjeros adoptada por el Gobierno español se aplica de una manera integral." De hecho, el gobierno republicano pretende con la retirada de las Brigadas Internacionales desmentir la supuesta intervención soviética en España, que era un argumento utilizado por algunas cancillerías y por una parte de la prensa internacional para justificar o, al menos, para restar importancia a la intervención alemana e italiana. También persigue Negrín que la Sociedad de Naciones conceda de nuevo a la república la facultad de aprovisionarse de material de guerra en cualquier país y ejercer así su derecho a la defensa, y, al mismo tiempo, quiere forzar al bando rebelde a retirar también las tropas extranjeras, sobre todo los legionarios italianos. Negrín quiere que su propuesta de resolución sea aprobada por la Asamblea y que el Consejo de la Sociedad de Naciones constituya rápidamente la comisión internacional de seguimiento de la retirada. Sin embargo, finalmente la propuesta de resolución es trasladada para su examen a la Sexta Comisión de la Asamblea. Dicha comisión empezará a estudiar la propuesta española el 29 de septiembre, en medio de la crisis de Munich, y su repercusión en los medios internacionales cede: ya no se considera un tema importante. La Sexta Comisión decidirá finalmente, en una clara maniobra dilatoria, recomendar a la Asamblea que envíe al Consejo de la Sociedad de Naciones el proyecto de resolución del gobierno español: se volvía así al punto de partida. Pese a ello, la decisión anunciada en Ginebra será aplicada inmediatamente: el 25 de septiembre de 1938, todas las unidades de las Brigadas Internacionales empiezan a ser trasladadas desde los frentes hacia la retaguardia. Tras la discusión del informe del secretario general y las intervenciones de los delegados más significativos, ¡que no habían hecho mención en sus discursos a la crisis desatada por Hitler a propósito de Checoslovaquia!, siguiendo con la consigna de la diplomacia británica, —con la excepción del representante soviético, Litvinov, así como del ministro español Álvarez del Vayo, y de los delegados mexicano y colombiano— el interés de los diplomáticos se centra en los contactos informales en los pasillos del palacio de Ginebra. Según el ministro de Estado, Álvarez del Vayo, "era convicción general que, si París y Londres se mantenían firmes, Hitler no tendría más alternativa que someterse. Esta impresión se acentuó el día que Litvinov, contrarrestando una maniobra de los capituladores, que insinuaban que la Unión Soviética había tomado una posición indecisa, declaró en la Sexta Comisión que su país estaba dispuesto a cumplir las obligaciones emanadas del Pacto Franco-Soviético y del Pacto Checo-Soviético si, en caso de una agresión alemana, Francia acudía en ayuda de Checoslovaquia." De manera que el centro de la atención internacional no está ya en España, sino en la crisis checoslovaca. El 22 de septiembre, de nuevo Chamberlain viaja a Alemania y presenta a Hitler un plan para ceder las zonas de los sudetes donde los alemanes fuesen más de la mitad de la población, con la garantía añadida de Gran Bretaña y Francia de que serían respetadas las nuevas fronteras checoeslovacas resultantes. El dictador alemán se mantiene en sus exigencias y reclama la totalidad de los territorios sudetes, seguro de que Gran Bretaña no llegará hasta el final en su oposición inicial y cederá a sus pretensiones antes que arriesgarse a una conflagración armada, opinión que mantienen también muchos medios políticos y diplomáticos europeos, así como la prensa. El 29 de septiembre, se celebra la reunión en Munich de los cuatro dirigentes: Hitler, Mussolini, Chamberlain y Daladier, reunión que sancionará la entrega de los sudetes a Berlín. Allí mismo, Chamberlain plantea a Hitler la idea de una "conferencia a cuatro", que, según temía Negrín, sólo podía terminar con la exigencia de capitulación al gobierno republicano. En Barcelona, las noticias de Munich crean alarma, que aumenta tras la aceptación por Benes y el gobierno checoslovaco del diktat muniqués, pese a manifestar su protesta, cuando ya las divisiones alemanas cruzan, en la medianoche del 30 de septiembre, la frontera checoslovaca, iniciando la invasión. También Dimitrov, en Moscú, empieza a considerar la conveniencia de poner fin a la misión de los internacionalistas de España. Ese es el trasfondo de la retirada de las Brigadas Internacionales. Con el temor de un arreglo entre Londres y París con Berlín y Roma, a costa de la república española, el mismo día 30 de septiembre, se celebra una reunión de las Cortes en el monasterio de Sant Cugat, cerca de Barcelona. Entre otros asuntos, es abordada por el presidente del Consejo la retirada de las Brigadas Internacionales, para explicar los motivos de la propuesta del plan de retirada unilateral de los voluntarios internacionalistas. Negrín es consciente de que, si bien la retirada no reduce excesivamente la capacidad de combate del ejército republicano, si que tiene gran repercusión en el estado de ánimo de los soldados y de la población civil, al hacer patente, tras la conferencia de Munich, la extrema soledad del gobierno republicano frente a sus enemigos. Los responsables republicanos, en palabras de Negrín, están decididos "a que no pudiéramos nosotros servir de pretexto injustificado y considerados como una amenaza para la paz europea, hemos ido mucho más allá: hemos tomado una decisión unilateral, ya que no se atrevía a tomar el Comité de No-Intervención la decisión bilateral que correspondía. Nosotros hemos llevado la propuesta que conocéis ante la Sociedad de Naciones […]. Nosotros hemos dicho: retiramos los voluntarios, todos; los voluntarios que son voluntarios de nuestro lado, los voluntarios extranjeros; pero incluso los voluntarios que se han nacionalizado como españoles a partir del 16 de julio de 1936. […] Y para que veáis que esto no es una vana afirmación ni que lleva alguna trampa tras sí, nosotros proponemos a la Sociedad de Naciones que ella designe una Comisión Internacional […] para poder controlar y fiscalizar y demostrar ante el mundo que esta retirada de los voluntarios extranjeros es real y efectiva y que el Gobierno español procede […] de buena fe." Los temores de Negrín, ante la verosímil posibilidad de que Chamberlain, para acabar con el problema de la guerra española, opte por proponer una conferencia que, como en el caso de Checoslovaquia, prescinda del gobierno del país afectado, son compartidos en Barcelona por su gobierno y por las fuerzas políticas que siguen manteniendo la consigna de la resistencia. A lo largo del mes de octubre, se suceden los intentos diplomáticos para dar una rápida solución a la guerra, a través de la presión sobre el gobierno republicano para que se aviniese a firmar la paz. Pero el anuncio de la disolución de las Brigadas Internacionales ya ha sido hecho, y Barcelona se convierte en el escenario de la despedida. Gobierno, organizaciones políticas, ejército y ciudadanos participan en los actos. El gobierno republicano anuncia su intención de nombrar a los brigadistas ciudadanos de honor de la República Española cuando la guerra termine, y en los últimos días de octubre de 1938 se suceden los actos de reconocimiento. El día 25, un acto de homenaje para despedir a los brigadistas, que culmina con un banquete y baile, congrega a Negrín, Rojo, Cordón, Sarabia, Modesto, Líster, Tagüeña, André Marty y el comisario inspector, Luigi Gallo. Intervienen en el acto Marty, Modesto y Negrín. Al otro día, además de un festival en el Liceo, al que también asiste Negrín, se celebra una comida en honor de las Brigadas Internacionales en el Palacio Nacional de Montjuich. El 27 de octubre por la noche, se celebra en el Gran Casino de la Rabassada, en Barcelona, el acto organizado por el gobierno en honor de las Brigadas Internacionales. El acto de despedida más emotivo, sin duda, fue el desfile organizado el 28 de octubre, en la avenida del 14 de abril (Diagonal), donde se congrega una gran multitud, aunque los barceloneses, por motivos de seguridad, ignoraban con exactitud la hora del inicio. A las cuatro de la tarde, llegan Azaña y Negrín a la tribuna oficial, y poco antes Companys y el gobierno de la Generalitat. A las cinco menos cuarto, se inicia el desfile de tropas republicanas y después desfilan unos seis mil brigadistas, encabezados por el teniente coronel Hans y por Luigi Gallo, mientras escuadrillas de caza de la aviación republicana lanzan sobre la muchedumbre miles de hojitas volanderas con el soneto que Miguel Hernández había escrito para aquel acto en homenaje a los brigadistas: "Si hay hombres que contienen un alma sin fronteras…" Y los de Pedro Garfias: "¡Qué grande es vuestra patria, camaradas/ de las Brigadas Internacionales! Le da la vuelta al mundo." Cuando estaba a punto de iniciarse el desfile de secciones de Seguridad y Asalto, Carabineros y otras fuerzas, se suspendió el cortejo, por razones de seguridad. Asistían doscientas mil personas: era una muestra de agradecimiento de Barcelona a los brigadistas, una reafirmación del propósito de resistencia que encarnaba el gobierno Negrín, en medio de un clima de emoción que se repetiría muchas veces después. El gobierno y el pueblo se habían volcado con los internacionalistas. El 6 de noviembre de 1938, el diario La Vanguardia recuerda a algunos internacionalistas: "Hans Beimler era un auténtico representante del pueblo alemán, un diputado del Reichstag. Luckas, oficial de caballería del ejército húngaro. Zalca Mate, que hizo famosos sus artículos y sus libros. Ben Leider, periodista. Ralf Fox, un escritor inglés, conocido en todo el mundo… El doctor búlgaro Grosev… El doctor alemán Heilbrum… Nino Nanetti… Bruguere, un obrero de la construcción de París, (...) Hamond, el comisario, consejero de un municipio de los alrededores de París, caído en el Ebro, cinco horas antes de que los Internacionales fueran relevados, ahora, del frente. Oliver Law, Guido Pacelli, Scheiberg… Sobreviven a esta gesta única, André Marty, el hombre que organizó las Brigadas, (…) Luigi Gallo, el primer voluntario que llegó a Albacete, primer comisario de Brigada, (…) Hans, un periodista alemán, perseguido por la Gestapo, hoy teniente coronel de las Brigadas. Morandi, oficial de la Marina de guerra italiana, condenado a destierro por antifascista, hoy también teniente coronel. Reiner, obrero austríaco, que se ha elevado desde soldado de las Brigadas a mayor. Motojec, campesino polaco, destacado militante obrero, que llegó al mando de la XIII Brigada. El famoso escritor alemán Ludwig Renn. Gates John, el americano, comisario, (…) Y este comandante Ford, a quien la metralla dejó ciego, que va a todas partes acompañado por un lazarillo, y que siempre sonríe." El coronel Antonio Cordón recuerda así una escena de esos días: "Emoción que se renovó para mí unos días después. Anoté la fecha: 18 de noviembre [de 1938]. Fui a la frontera aquel día para despedir a un convoy sanitario. Los enfermos y heridos pertenecían a diferentes naciones. Eran norteamericanos, ingleses, belgas, franceses, holandeses, noruegos, daneses, suizos, un luxemburgués y un sueco. Era una pequeña expedición. Apunté también el número: 268. Había entre ellos algunos grandes mutilados y un ciego. Muchos me abrazaron. Y el último recuerdo que conservo de aquel día gris y frío y el que viene siempre a mi memoria cuando pienso en los internacionales o hablo de ellos es el de uno de aquellos hombres, que, asomado a la ventanilla y agitando el puño cerrado del brazo que le quedaba gritaba una y otra vez mientras el convoy se ponía en marcha: -¡Viva España! ¡Viva España!" Después, iniciada la ofensiva fascista contra Cataluña, los internacionalistas siguieron luchando, hasta el final, hasta el último día de la guerra. Aún siguieron en la brecha, en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial o en las luchas sociales, hasta hoy. Cuando terminó la guerra, los que pudieron volvieron a casa; otros —alemanes, italianos, griegos, checoslovacos— se convirtieron en apátridas, y muchos, demasiados, serían perseguidos a su vuelta: en la Unión Soviética de Stalin, en Holanda o en Suiza, en Austria, en Alemania, en los Estados Unidos. Pero sesenta años después del final de la guerra civil, su ejemplo continúa con nosotros. Las Brigadas Internacionales siguen siendo el nombre de la libertad, la difícil libertad que defendieron en las trincheras de la guerra, la que amasaban juntando las palabras en los días de plomo de la represión franquista, pensando en sus camaradas españoles del frente. Porque, como escribe en sus memorias Harry Fischer, miembro de la Brigada Abraham Lincoln, pese a la ferocidad de la guerra, de las órdenes en ocasiones injustas, pese a la traición, incluso; pese a la amargura y al cansancio, el ejemplo de las Brigadas Internacionales fue excepcional. La resistencia enarbolada por Negrín y representada por las Brigadas Internacionales no se limitó a actuar en los campos de España: los movimientos partisanos que, a lo largo de la Segunda Guerra Mundial, lucharon contra la ocupación nazi en Francia o en Italia, en Yugoslavia o en Polonia, estaban siguiendo su ejemplo y llevando a la práctica la convicción de Negrín y los internacionales: resistir es vencer. Los internacionalistas lo sabían: poco antes de morir, uno de ellos, Gene Wolman, escribió: "aquí, incluso aunque perdiéramos… por el hecho de luchar, por el debilitamiento del fascismo, habremos ganado." Era cierto. Por eso, las Brigadas Internacionales son el nombre de la libertad. * * * De todo eso nos hablan las fotografías de la exposición, recogidas por Lefebvre y por Skoutelsky. Hay muchas imágenes inolvidables entre ellas, ya conocidas o recuperadas ahora. La de Robert Capa, donde se ve a un voluntario italiano, en los días de la despedida a las Brigadas Internacionales, que levanta el puño hasta su sien y mira hacia delante, con lágrimas en los ojos. La de Lise London, sonriente, en Valencia. La de un bombardeo fascista en la calle de Alcalá, en Madrid, en la que cuatro niños se arrastran por el suelo, al lado de una bomba que no ha estallado. Las del entierro en Barcelona del diputado comunista alemán Hans Beimler, que había sido detenido en Berlín tras el incendio del Reichstag y condenado a muerte, que consiguió escapar del campo de concentración de Dachau, para encontrar la muerte en el frente español. La fotografía de una manifestación de solidaridad con la España republicana, celebrada en una desconocida región china que había sido liberada por los comunistas de aquel país. La de las muchachas barcelonesas que, el día de la despedida, llevan una pancarta en la que se leía: "A los Internacionales: ¡salud, hermanos!" Y tantas otras. Rémi Skoutelsky cita las palabras de una voluntaria de las Brigadas Internacionales, Adèle Arraz-Ossart, recordando la muerte de otro brigadista: "Cuando Paul Richard murió, señaló en su testamento que no quería en su entierro discursos ni banderas. Sólo la bandera republicana. Decía él: <>. Adèle añadía: "Es lo mejor que hicimos cada uno de nosotros en nuestra vida." Hoy, para nosotros, las Brigadas Internacionales representan lo mejor del siglo XX. Pese a ello, a finales de los años setenta, el tácito silencio acordado en la transición ocultó a las Brigadas Internacionales. Veinte años después, en enero de 1996, a iniciativa de la izquierda, el Congreso de los Diputados aprobó un decreto por el que se establecían los mecanismos para que los voluntarios pudieran acceder a la nacionalidad española. Era, sin duda, un reconocimiento a su papel, aunque la imposición de la derecha hizo que, para tramitar la solicitud, los veteranos internacionalistas debieran prestar juramento o promesa de fidelidad al Rey, además de obediencia a la Constitución y a la ley. El decreto concedía un plazo de tres años para hacer las solicitudes: terminaba en marzo de 1999. De manera que aquella promesa del gobierno de Negrín, hecha en los días hermosos y tristes de la Barcelona del invierno de 1938, de nombrar a los voluntarios de las Brigadas Internacionales ciudadanos de honor de la República Española cuando la guerra terminara, sigue estando pendiente, porque no hay duda de que su memoria, el recuerdo de su entrega a la libertad y al socialismo, sigue siendo lo mejor que nos ha legado el siglo XX.

Higinio Polo

9 de febrero de 2004

No hay comentarios.: