jueves, enero 04, 2018

Una plaza con las horas contadas



El conocido Dragón I, un blindado rebelde que según expertos tuvo más impacto sicológico que militar.

La batalla más larga de la campaña villareña, desarrollada durante 11 días en los predios del Escuadrón 37, vino a coronar la ya fecunda carrera política y militar del joven Comandante Camilo Cienfuegos, desde entonces el Héroe de Yaguajay

YAGUAJAY, Sancti Spíritus.– Atrapado en aquel laberinto que más bien parecía un callejón sin salida, Alfredo Abón Lee, el capitán defensor de la plaza sitiada, autorizó sin muchos miramientos, el 30 de diciembre de 1958, una inesperada sesión de espiritismo, suerte de consulta sobre el futuro que tampoco le traería buenas noticias al militar batistiano, quien asistió puntualmente a la ceremonia.
Ya frente a los concurrentes que aguardaban por sus predicciones, el luchador clandestino Grelio Ruiz Luna, reconocido en este tipo de prácticas y quien cumplía prisión allí por su actividad clandestina, midió milimétricamente cada una de las palabras: «Aquí no se ve venir ninguna tropa de refuerzo, ni tanques ni nada. Veo un solo camino para el bien de todos, el de la rendición», les dijo a los mismos hombres que durante la batalla habían estado a punto de matarlo, no de un tiro en la cabeza, sino de hambre.
Abón Lee, perseguidor tenaz de la Columna 2 desde que esta partiera de la Sierra Maestra; días antes derrotado por las fuerzas revolucionarias en el vecino poblado de Mayajigua y jefe de aquellos sitiados en sustitución del mayor Roger Rojas Lavernia, que había abandonado la instalación ante una presunta hernia estrangulada, sabía que Yaguajay tenía las horas contadas, pero en su caso la obstinación y la terquedad pesaban tanto o más que la misma realidad que se asomaba por las aspilleras.

NOCHEBUENA SAZONADA CON PLOMO

–¿Quién es Caballo Loco?
La pregunta de Camilo Cienfuegos sorprendió a la soldadesca enemiga. Era la segunda vez de ese 24 de diciembre de 1958 que el Comandante rebelde pisaba el cuartel defendido por el Escuadrón 37 del Regimiento Leoncio Vidal, de Yaguajay, en medio de la primera tregua en la que devendría la batalla más extensa de la campaña del Ejército Rebelde en Las Villas.
Cuando el Señor de la Vanguardia tuvo enfrente al soldado que por las noches le improvisaba y cantaba a la tropa rebelde, atrincherada alrededor de la guarnición, le dijo:
–Parece que eres guapo.
–No, Comandante, creo que son los nervios.
–Pues bien, hace falta que sigas cantando.
Y sin más allá ni más acá, se deshizo de su reloj y se lo regaló a Caballo Loco. En la propia visita –según testimonios de Roberto Calderón, representante de la Cruz Roja–, mientras Camilo obsequiaba tabacos y cigarros a los soldados, les afirmó: «Si se rinden, les pagamos los meses atrasados que les debe el ejército, y esta misma nochebuena nos comemos 20 lechones asados, todos juntos».
Sin embargo, el Comandante retornó a las posiciones rebeldes con una certeza: el capitán Alfredo Abón Lee no depondría las armas con el argumento de que esperaba la anuencia del mando superior para la rendición, una falacia que Camilo adivinó desde que le miró por primera vez a los ojos.
El hombre en realidad quería ganar tiempo para consumar la propuesta de la jefatura del Tercer Distrito Militar de Santa Clara que le había remitido un telefonema donde le comunicaba la autorización de evacuar sus fuerzas por los embarcaderos de azúcar de Vitoria y Estero Real con el empleo de la Marina de Guerra y el apoyo de la Fuerza Aérea del Ejército.
Consciente de la estratagema de Abón Lee, Camilo les subrayó a sus oficiales: «(...) debemos estar preparados para seguir el combate». Y, ciertamente, la prometida comida de nochebuena estuvo sazonada con mucho plomo.

UNA CAMPAÑA ADMIRABLE

Luego de trabar contacto con las fuerzas del Partido Socialista Popular y del Movimiento 26 de Julio asentadas en la zona de Yaguajay, Camilo no tarda en declarar una guerra sin cuartel a la decadente tiranía, que ya a estas alturas era incapaz de pasar a la ofensiva.
Casi recién llegado de la Sierra Maestra, los días 22 y 27 de octubre, realiza provechosas emboscadas en el Circuito Norte; el 31 toma el poblado de Venegas y luego sucesivamente Iguará, Meneses, Jarahueca, Zulueta –en dos ocasiones–, General Carrillo, Mayajigua, Caibarién, Camajuaní y Placetas, estos tres últimos de manera cooperada con las fuerzas que comandaba Ernesto Che Guevara.
El cuartel fue previamente fortificado para la batalla. Foto: Perfecto Romero
Según los investigadores Gerónimo Besánguiz y Osiris Quintero, desde la noche del 22 de diciembre, bajo un mamoncillo en el traspatio de la casa de la combatiente Marina García, Camilo, acabado de llegar de la liberación de Zulueta, perfiló la táctica a seguir en Yagaujay: el constante estrechamiento del cerco sobre las posiciones enemigas dentro del perímetro urbano y la intensificación del fuego contra todos los sectores para impedirle al contrario el descanso y la movilidad y, a su vez, mantener vivo el asedio sobre el cuartel.
Ya con los ingenios Vitoria y Narcisa en manos rebeldes, desde las primeras horas del 24 de diciembre se combate en el hotel Plaza, el Ayuntamiento, la estación de Policía y la planta eléctrica, donde el régimen carga con 18 bajas entre muertos, heridos y prisioneros.
Pero la rendición de las posiciones urbanas no representaba necesariamente el debilitamiento del cuartel, verdadera fortaleza militar sembrada en medio de una llanura, su principal resguardo, y protegida por alambradas y sacos de arena en la que resistían unos 350 hombres bien armados, incluidos los que habían huido desde la ciudad.

INFIERNO PUERTAS ADENTRO

Camilo y los suyos recurrieron hasta los métodos más impensables por tal de no prolongar un enfrentamiento que solo traería más derramamiento de sangre para los dos bandos: intentaron quemar el cuartel mediante la introducción de un tren con varios vagones por la retaguardia; con similar propósito idearon el mítico Dragón I, blindado nacido de la ingeniosidad criolla que tuvo más efecto sicológico que militar y no cesaron el asedio a la fortaleza ni un minuto.
Sin electricidad, sin comunicaciones, con el agua potable fuera de su alcance y con un altoparlante martillándole a la soldadesca que no debía usar más «el fusil del pueblo contra el pueblo», la situación dentro del cuartel se convertía por días en un tormento, aderezado además por el malestar de los heridos, la peste de los animales muertos y algunos intentos de sedición.
Ya en marcha la batalla de Santa Clara, el Che regresó a Yaguajay el día 30 –antes había estado el 23 y el 25– con la buena nueva de una bazuca y un mortero que a la postre resultarían el puntillazo final para los sitiados.
Aun así Abón Lee intentó jugarse su última carta con la solicitud de una tercera tregua, una petición que Camilo no solo negó categóricamente, sino que respondió con una promesa muy poco amistosa: «Si no se rinden ahora mismo –les dijo–, les derrumbo el cuartel sobre sus cabezas».
Fue entonces que Abón Lee abandonó el enclaustramiento que mantenía en su oficina desde hacía varias jornadas, miró a su alrededor y comprendió definitivamente que aquella premonición espiritista hecha apenas unas horas antes le estaba señalando el mejor de los caminos posibles.

Juan Antonio Borrego | internet@granma.cu
Enrique Ojito | internet@granma.cu
30 de diciembre de 2017 10:12:16

miércoles, enero 03, 2018

A 214 años de la revolución de Haití



El 1° de enero de 1804, hace 214 años, Jean-Jacques Dessalines proclamó la independencia de la antigua colonia francesa de Saint Domingue, reafirmando la abolición de la esclavitud y la igualdad y libertad de su población.

¡Juremos vivir libres e independientes y preferir
la muerte antes que permitir que nos vuelvan a encadenar!
“Declaración de la independencia de Haití”, 01/01/1804

En una pequeña isla del Caribe, se imponía una heroica y sorprendente revolución. La Revolución Haitiana fue la única rebelión de esclavos triunfante en toda la historia de la humanidad, la única que logró constituir un Estado nacional propio, y la primera en lograr la independencia en lo que es hoy América Latina.
Excluido de las recientes celebraciones del segundo centenario, el proceso haitiano permanece sumergido en las penumbras de la historia. Desde un principio, estuvo inscripto en lo impensado, lo inimaginable, lo increíble: los esclavos africanos jamás podrían ser protagonistas de un episodio de tamaña envergadura histórica.
La legislación sobre la esclavitud que regía en Francia (el Código Noir, promulgado por Luis XIV en 1685) establecía que los esclavos eran bienes muebles, y que en tal carácter ingresaban al patrimonio de sus dueños. No se los consideraba seres humanos susceptibles de ser sujetos de derechos, sino meros objetos a disposición de sus amos.
Pero el 22 de agosto de 1791, en la Planee Nord de la isla de Saint Domingue, por entonces la colonia más próspera de Francia y del mundo, sucedió lo imposible: estalló la rebelión. Bajo el cielo luminoso del Caribe, los “bienes mostrencos”, las “cosas muebles”, los condenados de la Tierra, los últimos entre los últimos, encendieron el fuego de la rebeldía que ya no se apagaría por más de una década.
Los rebeldes incendiaron los cañaverales, aniquilaron las patrullas y destacamentos de las tropas coloniales, obligaron a los europeos a encerrarse en las ciudades de la costa. En los meses y años siguientes, se sucedieron gobernadores, delegados y enviados de la Francia monárquica primero y de la republicana después, cuyas maniobras fueron desarticuladas una y otra vez por los insurrectos.
Se rechazaron las invasiones de España, proveniente de la parte occidental de Santo Domingo, y de Inglaterra, que pretendió apoderarse de la isla y reimplantar la esclavitud. Todos los intentos reaccionarios fueron derrotados por los antiguos esclavos, que en diez años de dura lucha forjaron su experiencia política-militar y formaron sus propias direcciones y proyectos políticos.
Muchos investigadores analizan este proceso como un episodio importante, pero colateral, dentro del contexto más amplio de la Revolución Francesa, desconociendo o relativizando las tradiciones culturales y políticas propias de los esclavos africanos. Nosotros entendemos que existió un sustrato común que hizo posible que hombres traídos violentamente de África, pertenecientes a distintas naciones y hablando diferentes idiomas, pudiesen ponerse de acuerdo para iniciar y dar continuidad a la lucha revolucionaria.
El voodoo, una religión producto del sincretismo de creencias animistas africanas con el culto cristiano, y el creole, un idioma surgido de la mezcla del francés con vocablos procedentes de diversos idiomas de África, fueron los elementos aglutinadores que permitieron una primera enunciación y circulación de las ideas políticas entre las masas insurrectas. El cimarronaje (esclavos prófugos que vivían en comunidades autoorganizadas) aportó prácticas de organización y de lucha fundamentales para la continuidad en el tiempo del movimiento rebelde.
En este contexto, la insurrección del 22 de agosto fue preparada mediante reuniones clandestinas previas, en las que participaron delegados de las plantaciones y dirigentes de los esclavos cimarrones. Los insurrectos aprovecharon hábilmente las crecientes disputas entre blancos, mulatos y la población esclava, entremezcladas por las confrontaciones entre monárquicos y republicanos. Por eso entendemos que la Revolución de Haití es incomprensible fuera de los marcos de la Revolución Francesa, pero a la vez tuvo también una impronta propia y una incidencia nada desdeñable en los sucesos de la metrópoli.
La abolición de la esclavitud en la isla, por la cual venían luchando ardorosamente los rebeldes, fue proclamada el 29 de agosto de 1793 por Léger-Félicité Sonthonax, un delegado jacobino que comprendió lúcidamente que si Francia quería conservar la colonia, necesitaba el concurso de los insurrectos para enfrentar a España e Inglaterra. La proclama abolicionista de Sonthonax fue enviada a Francia, donde fue debatida en la Convención.
Entre la actitud de la Asamblea Nacional francesa, que en los años previos rechazó peticiones mucho más moderadas de los mulatos (hombres libres de color radicados en la isla) reclamando igualdad de derechos políticos con los blancos, y la actitud de la Convención, que el 4 de febrero de 1794 aprobó, en medio de un vibrante debate, la abolición de la esclavitud en Francia y sus dependencias de ultramar, media un proceso de radicalización política revolucionaria al cual contribuyeron los sucesos antillanos.
Con la expulsión final de españoles e ingleses, la aceptación de la abolición de la esclavitud por parte de Francia, y el ascenso a la conducción de la revolución del líder moderado Toussaint L’ouverture, parecía que todo se encaminaba a la autonomía política de la isla en el marco de un entendimiento amistoso con Francia. Pero en 1801 Napoleón Bonaparte envió un poderoso ejército que pretendió sojuzgar nuevamente al país y restablecer el régimen esclavista. Los franceses arrestaron a L’ouverture y lo deportaron a Francia, donde murió en la cárcel. Se desencadenó entonces la última fase de la revolución, la más radicalizada, donde la población afrodescendiente se unió para expulsar al invasor francés, defender la libertad tan duramente conquistada y ahora sí, proclamar la independencia de Francia.
En noviembre de 1803, diezmado por una implacable guerra de guerrillas y recurrentes epidemias de fiebre amarilla, el ejército francés debió formalmente rendirse ante el nuevo jefe rebelde, Jean-Jacques Dessalines, y evacuar la isla con la ayuda de la flota británica. Proclamada la independencia, en un inédito acto de reparación histórica, los vencedores descartaron el antiguo nombre colonial de Saint Domingue, y bautizaron al nuevo Estado con su actual denominación, Haití, como denominaba a su tierra el antiguo pueblo taíno, habitantes originarios de la isla exterminados por los europeos.
El 20 de mayo de 1805 fue promulgada la Constitución de Haití, un texto complejo que estableció un régimen político imperial de características autoritarias a la par que introdujo novedosas reformas sociales: la abolición de la esclavitud, los derechos sociales para hombres, mujeres y niños, el divorcio vincular, en definitiva, la igualdad y la libertad, sin diferencias raciales o de género.
La Revolución de Haití fue una revolución antiesclavista y anticolonial, pero que, sin embargo, no alcanzó sus objetivos de liberación nacional. Fue un ejemplo temprano de lo que Marx denominaba la “revolución en permanencia”, esto es, la profundización de la revolución a partir de la transformación del sujeto político-social protagónico, que la empuja hacia adelante a través de fases sucesivas cada vez más radicales. Pero fue también un ejemplo temprano de los límites impuestos a los procesos emancipatorios cuando quedan confinados dentro de las fronteras nacionales.
La revolución no logró conmover los cimientos de la economía de plantación en las Antillas y en la costa atlántica: los británicos prohibieron el comercio de esclavos, pero mantuvieron la esclavitud en sus colonias; los franceses ahogaron en sangre la rebelión antiesclavista de Guadalupe; en Venezuela, a pesar de las tempranas proclamas de Simón Bolívar (1816) la esclavitud fue reestablecida y abolida recién en 1854; en Estados Unidos, Cuba y Brasil subsistió hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo XIX. En este contexto desfavorable, los sucesivos gobiernos haitianos no lograron impulsar proyectos económicos alternativos para reinsertar el país en la economía mundial, y terminaron concertando una ruinosa “reconciliación” con la metrópoli, pagando una cuantiosa indemnización, punto de partida de renovadas formas de explotación y dependencia que agobian hasta hoy a la nación caribeña.
Pero la heroica revolución en la que los antiguos esclavos enfrentaron y derrotaron a los ejércitos más poderosos de Europa bajo la consigna “Libertad o muerte”, esa no ha perecido. Permanece en la memoria y el corazón de los hombres y mujeres libres de todo el mundo, como aquel relámpago que por un momento iluminó la potencialidad de un pueblo dispuesto a luchar hasta la muerte por romper sus cadenas.

Sobre la Revolución de Haití se pueden leer las siguientes obras

Césaire, Aimé, Toussaint L’ouverture: La Revolución Francesa y el problema colonial (1976)
Di Tella, Torcuato S., La rebelión de esclavos de Haití (1984)
Grüner, Eduardo: La oscuridad y las luces (2010)
James, C. L. R.: Los jacobinos negros (1938, varias ediciones posteriores)
Martínez Peria, Juan Francisco: ¡Libertad o muerte! Historia de la Revolución Haitiana (2013)
Métraux, Alfred: Voodoo in Haiti (1989) (hay traducción al español).
También son muy recomendables las novelas de Alejo Carpentier, El reino de este mundo (1919) y El siglo de las luces (1962), y la extraordinaria película de Gillo Pontecorvo, Queimada (1969).

Juan Luis Hernández

La mentira permanente, nuestra amenaza más mortífera



El peligro más siniestro al que nos enfrentamos no viene de la supresión de la libertad de expresión a través de la destrucción de la neutralidad en la Red o de los algoritmos de Google, que mantienen alejada a la población de aquellas webs de contenido izquierdista, disidente, progresista o antibélico. No viene tampoco de una reforma de los impuestos que abandona cualquier pretensión de responsabilidad fiscal, enriquece a las corporaciones y a los oligarcas y allana el camino para el desmantelamiento de programas como el de la Seguridad Social. No viene de la explotación de tierras colectivas para beneficio de la industria minera y de los combustibles fósiles, ni tampoco de la aceleración del ecocidio por parte de una legislación medioambiental demoledora, ni por la destrucción de la educación pública. Tampoco viene del despilfarro de fondos federales para inflar el presupuesto militar mientras el país colapsa económicamente, ni del uso de sistemas de seguridad doméstica para criminalizar la disidencia. El peligro más siniestro al que nos enfrentamos viene de la marginalización y destrucción de aquellas instituciones que - incluyendo los tribunales, la academia, los cuerpos legislativos, las organizaciones culturales y los medios de comunicación- en su día garantizaban que el discurso público se anclaba en la realidad y en los hechos, nos ayudaban a distinguir entre la verdad y la mentira y promovían la justicia.
Donald Trump y el actual Partido Republicano representan la última etapa en la emergencia del totalitarismo corporativo. El saqueo y la opresión se justifican por la mentira permanente, un tipo de mentira distinto de las falsedades y medias verdades proferidas por políticos como Bill Clinton, George W. Bush y Barack Obama. La mentira política que empleaban estos dirigentes no se dirigía a eliminar o anular la realidad, sino que era una forma de manipulación. Cuando Clinton promulgó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, prometió que “el TLCAN [NAFTA por sus siglas en inglés] significa más empleo, empleo americano y empleo americano bien pagado”. George W. Bush justificó la invasión de Irak porque Saddam Hussein supuestamente poseía armas de destrucción masiva. Pero ni Clinton siguió fingiendo que el TLCAN [NAFTA] era beneficioso para la clase obrera cuando la realidad mostró lo contrario, ni Bush continuó simulando que Irak tenía armas de destrucción masiva después de que no se encontrara ninguna.
La mentira permanente no está circunscrita o limitada por la realidad, sino que se perpetúa incluso frente a una evidencia abrumadora que la desacredita. Es simplemente irracional. Aquellos que hablan el lenguaje de la verdad y de los hechos son atacados y acusados de mentirosos, traidores y proveedores de noticias falsas; y una vez las élites totalitarias acumulan suficiente poder (un poder ahora garantizado por la supresión de la Neutralidad en la Red), son alejados de la esfera pública. La férrea resistencia a reconocer la realidad (independientemente del grado de transparencia con que esta se presente) por parte de aquellos envueltos en la mentira permanente crea una psicosis colectiva.
“El resultado de una sustitución sólida y total de la mentira por la verdad fáctica no es que la primera es aceptada como lo verdadero y la verdad es difamada como si fuera una mentira, sino que el sentido en que nos orientamos en el mundo real – y la categoría de lo verdadero frente a lo falso es uno de nuestros medios mentales encaminados a este fin – se está destruyendo”, escribió Hanna Arendt en “Los orígenes del totalitarismo”.
La mentira permanente convierte el discurso político en un teatro absurdo. Donald Trump, que ya mintió acerca del número de asistentes a su investidura pública como presidente a pesar de las evidencias fotográficas, insiste ahora en que, en relación a sus finanzas personales, va “a ser asesinado” por una reforma fiscal [la célebre tax bill] que en realidad le ahorrará a él y a sus herederos más de mil millones de dólares; el Secretario del Tesoro Steven Mnuchin afirma que posee un informe que demuestra que los recortes fiscales se pagarán por sí mismos y no aumentarán el déficit – a pesar de que dicho informe nunca llegó a existir; y el Senador John Cornyn nos dice, contrariando toda evidencia fáctica, que “no se trata de una reforma diseñada ante todo para beneficiar a los ricos y a los grandes negocios”.
Al mismo tiempo, dos millones de acres [alrededor de ocho mil kilómetros cuadrados] de tierras públicas, están siendo entregados a la industria minera y de los combustibles fósiles mientras Trump insiste en que dicho traspaso significa que “las tierras públicas serán una vez más para uso público”. Cuando los ecologistas denuncian que se trata de un robo, el republicano Rob Bishop acusa su posición crítica de “falsa narrativa”. Tras terminar de manera efectiva con la Neutralidad en la Red y la libertad de expresión en Internet, Ajit Pai, presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones [FCC], comenta que “se ha demostrado que aquellos que sugerían que internet tal y como lo conocemos está a punto de desaparecer, están equivocados…Tenemos un internet libre que sigue avanzando ”. Y en los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades, frases como “basado en evidencias” y “basado científicamente” están prohibidas.
La mentira permanente es la apoteosis del totalitarismo. Ya no importa qué es verdadero. Solamente importa qué es “correcto”. Las cortes federales se están llenando con jueces imbéciles e incompetentes al servicio de la “correcta” ideología corporativa y de las rígidas costumbres sociales de la derecha cristiana. Simplemente desprecian la realidad, incluyendo la ciencia y el Estado de Derecho; pretenden desterrar a aquellos que viven en un mundo con principios de realidad definidos por la autonomía moral e intelectual. La norma totalitaria siempre destaca lo brutal y lo estúpido, y estos idiotas en el poder no tienen metas ni filosofía política alguna: solamente usan clichés y slogans - la mayoría de los cuales son absurdos y contradictorios- a fin de justificar su codicia y ansias de poder. Y esto es tan válido para la derecha cristiana, que está ocupando el vacío ideológico de la administración Trump, como para los corporativistas que predican el neoliberalismo y la globalización. La fusión de los corporativistas y la derecha cristiana es el matrimonio entre Godzilla y Frankenstein.
“Los políticos corruptos ni siquiera necesitan comprender las consecuencias sociales y políticas de sus comportamientos”, escribió el psiquiatra Joost A.M. Meerloo en “La violación de la mente: la psicología del control mental, el menticidio y el lavado de cerebro”. “No están impulsados u obligados por una creencia ideológica, independientemente de cuánto la racionalicen para convencerse a sí mismos de que sí lo están, sino por las distorsiones de sus propias personalidades. No están motivados por un impulso dirigido a servir a su país o a la humanidad, sino por la abrumadora necesidad y compulsión de satisfacer los anhelos de sus propias estructuras de carácter patológicas. Las ideologías que declaman no son metas reales, sino solamente los mecanismos cínicos por medio de los cuales estos hombres enfermos esperan obtener cierto sentido personal de valor y poder. Estas sutiles mentiras internas les hacen ir de mal en peor: autoengaños defensivos, una visión distorsionada, ausencia de identificación emocional con los otros, degradación de la empatía – la mente tiene muchos mecanismos de defensa con los que cegar la conciencia.”
Cuando la realidad es reemplazada por los caprichos de la opinión y el oportunismo, lo que es verdadero un día, a menudo es falso al siguiente. La consistencia se ha descartado. La complejidad, los matices, la profundidad, son reemplazados por la creencia simplona en la amenaza y la fuerza bruta. Es por esto que la administración Trump desprecia la diplomacia y está destruyendo el Departamento de Estado. El totalitarismo, escribió el novelista y crítico social Thomas Mann, es, en su núcleo más profundo, el deseo de un simple cuento popular. Una vez este cuento popular sustituye a la realidad, la moral y la ética son abolidas. “Aquellos que te pueden hacer creer los despropósitos más absurdos, pueden hacerte cometer las mayores atrocidades”, advirtió Voltaire.
Las élites corporativas, que incluso en el mejor de los tiempos (sic) jugaron sus cartas contra la gente de color, los pobres y la clase obrera, ya no lo hacen siguiendo regla alguna. Los lobistas, los políticos comprados, los académicos serviles, los jueces corruptos y las celebrities de los informativos de televisión, dirigen un Estado cleptocrático definido por el soborno legalizado y la explotación desenfrenada. Las élites empresariales escriben leyes, regulaciones y reformas para expandir el saqueo de las corporaciones, al mismo tiempo que imponen una deuda que esclaviza y paraliza a la población, como por ejemplo la enorme carga de los préstamos universitarios en los estudiantes; sus medidas austericidas desmantelan los servicios estatales y municipales, como es el caso de la sanidad y la educación pública. Aun así, insisten en que la solución a nuestros problemas se encuentra en las instituciones que ellos mismos han degradado y corrompido; nos piden que invirtamos tiempo y energía en campañas políticas y en apelaciones a los tribunales. Intentan atraernos a su mundo esquizofrénico, donde el discurso racional ha sido sustituido por la charlatanería. Nos piden que hagamos justicia en un sistema diseñado para perpetuar la injusticia. Se trata de un juego al que nunca podemos ganar.
“Toda dignidad reside en el pensamiento” escribió Pascal. “Es al pensamiento a quien debemos confiar nuestra recuperación, no al espacio o al tiempo, los cuales nunca podríamos llenar. Esforcémonos entonces en pensar bien; este es el principio básico de la moralidad”
Hay que enfrentar al poder con más poder. Debemos construir instituciones y organizaciones paralelas que nos protejan del asalto empresarial y resistan a la dominación de las corporaciones. Debemos distanciarnos lo máximo posible de este Estado vampírico. Cuantas más comunidades autónomas podamos crear, con sus propias divisas e infraestructuras, más podremos dañar a la bestia corporativa. Hay que establecer cooperativas de trabajadores, sistemas locales de suministro alimentario basados en dietas veganas y organizaciones culturales, artísticas y políticas independientes. Tenemos que obstruir por cualquier medio posible el asalto de las corporaciones, desde el bloqueo directo de gaseoductos y pozos destinados al fracking, a la ocupación de las calles a través de actos de desobediencia civil contra la censura y el ataque a las libertades civiles, o la creación de “ciudades santuario”. Y todo ello deberá realizarse como siempre se ha hecho: construyendo relaciones personales y cercanas. Quizás no seamos capaces de salvarnos a nosotros mismos - sobre todo por el rechazo de las élites a hacerse cargo de los estragos del cambio climático- pero podemos crear espacios de resistencia donde la verdad, la belleza, la empatía y la justicia perduren.

Chris Hedges
Truthdig / Sin Permiso

Chris Hedges es un periodista ganador del Premio Pulitzer, autor de best sellers del New York Times, fue profesor de la Universidad de Princeton. Pasó casi dos décadas como corresponsal extranjero en Centroamérica, Oriente Medio, África y los Balcanes.

Italia y las bombas en Yemen

¿Cómo las bombas fabricadas en Italia mataron a una familia en Yemen? Es el título de un video-reportaje publicado hace pocos días por el New York Times que ha causado revuelo en Italia, aunque sólo llegó a confirmar las denuncias que desde hace años reiteran las organizaciones pacifistas.
“Italia repudia la guerra como instrumento de ofensa a la libertad de otros pueblos y como medio de resolución de las controversias internacionales; permite, en condiciones de paridad con otros Estados, las limitaciones de soberanía necesarias para un ordenamiento que asegure la paz y la justicia entre las Naciones; promueve y favorece las organizaciones internacionales dirigidas a tal fin”, reza el artículo 11 de la Constitución italiana, la cual ha sido violentada repetidamente.
Por mencionar un ejemplo, Italia ha participado en sendas misiones fuera del marco de la ONU, como la Segunda Guerra de Irak lanzada en 2003 por EUA en busca de inexistentes armas de destrucción masiva, y es un prominente fabricante de armas: en 2016 se ubicó en el onceavo lugar mundial por gasto militar, fue el octavo mayor exportador y la estatal Finmeccanica fue de las primeras diez fabricantes.
Hace dos años Italia permite la venta ilegal de bombas y armas a Arabia Saudí, la cual bombardea impunemente el vecino Yemen, pero según el Primer Ministro Gentiloni todo está bien. Arabia, violando el derecho internacional, el 25 de marzo de 2015 unilateralmente con sus aliados sunís (Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Kuwait, Qatar y Sudán) atacó a Yemen, el país más pobre de la región, y especialmente a la minoría de los huzíes, que pertenece a la rama chií del islam y es cercana a Irán, potencia regional rival de Arabia.
La filial italiana de la alemana Rwm, con sede en la región de Lombardía y planta productora en Cerdeña, exporta a Arabia desde puertos de la isla miles de bombas que matan a la población civil de Yemen, país que experimenta, según la ONU, “la más grave crisis humanitaria del mundo”. Rwm, presente en México como RH Simulation and Training, es una multinacional de seguridad y movilidad, explosivos, ojivas y tecnología de defensa.
La Ley italiana 185 de 1990 impide la venta de armamientos a países con conflictos, que violan gravemente los derechos humanos o que sean clasificados como “Altamente Endeudados y Pobres”. El gobierno otorga autorizaciones y los últimos dos ejecutivos, presididos por Renzi y Gentiloni, se esmeraron en hacer tratos con Arabia y dar visto bueno a empresas de armas: se estrechan acuerdos políticos estratégicos, de gobierno a gobierno ( G to G ), que sirven de marco para que las empresas los aprovechen y se inserten en el mercado ágilmente. Por eso han ido aumentando los viajes “diplomáticos” de miembros del gabinete italiano a Arabia, aun cuando en Yemen sigue la masacre.
El gobierno refuta cínicamente toda acusación, pero el diario NYT rastreó el camino de las bombas y su uso indebido en Yemen. “Italia observa escrupulosamente el derecho nacional e internacional en tema de exportación de armamentos”, según la Secretaría de Exteriores italiana, la cual agregó que son “hechos conocidos” sobre los que “ya se dieron explicaciones” y que las exportaciones italianas de armas a Arabia son menores que las de otros países europeos. No es un gran argumento.
Italia no podía no saber a qué servían las bombas, pues la guerra en Yemen empezó en 2015 y las autorizaciones gubernamentales han crecido. Francesco Vignarca, de la Red para el Desarme, denunció el boom del negocio en 2016, cuando se autorizaron unos 440 millones de euros, equivalentes a la exportación de más de 10,000 bombas.
El gobierno italiano ha estado justificando las ventas de armas y evadiendo las prohibiciones de la Ley con el pretexto de la lucha al terrorismo, pues, aunque Arabia bombardea a la población de Yemen, también es parte de la coalición anti-Estado Islámico y no está formalmente sujeta a embargo. Además, es apoyada logísticamente por EUA y el Reino Unido para contener a Irán e, indirectamente, a Rusia, países ganadores en el tablero siriano.
Un país declara “luchar contra el terrorismo” y se le venden armas, pero luego las utiliza para bombardear a otro país e iniciar allí una guerra. Esto se sabe hace mucho, el Parlamento Europeo pidió la suspensión de este comercio, pero Italia (junto a otros socios europeos) se hace de la vista gorda.
Yemen es hoy escenario de un conflicto internacional entre potencias como lo es Siria. La población está en el medio: 13,600 muertos (5,000 niños), 3 millones de desplazados y 40,000 heridos en su mayoría imputables a los ataques saudís y a la complicidad occidental. Así es como la excusa de la lucha al terrorismo sigue vigente para fomentar el negocio de la guerra.

Fabrizio Lorusso
La Jornada

martes, enero 02, 2018

Los escritores en defensa de la cultura en el Congreso de Valencia de 1937 (y sus lecturas desde el compromiso con el mercado)



Desde las estancias oficiales, la Generalitat valenciana lleva meses conmemorando el aniversario del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, una reunión sin parangón en la historia de la cultura, que también tuvo sesiones en Madrid y en Barcelona. Como ya sucedió en su 50 aniversario (1987), se utiliza el evento para desactivar todo el contenido “rojo” de 1937 para conferirle un contenido muy diferente con el título de Por la defensa de la cultura. Diálogos para el siglo XXI, en este caso mucho más tranquilas que las del otro aniversario presidido por Jorge Semprún, por entonces ministro de Felipe González que planteó la conmemoración como una denuncia del estalinismo que era –no hay que decirlo- amalgamado con el comunismo, disparando sobre todo contra Cuba en nombre de una democracia “reinventada” bajo el triunfal-capitalismo.
El prisma vino marcado por la presencia dominante de un plantel de antiguos intelectuales comprometidos, pero en 1987 ya ferozmente arrepentidos: Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante, Jorge Semprún, Fernando Savater, Juan Cueto, Ricardo Muñoz Suay y otros, hasta sumar 200 intelectuales y artistas entre los que marcaron una cierta disidencia Manuel Vázquez Montalbán, Juan Goytisolo (con un pie y otro dentro), y el actor Francisco Rabal, bastante representativo del PCE de los sesenta, cuando trabajó con Luis Buñuel en Nazarín y Viridiana. Una de las mesas redondas, moderada por el escritor Joan Fuster, incluso fue suspendida por una amenaza de bomba (cabe suponer que de la extrema derecha) que resultó falsa. Por otro lado, de todos es conocido la enemistad que mantenía Fuster con los nuevos mandarines para los que –según declaración del ministro- el horizonte de la historia no lo ofrecía el marxismo (al decir de Roger Garaudy), sino…el mercado.
En el horizonte de estos días, la pauta ha venido marcada por intelectuales comprometidos…con el grupo PRISA como Juan Cruz, adjunto a la dirección de El País, y José Álvarez Junco, quien ha ofrecido una variante de la proclama de Semprún al dictaminar según el mismo diario que “algunos lamentan que ya no existe ese tipo de intelectuales (a lo Sartre o Bertrand Russell aunque este no resulta conveniente porque esto quizás conllevaría hablar de Tribunal Russell), pero yo creo que el cambio ha sido para bien. Afortunadamente, los europeos nos hemos hecho mayores de edad y vivimos en una sociedad muy libre. Ejerzámosla”. Y para añadir: “ya no hay una razón con mayúsculas, universal, hay muchas razones pequeñas que debemos consensuar, pactar”. Ni media palabra de la crisis ecológica, de la “era Trump” y la amenaza nuclear, de las guerras auspiciada desde el Imperio, del creciente abismo entre los ricos y los pobres, entre los países dominantes y los dominados. José Álvarez Junco duerme tranquilo con un ejemplar de El País bajo al almohada. El iceberg no se ve si no se quiere ver.

La guerra de la cultura

Quizás lo más ostensible de esta celebración sea la abismal diferencia cultural que existía entre la República (de los trabajadores, o sea, sostenida por estos) y la España de los militares fascistas financiados por Juan March y el Gran Dinero. Esta desigualdad en la correlación de fuerzas puede ser dibujada brevemente. Mientras que en el campo mal llamado “nacional” sólo logró convocar a figuras de muy segundo orden -Unamuno se “rebotó” en un acto célebre, Eugeni d’Ors agonizaba como creador; incluso los jóvenes falangistas de talento no tardaron en abrazar la disidencia después de la guerra, unos pronto y otros más tarde-, en el campo republicano se sumaron todas las generaciones, desde la del 98 -Valle Inclán que no conoció la guerra pero que simpatizó con la extrema izquierda, y Machado-, hasta la llamada “de la República”, pasando por la del 27 (Alberti, Buñuel, Guillén, Aleixandre, etc) y que configuraron lo que se ha venido a llamar la “Edad de Plata” de la cultura española.
Se da un ambiente crítico enfebrecido. Se trata de una coyuntura sobre la que Juan Gil-Albert escribe: “Era el momento álgido de nuestra crisis; todos nosotros escritores pasamos de un modo u otro por esta fase: horror por el nazismo, desprecio por el reaccionarismo español que estaba preparando la puñalada trapera a la joven, incauta, y también es verdad, medio caótica República, confianza, si no ciega, sí bastante embriagadora por Rusia, engagement de Gide, actitudes de Mann, Einstein, etcétera”.
Algo parecido ocurre en el orden internacional donde al lado de los sublevados se erigen las figuras oficiales de los regímenes fascistas y la figura aislada de Paul Claudel -al frente del batallón de la Action Française que servirá al régimen de Vichy más tarde, mientras que al lado de la República se coloca parte de la flor y nata de la cultura mundial, algunos combatiendo -como Hemingway, Orwell, Caudwell-, otros trabajando en la retaguardia -como Neruda, Ehrenburg o Vallejo, que murió queriendo ser un miliciano- o apoyando diversas campañas favorables a su causa como Tagore, G.B. Shaw, Bertrand Russell, Selma Lagerlöff, y un etcétera francamente impresionante. Tan impresionante como nunca se había conocido en ningún otro conflicto mundial. Sin olvidar el “todo Hollywood” liberal.
En esta convergencia republicana hay un punto de partida elemental al que Gide define como algo parecido a un enfrentamiento entre el bien y el mal, entre la reacción y el progreso, entre las fuerzas sociales opresoras y las que llevan la promesa de una emancipación. Esta división necesita, naturalmente, muchos matices, pero así de rotunda parecía en momentos como los de Badajoz, Gernika o el frente de Madrid.
En España se libraba una batalla contra la peste fascista que se había impuesto sin apenas resistencia en Italia, Alemania y Austria, y se jugaba también una nueva edición de una guerra internacional que había comenzado victoriosamente con la toma del Palacio de Invierno en octubre de 1917.
También se sentía como un preludio de “la próxima guerra”, esa que, según aparece en una memorable novela del contradictorio Evelyn Waugh, veía venir todo el mundo menos los gobernantes. Una guerra que, por lo tanto, aparecía como varias cosas a la vez. Unos enfatizaban su aspecto más antifascista, su carácter de resistencia nacional, popular y democrática, de acuerdo con los planteamientos vigentes en los aledaños idealizados del Kornintern -Neruda, Aragón, Buñuel, Hernández, Machado, de hecho la mayoría-; para otros era la defensa de las tradiciones republicanas y democráticas aunque no estaban de acuerdo con el auge de los comunistas.
Al tiempo, para un sector minoritario aunque también importante, se trataba de una revolución socialista surgida en la defensa de las libertades democráticas. Por esta convicción trabajaron no solamente los que lo hicieron al lado de la CNT -León Felipe, Simone Weill, Hanns-Erich Kaminski (“Los de Barcelona”), Camillo Berneri, etc.-, o del POUM -Orwell, Benjamin Peret, Mary Low, etc.-, sino también, otros muchos que se alinearon con otras formaciones aunque aceptaron de buena fe la idea de los dos plazos. Les separaba un primero la guerra y un luego la revolución. Recordemos que éste fue el planteamiento inicial del propio Orwell, y es el que aparece en gran medida en la extraordinaria película de Joris Ivens, Tierra de España, en cuyo guión contribuyeron John Dos Passos y Hemingway.
La culminación pública de esta convergencia y también, en cierta medida, de la contradicción guerra-revolución tuvo lugar en julio de 1937 en el Congreso de Escritores Antifascistas quereunió prácticamente a todo el plantel de escritores demócratas y de izquierdas del mundo en un debate en el que se insistió en la lucha contra el fascismo y en la defensa del compromiso del intelectual con el pueblo, pero esto ya en un sentido un tanto diferente al que le habían dado Gide y Malraux en el congreso anterior celebrado en París en 1935. Este congreso se celebró cuando el estalinismo ya había conseguido “normalizar” el bando republicano y no se permitían voces disidentes, ni siquiera la del prestigioso Gide que, en rigor, venía a refrendar la línea general antifascista del encuentro. Su pecado era haber escrito Retour de I’ URSS lo que le hacía sospechoso de “trotskismo”.
El “trotskismo” estaba ya fuera de la ley y los agentes del Kornintern en el lugar –Elya Ehrenburg, Mijhail Koltzov, etc.- con la colaboración de Pablo Neruda, Louis Aragón y otros- le impidieron expresarse. Entonces la protesta fue mínima, el curso revolucionario había dejado paso al curso antifascista en el que la URSS aparecía como el principal baluarte. No fue hasta el pacto nazi-soviético cuando se mostraron las primeras desavenencias.

La Alianza de Intelectuales antifascistas

La Alianza estaba organizada por secciones (Literatura, Plásticas, Biblioteca, Pedagogía, Teatro y Música) y conocía una amplia inserción en Madrid, Valencia y Barcelona, donde publicaba, respectivamente El mono azul, Nueva Cultura y Meridià, y tenía una gran audiencia entre toda la intelligentzia republicana. Entre sus iniciativas más conocidas se encuentra la edición de un Romancero General de la Guerra de España, una Crónica General de la Guerra de España, amén de una Antología de Poetas de la España leal. Pero su acción más conocida fue la organización del II Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura.
La iniciativa se inscribe en el gran trabajo de propaganda efectuado por los republicanos, trabajo que tiene un eco infinitamente mayor entre los trabajadores y los intelectuales que entre los gobiernos democráticos occidentales, los cuales con la política llamada de no-intervención llegan a establecer, de hecho, un tácito reconocimiento a la rebelión y una complicidad con las potencias fascistas que no dudaron en intervenir desde un primer momento. Este factor será decisivo para explicar el peso de las opciones estalinistas durante el Congreso. Aunque la petición formal fue hecha por Baeza antes de la guerra -en el Pleno que la Asociación realizó en Londres en junio de 1936, su confirmación rotunda tuvo lugar en octubre del mismo año, cuando Romain Rolland, Heinrich Mann, Malraux -entre otros- enviaron un telegrama a la Alianza confirmando la celebración del Congreso en España.
Con ser esplendoroso este momento para la cultura e impresionante la convergencia internacional con la República, hay una dimensión del hecho cultural que permanece casi invariablemente oculta y sin la cual difícilmente se puede explicar la emergencia de grandes figuras: se trata de lo que podíamos denominar “revolución cultural” en los años 30 y que se caracteriza por un creciente encuentro entre todas las vanguardias -desde la teatral hasta la política- y el pueblo.
Desde 1917 se va desarrollando un giro hacia la izquierda entre la intelligentzia que alcanza hacia 1934 su apogeo y que se manifiesta en la creciente radicalización de poetas como Lorca, Machado, Bergamín, Hernández, etc. Paralela a esta radicalización viene a producirse una multiplicación de los libros de izquierda y el auge de obras teatrales y cinematográficas de signo “comprometido”; el obrero ocupa el lugar predominante entre los consumidores de cultura, fenómeno que hasta Ortega y Gasset observará con sentimientos ambivalentes, Los campesinos buscan a los que entre ellos saben leer para que les dén a conocer obras de Kropotkin u otros, y los obreros forman grupos de teatro y “devoran” a Zola, Lenin, Bakunin, el Blasco Ibáñez de La catedral y La bodega o las novelas y reportajes de Ramón J. Sender.
Los Ateneos Libertarios y las Casas del Pueblo se extienden cada vez más y arrastran a un número creciente de trabajadores ávidos de conocimientos para cambiar el destino de sus vidas. El tipo humano del trabajador-rnedio pasa de ser el conformista que rehúye los peligros del activismo para refugiarse en el deporte, a ser el militante abnegado y autodidacta que, con todas sus limitaciones, dará vida y un potencial formidable a todas las formaciones proletarias sin excepción, aunque muy particularmente a la cenetista que es la que cuenta con la acumulación de militantes llanos más amplia y extendida.
Serán estos hombres y mujeres los que protagonizarán en primera línea no sólo los grandes acontecimientos sociales de la República y las grandes batallas de la guerra, sino también la odisea de los campos de concentración y de la resistencia y el exilio, cuando no -más minoritariamente-, la guerrilla y la lucha clandestina contra el franquismo, ayudando a forjar las nuevas generaciones que, a la postre, harán imposible la mera continuidad de la dictadura.
En este terreno, en el de los hombres y las mujeres que fueron militantes, la crisis española encontró su expresión más fascinante y avanzada, aunque no fue en absoluto correspondida con una expresión política consciente, capaz de convertir lo que era conciencia en sí en conciencia para sí.
¡Fue tan poco tiempo! Esta expresión de un viejo libertario plantea todo lo que se consiguió en unos pocos años -que continuaban una larga tradición de lucha casi siempre de élites- y lo que pudo ser. No era posible un movimiento social y cultural desde abajo tan avanzado y así lo comprendió justamente -para sus intereses- la derecha, y así lo han comprendido los actuales “padres” de la democracia que saben que su “consolidación” pasaba por la domesticación de sus movimientos sociales.
En su presentación, el documento aprobado resume sintéticamente el mensaje central del Congreso en estos tres puntos: “’Primero. Que la cultura, que se ha comprometido a defender, tiene como enemigo principal al fascismo. Segundo. Que están dispuestos a luchar por todos los medios de que disponen contra el fascismo, ya cuando muestre abiertamente su rostro destructor o adopte, para llegar a sus fines, formas desviadas; en una palabra, declaran estar dispuestos a luchar contra los fautores de la guerra. Tercero. Que en la guerra efectiva que el fascismo ha abierto contra la cultura, la democracia, la paz y, en general, la felicidad y el bienestar de la Humanidad, ninguna neutralidad es posible, ni puede pensarse en ella, como han comprobado en dura experiencia los escritores de numerosos países, en donde el pensamiento está limitado a las terribles condiciones de la ilegalidad.”
No obstante, a pesar de este itinerario, el Congreso se encuentra claramente vinculado a Valencia por ser en ésta donde caerá el peso de su realización y por ser la capital republicana. El Congreso, aun siendo muy circunstancial, no desdeña debatir sobre una serie de temas de cierto interés, aunque su planteamiento central es justificar la política gubernamental, tarea en la que están especialmente comprometidos los comunistas. Eso explica que aunque la presidencia se repartió entre el azañista Ricardo Baeza y el católico José Bergamín, el peso de estos últimos era el más determinante, amén de ser el que no aceptaba críticas a su política ni a la URSS, considerada como la “gran aliada” de la República asediada.

El intelectual comprometido

La guerra de España coincide con el apogeo del intelectual comprometido
En medio de la crisis civilizatoria de los años 30, el intelectual, un concepto que fue empleado por primera vez -y muy significativamente- en relación al “affaire Dreyfus”, la reacción de la conciencia con lo que se puede considerar como prólogo del fascismo.
Dentro de los esquemas frentepopulistas, este personaje iba a desarrollar un creciente protagonismo público que se va a concretar en una praxis comprometida con el pueblo, con las izquierdas y primordialmente con el área comunista oficial, expresándose a través de obras polémicas, de manifiestos, congresos, compromisos organizativos, llegando hasta la lucha en el frente español, en donde murieron no pocos escritores, anónimos o poco conocidos en el momento, como los británicos Christopher Caudwell y Ralph Fox o el cubano Pablo de la Torriente.
La grave coyuntura política configuraba una problemática muy profunda que llegaba a cuestionar el cuadro decadente de las democracias burguesas liberales, incapaces según la opinión generalizada de contener el avance fascista, y con ello el papel’ tradicional de los intelectuales pequeños burgueses que se sienten convocados por su mala conciencia” a un puesto de lucha que ya ha sido ocupado por una avanzada del proletariado militante. En el ambiente parecía evidente que se preparaba una nueva guerra, y el intelectual buscaba a la izquierda en espera de la Ciudad Ideal, el sueño de un mundo nuevo tal como lo expresa W. H. Auden en su célebre poema Spain (1937). Este poema fue considerado como la gran llamada a las armas en favor de la República, aunque años más tarde su autor, convertido al cristianismo, lo considerara despectivamente. Este desplazamiento de los intelectuales desde el individualismo o el conformismo hacia el antifascismo, o hacia posiciones más netamente revolucionarias -como será el caso notorio de los surrealistas-, se había fraguado como una respuesta a un proceso de crisis que el escritor ruso-francés Víctor Serge definió certeramente como de “medianoche en el siglo”.
Los datos son bastante dramáticos e ilustrativos: crack económico capitalista de 1929 -con su secuela de paro y miseria-, guerra chino-japonesa, ascenso de Hitler con la consiguiente derrota del más potente movimiento obrero de Europa y la destrucción de la democracia y de la socialdemocracia en Austria, incendio del Reichstag, proceso de Leipzig, invasión italiana de Abisinia, ascenso de los movimientos obreros en Francia y en España, radicalización de las izquierdas en los EE.UU. y Gran Bretaña, “procesos de Moscú” y giro político hacia los Frentes Populares… Por entonces, solamente una minoría de escritores -Víctor Serge, Ignazio Silone, Panait Istrati, Marcel Martinet, etcétera- estuvieron al corriente del complejo curso que tomaba la URSS, y muy pocos supieron diferenciar entre el legado de 1917 y el estalinismo. Por eso fueron contados los que tomaron partido a favor de la vieja guardia bolchevique inculpada durante’ los “procesos de Moscú”. La mayoría de los intelectuales que se habían mostrado adversos a la revolución, aceptaban ahora el curso “moderado” de Stalin frente al “utopismo” de “la revolución permanente” de Trotsky.
Este contexto provocará entre la intelligentzia una nueva configuración moral e ideológica en la que confluyen numerosos factores, de los que cabe al menos reseñar los siguientes:
a) El desencanto y alejamiento del bloque dominante, con el descubrimiento de los desastres del capitalismo y del colonialismo, una toma de conciencia que afectó profundamente a. autores como Gide (Viaje al Congo), George Orwell (La marca, que transcurre en Birmania), o Foster (Pasaje a la India).
b) El acercamiento hacia las nuevas formas de vida del socialismo representado por la URSS, de las potenciales capacidades alternativas de una nueva sociedad que aparece en el cine -Eisenstein, Pudovkin, Dovjenko, etcétera-, la literatura -Babel, Pilniak, Maikovski, etcétera- y la literatura viajera a la “patria del proletariado”. Una literatura que llegó a convertirse en un verdadero subgénero que tuvo ejemplos muy variados, pero la mayoría se avino a “ver” lo que las autoridades soviéticas les tenían preparado. El viaje constaba de un recibimiento de altura, una estancia de lujo, encuentros con situaciones y ejemplos felices y la gigantesca edición de las obras del escritor con sus correspondientes beneficios en cuanto a derechos de autor.
c) La atracción del movimiento obrero, del esfuerzo colectivo de miles de activistas que reflejan también potencialmente el surgimiento del “hombre nuevo”, de la unión entre el trabajo físico y el intelectual.
d) La emergencia con esta conjunción de unas nuevas exigencias culturales y artísticas, las posibilidades de hacer llegar el arte a las masas en vez de hacerlo a los habituales mercaderes, de impulsar nuevas formas artísticas y nuevas formas de modos de vida que atrae a inconformismos muy diversos (feministas, homosexuales, aventureros, científicos, etcétera).
Se llega a hablar de un “nuevo bloque intelectual”, pero el cuadro organizativo más avanzado se encuentra en los comunistas oficiales, que habían formado unas débiles organizaciones para intelectuales durante los años 20 y principios de los 30, apoyándose en la experiencia de las organizaciones formadas en la URSS con el objetivo de construir una nueva literatura vinculada con el horizonte político de la revolución de Octubre. Estas organizaciones van a conocer en los años que anteceden al estalinismo una gran riqueza en obras y en su producción teórica.
Durante el ascenso del estalinismo el concepto “literatura proletaria” que respondía a una cierta realidad de la lucha de clases, va a encontrar su expresión en la Asociación de Escritores Proletarios (RAPP) y su orientación va a coincidir con lo que se vendrá a definir (abusivamente) como “realismo socialista ” en torno a los siguientes criterios: “El realismo socialista, por ser el método de base de la literatura y de la crítica soviética, exige del artista una representación verídica, históricamente concreta de la realidad en su desarrollo revolucionario. Además, el carácter verdadero e históricamente concreto de dicha representación artística de la realidad debe combinarse con el deber de transformar ideológica y de educación, de las masas dentro del espíritu del socialismo”.
Esta corriente coincide con la implantación final del estalinismo, con lo que se excluyen todas las demás escuelas en tanto que los criterios del “realismo socialista” serán fijados por especialistas del tipo de A. Zhdanov y por el propio Stalin. De acuerdo con éste, un decadente Máximo Gorki disolverá oficialmente el RAPP, para formar a continuación la Unión de Escritores Soviéticos que impondrá en sus estatutos el “realismo socialista”.
Por esta época agonizaban los últimos reductos del élan libertario de los años 20 y durante los famosos “procesos de Moscú” caerán bajo el manto de la muerte lsaac Babel, Boris Pilniak, Osip Mandelstam, en tanto que Sergei Esenin y Vladimir Maiakovski se habían suicidado en la antesala del ascenso estalinista que de alguna manera vieron venir y lo consideraron insoportable. Ironías de la historia, la URSS” iba a constituirse en esta semejante coyuntura –tan lejana como idealizada desde las crónicas de los “compañeros de ruta” llevados a lugares previstos y a los que el Estado les adquiría el derecho de sus obras- en una referencia para la intelligenzia cuando precisamente acababa su época dorada de creatividad y comenzaba el rigor burocrático.
Este giro interno de la cultura soviética tiene en buena medida su traducción en las organizaciones vinculadas con el movimiento comunista oficial. En un principio el planteamiento es la unidad entre el trabajo intelectual y el manual, la crítica de la comercialización del arte, la llamada a ampliar la rica tradición revolucionaria literaria, pero con los Frentes Populares este mensaje va a cambiar. Dentro de estas organizaciones -implantadas en Francia y en Alemania sobre todo- destacará la presencia regular de Henri Barbusse, prototipo del “compañero de ruta” capaz de avenirse sin problemas a los diferentes giros de la política estalinista.
Esta hipoteca será el punto más criticado de su desarrollo, la explicación de una actuación en buena medida ambivalente y aunque su objetivo principal será aparecer como “un acto de oposición a la barbarie y fascista y como una denuncia de la política de no-intervención (el grito de “¡Fuera la no-intervención!” fue el grito unánime en París) se justifica también como “una exploración para ejercer una presión en pro de la cultura en la sociedad nueva” (Corpus Barga), un criterio básico de la Alianza que coincide con las interpretaciones que permite la política comunista oficial -y de sus aliados- en el sentido de que primero se impone una especie de Dos de Mayo (1808) democrático y popular, pero después se plantea una revolución. Con lo primero reprime a los revolucionarios, con lo segundo se integra a muchos radicales.
Desde la primera ponencia, a cargo de Anna Segher, militante comunista alemana y escritora que denunció el fascismo en obras tan soberbias como La séptima cruz.
En otra ponencia se proclama que el fascismo “puede respetar los momentos antiguos mientras no lo molesten. Aspira a destruir la base de la cultura: al hombre (…) El mal no está en que los fascistas alemanes hayan quemado en su país docenas de miles de libros, sino en que han transformado el alma de los lectores de ayer. Ellos han hecho de los sabios, de los obreros, de los poetas, los destructores de Gernika” (Ehrenburg).

No se podía mirar hacia otro lado

Ante esto el intelectual no puede permanecer en su torre de marfil y no digamos al servicio del orden existente como se ha acabado imponiendo el neoliberalismo, considerado sin alternativa.
A la mayoría les resulta obvio que tenían que comprometerse en “la defensa de las libertades del espíritu” (Julien Benda), en apoyo al pueblo porque “la aristocracia española está en el pueblo (y) escribiendo para el pueblo se escribe para los mejores (…), o escribimos sin olvidar el pueblo, o sólo escribiremos tonterías ” (Machado). En este sentido, resulta incomprensible la posición de lo que se llamará la “tercera España”, de esos “sedicentes intelectuales españoles más o menos hamletizados y que ridículamente se alejan, se apartan, se separan del pueblo español cuando este pueblo se ha puesto en cuestión todo, porque se le pone en cuestión su vida misma, su propio modo de ser y existir” (Bergamín).
Los héroes son los soldados que luchan en el frente revolucionario (Alexei Tolstói), el “proletariado” que quiere “las bases de una nueva moral y de un arte nuevo que estén de acuerdo con sus aspiraciones” (Jeff Last). Se habla del “hombre nuevo”, un “hombre total”, que se encuentra entre los que luchan en primera fila. Por eso se cuestiona el destinatario convencional de la cultura: “…La mayoría de nuestros lectores son burgueses, en quienes nuestras palabras, todo lo más, despiertan unos pensamientos que inmediatamente vuelven a amodorrarse. Un artífice busca los mejores materiales para su trabajo, pero nosotros, los escritores, ¿lo hacemos?, ¿vamos hasta la parte más maleable, más prometedora de nuestro pueblo: hasta las masas? La respuesta es que no” (Norddalh Grieg, Noruega).
El objetivo es un nuevo humanismo, “que tiene un hogar: el hogar del trabajador intelectual y manual. Tiene una teoría: la democracia. Tiene un ejército decidido: el socialismo. Una vanguardia activa de combate: la España republicana… “(Sender). Este humanismo se entiende “como el intento de restituir al hombre la conciencia de su valor, de trabajar para limpiar la civilización moderna de la barbarie capitalista…” (España, Ponencia colectiva). Hay, por lo tanto, una conciencia crítica, una idea de que la alternativa va más allá de las democracias tradicionales, cuya pretendida neutralidad es comprendida por Machado como algo terriblemente natural, ya que entre lobos (entre potencias) no se muerden.
Hay tres apartados que tienen, por sí mismos, un interés específico. Uno es la participación de escritores católicos, de “herejes” como Bergamín o el holandés Browder, que apela a una razón: “A Jesucristo, hijo de un carpintero, hijo de un campesino, sacrificado por una clerigalla y por una casta de militarotes, y que supo impregnarnos de verdadero espíritu cristiano, que manda que hagamos lo que yo hago aquí: estar aliado del pueblo español, que es el más cristiano que cabe”. Otro es la participación en lengua propia de escritores catalanes y gallegos. El tercer tema es el rechazo a Gide por “sospechoso de trotskismo”, rechazo extensible a los surrealistas, que no son invitados. También resulta singlar el hecho de que la convocatoria está dramáticamente contextualizada por la guerra: la misma noche de su inauguración, la aviación rebelde bombardea la capital del Turia.
Entre sus participantes los hay que vienen directamente del frente, algunos de las Brigadas Internacionales (Gustav Regler, Pablo de la Torriente y Ralph Bates), también están los que vienen del exilio. No son pocos los que tendrán, antes o después, sus problemas por su compromiso con la lucha republicana, un compromiso que obligó a los escritores británicos a tener que enfrentarse con la expresa prohibición de su Gobierno para asistir, en cuanto los norteamericanos, aparte de los problemas del momento, sufrieron más tarde la consecuencia por haber sido “antifascistas prematuros”.
Hablando en términos cinematográficos, el “reparto” difícilmente podía ser más exhaustivo. Asistieron ( entre otros), por parte francesa, Julien Benda, André Malraux, Paul Nizan , André Chamson y Jean-Richard Bloch; por la URSS, Alexei Tolstoy, Mijail Koltzove Ylya Eheremburg; por Inglaterra, Stephend Spender y Ralph Bates; por Alemania, Anna Seghers y Gustav Regler; por Chile, Vicente Huidobro y Pablo Neruda; por México, Carlos Pellicer y Octavio Paz (16); por Perú, el enfermizo César Vallejo; por Cuba, Nicolás Guillén y Juan Marinello; por EE.UU., Malcom Cowley, Langton Hughes, Ernest Hemingway y John Dos Passos; por Holanda, Jef Last y el doctor J. Browder…
Naturalmente, la delegación española fue la más numerosa. En ella encontramos a Antonio Machado, José Bergamín, Fernando de los Ríos, Arturo Serrano Plaja, César Mª Arconada, Constancia de la Mora, Rosa Chacel, María Zambrano, Margarita Nelken, M.ª Teresa León; Rafael Alberti, Juan Gil-Albert, Corpus Barga, Ramón J. Sender… Por otro lado, el número de los que apoyan no es menos impresionante. En el Presidium del II Congreso se encontraban entre otros Romain Rolland, Louis Aragon, Thomas Mann, G. B. Shaw, E. M. Foster, Mijhail Solokhov, Selma Lageloff. En el Buró Internacional constaban también: Heinrich Mann, Leon Feuchtwanger, Bertold Brecht, Aldous Huxley, Virginia Woolf, Anderson Nexo, Aníbal Ponce, Jorge Icaza y un largo etcétera, que puede ser ampliado externamente al Congreso con nombres como los de Bertrand Russell, Albert Einstein y otros.
El Congreso será definido por alguien irónico como un “circo ambulante”, ya que transcurre en varios sitios aunque se intenta que sea lejos de los campos de batalla, a los que vinieron mucho para asegurar que habían estado en el lugar.
Su primera fase se hará en Valencia, pero el 6 de julio, en víspera de la batalla del Jarama, los congresistas se trasladan (no sin peligrosas vicisitudes, como la sufrida por Malraux y Eheremburg, cuyo coche chocó con un camión de obuses y estuvo a punto de saltar por los aires) a Madrid, para regresar el 10 a Valencia de nuevo -con un breve paréntesis en Barcelona, donde tuvo lugar un acto en el Palau de la Música con un concierto de Pau Casals-, para concluir los días 16 y 17 en París. Las resoluciones aprobadas a favor de la unidad (o sea de la línea de los partidos comunistas) votadas en la capital francesa serán adoptadas e integradas en la Alianza…También lo estarán en las trincheras, donde nuestros combatientes se unen ante un enemigo común, que lo es también de la inteligencia y la cultura”, Desde esta perspectivas ya no habrá lugar para ninguna representación de anarquistas o poumistas. Ya no habrá disidentes.
Lo mismo ocurre en el Congreso de Valencia donde se criba previamente a diversos intelectuales catalanes, valencianos y gallegos (el doctor Jaume Serra Hunter, CarIes Salvador, Ricard Blasco, Rafael Dieste), que afirman que la defensa de la cultura universal es también la de la propia cultura nacional, la de la propia lengua, inseparable una de la otra. La tercera queda perfectamente reflejada en la ponencia colectiva española (en la que al parecer participaron también los mexicanos) y que fue leída por Arturo Serrano Plaja. Esta ponencia desdeña conceptos como “realismo socialista” o “literatura proletaria”, señala las limitaciones del Agiprop (arte de agitación y propaganda) y proclama el carácter libre y abierto del arte.

El “affaire Gide”

Gide, que había sido la principal figura del Congreso anterior y una estrella en el firmamento de los “compañeros de ruta”, había mostrado siempre una posición radicalmente independiente por más que, siendo ya muy mayor, se había entusiasmado con el comunismo en el que encontraba una confirmación del individualismo y una vía de encuentro entre el arte y las masas. No obstante, después de visitar la URSS, escribió un libro Retorno de la URSS, en el que se desarrollaban una serie de tesis que tenían no pocas semejanzas con las expuestas por Trotsky en La revolución traicionada.
En vísperas del Congreso de Valencia, Gide había manifestado su repulsa a los “procesos de Moscú” y su solidaridad con el POUM y con Andreu Nin, duramente perseguidos entonces en la zona republicana ante la pasividad del mundo de la cultura, incluyendo la catalana, comprometida básicamente con la Generalitat. Sobraban pues motivos para que el propio Stalin vetara su asistencia al Congreso y amenazara con boicotearlo.
Aunque en la secretaría del Congreso figuraban escritores independientes como Emilio Prados, Serrano Plaja y Gil-Albert, la absoluta mayoría de sus componentes coincidían en un apoyo incondicional al Gobierno de Negrín y a la alianza con los soviéticos, que aparecían como solidarios con la República y sobre cuyo orden interno no se interrogaban; muchos coincidían con Gide y con Trotsky en su posición a favor del arte revolucionario independiente, pero como dirá Bergarnín -después de una violenta discusión con Malraux: “ante sus ataques -de Gide- al pueblo ruso y a sus escritores (sic), nosotros los españoles rechazamos cuanto pueda crear una enemistad con los que están identificados con nuestra causa”.
Esta condena es el fruto de un consenso entre los que actuaban abiertamente como “comisarios” del PCE -Ehrenburg, Koltzov, Neruda-, y los que estaban por una respuesta más diplomática. Luego, el Congreso guardó silencio cuando Tolstói amplió esta condena con una serie de insultos contra el escritor francés que, con el tiempo, emergería como víctima de la maquinación estalinista y como un amigo de la República que supo ser independiente. Una República que fue plenamente deudora de un intenso y extenso encuentro entre el pueblo militante y la cultura más creativa, una realidad que se mostró por el hecho –señalado por Ortega en La rebelión de las masas– del creciente protagonismo de la clase obrera en el mundo del libro (que conoce un considerable desarrollo amén de una evolución hacia la izquierda y la heterodoxia-, del teatro y del cine –que empieza a tener vida propia por entonces- en detrimento del de la pequeña burguesía. Se da un activismo obrerista que trasciende el tiempo republicano para llegar hasta las trincheras.
Aunque en el actual encuentro la línea dominante es la de “España va bien” y el adversario ha pasado de Venezuela al independentismo, lo que permite hablar como en 1987, de un camino inverso, cabe anotar empero aportaciones como la de Rosa Regás, quien ha efectuado una reflexión propia sobre el camino recorrido por las mujeres desde entonces. Ha señalado que en 1937 “hubo una presencia escasa de mujeres en el congreso de 1937, pero la hubo”, aunque no había que olvidar la presencia de María Zambrano o de Maruja Mallo (que mantenía una cierta relación con el POUM a través de sus amigos surrealistas), esto aparte de las extranjeras, que fueron una cuantas, si bien el feminismo retrocedió dentro de la lógica frentepopulista.

Pepe Gutiérrez-Álvarez

Pepe Gutiérrez-Álvarez es escritor y miembro del Consejo Asesor de viento sur. Acabade publicar (con Pelai Pagés), Victor Serge, la conciencia de la revolución y La revolución rusa pasó por aquí.

La sombra de Trotsky es alargada

Su sombra se proyectará hasta el presente, cuando el dilema entre el socialismo ya la barbarie resulta más obvia que nunca al tiempo que la el atraso en la conciencia militante resulta aterrado…

Me llega una misiva del amigo Gabriel García Higueras, erudito trotkóslogo peruano que me informa de la presentación de la segunda edición de su importante obra, Trotsky en el espejo de la historia, que tuvo lugar en el Museo Casa de León Trotsky (10-XI-17) como parte de la semana de conmemoración por el centenario de la Revolución Rusa. Tuvo dos presentadores de lujo: Esteban Vólkov, quien luce admirablemente bien a sus 91 años, y Alejandro Gálvez Cancino, que participó en la edición de las Obras completas de Trotsky por Juan Pablos Editor en México en los años 70 . Gabriel da noticias de la presentación de Leonardo Padura con un lleno total (mucha gente, más de 100 personas no pudieron ingresar por la falta de espacio). Aunque esta es una historia cuyo último escenario son los años treinta, su sombra se proyectará hasta el presente, cuando el dilema entre el socialismo ya la barbarie resulta más obvia que nunca al tiempo que la el atraso en la conciencia militante resulta aterrado…
Regresando a los años treinta, se puede decir que por entonces nadie como Trotsky encarna la revolución, sobre todo entre la gente ilustrada de la derecha que teme que su destierro sea una mera treta, un reparto en la faena entre él y Stalin.
Como el propio Trotsky se encarga de dejar bien claro en su descomunal lucha por la verdad histórica, sigue siendo uno de los nombres de la revolución rusa, de 1905 y 1917, el compañero de Lenin y creador del Ejército Rojo, una tarea ciclópea exaltada entre otros, por el socialista Julio Álvarez del Vayo, que escribe que esta tarea “es una de las grandes empresas de nuestro siglo e indiscutiblemente su mayor timbre de gloria. Sólo su genio puede explicar el que un desterrado, semita por añadidura, un literato, ponga cima en medio de las mayores dificultades de todo orden a la magna labor de crear un ejército disciplinado de entre los restos de una soldadesca desmoralizada, asombrando al viejo generalato -como confesó en Leningrado un general zarista- y suscitando comentarios elogiosos de sus mismos adversarios…
Ya uno de sus biógrafos no bolcheviques, Oscar Blun, dijo de él “que acaso sea el primer ministro, de la Guerra que Rusia ha tenido. Pero de más peso aun, por tratarse de un técnico en cuestiones militares, es la opinión del famoso coronel Max Bauer, antiguo jefe en el Alto Mando alemán y uno de los directores del golpe de Estado de von Kapp. Bauer, que pasa por ser el verdadero espíritu rector del movimiento ultranacionalista alemán, acaba de reunir en un libro, Das Land der roten Zaren (El país de los zares rojos), sus impresiones de un viaje por Rusia. He aquí cómo lo juzga: “León Davidovitch Trotsky es el organizador militar y el caudillo innato. La forma en que creó un ejercito de la nada, organizándolo e instruyéndolo en momentos de dura lucha, es absolutamente napoleónica”…
Aunque Stalin lo deja marchar creyéndole un “caballo muerto”, la leyenda lo acompaña y su sombra se proyecta mucho más allá de la restringida influencia de la corriente que encabeza. En un trabajo (reeditado en el volumen Inside Europa) con el titulo “napoleónico” Trotsky en Elba, el famoso periodista norteamericano John Gunther, combina por igual la admiración por la persona y la advertencia a los gobernantes, señala: “Trotsky, una persona extraordinariamente magnética podría reunir a su lado a los cinco millones de comunistas alemanes en un par de años si viviera en Alemania; así se lo he oído decir. Lunacharski dijo una vez “Trotsky se paseaba por el mundo como una batería eléctrica y que cada contacto con él produce una descarga”. Aún tiene esa cualidad, además de su sorprendente encanto personal. Dejen a Trotsky que transite libremente por un país, dejen que se le vea, déjenle hablar, y su natural hará el resto”. Se pregunta además, ¿qué pesaría si muriera Stalin?.
Gunther, después de conversar animadamente con españoles sobre “…Trotsky. De la revolución. Nuevamente de Trotsky. Todo parece muy inútil y bastante irreal. Sin embargo, no habían pasado muchos años desde que Lenin y Plejanov, Zinoviev, Radeck y Bujarin revoloteaban en grupos, cerrados y tensos, por mesas de café iguales a ésta, hablando, hablando, hablando; y, probablemente, a la policía del zar le resultaba demasiado divertido”, añade más adelante: “En ningún país los trotskistas son lo suficientemente fuertes como para desafiar directamente a la organización estalinista pero en Grecia, Checoslovaquia, Alemania y, especialmente en España, su poder va en aumento”.
Esto no son meras reflexiones, es algo que ha calado en la reacción que tiene claro que no a permitir la “inocencia” de Nicolás II, ni mucho menos la de un débil Alexander Kerensky.
Otro analista de primera de la época, el muy interesante liberal-socialista italiano Carlos Rosselli (voluntario en España y asesinado como su hermano por los esbirros de Mussolini), escribirá por su parte: “¿Ha existido alguna vez en la historia un exiliado más victorioso?. Una después de otra se cierran a su paso todas las fronteras, sean proletarias o burguesas. Las clases gobernantes están dominadas por un profundo espanto debido a esa victoria que Trotsky lleva consigo: la Revolución de Octubre, donde su nombre será recordado en los siglos junto al de Lenin. Es sorprendente que la frontera más severa sea la que impone su revolución. El héroe de Octubre es demasiado dinámico. Durante los momentos de quietud, en Rusia no hay lugar para él. Es un genio que debe admirársele en secreto y a la distancia; de cerca es demasiado incómodo y peligroso… Trotsky es infinitamente más grande que Stalin; pero este último ha logrado administrar sabiamente la revolución, aunque para ello haya tenido que empequeñecerla y embalsamarla, mientras que Trotsky la habría arrojado a la destrucción con una iniciativa napoleónica. Si para Rusia llegaran días difíciles, quizás Trotsky seria invitado a regresar. Entonces será la apoteosis. y Trotsky espera subordinando su pensamiento y su actividad a ese regreso”.
Después de una entrevista con el personaje, Rosselli, escribe: “¿Impresiones?. Un cerebro admirablemente organizado, cristalino. Sus argumentos, como en sus libros y en ese macizo trabajo que es la Historia de la Revolución, surgen apretados, en cascadas, con desarrollos elegantes y con el concurso de un estilo muy personal. Su voluntad es imperiosa; su personalidad potente, ¿y el hombre?. El hombre ha desaparecido en el personaje. El hombre es poco humano, La naturaleza ha dotado a Trotsky de todos los dones de una manera inaudita, con excepción del socrático. Está demasiado seguro, fuerte y perfecto, para poder comprender a los demás. Mientras su yo interior: por la juventud, de su espíritu, se encuentra en continua transformación, su yo social se presenta rígido…Trotsky es prisionero de su pasado, de la historia polémica con Stalin”.
Y concluye su retrato con las siguientes pinceladas: “Trotsky es la revolución victoriosa. De la misma manera que las revoluciones devoran sin piedad a sus hombres, Trotsky se vale fríamente de todo y de todos para alcanzar la meta, Dispensa su interés y sus simpatías en exacta relación con la utilidad que puede obtener…El mejor biógrafo de Trotsky, Max Eastman, en su libro que es una joya de penetración psicológica y una justa exaltación de su genio, observa que lo que le ha impedido llegar a ser un gran jefe (más exacto sería decir “un conductor de pueblos”, porque Trotsky es un gran jefe), es su excesiva confianza en sí mismo, o más bien dicho, la suficiente percepción del sentimiento ajeno, ese sentido inmediato, inconsciente, en que consiste la misteriosa seducción del jefe…Esta limitación suya no es, como pretenden sus detractores, el fruto de una desenfrenada ambición. Trotsky sacrificó toda su vida a la revolución; la juvenil rebelión al padre rico -que a los ochenta años, expropiado de sus numerosos bienes por los soldados del hijo, se convierte al comunismo-, es magnífica; su nuevo estilo, soberbiamente soportado, revela en él un carácter de acero…La limitación es debida más bien a la extraordinaria fuerza de abstracción de un pensamiento que se desarrolla en su interior de manera tan coherente y completa como para no tener necesidad de contribución ajena…En una palabra Trotsky por sus ideas su técnica su voluntad, no tiene necesidad de los demás hombres considerados individualmente. tiene necesidad de un pueblo, de un drama social, de una revolución. Pero dudamos que los pueblos de Occidente encuentren en él a su hombre”.
Décadas después, al debatir sobre la guerra y la revolución española, era muy común oír decir que aquí “no tuvimos un Lenin y un Trotsky”. Con mayo seriedad, autores como Perry Anderson veían una profunda incorrespondencia entre la capacidad y la cultura del movimiento obrero, y la debilidad teórica y programática de sus “Estados mayores”. Un detalle que explica que la iniciativa en la crisis española correspondiera a su franja más brutal y corrupta, pero también más “consecuente” y despiadadamente decidida, como ya había ocurrido en Italia en 1920-1924 y en Alemania.
En su artículo, John Gunther define a Trotsky como “un aportador permanente de la historia”, o sea alguien que no se queda detenido desde el momento que entiende que la revolución de Octubre, con ser el ejemplo más fehaciente de cómo lograr que una crisis social pase a ser una revolución victoriosa –la primera en la historia en una historia socialista ya soñada por los griegos-, no por ello olvida que se trata del “primer eslabón” de la cadena imperialista.
Como “aportador” marxista, la contribución más reconocida de Trotsky fue sin duda la teoría del “desarrollo desigual y combinado y la doctrina acorde de la «revolución permanente”. Con la teoría de la “revolución permanente” desafió la opinión de que un prolongado período de desarrollo capitalista debe seguir a una revolución antifeudal, durante la cual gobernaría la burguesía o cualquier otra combinación de fuerzas sociales (por ejemplo, la “dictadura revolucionaria y democrática de los obreros y campesinos”) como sustitutivo. Por otros caminos, Lenin adoptó en las Tesis de abril de 1917 una línea semejante a estas concepciones (por eso fue tildado de “trotskista”) y las puso en práctica en la Revolución de Octubre en contra de la línea tradicional del Partido Bolchevique, defendida en la época por Kamenev, Zinoviev y Stalin…Este esquema tendría una lectura ampliada en el exilio, en el sentido que la conquista del poder solo es el comienzo de un proceso revolucionario que únicamente podrá abordar con seriedad la instalación del socialismo desde la acción combinada de al menos algunos países avanzados.
Otra de las características del pensamiento de Trotsky es el rechazo de las falsas pretensiones que hacen del marxismo un sistema universal que proporciona la clave de todos los problemas. Se opuso a los charlatanes que adoptaban el disfraz de marxismo en las esferas tan complejas como la “ciencia militar”, y combatió los intentos de someter la investigación científica, la literatura y el arte en nombre del marxismo, ridiculizando el concepto de “cultura proletaria”. Subrayó el papel de los factores no racionales en la política (“En la política no hay que pensar de forma racional, sobre todo cuando se trata de la cuestión nacional”) y desechó las grandes generalizaciones cuando se olvidaban de lo más concreto, de los individuos. Lector voraz y políglota, marxista de gran cultura en la tradición de Marx y Engels, ensayista, crítico literario, historiador, economista, etc., Trotsky se granjeó muchos enemigos entre aquellos cuyo marxismo combinaba la estrechez y la ignorancia con una propensión a plantear exigencias fantásticas, revistió tales características que hicieron exclamar a Marx: “No soy marxista”.
Su evolución personal desde finales del siglo XIX hasta sus últimas aportaciones sobre la Segunda Guerra Mundial está marcada por continuas rectificaciones y audacias que a veces entran en abierta tensión con sus esquemas militantes, obsesionados por dar respuesta a una situación política trágica que desborda, con mucho, la extrema debilidad organizativa del movimiento que contribuyó a crear. Hay múltiples Trotsky: normalmente volaba como un águila, pero en ocasiones lo hacía también mucho más bajo, una diferencia que estaba muy determinada por la proximidad o la lejanía del tema que abordaba, un factor perfectamente verificable por sus torpezas y debilidades, manifiestas claramente en sus escritos españoles, por lo general, muy poco conocido en su época. Esto explica que el que sigue siendo su más reconocido biógrafo, Isaac Deutscher, apenas dedique unas pocas líneas –relacionadas sobre todo con la proyección española de los “Procesos de Moscú”- a la guerra española en el último volumen de la célebre trilogía, el titulado, Trotsky, el profeta desterrado.
Tribuno comparado con Danton y con Jaurès sobre el que John Reed (Diez días que conmovieron el mundo) y Nikolai Sujanov (Historia de la revolución rusa) dejaron cumplida cuenta de sus intervenciones en las asambleas multitudinarias, Trotsky fue un escritor magnífico cuya obra sobrepasa ampliamente la de muchos profesionales. Sus libros, artículos, documentos políticos y cartas fueron editados —y se siguen editando— en casi todas las lenguas, y sus selecciones específicas sobre Francia, Alemania, China, Gran Bretaña, España, Estados Unidos, América Latina, Italia, etcétera han ocupado gruesos volúmenes, inaugurando así un poderoso aporte trotskiano a las diversas tradiciones teóricas marxistas nacionales. Pero este jefe militar que leía Mallarmé en el tren blindado de la guerra civil, fue también un intrépido periodista en los Balcanes…
Derrotado por el aparato burocrático amasado por el acentuado atraso ruso (a continuación de una suma de guerras y del cerco internacional), y las dramáticas derrotas revolucionarias de principios de los años veinte (Alemania, 1918-1923, sobre todo), Trotsky se negó a utilizar el Ejército Rojo para imponer sus poderosos argumentos. Una vez en el exilio, fue víctima de la más formidable tentativa de denigración que al decir de Manuel Sacristán desde los tiempos de Catilina (Trotsky habría apreciado la famosa frase de éste en el Senado, cuando le dijo a Cicerón que mientras los patricios tenían una cabeza sin cuerpo, la plebe tenía un cuerpo sin cabeza). Sobre todo desde su asesinato, Trotsky fue convertido en una «no persona», por utilizar una de las palabras del neolenguaje codificado por Orwell. Sin embargo, progresivamente su ejemplo y sus ideas volvieron a interesar a las nuevas generaciones «contestatarias» del 68, y lo volverán a hacer en nuevos epicentros de la recomposición social como México, Francia, Italia o Brasil. Su peso en el movimiento que lleva su nombre es obviamente descomunal. Sin embargo, Trotsky nunca trató de imponer su “autoridad providencial”, sino mediante debates abiertos; lo que impidió la tentación de hablar en su nombre elevado a la categoría de canon, sustituyendo con la autoridad del clásico las exigencias del análisis concreto de la realidad concreta.
Su medida biográfica es la de un ”gigante” (el último de la tradición marxista, al decir de Víctor Serge, uno de los muchos anarquistas o semianarquistas que lo admiraron, y criticaron). Por más que se puedan poner reparos a algunas de sus actitudes (acuciadas por situaciones límite, por la medida de sus propias exigencias) y reconocer cierta prepotencia e intolerancia, también es cierto que los numerosos testimonios de quienes trabajaron con él (y que en no pocos casos evolucionaron en otra dirección) dan fe de una poderosa humanidad en la que se incluyen fuertes dosis de romanticismo.
¿Hasta qué punto este legado mantuvo una actualidad en el curso de una historia tempestuosa en la que los poderosos conseguirían ganar las principales batallas? El problema se plantea desde el momento en que Trotsky levanta la bandera de una alternativa comunista al estalinismo, y se hace mucho más ardua en el momento de su asesinato. De ello se hará eco lúcido el escritor y abogado nicaragüense Adolfo Zamora, quien en el prólogo de una edición popular mexicana de los últimos escritos de Trotsky que, con el título de Los gángster de Stalin, aparecido un mes después del asesinato del fundador de la IV Internacional, escribió con evidente furor: “[…] Stalin razona ahora: sin Trotsky, la Cuarta Internacional no podrá emprender nada. Como buen burócrata antes y como buen déspota ahora, Stalin se equivoca. Trotsky, en los días de su destierro, solo, perseguido, poseía todo el poder de la idea revolucionaria, era el principio de un nuevo impulso de la clase obrera. Stalin, con su inmenso aparato, su poderío momentáneo y su GPU, sólo representaba el reflujo histórico de efímera existencia. La nueva internacional, creada por el genio de Trotsky, ha alcanzado ya una etapa de desarrollo que la capacidad para hacer frente a las grandes tareas revolucionarias que le reserva el próximo futuro de la humanidad […]”.
Al acabar la II Guerra Mundial, Trotsky pudo ser recordado como una suerte de Aníbal por un pletórico Jean-Paul Sartre, mientras que Stalin victorioso, gozaba de un prestigio casi ilimitado. Tanto es así que no fueron pocos los antiguos cenetistas que se aproximaron al PCE, y no faltaron poumistas que empezaron a creer que al fin de cuentas habían sido los métodos de Stalin los que habían logrado vencer al fascismo. Todo fue cambiando hasta el extremo de que Stalin es actualmente execrado por todas partes, y el nombre de Trotsky va asociado a todos los grandes debates sobre el socialismo, incluyendo los pocos que han tenido lugar en China, los que se están desarrollando en Rusia o en los países antes llamados socialistas, en Cuba, y por supuesto, en Venezuela. Trotsky nunca fue un “hombre providencial” (aunque algunos adictos lo hayan querido para refrendar su propia autoridad como “verdadero intérprete”), pero sí un clásico en el sentido más genuino del término, alguien sobre el que hay que volver una y otra vez para analizar y comprender algunos de los grandes temas del siglo pasado.

Pepe Gutiérrez – Álvarez

Victor Serge, la conciencia de la revolución

Después de años de sequía, se ha vuelto a hablar de la vida y la obra de Víctor Lvóvich Kibálchich (Bruselas, 30 de diciembre de 1890-Ciudad de México, 17 de noviembre de 1947)

Los amigos de Victor Serge no podemos por menos que reconocer la aportación que la doble reedición de El caso Tuláyev ha significado para reiniciar la difusión del autor. Concretamente de su trabajo Inextinguido, el texto de Susan Sontag (1933-2004) sobre Serge fue escrito en el 2004 para “The New York Review of Books” que se encuentra sin dificultad en la Red, por ejemplo como Perpetuo: vigencia de Victor Serge en Letras Libres. Las citas entrecomilladas pertenecen a esta versión.
Es evidente que sin el brillante prólogo de Susan Sontag, tal difusión no habría sido igual. Después de años de sequía, se ha vuelto a hablar de la vida y la obra de Víctor Lvóvich Kibálchich (Bruselas, 30 de diciembre de 1890-Ciudad de México, 17 de noviembre de 1947), un héroe ético e intelectual que sobrevuela sobre tanta mediocridad conformista. Pero aún reconociendo la fuerza y el alcance de las reflexiones de la autora de Contra la interpretación, su mensaje anticomunista nos obliga al matiz y la discrepancia. Una discrepancia extensible por supuesto con quienes aceptan les criterios, por lo demás bastante representativa de una intelligentzia que ha puesto por delante el yo al nosotros.
Su aproximación se desarrolla a través del compás de una suma de de interrogantes. En el curso de estos Susan se pregunta sobre cómo explicar al hombre que llamó a su testamento literario Memorias de un revolucionario, y trata de explicar como siendo Serge uno de los héroes éticos y literarios más imponentes del siglo XX ha sido tan desatendido. En el primero de ellos se pregunta: “¿Será porque ningún país puede reclamarlo?”
Tirando de este hilo, no creo que se pueda deducir que haya sido tan desatendido, y mucho menos se puede decir que “ha podido o ha querido hacerlo suyo” como antota Imma Merino en Un humanista imperecedero (Cultura/s, nº 503)
No sé sí a Sontag le puede la perspectiva norteamericana, pero por lo que sé, Serge gozó de un importante predicamento en la izquierda antiestalinista. Muy concretamente desde su franja intelectual de New York con la revista “Partisan Review” desde siempre, 2/ por lo demás no debe de ser casualidad que dos de de sus principales biógrafos (Susan Weissman, Richard Greeman) sean del país del dólar (y de la gran mentira). Pero aunque en Francia, Serge fue perseguido y maltratado por las autoridades, pero también es cierto que gozó de una atención privilegiada desde los tiempos en que era alguien importante en el Komintern. Su nombre figura entre el de los principales protagonistas del primer PCF, como el oposicionista internacional más destacado después de Trotsky, su firma fue una de las más destacadas de la célebre revista “Clarté” (1919-1928) que de la mano de Henri Barbusse y Romain Rolland, pasó del pacifismo a la revolución, y en la que colaboraron firmas tan particulares como la de Stefan Zweig. 3/ Serge no habría sobrevivido sin la complicidad de editores como el conservador y culto Bernard Grasset (que además le permitió traducir a Trotsky). Su prestigio fue fundamental para que la República de las Letras francesa tomará partido por liberación, y luego lo protegió del agobio estalinista. Conocida es su estrecha relación con la izquierda radical gala, con los surrealistas y André Breton. En los años sesenta-setenta, las obras de Serge fueron como una de las señas de identidad del 68, profusamente difundidas chez Maspero y chez Seuil, sí bien es cierto que en la fase siguiente su presencia cayó en picado, lo mismo que la literatura de signo “gauchiste”, lo mismo que sucedió aquí. Sin embargo, ulteriormente ha vuelto a ser editado como lo ha seguido siendo entre nosotros. Bien por sus conexiones con la Barcelona de Salvador Según, bien por su militancia en el POUM y claro está, por lo impresionante de su vida y de su obra.
Buena parte de sus libros fueron vertidos al castellano en la España de la primera mitad de los años treinta. Por otro lado, el eco de su “affaire” se extendió hasta el congreso de Intelectuales Antifascista celebrado en Valencia capital de la República en 1937. Serge también llegó tempranamente a América Latina, sus libros fueron editados por editoriales de signo “trotskista”, y aunque quizás tardíamente, fue reconocido en México donde fue traducido, ampliamente editado amén de estudiado, ahí están los valiosos trabajos de Claudio Albertani. En los años sesenta, su nombre fue ampliamente restituido en la coyuntura de los sesenta por autores como Isaac Deutscher quien recurre a Serge pródigamente en su trilogía sobre Trotsky en la que clásico es mirado a la cara y no rodillas. Todo un conglomerado sobre el que nos extendemos ampliamente al final, en una bibliografía que da noticias de la amplitud de su adopción.
Aún así, es evidente que Sontag tiene toda la razón sí se precisa que no ha sido todo lo valorizado que merecía Pero lo que al final de cuenta hizo Sontag fue enaltecer al autor de El año uno de la revolución, El destino de una revolución, Petrogrado en peligro, etcétera, para realizar el propio ajuste de cuenta de la autora contra el comunismo, convertir a Trotsky enana variante de Staolin, lo que se desmiente en todo el contenido de la obra que Pelai Pagès y el autor de estas líneas hemos dirigido, Victor Serge, la conciencia de la revolución (Laertes, Barcelona, 2017). Una obra a la que hemos contribuido los dos más Andy Durgan,. Ángel García Pintado, Horacio Tarcus, Suzan Weissman y sobre Cludio Abertani, y que supone seguramente el estudio de conjunto más elaborado sobre Serge publicado en lengua castellana.

Pepe Gutiérrez-Álvarez

Yuli Osipovich Tsederbaum, mejor conocido como Yuli Mártov



Es un texto aparecido en la revista Sin Permiso (10/11/2017) y reproducido en diversas ediciones online, ha aparecido el trabajo de Harold Meyerson titulado “Martov es mi hombre” se reivindica la figura del principal menchevique de izquierdas, el equivalente del “centrismo” según las categorías establecidas por Trotsky, que le dedicó uno de sus retratos en su “Perfiles políticos” (Ayuso, Madrid, 1981). Aunque no fue un autor prolífico, Martov escribió no pocos textos aunque no existen apenas traducciones al castellano (si no recuerdo mal la revista “Acción Comunista” publicó un rtexto suyo sobre “La dictadura del proletariado” allá por la mitad de los años sesenta) o incluso al inglés. En francés hay una selección de algunos de sus artículos con el título Comment je suis devenu marxist (edt. Lumpen). Hay que destacar la biografía de Israel Getzler, Martov: a Political Biography of a Russian Social-Democrat (Cambridge University Press 1967)
Esta reivindicación se plantea en base a tres consideraciones, la primera es por supuesto la importancia del personaje, inexcusable en todos los episodios del marxismo ruso hasta su muerte Schömberg, Alemania el 4 de abril de 1923, tras una larga enfermedad. Antes de que esto sucediera Lenin –que nunca dejó de recordar su amistad, buscó la forma de reunirse con su antiguo camarada, algo que no sucedió. Luego porque la victoria ha convertido la historia en un molde en la que los bolcheviques tienden a monopolizar la razón, cuando las posiciones de Marrtov no fueron muy diferentes a las de Zinóviev y Kámenev en 1917, y también porque resultaba no menos representativa. El socialismo de la época careció del pincel a la hora de trazare las razones plurales de sus diversas tendencias. Y finalmente, porque esta corriente aportó personalidades muy importante a la Rusia soviética –recordemos sin más que Lenin reconoció los siete volúmenes de las “Notas sobre la revolución”, de Nikolai Sujanov un texto equivalente al de John Reed-, siendo los primeros caer en la espiral de muerte con la que Stalin atravesó los años treinta.
Yuli Mártov, nació en Constantinopla, en el entonces Imperio Otomano el 24 de noviembre de 1873, en el seno de una familia judía acomodada. Su padre fue miembro de la Sociedad Rusa de Navegación y Comercio, corresponsal de dos diarios liberales de San Petersburgo, y fue el segundo de cinco hermanos. En 1878 la familia se mudó de Estambul a Odesa tras la guerra ruso-turca, residiendo fuera de la zona designada para los judíos, una comunidad maltratada por las autoridades zaristas. En 1888 la familia se trasladó a Tsárskoye Seló, aunque Yuri regresó para ingresar en la Universidad de San Petersburgo, formando nada más llegar junto con otros compañeros un grupo de estudio que le lleva al marxismo. En la última década del siglo XIX, ya era un socialdemócrata convencido, respetado entre sus compañeros por su gran capacidad intelectual, valor, principios morales y honradez.
Tenía 19 años cuando fue expulsado de la ciudad por sus actividades revolucionarias. Esto le llevó a Vilnius, un próspero centro de la socialdemocracia, en donde escribió junto a dos compañeros Sobre la agitación, y que pasó a conocerse como “El Programa de Vilnius”. El documento levantó un gran interés en el período de 1893 a 1897 cuando estaban teniendo lugar por todas partes discusiones frenéticas sobre el giro hacia la agitación, más allá de los pequeños círculos de discusión. Por esta época, el grupo de Lenin ya había logrado construir una organización bastante sólida, y para noviembre se dio un paso decisivo cuando se fusionó con los “veteranos” para formar la Liga para la Lucha por la Emancipación del Trabajo de San Petersburgo (nombre adoptado en solidaridad con el Grupo Emancipación del Trabajo de Plejánov). Los líderes de dicho grupo, sin dudas fueron Lenin y Mártov.
Las consecuencias no se dejaron esperar y a pesar de cierta reticencia de algunos “veteranos” y “conservadores” de los pequeños círculos, una comisión viajó a Suiza para establecer relaciones con el Grupo de Plejánov. Trayendo como principal tarea la edición de un periódico Rabócheie Dielo (La Causa Obrera). Sin embargo no todo salió del todo bien, hasta que Lenin y Mártov fueran encarcelados, y la Liga se quedará sin dirección. Entonces se abrió un debate hacia 1897, sobre la cuestión de un “fondo de los trabajadores” organizado sobre bases no políticas. Lenin, sin menospreciar dicha actividad, y secundado por Mártov y otros, enfatizaba en la necesidad de construir la Liga para la Lucha como una organización revolucionaria. Pero la nueva dirección proponía diluir el programa de la Liga, supuestamente para hacerlo más atractivo a los trabajadores, pero Lenin defendió con firmeza la formación de cuadros obreros a los que se debería dar posiciones claves, pero sin reducir la organización al nivel de los trabajadores más atrasados. Pues sin duda no hay ningún “atajo” hacia las masas.
Para el grupo se hizo patente la necesidad de un periódico marxista que reflejara no sólo la vida y las luchas del proletariado, es decir, un órgano político revolucionario que sirviese para unir el movimiento huelguístico con el movimiento revolucionario contra la autocracia. Lenin y Mártov estaban trabajando precisamente en este proyecto antes de ser detenidos. Pero los nuevos dirigentes de la Liga tenían otras ideas. Al mismo tiempo que se desarrollaba esta situación en Rusia, algo similar sucedía entre la emigración, en la Unión de Social Demócratas Rusos, una organización que se estableció en 1894, compuesta principalmente por estudiantes. Hacia finales de 1897, un colaborador del Grupo Emancipación del Trabajo, empezó a plantear diferencias similares y a pesar de los intentos conciliatorios de Plejánov, los conflictos se volvieron más frecuentes. Y aunque los conflictos se generaban por aspectos organizativos, lo que realmente sucedía era el egoísmo de los jóvenes, el desprecio a la teoría y los llamados superfluos a la “política práctica” y a la “actividad”, producto de su arrogancia, la cual servía para cubrir su ignorancia. Y a pesar de los intentos por conciliar, el surgimiento de la revista Rabóchaya Mysl’ (El Pensamiento Obrero) trajo consigo un cambio radical de la situación. Lenin y Mártov, vieron en Plajánov la única opción para salir avante en la lucha contra esta nueva tendencia, el economicismo que trataba de reducir la lucha de los trabajadores solo por logros económicos y dejan de lado la lucha política.

La Iskra

En esta fase se fue haciendo presente un importante auge del movimiento obrero, pero sobre todo de la necesidad de aglutinar a todas las fuerzas socialdemócratas, el 1 de marzo de 1898 se realizó en primer congreso y único en Rusia del POSDR. Al principio el partido tuvo una composición heterogénea, sin embargo ese primer congreso logró fundar un partido en potencia, una bandera y un Manifiesto, aunque de un modo no tan sólido, por las condiciones mismas de Rusia, que tampoco permitieron la unificación del partido sobre unas bases de principios. Por lo que el Congreso sólo señaló el camino a seguir. En el trayecto volvieron a tropezar con una nueva variante del del economicismo, la representada por Rabócheye Dielo (La Causa Obrera), que llevó a que Plejánov perdiera posiciones en el Grupo. Ante esta situación Lenin se alió a Mártov y Protésov, y buscaron lazos de unión con Plejánov, con la idea firme de reconstruir el partido sobre la base de un periódico genuinamente marxista. Y aunque empezaban a notarse ciertas diferencias se llegó finalmente entre las dos partes a que Iskra tendría un Comité de Redacción de seis, que consistiría en Lenin, Mártov, Aleksandr Nikoláyevich Potrésov, George ​Plejánov, Pável Axelrod y la legendaria Vera Zasúlich, con Plejánov contando con dos votos.
En su primera sesión, la Declaración del Comité de Redacción publicada en Septiembre, suena como una declaración de guerra a las demás tendencias del movimiento obrero ruso, denunciando no solo a Bernstein y a Rabóchaya Mysl’, sino también a Rabócheie Dielo y a Struve. Después de la formidable batalla que se dio desde las trincheras de Iskra contra los revisionistas y economicistas, que hizo plantear su retirada, aunque no su derrota, se iniciaron los preparativos del Segundo congreso del POSDR. El Congreso se desarrollo en debates por la cuestión nacional, cuestión clave en la que Mártov estuvo del lado de Lenin, defendiendo la necesidad de organizar a los trabajadores dentro del partido sin importar su nacionalidad. Y aunque en los asuntos de importancia el grupo Iskra votó unificado, fue en un punto organizativo, donde surgieron dos tendencias, una encabezada por Mártov y otra por Lenin, y aquí comienza otra historia.
La piedra de toque sobre la que dio el enfrentamiento fue la pregunta sobre quién era miembro del partido, la postura de Lenin, requería de miembros que fueran activos, tanto dentro del partido, como en su actividad cotidiana, mientras que Mártov, era un poco más “flexible”, dicho punto se voto y Lenin quedo en minoría. Sin embargo, ese debate abrió la puerta para la escisión, que si bien no marca las tendencias históricamente reconocidas como Bolchevismo y Menchevismo, si allana el camino hacia ellas. La esencia de la escisión no es tal cual, quién es o no miembro del partido, sino, cómo se construye el partido, Lenin pugnó por un partido con sólidas raíces en el inició de su actividad revolucionaria, en función de la situación especial que se vivía bajo la opresión zarista y no se cuestiona las formas abiertas del socialismo europeo. Martov abogaba por el contrario por un partido abierto que pudiera disolverse en las vísperas del movimiento revolucionario. Debate que salió a la luz en el momento de elegir un nuevo comité de redacción de Iskra.
Después de esta súbita ruptura, que nadie esperaba, y a pesar de los intentos de Lenin de reconciliarse con Mártov, se dividió el partido en dos fracciones, que a la postre formarían dos partidos totalmente opuestos. Mártov tomó, con el paso del tiempo, una posición semejante a la que combatió en el primero número de Iskra, al final los mencheviques en 1917 apoyaron al Gobierno Provisional y cuándo éste se desmoronaba, Mártov, ya muy enfermo, insistía en la formación de un gobierno de coalición con los dirigentes socialistas de derechas “para evitar la guerra civil”. Se trata de una historia prolija sobre la cual se trata de volver y aplicar la lupa. Sobre todo después de que las dinámicas de tendencias y fracciones en los movimiento alternativos al capitalismo hayan caído una y otra vez en separarse en la lucha para luego compartir celdas cuando no pelotones de fusilamiento como sucedió en la España ocupada por los militares fascistas.

Pepe Gutiérrez-Álvarez