martes, junio 02, 2020

Después del aislamiento: ¿cómo será el capitalismo?



La pandemia del coronavirus ha expuesto las contradicciones subyacentes del capitalismo, desencadenando una profunda crisis al nivel de los años 30. No habrá un rebote después de que termine el aislamiento, sino una prolongada depresión económica.
El mundo se ha puesto patas arriba y al revés por la pandemia del coronavirus. Realmente hemos atravesado el espejo.
El sistema de libre mercado está en crisis. Las leyes del capitalismo se han roto. Con la producción paralizada, el suministro se ha colapsado. Pero con la gente encerrada en casa, también lo ha hecho la demanda. La «mano invisible» no sabe hacia dónde dirigirse.
Por primera vez en la historia, los precios del petróleo se han vuelto negativos. Las tasas de interés – ya en niveles mínimos – están ahora también por debajo de cero en muchas economías, en términos reales. Y la frontera entre la política monetaria y la política fiscal se ha disuelto, ya que los bancos centrales y los gobiernos se unen para apuntalar el edificio implosionado del capitalismo.
Quienes antes predicaban sobre la «eficiencia» del libre mercado ahora exigen las medidas más extremas y la intervención del Estado para salvar el capitalismo. La crisis del COVID-19 está incluso «convirtiendo a los conservadores en socialistas», según la revista conservadora The Spectator.
La clase dirigente está inyectando billones en la economía mundial. Las grandes empresas en bancarrota están exigiendo rescates. Y las ideas como un «helicóptero del dinero», antes burladas y despreciadas, ahora están siendo consideradas abiertamente por los estrategas serios del capital.
Pero ni siquiera esto es suficiente. La economía está en caída libre, cayendo más rápido y más profundo que incluso el crack de 2008. El desempleo se está disparando, con más de 30 millones (oficialmente, hasta ahora) de parados sólo en los Estados Unidos. Las comparaciones con la Gran Depresión no son exageradas. En todo caso, son una subestimación.
Después de todo, la población mundial – y la clase trabajadora – son mucho más grandes ahora que en la década de 1930. Y, lo que es más importante, la economía mundial está más integrada que nunca. En resumen, lo que enfrentamos hoy, a diferencia de cualquier caída anterior, es una crisis genuinamente global del capitalismo.

La esperanza es lo último que se pierde

Sin embargo, la esperanza es lo último que se pierde en el seno del capitalismo. El Sr. Ricachón y sus amigos banqueros sugieren que todo esto es sólo un parpadeo temporal. De ahí las optimistas proyecciones de una recuperación en forma de «V»: una fuerte caída de la actividad económica durante el aislamiento, seguida de un vigoroso rebote después.
No hay duda sobre la primera parte de esta predicción. Ya se estima que el PIB de los EE.UU. se contraerá alrededor de un tercio en el segundo trimestre de este año, a un ritmo anualizado; y más del 5% para el año 2020 en su conjunto. Se han hecho estimaciones similares para la economía del Reino Unido y para Europa también.
Sin embargo, la segunda mitad de esta ecuación no es tan segura. Después de todo, hay muchas otras letras en el alfabeto cuando se trata de describir las curvas del capitalismo.
Algunos han hablado de una «forma de U», con una larga caída y un eventual repunte. Otros han añadido la letra W, que representa una recesión de «doble caída», una clara posibilidad si hay una segunda ola de brotes del virus. Una «L», que representa una nueva depresión, también se ha mencionado de manera ominosa. Algunos incluso han advertido de una «I»: ¡una caída en picado sin fin!
Entonces, ¿cuál de estos, si es que hay alguno, es el escenario más probable? ¿Y en qué se basa la imagen optimista en forma de «V» de los capitalistas?
Este pronóstico de rápida recuperación se basa en el mismo supuesto idealista que siempre ha motivado a los apologistas del capitalismo: la omnipotencia del mercado, y su fe sin límites en él. A esto se añade la creencia de que las actuales medidas de distanciamiento social son sólo una fase transitoria.
Sí, es posible que nos estemos hundiendo ahora mismo, dicen los capitalistas más optimistas. Pero la enfermedad pronto estará bajo control, y la «normalidad» volverá. Entonces la economía se reabrirá, como un animal que sale de la hibernación, lleno de entusiasmo, y la alegre orgía del lucro podrá comenzar de nuevo.
De hecho, las voces más liberales incluso han acogido con satisfacción la crisis del COVID-19 por proporcionar un estallido de «destrucción creativa» schumpetariana.
Esta es claramente la posición que está impulsando el presidente Trump en los EE.UU., quien ha afirmado que «la cura no puede ser peor que la enfermedad». Y la misma línea cruel es la que está siendo propagada por un ala del Partido Conservador en Gran Bretaña, que representa los intereses de las grandes empresas, que no tienen reparos en anteponer los beneficios a las vidas.

Contagio económico

La realidad, sin embargo, es que la economía mundial no se recuperará. La pandemia dejará una cicatriz permanente. Cuando el capitalismo se derrumba, no sólo se pulsa el botón de pausa. Más bien, las industrias que están paralizadas y los trabajadores que hoy –“temporalmente”- complementan sus salarios con subsidios del Estado pueden no volver a ver la luz del día.
Al igual que el coronavirus, «la angustia económica también es contagiosa», escribe el economista Tim Harford en el Financial Times. Y «el costo económico de los cierres también crece exponencialmente».
«Un día de aislamiento es poco más que un día festivo», continúa Harford. «Dos semanas de aislamiento amenazan a aquellos que ya están en una posición precaria. Tres meses de aislamiento pueden causar un daño generalizado que dure años».
Hay pocas pruebas que sugieran que la demanda acumulada saldrá a la superficie una vez que se levante el bloqueo. El turismo, el comercio y el entretenimiento puede que nunca vuelvan a ser lo mismo. Alrededor del 60-70% de las personas, por ejemplo, han dicho que es poco probable que reserven unas vacaciones en 2021, debido a incertidumbres económicas y de salud. Sólo el 20% cree que ira a las tiendas inmediatamente una vez que abran de nuevo.
De otra parte, con las aerolíneas literalmente cayendo del cielo, recurriendo a los gobiernos para rescatarlas, el futuro de toda la industria de la aviación se está cuestionando. Lo mismo ocurre con el sector petrolero, en particular en los Estados Unidos, donde los inversores han invertido miles de millones en la producción de petróleo no convencional en la última década. Ahora, con la caída de la demanda y los precios, las empresas petroleras de EE.UU. se enfrentan a una amenaza existencial.
Lo mismo ocurre con los gigantescos fabricantes de automóviles del mundo, muchos de los cuales ya estaban luchando antes del estallido de coronavirus. Firmas como Fiat Chrysler están a punto de quebrar después de sólo tres meses de cierre. Otras, como Ford y Renault, están sólo a unos pocos meses de distancia. Y no hay que olvidar que todas estas industrias no sólo emplean a millones de personas directamente, sino que también proporcionan trabajo a una amplia red de proveedores.
Al mismo tiempo, un ejército de empresas «zombies» en los últimos años se han mantenido medio vivas gracias a líneas permanente de crédito barato. Esta nueva caída podría finalmente enterrarlas. Los bancos ya se están preparando para el consiguiente contagio de los incumplimientos de la deuda que se extendería a través del sistema financiero. Y las burbujas están estallando por todas partes, mientras los inversores se retiran de las empresas más arriesgadas, buscando un refugio seguro en dinero en efectivo.

Crisis orgánica

El capitalismo no es un yo-yo. La economía no puede simplemente bajar y luego subir. Hay períodos en que tales recesiones ocurren, representando la respiración rítmica del «ciclos económicos» capitalista. Pero esta crisis, que se produce tras la profunda caída de 2008, claramente no es ese periodo.
Más bien, estamos en una época de decadencia capitalista, enfrentando una crisis orgánica del capitalismo: una época en la que el sistema está atrapado en una viciosa espiral descendente; donde la caída del empleo lleva a la caída de la demanda – que a su vez lleva a la caída de la inversión, y por lo tanto a una mayor caída del empleo, y así sucesivamente.
Además, a diferencia de la crisis de 2008-2009, la crisis actual es verdaderamente mundial. En aquel entonces, como explica sucintamente Martin Wolf en el FT, China pudo registrar niveles de crecimiento récord gracias a la ejecución de un enorme programa de gasto keynesiano. Esto, a su vez, impulsó las economías de los principales exportadores de productos básicos -como Brasil y Sudáfrica- y de los productores de petróleo también.
Pero ahora, como resultado del periodo anterior, China está inundada de deudas. Al igual que sus homólogos de todo el mundo, los dirigentes de Beijing se han quedado sin municiones para luchar contra esta crisis. E incluso con la cuarentena terminada (por ahora), la economía china todavía se enfrenta a un camino pedregoso. Después de todo, con el resto del mundo todavía en estado de suspensión, ¿quién va a comprar las exportaciones chinas?
El mismo problema enfrenta a todos los demás países a la inversa. Incluso si se reanudará la economía, ¿cómo pueden esperar recuperarse los Estados Unidos o Alemania si no tienen un mercado para sus productos en otro lugar?
Bajo el capitalismo, vemos que el destino de cada país está ligado al de los demás. Como el padre fundador americano Benjamín Franklin dijo correctamente: debemos permanecer todos juntos, o, con toda seguridad, todos nos colgaremos por separado.
La caída actual, entonces, no es un mero episodio efímero. Más bien representa un punto de inflexión fundamental en la historia del mundo, en el desarrollo y el declive del capitalismo. Esta dura verdad, si no lo ha hecho ya, pronto se grabará en los cerebros incluso de los más torpes de la clase capitalista. Y es una realidad revolucionaria que nosotros, los marxistas, también debemos reconocer plenamente.

¿Inflación, deflación o caos?

En sus esfuerzos por salvar el sistema, la clase capitalista está tirando décadas – no, siglos – de ortodoxia de libre mercado. La intervención del Estado está a la orden del día.
En todo el mundo, los gobiernos se están convirtiendo en los «prestamistas, deudores y consumidores de último recurso», protegiendo a los bancos y a las grandes empresas, y apoyando a toda la economía. Una vez más, parece que «ahora todos somos keynesianos».
La deuda del gobierno se está disparando, los responsables políticos han empleado toda su munición disponible para resolver el problema. El FMI predice que la deuda pública total aumentará en 6 billones de dólares este año en los países capitalistas avanzados – un aumento del 105% del PIB al 122%.
Pero los tiempos desesperados requieren medidas desesperadas. Y otros proponen ideas que hace sólo unos meses habrían sido consideradas como un anatema. Entre ellas está la sugerencia de que la deuda pública podría ser financiada directamente por los bancos centrales.
Normalmente, la deuda nacional se vende en el mercado en forma de bonos; y los gobiernos necesitan encontrar acreedores dispuesto a su compra. Pero en tiempos de necesidad, están dispuestos a evitar los intermediarios y hacer que la Reserva Federal, el Banco de Inglaterra, etc., aspiren ellos mismos a los bonos del gobierno.
¿Cómo se va a financiar esto, uno podría preguntarse con razón? Hablando claro: imprimiendo dinero.
Esto ha planteado comprensiblemente interrogantes sobre la amenaza de la inflación. Después de todo, la propia burguesía nunca pierde la oportunidad de señalar con el dedo al hombre del saco de Venezuela, donde el intento de financiar el gasto público a través de la creación de nuevo dinero ha llevado a una hiperinflación desenfrenada.
Cierto, en igualdad de condiciones, una inyección masiva de dinero en la economía debería causar inflación. Como Marx explicó, el dinero es en última instancia una representación del valor – el valor de las mercancías en circulación. Si hay más dinero persiguiendo la misma cantidad de bienes (o menos), entonces habrá un aumento generalizado de los precios, es decir, la inflación.
Pero ahora mismo, como se ha subrayado anteriormente, está claro que todas las circunstancias no son iguales. Las fuerzas contrapuestas están en juego, en particular, la enorme caída de la demanda que se ha producido debido al aislamiento mundial. La oferta puede estar restringida, pero la demanda está cayendo aún más rápido. Esto actúa como una enorme presión a la baja sobre los precios.
Los precios negativos del petróleo son la expresión más aguda de esto. Pero con la excepción de algunos bienes vitales (como los alimentos), los precios están cayendo en general, a medida que el mercado se contrae y la competencia se intensifica.
Las industrias en general están a punto de colapsar. El desempleo masivo acelerará la carrera hacia el límite inferior en términos de salarios y condiciones. Una espiral descendente depresiva ya se está estableciendo. Muchos de los representantes más previsores de la clase capitalista, por lo tanto, temen más la deflación a largo plazo que la inflación.
También es importante recordar que, en la actualidad, la oferta monetaria no está determinada predominantemente por los bancos centrales. Sólo están a cargo de establecer la oferta «base». La gran mayoría del dinero en la economía de hecho viene en forma de crédito, creado por los bancos privados en respuesta a las demandas de las empresas y los hogares para los préstamos y las hipotecas.
Pero con la «demanda efectiva» – en forma de inversión y consumo – cayendo, la demanda de crédito también está disminuyendo rápidamente. En otras palabras, el dinero creado públicamente por los bancos centrales es un intento inútil de superar el colapso del dinero creado privadamente por el sistema bancario.

Sobreproducción

La expansión cuantitativa (EC) implica un proceso similar a la recientemente propuesta de compra de bonos por los bancos centrales. Pero en lugar de que los bancos centrales compren directamente los bonos del gobierno, bajo la EC crean dinero para comprar esos activos de los bancos, liberando así capital que podría ser utilizado para prestar a las empresas en la economía real.
O eso dice la teoría. En realidad, este efectivo adicional de la EC nunca ha llegado a la economía real, de ahí, en general, la falta de inflación en todo el mundo durante la última década.
En su lugar, los bancos se sentaron sobre el dinero extra, usándolo para aumentar los beneficios. Y como no había ninguna vía de inversión rentable en ninguna parte, las burbujas de activos se inflaron y los mercados bursátiles echaron espuma, con una gran especulación y recompra de acciones.
Este experimento fallido sólo demuestra, como dice el viejo refrán: puedes llevar a un caballo al bebedero, pero no puedes hacer que beba. Los gobiernos (a través de los bancos centrales) pueden imprimir todo el dinero del mundo, pero no pueden obligar a los capitalistas a invertirlo.
El capitalismo es un sistema de producción con fines de lucro. Los capitalistas sólo invertirán si es rentable hacerlo. Y desde hace más de una década, la economía mundial se ha caracterizado principalmente por un exceso de productos básicos, de reservas ociosas de efectivo de las empresas, y de «exceso de capacidad».
En otras palabras, la inversión empresarial se encuentra en niveles históricamente bajos, no por falta de dinero («liquidez»), sino por la crisis de sobreproducción del sistema capitalista. Y lejos de atenuar esto, la pandemia está destinada a exacerbar todas estas tensiones existentes.
Sin embargo, a medida que el bloqueo disminuye, el peligro de inflación en ciertas áreas podría aumentar. En este momento, con las tiendas cerradas y la industria suspendida, el dinero que se está lanzando a la economía no tiene a dónde ir. Se ahorrará mucho para el futuro, cuando los negocios vuelvan a abrir. Esto podría llevar a un aumento del gasto más adelante.
Pero con la reanudación de la producción de manera esporádica y desigual, las cadenas de suministro mundial se han roto, y la probable aparición del proteccionismo, este aumento de la demanda podría chocar con un muro de oferta restringida. Podría producirse una inflación en algunos sectores.
Del mismo modo, si los gobiernos de todas partes aplican indefinidamente políticas de financiación del déficit y expansionistas, esto también acabará provocando inflación -e incluso hiperinflación-, ya que la demanda artificialmente ampliada choca con los límites de las fuerzas productivas del capitalismo.
Es imposible decir exactamente cómo se desarrollarán los procesos en la práctica. La teoría económica marxista no es una bola de cristal, sino un análisis dialéctico y materialista del sistema dinámico, complejo y contradictorio que es el capitalismo.
Lo que podemos decir con certeza es que cualquier vestigio de estabilidad se evaporará rápidamente. La volatilidad y la turbulencia son la «nueva normalidad» en la economía mundial. Los episodios de inflación se superpondrán a un cuadro general de depresión y deflación. La característica principal será el caos capitalista.

Nada es gratis en este mundo

Mientras que todos están felices regando dinero a la crisis en el plazo inmediato, los capitalistas más serios también saben que no hay nada gratis. Las deudas del gobierno ahora acumuladas tendrán que ser pagadas en un futuro no muy lejano – y con intereses. Alguien tendrá que pagar por esta crisis.
En un editorial reciente, The Economist esboza las opciones a las que se enfrentan los gobiernos altamente apalancados en todo el mundo. En resumen, la revista liberal concluye que las deudas tendrán que ser abordadas de una de las tres maneras siguientes: a través de los impuestos; a través de la inflación; o a través del impago.
Se cita el ejemplo de la Segunda Guerra Mundial, cuando Gran Bretaña emergió con una deuda nacional equivalente a más del 270% del PIB. En ese entonces, una combinación de políticas inflacionarias y el aumento de los impuestos se utilizaron para reducir las deudas por debajo del 50% del PIB. El crecimiento sin precedentes también ayudó, al reducir la carga de la deuda en relación con el tamaño de la economía en general.
El artículo propone desplegar un arsenal económico similar hoy en día. Pero como siempre hacen los liberales, los autores de la revista evitan la cuestión política que está en el centro de esta elección: ¿Quién paga?
Ninguno de los tres puntos de ataque sugeridos es ‘neutral’. Al final del día, hay una pregunta de clase que responder. Los impuestos, por ejemplo, no son números abstractos. Deben recaer en la clase capitalista o en la clase trabajadora. Pero la primera disuade la inversión empresarial, la segunda incide en el consumo.
De manera similar con los incumplimientos de la deuda. Después de todo, ¿quién es el dueño de la deuda que no se va a pagar? De nuevo, o bien son los capitalistas, que mantienen la deuda del gobierno como parte de una cesta de inversiones. O son los trabajadores, en forma de pensiones y otros ahorros de toda la vida.
Lo mismo ocurre con la inflación, que según el propio The Economist, «traería redistribuciones arbitrarias de la riqueza en detrimento de los pobres».
Al mismo tiempo, debemos subrayar que las perspectivas económicas para después de la pandemia no son de crecimiento. No se repetirá el auge de la posguerra, que surgió de una concatenación sin precedentes de factores que no se repetirán hoy en día.
De hecho, las deudas -públicas y privadas- ya estaban a niveles muy altos antes de la crisis del COVID-19. A medida que los hogares, las empresas y los gobiernos devuelven estas deudas acumuladas del pasado, se va reduciendo la demanda en el futuro.
A su vez, como se ha mencionado anteriormente, la demanda deprimida pesa sobre los precios, lo que conduce a una posible deflación. Y la disminución de la demanda de los consumidores también significa un crecimiento anémico, si es que lo hay. Y todo esto actúa para aumentar el valor real – y la carga – de la deuda.

La lucha de clases

Esta vorágine inminente se sumará a un tsunami de ataques a la clase obrera. Es probable que la automatización aumente tras la pandemia, por ejemplo, ya que las empresas buscan reducir su dependencia de los trabajadores, creando preocupación por una «carrera hacia la automatización y la robótica».
Y la competencia internacional entre los trabajadores se intensificará, a medida que el mercado laboral mundial se amplíe debido al aumento del trabajo a distancia, las videoconferencias y otras nuevas tecnologías de comunicación en el lugar de trabajo.
Sin un aumento equivalente de la remuneración, mientras tanto, los trabajadores verían una disminución real de sus salarios como resultado de cualquier inflación. Esto llevaría a una ola de huelgas y luchas sindicales, ya que los trabajadores buscarían recuperar lo que habían perdido.
Esta – la intensificación de la lucha de clases – es la perspectiva que falta en las vagas evaluaciones de los comentaristas liberales. Aunque incluso los periodistas de The Economist que no están al corriente se ven obligados a concluir que: «De una manera u otra, las cuentas se pagarán eventualmente. Cuando lo hagan, puede que no haya una forma indolora de saldarlas».
En el análisis final, la sociedad está dividida fundamentalmente en clases. La clase capitalista o la clase trabajadora tendrá que pagar por esta crisis. Y el resultado final no estará determinado por ecuaciones económicas o planes de un sanedrín de expertos, sino por una batalla de fuerzas vivas.
Te animamos a unirte a nosotros en la batalla, del lado de los trabajadores y la juventud, para luchar por un futuro socialista.

Adam Booth

La Revolución de Mayo y la Independencia



Antes de mayo

Los primeros habitantes de nuestro continente vivieron miles de años de la caza, la pesca y la recolección de hierbas y frutas, y por lo tanto en el nomadismo.
Sólo en unas pocas regiones como la Andina y Centroamericana superaron esta etapa y domesticaron el maíz y algunos camélidos. Aumentaron así la escala de la producción de los bienes básicos para la subsistencia y en consecuencia se hizo más compleja su estructura social con la división del trabajo, la aparición de clases privilegiadas y la explotación de la mayoría por parte de la estructura estatal, en un sistema similar al modo de producción llamado asiático o despotismo comunal.
De todas maneras, y pese a sumar decenas de millones de habitantes, no pudieron defenderse ante la llegada, a partir de fines del siglo XV, de unos pocos miles de españoles ante los cuales se encontraban en gran desventaja. Ninguno de los pueblos americanos trabajaba el hierro ni poseía animales de tiro, no utilizaban la rueda, además de no poder enfrentar las armas de fuego, el uso militar del caballo, las nuevas enfermedades y plagas ante las que carecían de defensas y una política astuta de los invasores que dividieron a los nativos aprovechando rivalidades y conflictos internos. Fueron diezmados por las guerras, las enfermedades, el hambre y la explotación. El saqueo de los recursos continentales se hizo en una escala nunca vista antes.
España incorporó estas regiones, de esta manera violenta, al mercado capitalista europeo. Y cumplió con ese papel pese a que su desarrollo capitalista interno era muy pobre y subordinado a las potencias industriales y comerciales europeas, principalmente Inglaterra y Francia. Desempeñó un rol de intermediaria en el intercambio de materias primas americanas extraídas a gran escala (fundamentalmente metales preciosos, cuero y algunos cultivos) por los productos industriales que las potencias capitalistas necesitaban colocar. Se desarrolló entonces lo que se ha llamado ¨capitalismo colonial¨.
Por supuesto que este gigantesco saqueo y explotación no fueron aceptados mansamente. Periódicamente se producían levantamientos de esclavos, rebeliones de los pueblos indígenas, alzamientos de criollos y hasta de españoles postergados. Pero fue recién hacia finales del siglo XVIII cuando una serie de acontecimientos mundiales permitieron que las colonias de América consiguieran su independencia en las décadas siguientes.

Guerras y revoluciones en Europa y América

El desarrollo de la economía capitalista europea chocaba con los límites de una superestructura estatal y jurídica con distintos grados de supervivencias feudales, según cada país: clases nobles parasitarias, fronteras interiores, impuestos y limitaciones al comercio, etc. Pero el poderoso desarrollo de las fuerzas productivas que impulsaba el naciente capitalismo (y en el que tuvo importancia fundamental la colonización de América: en acumulación originaria de capital y en la expansión global del mercado) iba deshaciendo esas barreras feudales. Y, como en todo proceso, esta superación de los restos superestructurales del feudalismo no se daba de manera gradual y tranquila, sino con fuertes choques, enfrentamientos sociales y guerras.
Las contradicciones se acumulaban y cuanto más se demoraba la demolición de la herencia feudal, más violento y furioso se volvía el conflicto cuando estallaba, y mayor proporción de la población se veía involucrada. Francia se convirtió en el centro y modelo clásico de la revolución burguesa desde la toma de la Bastilla en 1789, con sangrientos enfrentamientos entre clases y una guerra que comenzó como defensiva y se extendió por toda Europa movilizando masivamente a amplias capas de la población propia y extranjera. Un movimiento continental basado en la posibilidad de conseguir derechos económicos, sociales y políticos, bajo las banderas de igualdad, libertad y fraternidad. Se abría la posibilidad de conseguir la tierra, la igualdad legal (Declaración de los Derechos del Hombre), derechos frente al poder (Constituciones) y la participación política (Asamblea). Amplias masas populares se liberaban de una servidumbre de siglos y soñaban con tomar el destino en sus manos.
Años antes las colonias inglesas de Norteamérica se rebelaron contra la dominación de Inglaterra. La gota que colmó el vaso fue una serie de nuevos impuestos destinados a solventar los enormes gastos militares del imperio británico. Las protestas se convirtieron en acción directa (hundimiento de barcos comerciales) y se extendieron al reclamo contra el monopolio comercial y por derechos políticos. La represión inglesa llevó a una guerra de varios años que involucró a Francia y a España (cuyo apoyo a los colonos contradictoriamente favoreció uno de los más fuertes antecedentes para la independencia de sus propias colonias). En 1776, los EEUU declararon la independencia, estableciendo un modelo federal, republicano y con elementos democráticos, avanzados para la época, en la constitución de 1787.
En España, la corte de Carlos III se enfrentaba a una situación sin salida. Frente al atraso y la decadencia era necesario introducir algunos cambios. Pero salir de la inercia de siglos no era fácil y además abría la puerta a que las contradicciones acumuladas explotaran e hicieran inmanejables los rumbos que tomaría la situación. Entonces probaron con un doble movimiento.
Por un lado un intento de modernización que promovía cierta industrialización y educación práctica (formación en ciencia y técnica), lo que llevó a fuertes choques con sectores conservadores, como los eclesiásticos que monopolizaban la educación y la mantenían dentro de una tradición de lo más ortodoxa. Hubo rebeliones y los jesuitas fueron expulsados del reino y las colonias.
Y por otro un incremento del centralismo, del control y la opresión para evitar los efectos no deseados de la ¨apertura¨. Lo que tuvo graves repercusiones en las colonias y originó en 1780 la mayor rebelión hasta ese momento. Encabezados por un descendiente de los incas, Túpac Amaru, miles de indígenas y mestizos se levantaron contra la brutal explotación de siglos en minas, haciendas y plantaciones, en una amplia región que abarcaba desde el norte argentino hasta la actual Colombia. Pretendían el fin de la esclavitud y la servidumbre y la devolución de la tierra. Sostuvieron el enfrentamiento durante meses pero fueron masacrados.

Acontecimientos en el Río de la Plata

Esta región, que había estado relegada por España por no poseer metales ni mano de obra dócil y abundante como otras de América, prosperó en base al contrabando (mediante una ruta comercial que evadía el control del monopolio metropolitano) y a las ventajas naturales para el desarrollo de la ganadería bovina. La nueva política española decidió entonces jerarquizar la región formando un nuevo virreinato en 1776, en un intento de controlar el comercio ilegal y la producción, fundamentalmente de cuero y otros productos de las diversas regiones interiores. La creación del virreinato potenció al puerto de Buenos Aires como cabeza administrativa y en su importancia económica.
Los intereses vinculados al contrabando con Inglaterra, Francia y Portugal hermanaban a los hacendados (ganaderos) y a los comerciantes del puerto. A estos se sumaba una generación de intelectuales (abogados y economistas como Moreno, Vieytes y Belgrano) formados en las nuevas ideas, que aspiraban reformar la sociedad y modernizar la economía mediante el desarrollo de la agricultura y la industria y que eran enemigos del comercio monopólico. La ambición de cargos gubernamentales de una parte de estos jóvenes no debe ser descartada como factor que incidió en el proceso independentista.
Algunos hechos externos vinieron a exacerbar las contradicciones y aceleraron las definiciones. La derrota naval de España en 1805 dificultó su intermediación comercial y dejó dueña de los mares a Inglaterra que se instalaría en el Río de la Plata durante largos meses. La incapacidad de las autoridades españolas para rechazar las invasiones inglesas aumentó su desprestigio, y permitió la aparición de milicias que se encargaron de la defensa y la reconquista exitosas. Este avance de la participación popular (elegían sus comandantes en asamblea) potenció el fondo de descontento contra las autoridades coloniales. La sociedad se politizó y el cabildo (representación de los vecinos acomodados) tomó protagonismo, desplazando al virrey Sobremonte y nombrando al jefe militar Liniers.
La invasión napoleónica de España cambió las alianzas: los británicos dejaron de ser enemigos y se aceptó cierta libertad de comercio. El descontento social ahora era generalizado. Los sectores ligados al monopolio se sentían desplazados. La asonada de Alzaga, del 1 de enero de 1809, fue derrotada y los regimientos españoles que lo apoyaron, disueltos. Los que aspiraban a mayores libertades vieron la oportunidad de avanzar, las masas continuaban bajo la explotación y las rebeliones sociales de Chuquisaca y la Paz en mayo de 1809 fueron reprimidas militarmente por las tropas españolas.

Una semana que quedó en la historia

La caída de la junta de Sevilla (último gobierno español ante el avance de José Bonaparte) provoca un vacío de poder en toda América. El virrey Cisneros propone el viernes 18 crear una regencia americana, formada por los distintos virreyes, en nombre de Fernando VII. El sector porteño más avanzado exige la convocatoria a un Cabildo Abierto, aduciendo la ilegitimidad de Cisneros con la caída de la Junta de Sevilla que lo había nombrado. Los pedidos de Cabildo Abierto se multiplican el sábado Se destaca el protagonismo de Saavedra (jefe militar del principal regimiento porteño, los Patricios), Belgrano y Castelli.
El domingo 20 Cisneros reunió a los jefes militares y les pidió su apoyo ante una posible rebelión, pero todos se rehusaron a brindárselo. Para el lunes 21 el pedido de Cabildo Abierto se masifica en la plaza de la Victoria (actual Plaza de Mayo). Los cabildantes aceptan convocarlo para el 22.
De los 450 invitados sólo concurrieron 251. La discusión se extendió más de cuatro horas. La presión popular se ejercía desde la barra y desde la plaza. Los españoles reivindicaban su derecho a gobernar sobre los americanos. Juan José Castelli contesta que habiendo caducado el poder real, la soberanía debía volver al pueblo que podía formar juntas de gobierno tanto en España como en América. Los españoles tratan de ganar tiempo solicitando se consulte a los demás cabildos del virreinato. Juan José Paso dijo que había que formar inmediatamente una junta de gobierno y no perder más tiempo. Todos acordaban en que debía formarse un nuevo gobierno pero discutían sobre quiénes lo conformarían y cómo sería electo. Castelli propuso una junta de gobierno elegido por medio del voto popular. Y Saavedra, que fuera designada por el Cabildo. Pero muchos de los integrantes del mismo, españoles, seguían apoyando al virrey.
El miércoles 23 el virrey renuncia y el Cabildo asume el gobierno provisional. Y el 24 designa una junta presidida por el virrey, ignorando la voluntad popular. Las milicias y diversos grupos populares reaccionan. Esa noche una marcha encabezada por Castelli y Saavedra obtiene la renuncia de Cisneros. Se convoca a un nuevo Cabildo para el viernes 25.
Varios grupos de vecinos y milicianos se concentran desde temprano frente al cabildo. La lluvia y el frío atentan contra la participación popular. Adentro las discusiones se extienden. Las tropas no están dispuestas a sostener a la junta del virrey. Se elije una nueva, formada por criollos: el presidente era Cornelio Saavedra, Mariano Moreno y Juan José Paso, sus secretarios; fueron designados seis vocales: Manuel Belgrano, Juan José Castelli, el militar Miguel de Azcuénaga, el sacerdote Manuel Alberti y los comerciantes Juan Larrea y Domingo Matheu. Esta llamada Primera Junta queda en la historia como ¨primer gobierno patrio¨.
Aunque la junta asume ¨a nombre de Fernando VII¨, muchos historiadores sostienen que esto sólo era una táctica para ganar tiempo y poder organizar una resistencia frente a la inevitable reacción militar de los españoles. Lo cierto es que Inglaterra, principal beneficiada del libre comercio en la región, era transitoriamente aliada de España contra Napoleón y no podía avalar abiertamente la independencia.
Montevideo, Córdoba, Asunción, Santiago de Chile y las ciudades del Alto Perú se mantenían en manos españolas. Pero en toda América se producían en estos meses movimientos similares al rioplatense: México, Venezuela, Bolivia…

Tareas Pendientes

La Primera Junta enviaba ejércitos, milicias y guerrillas integrados por gauchos, mestizos y negros, que contaban con la simpatía de amplios sectores plebeyos (dispersos y sin programa), contra la reacción española. Este apoyo permitió el triunfo militar de fuerzas más débiles, mal organizadas y sin experiencia frente a los experimentados ejércitos regulares españoles, que además contaban con colaboración de los sectores más acomodados del interior. Esos mismos sectores que luego frenarían las reformas económicas y sociales.
Al mismo tiempo, entre la filas del movimiento se iba diferenciando un ala avanzada que propugnaba reformas sociales, políticas y económicas. Moreno (reparto tierras en la Banda Oriental, propuesta de confiscar grandes fortunas y nacionalización de minas), Castelli (decreto de liberación de indígenas en Tiahuanaco del 25/5/1811), Belgrano (desarrollar la agricultura y la industria) y algunos otros se manifestaban contra los privilegios y títulos, por reformas profundas y contra la explotación. Artigas, con gran influencia en todas las provincias del litoral, proponía un reglamento de tierras en 1815. Más adelante Dorrego propondrá un modelo federal, con elementos republicanos y democráticos tomados de la constitución de los EEUU.
Sin embargo la debilidad de la base de sustentación social en las grandes ciudades demoró o diluyó estas transformaciones más o menos profundas. No existía una burguesía industrial, preocupada por un mercado interno de dimensiones amplias (no sólo locales) como las burguesías nacionales europeas. La burguesía rioplatense era fundamentalmente comercial y ganadera, enfocada a la exportación y al consumo de bienes europeos. Sus intereses y compromisos le impedían avanzar en la modernización de la economía, en el reparto de tierras, en la concesión de derechos a las masas
Los mencionados sectores intelectuales avanzados (que habían adquirido cierta autonomía de las clases en disputa) dieron la batalla y consiguieron aprobar en distintos momentos algunas reformas, que pretendían impulsar desde arriba, desde el estado. En 1810 se lograron eliminar los títulos y distinciones de nobleza y se expropió a los españoles y se llevaron adelante algunas reformas económicas y educativas. En la Asamblea del año XIII, la libertad de vientres, la abolición de la servidumbre, prohibición de tormentos, establece los símbolos nacionales y la moneda. Y el Congreso de Tucumán desde 1816 declaró la independencia de las provincias unidas del Río de la Plata y sancionó la Constitución de 1819.
Si bien se declaró la libertad de todos los que nacieran en estas tierras, la esclavitud sería abolida definitivamente 40 años después. La servidumbre perdura en legislación laboral de peones rurales y trabajadores domésticos. La unidad del país en 1860-1880. Los derechos políticos democráticos fueron avanzando de revolución en revolución: las constituciones con avances y retrocesos (1819, 1926, pactos y acuerdos entre provincias, 1953, diversas reformas, 1949, golpe de 1955, otros golpes militares, 1994), el voto universal masculino en 1912, voto femenino en 1949. El modelo agroexportador y la fragmentación de Latinoamérica continúan como entonces.
De todas maneras, la burguesía nacional tampoco garantizó la realización de las tareas democrático nacionales de manera consecuente en muchos de los países europeos, donde aún hoy persisten monarquías e irresueltos conflictos nacionales (Irlanda, España, Balcanes).
Sólo la clase obrera, acaudillando a los sectores populares postergados, será capaz de cumplir las tareas pendientes planteadas por los revolucionarios de Mayo, barrer toda la vieja basura al tacho de la historia y realizar la unidad continental en una sociedad igualitaria bajo una federación socialista latinoamericana.

Sergio González

El capitalismo amenaza con hacernos retroceder a tiempos oscuros



Las perspectivas para la economía mundial son cada día más sombrías. Los gobiernos están tirando todo lo que tienen para enfrentarse a la situación. Pero se quedaron sin munición cuando combatieron la última crisis. No hay salida bajo el capitalismo.

La pandemia del coronavirus está causando estragos en todo el mundo, paralizando a la sociedad y la producción. Como resultado, el sistema capitalista global se enfrenta a una crisis existencial, con una recesión que afecta a todos los países simultáneamente.
Esta crisis va a ser más grande que cualquier otra que hayamos visto antes: más grande que 2008 y más grande que 1929-33. El desempleo masivo volverá con venganza, con millones perdiendo sus empleos. Steve Mnuchin, ministro de la Hacienda de los EE.UU., advirtió que la tasa de desempleo de los EE. UU. podría aumentar al 20%, con decenas de millones afectados. Hay que tener en cuenta que el desempleo en EEUU llegó al 10% como consecuencia del colapso de 2008.
La Asociación Nacional de Restaurantes de los EE.UU. anticipa pérdidas de empleo de entre 5 y 7 millones en los próximos tres meses en su sector. La Asociación de Agencias Viajes de los EE.UU. afirma que las posibles pérdidas de empleos en su área podrían ser de 4,6 millones para fines del próximo mes.

Crisis mundial

Esta crisis ha golpeado a la clase dominante de manera explosiva. En 1938, Trotsky habló sobre cómo la clase dominante se estaba acercando al desastre con los ojos cerrados. Hoy sucede lo mismo. Hay pánico en todas partes.
China, que fue la fuerza motriz del capitalismo mundial en el último período, está en caída libre. El Deutsche Bank pronosticó que el PIB chino en el primer trimestre se reducirá en un 31,7%, un descenso antes impensable. Las exportaciones e importaciones han colapsado, y gran parte de la economía está bloqueada.
China ya no podrá ayudar a sacar al mundo de la recesión, como lo hizo hace una década. En cambio, ahora actuará como una carga. Después del colapso de 2008, el gobierno de Pekín inyectó miles de millones para mantener la economía en marcha. A diferencia del resto del mundo, la economía de China no se contrajo en ese momento y creció un 10% al año. Esto ahora está descartado, debido a sus enormes deudas y falta de mercados.
La economía más grande del mundo, los EE.UU., se dirige a un colapso. Nuevamente, el Deutsche Bank pronostica que en el segundo trimestre de 2020, la economía de los EE.UU. se contraerá un 12,9%. Esta será la mayor contracción en 80 años, y podría ser una subestimación, ya que las previsiones se reducen continuamente.
Japón también está en una recesión, al igual que la Unión Europea y Gran Bretaña. Asia, América Latina y África están siendo duramente afectadas. Ningún país escapará a esta crisis. Es una crisis mundial del capitalismo.
Como hemos explicado antes, el mundo se estaba desacelerando mucho antes de la pandemia del coronavirus. El mundo ya se dirigía a una gran recesión. El virus fue solo el desencadenante de esto: el accidente subyacente a una necesidad más profunda. Cualquier cosa podría haber desencadenado la depresión, restaba esperar que sucediera.
Ahora la clase dominante está en un estado de pánico por temor a un colapso completo del sistema capitalista. La demanda ha caído bruscamente, al igual que la oferta. Es una tormenta perfecta, que no podría haber sucedido en peor momento.

Armagedón

La economía mundial no se había recuperado de la última recesión en 2008. Los estrategas políticos ya habían agotado todas sus municiones para combatir esa crisis. Les queda muy poco en su arsenal para enfrentarse a esta nueva ola de colapso económico. Hace unos meses, el ex jefe del Banco de Inglaterra, Mervyn King, habló de la posibilidad de un «armagedón financiero». Bueno, la situación es mil veces peor de lo que él podría haber imaginado.
Después de titubear, la Reserva Federal de los Estados Unidos redujo las tasas de interés a 0,1% e inundó el mercado de bonos con $200 mil millones «para devolverlo a la vida con un choque eléctrico». Planean inyectar a la economía $1,2 billones (una cantidad sin precedentes) para ayudar a apuntalar el sistema (incluyendo $700 mil millones en compras de activos), a pesar de los desacuerdos en el Congreso.
El Banco Central Europeo (BCE) ha anunciado planes para comprar bonos de deuda pública y de las empresas por valor de 750.000 millones de euros (además de los 120.000 millones de euros ya prometidos). Además, comprarán 20 mil millones euros al mes de deuda, para apuntalar a los gobiernos europeos.
Italia, que se encuentra en una posición muy vulnerable con deudas masivas, exige más medidas y pide a Bruselas que lance un fondo de rescate de 500.000 millones de euros. Sin embargo, el BCE ya posee deuda italiana por valor de 364 mil millones euros y se espera que compre otros 150 mil millones euros. Pero el BCE está limitado por reglas que impiden que el banco central tenga más de un tercio de la deuda de un país. Este es un límite que se alcanzará muy pronto. Se habla de elevar este límite, pero esta política de «sin límite» ha provocado una respuesta furiosa por parte de Alemania y el Bundesbank, que tienen control de la caja.
El BCE ha llamado a sus acciones Programa de emergencia pandémica. Pero es más como un Programa de emergencia de pánico. Están aterrorizados ante la perspectiva de una nueva crisis de la deuda de la eurozona, que es inherente a la situación.
El Banco de Inglaterra también redujo las tasas de interés a 0,1%, después de una reunión de emergencia. Esto significa que la tasa bancaria es la más baja en los 325 años de historia de la existencia del Banco. El gobernador del Banco, Andrew Bailey (ahora conocido por sus amigos como Bailey de Salvamento), describió la situación como «absolutamente sin precedentes», con mercados financieros «acercándose al desorden». Incluso ha amenazado con cerrar los mercados en estas circunstancias excepcionales.
Gran Bretaña es particularmente vulnerable ya que tiene un gran déficit de cuenta corriente. Esto significa que ha dependido del financiamiento extranjero. Los inversores, con tan altas demandas de efectivo, pueden aumentar los cargos, lo que podría paralizar la capacidad del gobierno del Reino Unido para pedir prestado y gastar.
El gobierno conservador está entre la pared y la espada. A pesar de los riesgos, han decidido prometer 330 mil millones de libras para ayudar a combatir la crisis.
Japón ahora ha anunciado un paquete de emergencia de $275 mil millones, que se sumará a su enorme deuda de las recesiones anteriores.

Explosión de burbujas

Los gobiernos capitalistas están tirando de todo a la crisis. Pero saben que no pueden detener el choque. Es un tren desbocado sin frenos. Todo lo que pueden hacer es tratar de aliviar la situación y esperar lo mejor. «El sistema no está realmente diseñado para una embestida como ésta», dijo un comentarista.
No tienen los medios para reemplazar el colapso de la demanda, ya que los salarios se reducen y las personas pierden sus empleos. Sus medidas son como tratar de detener un glaciar con un soplete. El dinero que están inyectando en la economía se está vertiendo por el desagüe y no hará nada para salvar al sistema.
Los programas de “expansión cuantitativa” (compra masiva de deuda pública y privada por los bancos centrales) fueron probados en todo el mundo durante la última década. Estos se extendieron más tarde para tratar de combatir los rendimientos decrecientes de sus efectos. Pero cuanto más crédito barato inyectaban en la economía, más problemas creaban en otros lugares. Este dinero se canalizó en recompras de acciones y burbujas de activos, lo que resultó en el mercado alcista más largo de la historia. Ahora las cosas están cambiando a la inversa.
Los mercados de valores mundiales se están derrumbando. Por supuesto, estos están marcados con ‘recuperaciones’, como siempre es el caso. Pero la trayectoria es hacia abajo. Según The Independent (20/3/20), el mercado de valores de los EE.UU. está cayendo más rápido que durante el colapso de Wall Street de 1929. Ese colapso también fue la culminación de un largo mercado alcista. Todas las ganancias de los ‘locos años veinte’ fueron aniquiladas. Hoy, el índice Dow Jones se ha desplomado en casi un 32%.
“Simplemente no sabemos hasta dónde caerán las acciones”, afirma The Independent, “pero el ritmo de su liquidación es ciertamente alarmante desde una perspectiva histórica.”

Marx tenía razón

A diferencia de 2008-09, la crisis es universal. Nadie está excluido. La situación se está oscureciendo día a día, a medida que más y más sectores se ven afectados. Pero esto es solo el principio.
La clase dominante está en gran medida indefensa. Están tratando de tirar dinero al problema. Pero lo que tenemos no es simplemente una crisis financiera (que empeorará), sino una crisis sistémica del capitalismo.
El sistema se ha agotado. Las fuerzas productivas (la industria, la técnica y la ciencia) han superado los límites restrictivos de la propiedad estatal y privada de los medios de producción. El mercado es demasiado estrecho para la capacidad productiva que ha creado el capitalismo.
Intentaron solucionar este problema expandiendo artificialmente el mercado. Pero cuanto más pospongan la crisis, una crisis de sobreproducción, mayor será la crisis cuando llegue. Marx lo explicó hace mucho tiempo. Y estos acontecimientos son una sorprendente reivindicación de su análisis.

La pesadilla capitalista

El peligro ahora para los capitalistas es que esta recesión se convertirá en algo mucho más grande, es decir, en una depresión. Este peligro se habla seriamente en la prensa financiera.
Lo que causó la depresión de la década de 1930 no fue la recesión ni el colapso, sino las políticas de empobrecimiento del vecino que se introdujeron en los Estados Unidos en 1930. Fue el comienzo de una guerra comercial que resultó en un colapso del comercio mundial. El capitalismo solo pudo salir de esto mediante una guerra mundial. Esto está ahora descartado debido a la existencia de las armas nucleares.
Con Trump en la Casa Blanca, siguiendo su política de ‘América Primero’, el peligro de una guerra comercial está implícito en la situación. Después de todo, él ya ha desatado un conflicto comercial con China y la Unión Europea.
El presidente de los Estados Unidos ha actuado unilateralmente durante esta crisis del coronavirus, cerrando los viajes entre Europa y los Estados Unidos, para gran molestia de los líderes de la UE.
Una nueva guerra comercial global, junto con las devaluaciones competitivas, para llevar los efectos de la crisis a otros países significará otra Gran Depresión.
Esta vez, sin embargo, será a una escala mucho mayor que la del período de entreguerras. El mundo está más interconectado que nunca. Los impactos de las decisiones tomadas en Washington, Pekín y Bruselas afectarán a todo el mundo. Esta es la perspectiva para la que tenemos que prepararnos.
La crisis actual pone de relieve la bancarrota completa del capitalismo, que amenaza con devolver a la sociedad a la Edad Oscura.
Solo una economía socialista planificada, donde los recursos del planeta se utilicen para el beneficio de todos, y no de un puñado de parásitos multimillonarios, puede resolver el callejón sin salida. Solo la abolición de la anarquía capitalista puede salvarnos de esta pesadilla.

Rob Sewell
23/3/200343

"Renegociar" es reconocer la deuda usuraria y pagarla



Pasada la fecha del 8 de mayo, autoimpuesta por el gobierno para el “cierre” de la renegociación de la deuda, tal como se esperaba, todo se pospuso hasta el viernes 22. Seguirá en estos días la partida de póker de mentirosos, entre un gobierno que dice “para la tribuna” que no pagará nada a costa del pueblo, mientras por detrás guiña el ojo y le dice a los buitres acreedores que presenten una contrapropuesta, y los propios fondos que, con toda la experiencia del establishment internacional, aceptan el juego y también sostienen para afuera que “la propuesta es inaceptable”, a la vez que se disponen a contraofertar y así seguir el juego con la seguridad de que al final serán los que saldrán ganando.
En medio de tantas idas y venidas es lógico que surjan dudas que recogemos entre nuestros compañeros de trabajo, de estudio, amigos, vecinos y familiares. Hay una enorme confusión acerca de qué es “renegociar la deuda”. ¿Se trata acaso de “dejar de pagar”? ¿Es una especie de moratoria (decisión unilateral de un país de no abonar por una serie de años)?
Nada de eso. Digámoslo con todas las letras, renegociar es pagar. “No queremos caer en default”, “nuestro objetivo es tener un esquema que nos permita cumplir con los acreedores”, son frases textuales del ministro Guzmán y del propio presidente Fernández. Por eso, pongamos orden en tanto palabrerío. Todos están por pagar, Alberto Fernández, Macri, los empresarios, la Sociedad Rural, la CGT. También, por supuesto, todos aquellos visitados por Alberto en busca de apoyo: Merkel, Macron, el papa Francisco. Y, obviamente, aunque increíblemente se busque ahora disfrazarlo de “progresista”, el FMI.
De acá sacamos entonces una primera conclusión: la izquierda y el sindicalismo combativo somos los únicos que estamos en contra de la “renegociación”, simple y claramente, porque insistimos en que no hay ninguna salida si seguimos pagando la deuda, el objetivo explícito de toda la negociación.
“Renegociar” implica, previamente, reconocer como legítima a la deuda y sus acreedores. ¡Eso es lo que está haciendo el gobierno de los Fernández! Reconoce la deuda de Macri después de haber dicho una y mil veces que solo sirvió para aceitar la bicicleta financiera. Pero además está reconociendo toda la deuda anterior (aceptando de paso, aunque no lo diga, que era mentira que “nos habíamos desendeudado”, como afirmaba mentirosamente el kirchnerismo). Ahí están, como mudos testigos, los bonos de los canjes de Néstor y Cristina de 2005 y 2010, metidos también en la actual renegociación. Y, por sobre todo, y nunca nos olvidemos, se está reconociendo una vez más la totalidad de una deuda cuyo origen está en la genocida dictadura militar, inmoral, ilegal, ilegítima y fraudulenta, tal como lo estableció la propia Justicia en el año 2000 con el fallo del juez Ballesteros.
Va entonces la segunda conclusión. Nosotros, la izquierda, seguimos siendo los que, coherentes con nuestra denuncia de ese carácter del endeudamiento, nos negamos a reconocerla y por eso también exigimos dejar inmediatamente de pagarla.
“Renegociar” no es “resolver definitivamente” el drama del endeudamiento argentino. Lo que hoy se está discutiendo con los acreedores son 66.000 millones de dólares. Es apenas una porción de los 330.000 que debe el Estado nacional y menos aún de los casi 400.000 millones de dólares si le sumamos las deudas provinciales y la del Banco Central. Cualquier arreglo con los pulpos acreedores, hoy sentados a la mesa de negociación (que, insistimos, no le saldrá para nada gratis a nuestro país), dejará pendiente a los que siguen en la fila: los bonistas con legislación local, ¡el FMI!, que vendrá por sus 49.000 millones, y un sinfín de letras y bonos repartidos en manos de diversos grupos de pulpos acreedores.
Insistimos, y es nuestra tercera conclusión. Decimos que no hay que pagar no por tozudez, o por decir cosas “utópicas”. La utopía reaccionaria es la de aquellos que sostienen que hay alguna salida pagando y que mienten sosteniendo que así se resuelve el problema de la deuda.
Toda la experiencia histórica, nacional e internacional, nos da la razón. Nunca hubo una renegociación de la que saliéramos ganando. Limitando nuestro análisis a la deuda actual generada por la dictadura, el primer “canje” lo hizo Menem en 1993. Fue el llamado “Plan Brady”, nos quedamos sin ferrocarriles, teléfonos, gas ni petróleo mientras la deuda siguió creciendo. Luego tuvimos el “megacanje” de De la Rúa que solo sirvió para aumentar el monto de endeudamiento en 50.000 millones de dólares. Por último, estuvieron los canjes kirchneristas de 2005 y 2010. A contramano del doble discurso del “desendeudamiento”, los Kirchner llegaron al poder debiendo 190.000 millones de dólares, pagaron durante sus mandatos 200.000 y cuando dejaron el gobierno en 2015 debíamos 240.000. Estos ejemplos, o los internacionales, como los casos cercanos de Grecia y Portugal, nos demuestran que ninguna renegociación sirvió a los pueblos para librarse del mal de la deuda externa, solo terminaron trayendo más ajuste y saqueo.
Cuarta y última conclusión: se puede, y se debe, no pagar la deuda externa. Se puede, como lo demuestran los más de 250 casos de cesación de pagos que se dieron en el mundo en los últimos dos siglos (estudiados y citados por los economistas de Harvard Carmen Reinhardt y Kenneth Rogoff). Se puede, como lo impuso la movilización popular del Argentinazo en 2001. Se puede, llamando a conformar un club de países deudores latinoamericanos para así enfrentar cualquier intento de represalia del capitalismo imperialista, tal como lo hace hoy África, donde hay un llamamiento conjunto de varios países para el desconocimiento de sus deudas.
Se puede y se debe, finalmente, porque en medio de la pandemia del coronavirus no cabe ninguna duda de que hay que poner todos esos recursos al servicio de las más urgentes necesidades populares. La deuda externa, la cadena más sólida de nuestro sometimiento al imperialismo, el motivo más importante de nuestra decadencia, de la miseria y el hambre de nuestro pueblo, debe romperse. Desde Izquierda Socialista y el Frente de Izquierda Unidad llamamos a hacerlo, conformando la más amplia unidad con todos aquellos dispuestos a avanzar en este sentido.

José Castillo

Ringo Bonavena

El pueblo que veló en masa a Ringo Bonavena no se fijó en la moral aparente de su asesinato. La gran prensa “occidental y cristiana” tampoco, pero en este caso la explicación es el dinero, pues de otro modo no hubieran podido explotar el crimen para aumentar la tirada.
El instinto popular, en lo esencial, no falla: está acostumbrado a ver caer a sus ídolos de la peor de las maneras, y esto nunca ha mellado su convicción ni sus pasiones.
Los trabajadores saben muy bien que son muy pocos los boxeadores que escapan a un destino amargo. El capitalismo ha convertido al deportista en una simple fuerza de trabajo, con la diferencia de que su capacidad para producir beneficios se agota en un muy breve lapso de tiempo. El boxeador está obligado a molerse a golpes sin ningún cuidado por su porvenir psíquico y físico, para amasar la mayor cantidad de dinero posible, con vistas a un largo y penoso futuro.
Pero otra cosa más: el boxeador, contra lo que aparenta, no es una fuerza de trabajo independiente. Es explotado por una gran sociedad de capitalistas, cuyo monopolio domina absolutamente el “deporte”. Para ellos también, el boxeador es una fuerza de trabajo rápidamente perecedera, razón por la que hay que exprimirla a fondo.
La fragilidad y dependencia del deportista boxeador (salido invariablemente de un hogar humilde) lo lanza, con bastante frecuencia a querer ascender dentro de la misma variante de negocios de sus promotores. Lo que el pueblo sabe es que su ídolo ha sido la víctima de un sistema (los periodistas dicen la “maffia”), en realidad es el capitalismo con su inevitable prostitución del deporte.
Algunos han comentado que “tenía un corazón grandote”. Es probable; pero este juicio de la gente es la forma invertida que ha elegido para decir que otro boxeador más ha sido liquidado por el sistema de explotación del hombre por el hombre.

Jorge Altamira
Publicado en Adelante! N°3, 2/6/1976.

Sobre el lanzamiento de SpaceX y la NASA

La burguesía norteamericana dio un paso la privatización del transporte espacial con el lanzamiento hacia la órbita baja terrestre de un cohete y una cápsula fabricados por la sociedad anónima SpaceX de Elon Musk para acoplarlo a la Estación Espacial Internacional, en un show montado para la ocasión. En la nave viajaron dos astronautas.
El lanzamiento forma parte de un programa de participación público-privada financiado en su totalidad por el estado norteamericano. Planea entregar, sólo en esta etapa, casi 7 billones de dólares en contratos (Nasa.gov, 2014). El sector privado sólo se hará cargo de los “montos fijos” de los emprendimientos, como el cisti del contratista encargado de un “monitor preventivo” de los contratos. Tim Fernholz, periodista especializado en temas del espacio en el New York Times, informa que “el enfoque encarna contradicciones. Celebra el aprovechamiento del capital privado de las compañías que se asocian con la agencia espacial de los Estados Unidos, pero ni la agencia ni las compañías revelarán cuánto se ha invertido. El proyecto que se acaba de materializar tiene un retraso de 3 años respecto a lo firmado por la Nasa y SpaceX y cuenta con cinco explosiones consecutivas del cohete Starship.
La indudable hazaña es el fruto de la investigación de miles de ingenieros y técnicos, la fuerza laboral de estos proyectos y de la enorme inversión pública en el pasado. Todo este avance científico será puesto al servicio de los negocios de un puñado de empresarios que competirán por las licitaciones, con la promesa de encontrar “pasajeros potenciales que podrían ser astronautas de países ricos con nuevos programas espaciales, como los Estados Árabes Unidos; individuos ricos, como el viaje que SpaceX ya tiene bajo contrato con la firma de turismo espacial Axiom” (NYT, 30/5). A su vez, la privatización configura un cambio de paradigma para la comunidad científica relativo a la divulgación de los descubrimientos logrados, que serán ahora propiedad privada.
Uno de los méritos más renombrados por los medios es haber bajado u$s30 millones en el costo de los viajes al espacio que EEUU pagaba a Rusia. Esta visión oculta que esos costos podrían ser más bajos si se excluye del cálculo la ganancia empresarial. Elon Musk vendría a ser el Franco Macri o el Lázaro Báez del comercio espacial, que tuvo un crecimiento acorde al vaciamiento de la NASA, desde que Bush (hijo) decidió cerrar, en 2004, el programa de transbordadores tras la tragedia del Columbia, y con el impulso de Obama en perjuicio de otros proyectos mundialmente importantes, como el telescopio Hubble, un monstruo tecnológico que dio grandes resultados y que se encuentra relativamente “jubilado”.
Trump dijo que el lanzamiento era un logro de la “unión de los norteamericanos” a pesar de que Musk es sudafricano y que “la mayoría de los estudiantes en las escuelas de posgrado de ciencias e ingenierías en EEUU son extranjeros” (1). Esta concentración del conocimiento explica la distancia que existe entre USA y el resto del continente en términos científicos y tecnológicos y quizás también sea una de las razones que explique que un becario del Conicet no cubra con su sueldo la canasta familiar. La privatización viene a profundizar esas contradicciones.
El fuego del cohete, que alcanzó los 27mil km/h, no encandiló, sin embargo, al fuego que prendían en el mismo momento decenas de miles de manifestantes por el asesinato de George Floyd, la respuesta de la juventud a la creciente crisis económica que afronta el país y a los estragos provocados por el COVID19. Las rebeliones populares son la mayor demostración del divorcio (y no la unión) que existe entre los negocios del Estado y la vida en la tierra y de la incapacidad de la burguesía como clase dirigente de garantizar las necesidades de la humanidad.

Lautaro Santkwosky
02/06/2020

(1) De Grasse Tyson, Neil “Crónicas del Espacio” p. 38 Buenos Aires Crítica 2015

Cine Fake



La cultura de las falacias es una pandemia... también

Abunda en la industria cinematográfica la tendencia “Fake”, no pocas veces disfrazada de “ficción” e incluso de “documental”. “Todos mienten” dice el Dr. House en la “teleserie” con el mismo nombre. Eso incluye a la catarata de “series televisivas” de moda. Si hubiese una auditoría ética para la producción cinematográfica, en la que primara el […]
Abunda en la industria cinematográfica la tendencia “Fake”, no pocas veces disfrazada de “ficción” e incluso de “documental”. “Todos mienten” dice el Dr. House en la “teleserie” con el mismo nombre. Eso incluye a la catarata de “series televisivas” de moda. Si hubiese una auditoría ética para la producción cinematográfica, en la que primara el rigor de la verdad, basado en evidencias y documentos certificados, quedarían en pie muy pocas “realizaciones” industriales o “independientes”. No caben aquí los nombres de los productores y directores cómplices de esta pachanga. Manipulación simbólica en pantalla. Sálvense todas las excepciones, que las hay y muy honrosas.
Buena parte del negocio basado en hacer películas pertenece a la maquinaria de guerra ideológica responsable de infestar audiencias con el “sentido común” de la mentalidad burguesa. A esa identidad pertenece casi toda la producción de cine bélico, las historias fílmicas de “vaqueros contra indios”, cierta retahíla de “biografías fílmicas” y, desde luego, el “american way of life” en comedias, relatos románticos o “trillers” con su siempre “Fake” de idolatría por la “justicia”, los tribunales, los detectives y la policía. Sin faltar la industria del “porno”.
No se cometerá aquí el improperio de reducir todo cine (o toda realización artística) a un amasijo de falsedades condenando la imaginación libre a una pataleta “conspiranoica”. Muy lejos de esa emboscada. Todo lo contrario, es necesaria una reivindicación emancipadora de las herramientas de producción creativa y de las relaciones de producción para la imaginación, sin la dictadura semántica de la ideología dominante. Tampoco se perpetrará aquí la insolencia de culpar a las víctimas que “consumen” la industria cinematográfica “Fake”, sin tener a mano los dispositivos críticos necesarios que la Educación Pública debe proveer y que hasta hoy, dicho con suavidad, es escandalosamente insuficiente.
Se trata de poner al desnudo el andamiaje ideológico, subordinado por la lógica mercantil, para adulterar toda relación con la realidad -desde los procesos del conocimiento hasta su enunciación- en los soportes de la “cultura de masas”. Y ahí reina la mentira. Hay que recordar siempre que el capitalismo es un sistema económico e ideológico basado en mentirle a los trabajadores sobre la producción de la riqueza. La plusvalía es una realidad pasteurizada por la lógica “Fake” del sistema. El reformismo es una “fake” sistematizada para esconder la lucha de clases que es “el motor de la historia” y la madre de todas las batallas.
Son unos cuantos los dueños de la industria cinematográfica dominante. (“…Algunos empresarios, como Adolf Zukor y Marcus Loew (fundadores de la Paramount), comenzaron su carrera explotando salas de exhibición, antes de volverse productores. Los que siguieron absorbieron simultáneamente las redes de distribución y de explotación. Esta combinación entre el star system y la integración vertical dio nacimiento a los grandes estudios de Hollywood (Metro Goldwyn Mayer, Warner Bros., 20th Century Fox, Paramount, United Artists, RKO, etc.).”[1] Añádase Netflix y sucedáneas. De sus “modelos de negocio”’ salen los “guiones” que filmarán escenas de todo género, adaptadas a los intereses del negocio y del “sistema”. Ahí se decide cómo se tratará el amor y el desamor, la riqueza y la pobreza, la justicia y el delito. Ahí se eligen -e imponen- los estereotipos “raciales”, laborales, religiosos y sexuales. Quién gana y quién pierde. Ahí se estudian las “audiencias” o “target”, y también los ritmos de la circulación de la obra en las salas cinematográficas que están monopolizadas. Ahí se decide la “verdad” y la mentira. Sus disfraces y sus retruécanos. Mientras comemos “pop corn” o “nachos”. Un cantante mexicano, paladín de la cursilería, de quien aquí no se hará publicidad, compungía la voz para decir melodiosamente: “miénteme más que me hace tu maldad feliz”.
No diremos que la “pandemia” de “Fake” ocurrió sin darnos cuenta. Ha sido un proceso largo. Hace tiempo que se ensayan los mecanismos de infiltración y se han desarrollado todas las estrategias, que el talento opresor ha tenido, para sembrarnos en la cabeza falacias que se hicieron “verdades” a fuerza de repetirlas e invisibilizarlas. Muchas de ellas llegaron a nuestras vidas en forma de “entretenimiento”. Aceptamos los dichos de las “autoridades” (religiosas, gubernamentales, militares y académicas) como verdades; aceptamos que nadie somos para poner en duda el relato hegemónico y que más nos vale ser dóciles ante el discurso del poder si queremos llevar “la fiesta en paz”. Entramos a la era de la “pos-verdad” arriados por los perros pastores mediáticos. Entramos al campo del disfrute por el engaño porque interpelar a “la voz del amo” exige esfuerzos, compromisos e incomodidades ajenas, sensiblemente, al confort del rebaño. Y nos derrotaron, a punta de falacias, también. “Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza”[2] dijo Simón Bolivar.
Llegamos al punto, necesario, de tener que generar un movimiento planetario para frenar a pandemia de falsedades generadas por la industria de las mentiras. En todas sus modalidades. Pero lo asimétrica que es la batalla contra las “Fake” no impide advertir sobre su necesidad en los terrenos más patentes y más latentes. En lo que se ve y en lo que no se ve. En las superficies y en las profundidades. En la diversidad de todo engaño y en la abundancia de técnicas desplegadas para eso. La lucha no es sólo contra casos aislados, la lucha es contra una sistema de mentiras diseñado para dominar la economía y la ideología. En su tratado de Semiótica General, Umberto Eco la define como “la disciplina que estudia todo lo que puede usarse para mentir” pero necesitamos, además de estudiar las falacias, combatirlas. No podemos dedicarnos sólo a desactivar casos específicos, hay que ir a las fuentes teóricas y prácticas de los fabricantes de “Fakes”. Y no hay punto de reposo. De verdad.

Fernando Buen Abad Domínguez

[1] https://www.insumisos.com/diplo/NODE/686.HTM
[2] http://www.archivodellibertador.gob.ve/escritos/buscador/spip.php?article9987

lunes, junio 01, 2020

Estados Unidos: viva la rebelión popular, abajo el fascismo, fuera Trump



El asesinato cruel de una persona negra, George Floyd, ha desatado una rebelión popular sin precedentes que cruza de este a oeste los Estados Unidos.

“No puedo respirar”, la queja de Floyd a un policía que lo estranguló durante ocho minutos y cuarenta segundos con su rodilla, ha cruzado el mundo entero. Se ha convertido en el estandarte de una humanidad que descubre que sus pulmones, antes que el Covid-19, son destruidos por un estado policial, por una política fascista y por el régimen capitalista en su conjunto.
La represión policial ordenada por los estados y por Trump contra las manifestaciones multitudinarias ha sido brutal – gaseadas con gas pimienta y balas de goma. Lo único que ha logrado ha sido el incremento de la movilización, que cumple una semana y se ha extendido a 12 ciudades. Estados y municipios han declarado el toque de queda y movilizado a la Guardia Nacional – una fuerza armada local que depende, en última instancia, del Pentágono. Tanto los gobernadores y alcaldes republicanos como demócratas.
Trump reaccionó con una política típicamente fascista, que viene alentando desde hace tiempo. “Sean duros y peleen”, incitó a la policía por su medio preferido, Twitter. “Cuando los saqueos comienzan, empiezan los disparos”, advirtió. “Esto no va a parar, amenazó, hasta que los buenos muchachos no apliquen la fuerza aplastante”. Trump ha puesto al ejército mismo en estado de apresto. El fascista se apresta a librar en Estados Unidos las guerras que protagoniza afuera. Ya una vez observó que el retiro militar norteamericano en ciertas zonas bélicas serviría para que los soldados vinieran a pelear adentro. Un observador comentó, en un gran diario europeo, que esta bravata le puede salir a Trump por la culata, o sea extender más aún el levantamiento popular.
El cruel asesinato de Floyd fue un detonante, más allá de que la defensa de la vida de las personas negras está instalada en Estados Unidos como una consigna de combate (“black lives matter”). Un combate que creó la única situación revolucionaria en la historia de este país, la guerra de secesión y la lucha por la emancipación de los esclavos, que fue también una lucha por la propiedad de las plantaciones agrícolas.
La pandemia ha provocado en EEUU cien mil muertes, en especial entre latinos, afroamericanos y la población más pobre. En el país más rico y poderoso, millones de personas solamente alcanzan a comer por medio de la asistencia social. La crisis económica desatada por la pandemia ha llevado la desocupación al 15% de la población activa y añadido cuarenta millones de desocupados. El desempleo significa la pérdida del seguro de salud, y en numerosos casos los despedidos no perciben el seguro de desempleo. Sobre las masas trabajadores estadounidenses se ha abatido un cataclismo social. Trump se ha colocado como el principal responsable de la pandemia y de su letalidad como consecuencia a su oposición al distanciamiento social preventivo. En cuanto al derrumbe económico, ha inundado de paquetes de rescate al gran capital, frente a las carencias fenomenales de la población laboriosa. El estallido de ese polvorín sólo necesitaba una mecha. Los asesinatos policiales en Estados Unidos superan los mil y pico por año, y afectan a latinos, migrantes, negros y blancos – jóvenes, mujeres, trabajadores.
La construcción de un proceso fascista en Estados Unidos es una consecuencia de su retroceso en la economía mundial y de la decadencia capitalista en su conjunto. Las guerras económicas que ha lanzado Trump contra los estados capitalistas rivales, incluidos aliados militares, alteran la viabilidad de las condiciones políticas que han prevalecido en Estados Unidos. En el marco de una crisis social creciente, una política de guerra plantea la necesidad de regimentar los conflictos sociales por medio de una coerción supra-constitucional. Trump, que corre el riesgo de perder las elecciones próximas, ha comenzado a cuestionar la transparencia del proceso electoral, en una suerte de proto golpismo. Trump ganó la Presidencia, en 2016, pero no las elecciones. Hizo campaña prometiendo un muro contra México, y en el gobierno envió el ejército a la frontera y encarceló a miles de migrantes. Ataca en forma violenta a los opositores y a los medios que lo critican, y ha desarrollado un gobierno por decreto (“órdenes ejecutivas”). El insospechable Financial Times menciona ahora que Trump ha dado “un poder político y financiero creciente a los departamentos de policía” - lo mismo que Bolsonaro está haciendo en Brasil. El asesinato cruel de Floyd ha sido visto como expresión de este fascismo en desarrollo, y más cuando el asesino fue llevado ante la Justicia sólo cuatro días después del crimen, en tanto sus cómplices en el hecho continúan inimputados.
Este cuadro de conjunto no solamente explica el levantamiento popular – mucho más importante es que define su contexto. Inicia una confrontación histórica de clases en momento de viraje de política interna de Estados Unidos y del mundo. La cuestión del racismo pierde la generalidad que podía tener en las últimas décadas, ni qué decir de que podía tener una salida mediante el ascenso social, para entrar en un campo político definido: la lucha contra el fascismo, contra el poder político que pretende movilizar a todo el aparato del estado en una guerra civil, e incluso reclutar para ello a los sectores medios perjudicados por la bancarrota capitalista. Una lamentable definición del opositor eventual a Trump en las elecciones próximas, Joe Biden, ilustra el impasse del conjunto de la burguesía. “Dejemos de ser racistas”, dijo, para sacar de escena al aparato policial, al fascismo y al Estado, y responsabilizar al conjunto del pueblo norteamericano – que también sufre la brutalidad policial. Biden es el candidato de la burguesía afroamericana y de la burocracia negra del Partido Demócrata.
Pero como dice también el diario mencionado - “el relato acerca del rol protector de la policía está quebrado”. Lo prueba el incendio de numerosas comisarías.
Al cuestionar “la violencia”, no de la policía sino de los manifestantes, la intendenta demócrata de Atlanta declaró: “si quieren sacar a Trump, vayan a votar en noviembre”. Estas ´exhortaciones´ han quedado fuera de lugar. Estados Unidos, después de esta rebelión, toma la posta a Chile. Nadie puede prever las peripecias por las que pasará aun la crisis política norteamericana, pero la calle, las huelgas, las ocupaciones de empresa cobrarán mayor importancia que las elecciones.
La consigna “viva la rebelión popular norteamericana, fuera Trump”, trasciende las fronteras de Estados Unidos. Las manifestaciones de apoyo al levantamiento se desarrollan en todo el mundo; los regímenes sociales y políticos, por un lado, y los explotados, por el otro, enfrentan los mismos problemas – sin salida bajo el capitalismo.
Manos a la obra.

Jorge Altamira
01/06/2020

Científicos advierten contra una apertura prematura

Luego de aplicar la teoría de la “inmunidad de manada”, cambiar de opinión e imponer una cuarentena tardía, Gran Bretaña es el país con más muertos en Europa y el segundo en el mundo. Boris Johnson plantea una nueva fase de desconfinamiento para el lunes.

Sin testeos

La falta de centralización, testeos y vigilancia en los hogares de ancianos disparó la cantidad de casos. En estos lugares no se disponía de la ropa adecuada, no hubo controles estatales y tampoco entrega de materiales a tiempo. Cientos de médicos y enfermeros han muerto por no contar con los materiales adecuados, y más de 16.000 ancianos también perdieron la vida. Todos hechos completamente evitables.
El 10 de mayo, en la primera fase de apertura, se abrió la economía a la construcción y las fábricas. Las fábricas y empresas no garantizan un trasporte seguro, por lo que el transporte público se abarrotó de personas, y aumentando el contagio. En las últimas semanas los casos y las muertes no bajaron.
El profesor de medicina Jeremy Farrar, miembro del Grupo de Asesores Científicos para Emergencias británico (SAGE, en inglés), ha afirmado en un mensaje en Twitter que “el COVID-19 se está extendiendo demasiado rápido como para levantar el confinamiento en Inglaterra”. Agregó que, “en este momento, con una incidencia relativamente alta, al relajar las medidas y teniendo un sistema de detección (de contagios) que todavía no ha demostrado eficacia, estamos corriendo algunos riesgos”. Planteó que no hay u sistema de TTI (testeo, seguimiento y aislamiento) necesario para cualquier tipo de flexibilización. La patronal británica no incluye en sus protocolos este tipo de controles.
John Edmunds, experto en enfermedades infecciosas de la Escuela de Londres de Higiene y Medicina Tropical dijo: “Creo que muchos de nosotros preferiríamos ver una incidencia más baja, porque eso significa que tendríamos menos casos antes de relajar las medidas”, señaló a The Guardian.
El Ministerio de Salud del Reino Unido informó el viernes 324 muertes (38.161 total) y 2.095 contagios en 24 horas. Para la Oficina Nacional de Estadísticas británica (ONS), las infecciones diarias reales en Inglaterra pueden ser de en torno a 8.000 (Página12, 30/5).
A partir del 15 de junio Johnson quiere avanzar con la apertura de los secundarios. Los docentes denuncian que esto es imposible, y muchos padres no enviarán a sus hijos a las escuelas. También los científicos lo consideran prematuro (Infobae, 30/5). El alcalde londinense, Sadiq Khan, afirmó en las redes sociales que estaba “profundamente preocupado porque estamos dándonos demasiada prisa en levantar las medidas de confinamiento”.
Escocia e Irlanda no apoyan estas medidas. Nicola Sturgeon (Escocia) dijo que era necesaria una planificación más cuidadosa. Mark Drakeford de Gales, y Arlene Foster Irlanda del Norte dijeron que no pasarán de fase todavía. La crisis impulsada por esta pandemia pone a diferentes gobiernos a actuar en función de los intereses de la patronal financiera e industrial, forzando grandes choques, crisis políticas y debilitándolos.

Emiliano Monge
01/06/2020

¿Cuánto ganan las empresas de telecomunicaciones durante la cuarentena?



Las enormes ganancias de empresas como Telecom y Movistar, cuánto aumentaron las tarifas y cuánta plata fugaron del país. En el programa Mundo Obrero del 28 de mayo, charló con Ana Goussies, delegada de Foetra en Movistar.

¿Qué deuda estamos pagando?



Ganadores y perdedores de una deuda eterna

Ciudades de miseria y Conurbano: un fenómeno global en versión criolla

Barrios vulnerables, emergentes, populares, asentamientos, villas. Con la penetración del coronavirus en los barrios pobres de América Latina quedó expuesta una de las “mejores” obras del capitalismo moderno, o mejor dicho, de su inserción en un continente que algunos llamaron allá por los ‘60 o ‘70 en “vías de desarrollo” o del “tercer mundo”, pero que desde la perspectiva marxista denominamos países dependientes o semicoloniales sometidos a la injerencia del imperialismo y la globalización. Nos referimos a la construcción de la pobreza estructural y a la desigualdad social como pilares fundamentales del desarrollo de las grandes urbes en los países latinoamericanos.
La globalización implicó en Latinoamérica décadas de ofensiva imperialista que desde los años ‘70 a esta parte significó la profundización de un saqueo que, lejos de conducir a mejores condiciones de vida, impusieron más precariedad. No solo laboral sino también de la vida y de las formas en que se vive. Se construye así, a la vera de las grandes urbes, lo que Mike Davis en su libro Planeta de Ciudades de Miseria, denomina “áreas hiperdegradadas”, que se extienden incluso más allá de la periferia.
Barrio de Ciudad Bolívar (Bogotá), Barrio Las Canteras (norte de Santiago de Chile), Favela Pavao-Pavaozinho (Río de Janeiro), Villa Fontana (Tijuana, Baja California, México), barrio de Chabolas (cerro San Cristóbal, Lima); Barrio de La Limonada (Ciudad de Guatemala); barrio de La Bota (norte de Quito), Villa 31 (Retiro, CABA, Argentina), Villa Itatí (Quilmes, conurbano, Argentina). Cada uno de ellos grafica una realidad de hacinamiento, precarización, informalidad laboral, falta de servicios elementales como el agua, las cloacas, el gas y de infraestructura. Están ahí, a la vera de autopistas colmadas, imponentes edificios y oficinas, o frente a ampulosos countries, casas de lujo o barrios residenciales.
Analistas y científicos al citar los indicadores socio ambientales y de infraestructura de estos barrios, hablan generalmente de “condiciones inhumanas”. Por el contrario, si tenemos en cuenta su desarrollo estructural y la planificación política y económica que hay detrás, podemos afirmar que se trata de una realidad “demasiada humana”, o mejor dicho “demasiado capitalista”.

Grandes conglomerados locales y COVID- 19

En nuestro país el debate sobre la urbanización (o no urbanización) y las condiciones de vida en los barrios populares se instaló por necesidad. La preocupación empezó primero por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) donde se concentra el foco de los contagios. Emergió la crisis sanitaria en la Villa 31, Retiro, territorio gobernado por el líder del PRO, Horacio Rodríguez Larreta. Al inicio los adherentes al partido de gobierno, el Frente de Todos, planteaban el problema como si fuera exclusivo de sus adversarios. Pero luego los contagios se concentraron en el barrio Villa Azul, lindero al acceso Sudeste, entre los distritos de Avellaneda y Quilmes, en el Conurbano, territorio peronista. La foto reiterada de las conferencias de prensa con el presidente Alberto Fernández, el Jefe de Gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta y el gobernador de la Provincia de Buenos Aires Axel Kicillof, no es casualidad. Si el Conurbano se mueve, el virus se puede expandir en forma incontrolable. El 48 % de los trabajadores de CABA viven en calles bonaerenses.
El desarrollo del capitalismo criollo hizo que se concentre un tercio de la población argentina en un territorio de 13.900 Km2, sobre una extensión nacional de 2.780.400 Km2, que produce el 50 % de los productos y servicios del país. Esto se explica en conjunto con el fenómeno de urbanización de las ciudades latinoamericanas del que hablábamos antes, que se desarrolla explosivamente desde los ‘70 hasta el día de hoy, en un proceso en el que se “están tejiendo nuevas y extraordinarias redes, corredores y jerarquías urbanas” (Mike Davis). Este mismo autor, señala que
En Sudamérica, los geógrafos actualmente hablan sobre un nuevo monstruo conocido como el RSPER (Región Metropolitana de Rio-São Paulo), que incluye las ciudades de tamaño medio situadas en el eje de comunicaciones que une los 500 kilómetros que separan ambas ciudades, así como la extensa región industrial en torno a Campinas. Con una población actual de 37 millones de habitantes, esta nueva criatura ya supera al corredor formado por Tokio-Yokohama.
Si bien estamos lejos de esta magnitud demográfica, la densidad poblacional y estructural del AMBA no es para despreciar. Más precisamente en la región del Conurbano, desigualdad y pobreza como características distintivas del territorio, se convirtieron en dos caras de una misma moneda.

Ghettos para los esenciales y los pobres, countries para los ricos

El Conurbano concentra 11 millones de habitantes. Casi la mitad, un 40,5 % que representa a cerca de 5 millones de personas, son pobres y más de un 11 % (alrededor de 1.400.000 de personas) viven en la indigencia. Más de un 18 % de los hogares tienen vivienda precaria, un 22,7 % no cuenta con agua corriente, más de un 44 % no tiene cloacas y un 37 % no posee red de gas natural. En el ámbito laboral a fines del año pasado había un 10,8 % de desocupación, cerca de un 19 % demandantes de empleo, un 13,1 % subocupados, y un 35,3 % de asalariados sin aporte patronal. De las cerca de 1.600 villas que hay en la PBA, cerca de 1.000 están concentradas en el Conurbano. Asimismo, los principales conglomerados de countries y barrios privados donde viven sectores medios altos y altos de la burguesía se encuentran allí. Esto no fue magia. Durante los últimos años, los distintos gobiernos nacionales y provinciales cumplieron un papel de “mejores alumnos” en la continuidad de la administración de las condiciones cada vez más degradadas que necesita el capital en la argentina atrasada y dependiente, transfiriendo aún más la concentración de la riqueza en la clase dominante. Ellos son responsables de las condiciones extremas de pobreza estructural, desocupación y precarización que penetran el Conurbano.
Hoy, desde que comenzó la crisis del coronavirus y se decretó la cuarentena, solo en este territorio más de medio millón de trabajadores y trabajadoras perdieron su empleo, y según estudios de la Universidad Católica Argentina (UCA), entre los hogares que ya eran pobres el 15,4% perdió su empleo.
En esa realidad es que la pandemia empezó a sumergirse, y sobre todo allí, particularmente donde encuentra condiciones óptimas para el desarrollo del potente virus, y no deja escapatoria para sus habitantes que viven hacinados, padecen la carencia de servicios básicos y no cuentan con recursos para subsistir. Si hacen la cuarentena quedándose en casa se mueren de hambre. Muchos viven del cartoneo, incluso nucleados en cooperativas de cartoneros, que surgieron con la crisis de 2001 y se mantuvieron hasta hoy. Para controlar eso la respuesta del gobierno fue el control social, enviando al Ministro de Seguridad bonaerense Sergio Berni a impartir “orden” y militarizar los barrios, o reprimir cuando haga falta, como lo vimos hacer durante el conflicto obrero del frigorífico Penta en Quilmes.
Mientras tanto, los “miserables” como Paolo Rocca o Alfredo Coto son parte de los que amasaron su fortuna con el sudor de los esenciales del conurbano, y los sectores medios y altos protestan desde Nordelta reclamando que se levante la cuarentena porque necesitan a “sus mucamas”.

Administración de la pobreza como política de Estado

La CEPAL prevé que el número de desempleados de la región llegaría a 37,7 millones, lo que implicaría un aumento cercano a 11,6 millones con respecto al nivel de 2019 (26,1 millones de desempleados). Por su parte, la pobreza extrema crecería 2,5 puntos porcentuales, pasando del 11 % al 13,5 %, lo que representa un incremento de 16 millones de personas. Basta pensar en los conglomerados urbanos más pobres, en los más de mil “barrios informales” que en el conurbano bonaerense contabilizan a casi 400 mil familias y la perspectiva que eso se multiplique.
En este marco, como señala Christian Castillo, la política del gobierno de Alberto Fernández combina una serie de medidas básicas de asistencia social para sectores populares afectados por la pandemia que son totalmente insuficientes, con enormes subsidios a las grandes patronales y una política de continuar honrando la fraudulenta deuda externa con la que extorsionan los especuladores. La mayor parte del gasto fiscal adicional, desde que comenzó la cuarentena, un 70 %, fue destinado a subsidios e incentivos empresariales que van desde PYMES, comercios hasta grandes empresas como Techint, Fate o Clarín, que nadie puede pensar que no pueden pagar por su cuenta el 100 % de los sueldos. Solamente un 30 % fue destinado a subsidios para los y las trabajadoras y sectores populares, monotributistas, jubilaciones o profesionales arruinados.
La negativa a aplicar la actualización de las jubilaciones, dejar fuera del ya de por sí miserable Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) de 10 mil pesos a más de 3 millones de personas, mientras que desde que asumió el gobierno se pagaron más de 5 mil millones de dólares deuda, solo se pueden explicar cómo una clara “discriminación de clase”.
Mientras se pronostican indicadores sociales y económicos alarmantes a nivel internacional y nacional, que se asemejan a catástrofes comparables con grandes crisis como el 2001/2002, el gobierno se niega a tomar medidas de fondo, afectar a los grandes ganadores de siempre y poner el conjunto de los recursos de la economía al servicio de las necesidades de la clase trabajadora, los sectores populares y la clase media arruinada.

Es con todos... los especuladores

En este marco hay sectores minoritarios del partido de gobierno que proponen medidas “alternativas”. Juan Grabois, abogado y dirigente de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), por ejemplo, presentó el “Plan General San Martín”, al que denominó también en los medios como “Plan Marshall Criollo”. El mismo plantea crear cuatro millones de puestos de trabajo, fundar pequeños pueblos, llevar a cabo la integración urbana de barrios populares, crear nuevos barrios, entregar tierras a las comunidades agrarias y cuidar el medio ambiente promoviendo la utilización de energías renovables. La inversión inicial sería de 750.000 millones de pesos al año, y el financiamiento sería generado con “lo que se ahorre” del pago de la deuda que el gobierno nacional se encuentra renegociando.
Fernanda Vallejos, diputada kirchnerista del Frente de Todos, por otro lado, propuso en los medios la participación del Estado en las ganancias empresariales: “si el Estado decide subsidiar a grandes grupos, sería razonable, como lo han hecho antes y lo están haciendo ahora las economías más desarrolladas, que lo haga no como un regalo a esas empresas, sino a cambio de una participación en el capital de las compañías", afirmó. Como respuestas obtuvo la del presidente quien afirmó que se trata de “una idea loca”, así como de la UIA que puso el grito en el cielo.
A pesar de que son propuestas redistribucionistas mínimas, el Presidente dejó claro que hay que pactar con el FMI, lo que implica continuar el camino del ajuste, y que esto se hará sin afectar significativamente las ganancias de los grandes especuladores, empresarios, banqueros y terratenientes. No es casual que el gobierno se niegue a tratar el proyecto de ley para implementar un impuesto a las grandes fortunas que presentó el diputado nacional del PTS Nicolás Del Caño y el Frente de Izquierda y de los Trabajadores Unidad (FIT U), como parte de un programa de emergencia para que la crisis la paguen los capitalistas.
Así, se continuará administrando, con más o menos recursos, con más o menos “palos” dependiendo del desarrollo de la lucha de clases y el rol de los sindicatos y las organizaciones populares, la pobreza estructural y el capitalismo dependiente. Ante la catástrofe que se avecina, si de cuestionar en serio la desigualdad se trata y no de naturalizarla, urge transformar de raíz la matriz de dependencia semicolonial.

Acabar con la desigualdad de raíz

La internacionalización del capital y su penetración en los grandes conglomerados urbanos significó un proceso, como decía Marx en El Capital, de profundización de “polos de riqueza” y “polos de pobreza”, pero en una dimensión incluso superior a la que el revolucionario podía prever. Un puñado cada vez más ínfimo de ganadores, y una gran mayoría de perdedores. Una obscenidad.
Durante los últimos años el macrismo como expresión del gobierno de los CEO’s y el FMI, con su versión bonaerense a cargo de María Eugenia Vidal y la porteña asumida por Horacio Rodríguez Larreta, profundizó las condiciones de atraso y saqueo. La “fiesta de los globos amarillos” dejó 5 millones de nuevos pobres, 300% de aumento de la inflación, 10 % de desocupación y 324 mil millones de dólares de deuda. Pagar la deuda, dejar intactas las millonarias ganancias de los bancos, de la especulación inmobiliaria, de los terratenientes que concentran la tierra, o de las empresas privatizadas es profundizar la dependencia y “la tierra arrasada”, que tiene como una de sus caras más brutales las villas y la precarización.
Para acabar con el flagelo de la vivienda precaria, el hacinamiento, la ausencia de cloacas, gas natural, el trabajo informal y los bajos salarios, además de una reforma urbana integral, que empiece por una plan de obras públicas, infraestructura y viviendas, un IFE de 30 mil pesos para todas las personas que lo necesiten, la prohibición de despidos, suspensiones y rebajas salariales, el reparto de las horas de trabajo entre ocupados y desocupados sin afectar el salario y reduciendo la jornada laboral, con un mínimo que alcance para cubrir la canasta familiar, así como la ocupación y puesta en producción de toda fábrica que cierre bajo control de sus trabajadores y trabajadoras, hay que tomar medidas estructurales de emergencia: el desconocimiento soberano de la deuda externa; la nacionalización del sistema bancario y el comercio exterior para impedir la fuga de capitales, frenar el chantaje y evitar que se sigan robando el ahorro nacional; la expropiación de los 4 mil principales propietarios que concentran casi la mitad de la tierra productiva para poder debatir en función de las necesidades sociales qué y cómo se produce, así como la nacionalización de las empresas de servicios públicos y de todo el sector energético, se imponen como un sentido común. Si de lo que se trata es de priorizar la vida y la salud de los trabajadores y sectores populares y que los niños y niñas de las familias obreras no mueran ni enfermos ni de hambre, los recursos estratégicos de la economía tienen que dejar de estar en manos de la propiedad capitalista y que las grandes mayorías puedan no solo debatir democráticamente sino también planificar la producción social en función de satisfacer las necesidades del pueblo trabajador.
Estamos en una crisis enorme, sanitaria, económica y social, que se va a agravar. Es utópico pretender conciliar los intereses de los grandes empresarios, con los de los trabajadores y pobres. Son ellos o nosotros. Hay que dejar atrás al “planeta de ciudades de miserias” del que nos habla Mike Davis y asumir un programa para que la crisis la paguen los capitalistas. Apostando a construir una salida anticapitalista y socialista.

Nathalia González Seligra
María Chaves

Pandemia, el encierro y la salida

La reclusión por la pandemia se prolonga, la incertidumbre sobre el futuro cercano se profundiza, la sensación de que será lento y difícil un retorno a la “normalidad” se refuerza con las dudas acerca de si se producirá el regreso a un estadio parecido a lo existente antes de la irrupción del virus, o bien hay cambios que han llegado para quedarse. Hay quienes hablan de una “nueva normalidad”, otros de una transición muy gradual en la salida de la cuarentena, cuyos rasgos y alcances se irán definiendo sobre la marcha. Puede decirse que la perspectiva es doble, sobre todo en el caso de una sociedad tan castigada en los últimos años como la argentina. En una dirección es perceptible la tendencia al agravamiento de los problemas preexistentes, al descenso masivo del nivel de vida por debajo de lo mínimamente aceptable. En otro sentido, se dibuja la oportunidad de esbozar y expandir un profundo cuestionamiento del orden social y político existente, acompañado por un reclamo activo de que los costos de esta crisis no recaigan sobre los hombros de las clases explotadas.
Al decir de Naomi Klein un mínimo de seguridad o estabilidad “No es un lugar al que podamos volver: es un lugar que tenemos que construir juntos y un lugar por el que tenemos que luchar”. Muchos representantes del gran capital predican la conveniencia de aceptar, y vivir con entusiasmo una vida de cambios e incertidumbre, que no se piense en términos de seguridad, empleo permanente, vida estable y afianzada. Todo hace prever que la realidad poscoronavirus será tomada como una nueva oportunidad de imponer sus ideas por el pensamiento conservador con pretensión de innovación radical, inteligencia artificial y nuevas tecnologías de producción y servicios, como elementos de legitimación.
La “normalidad” es desigualdad, injusticia, pobreza, concentración creciente de capital. La discusión imprescindible hoy es la puesta activa en cuestión de esa condición “normal” compatible con la pobreza y la muerte de millones de personas. Esa sedicente “normalidad” es la que hoy nos muestra cómo, cada día más, la enfermedad se ensaña con los que viven en peores condiciones, tienen trabajos más precarios y con menos ingresos, junto con menor acceso al sistema de salud. Si bien en nuestro país hubo respuestas gubernamentales de asistencia a los sectores populares, como el Ingreso Familiar de Emergencia, la atención de las instituciones oficiales falla en aspectos tan sustanciales como la provisión de alimentos. Y genera acciones con fuerte componente represivo ante situaciones de emergencia.

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El Covid -19 se ha enseñoreado en las villas. Los casos aumentaron de modo exponencial. Con toda claridad en la ciudad de Buenos Aires, de modo incipiente en el conurbano. Las medidas de bloqueo policíaco desnudan una vocación represiva muy fuerte que completa el alarmante cuadro sanitario.
El protagonismo policial y militar en los controles del aislamiento social e incluso en el abastecimiento de algunos barrios tiene, además de la potencialidad represiva inmediata, la finalidad de largo alcance de reivindicar el papel de las fuerzas armadas y de “seguridad”, una forma de recomponer un prestigio institucional muy ajado desde los tiempos de la posdictadura. El poder político parece valorar la perspectiva de contar con instituciones armadas con respaldo social para la eventualidad de que un crecimiento de la protesta lleve a respuestas estatales violentas. Al mismo tiempo, las responsabilidades asignadas a militares y policías en el combate contra la pandemia tienen la contracara de reducir o encorsetar el papel de la autoorganización como vía de mejora de las condiciones sanitarias y de sustento de las clases populares.
Las reacciones críticas muestran por ahora cierto predominio de la derecha, más activa y organizada. Desde los “caceroleos” de hace algunas semanas, a las movilizaciones de los barrios cerrados de los últimos días. Resulta llamativa la pervivencia de una apelación “contra el comunismo”. Cuando surgió podía parecer un exabrupto aislado, pero se ha mantenido, incluso en declaraciones de personajes públicos. La campaña “anticuarentena” sigue activa, ha sumado a científicos, intelectuales y artistas, con un manifiesto de más de trescientas firmas, con apoyos como Santiago Kovadloff, Luis Brandoni, Daniel Sabsay, Federico Andahazi, Darío Lopérfido, Liliana De Riz, Luis Tonelli, Jorge Sigal… Se habla allí de “infectadura” y de la política de salud vigente como una versión renovada de la “doctrina de la seguridad nacional”.
Junto con los argumentos de tipo económico, con protestas más o menos abiertas por la real o hipotética disminución de las ganancias empresarias, aparecen reclamos en nombre de las libertades públicas. Son eje de las críticas los poderes excepcionales que ha tomado el ejecutivo y el aletargamiento de los restantes órganos del estado. Esto último no deja de ser cierto, pero en estos casos apunta al cuestionamiento radical de la opción por el distanciamiento social y la prevención que el gobierno hizo en su momento, aún a costa de fuertes restricciones a la actividad económica.
Mientras protestan contra la forzada situación de cierre de empresas, los grandes capitalistas se lanzan a un intento de replanteo de largo alcance de las relaciones entre capital y trabajo. Esto constituye un objetivo estratégico, que disfraza sus apetencias de incremento de la explotación bajo el pretexto de incorporarse a las tendencias más avanzadas a escala mundial, lo que permitiría el incremento de la producción, mejorar los niveles de eficiencia y de competitividad internacional y por consiguiente la apertura del camino para atraer las inversiones del “mundo” y viabilizar la superación de un estancamiento económico de décadas.
El teletrabajo se convierte en una propuesta extrema de “reforma laboral”, en la que ya no existe la jornada de trabajo limitada, ni la separación entre el tiempo de trabajo y el tiempo libre, se reduce la posibilidad de socialización entre los trabajadores y con ello disminuyen las posibilidades de organización y sindicalización. Puede facilitarse además el pago “por tareas”, en el que se cobra sólo si hay trabajo efectivo. Igual este auge del trabajo a distancia cuenta en principio con el favor de muchos trabajadores y trabajadoras por el ahorro del tiempo de viajes, los menores costos de comida y movilidad, la posibilidad de atender los temas domésticos al mismo tiempo que los laborales. Esto no implica que surjan las primeras percepciones de la tendencia a la superexplotación que encarnan estas formas de trabajo, promovidas como ultramodernas, en la punta de la eficiencia y el desarrollo tecnológico. Por ejemplo se encuentra extendido el desasosiego entre los docentes, sometidos a interminables jornadas y a la fatiga que acarrea el dictado de clases y la atención a los alumnos con las herramientas tecnológicas disponibles, no siempre las mejores.
Hasta la dirigencia sindical, que se mostró tan servicial a la hora de acordar con las patronales rebajas de salarios y suspensiones, parece resistirse con algún brío a las reformas vía teletrabajo. Es que esto pone en riesgo directo su posibilidad de captar afiliados, entraña dificultades para conservar los que ya tienen, y disminuye la capacidad de disciplinamiento y obtención de recursos de quienes sigan incluidos en las organizaciones. Si bien no cabe esperar un inédito brote de combatividad de dirigentes como Antonio Caló o Héctor Daer, sí puede pensarse en que no prestarán consenso a acuerdos multisectoriales que incluyan un ensanche muy amplio de regímenes de trabajo no presencial
El reflujo de la conflictividad social, en gran parte forzado por el avance de la pandemia, no ha dejado tranquilo ni al poder económico ni al político. Las señales de descontento popular son seguidas con atención. Con conciencia de que la situación económica asfixiante y la precarización social avanzan en rapidez y profundidad, existe el extendido temor de que esto lleve más temprano que tarde a manifestaciones de protesta masivas, que encuentran a los sectores dominantes en difíciles condiciones para dar respuestas no represivas y con escasa disposición para afrontar los costos de sofocar por la fuerza posibles levantamientos. El gran recurso del gobierno en este campo sigue siendo el entramado de organizaciones que se extienden por los territorios de la pobreza. Ello no implica que la capacidad y la voluntad de contención de estos movimientos resulta ilimitada.
Las manifestaciones de protesta “desde abajo” se reactivan poco a poco. Con un número restringido de personas, y estrictas medidas sanitarias, en puja con el fuerte temor al contagio, sobre todo en barrios populares. Movimientos sociales de los barrios que protestan por la falta de alimentos, trabajadores de plataformas que reclaman por el empeoramiento de sus condiciones de trabajo, maestros; diversos sectores van saliendo a la calle. En Córdoba y otras provincias los choferes de colectivos han promovido un extenso paro por el no pago de sus salarios. Otra protesta latente, aunque hasta ahora no ha cuajado en el espacio público, es contra las desmedidas restricciones en áreas de riesgo. El cierre de la villa Azul, de Avellaneda, con prohibición para los habitantes de salir de ese limitado espacio, tiene un cariz represivo innegable, además de la posibilidad de afectar muy directamente el abastecimiento de alimentos y otros bienes esenciales.
Con la muerte por coronavirus de los referentes barriales Ramona Medina y Víctor Giracoy, se abrió por un momento un cauce de protesta abierta, que tanto el gobierno de la CABA como el nacional entornaron rápido vía recepciones oficiales de los dirigentes de La Garganta Poderosa, y promesas de mejoras en las condiciones de higiene y seguridad de los barrios. De repetirse hechos de este tipo es de prever que las reacciones sean más fuertes y ofrezcan mayores dificultades para ser acalladas. El complejo mapa de organizaciones sociales adherentes al oficialismo, algunas kirchneristas de vieja data, otras bastante recientes en esa posición, acompañan hasta ahora al gobierno en su táctica de “unidad nacional”, con algunas reticencias pero con escasas manifestaciones públicas de disidencia, con la excepción parcial de algún dirigente aislado.
Una terrible crisis económica se incuba a ojos vista, y constituye un golpe directo y durísimo sobre las clases subalternas. La caída en la pobreza o la profundización de situaciones de pobreza preexistentes para aquellos que pierden la posibilidad de procurarse alimentos y se ven obligados por primera vez a acudir a comedores públicos, una renovada precarización laboral para quienes ya sufrían relaciones de trabajo informales. El conjunto se agrava por las condiciones de aislamiento o encierro de condiciones de vivienda ya de por sí muy desfavorables. Queda pendiente el desafío de cómo encarar nuevas formas de organización y movilización para todos esos sectores trabajadores y pobres, que viven un empeoramiento de sus condiciones de vida y de trabajo, desde un punto de partida que, vía recesión prolongada, deterioro de los salarios y progresivo aumento del desempleo, ya afectaba de lleno su nivel de vida y sus condiciones laborales antes de la pandemia.
Entretanto, la negociación de la deuda toma los carriles de un pacto con condiciones más benévolas para los acreedores, bajo el abierto auspicio del FMI. La propuesta “agresiva” que el Ministro de Economía lanzó al comienzo de la negociación tiende a diluirse. Habrá que ver que tan concesivo es ese acuerdo, de lo que no cabe duda es que renunciará a cualquier cuestionamiento efectivo del origen de la deuda, más allá de que pueda desarrollarse alguna investigación parlamentaria sin incidencia sobre el régimen de pagos. La prioridad en la utilización de los recursos públicos, bajo la enorme presión de los requerimientos de la salud pública y de una ardua recuperación económica y recomposición social, debería ser la atención de esas necesidades. Todo indica que ese camino se verá desviado por los requerimientos del pago, primero hacia los acreedores privados, luego en dirección al FMI.
La no tan atrevida propuesta de la diputada Fernanda Vallejos, de cambiar subsidios para el pago de sueldos por participación estatal en el capital de las empresas, recibió una airada respuesta empresaria, que pronto tomó tintes de campaña mediática, aún en curso. Luego de unos días, la idea ha sido descartada de plano por el presidente. Eso en circunstancias en que una transferencia para pago de salarios que al principio pareció ser sólo para pequeñas y medianas empresas, terminó en beneficio para las grandes corporaciones. Compañías con ganancias multimillonarias en dólares se resisten a cualquier avance sobre su capital, aún ante una propuesta tan genérica y vaga como la de la diputada del Frente de Todos, mientras perciben jugosos subsidios. Los voceros del gran capital acuden al chantaje de siempre, propuestas como la de Vallejos o el nuevo impuesto sobre el patrimonio proyectado por Carlos Heller y Máximo Kirchner, de fuerte retroceso en sus alcances a partir del proyecto inicial, según ellos ahuyentarían a las inversiones imprescindibles, con la resultante frustración de las posibilidades de recuperación de la economía.
Las reacciones empresariales son las previsibles, frente a la propuesta insinuada del estado “presente”, con mayor despliegue de acciones regulatorias, políticas sociales más amplias, “amenaza” de una reforma impositiva de sentido menos regresivo que el sistema tributario actual, tal vez algún tipo de estatización parcial de algunas empresas. Sectores mayoritarios del gran empresariado tienden a oponerse a casi todas las iniciativas de este tipo. Su posición es la habitual, rechazo a las regulaciones, salvo cuando redundan en su propio beneficio, en forma de transferencias, o de restricciones a la competencia que favorezcan su posición en el mercado. Junto a eso aparecen apelaciones que tienden a preservar el principio de que la propiedad privada es intangible, debiendo quedar inmune a cualquier medida que implique restricciones y menos todavía perspectivas de expropiaciones, por más limitadas que sean.
No hay por qué dudar de la sinceridad de sectores del oficialismo que tienen entre sus aspiraciones la de limitar desde las políticas públicas los peores “excesos” del gran capital, pero la indicación que parte de la Presidencia es que esos propósitos no deben chocar con un enfoque consensual en que las soluciones a los muy graves problemas de la sociedad argentina deben resolverse con “Argentina unida” (lema oficial del gobierno en estos días), y que los empresarios no deben ser “estigmatizados”. El populismo al estilo de Ernesto Laclau, fortalecido por la construcción de un enemigo contra el cual dirigir las demandas populares y así fortalecer la propia identidad, parece no estar para nada en el mapa mental de Alberto Fernández, ni de la mayor parte del gobierno. Esas acciones consensuales se extienden al plano político institucional, en el que una y otra vez se escenifica la mesa en que se sientan el presidente, el gobernador de la ciudad de Buenos Aires y el de la provincia, para el anuncio de medidas con apariencia de total acuerdo.

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Cabe el interrogante sobre las posibilidades de acción de una izquierda independiente, en una situación en la que el gobierno aparece prestigiado por haber sido veloz en la adopción de medidas sanitarias que la mayoría de la población aprecia como correctas en su orientación general, más allá de múltiples errores, desvíos y carencias que también se reconocen. Esta propensión favorable puede acentuarse porque los cuestionamientos con mayor visibilidad mediática tienen clara procedencia de derecha, proempresarial y elitista. Es cierto que la prédica anticuarentena tiene adhesiones más modestas, como los comerciantes minoristas que ya no soportan el cierre prolongado de sus negocios, pero la tendencia predominante sigue siendo de sectores del poder económico y la elite social. Las condiciones hasta ahora favorecen que la política gubernamental aparezca como “lo posible”, en una situación de crisis de alcances todavía difíciles de prever.
Para la izquierda se plantea la complicada tarea de desarrollar las posiciones críticas, en condiciones de debate público que, libradas a su lógica, tienden a excluirla de la discusión. Quizás la mejor forma de intervenir sea la identificada con proyectar el enfrentamiento a la pandemia y la salida posterior como una oportunidad estratégica para el cuestionamiento global del sistema social. La comprensión de la nueva enfermedad como parte de un conjunto de males crecientes, que el capitalismo arroja sobre la humanidad y el planeta sin solución de continuidad.
El panorama internacional debería ser incluido en el punto de mira. La imagen del presidente de la principal potencia capitalista negándose una y otra vez a tomar en serio el Covid-19 y preocupado todo el tiempo por las ganancias de las corporaciones, es un argumento elocuente de qué puede esperarse de este orden de “democracia sociedad anónima” que se enseñorea en la mayor parte del planeta. En tanto la principal potencia regional, Brasil, ha llegado a evaluar los beneficios para el sistema previsional de la muerte masiva de ancianos, mientras llena a las instituciones de militares y amenaza con medidas “enérgicas” que no pueden ser otras que nuevos atentados contra la democracia.
No se trata sólo de hacer pormenorizados balances de las políticas públicas en curso en nuestro país, sino de fijar posición, y trazar acciones, frente a un orden social en el que el derrumbe económico, el empobrecimiento masivo y el deterioro de la salud con riesgo de muerte, convergen en una misma lógica de destrucción. Se trata, una vez más, de la lucha de clases. De las posibilidades de las clases explotadas de desarrollar su propia política frente a la pretensión del capital de aprovechar la ocasión para recomponer las relaciones sociales a su conveniencia. Son situaciones que no admiten meras “correcciones”, no son “excesos” ni “extremos”; es el sistema social en su conjunto, basado en la mercantilización generalizada, la maximización de las ganancias, la explotación y la alienación como única perspectiva para las mayorías y en el extractivismo que no se detiene ante el creciente deterioro del medio ambiente.
Nada puede ser conducente a una verdadera transformación, en el sentido de la igualdad y la justicia, si se detiene antes del planteo de la colectivización de los medios de producción, de la autoorganización y el autogobierno de las masas en camino a una verdadera democracia “desde abajo”. Frente a una barbarie desbocada que ya no es amenaza en el horizonte sino realidad tangible y cotidiana, el pensamiento y la acción de una auténtica izquierda tiene la reivindicación del socialismo como imperativo irrenunciable.

Daniel Campione