jueves, enero 16, 2020

La libreta de Chéjov



Cuando la Málaya Nikitskaya de Moscú (la calle donde vivió Gorki) llega a la Sadóvaya-Kudrínskaya ulitsa, se descubre en el número 6 la casa de Chéjov, convertida hoy en museo a su memoria. Es una casita de dos pisos, de fachada rojiza, que al lado de las ventanas de la planta baja enseña una reja de hierro que cierra el callejón por donde se llega a un patio abierto arbolado. La puerta de entrada está en ese pasadizo lateral. Chéjov y los suyos vivieron aquí entre 1886 y 1890. Dentro, aparece una salita con butacas, un reloj y cuadros familiares, y un escritorio verde, que utilizaba Antón Pávlovich. Sobre la mesa, una imagen de Chaikovski: el compositor iba a esa casa a visitarlo y, antes, le había escrito encandilado por los relatos del escritor. Llama la atención una vitrina con una caja de acuarelas. Aquí tenía Chéjov su estudio, y extraía de una libreta que siempre llevaba consigo rasgos, personajes, situaciones. Dejó muchos cuadernos de notas. Era capaz de escribir un relato en un solo día.
Al lado, dos pequeños dormitorios: el de Mijaíl, con escritorio y butaca; y el de Antón Pávlovich, que tiene una minúscula cama baja. En la antesala, una estantería con libros. La habitación de su hermana María, que tanta devoción le mostró siempre hasta el punto de sacrificar su propia vida, rechazando pretendientes para cuidar de su hermano, tiene una pequeña sala. En el piso de arriba, una estancia con piano, que tocaba Nikolái; alrededor, un diván y sillas para escuchar al virtuoso. Chaikovski venía con frecuencia. Junto a ella, una habitación para coser y pintar, que tiene un caballete y pinturas de Nikolái, el hermano enfermo y alcohólico que también murió de tuberculosis en 1889 sumiendo a Chéjov en una profunda tristeza.
Después del viaje del escritor a Sajalín, la familia no pudo pagar el alquiler, y se trasladaron a la Málaya Dmítrovka. Durante esos cuatro años en la casa de Sadóvaya-Kudrínskaya ulitsa, Chéjov escribía durante toda la jornada, aunque a mediodía recibía pacientes durante tres horas. No le gustaba frecuentar las fiestas, ni los encuentros literarios. En la disposición de recuerdos de la casa, no han olvidado poner un mapa de la isla de Sajalín. Y fotografías del penal, e incluso una carta autógrafa suya. Aquí y allá, cuadros de la familia, una vitrina con los anteojos, su pluma, una caña de pescar y el maletín de médico, como si esos objetos resumieran toda su vida. Y tal vez sea así.
Hay otros museos Chéjov en las casas donde vivió, en Mélijovo (de hecho, es una reconstrucción hecha por el gobierno soviético en 1960) y en Yalta, y hasta en Sajalín. La última vez que Chéjov visitó Moscú fue el 3 de junio de 1904: ese día subió al tren para viajar a Badenweiler. Los días anteriores había estado repasando El jardín de los cerezos. Llegaron a su destino seis días después, y en ese balneario alemán pasó las jornadas en cama leyendo los periódicos, preocupado por la guerra en Oriente con Japón. El 2 de julio del calendario ortodoxo, murió.

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Para conocer a Chéjov, además de sus páginas, disponemos de la monumental biografía que escribió Donald Rayfield hace dos décadas, y la de Pável Grómov, en cirílico; de las escuetas páginas de Natalia Ginzburg; del libro de Irène Némirovsky , publicado cuando la autora ya había muerto en Auschwitz; del estudio de David Magarshack que citaba (aunque se había publicado hacía más de cincuenta años) Cabrera Infante poco antes de morir, y de la biografía de Rosamund Bartlett. Nos han dejado un recuerdo de Chéjov a veces triste, sin duda por algunas de sus obras, pese a que sus primeros cuentos eran humorísticos, y por su temprana muerte, aunque también supo reír y disfrutar de la vida. Muchos lo veían como un hombre reservado, distante, y, sin duda, era un solitario, aunque disfrutaba con su familia y sus amigos: en Mélijovo los visitantes eran a veces tan numerosos que había que instalarlos en la casita de dos habitaciones para invitados y en el granero. Entonces, cuando viajaba a Moscú, se alojaban en el Gran Hotel Moscú, al inicio de una de las calles principales de la ciudad, la Tverskaia, que en los años soviéticos llevaba el nombre de Gorki.
Chéjov visitó por primera vez a Moscú con diecisiete años y dos años después se trasladó ya a la capital, desde su Tanganrog del mar de Azov, para vivir con su familia en un pobre sótano de la calle Gráchevka y, luego, en la callejuela Golovin. Hasta que no se cambiaron a la Yakimanka, junto a la iglesia de Tserkov' Ioanna Voina, Chéjov no pudo disponer de un pequeño estudio. Por fin, en 1886, pudieron alquilar esa casa entera en la Sadóvaya-Kudrínskaya ulitsa: Chéjov se había licenciado en medicina en 1884, aunque apenas cobraba, pero conseguía ingresos con sus relatos. La familia se instaló después en un pequeño apartamento en la Málaya Dmítrovka, y a partir de 1892 Chéjov vivirá en Mélijovo durante seis años, aunque volvía a la Málaya Dmítrovka ocasionalmente, hasta que a finales de 1898 compró la finca de Yalta, la última casa de su vida.
Reconocemos a Chéjov en ese cuadro que pintó el joven Iósif Broz, un discípulo de Repin, que le había encargado la galería Tretiakov de Moscú, donde se halla hoy el retrato: vemos al escritor en un sillón verde, con los anteojos sujetos al cordón que baja hasta su chaleco, y la mano sujetando el mentón. En casi todas las fotografías que se conservan vemos a Chéjov serio, aunque en algunas, con Olga Knipper, sonríe: la conoció al final de su vida, en septiembre de 1898, tras haber pasado enfermo el invierno en Niza. En una de esas fotografías, Antón Pávlovich lee La gaviota: le escuchan actores del Teatro del Arte de Moscú, Olga Knipper y Vsevólod Méyerhold; de pie, mirando el libro que Chéjov lee, vemos a Konstantín Stanislavski. En otra, aparecen Tolstói y Chéjov, tomando el té en una terraza de Crimea: el dramaturgo telefoneaba a Tolstói e iba a verlo a Gaspra, cerca de su casa en Yalta. Era muy distinto a él, cuyo torrente narrativo contrasta con la concisión y sencillez de Chéjov, que tuvo en gran estima al autor de Guerra y paz (“a ningún hombre quiero tanto como a él”, le confesó a Mijaíl Osípovich Ménshikov) aunque le molestaba su aire de profeta y que, en ocasiones, escribiese sobre “aquello que no conoce y que por obcecación no quiere conocer”; pero creía que esos defectos eran irrelevantes ante la calidad literaria de Tolstói. Por su parte, al autor de Anna Karénina no le gustó El tío Vania. Tolstói no dejó resquicio de duda cuando le dijo a Chéjov: “Detesto a Shakespeare, pero las comedias que usted escribe son todavía peores”. No era extraño: después de todo, Dostoievski nos advirtió de que “un par de botas es más importante que Shakespeare”.
A inicios del siglo XX, Tolstói, Chéjov y Gorki coincidieron en Crimea y se relacionaron. Durante casi un año, en 1901, Tolstói vivió en Gaspra, en la propiedad de la condesa Sophia Vladimirovna Panina, una mujer que era miembro de los kadetes y que acabó colaborando con Denikin y los blancos durante la guerra civil. Por su parte, Gorki vivía en una pensión en Oleis (que era ofrecida gratuitamente para escritores pobres por el comerciante Iván Tokmakov) y consideró siempre a Chéjov un hombre libre, íntegro, uno de los grandes escritores de Rusia. También vivía en Yalta, por problemas de salud, Meyerhold, de quien Chéjov escribe que “se lamenta de todo lo que le duele la vida”.
Todos sus abuelos fueron siervos de la gleba en aquella Rusia miserable, y Chéjov pasó una infancia difícil, golpeado con frecuencia por su padre, ante la resignada madre. Pese a su beatería, el progenitor era un hombre brutal, y el matrimonio cargado de deudas, no pudo ofrecer a sus hijos más que una vida de pobres. Esas figuras que viven entre estrecheces aparecen con mucha frecuencia en sus cuentos, como Pasha, la corista, que entrega sus joyas para salvar a un marido infiel. En su vejez, su padre, siempre santurrón, cantaba salmos religiosos a voz en cuello mientras ahogaba en el sahumerio a la familia con el incensario de cadena. Chéjov recelaba de la religión, es capaz de hacernos sonreír mientras la melancolía envuelve sus escenas y personajes, y nos lleva a la desolación de las vidas inútiles, perdidas, prescindibles.
Con diecinueve años, abandona Taganrog para ir a Moscú, donde ya estaban sus padres y hermanos, y con poco más de veinte años escribe relatos por unos pocos kópeks cada línea, mientras soporta las borracheras de sus hermanos. Se hizo médico, pero no cobraba a los pobres. En 1885, visitó San Petersburg por primera vez. Habló con editores, volvió al año siguiente y en otras ocasiones, a casa de su editor y amigo Suvorin, aunque el asunto Dreyfus enfrió su amistad: Chéjov defendió la militancia de Zola. Los inicios no fueron fáciles. En 1887, estrena Ivanov en el teatro Korsh de Moscú. Es un fracaso clamoroso. La bronca es estrepitosa: los estudiantes querían tirar a los actores por la platea. Pese a todo, antes de marchar a Siberia consiguió abrirse paso en el teatro y en la edición, y empieza a ser muy conocido; su obra La estepa tuvo éxito, y en 1888 la Academia de Ciencias le concedió el premio Pushkin, aunque tuvo algunos fracasos y la muerte de su hermano Nikolái lo afectó profundamente. Incluso empezó a escribir una novela, según confesó a Alekséi Suvorin, aunque nunca la terminó. En esos años ya tiene una noción clara de su escritura: sus relatos nos muestran la vida, sin concebir historias cerradas; busca la objetividad, describe con veracidad los personajes que crea, inmersos en su época, y opta por la sencillez y la brevedad. A su hermano Alexánder, que también escribe, le recomienda: “El lenguaje debe ser sencillo y elegante. Los lacayos deben hablar de modo sencillo, sin tapujos ni regodeos. Los capitanes retirados de nariz colorada, los periodistas bebedores, los escritores muertos de hambre, las esposas tísicas y laboriosas, los jóvenes honestos y sin mácula, las doncellas sublimes, las niñeras bondadosas… todo eso ya fue descrito y debe evitarse como un foso.”
En abril de 1890 inició su viaje a Sajalín, atravesando ríos helados, bosques infinitos: el ferrocarril transiberiano no se inauguraría hasta 1900. Sajalín era el infierno (viaja allí “quizá para no volver jamás”, escribió): quería huir, probar la aventura, y contribuir a la reforma de Rusia examinando uno de sus pozos más negros, aunque, al mismo tiempo, admiraba a Nikolái Przevalski, un militar y excepcional geógrafo que defendía un nacionalismo exaltado y que exploró el desierto de Gobi, Mongolia y el Ussuri. En Sajalín, Chéjov se despertaba cada mañana con el sonido de las cadenas que arrastraban los deportados, y esa experiencia lo marcaría para siempre. Volvió por mar, en diciembre, en el vapor Petersburgo: pasó por Singapur, Ceilán (el paraíso, contó, donde tuvo relaciones, bajo los cocoteros, con una “hindú de ojos negros”, como tuvo otro encuentro con una meretriz japonesa en Blagovéshchensk, en el Amur, en la frontera china, durante el viaje de ida), llegó a Port Said y a Constantinopla para alcanzar Odessa y tomar un tren hasta Moscú.
Hizo su primer viaje por Europa en 1891, con el editor Aleksei Suvorin y su hijo; a lo largo de dos meses visitó Viena, Venecia, Florencia, Roma, Nápoles, Niza, París y Berlín. En Nápoles, incluso ascendió al Vesubio. Al año siguiente pudo comprar la casa de Mélijovo, gracias a un préstamo de su editor Suvorin: allí escribió La gaviota. En esa época, febrero de 1893, escribe al médico Iósif Isaiévich Ostrovski (estudiaron juntos, en Taganrog): “No soy rico y vivo exclusivamente del trabajo. Cuanto más viejo me hago, trabajo menos y con mayor pereza. Ya siento la vejez.” Y solo tenía treinta y tres años. Volvió a Italia en 1894, a Trieste, Venecia, Milán, Génova. Tres años después, tras recuperarse precariamente de un grave ataque de su tuberculosis, viaja a París, a Biarritz y Niza, a Montecarlo a jugar a la ruleta. Incluso acarició el proyecto de viajar a Egipto, y de conocer el Sáhara, pero su precaria salud se lo impidió. El viaje que más le marcó fue la expedición a Sajalín: quedó atrapado para siempre por la belleza del Baikal.
Antes de vivir allí, Chéjov se iba a Mélijovo, al sur de Moscú; paseaba con sus perros, y se encerraba a escribir en una casita de madera que le hicieron en el jardín. Después, viajaba a Crimea, más enfermo, para perseguir el sol del mar Negro. Desde Yalta entabló relación con el joven Gorki, que también padecía tuberculosis, y por quien dimitiría en 1902 de la Academia de Ciencias cuando el zarismo (el gran duque Konstantín Románov era el presidente de la institución) impidió que Gorki se incorporara. Chaikovski, amigo de Chéjov y del gran duque, no pudo evitarlo. En Yalta, a Chéjov le gustaba pasear hasta Oreanda, donde hubo un palacio del zar Nicolás I, que se perdió en un incendio en 1882; llegaba atravesando la finca donde Nicolás II hizo construir el Livadia, que años acogió la Conferencia de Yalta, con Stalin, Roosevelt y Churchill. En esos días, Chéjov paseaba con una joven, Nadezda Ternóvskaia; descansaban en un banco de la iglesia (“el banco de Chéjov”) para admirar las costas de Yalta y las aguas tranquilas: en ese lugar puso Chéjov a su Anna, la dama del perrito, mirando el mar junto a Gúrov, su amante moscovita. Gorki desnudó esos relatos: “al leer los cuentos de Chéjov uno parece sumergido en un día triste de fines de otoño”.
Antón Pávlovich siempre tuvo muchas relaciones sentimentales, como detalla Donald Rayfield, fugaces intentos o algo más, no importa. A veces, rechazaba mantener relaciones con algunas mujeres, pero también frecuentó prostíbulos. Chéjov trató mucho a Lika Mizínova, una actriz amiga de su hermana que estaba profundamente enamorada de él y que, un tiempo, creyó que el escritor le correspondía, aunque nunca se lo manifestase. Y a Olga Vasílieva, que lo había conocido en Niza. Niza le recordaba a su Taganrog natal, y allí se instaló en septiembre de 1897, para pasar el invierno lejos del frío que agravaba su tuberculosis, viviendo en la Pensión Rusa, la misma donde se alojó Lenin en 1909. También se relacionó con la hija de Tolstói, Tatiana; y con la nieta de su editor Suvorin, Nadia Kolomnina. A Nadiezdha Ivanovna, que estaba Yalta, la califica de “mi prometida” en una carta a Olga Knipper, cuando aún no se había comprometido con ésta. Conoció a Knipper en el teatro, ensayando La gaviota (la obra donde retrató a Lika Mizínova, convirtiéndola en Nina Zaréchnaia, y que para algunos es, también, el modelo de la Anna de La dama del perrito). La gaviota, representada en San Petersburgo en 1896, fue un fracaso, y las risas del público hirieron profundamente a Chéjov. Otras versiones dicen que conoció a Knipper en Moscú cuando ella interpretaba a Irina en la obra de Alekséi Tolstói, El zar Fiodor Ivánovich.
En 1899, invitó a Olga a Mélijovo; después, viajaron a Yalta. Al año siguiente, decidió recorrer el Cáucaso con Gorki. Ese año, escribió Las tres hermanas, donde Olga iba a representar a una de ellas, y, en diciembre, de improviso, se fue a Niza y después a Florencia, Pisa, Roma. En julio de 1900, Knipper pasa el verano en Yalta y ambos se convierten en amantes, mientras Chéjov avanza en Las tres hermanas. Unas semanas después, el escritor viaja a Moscú, en octubre, donde permanece casi dos meses y ambos se ven obligados a esconderse en el hotel Dresden para huir de encuentros inoportunos. Comprensivo, enfermo, en marzo de 1901 Antón Pávlovich escribe a Knipper: “No significa nada que estés enamorada de otro y que me hayas engañado. Te lo voy a suplicar, simplemente ven, por favor.” Knipper obedece, viaja a Yalta, donde pasa la primera quincena de abril, y deciden casarse: la boda se celebra en Moscú, el 25 de mayo; después parten hacia el Volga, el Kama y el río Blanco. Tras su matrimonio con Olga Knipper, la pintora María Drozdova le confesó que tenía la esperanza de casarse con él. También Lidia Alexéievna Avílova que, muerto el escritor, escribió Chéjov en mi vida, publicada cuando ya había fallecido ella también, revelando un supuesto, prolongado y secreto amor con el escritor, que María Chéjova siempre negó.
Después de conocer a Olga Knipper, Chéjov, aislado en Yalta, la encontraba a faltar, ella debía atender a sus compromisos teatrales; aburrido a veces, pese a las frecuentes visitas, le escribía hablando del tiempo magnífico o de la lluvia ocasional: “por el jardín corren sapos y pequeños cocodrilos”, le cuenta a la actriz. La enfermedad le agota: en la primavera de 1903, va a Moscú, pero apenas puede subir al apartamento de Olga, en un segundo piso. Regresa a Yalta, donde pasa el verano, y vuelve a Moscú en diciembre para presenciar los ensayos de El jardín de los cerezos. En junio de 1904, Chéjov y Olga viajaron a Berlín, para recibir consejo de un médico alemán. Un mes después, había muerto, en el balneario de Badenweiler.

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En Yalta, en la Kirova ulitsa, no lejos del río Uchan-su, se encuentra la dacha blanca de Chéjov. Cuando llegó, era un pequeño pueblo tártaro, Autka, donde hizo construir la casa. Allí lo visitaron Gorki, Iván Bunin, Rajmáninov, el famoso cantante de ópera Fiódor Shaliapin, los pintores Isaac Levitán, gran amigo suyo, y Víktor Vasnetsov. La casa, en cuya cocina escribió Chéjov La dama del perrito, fue convertida en museo por la revolución bolchevique en 1921, en plena guerra civil con los zaristas, y su hermana María, Masha, se encargó de dirigirlo. Cuando llegó la Segunda Guerra Mundial, resistió a la invasión nazi: las tropas de Hitler ocuparon Crimea, y en Yalta se detuvo un destacamento de soldados alemanes al mando de un oficial nazi que pretendió dormir en la habitación de Chéjov. Masha, una anciana venerable que ya tenía ochenta años, se negó, con severidad, y los alemanes tuvieron que retirarse de la casa. Años después, llegaron el Ejército Rojo y la liberación: en febrero de 1945, el cercano palacio de Livadia acogió a Stalin, Roosevelt y Churchill para ordenar el mundo tras la gran matanza.
Chéjov era un hombre modesto: achacaba sus errores a su “falta de talento”, y se comportaba con rectitud: “Nunca he sobornado a nadie, ni he calumniado ni desprestigiado a nadie. He evitado la adulación, las mentiras y los insultos”, escribió poco antes de marchar a Sajalín. No recibió siempre el mismo trato: el escritor Nikolái Mijailóvich Yezhov, por ejemplo, que en presencia de Chéjov simulaba ser su amigo, lo criticaba y calumniaba en los círculos intelectuales. Antón Pávlovich ironizaba consigo mismo: poco antes de casarse con Olga Knipper, le escribe desde Niza firmando “matasanos retirado y dramaturgo a tiempo parcial.” Siempre ayudó a su familia, y observó el alma rusa, presente en tantos de sus personajes, en la actitud de sus campesinos, en la desdicha de sus compatriotas. En la aparente trivialidad de sus escenas, latía una apasionada fe en el ser humano, aunque conociese a la perfección sus miserias y sus contradicciones y, en ocasiones, las criticase con dureza; vivía una cálida fraternidad que le había llevado a luchar contra la enfermedad y la miseria, y a intentar mejorar en lo posible la vida de sus vecinos: en Mélijovo, hizo construir tres escuelas y un puente sobre el río, y atendió a los campesinos enfermos sin cobrar por ello.
Junto a sus cuentos y obras teatrales, escribió sin descanso cartas, como hicieron Gógol, Turguénev, Dostoievski y Tolstói: de los treinta volúmenes de sus obras completas, doce son de correspondencia. Su teatro reflejaba fielmente la vida. No todos sus relatos muestran su maestría; hay muchos prescindibles, aunque no compartamos la severidad de Hemingway (“Chéjov escribió unas seis buenas historias, pero era un escritor aficionado”). En los cuentos, en su teatro, aparece siempre la vida desbordada y cruel que el zarismo había impuesto a Rusia y a sus campesinos. Chéjov era un joven de poco más de veinte años cuando Alejandro II fue asesinado en 1881, y su sucesor, Alejandro III, no sería mejor. En El pabellón número 6, obra que impresionó a Lenin, Chéjov, aunque no citase a sus gobiernos (había que pasar siempre la censura imperial) trazó una severa mirada sobre el zarismo, igual que en su libro sobre Sajalín. Su aversión a la tiranía era evidente: en Yalta, jamás quiso presenciar la caravana imperial cuando pasaba por las calles. La abyección zarista, que pudo constatar en Sajalín, con presidiarios arrojados a la muerte y condenados convertidos en demonios de Lérmontov, había sumido a Rusia en un pantano de sangre y estiércol, en un agujero atormentado. Ese “viaje al infierno” de la deportación que hizo Chéjov se convirtió en unas páginas desoladoras, semejantes a las que habían escrito Dostoievski, Kropotkin y Maksímov sobre el universo carcelario del zarismo. La muerte silenciosa, la esperanza que se ahoga en la inutilidad de la vida, la miseria de campesinos y obreros, la tala de los cerezos, muestran la vieja Rusia que ya esperaba un gran cataclismo y se aflige entre la hipocresía mercenaria del Zapoikin de El orador y la miseria del carpintero Yakov de El violín de Rothschild, obligado a vivir en una sola habitación entre sus propios ataúdes.
Chéjov era el niño que cantaba en el monasterio griego de Taganrog, el médico que anotaba en sus libretas el obstinado susurro de los pobres, y el hombre que veía el final de su vida mientras atendía las noticias de la guerra ruso-japonesa en 1904. En sus cuentos, Chéjov se detiene en la lucidez de quien no espera nada, en la insatisfacción de quien persigue una vida tranquila y descubre la angustia de una existencia vacía; pero muestra aquí y allá la esperanza y el deseo de otra verdad. El desolador alegato final de Sonia al tío Vania que parece no dejar resquicio a la esperanza, el tedio de una vida sin horizontes, la amargura de una mirada inmóvil y perdida, el sufrimiento interminable y la ternura de esos seres humanos sobre quienes cae el olvido del mundo, estaban en los cuadernos del hombre que se acercó a los tártaros de Crimea, del escritor que amaba profundamente Moscú, su bullicio, el tañido de las campanas de los centenares de iglesias: la ciudad con la que soñaban las tres hermanas, Masha, Irina y Olga, la vida de Rusia que estaba guardada en la libreta de Chéjov.

Higinio Polo
El viejo topo

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