domingo, octubre 12, 2008

Lecciones de la mayor estafa (publicitada) de la historia

Portada de la revista «Time» del 29 de setiembre sobre el colapso de Wall Street: «El precio de la codicia», con un fotomontaje de un toro (muy macho) llorando. Portada de la misma revista del 13 de octubre: «Vuelven los tiempos duros», con una conocida foto de la crisis del 29 en la que se ve gente haciendo largas colas en New York para conseguir un plato de sopa... Las bolsas se hunden; hay falta de confianza; el paro aumenta; nuestros ahorros peligran... Una vez más, quieren que interioricemos que todo es debido a la propia naturaleza humana (en este caso, a uno de los siete pecados capitales, la avaricia) y que, por ello, nos enfrentamos a una nueva plaga bíblica o a los conocidos siete años de vacas flacas (burbujas que revientan), que suceden a los correspondientes siete años de vacas gordas (burbujas que se inflan). ¡Castigo de Dios! por haber creído, nosotros también, en las virtudes milagrosas del libre mercado y del «capitalismo popular» y haber olvidado las sabias palabras de Tomás de Aquino de que el dinero es infecundo y, por tanto, «no puede engendrar dinero» porque supone obtener beneficio sin trabajar y aún durmiendo, lo cual va contra la ley del Señor que dice: «Comerás con el sudor de tu frente». ¿Seguro que Bush y su equipo de halcones leen la Biblia?
La cuestión es paralizarnos por el miedo, anestesiarnos el justo e imprescindible derecho a la rabia y a la protesta, hacernos creer que el menor de los males es inyectar dinero a los banqueros, impedirnos interpretar que, detrás de todo esto, hay víctimas (nosotros) y hay culpables, y que esos culpables no son sólo (que también) unos trileros o unos despiadados tiburones que han aparecido por ahí, por Wall Street o internet, haciendo de las suyas, sino parte inherente al sistema capitalista que, por su propia naturaleza, se basa en la especulación y que, como decía Marx, tiene por objetivo básico multiplicar su dinero al máximo, pasando lo menos posible por el penoso proceso de la producción.
La sed de beneficio, es decir, el robo, es el motor último del capitalismo. Y los estados capitalistas (las democracias burguesas) son sus representantes y por ello, precisamente, vehiculizaron a partir de los 80, con Reagan y Thatcher, la desregularización y liberalización de los mercados de capitales en un momento en que, en nombre del neoliberalismo, protegieron a los grandes frente a la crisis de sobreacumulación. Ello ha supuesto que la desconexión entre la economía real (en estancamiento) y la especulativa (febrilmente activa) sea cada vez más abismal. Y sin plusvalía real, a largo plazo, no hay especulación que valga. Por eso, detrás de esta nueva burbuja, vendrán otras, quizás más catastróficas. No se trata pues de errores que hay que corregir imponiendo mayor control. Se trata de un sistema mortífero que va a pretender seguir imponiendo la ley del mercado al planeta entero y contra el que hay que pelear.
Ahora que, una vez más, nos quieren hacer cargar a la clase trabajadora con la mayor estafa económica (publicitada) de la historia, con esa obscena e impune sangría que pretenden taponar con cientos de miles de millones de dinero nuestro, quienes gobiernan los medios, los políticos y la «élite pensante» (esos avispados economistas que no dan una) pretenden que creamos que «todo va a ser diferente a partir de ahora». Según no paran de recordarnos esa nueva generación de agresivos ministros y ministras, consejeros y consejeras del I+D+i, la solución es «ser competitivos». El problema es que, tras la mágica palabra, se ocultan las viejas recetas de siempre: trabajos basura, precariedad, dobles jornadas de trabajo, reducción del gasto social, abaratamiento de los despidos, descenso del consumo, empeoramiento de la calidad de vida para la gran mayoría, inseguridad, paro..., mientras, de un modo cada vez más opaco, siguen privatizando el dinero y los servicios públicos, la sanidad y la educación, en cada vez menos manos. Ahí tenemos a Esperanza Aguirre para demostrarlo.
Estatalización de las pérdidas y privatización de los beneficios: «socialismo para los ricos y libre mercado para los trabajadores» que diría el demócrata Gore Vidal. Para el capitalismo, nunca existió ni existirá el libre mercado. Y es que, como recuerda James Petras, es él quien, a través del Estado, controla los presupuestos, los impuestos, las inversiones y los incentivos. Es él quien determina «quién debe regular a quién, a qué costo y en beneficio de quién», y eso que llaman competitividad no es sino aumento de la tasa de explotación de la gran mayoría.
En la recesión actual, es ese capitalismo parasitario el que, al tiempo que pide miles de millones a los gobiernos, exige que nadie se los controle y que, eso sí, exista un control presupuestario estricto y notorios recortes en lo social. El cinismo llega hasta el punto de que, en el Estado español, se baraja la posibilidad de conceder una amnistía fiscal «para que aflore el dinero negro procedente de operaciones de billetes de 500 euros» y haya así más liquidez. La medida, dicen, podría afectar la moral del contribuyente, pero se llevaría a cabo ¡para proteger un bien mayor!
Esos economistas burgueses, incapaces de presagiar este colapso porque su única función es justificar un sistema degenerado y en quiebra, esos «gurús» que teorizaban sobre las virtudes del neoliberalismo y las maravillas de la «ingeniería financiera» (que ahora, en un brusco cambio semántico, llaman «productos tóxicos»), proclaman ahora enfervorecidamente que la solución pasa por una mayor regulación y planificación y por recuperar la confianza, porque es la confianza (o la falta de ella) la que determina el crecimiento o la recesión capitalistas. Olvidan (o quieren olvidar) que el sistema capitalista, por su propia naturaleza, no puede ser regulado ni planificado, y que el grado de confianza está arraigado en condiciones objetivas: la actual crisis no es producto sino causa del absoluto recelo ante la situación generada por un largo período de especulación incontrolada.
Además, carentes de cualquier atisbo de memoria histórica, no contemplan el hecho de que el capitalismo sale de sus crisis con un claro aumento de concentración de capital. Nos hablan de millonarias «pérdidas», como si los billetes desaparecieran de pronto de la chistera, pero el dinero ganado no se ha volatilizado: al reventar la burbuja, lo que sí puede haber hecho es cambiar de manos, como lo demuestra la cantidad de adquisiciones que está habiendo y que anuncian el mayor nivel de concentración bancaria de la historia. No está habiendo, como dicen, nacionalizaciones de bancos. El pueblo no es ahora propietario de banco alguno. Lo que ha hecho el Estado es comprar sus pérdidas con el dinero de los contribuyentes, para volverlos rentables y revenderlos a sus «legítimos dueños» para que sigan haciendo de las suyas... que para eso son banqueros con contabilidades paralelas.
Como recuerda Alan Woods en «La crise du capitalisme mondial», Lenin señalaba que la política es economía concentrada. Esta crisis económica que asola el mundo tiene y va a tener serios efectos sicológicos en todas las clases sociales. Mientras hemos vivido con «cierta alegría», la ideología burguesa sobre las maravillosas virtudes del sistema ha calado en la clase obrera y, muy principalmente, en sus cada vez más degeneradas organizaciones políticas y sindicales, repletas de cuadros con el porvenir asegurado. Pero ahora que nos va a tocar pagar la recesión y «cargar con el muerto» tenemos que recuperar las ideas fundamentales del socialismo. No queremos un capitalismo del siglo XXI. Queremos un socialismo del siglo XXI.
La mundialización se manifiesta como una crisis mundial del capitalismo. El capitalismo no es ineluctable ni eterno. No se trata pues de ayudar a los mercados a «salir del paso», ni de salvar a los banqueros. Se trata, como dice Petras, justamente de lo contrario: de socorrer a los desamparados y penalizar a los acaudalados. Se trata de eliminar la dictadura del capital financiero, terminar con la economía de casino, arrancar al sector privado las principales palancas de la economía, nacionalizando la banca, las compañías de seguros y las grandes empresas. Sólo cuando la sociedad controle las fuerzas productivas se podrá realizar un plan de producción racional en beneficio de la mayoría y no de un puñado de riquísimos parásitos y especuladores.
Como decía Victor Hugo y recuerda Alan Woods: «Ningún ejército es más poderoso que una idea a la que le ha llegado ya la hora».

Alizia Stürtze
Gara

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