martes, octubre 07, 2014

Elecciones en Brasil: Un petismo evangélico aliado a la vieja política



Las elecciones brasileñas han atraído el interés internacional y en particular en América Latina más allá de la envergadura territorial y poblacional del país. Se desarrollan en un marco de convulsión mundial y de crisis políticas severas en la región, que incluyen al propio Brasil. ¿En qué dirección inclinan el proceso político general?
La escasa distancia entre la candidatura oficial y la de la oposición, con vistas al segundo turno, 41.5 contra 33.6, implica una derrota para el gobierno. Aunque ganó en los estados de Minas Gerais y Bahía, fue severamente batido en los de Sao Paulo y Rio Grande do Sul – este último la cuna del ascenso electoral del PT. Dilma Roussef obtuvo la menor proporción de sufragios desde que Lula ganara la presidencia en 2003. La filiación petista de la presidenta de la Nación disimula el carácter real del gobierno brasileño, que es, por un lado, una alianza con el PMDB, el más importante del país, configurado bajo la dictadura militar, y, por otro lado, con la derecha evangélica, que impone a la coalición oficial una agenda clerical y confesional de características extremas. Los votos del oficialismo responden a esta coalición. La expresión “gobierno del PT” no pasa de ser un eufemismo, que adorna al oficialismo con oropeles progresistas. Los acontecimientos de corrupción más destacados durante la gestión ‘petista’ están relacionados, precisamente, con la ‘necesidad’ de mantener en redil a una mayoría parlamentaria disparatada.
¿Cuáles son las reflexiones más importantes que plantean estos resultados?
La más importante es, seguramente, que no han traducido la enorme rebelión popular del año pasado contra los aumentos de tarifas del transporte y de protesta por el derrumbe de los servicios públicos esenciales. Los partidos y coaliciones establecidos se han beneficiado, en forma desproporcionada, de las contradicciones del movimiento popular, en cuyo seno operan la burocracia de los sindicatos, en especial la oficialista CUT; el oportunismo electorero de un sector de la izquierda (PSOL), que solamente tiene en la mira el carrerismo parlamentario; la debilidad de los sectores clasistas en los sindicatos y en la juventud. En estas condiciones, las elecciones funcionan como un espejo distorsionado de la realidad histórica de Brasil. Las encuestas privadas y los medios de comunicación han vuelto a mostrar su carácter manipulador en este cuadro distorsivo, bajando y subiendo las posibilidades de cada candidato, según circunstancias y conveniencias. La volatilidad pre-electoral es un síntoma fuerte de la enorme desconfianza del electorado frente a las opciones en presencia.
Han quedado en el primer lugar las fuerzas políticas responsables de la recesión industrial – en especial los cierres y suspensiones en la industria automotriz -, la inflación y la suba de la desocupación. La deuda pública de Brasil supera el 60% del PBI, por cerca de u$s 700 mil millones, y peor es aún el endeudamiento privado, que se acerca al ciento por ciento del producto. La entrada de capital especulativo para aprovechar la diferencia monumental de tasa de interés con los mercados internacionales ha sido extraordinaria, y ahora enfrenta una reversión de tendencia. El temor a la fuga de capitales ejerce una presión enorme sobre la tasa de interés de Brasil, que a su vez repercute en forma negativa sobre el financiamiento de la industria y sobre el crédito al consumo, que se encuentra en niveles muy altos. El ‘ascenso a la clase media’, que ponderan los medios internacionales, es una consecuencia del “cartao” - la tarjeta de crédito. El Brasil pos-electoral será el del ajuste y el de la acentuación de la ‘conflictividad’ social. La salida de capitales ya se ha traducido en una devaluación del real, más o menos significativa.
En ausencia de un protagonismo popular independiente, las elecciones se han confinado a una disputa entre los sectores dominantes. ¿En qué consiste esta disputa? Dilma Roussef, la presidenta, anunció con bastante anticipación que se desprendería, en un segundo mandato, del equipo económico actual. Buscó, de este modo, absorber la presión de ‘los mercados’, cuya preocupación fundamental es que el Tesoro de Brasil tenga la capacidad de honrar el pago de la deuda externa y aumentar los ‘incentivos’ para que el capital especulativo no se escape del país. Entre los ‘incentivos’ no figuran solamente los congelamientos de salarios y la reducción de gastos sociales. Un lugar importante lo ocupan la liberación del comercio exterior y el cambio de política petrolera. Los esfuerzos del gobierno por firmar un acuerdo de libre comercio con la UE han sido bloqueados por Argentina, de donde derivan las exigencias opositoras (y del candidato del Frente Amplio de Uruguay) para debilitar el Mercosur y ‘liberar’ a la política brasileña de la kirchnerista.
Dentro del campo ‘nacional y popular’, como se ve, hay también una división de estrategias. Más precisamente, ceden ante la presión de la crisis y del capital internacional. Nada menos que el ex presidente de la venezolana Pdvsa, Rafael Ramírez, fue eyectado de su cargo cuando planteó la necesidad de devaluar el bolívar y liberar los cambios. En el tema del petróleo, el oficialismo brasileño enfrenta la presión para que Petrobrás responda a los intereses de sus accionistas privados (aumento del precio de la nafta y giro de dividendos mayores) y otorgue más espacio a las petroleras internacionales en la explotación de la plataforma marítima. El ascenso inesperado de la oposición encarnada por el PSDB (Aécio Neves) responde a esta tendencia capitalista frente a la crisis. El oficialismo ya se pronunció a favor de tener en cuenta estos reclamos.
En los círculos financieros se ha otorgado a la posibilidad de una derrota del oficialismo brasileño una capacidad de incidencia en la crisis de Argentina mayor que el ‘dólar blue’ o el ‘contado con liqui’. Marcaría, dicen, un cambio irreversible de tendencia y precipitaría un desenlace más rápido de esa crisis. Se trata de una verdad a medias, porque ese cambio de tendencia se encuentra ya cómodamente instalado en el oficialismo brasileño. Es mayor, incluso, la capacidad del gobierno de pegar un volantazo que la oposición, esto porque el gobierno tiene mayor capacidad de control popular y una cintura mayor para el arbitraje en una coyuntura de incremento de la movilización de masas.
Las elecciones brasileñas muestran el final de un ciclo y que la burguesía no puede seguir gobernando como lo venía haciendo. Esto anticipa una transición y, por lo tanto, una crisis de conjunto. Hace falta ahora que los trabajadores, a través, obviamente, de luchas parciales crecientes, desarrollen su propia alternativa política.

Jorge Altamira

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