martes, septiembre 29, 2020

Un largo trueno que después retumba: 80° aniversario de la muerte de Walter Benjamin


La construcción de un punto de partida para una teoría materialista de la cultura, para volver a poner todo sobre sus pies.

Reseñar un nuevo aniversario de la muerte –el suicidio en Portbou el 26 de septiembre de 1940- del teórico alemán Walter Benjamin, a partir de las citas de sus libros, como un “montaje literario”, donde no haya nada que decir, “solo que mostrar”, podría ser un ejercicio de homenaje para recordar a un autor que ha sido objeto de los usos más diversos y contradictorios. El principal: el borrado de sus planteos más radicales.
 Al fin de cuentas, su proyecto inconcluso, ese que entrevió en la década del veinte y sobre el que volvería a mediados de los treinta una y otra vez, el Libro de los pasajes, iba a seguir ese “método” de ensamblado, “el arte de citar sin comillas hasta el máximo nivel”, como resultado de haber coleccionado “cualquier cita casual, cualquier mención pasajera de un libro”, como si se tratara de “levantar las grandes construcciones con los elementos constructivos más pequeños, confeccionados con un perfil neto y cortante” para descubrir “en el análisis del pequeño momento singular el cristal del acontecer total”. ¿Y cuál era ese “acontecer total”?
 El plan original apuntaba a iluminar la cultura del siglo XIX a través de los pasajes parisinos, pero luego –y las recomendaciones de Theodor Adorno y Max Horheimer para que estudiara El Capital habrían sido clave en la reformulación- se trataría de leer esa superestructura a través del prisma de “la determinación del carácter fetichista de la mercancía”. Así los panoramas, las exposiciones, los grandes almacenes se revelaban como “la alta escuela donde las masas, apartadas del consumo, aprendieron a compenetrarse con el valor de cambio: verlo todo, no tocar nada”, donde “los consumidores comienzan a sentirse como masa” y se acrecienta “el elemento circense y espectacular del comercio”. Una economía de mercado donde “empezamos a reconocer los monumentos de la burguesía como ruinas, antes incluso de que se hayan derrumbado”.
 En otras palabras, el Libro de los pasajes pretendió ser una continuidad del pensamiento de Marx, un pasaje de la anatomía del capital a la de la cultura no en términos de reflejo -una teoría a la que consideraba ya superada- sino de correspondencia o expresión: “Marx expone el entramado causal entre la economía y la cultura. Aquí se trata del entramado expresivo. No se trata de exponer la génesis económica de la cultura, sino la expresión de la economía en su cultura”. 
 En definitiva, construyó el punto de partida para una teoría materialista de la cultura para volver a poner todo sobre sus pies: “La barbarie se esconde en el concepto mismo de cultura”, porque se concibe “como un tesoro de valores que, si bien no son independientes del proceso productivo del que surgieron, lo son respecto de aquel en el que perduran. Sirven así a la apoteosis de este último, por bárbaro que pueda ser”. O en otro pasaje: “La autonomía del arte tiene su origen en el encubrimiento del trabajo”. 
 Como imágenes fractales –Benjamin hablaba de “imágenes dialécticas en reposo”, de “campos de fuerza”-, las citas y comentarios del Libro de los pasajes también encienden sus ensayos previos (sobre el surrealismo, sobre el artista como productor, sobre la obra de arte) o póstumos, como Tesis sobre la filosofía de la historia. 
 La misión de “pasar el cepillo a contrapelo”al pasado –el del siglo XVIII en el drama barroco o el del siglo XIX en Libro de los pasajes– no busca arrojar luz sobre el presente (ni a la inversa) sino a recuperar la imagen donde “lo que ha sido se une como un relámpago al ahora en una constelación”. La historia es “el objeto de una construcción” donde “ni siquiera los muertos estarán a salvo del enemigo, si este vence”. Pero incluso en aquel “instante de peligro”, condicionado por la catástrofe, también escribió que “El sujeto del conocimiento histórico es la misma clase oprimida que combate”. Será, entonces, la clase obrera la que puede hacer saltar “el continuum de la historia en el instante de su acción”, la que puede introducir “un nuevo calendario”.

 Santiago Gándara

 Salvo las citas del último párrafo, las restantes pertenecen a Libro de los pasajes (Akal, 2005).

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