domingo, agosto 05, 2007

LA ECONOMIA DEL CONOCIMIENTO Y EL SOCIALISMO: ¿HAY UNA OPORTUNIDAD PARA EL DESARROLLO?

Dr. Agustín Lage. Centro de Inmunología Molecular

Los resultados de la Revolución Cubana en la formación masiva de capital humano y en la construcción de una base material y de cuadros para la investigación científica, han sido ampliamente divulgados, y son reconocidos por amigos y enemigos. Pero esto es solo la mitad de la historia. Mucho menos estudiado ha sido el esfuerzo por conectar la ciencia con la economía.

Este artículo pretende introducirse precisamente en esa segunda mitad de la historia; más reciente y quizás menos obvia que la primera. Este segundo proceso (la interconexión de ciencia y economía) no es espontáneo: requiere estrategia y conducción. Tampoco es independiente del contexto sociopolítico concreto, nacional e internacional.

En realidad, ambos procesos, técnicos en primera aproximación, tienen una lectura política. Subyacente al enorme esfuerzo educacional y la masiva formación de recursos humanos, está la posibilidad de inversión social que se genera cuando los excedentes de la producción dejan de estar en manos de una burguesía consumidora, y anti-nacional, como la que existe en los países subdesarrollados de capitalismo dependiente.

Los fenómenos sociopolíticos que subyacen al proceso de interconexión de la ciencia con la economía son menos evidentes a primera vista y han sido menos estudiados en la literatura. Ello se debe a que el impacto directo de la creación y de la circulación organizada de conocimientos en la economía es un fenómeno relativamente reciente (se populariza el término Economía del Conocimiento a partir de la década de los 80) y no ha habido tiempo histórico suficiente para acumular datos empíricos y extraer de ellos las regularidades.

Además, la literatura disponible sobre Economía del Conocimiento proviene principalmente de los países capitalistas industrializados, y al igual que mucha otra literatura económica proveniente de ahí, abunda en el tema de la gestión pero soslaya el tema de la propiedad, que es el determinante fundamental de los vínculos entre el desarrollo de las fuerzas productivas y la conformación del sistema social de relaciones entre los hombres. Tal limitación explica la incapacidad de muchas aproximaciones teóricas al tema de la Economía del Conocimiento, para describir adecuadamente lo que está sucediendo y diseñar propuestas para la acción consciente.

Tal limitación explica también la ingenuidad de ver la función social de la ciencia como “neutra” o inherentemente liberadora, y la incapacidad para descubrir (y denunciar) su rol dual: como instrumento de dominación y polarización creciente de la humanidad, y como oportunidad de desarrollo y conquista de la justicia social.

El autor de este trabajo no es un economista, ni tampoco se desempeña en el estudio de la ciencia como proceso social. Esto puede explicar (y quizás excusar) las limitaciones que un lector experto encontrará. Pero ha tenido la oportunidad de trabajar en la transformación de un colectivo científico académico en una organización de “investigación-producción” dentro del sistema de la Biotecnología Cubana, experiencia esta repetida en Cuba por varios colectivos y en la que se han hecho evidentes, en la práctica concreta, las complejidades y oportunidades inherentes a la construcción de conexiones sostenibles entre la ciencia y la economía. Esto podría explicar la percepción del deber en dejar expuestas las ideas que han ido surgiendo, con la esperanza de que sirvan a otros como “materia prima” para la sistematización de un pensamiento sobre el tema.

La experiencia cubana en este campo (no solo en el desarrollo científico en sí, sino en la vinculación de la ciencia con la economía) tiene la particularidad de ocurrir en un país sin desarrollo industrial precedente, de economía pobre (en términos de PIB); y de apoyarse además en posibilidades del socialismo.

En América Latina, durante los años 90, fue la única alternativa al neoliberalismo que se llevó de manera consecuente a la práctica. En el momento en que se escribe este trabajo, los procesos populares revolucionarios en Venezuela y Bolivia están construyendo también sus propios caminos.

No obstante, en este campo específico de la Biotecnología, la experiencia cubana sigue siendo singular y por tanto de indispensable análisis para la comprensión, que apenas se está empezando a conformar, del impacto social y de la peculiar mezcla de amenazas y oportunidades, vinculados a las nuevas funciones del conocimiento en los sistemas económicos.

El camino que proponemos recorrer en este trabajo parte de la descripción de algunos rasgos y datos esenciales de la obra fundacional de construcción de capacidades científicas en Cuba, así como de su expresión en el caso particular de la Biotecnología para intentar después discutir cómo el esfuerzo por lograr que esas capacidades se expresen también como un activo de la economía socialista cubana en sus relaciones y batallas con el capitalismo circundante, pone de manifiesto los mecanismos por los cuales la ciencia puede operar como instrumento de opresión en manos del capital, o como instrumento de liberación en manos de los oprimidos.

El lector encontrará entonces en este trabajo cuatro tesis principales:

La primera es que la experiencia exitosa de la Biotecnología Cubana, aunque es frecuentemente divulgada y comprendida en sus impactos médicos y científicos, es esencialmente una experiencia de construcción de conexiones entre la ciencia y la economía. Ese es el proceso principal.

La segunda es que lo que está sucediendo en el sector de la Biotecnología en Cuba es expresión de un fenómeno más amplio dado por el surgimiento de una Economía basada en el conocimiento, que se expresa primariamente en sectores de alta tecnología, como la biotecnología, la microelectrónica, las telecomunicaciones, el software, etc., pero que irá penetrando crecientemente todas las ramas de la economía.

La tercera es que la ciencia, al insertarse cada vez más en los sistemas económicos asume un papel dual: por una parte puede convertirse en una amenaza para las aspiraciones de desarrollo económico y justicia social, a medida que el sistema capitalista reacciona intentando privatizar el conocimiento y usarlo para ampliar aun más las desigualdades; pero por otra parte puede convertirse en instrumento de liberación y desarrollo en la medida en que el intento de privatización del conocimiento hace más evidente las contradicciones del capitalismo. Así, la construcción de conexiones eficientes entre la ciencia y la economía se convierte en un componente esencial de la lucha histórica por acelerar el tránsito del capitalismo al socialismo.

La cuarta es que, como todos los aspectos de la construcción del socialismo, este proceso es algo que no se puede dejar en manos de mecanismos ciegos, sino que requiere conducción consciente, en lo cual la experiencia cubana ya va dejando conocimientos que merecen ser sistematizados.

ANTECEDENTES: LA FORMACIÓN DE CAPITAL HUMANO

Cuando en enero de 1960 Fidel Castro dijo que “el futuro de nuestra patria tiene que ser necesariamente un futuro de hombres de ciencia, de hombres de pensamiento”, el país tenía más de un 20% de analfabetos.

En la campaña de alfabetización de 1961 participaron 271 000 alfabetizadores voluntarios y 700 000 personas fueron alfabetizadas. Esta épica batalla fue continuada por la formación masiva de maestros, la creación de un sistema de educación totalmente gratuito, la construcción de escuelas primarias, secundarias y preuniversitarios en todas las provincias y la expansión de la educación superior.

Entre 1959 y el 2002 la cantidad de escuelas pasó de 7 679 a 12 717, el personal docente se multiplicó por 10, pasando de 22 800 a 258 000 y la matrícula total en todos los niveles de enseñanza pasó de 811 300 a 2 430 000.

La cantidad de centros de educación superior ascendió de 3 a 54, con presencia de la docencia universitaria ahora en todas las provincias del país y un proceso en marcha de expansión hacia todos los municipios, con más de 900 filiales universitarias.

Conjuntamente con la red educacional, y partiendo de bases prácticamente inexistentes en la etapa prerrevolucionaria, comenzó a surgir y a expandirse la red de instituciones de investigación científica hasta llegar a su composición actual de 221 centros de investigación, en donde laboran más de 31 000 personas. El número de investigadores dedicados en jornada completa a la investigación científica se estimó en el año 2000 en 5 378, para un indicador de 1,15 por cada 1000 personas en edad económicamente activa. Si se incluyen también los profesores universitarios, este indicador sube a 3,0, cifra muy superior a la media de América Latina y equivalente a las estimadas para España, Holanda o Austria.

A partir de la década de los setenta, miles de jóvenes científicos complementaron su formación en el extranjero. Hasta diciembre de 2000 se habían entregado en el país 5 662 títulos de Doctor en Ciencias.

Cuba tiene actualmente los índices de maestros por habitante (y de médicos por habitante) mayores de mundo.

Este proceso educacional tuvo y sigue teniendo dos profundas raíces políticas. Una es el abandono de la ingenua idea de algunas teorías del desarrollo que suponen que la educación, la salud, la ciencia y la cultura vendrán algún día como consecuencia del desarrollo económico. La estrategia práctica de la Revolución Cubana fue exactamente la inversa: la educación, la salud, la ciencia y la cultura son, en el mundo actual, pre-requisitos del desarrollo económico. A ellos hay que acceder directamente y rápido.

El acceso a la educación, la salud y la cultura además, tiene que ser masivo y equitativo. Esto hay que construirlo con voluntad política y no dejarlo en manos de supuestos mecanismos espontáneos. La justicia social se alcanza desde la política, no desde la economía. El desarrollo económico vendrá después, apoyándose en esto.

La otra raíz política nutricia del desarrollo educacional está en el origen de los excedentes económicos que hacen posible la inversión en capital humano. Estos recursos existen, aun en las economías subdesarrolladas, pero son apropiados por las burguesías nacionales (antinacionales) y en gran parte transferidos hacia las economías de los países ricos.

La interrupción revolucionaria de este círculo vicioso del subdesarrollo puso en manos del país los recursos necesarios para el impulso educacional masivo. Esa base de capital humano sirvió de plataforma de despegue para el desarrollo científico de los últimos 20 años.

EL SECTOR DE LA BIOTECNOLOGÍA EN CUBA Y SUS REGULARIDADES

La Biotecnología es esencialmente un proceso industrial, en el que las conexiones con la investigación científica (que todos los procesos industriales tienen) son muy evidentes. Pero lo esencial es el proceso de fabricación. Como todo proceso de fabricación implica una transformación de materias primas en productos finales; y la particularidad de la biotecnología consiste en que esas transformaciones ocurren en el interior de una célula viva. La célula funciona como fábrica.

Procesos fermentativos en los cuales un cultivo celular produce a escala industrial determinado producto (etanol o antibióticos por ejemplo) han existido desde hace mucho tiempo. El hecho nuevo a finales de los años setenta fue el surgimiento de la ”ingeniería genética”: la capacidad para extraer, modificar o introducir a voluntad genes en una célula, y cambiar así su metabolismo para hacerla producir determinado producto.

Esta fusión de las tecnologías fermentativas para el cultivo celular en gran escala con tecnologías de modificación genética de las células, dio origen a una nueva industria, que se expresó en el surgimiento de cientos de pequeñas empresas, lo cual comenzó en algunos lugares de Estados Unidos en la década de los ochenta y en Europa 10 años después.

Como unos años antes había ocurrido con la computación y la microelectrónica, surgía ahora también con la Biotecnología, un sector industrial que conectaba de manera muy visible y directa la investigación científica con el desarrollo de procesos productivos y la comercialización.

En Cuba, movido por una clara voluntad política y con la conducción estratégica de Fidel, ocurrió un proceso de fundación de instituciones biotecnológicas que cristalizó en lo que hoy conocemos como el “Polo Científico” de la Biotecnología, y que agrupa más de 40 instituciones, con más de 12 000 trabajadores y 7 000 científicos. Es el complejo principal de instituciones, aunque no el único, pues también surgieron centros en otras provincias.

La creación del Polo Científico de la Biotecnología fue una inversión del Estado. Esta enorme inversión rompió el ciclo de “causalidad circular” que opera entre los bajos ingresos de la economía y la escasa inversión en ciencia y tecnología; que en los países subdesarrollados se condicionan mutuamente.

En cualquier aproximación al estudio de la Biotecnología Cubana llaman la atención tres fenómenos: la precocidad, la magnitud y los resultados.

En el momento en que surgen las instituciones que debían combinar la investigación científica con el desarrollo de nuevos productos y procesos productivos en este campo, la biotecnología era algo incipiente y solo en algunos de los países más industrializados. Aún hoy, la existencia de grandes instituciones biotecnológicas, con más de 1 000 trabajadores (como hay varias en Cuba) es excepcional en Estados Unidos y Europa, donde la empresa biotecnológica promedio tiene algo más de 100 trabajadores.

De hecho en el sector biotecnológico europeo completo se estima que trabajen no más de 60 000 personas.

No es el propósito de este artículo enumerar los productos, los resultados científicos y los económicos que han ido surgiendo del esfuerzo de la Biotecnología Cubana en los últimos 25 años. No obstante, al lector carente de información previa pueden serle útiles algunos apuntes:

Más de 20 biofármacos y vacunas incorporados al Sistema de Salud.

Más de 900 patentes depositadas.

Vacunas novedosas, con tecnología propia, tales como la meningitis B y la del hemofilus.

Cuba es actualmente el país del mundo con mayor intensidad y cobertura de vacunación (13 vacunas) en el mundo.

Drástica reducción de la incidencia de hepatitis B (resultado de la vacuna recombinante), llegando a cero en la población menor de 15 años de edad.

Acceso amplio de toda la población a medicamentos de alta tecnología (interferones, eritropoyetina, anticuerpos monoclonales y otros).

Red nacional de inmunodiagnóstico de alta tecnología que conduce a pesquizaje perinatal con cobertura total para varias enfermedades.

Nuevos medicamentos para la reducción del colesterol y el tratamiento del infarto.

Red nacional de neurodiagnóstico con equipos de alta tecnología.

Nótese que en esta enumeración hay datos no solo sobre productos y tecnologías, sino sobre su impacto en modificación de indicadores de salud a escala poblacional. En esto hay que leer no solo un fenómeno sanitario, sino un indicador del nivel de inserción de la ciencia en su contexto social.

Volveremos más adelante sobre este concepto de que el desarrollo científico es básicamente el desarrollo de sus conexiones y su integración con otros procesos sociales.

Los productos de la Biotecnología Cubana se exportan hoy a más de 50 países, y generan un flujo de caja positivo, que permite financiar la propia expansión del sistema. Estos resultados son aun más notables vistos en el contexto de la lenta maduración de la biotecnología como sector industrial en el mundo. Más de la mitad de las empresas biotecnológicas norteamericanas y la gran mayoría de las europeas, no han logrado transitar a una rentabilidad por sus propias ventas; y el sector de la biotecnología en su conjunto, tanto en Norteamérica como en Europa se mantiene en “flujo de caja negativo”, consumiendo dinero, que extraen de las abundantes fuentes de capital (inversionistas de riesgo, bolsa de valores, etc.) que existen en las economías de los países ricos.

También el surgimiento de la biotecnología en Estados Unidos coincidió en tiempo con el crecimiento de la economía especulativa en el mundo capitalista desarrollado, que desacopló en gran medida los flujos financieros de la producción material; y la biotecnología no escapó a las influencias de esa tendencia.

¿Qué puede explicar entonces el fenómeno de que la Biotecnología Cubana, surgida en un país sin desarrollo industrial previo y bajo el bloqueo paranoide de la mayor potencia del capitalismo mundial, haya logrado construir en unos años balance económico positivo, impacto en salud, cartera de productos, base de patentes y en fin, crecimiento?

Los cubanos tenemos la obligación de hacer este análisis. No podemos dejarlo en manos de quienes “nos estudian” desde afuera, en el mejor de los casos con una carga visible de superficialidad y prejuicios, y en otros con intencionalidad ideológica.

Por supuesto que un análisis amplio de este tema no puede hacerse en un solo trabajo, ni mucho menos por una sola persona. Lo que sigue debe verse como una enumeración de hipótesis, que pueden servir de punto de partida.

Son estas:

La Biotecnología Cubana partió de una sólida base de inversión previa en educación y en salud. Sobre esto ya hemos hablado en la sección sobre “La Formación de Capital Humano”.

La Revolución, en su ejecutoria práctica, fue muy coherente con la idea de que la educación y la salud no se pueden asumir como consecuencias distales del desarrollo económico, sino como derecho de ejercicio inmediato y como pre-requisito para el desarrollo. Sin los resultados de ese esfuerzo colosal hubiese sido imposible el surgimiento de la Biotecnología en los ochenta.

La Biotecnología Cubana fue una inversión del Estado socialista. Nunca hubiese sido posible por mecanismos “de mercado”; con su proverbial orientación de corto plazo. La voluntad política y la conducción estatal hicieron posible en Cuba además, el mantenimiento del esfuerzo inversionista aun durante el período especial.

La propiedad social garantizó y garantiza la integración entre el esfuerzo de las diferentes instituciones. El despegue no hubiese sido posible si hubiésemos caído en la trampa de competir unos contra otros. Es precisamente esa ilusión de competencia lo que fragmenta el esfuerzo incipiente de otros países del tercer mundo en este campo, y crea “costos de transacción” para negociaciones internas, que se vuelven paralizantes.

Las instituciones se diseñaron como “Centros de Investigación-Producción-Comercialización”, quedando así bajo una sola administración el “ciclo completo” desde la investigación científica, pasando por el desarrollo de productos y procesos productivos y llegando a la comercialización, incluidas las exportaciones.

Se estrecharon así las conexiones entre investigación y producción en ambos sentidos: en la dirección de acelerar el tránsito de resultados científicos hacia nuevos productos y procesos; y en la dirección de utilizar la información proveniente de la producción y el mercado para fertilizar el diseño de nuevos proyectos de investigación.

Asimismo, surgió una institución de nuevo tipo, que no se ajusta al esquema presupuestado de los centros científicos tradicionales, dado que produce, exporta y reinvierte parte de sus ganancias, ajustando los planes a las oportunidades económicas; pero que tampoco se ajusta al esquema empresarial de la economía tradicional, dado que debe tener en cuenta proyectos de rentabilidad en el largo plazo, debe conducir investigaciones a riesgo y debe proteger sus recursos humanos aun en períodos de dificultades económicas.

Aun tenemos pendiente la tarea de institucionalizar las características y procesos de este nuevo tipo de organización, que surgió en la Biotecnología pero que seguramente se extenderá a otros sectores de nuestra economía.

La Biotecnología Cubana se planteó una estrategia económica esencialmente exportadora. Es así por una razón práctica y una ideológica. En términos prácticos el mercado doméstico de los países pequeños no tiene volumen suficiente para generar operaciones que absorban los costos fijos de la investigación científica y del sistema de garantía de calidad. De hecho, las ganancias de las exportaciones son las que financian el componente en divisa de las producciones que se destinan a satisfacer (con toda prioridad) la demanda nacional.

Más importante aun que esta motivación práctica, es el concepto ideológico de que las relaciones de los Centros de la Biotecnología con el Sistema de Salud no pueden tener carácter “de mercado”. El pueblo cubano no es “un cliente”: es el dueño socialista de las instituciones.

La investigación científica recibe un tratamiento “de inversión”. No se trata de proyectos con salida impredecible que se asuman como “gasto presupuestado”. Cada proyecto tiene un pronóstico de impacto económico y una tasa de retorno esperada.

Aun aceptando que los proyectos de investigación-desarrollo tienen un componente de riesgo mucho mayor que el de otros proyectos de inversión (la ciencia es por definición el espacio de lo desconocido), el ejercicio de diseñar desde el principio el ciclo completo de la transformación del resultado científico en producto novedoso y de este producto en proceso productivo con realización económica, es un ejercicio imprescindible para no perder el rumbo en este tipo de institución cuyo rasgo esencial está precisamente en la interconexión estrecha entre la ciencia y la economía. La labor del dirigente científico aquí es gestionar eficazmente esta construcción de conexiones.

La motivación de los trabajadores. En la Biotecnología, como en otras industrias de la llamada Economía del Conocimiento, la productividad depende directamente de la creatividad de los trabajadores y esta a su vez de la motivación.

El éxito de la Biotecnología Cubana fue visto desde el principio por todos, como parte de la defensa de socialismo en Cuba. Esta capacidad cultural de poner siempre el esfuerzo concreto cotidiano dentro del contexto mayor de los grandes objetivos nacionales ha sido una de las direcciones principales del trabajo político en nuestros colectivos. Estos fueron integrados de inicio por personas “motivados y motivables” y esa motivación fue permanentemente reforzada por la atención de los dirigentes de la Revolución, a partir del propio Comandante en Jefe, y por la labor del PCC y la UJC.

¿Es la Biotecnología Cubana una especie de “singularidad económica” difícilmente repetible en otros sectores de la economía cubana y/o en otros países? Precisamente refutar esta interpretación superficial es uno de los propósitos de este artículo.

Lo que ha estado sucediendo en la Biotecnología Cubana es algo que podemos y debemos extender a otros sectores de nuestra economía; y poner en el contexto mayor de la lucha por el derecho al desarrollo económico.

DESARROLLO ECONÓMICO Y ECONOMÍA DEL CONOCIMIENTO

La experiencia del sector de la Biotecnología en Cuba es básicamente la de hacer surgir un sector de Economía basada en el Conocimiento, en el contexto de un país industrialmente subdesarrollado.

El tema del desarrollo económico (o del subdesarrollo) y el tema del tránsito a la economía basada en el conocimiento han producido mucha literatura en las últimas décadas, pero curiosamente han sido tratados por separado, y hay mucha menos literatura que trate ambos simultáneamente. Mucha literatura sobre el desarrollo económico, como es de esperar, proviene del sur. La literatura sobre Economía del Conocimiento proviene casi toda del norte.

Obviamente no podemos intentar en este espacio resumir ambas. Nos limitaremos a comentar algunas ideas que nos sirvan de base para explorar cómo la experiencia práctica del desarrollo científico en Cuba puede iluminar lo que hay en la intersección de estos dos campos: el del Desarrollo Económico y el de la Economía del Conocimiento.

Les adelanto que lo que vamos a encontrar en la intersección es la vieja polémica sobre el carácter social de la producción y el carácter privado (en el capitalismo) de la apropiación.

El pensamiento reciente sobre el Desarrollo Económico está marcado básicamente por tres ideas:

El reconocimiento (y la alarma) sobre la creciente polarización del mundo, en un proceso indetenible de concentración de riquezas y marginación de personas.

El reconocimiento de que el subdesarrollo económico no es una etapa hacia el desarrollo, si no que al contrario, el subdesarrollo es la otra cara del desarrollo. Ambos se condicionan y se causan mutuamente.

El agotamiento del neoliberalismo como estrategia de desarrollo económico (si es que alguna vez lo fue).

Los países subdesarrollados son hoy el 85% de la humanidad, que vive en 150 naciones.

En esa humanidad del sur hay 800 millones de personas (15% de la población mundial) subalimentados y 1 300 millones viven en la pobreza absoluta. Cada año de 13 a 18 millones de seres humanos mueren por hambre. Un tercio de la población adulta mundial, 950 millones de personas, son analfabetas.

En el polo de la riqueza, aproximadamente (según se clasifiquen) 40 países, vive menos del 20% de la población mundial, pero ellos acumulan el 86% del Producto Interno Bruto (PIB) y realizan el 82% de las exportaciones. Una extensa relación de indicadores de desarrollo socioeconómico pudiera añadirse, pero todos dibujan el mismo cuadro: hay una enorme brecha entre los países ricos y los países pobres; y además esa brecha está creciendo. Las tendencias de la economía mundial no conducen al desarrollo de ese 85% de la humanidad que es pobre, sino a la profundización del subdesarrollo.

La idea de que los países subdesarrollados podrían repetir el camino (con 200 años de diferencia) de industrialización que siguieron los países hoy llamados “desarrollados” ha quedado definitivamente atrás, y se hace evidente la realidad de que la causa verdadera del subdesarrollo está en la continua extracción del excedente económico generado por los países pobres y su transferencia a los países ricos. Los polos del desarrollo y del subdesarrollo existen cada uno, precisamente porque existe el otro.

La receta del fundamentalismo neoliberal: desregulación, privatización, liberalización de los flujos de capital y mercancías (no de personas), retirada del Estado a favor del mercado; no ha hecho otra cosa que agravar el problema.

Es precisamente en ese contexto mundial, que comienza a ocurrir en los países industrializados, la llamada “transición hacia la Economía del Conocimiento”.

Se identifica con este término inicialmente a un conjunto de sectores de la economía (microelectrónica, computación, telecomunicaciones, biotecnología, nuevos materiales, etc.) caracterizados por productos y servicios de alta tecnología y siempre cambiantes en los que el conocimiento es el principal componente del costo y el precio; y el acceso al conocimiento la principal “barrera de entrada” para el desarrollo.

Durante 200 años, la economía neoclásica reconoció dos factores en la producción: el capital y el trabajo. El conocimiento (y la educación) se consideraba un factor exógeno, una “externalidad económica”.

En la economía del siglo xxi el conocimiento pasa a ser un tercer factor de producción y el crecimiento económico se vuelve cada vez más dependiente de la acumulación de conocimientos. Aunque más visibles en los sectores productivos de alta tecnología, antes mencionados, el papel del conocimiento en los sistemas económicos está cambiando. De hecho, cada vez más, la investigación científica es internalizada por muchas empresas como parte de la “cadena de valor” y ello crea la necesidad de una fuerza de trabajo cada vez más calificada y motivada.

La economía mundial se transforma en ese sentido. La aspiración al desarrollo económico no puede ser más la aspiración a “construir un pasado” de industrialización estandarizada de alto consumo de recursos naturales y fuerza de trabajo poco calificada. Hay que luchar por salir adelante, pero por salir hacia el tipo de economía a la que el mundo va, no hacia el tipo de economía de la que el mundo viene. Hay que tener mucho cuidado con esta confusión porque puede ser bien utilizada por los explotadores de siempre.

EL TRÁNSITO A LA ECONOMÍA DEL CONOCIMIENTO: ¿AMENAZA U OPORTUNIDAD PARA LOS PAÍSES SUBDESARROLLADOS?

¿Qué impacto puede tener el tránsito hacia una economía basada en el conocimiento, sobre la ya vieja aspiración (y derecho) al desarrollo económico? Este es el tema central de este artículo. Veamos qué intuiciones podemos extraer de la experiencia de estos últimos 20 años.

El problema desarrollo-subdesarrollo es esencialmente un problema de apropiación y distribución de los recursos producidos y de los medios de producción. El conocimiento, al convertirse plenamente en un “factor de producción” (junto a la fuerza de trabajo, las materias primas y los bienes de capital) y también como un producto del trabajo social, entra de lleno en la polémica sobre los recursos. Sin embargo, al compararlo con las materias primas, la fuerza de trabajo o los bienes de capital, vemos que el “recurso conocimiento” tiene rasgos similares pero también características que lo hacen diferente. Estas semejanzas y estas diferencias tenemos que conocerlas muy bien si queremos que la Economía del Conocimiento sea más oportunidad que amenaza.

El conocimiento tiene un costo, y no es barato. Si se tiene en cuenta que en muchos países desarrollados el sistema educacional absorbe aproximadamente el 10% del Producto Interno Bruto, que las empresas gastan otro 5% del PIB en capacitación, y que otro 3-5% se emplea en investigación-desarrollo, se concluye que las economías más avanzadas invierten hoy la quinta parte de su PIB en producir y diseminar conocimiento, lo cual es más que lo que esas mismas economías invierten en la formación de capital tradicional.

El costo del conocimiento se transfiere al costo y al precio de los productos. En la medida en que el conocimiento se ha hecho limitante y ha dejado de ser un elemento de “externalidad” libremente accesible, las empresas tienen que pagar por él: ya sea por adquirirlo (patentes, transferencia de tecnologías, etc.) o por generarlo.

Este conocimiento incorporado es fuente de valor; porque es una expresión del trabajo. Según Marx el valor de la mercancía solo surge del trabajo: es precisamente la fuerza de trabajo la única capaz de generar valor. Pero en ese proceso operan tanto el “trabajo inmediato” que ocurre durante el proceso concreto de manufactura, como el “trabajo general” que se incorpora al valor a través de los conocimientos y las tecnologías. El propio Marx lo define así: “Es trabajo general todo trabajo científico, todo conocimiento, todo invento”.

Pero el recurso “conocimiento” tiene también particularidades que lo diferencian de otros recursos. La tierra, los recursos naturales, la fuerza de trabajo y el capital son finitos. Se puede poseer mucho, pero tarde o temprano se agota. El conocimiento por el contrario es infinitamente expansible: siempre se puede generar más. El conocimiento por otra parte no “se gasta”. Dos empresas no pueden usar al mismo tiempo la misma parcela de tierra, ni la misma brigada de trabajadores; pero si pueden usar simultáneamente el mismo conocimiento.

Algunos han llevado esta idea al extremo de decir que el conocimiento es accesible y que no puede ser “apropiado”. Como veremos más adelante esta extrapolación es falsa; y uno de los procesos más complejos y peligrosos del capitalismo actual consiste precisamente en el intento de encontrar formas de privatizar el conocimiento. Aunque también es cierto que el conocimiento es más difícil de privatizar que la tierra y los bienes de capital; y ahí radica precisamente la oportunidad.

El conocimiento rara vez es aplicable directa o inmediatamente. Su aplicación requiere en numerosos casos de nuevo conocimiento, vinculado al contexto concreto, nacional o local en que se usa. El conocimiento por último, se deprecia muy rápidamente al ser sustituido por conocimiento nuevo. No se puede “almacenar”.

Estos dos últimos rasgos implican que las ventajas o desventajas que derivan del papel del conocimiento en la economía dependen menos de la cantidad de conocimiento que hoy se tiene, como de la capacidad de generar rápida y continuamente, nuevo conocimiento. Es en el sistema de ciencia e innovación tecnológica donde está el centro del problema.

El conocimiento, como cualquier otro recurso, tiene una “productividad”, una especie de rendimiento o retorno de la inversión en conocimiento. Sobre esto no hay mediciones, ni siquiera una teoría; pero sí la intuición de que el mismo esfuerzo de generación de conocimientos produce retornos económicos diferentes en distintos contextos. Algunos datos publicados a nivel macro sustentan tal intuición. Por ejemplo, los indicadores de actividad científica en la segunda mitad del siglo xx en Inglaterra eran superiores a los de Alemania y Japón; mientras que los indicadores de crecimiento económico se comportaban al revés.

De manera que, cuando empezamos a ver al conocimiento como recurso productivo, vemos también que disponer de este recurso es una cosa, e invertirlo bien para obtener retorno económico, es otra. Ello nos lleva inmediatamente a la idea de que disponer de un sistema de Ciencia e Innovación Tecnológica es una cosa, y conectarlo inteligente y eficazmente con el aparato productivo, es otra. La ciencia es obviamente, condición necesaria, pero ni con mucho condición suficiente.

La conexión de la ciencia con la economía es el tema principal.

A medida que la ciencia, y el conocimiento que esta genera se han ido convirtiendo en un factor directo de la producción, la necesidad de reforzar los vínculos entre ciencia y economía ha ido generando fenómenos nuevos y cambios en el comportamiento de las empresas hacia la investigación científica.

Un primer cambio es la creciente inversión de las empresas para financiar investigaciones científicas, mediante diferentes modalidades de contratos o alianzas con instituciones académicas o universitarias. Los datos de la década del noventa registran que más del 50% de la actividad científica no-militar en los principales países industrializados, es financiada por la industria privada y esta cifra sobrepasa el 70% en Japón.

Otro cambio, que se superpone en el tiempo con el primero, y que es probablemente el más importante, es la creciente internalización de la actividad de investigación-desarrollo como parte del contenido de trabajo de las propias empresas de producción y servicios.

En Estados Unidos, hacia 1920 ya existían unos 300 “laboratorios” en las corporaciones, y en 1960 estos llegaban a 5 400. La constitución misma de estos laboratorios es el reconocimiento de situaciones en las cuales la producción material ya no puede avanzar sin integrar un proceso organizado de producción de conocimientos. La gran industria farmacéutica puede servir para ilustrar esta tendencia. Sus gastos en I+D pasaron del 12% de la facturación al 22% de la facturación en los últimos 17 años; un gasto en I+D en el orden de las decenas de billones de dólares por año.

En los últimos 20 años del siglo xx comienzan a surgir empresas en que la generación de conocimientos no es solo una actividad intrínseca, sino la actividad principal.

LA AMENAZA: EL APARTHEID CIENTIFICO

La creciente integración de la investigación científica en la cadena de valor de los procesos económicos no ocurre en un vacío político. Este proceso está ocurriendo en las economías tecnológicamente más avanzadas en el contexto de las relaciones capitalistas de producción.

Marx describió al capitalismo como una relación en que la separación de los trabajadores de los medios de trabajo y la organización de la economía por aquellos que son propietarios de esos medios tiene como resultado que, para poder sobrevivir, ellos deben vender su capacidad de trabajar a aquellos que son propietarios de los medios de producción.

El excedente que los trabajadores producen por sobre su salario se convierte en más capital para el capitalista, el que se dedica a la acumulación de más medios de producción. La propiedad privada sobre aquellos medios que son necesarios para producir es la base de sistema, a partir de la “acumulación originaria del capital” que Marx definió como “el proceso histórico de disociación entre los productores y los medios de producción”.

¿Qué ocurre entonces ahora cuando el conocimiento se convierte cada vez más en un factor determinante en la producción?

La reacción del sistema capitalista está siendo el intento de convertir el conocimiento también en propiedad privada. Ello ocurre por mecanismos que no son siempre transparentes. El más obvio es el de la llamada “Propiedad Intelectual” que se expresa en la biotecnología a través de las leyes de patentes cuya extensión al campo de los medicamentos fue impuesta por las empresas multinacionales en las negociaciones que concluyeron al surgimiento de la Organización Mundial de Comercio.

A ello se añade la imposición de sistemas de regulaciones (Barreras Técnicas al Comercio) excluyentes, que impiden el acceso al mercado de los productos innovadores de pequeñas empresas, en el caso que los obtuviesen, y las obliga a ceder los derechos de producción a las grandes empresas que tienen capital acumulado y volumen de negocios suficientes para sostener el costo fijo que implican los estándares de calidad que ellos mismos establecen.

Añádase a esto, el fenómeno creciente de emigración selectiva de personal calificado conocido como “robo de cerebros” que lleva cientos de miles de científicos e ingenieros nacidos y educados en los países del sur a trabajar en los países industrializados. Más de 1,4 millones de las personas que tienen diplomas en ciencia e ingeniería en Estados Unidos son inmigrantes. Se afirma que solamente desde Latinoamérica emigran más de 70 científicos por día desde hace 40 años (¡).

Todo ello va conformando un sistema en el cual las personas capaces de generar conocimiento nuevo “venden” esa capacidad a los propietarios de los medios de producción y del conocimiento precedente (patentes). El conocimiento generado se separa así de quien lo produce, y los resultados de esos conocimientos, integrados en la cadena de valor de las empresas, se utilizan para perpetuar la acumulación.

Las tendencias a la privatización del conocimiento y a la internalización de la investigación científica en empresas intensivas de capital ha ido creando una especie de “apartheid científico” para la gran mayoría de la humanidad. En los países más desarrollados, se invierte anualmente en investigación-desarrollo más de 600 mil millones de dólares. En el resto del mundo, donde reside el 86% de la humanidad se invierte una cantidad 12 veces inferior.

Los gastos en investigación-desarrollo en los países desarrollados de la OCDE representan el 2,2% del Producto Interno Bruto de la economía. Esta cifra es 0,5% para América Latina, 0,2% para los países árabes y 0,3% para África. Se estima que hay algo más de 5 millones de personas en el mundo dedicadas a la investigación. De ellos, residen en países industrializados el 72%.

Entre Europa, Norteamérica y Japón se genera más del 80% de todas las publicaciones científicas, y más del 90% de las patentes. De las publicaciones científicas más citadas, el 98% se genera en 31 países. El restante 2% se divide entre los otros 162 países.

La investigación científica en los países del sur no es solamente una actividad de menos volumen y escaso financiamiento, sino que además está menos vinculada con sus propias economías. La brecha norte-sur en ciencia se amplia. Ahí reside la amenaza: la investigación científica es cada vez más un integrante de las fuerzas productivas y entonces, a partir de la acumulación originaria dada por la privatización del conocimiento, ella entra en el ciclo de reproducción ampliada del capital y se concentra cada vez más. La Economía del Conocimiento funciona así como un instrumento más de explotación; y amplía la ventaja acumulada de los países ricos.

La división norte-sur es incluso más notable en los datos sobre investigación-desarrollo, que en los datos económicos tales como PIB per cápita y participación en el comercio. El grupo Estados Unidos, Japón y Alemania tiene un por ciento de la población mundial similar al de América Latina (8.8% vs 8.0%) y el contraste en el peso porcentual es de 42,2% vs 7,0% para el PIB, mientras que es de 47% vs 1.8% para la inversión en Investigación-Desarrollo y de 52.9% vs 1.3% para la cantidad de autores científicos. Diríase que la brecha tecnológica de hoy anticipa hasta donde puede llegar la brecha económica de mañana, si estas tendencias no son revertidas.

La retroalimentación positiva entre ciencia y economía, va creando las condiciones para una bifurcación irreversible de la humanidad. La Economía basada en el Conocimiento puede operar como una respuesta del capitalismo a la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia (que describió Marx) y permitir la continuación perversa de la acumulación.

La ciencia al integrarse a la economía, pierde su neutralidad de otros tiempos: ella puede funcionar como instrumento de acumulación, marginación y explotación. El capitalismo ha creado los mecanismos para ello. Pero también puede operar como fuerza de liberación. En este caso nos toca a nosotros descubrir e implementar los mecanismos posibles.

A pesar de la clara denuncia de Carlos Marx y de enormes esfuerzos revolucionarios y sacrificios, la humanidad no logró en el siglo xx revertir la tendencia concentrativa del capital, ni sus consecuencias de marginalidad y subdesarrollo. En la nueva economía del siglo xxi revertir la tendencia concentrativa del conocimiento puede ser un objetivo alcanzable, si lo comprendemos a tiempo y actuamos con energía.

LA OPORTUNIDAD: LAS PALANCAS DE LA EXPROPIACIÓN

El conocimiento (y la actividad científica que lo genera) puede funcionar como instrumento de acumulación y apropiación capitalista, pues de cierta manera se parece al capital: es un producto del trabajo, es privatizado por los propietarios, funciona como “trabajo pretérito” en la formación de valor, y se utiliza en la producción para generar nueva acumulación.

Pero solamente “se parece”: no es idéntico. La oportunidad está precisamente en las diferencias.

Veamos algunas intuiciones derivadas de la experiencia de los primeros 25 años de la biotecnología cubana en sus relaciones con el mundo capitalista exterior:

A pesar de los intentos de privatización, el conocimiento es más difícilmente apropiable (en comparación con la tierra y los bienes de capital).

El corrimiento de las ventajas competitivas principales en determinados sectores (como la biotecnología) hacia el acceso y la capacidad de creación de conocimiento, en cierta medida diluye la ventaja acumulada por los países capitalistas ricos resultado de la explotación precedente y que se expresa como capital fijo acumulado. La creación de conocimiento (aunque requiere instrumentación a veces costosa) depende principalmente del capital humano, y en él somos nosotros los millonarios.

El conocimiento económicamente relevante no es solamente el conocimiento estructurable, de fácil circulación. Una parte importante es el llamado “conocimiento tácito”, vinculado a la experiencia concreta de los colectivos de trabajadores, sus prácticas de trabajo y su sistema local de relaciones. Este conocimiento está incorporado en la organización, más que en ninguna persona o ningún documento, y ello lo hace intransferible a pesar del “robo de cerebros”.

En la diversidad de productos y procesos de ciclo de vida corto propio de la Economía del Conocimiento, la ventaja no está solo en el conocimiento de que se dispone (que se hace rápidamente obsoleto) sino principalmente en la capacidad de adquirir y generar conocimiento nuevo. La productividad del trabajo depende así directamente de su creatividad y esta de su motivación. La motivación de los trabajadores, que proviene en nuestro contexto de su conciencia de dueños socialistas de los medios de producción, y del tejido social de apoyo solidario en que vivimos; constituye un arma muy poderosa en esta batalla.

El sistema de Propiedad Intelectual que los países capitalistas industrializados han montado, además de éticamente condenable por su intento de privatizar el conocimiento, es infuncional. Raramente una pieza de conocimiento (aun nueva) es suficiente para construir un nuevo producto o proceso y armar un ciclo económico cerrado. El conocimiento funciona en el contexto de otras piezas de conocimiento. En la medida en que estas son “propiedad de alguien” el sistema de patentes generará (de hecho está generando ya) enormes costos de transacción, que se convertirán en un freno al desarrollo.

El conocimiento económicamente relevante es en gran medida “combinatorio”. Se expresa en la producción mediante la recombinación de conocimientos y experiencias que provienen de instituciones y campos del saber diferentes. La consecuencia es que la cooperación entre organizaciones productivas es más eficiente que la competencia como motor del desarrollo económico.

La capacidad de acceder rápidamente al conocimiento y generar conocimiento nuevo no es un proceso “tecnológico”, sino que es un proceso esencialmente cultural. La educación y la cultura masivas, incluyendo no solo el desarrollo de capacidades, sino también el desarrollo de actitudes ante la vida, serán cada vez más una base imprescindible sobre la cual construir una economía basada en el conocimiento.

La educación y la cultura masivas son inversiones sociales. Las leyes del mercado “socialmente ciegas” no pueden lograrlo.

Lo que podemos estar presenciando en pocos años es que, a medida que aumente el papel del conocimiento en los sistemas económicos, se irá haciendo más aguda e insostenible la contradicción fundamental del capitalismo entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la apropiación.

Marx, con su sensibilidad de revolucionario, rechazó el capitalismo por injusto y excluyente; pero al mismo tiempo con la agudeza de su pensamiento científico, previó el fin del capitalismo principalmente porque ese sistema de relaciones de producción se convertiría en un freno al desarrollo de las fuerzas productivas. El tránsito hacia una Economía basada en el conocimiento acercará el momento en que las contradicciones internas del capitalismo lo hagan inviable como sistema social.

El socialismo está mejor preparado que el capitalismo para una economía basada en el conocimiento. Puede construir mejor las herramientas del desarrollo en la nueva economía: conocimiento, investigación científica, cultura, valores, justicia social y motivación del hombre par su participación creativa en la reproducción de la vida material y espiritual de la sociedad.

DIRECCIÓN CONSCIENTE: SUJETOS DE LA HISTORIA

Retomemos ahora la cuarta y última de las ideas centrales anunciadas en la introducción: el tránsito a una economía basada en el conocimiento es una oportunidad para el desarrollo socioeconómico y para el socialismo (cada vez más relacionados) pero la captación revolucionaria de esta oportunidad y su materialización en realizaciones concretas es algo que no va a ocurrir espontáneamente. Es un proceso que hay que dirigir.

Como una vez más anunció Marx, en el tránsito al socialismo los hombres dejan de ser objetos pasivos de la historia para convertirse en sujetos que construyen, conscientemente, su propia historia.

Nadie tiene recetas para esto, y aprenderemos sobre la marcha; pero la experiencia concreta de la Biotecnología Cubana en sus primeros 25 años, ya nos va dejando una colección de ideas que conviene empezar a ordenar y a discutir:

Lo primero es tomar conciencia de la magnitud e importancia de lo que estamos emprendiendo: un proceso de integración creciente de la ciencia a la economía socialista, de manera que a medida que el conocimiento sea cada vez más un medio directo de producción; este esté también en manos de los trabajadores. La expropiación revolucionaria de la tierra y las fábricas fue un salto histórico colosal; pero ya no es suficiente. Los medios de producción del conocimiento tienen que ser nuestros también.

Hay que tomar conciencia de los peligros y desechar ingenuidades. La creciente globalización de la economía y en consecuencia de la interdependencia de las economías nacionales, sumada al intento del capitalismo de privatizar el conocimiento, pueden crear un peligrosísimo e irreversible apartheid cognoscitivo, si no actuamos a tiempo, con energía y creatividad.

El componente principal de la tarea es la construcción de conexiones entre la ciencia y la economía. El desarrollo científico-técnico no puede entenderse solamente como el crecimiento de la actividad científica: es la síntesis de crecimiento más conexiones. Es decir, desarrollo de los nexos entre la actividad científica y la actividad económica y la educacional.

La necesidad de una integración más eficaz entre la ciencia y la economía fue reconocida en la ex Unión Soviética, como uno de los problemas principales, en el XXVII Congreso del PCUS (1986), pero no actuaron con energía ni en la dirección correcta. Recordemos que Fidel habló allí precisamente de ese tema, cuando estábamos comenzando nuestro desarrollo en la biotecnología.

Es un proceso de masas. Aunque sean más visibles determinados científicos e instituciones, el tránsito consciente a la Economía del Conocimiento en el socialismo no puede ser una tarea de “elites”. Por el contrario, hay que basarlo en el acceso masivo a la educación y a la cultura. La frase de Fidel de que “el futuro de nuestro país tiene que ser necesariamente un futuro de hombres de ciencia” es de 1960. Después de eso, la primera tarea fue la campaña de alfabetización; y después la construcción masiva de escuelas en todas las provincias; y así hasta la trascendental tarea actual de la municipalización de la enseñanza universitaria, cuyos nexos con el desarrollo científico-técnico se empezarán a ver muy pronto.

El actor principal en la base (al menos ha sido así para la biotecnología) es un nuevo tipo de organización productiva: el Centro de Investigación-Producción. Este integra características de los centros científicos (investigación, formación permanente del capital humano, orientación al largo plazo) con características propias de determinadas empresas (rentabilidad económica, orientación exportadora, sentido de competitividad exterior, vocación de crecimiento continuo); y no es ni una cosa ni la otra, sino ambas y algo nuevo. Los sistemas de dirección que diseñemos deben proteger esta síntesis y no introducir sesgos en un sentido o en otro.

La experiencia de los centros de investigación-producción puede y debe extenderse a otros sectores de la economía

El proceso en su conjunto solo puede ser conducido por el Estado socialista. Hay que atrincherarse en el concepto de la propiedad social sobre las instituciones y sus resultados. Ninguna “mano invisible del mercado” nos conducirá a una economía basada en el conocimiento.

Si se trata de aprovechar la oportunidad creada por la Economía del Conocimiento para defender una alternativa de desarrollo socioeconómico diferente a la globalización neoliberal, y en esa batalla estamos, no puede haber confusiones ni concesiones en el tema de la propiedad; y todas las alternativas que exploremos, variadas, flexibles, descentralizadas y todo eso, deberán estar al mismo tiempo cohesionadas por el propósito único de defender la propiedad social de los medios de producción (sean las fábricas o los conocimientos) y la distribución socialista de los resultados.

El concepto inalienable de propiedad social se complementa (no se contradice) con la necesidad de una alta descentralización de las decisiones operativas en los sectores intensivos en ciencia y tecnología. Son un campo permanente de ensayo y error, de exploración de lo desconocido y de ajuste o las amenazas y oportunidades cambiantes del entorno. Así han operado hasta hoy los centros de la biotecnología cubana y así han obtenido sus resultados.

Esta necesidad de gestión descentralizada implica a su vez la necesidad de una intensa labor del partido sobre la política de cuadros en estas instituciones.

La economía acelerada e intensiva en conocimiento de nuestra época requiere claramente más flexibilidad y menos estandarización, que la de la época de las producciones industriales de gran escala. Ello demandará a su vez un alto grado de descentralización de las decisiones operativas hacia las empresas de alta tecnología que vayan surgiendo.

Pero una vez más, y esta es una idea muy importante, no podemos confundir gestión y propiedad. Algunos en otras latitudes, tradujeron dinamización y descentralización como retirada del Estado de la economía y privatizaciones. No necesitamos teorizar: el experimento esta hecho y se conocen sus desastrosos resultados.

La propiedad social debe permitir la integración entre el trabajo de los diferentes centros de investigación-producción y de estos con instituciones del sistema de salud, del educacional y otros. Pero “permitir” no es suficiente. Esta integración, y la “recombinación de conocimientos” que de ella se deriva no se puede dejar a la espontaneidad. Determinadas formas organizacionales deberán surgir, que catalicen e implementen esta integración.

La actividad científica hay que medirla no solo por sus indicadores de volumen (cantidad de científicos, de instituciones, de proyectos, financiamiento, etc.) sino por sus indicadores de salida (nuevos productos, valor añadido de las producciones, patentes, impacto en la salud).

Si el desarrollo científico técnico depende de las conexiones sociales de la actividad científica tanto como de su volumen, debemos medir la intensidad y eficiencia de estas conexiones. Solo es posible dirigir aquello que podemos medir.

En este tipo de sector, el proyecto científico es un “proyecto de inversión” el cual, aun comprendiendo el riesgo intrínseco de la investigación, debe rendir cuenta del retorno de la inversión.

La sostenibilidad económica de nuestros nacientes sectores de alta tecnología deberá realizarse en el mercado exterior; y asumir la demanda interna como una obligación de objeto social, que debe ser subsidiada por las exportaciones y eventualmente internalizada en los costos. Las relaciones “de mercado”, en lo interno, terminarían distorsionando el sistema y desviándolo de la alta tecnología y de la innovación.

La penetración de mercados externos requerirá un manejo muy inteligente de las barreras de propiedad intelectual y de regulaciones. Los sistemas nacionales de Propiedad Intelectual y Regulaciones que debamos diseñar, deben estar en concertación estratégica con este objetivo. Esta concertación para el enfrentamiento a las barreras que nos imponen deberá irse extendiendo poco a poco a otros países mediante acciones conjuntas de Colaboración Sur-Sur; e ir construyendo, a partir de nuestros productos innovadores, presiones concretas sobre los países del norte.

Este es un tema a dejar solamente apuntado aquí, pues sus complejidades requerirán un análisis específico en otro trabajo.

El protagonista principal de todo esto es el trabajador y su conciencia social. La expansión en nuestra economía de procesos integrados de investigación-producción-comercialización, demandantes de esfuerzo, superación permanente y creatividad de todos los trabajadores solamente puede ser exitosa si es protagonizada por trabajadores con plena conciencia de los vínculos entre su labor cotidiana y el proyecto de sociedad socialista de la Revolución Cubana.

Ello requerirá una permanente labor del PCC y la UJC en todos los aspectos de la vida de los colectivos laborales, garantizando un elevado grado de politización del ambiente laboral, de selección y motivación de los trabajadores, y de dedicación, transparencia y rendición de cuentas de los cuadros.

Evidentemente el tema de la transformación del conocimiento en recurso económico y sobre todo su realización comercial concreta es un tema muy complejo. La Economía del Conocimiento está naciendo y en nada que nace hay experiencia. Será necesario un largo camino de diversidad de estrategias; de ensayo y error. Ya hemos comenzado a recorrerlo y los primeros resultados son muy alentadores. Hay que seguir.

Las opciones de desarrollo en la Economía del Conocimiento existen, pero ciertamente no están dentro del sistema capitalista. Apoyados en la participación consciente y en la motivación de los trabajadores (incluidos los científicos), ya no alienados de los frutos de su trabajo, y en la posibilidad de cooperación e integración entre las instituciones; y liberados de los efectos corruptores y distorsionadotes de la propiedad privada y del mercado; podemos lograrlo.

Será complejo y difícil; pero se puede hacer.

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