sábado, abril 18, 2020

La isla del tesoro de Robert L. Stevenson



Los poco más de cuarenta y cinco años de la biografía de Robert Louis Stevenson Balfour (Edimburgo, Escocia, 1850-Vailima, 1896), no tienen nada de aventureros. No obstante, llevaba la aventura dentro desde que se creció como un niño enfebrecido por las historias que le contaban. Había nacido en una familia compuesta por el ingeniero –náutico- Thomas Stevenson, con la particularidad de que pasó la mayor parte de su infancia enfermo. Su suerte fue que su atención recayó sobre una niñera-enfermera llamada Alison Cunningham, conocida familiarmente como “Cummy”. Se trataba de una mujer que influyó poderosamente en la imaginación de Robert Louis. La señora Cunningham era una narradora nata en el momento más adecuado, y tuvo la inmensa virtud de enriquecer aquellos años con toda clase de relatos, de historias sobre los mártires presbiterianos escoceses, sin olvidar novelas victorianas baratas, las que aquí se llamaban de cordel, porque iban atadas con una cuerda, amén de historias de la Biblia, salmos y un largo etcétera. Un enorme caudal imaginativo que resultó además ampliada por su padre, igualmente un buen contador de historias marinas y a las que la madre añadía toda clase de detalles sobre la dogmática religiosa familiar, todo un ambiente que hizo que el futuro escritor se hiciese singularmente sensible a las tradiciones y al legado cultural escocés.
Dicho legado tiene un nombre sobre otros: presbíteros, palabra derivada del griego, prebysteros, ancianos. Se trata de una variación nacionalista escocesa de la Reforma, más ligada a la tradición calvinista que a la anglicana de Inglaterra, y que dio unas bases a las revueltas escocesas contra los ingleses. Que Stevenson fue un patriota convencido lo demuestra el hecho de que los 17 años, la familia pagó la publicación de un panfleto escrito por el propio Robert que exaltaba la resistencia de los presbiterianos escoceses contra los opresores realistas. Pero luego, mientras estudiaba Derecho en la Universidad de Edimburgo, se rebeló violentamente contra la respetabilidad presbiteriana de las clases pudientes de la ciudad. En esta época, Robert decidió finalmente contradecir los deseos de su padre, y rechazó la posibilidad de seguir la profesión de ingeniero para dedicar todo su tiempo a la literatura. Para empeorar las cosas, en el año 1873, Thomas descubrió algunos papeles entre los documentos de su hijo que le sugirieron la idea de que éste se pudiera haber convertido en un ateo, lo que provocó una agria disputa entre ambos y un enfrentamiento que les llevó a distanciarse.
Entonces, Robert abandonó los estudios de ingeniería para estudiar leyes, y trabajó durante una temporada como abogado, pero cuando contaba 25 años tomó la decisión de dedicar todo su tiempo a escribir y empezó a colaborar en periódicos y revistas. Durante esta época fue un ávido lector de novelas de Daniel Defoe, Stendhal, Jonathan Swift y Henry Fielding. La lectura y la escritura se le hicieron las mejores compañeras desde el momento que a los 20 años, se le declaró una grave afección respiratoria que le acabaría amargando la vida, y le obligaría a mantener largos períodos de convalecencia. Su mayor aventura quizás fue sus relaciones con Fanny Vándergrift Osborne, norteamericana, mayor que él y separada de su marido, a la que siguió en 1879 cruzando el Atlántico y el continente americano en difíciles condiciones como emigrante sin medios. Un período de indigencia y enfermedad en Monterrey y San Francisco, siempre a la espera de que Fanny obtuviera el ansiado divorcio, concluyó con un matrimonio con una luna de miel consumada en una cabaña de mineros abandonada en Mount St Helena, en el Coast Range californiano.
Una agravación de su enfermedad en 1885 fue seguida por una residencia de dos fructíferos años en Bournemouth donde se hizo íntimo de Henry James. En esta época, Stevenson escribirá febrilmente su obra más conocida, The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde (1886) tratamiento melodramático de uno de sus temas favoritos: la ambigüedad moral del individuo, y que atraviesa sus títulos más conocidos. La enfermedad le obligó nuevamente a abandonar Inglaterra, y marchó, primero hacia los Estados Unidos (donde comenzó The Mosteo- of Ballantrae, 1889), y después, a llevar a cabo un largo período de navegación por los mares del Sur, para establecerse por fin en Samoa donde habiéndole probado el clima, se edificó el mismo una casa y vivió en estilo patriarcal con su esposa, madre, hijastro e hijastra. Mostró un profundo interés por los asuntos de Oceanía y escribió relaciones descriptivas e históricas de la zona, los nativos lo llamaron Tusitala, es decir “cuentacuentos”…Después de diversos vaivenes de la crítica, en algunas de las cuales fue considerado “meramente” un escritor para niños, la crítica modernas le muestran como una figura compleja y atormentada cuyo “optimismo vital” era una irónica aceptación de lo inevitable y cuya preocupación por las ambigüedades morales le fue conduciendo progresivamente hacia la grandeza Treasure Island, que Stevenson comenzó a escribirla para entretener las vacaciones de su hijastro, y casi sin querer pronto la vio publicada en la revista “Young Folks”, a fines de 1881. Se trata de uno de los relatos de aventuras más perfectos de la lengua inglesa. Stevenson iba alcanzando una madurez auténtica de sus dotes en el momento de su súbita prematura muerte.
Se ha dicho muchas veces que seguramente La isla del tesoro es el mejor relato de aventuras que haya producido la literatura moderna, y a tal efecto podemos citar lo escrito por, Fernando Savater, uno de sus devotos en La infancia recuperada: “La narración más pura que conozco, la que reúne con perfección más singular lo iniciático y lo ético, las sombras de la violencia y lo macabro con el fulgor incomparable de la audacia victoriosa, el perfume de la aventura marinera –que siempre es la aventura más perfecta, la aventura absoluta- con la sutil complicidad de la primera y decisiva elección moral; en una palabra, la historia más hermosa que jamás me han contado”.

Una lectura obligatoria

Esta es una devoción muy compartida. Su lectura tiene el rango de inolvidable. Lo fue para mí que ya había visto de criatura la versión con Robert Newton, pero que hasta el tiempo del servicio militar, no había encontrado la ocasión. Fue un momento muy singular porque la lectura transcurrió –lo recuerdo bien- durante un largísimo fin de semana del año 1972, un tiempo de liberación para los que pudieron escapar de aquel agobiante campamento de Campo Soto sometido al ordeno y mando de un ejército que había ocupado su propio país, y situado en un apartado de la costa de San Fernando, Cádiz. En principio no lo era para los que, como en mi caso quedamos castigados en el calabozo, o sea sin tan siquiera espacio para pasear. sin embargo…Sin embargo, tenía a la mano la historia del inmortal encuentro entre Jim Hawkins (nombre de amplias resonancias corsarias), y John Silver Long, y además, también la que narra los encuentros y desencuentro entre el doctor Jekyll y Mr. Hyde, y entre ambas lograr el propósito de convertir los días de castigo en un tiempo de gozo totalmente memorable.
Se trata de una obra cuya influencia por lo demás en todo el género de aventuras, y en el de piratas en particular, así nos lo confirma Amelia Casilla cuando dice: “…el pirata se mantiene como el héroe por excelencia. Al margen de los clásicos, reeditados cada temporada e incluso adaptados al cómic o en versión desplegable, las novedades editoriales sobre el género se cuentan por decenas cada temporada. Fuera del ámbito literario, el cine y hasta el circo alimentan una leyenda que no para de crecer” (Un botín para los lectores, El País Babelia, 08-12-07). No se trata pues de una moda pasajera sino de un clásico en el sentido más pleno de la palabra, una novela de aprendizaje, sobre todo en la medida en que enfrenta imaginación y realidad: el niño Jim Hawkins que sueña sobre el mapa de la isla encontrado en el baúl del viejo pirata va a verse obligado a confrontar sus imaginarias esperanzas y deseos con la – realidad de una lucha por su vida y sus convicciones.
El extraordinario viaje en busca del tesoro lleva a Jim Hawkins camino de la tradición de los “correctos” principios pequeños burgueses en los que ha sido educado, cierto. Pero también a saber que sin esfuerzo, astucia y valor, es imposible lograr nada que valga la pena, es imposible alcanzar el tesoro. Lo excepcional de esta trama es que está reducida a la acción esencial, y, salvo un circunstancial cambio de narrador efectuado con genio, es aparentemente un trayecto en línea recta que, irremediablemente, atrapa al lector afortunado. Y sin embargo ¡qué calidad de sugerencias quedan en el lector! Eso es porque, ante todo lo esencial es lo contrario es lo contrario a esquematismo y simpleza. Lo fundamental de Stevenson está repleto de contenidos. El esquematismo –que introducirá el cine con sus propias exigencias comerciales- reduce las cosas a su apariencia básica, por ejemplo a ver la obra exclusivamente a través del contraste entre los dos personajes centrales. Quedarse con lo esencial y sostenerlo a pulso con tanta exigencia únicamente es privilegio de un autor de primera categoría. Stevenson consigue también quedarse con la pura fuerza dramática de un trayecto que es, nada menos que la experiencia de una vida. Además, esta historia no está confiada sólo al resultado final, que importa pero menos que el trayecto. La aventurera es una experiencia moral abierta, llena de contradicciones y sugerencias.
El lector inexorablemente cautivado, regresa al libro para ampliar su perspectiva. Entonces descubre con extrema claridad el formidable papel de Long John Silver; no sólo porque sea la contrafigura de Jim como lo es todavía más de los caballeros que lo contratan para trabajar de grumete, sino porque es el único personaje ambiguo entre todo el plantel de caracteres más o menos de una pieza que componen el relato. Lo que opone Stevenson al aprendizaje de Jim Hawkins —el otro personaje que no es de una pieza, pues cambia sustancialmente— es esa maligna y atractiva ambigüedad, magistralmente trazada, de Silver. Ahí está la clave de la potencia dramática del libro. Es más, de no existir John Silver, el libro habría sido uno más y nuestro querido Jim Hawkins no hubiese sacado provecho alguno de su aventura en compañía de señores formales que no se cuestionan nada. Por eso me refería antes al admirable desarrollo de la fuerza dramática contenida en la novela. La verdadera aventura de Jim comienza en cuanto aparece John Silver, entonces entramos en un terreno ambivalente, un padre que puede ser un ogro y al revés…
Habría que añadir un pespunte que destaca ya desde las primeras líneas, el tono de saga narrada alrededor del fuego: “Cojo la pluma en el año de gracia de 17…para remontarme a mi niñez, cuando mi padre era dueño de la posada almirante Benbow, en la que cierto se hospedó un viejo lobo de mar, curtido por la intemperie, tostado por el solo de todos los mares y con el rostro marcado por las profunda cicatriz de un sablazo…Como sí hubiera sido ayer, recuerdo el paso renqueante con el que llegó a la puerta del mesón. Seguido de una carretilla en laque un mozo le llevaba su cofre de marinero. Era un hombre alto, macizo, vigoroso y muy moreno; su embreada coleta le rozaba el cuello y las hombreras de su manchada casaca azul. En sus manos ásperas y agrietadas, veíanse las cicatrices de varias heridas y, desde la mandíbula a la sien, le cruzaba la cara el hondo surco de aquella cicatriz, cuya sucia blanquita contrastaba con su curtida piel. Aún me parece verle recorrer con la vista la bahía, mientras silbaba entre dientes y tatarear a continuación la antigua canción marinera que tantas veces había de oírle luego: Quince hombres van el cofre de muerto,. ¡Ay, ay, ay, la botella de ron¡…entonada con una voz recia y destemplada, que parecía haberse desafinado en las barras del cabestrante…”

Pepe Gutiérrez-Álvarez

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