Nadar a contracorriente en un sistema político tan hostil a la diferencia, como el de Estados Unidos, requiere brazadas de persistencia, consecuencia, valor y resistencia, como las sostenidas, a pecho limpio, por el realizador Oliver Stone.
El cineasta admirador de Fidel Castro e impugnador de la guerra imperialista de Vietnam, quien recorriese la historia de su país mediante imágenes aniquilantes de mitos y falacias, denunciase los crímenes de sus administraciones y se solidarizase con justas causas alrededor del mundo, cumple 80 años este 15 de septiembre. Y es menester ponderar tanto su obra como su postura.
Este realizador y guionista estadounidense comienza a delinear su impronta temprano, en la década de los 70 del pasado siglo, cuando obtuvo el Oscar al Mejor Guion Adaptado por El expreso de medianoche (1978); un brutal, incómodo y polémico drama carcelario dirigido por el británico Alan Parker.
Otras estatuillas doradas se agregarían más tarde a su palmarés particular, todas por obras de consideración dentro del cine estadounidense. Pelotón (1986), primer peldaño de su Trilogía de Vietnam y merecedora de cuatro Oscar (incluidos Mejor Película y Mejor Dirección), abjura de la barbarie imperial en Indochina.
Nacido el 4 de julio (1989), Oscar a la Mejor Dirección, porta algunas de las imágenes más demoledoras de la pantalla de ficción local. Cuando, en dicho filme, el personaje central, defendido por Tom Cruise, retorna de la carnicería vietnamita en silla de ruedas, embargado de dudas, frustración, pesar, y mal atendido en un sucio hospital para veteranos de guerra, Stone habla del sinsentido de aquella conflagración bélica, causante de millones de muertos y de tantos proyectos de vida truncados.
Es un tema que le obsede. Muy joven, aún estudiante, para 1971, había filmado el cortometraje Último año en Vietnam, semibiográfica obra de siete minutos alrededor de un veterano (compuesto por el mismo Stone, participante en esa guerra), quien intenta sortear las evocaciones de la contienda bélica, al retornar al Nueva York natal de Oliver.
Del apoyo de Washington a las juntas militares genocidas del continente puede conocerse, entre otros temas, en Salvador (1986). Mientras que en J.F.K. (1991) –película antológica por su maestría en el montaje– Stone pone en tela de juicio la versión oficial sobre el magnicidio de Kennedy, en 1963.
La serie televisiva La historia no contada de los Estados Unidos (2012), dirigida, producida, narrada y coescrita por Oliver Stone, constituye una ofrenda a la verdad, regalada por un director con garantías a la hora de establecer aproximaciones realistas de episodios claves del pasado y la naturaleza de su país.
Prolijo en su recurrencia al archivo, auspicioso en su caudal de imágenes, realzado por la música del afamado compositor español Alberto Iglesias, el documental Comandante (2003) es menos una biopic testimonial que un gran fresco histórico compuesto de mosaicos, de paisajes ineludibles de una centuria en la cual trazos principales fueron estampados por la inmarcesible huella de Fidel.
Aunque esencialmente política, la pantalla de Stone también explora otros temas o géneros. No obstante, no deja de ser hasta cierto punto sorprendente que un film–noir como Giro al infierno (1997) haya sido dirigido por un cineasta mucho más conocido por cintas de signo diferentes, enfocadas a lo político o biográfico (Nixon, W, Alexander).
Sin embargo, tampoco resulta del todo insólito, si oteamos en sus horizontes como guionista, e incluso en ese paréntesis de su filmografía llamado Asesinos natos, Gran Premio Especial del Jurado en Venecia 1994. Es un estudio sobre la violencia (vapuleado e incomprendido), de suma vigencia en la actualidad de su país.
Julio Martínez Molina | internet@granma.cu
14 de septiembre de 2026 12:09:52

















