jueves, agosto 17, 2006

50 AÑOS SIN BERTOLD BRECHT.


Bertold Brecht
(1898-1956)

El nombre original de este gran dramaturgo alemán era Eugen Berthold Friedrich Brecht, que nació en el seno de una familia burguesa de Augsburgo, ciudad de Baviera, en 1898. Su padre, católico, era un acomodado gerente de una pequeña fábrica de papel, y su madre, protestante, era una hija de un funcionario.
El joven Brecht era un rebelde que jugaba al ajedrez y tocaba el laúd. Se sentía atraído por lo distinto, lo extravagante, y se empeña en vivir al margen de las normas de su tiempo, de su recato y su sentido de disciplina. Desde muy joven demostró que estaba lleno de ideas para construir una sociedad distinta, mejor.
En la escuela destacó por su precocidad intelectual. En 1917 inició la carrera de Medicina en la universidad de Munich. Después de hacer el servicio militar como médico, volvió a sus estudios, pero los abandonó en 1921.
Comenzó a escribir poesía desde muy joven, y publicó sus primeros poemas sobre prostitutas y vagabundos en 1914. También escribía cuentos, y canciones que entonaba él mismo acompañándose con la guitarra.

Baal

En 1918, con sólo veinte años, escribió su primera obra teatral, Baal, una obra de gran fuerza poética, cuyo personaje principal es un poeta y asesino bisexual. Representada en 1923, esta obra se convirtió en un gran éxito. En ella Brecht se propuso parodiar un drama expresionista de Hans Johst, El solitario. Evoca la decadencia de un poeta, exalta un heroísmo fundado en la voluntad de poder. Brecht retoma los temas y el ambiente en escenas breves, contrastantes, donde se descubre la influencia del Woyzeck de Büchner.
La violencia y el cinismo de Baal descubren un deseo de intercambio intenso, constante, con el mundo. Deseo negativo, pervertido si se quiere. Baal desea una fusión con las fuerzas elementales, un retorno a la vida vegetativa que se traduce en toda una simbología de la descomposición. Este lirismo nauseabundo va acompañado, sin embargo, de una serie de imágenes frescas; los ríos donde Baal no cesa de sumergirse, las nubes, los prados y los vientos. Aunque se trate de una descomposición, de un escurrirse sin esfuerzo, Brecht manifiesta siempre la misma nostalgia del sueño inconsciente. Esta identificación del árbol con la tierra, con el viento que le ayudará a mejor morir, la persigue Baal a través de todas las formas de la embriaguez: la del vino, de la cópula, del matar. Bebe para protestar, para exaltarse, para ahogar su conciencia, la gran envenenadora. En cuanto a sus desenfrenos sexuales, no tienen más que un fin: dejar al hombre al desnudo, privarlo de todos sus ornamentos, de sus coartadas, de sus justificaciones: ¡la bestia a la luz del sol! Baal está en celo. Baal desea una hembra, no importa cuál, con tal que tenga el aspecto de hembra. Mas si él busca siempre un rostro, siempre el mismo, es precisamente en la ausencia de todo rostro. Baal destruye a sus víctimas, aniquila en ellas lo que tienen de irreemplazable:
— Sofía: ¿Sabes siquiera cómo me llamo? Me llamo Sofía Barger.
— Baal: Debes olvidarlo. (La abraza) Ahora perteneces al viento.
Al proceder así, Baal se niega esa comunicación que busca desesperadamente, comunicación que no se puede establecer sino en el dominio del lenguaje, que aquí se ha rechazado. No hay intercambio humano entre animales. No hay sino destrucción, y los amores de Baal terminan en destrucción.
Se diría que Brecht presiente confusamente que ese rechazo heroico de toda sociedad está condenado a un callejón sin salida. El fin de Baal es de una amarga ironía. Muere solo, llamando en vano esa presencia humana que tan orgullosamente había rechazado:
Baal: Afuera debe ser de día. Quiero salir. (Grita) No soy una rata. Quiero salir. ¡Llegar hasta la puerta!
Sí, salir, franquear el abismo que separa al joven burgués Brecht de una sociedad caótica. Abandonado a su soledad y a su fragilidad, el hombre brechtiano experimenta un sentimiento de profunda inseguridad. Hace lo contrario de lo que desearía hacer. Sus actos se convierten en sus enemigos, se vuelven contra él. Se ve dotado de energías destructoras (vivir, es un poco morir) y lo más íntimo de sí mismo le permanece extraño. Como Mazeppa, cuya carrera desenfrenada ha descrito Brecht en una de sus primeras baladas, está atado al caballo de sus instintos y acechado por los buitres.
Vivir, se pregunta el joven Brecht, ¿no será aprender a no sufrir, a dejarse hundir? Y de súbito, este llamado, todavía tan tímido y vago, de un mundo donde, al fin, se viviría mejor.
Se notará que Brecht renuncia desde el principio -y esto es lo que lo separa de los expresionistas- a toda disculpa metafísica. Su esperanza se funda en la desesperación. Enclaustra al hombre en este mundo, lo abandona a sus semejantes. A esto se añade una intuición espontáneamente dialéctica, que ayunta la podredumbre con la existencia y se empeña en convertir la destrucción en energía productiva. Esta intuición es una piedad sin trascendencia, estoica, objetiva. La incertidumbre del joven Brecht se refleja en las relaciones contradictorias que le unen a su héroe. No escribe Baal para proponernos un ideal de vida, sino para llevar hasta el absurdo una experiencia. Y si se siente fascinado, hasta cierto punto por la vitalidad insolente de su personaje, es siempre con cierta reserva. Veinte años más tarde volveremos a encontrar a Baal bajo la piel de Puntila, el terrateniente también él ebrio, seductor y marrullero. Pero ahora Brecht lo denuncia como una calamidad social. Ya no se dejará engañar por su peligrosa exaltación, ni por sus simulacros de autodestrucción, que se vuelven al fin contra aquellos que el destino (o más bien la economía) abandona a su suerte. La crítica -fundada en la experiencia diaria de la clase obrera- será puesta en boca del chofer Matti. Pero, por ahora, Brecht tiene todavía una imagen totalmente romántica del pueblo. Sus obreros son reclutados entre el lumpenproletariado. Baal busca por instinto su alianza o por lo menos su aprobación. Pero aunque admiran su inteligencia, su valor, desearían verlos aplicados a algo útil. En Baal se deja entrever el problema de una alianza, dotado curiosamente de significado religioso, las intenciones del pastor coincidiendo con la de los estibadores.
En Baal se aprecia ya un esbozo de crítica social, aunque equívoca, abstracta, puramente instintiva. Mis conocimientos políticos -dirá Brecht en 1939- eran entonces vergonzosamente limitados; tenía, sin embargo, conciencia de las grandes diferencias que separan a los hombres en su vida social, y no creía que fuese mi deber resolver formalmente las discrepancias y los antagonismos que yo sentía profundamente.

Tambores en la noche

Luego, entre 1918 y 1920 escribió una pieza sobre el revolucionario antiesclavista, Espartaco, que después sería retitulada Tambores en la noche, influida por la revolución en Alemania. Ataca, pues, una situación real, histórica. Los antecedentes se encuentran en la rendición de los soldados insurrectos, síntoma -según Rosa Luxemburgo- de la inmadurez general de la revolución alemana. Brecht mismo, que fue miembro del consejo revolucionario de Ausburgo, sufrió la amarga experiencia de este desastre.
El argumento de la obra se centra en un soldado, Andrés Kragler, a quien se tenía por muerto pero que regresa a Berlín después de un largo cautiverio. Su novia está comprometida con otro, un obrero que ha sabido aprovecharse de la guerra. Los padres de Ana, que no quieren saber nada del Kragler, precipitan la boda. Durante el banquete, que la revolución perturba, Ana siente de nuevo crecer su amor por Kragler y mientras ella corre en su busca, éste se ha mezclado con un grupo de obreros en una taberna. Ha bebido y presa de una súbita exaltación los arrastra hacia el barrio donde ha estallado la revuelta. En ese momento encuentra a Ana, y tras una dramática, discusión, traiciona la causa: ¿Irá mi carne a pudrirse a las cloacas para que vuestras ideas vayan al cielo? Pero, ¿estáis borrachos? Yo soy un cerdo y este cerdo se va a su casa.
Pero más que al proletariado, Brecht fustiga a la burguesía que, a despecho de su patriotismo, no es capaz de elevarse por encima de su estrechez de miras, de sus intereses inmediatos. Ella misma se condena. Ni siquiera se da cuenta de los peligros que la amenazan. Su idealismo es mortal. Los padres de Ana tienen la manía de invocar al cielo pero, en función de las circunstancias, reniegan de él con la misma facilidad. El señor Balicke, cuando habla de la muerte adopta un lenguaje brutal de técnico o de hombre de negocios. Lo cual no le impide deplorar la ausencia de ideal en las masas: Y lo peor, os lo puedo asegurar, son los soldados del frente. Aventureros depravados, harapientos, que han perdido el gusto por el trabajo y para quienes nada hay sagrado. El idealismo burgués es bueno para los demás. Un arma para los poderosos, un veneno para los débiles. Es una palabra devaluada que no sirve más que para ocultar la brutalidad de un sistema donde son objeto de escarnio los sentimientos más profundos, los más auténticos.
El cinismo del padre de Ana se encuentra plenamente justificado. Cuando pregunta a Kragler si dispone de los medios necesarios para mantener a su hija, no hace sino interpretar las razones que el corazón ignora pues la moral del sistema está fundada precisamente sobre esta cuestión de los medios. Es culpable cualquiera que no tiene dinero. Como en Baal, Becht reduce al hombre a sus necesidades que, por elementales que parezcan, tienen un significado moral. De su satisfacción depende el futuro humano y su alcance sobrepasa el dominio limitado de la vida privada. Un personaje de la obra afirma: Esto es lo humano. Esto nos concierne a todos. ¡Es necesario, por tanto, que recupere a su mujer! Por su parte, Ana repite: Yo tenía miedo. Debí esperarte a pesar de mi miedo, pero soy mala. Deja mi mano, todo en mí es malvado.
Las necesidades son humanas pero el capitalismo es inhumano ya que impide la satisfacción de estas justas necesidades. Vemos esbozarse el tema del no-quiero-pero-debo. A la traición de Ana corresponde la de Kragler, proletario honrado, débil, manejado por otros más astutos que él; pero no llegaríamos hasta afirmar que es un juguete ciego e inconsciente del destino. Ya no le está permitida la inocencia de Woyzzeck, lleva consigo la veleidad de una visión clara, el barrunto de una conciencia de clase. Sin embargo, será suficiente que se le presente una solución inmediata, ilusoria, retardadora, para que se refugie en ella. No le quedará más disculpa a su cobardía que la culpa de los demás. Acabará, incluso, por esgrimir los argumentos de su peor enemigo, el padre burgués de Ana: Desgarran los periódicos en las acequias, colman de insultos a las ametralladoras, se disparan a las orejas y creen construir un mundo nuevo. Estas opiniones traducen una desconfianza hacia el romanticismo revolucionario.
Al final de su obra Brecht sacude al auditorio: Todo esto no es más que puro teatro. Simples tablas y una luna de cartón. Pero los mataderos que se encuentran detrás, ésos sí que son reales. La moralidad de la obra suplanta al teatro tradicional, que pretende ser imparcial. Sólo más tarde esta imparcialidad será puesta en tela de juicio por Brecht. Tendrá, ciertamente, que educarse políticamente. Pero, por ahora, está decepcionado, confundido por el fracaso o más bien por la corrupción, de la revolución. Como su héroe, se refugia (por algún tiempo) en la esfera de los intereses privados.
Estas dos obras juveniles, junto con La vida de Eduardo II de Inglaterra (1924), marcan ya distancias con las dos corrientes de vanguardia en aquella época: el simbolismo y el expresionismo. El centro de su escritura es la dimensión concreta de la realidad. Buscando, como tantos de sus contemporáneos, la abstracción por la abstracción, sin tomar en cuenta las contradicciones reales de su tiempo, el joven Brecht se encierra en un círculo vicioso, choca con la contradicción fundamental del capitalismo: al promover una producción de carácter cada vez más colectivo, no hace sino acrecentar el aislamiento de los individuos. El intercambio de mercancías no es ya el signo, el vehículo de un intercambio humano. El hombre, en una palabra, se enajena, se pierde en los objetos que conquista. El reencuentro es imposible, fuera de la matanza o de la sexualidad.
Esta atomización de la sociedad provoca en el joven Brecht un reflejo de inquina contra cualquiera que se acomoda a ella. Éste es el aspecto positivo de su rebelión anarquizante. Sus héroes, sabiéndose cogidos dentro del engranaje, vendidos como una mercancía, se lanzan a una protesta absoluta contra toda forma de sociabilidad. A una necesidad absoluta oponen una libertad absoluta. Este nihilismo puede convertirse fácilmente en quietismo resignado.
Por aquella época la agitación revolucionaria bávara de 1918, llevó a Brecht a ingresar en 1919 en el partido social-democrata independiente. Más adelante, hacia 1927, comenzó a estudiar El Capital de Marx y en 1929 ingresó en el Partido Comunista.
En 1924 abandona Augsburgo y se traslada a Munich; de ahí se trasladaría posteriormente a Berlín, la capital, en la que reinaba una vida cultural efervescente. Allí conoce al poeta expresionista Arnolt Bronnen y funda con él una productora. Por ella está dispuesto incluso a cambiar la escritura de su nombre. La empresa común se llamaría Arnolt y Bertolt.
Entre 1929 y 1934 escribió una serie de obras entre las que se destacan: Línea de conducta, Acuerdo y tal vez el más importante y bello de los trabajos de esta época: La excepción y la regla (1930), obra de profundo alcance humano.
Hasta 1933, Brecht trabajó en Berlín como autor y director de teatro. Pero en aquel año, Hitler se hace con el poder. Sus dramas son prohibidos, los libros quemados, las funciones interrumpidas por la policía y se le retira su ciudadanía alemana. La represión le empuja al exilio, primeramente a Austria, Dinamarca y Suiza y depués a Estados Unidos.
Allí intentó escribir para la industria de Hollywood, pero sus guiones no fueron admitidos por las grandes productoras cinematográficas.
Vuelve a ser perseguido, aún en Estados Unidos, donde fue acusado en 1947 de actividades antiamericanas y tuvo que escapar otra vez a Suiza, sin esperar el estreno de su drama Vida de Galileo Galilei en Nueva York.
En el exilio el teatro épico de Brecht alcanza su plena madurez con sus cuatro grandes dramas escritos entre 1937 y 1944.
La vida de Galileo Galilei recrea muy libremente la biografía del científico, describiendo la auto-condenación del personaje para dar encima de su teoría heliocéntrica delante de la Inquisición.
Madre Coraje y sus hijos, escrita en 1939, es una tentativa de demostrar que los empresarios pequeños codiciosos no vacilan en promover devastadoras guerras para ganar dinero.
El hombre bueno de Sezuan (1938-40) examina el dilema de cómo ser virtuoso y sobrevivir al mismo tiempo en un mundo capitalista.
En El círculo caucásico de tiza narra la historia de una pugna por la posesión de un niño entre una madre de la alta sociedad que le abandona, y una criada que se ocupa de él.
Más adelante, en 1948, escribió El Señor Puntilla y su servidor Matti, un drama popular sobre un granjero finlandés que oscila entre la sobriedad grosera y el buen humor borracho.
Tras la guerra pasó un año viviendo en Zurich y después de 15 años de exilio volvió a Alemania en 1948, instalándose en Berlín oriental. Entonces comenzó a trabajar en el Antígona de Sófocles, versión de Friedrich Hölderin, y en otra orbra importante, el Pequeño Organum para el teatro.
En Berlín fundó su propia compañía de teatro, el Berliner Ensamble que, con un grupo de actores de alta categoría, llegaría a hacerse famoso.
Son años de escenificaciones y publicaciones espectaculares.
Su obra mundialmente conocida es la pieza de teatro Ópera de los tres centavos, una obra disparatada, que trata de prostitutas, vividores, mendigos y delincuentes.
En Brecht 1955 recibió el premio Stalin de la paz. Al año siguiente, el 14 de agosto, contrajo una inflamación del pulmón y murió de una trombosis coronaria en Berlín del este.
Su estilo y su lenguaje continúan ejerciendo influencia hasta hoy día en el teatro moderno. Los teatros de todo el mundo serían inimaginables sin sus obras.
Brecht escribió y adaptó numerosos textos en prosa y en verso y más de 40 piezas de teatro, además de un sinnúmero de escritos sobre el teatro, anotaciones sobre sus obras, indicaciones para los actores y esbozos de formas teatrales.
También publicó una serie de importantes ensayos referidos a la función del teatro, entre los que se destacan Popularidad y realismo (1938), Observación del arte y arte de la observación (1939).
En estos libros teóricos considera que el arte debe actuar sobre todos los hombres, independientemente de su edad, educación y condición; oponiéndose a las obras de arte que necesitaran ser explicadas para ser entendidas. Pero también consideraba que la auténtica popularidad no es aquella que banaliza al arte mismo; sino aquel que se democratiza y esto era hacer de un pequeño círculo de entendidos, un gran círculo de entendidos. Popularidad y experimentalismo no son, para Brecht, nociones que se excluyan mutuamente, como tampoco serían poesía e ideología.
Todas las obras de Brecht están absolutamente ligadas a razones políticas e históricas y tienen un sobresaliente desarrollo estético. En realidad, en Brecht se encuentran siempre unidos el fondo y la forma, la estética y los ideales.
Desde sus comienzos se caracterizó por una radical oposición a la forma de vida y a la visión del mundo de la burguesía y, naturalmente al teatro burgués, sosteniendo que sólo estaba destinado a entretener al espectador sin ejercer sobre él la menor influencia. Brecht, desarrolló una nueva forma de teatro que se prestaba a representar la realidad de los tiempos modernos, y se encargó de llevar a escena todas las fuerzas que condicionan la vida humana.
Además de conmover los sentimientos, obligaba al público a pensar; en las representaciones teatrales nada se daba por sentado y obligaba al espectador a sacar sus propias conclusiones. Hasta el fin de su vida sostuvo la tesis de que el teatro podía contribuir a modificar el mundo.
Para ello fue creando una nueva idea del arte como comprensión total y activa de la historia: no contemplación lírica de las cosas y tampoco replegamiento sutil sobre la subjetividad, sino elecciones humanas y morales, verificación de los valores tradicionales y elaboración de una nueva presencia de la poesía en la sociedad.
Su llamado teatro épico, narrativo, continua apuntando en las escenificaciones de hoy a provocar la conciencia crítica de espectadores y actores. Hay que desmenuzar el texto, no sentirlo, examinarlo desde lejos, tomar distancia del propio yo. Nada de sentimentalismos que provoquen lágrimas en el escenario.
Brecht hizo gala de antisentimentalismo, así como de su condolencia para los pobres y su sufrimiento, al tiempo que atacaba la falsa respetabilidad de los burgueses.
El famoso efecto de distanciamiento creado por Brecht es un arma contra el romanticismo y el sentimentalismo. La crítica social, la compasión con los seres humanos y el consiguiente cambio de la sociedad debían desempeñar el papel esencial. Así, las canciones interrumpen los parlamentos, el telón priva al escenario de la magia teatral, y un cartel plantea la exigencia.
Los actores de Brecht son sus alumnos: los deja actuar en el escenario y de ese modo edifican la pieza, mientras que el director la destruye. La genialiad y la ingenuidad mantienen un equilibrio. Esta combinación es el secreto del éxito de Brecht.
Brecht figura entre los autores más importante del siglo XX. Es el prototipo de intelectual revolucionario que ha tratado descifrar la realidad a través del arte.
Lo cierto es que su obra teatral y sus numerosos escritos teóricos han ejercido enorme influencia sobre los escritores contemporáneos a él. Hoy el enorme talento literario de Brecht se mantiene intacto, no se pierde a pesar de las modas transitorias y vacías porque, como decía en una de sus poesías:

Las nuevas épocas no comienzan de pronto.
Mi abuelo vivía ya en la época nueva.
Mi nieto vivirá todavía en la antigua

domingo, agosto 13, 2006

Recordando a Mateo Fossa


El 26 de junio de 1973 moría un gran dirigente obrero revolucionario

Los trabajadores tienen sus grandes figuras, sus próceres obreros. No los registran la historia ni los homenajes oficiales. Uno de ellos es Mateo Fossa (1896-1973). Fundador y dirigente desde 1917 del Sindicato de la Madera, integró el Partido Comunista y rompió en 1927, haciéndose seguidor de Trotsky. En los últimos años de su vida ingresó al Partido Socialista de los Trabajadores (PST).
Desde muy joven, como trabajador tallista (o escultor) de madera, simpatizó con el espíritu revolucionario de los viejos anarquistas y trabajó con ellos, impulsando la organización sindical del gremio. Sus inclinaciones políticas lo llevaron a ingresar a la juventud del Partido Socialista en 1913. Allí se alineó con el ala internacionalista que rechazó la guerra interimperialista y luego fundó el Partido Comunista. Al comenzar el viraje burocrático de Stalin, Fossa encabezó el sector crítico que editó La Chispa y luego se unió a la Oposición de Izquierda de León Trotsky.
Encabezó las huelgas contra la dictadura de Uriburu
Fossa fue uno de los pocos dirigentes obreros que luego del golpe de Uriburu siguió en la lucha, perseguido por el régimen dictatorial y por la burocracia del PC. Cuando vino nuevamente el ascenso de los trabajadores, allí estaba él. Fue el dirigente indiscutido de la huelga de la madera de 1934, que conquistó la semana laboral de 40 horas. Cuando en 1935-36 se dio la gran huelga de la construcción, Fossa organizó el comité de solidaridad, que cumplió un papel decisivo para el triunfo. Luego de varios meses de lucha se obtuvo íntegramente el petitorio de reivindicaciones, que fue negociado personalmente por Mateo Fossa. Fue parte de esa camada de grandes dirigentes que dieron lugar al fortalecimiento de los sindicatos por industria y la fundación de la CGT.

Un trotskista de toda la vida

En 1938, más de treinta sindicatos lo eligieron para que participara en una reunión sindical a realizarse en México. Mateo aprovechó la oportunidad para conocer al gran dirigente de la Revolución Rusa, León Trotsky, exiliado en ese país. El dirigente de la central sindical mexicana, Lombardo Toledano, compañero de ruta del PC stalinista, le impidió entonces participar del evento. Con toda modestia, hasta sus últimos días, Mateo decía que lo más importante que le había pasado en la vida fue aquella entrevista con el viejo revolucionario ruso.
Durante la guerra comenzó a acercarse y a luchar junto a los nuevos dirigentes obreros que a su vez se fueron sumando al peronismo. Rechazó la Unión Democrática y siempre enfrentó a la burocracia sindical, esperanzado en que desde el peronismo surgiera una fuerte tendencia clasista e internacionalista.
En los 60 integraba la Mesa Coordinadora Nacional de Jubilados, como secretario adjunto. A fines de 1972 se sumó al Frente de los Trabajadores que impulsaba el PST y luego se integró plenamente. En las elecciones de marzo de 1973 fue candidato a senador por la Capital.
Solo dejó la actividad militante cuando, a los 77 años, le falló el corazón. Seis integrantes de la Juventud Socialista fueron encargados de llevar su féretro en el Cementerio de San Martín. Lo consideraban más que su maestro: era su hermano mayor.
Desde entonces, para el PST fue uno de sus grandes orgullos haber tenido el inmenso honor de contar entre sus filas a este revolucionario cabal y uno de los más grandes dirigentes de las luchas obreras del siglo.

Su presencia en Avanzada Socialista

Meses antes de morir, terminada la campaña electoral, Mateo tomó la costumbre de visitar la redacción del periódico y empezó a escribir con su letra apretada y sin querer que apareciera su firma. Llevaba notas con comentarios, artículos, preguntas, sobre los jubilados (su preocupación militante), la burocracia sindical, la desocupación, la liberación nacional, el nuevo gobierno peronista o los sindicatos.
Acostumbraba ir los lunes, en medio del cierre del periódico. Y provocaba el milagro de transformar a los apurados redactores en “alegres contertulios que, saboreando un café, recordaban hechos del pasado y discutían su aplicación presente y su utilización periodística” (Avanzada Socialista Nº 66, 4 al 11 de julio de 1973).

Mercedes Petit

España en la época de Cervantes

400 aniversario de Don Quijote

"Dondequiera que ha conquistado el poder, la burguesía ha destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas; ha desgarrado sin piedad las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a sus ‘seres superiores’, para no dejar subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel ‘pago al contado’". (Marx y Engels. El Manifiesto Comunista. Madrid. Fundación Federico Engels. 1996. p. 41).

"España conoció períodos muy florecientes, períodos de superioridad sobre el resto de Europa y de dominio sobre América del Sur. El poderoso desarrollo del comercio interior y mundial iba venciendo el aislamiento feudal de las provincias y el particularismo de las regiones. La fuerza e importancia crecientes de la monarquía española estaban entonces ligadas estrechamente al papel centralizador del capital comercial y a la gradual formación de una ‘nación española’". (Trotsky. La revolución española y las tareas de los comunistas. 24 de enero de 1931)

Este año se celebra el 400 aniversario de la primera publicación de Don Quijote, la mayor obra maestra de la literatura española. La clase obrera, la clase que tiene el mayor interés en la defensa de la cultura, debería celebrar entusiastamente este aniversario. Fue la primera gran novela moderna, escrita en un lenguaje que los hombres y mujeres corrientes podían entender. Era uno de los libros favoritos de Marx y que frecuentemente leía en voz alta a sus hijos.
La lucha por el socialismo es inseparable de la lucha por las ideas y la cultura. En un gesto generoso el presidente Chávez ha ordenado la publicación de una edición especial de dos millones de copias de la obra maestra de Cervantes para distribuirlas gratuitamente. Por nuestra parte, celebramos el aniversario analizando Don Quijote desde el punto de vista del materialismo histórico.

La vida de Cervantes

Miguel de Cervantes (1547-1616) es la figura más famosa de la literatura española. Novelista, dramaturgo y poeta con una considerable producción literaria, es recordado hoy casi totalmente como el creador de Don Quijote. Cervantes nació en Alcalá de Henares, una ciudad próxima a Madrid, en el seno de una familia de la nobleza inferior. Su padre, Rodrigo de Cervantes, fue cirujano y la mayor parte de su infancia Cervantes la pasó de ciudad en ciudad mientras su padre buscaba trabajo. Su padre era bien conocido en Valladolid, Toledo, Segovia y Madrid, por sus deudas. Éstas le llevaron en más de una ocasión a la cárcel, un destino que en aquella época era demasiado común.
A primera vista la vida de Cervantes era meramente una larga lista de fracasos: fracasó como soldado, fracasó como poeta y dramaturgo. Más tarde encontró un empleo como recaudador de impuestos, pero incluso esto fue un desastre. Fue acusado de corrupción y terminó en prisión. Pero esta amplia experiencia le permitió obtener de primera mano un conocimiento de una gran variedad de tipos humanos y conocer desde dentro la sociedad de la época.
El interés por la escritura de Cervantes se produce en 1568, cuando escribió algunos versos en homenaje a Isabel de Valois, la tercera esposa de Felipe II, sin duda con la intención de obtener dinero y favores. Pero su carrera literaria fue interrumpida por el servicio militar. Después de estudiar en Madrid (1568-1569), con el humanista Juan López de Hoyos, en 1570 se unió al ejército español en Italia. Participó en la batalla naval de Lepanto (1571), a bordo del barco de guerra Marquesa. Herido en el brazo por un arcabuz, su mano izquierda quedó inútil para el resto de su vida. Pero esto no le impidió unirse de nuevo a la milicia otros cuatro años.
Cansado de la guerra, regresó a España en 1575, junto con su hermano Rodrigo en la galera El Sol. Pero el barco fue capturado por los turcos y él junto a su hermano fueron llevados como esclavos a Argel. Cervantes pasó cinco años como esclavo hasta que su familia pudo conseguir el dinero suficiente para pagar su rescate. Fue liberado en 1580.
Después de regresar a Madrid tuvo varios puestos administrativos temporales, sólo regresó a la escritura relativamente al final de su vida. Escribió obras como La Galatea y Las tratas de Argel, que trataba de la vida de los esclavos cristianos en Argel y consiguió cierto éxito. Aparte de sus obras, su trabajo más ambicioso en verso fue el Viaje al Parnaso (1614). También escribió muchas obras de teatro, sólo dos han sobrevivido, y novelas cortas. Pero ninguna de sus obras le daban para vivir.
Finalmente se casó. Cervantes se dio cuenta de que una carrera literaria no le daba suficientes recursos para mantener una familia. Así que se trasladó a Sevilla donde consiguió trabajo como comisario de abastos de la marina. Sus aventuras no se detuvieron aquí. Consiguió éxito pero también muchos enemigos, como resultado sufrió largos períodos de prisión. En uno de estos períodos de inactividad forzosa comenzó a trabar en el libro que le daría fama eterna. La primera edición de Don Quijote apareció en 1605. Según cuenta la tradición, fue escrito en la prisión de Argamasilla en La Mancha. La segunda parte de Don Quijote apareció en 1615.
El libro fue un éxito y le granjeó a su autor fama internacional, pero siguió siendo pobre. Entre los años 1596 y 1600 vivió principalmente en Sevilla. En 1606 Cervantes se asentó de manera permanente en Madrid, donde permaneció el resto de su vida. El 23 de abril de 1616 ¾ la fecha en la que murió Shakespeare ¾ Cervantes murió en la pobreza en la calle de Madrid que ahora lleva su nombre, sólo un año después de que apareciera la segunda edición de Don Quijote.
La obra maestra de Cervantes parece haber comenzado su vida como una caricatura cómica de los libros de caballería que eran populares en la época, pero era un amplio reflejo calidoscópico de la época en la que vivió Cervantes. Está lleno de vida porque refleja fielmente la vida de ese período ¾ un rico mosaico de un mundo en transición ¾ , un fermento de ideas y costumbres en conflicto y una variedad sin fin de caracteres. La mayoría de sus personajes proceden de las clases más bajas. Don Quijote fue un nuevo punto de partida en la literatura: un dibujo de la vida real y las maneras escrito en un lenguaje claro y cotidiano. Los lectores aclamaron la invasión del lenguaje cotidiano en una obra literaria.
A diferencia de muchos de sus contemporáneos, Cervantes no tenía un patrón adinerado. Dependía exclusivamente de sus lectores. Esta era una relación totalmente nuevo entre el escritor y su público. Cervantes sólo podía comer vendiendo sus libros y sólo podía venderlos escribiendo en un tono que resonara en los corazones y las mentes de su público. Esto lo consiguió brillantemente. Pocos libros en la historia han reflejado tan fielmente el nuevo espíritu que se estaba desarrollando en la sociedad. Para apreciar esto, es necesario tener una idea aproximada de lo que era realmente la sociedad española de esa época.

La España de Cervantes

"El descubrimiento de América, la circunnavegación de África abrieron nuevos horizontes e imprimieron nuevo impulso a la burguesía. El mercado de China y de las Indias orientales, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el incremento de los medios de cambio y de las mercaderías en general, dieron al comercio, a la navegación, a la industria, un empuje jamás conocido, atizando con ello el elemento revolucionario que se escondía en el seno de la sociedad feudal en descomposición". (El Manifiesto Comunista. Op. Cit. p. 40)
La España de Cervantes era una sociedad en transición. La unión de las coronas de Aragón y Castilla consiguió, a través del matrimonio de Fernando e Isabel, crear las bases para la unificación española y la creación de una monarquía absolutista. La caída de Granada, el último reino morisco de España, fue el acto final de la Reconquista que había durado siglos. A esto siguió rápidamente el descubrimiento de América y el ascenso de España como una potencia económica y militar dominante en Europa.
En la época en la que nació Cervantes Madrid sólo tenía 4.000 habitantes, aunque era comparable en tamaño a Toledo, Segovia o Valladolid. El crecimiento de Madrid fue el resultado de los fueros o derechos concedidos a la nacientes burguesía española de los reinos de Castilla y León en el período medieval. En el siglo XIV, Fernando VI trasladó la corte para aprovechar la caza, el clima y el agua pura. También dio a la monarquía una base independiente, libre del control de la nobleza provincial.
Bajo Felipe I el vasto aparato burocrático del estado absolutista se completó y perfeccionó. Madrid se transformó y pasó de ser una villa provinciana a una ciudad de 100.000 habitantes, llena de iglesias, catedrales, palacios y embajadas. Para construir la ciudad, se cortaron todos los bosques. La zona que había sido conocida por su aire y agua pura se convirtió en un agujero pestilente. Las calles de Madrid eran oscuras, estrechas y llenas de basura putrefacta, con cerdos merodeando alrededor de la suciedad. La división arbitraria de las casas, los palacios de mal gusto, las calles llenas de basura y los cadáveres de animales, los barrios empobrecidos con su atmósfera morisca, las casuchas de los pobres arremolinadas alrededor de las casas de los ricos. En todas partes estaba el hedor de la basura podrida y peor, fermentando en las calles donde se abandonaba convenientemente bajo la cobertura de la oscuridad. La corte de Madrid no era mucho mejor, según todas las crónicas, era conocida como la más sucia de toda Europa. Algunos embajadores extranjeros la comparaban con una aldea del interior de África.
Era un caldero hirviente de cambio social donde las viejas clases se descomponían más rápidamente de lo que podían ser sustituidas por las nuevas. La decadencia del feudalismo, junto con el descubrimiento de América tuvo un efecto devastador en la agricultura española. En lugar de un campesinado productivo ganándose el pan con el sudor de su frente, nos enfrentamos a un ejército de mendigos y parásitos, aristócratas arruinados y ladrones, sirvientes monárquicos y borrachos, todos luchando por vivir sin trabajar.
La podredumbre empezaba por arriba. En medio de toda esta pobreza y suciedad, ruido y miseria, la corte española era considerada como la más brillante de Europa. Era un espectáculo sin final de bailes, mascaradas y música. Los monárquicos españoles vivían espléndidamente, a crédito. Raramente pagaban a sus proveedores. Una cosa tan vulgar como el dinero apenas merecía consideración para la aristocracia.
La nobleza parasitaria vivía en condiciones de tan célebre extravagancia que se hizo necesario aprobar leyes contra el lujo excesivo en el vestir, muebles e incluso sillines. Las autoridades incluso tuvieron que organizar la quema pública de zapatillas decoradas, ligas de damas y ropas adornadas. Algunos duques iban acompañados de 100 lacayos vestidos de seda. Incluso los oficiales del ejército aparecían en público vestidos con ricos jubones y chaquetas decoradas con cintas, joyas y plumas.
A pesar del barniz externo de piedad religiosa, muchos nobles flirteaban públicamente con religiosas jóvenes y atractivas a quienes encontraban en las calles. Se dice que el famoso retrato del Cristo de Velazquez fue entregado como un regalo de penitencia por Felipe IV por una de sus innumerables aventuras sexuales. Las damas de la nobleza no eran mejor que sus hombres. Cuando la duquesa de Nájera y la condesa de Medellín se pelearon, primero se lanzaron una lista de insultos que habrían ruborizado a una verdulera y después recurrieron con entusiasmo al argumento más penetrante del frío acero.
La corrupción era la norma, los funcionarios honestos eran la excepción. La Iglesia y el Estado estaban llenos de un auténtico ejército de parásitos y adláteres, todos luchando por conseguir fortuna del bolso público. Muchos funcionarios vivían una existencia precaria y estaban dispuestos a vender a su abuela por unos pocos reales. La venta de cargos era la norma. Los ministros particularmente corruptos eran satirizados en versos insidiosos, pero lo normal era que no se prestara demasiada atención a un fenómeno que eran tan común que llegaba a ser considerado normal.

La Armada Invencible

Felipe II heredó un fabuloso y rico imperio pero que no estaba basado en cimientos sanos. El ayudaría a socavarlo aún más con aventuras y guerras exteriores. El Escorial fue un monumento a su régimen burocrático desalmado. Aquí el espíritu del burocratismo intolerante estaba mezclado con el fanatismo religioso: en parte palacio, en parte monasterio, en parte mausoleo, ese era el centro administrativo del vasto imperio. Detrás de los elevados muros de El Escorial, Felipe II satisfacía sus fantasías imperiales, construyendo, reparando y reconstruyendo constantemente sus palacios reales, utilizando mármol y otros materiales costosos.
La nobleza se daba prisa para imitar el ejemplo de su monarca, construyendo sus propios palacios. La explosión de la construcción pronto diezmó los ricos bosques que habían cubierto la sierra de Madrid desde tiempos inmemoriales. Estos grandiosos planes al final llevaron a la bancarrota. Esa es la ironía central, la cumbre de su poder y riqueza. España se dirigía de cabeza al declive y el empobrecimiento. Un siglo después el orgullo hidalgo con agujeros en su capa, la cartera vacía y el árbol genealógico tan largo como la lista de sus deudas se había convertido en un personaje literario común.
Aunque España era la potencia dominante en Europa, su desarrollo social iba por detrás del de Inglaterra, donde las relaciones capitalistas en la agricultura ya estaban muy avanzadas después de las conmociones de la Peste Negra y la Revuelta de Campesinos de finales del siglo XIV, como explica Marx:
"En Inglaterra la servidumbre de la gleba, de hecho, había desaparecido en la última parte del siglo XIV. La inmensa mayoría de la población se componía entonces y aún más en el siglo XV de campesinos libres que cultivaban su propia tierra, cualquiera que fuere el rótulo feudal que encubriera su propiedad. En las grandes fincas señoriales el arrendatario libre había desplazado al bailiff (bailío), siervo él mismo en otros tiempos". (Carlos Marx. El Capital. Volumen I. Cap. 24).
A principios del siglo XVI el capitalismo se había ya desarrollado tanto en España como en Inglaterra. Sin embargo, paradójicamente, el descubrimiento de América y su saqueo por parte de España sirvió para asfixiar al capitalismo español en su nacimiento. La afluencia de oro y plata de las minas esclavas del nuevo mundo minaron el desarrollo de la agricultura, el comercio, la manufactura y la industria española. Atizó el fuego de la inflación y en lugar de prosperidad creó miseria.
"Los nuevos descubrimientos habían convertido el comercio terrestre con India en comercio marítimo, las naciones de la península, que hasta ese momento estaban alejadas de las grandes rutas comerciales, ahora se convertían en los agentes y portadores de Europa". (Prescott. History of the Reign of Ferdinand and Isabella. p. 740).
El poder ascendente del capitalismo inglés necesariamente chocó con el poder del imperio español. La corona inglesa, al principio por piratería y después más abiertamente, desafió la supremacía española en los mares. Poco a poco, los ingleses y los holandeses comenzaron a poner pies firmes en el Caribe, sentando las bases para nuevos imperios coloniales. El conflicto entre España e Inglaterra llegó a su punto culminante cuando los ingleses enviaron ayuda militar a los rebeldes protestantes holandeses que se habían revelado contra el dominio español. Esto inevitablemente llevó a la guerra.
El poder de España recibió un duro golpe y su orgullo una dura sacudida cuando en el verano de 1588 la Armada Invencible fue derrotada mediante una combinación letal de barcos de guerra ingleses y borrascoso tiempo atmosférico. De la noche a la mañana España se encontró humillada por el emergente poder de Inglaterra. Esta derrota tuvo un carácter simbólico, el viejo mundo del catolicismo feudal estaba siendo rápidamente sustituido por el ascendente poder del protestantismo capitalista en el norte de Europa.
Los últimos años de Felipe II fueron años de severo declive físico, amargura y ansiedad. Las guerras sangrientas en Flandes parecían no tener final a la vista. Murió en 1598, ocho años después de la derrota de la Armada y con él murió la época en la que España era la dueña de los destinos del mundo. Su hijo Felipe III fue un bufón inútil, más interesado en los placeres de la caza (ya fuera de jabalís salvajes o de bonitas actrices) que en los asuntos de estado. Poco después de la muerte de su padre, se aproximó uno de sus secretarios y le hizo la siguiente pregunta: "¿Qué debemos hacer con la correspondencia, Señor?" y él respondió: "Ponedla en manos del Duque de Lerma".
De este modo, el monarca absoluto se convertía en el monarca ausente. Todo el poder real estaba en manos de su ayuda de cámara, el Duque de Lerma. La decadencia interna de España se aceleró aún más por la incompetencia y degeneración de su casa real. Pero las verdaderas cusas del declive estaban en otras partes. Los gobernantes reales de España eran caracteres adecuados para esta tragicomedia de decadencia senil, nepotismo y corrupción.
España, que fue la primera nación unificada de Europa, y su destacado poder económico y militar, fue derrotada por aquellas naciones ¾ comenzando con Inglaterra y Holanda ¾ que habían entrado más decididamente en el camino capitalista y donde la burguesía estaba luchando para conseguir el poder política.
Las inmensas riquezas arrancadas del alma de un continente entero rápidamente fueron dilapidadas por la corte y su ejército servil de zánganos aristócratas. Más allá de los muros de la corte había un mar turbulento de miseria, empobrecimiento y desesperación, que periódicamente estallaba en revueltas y disturbios violentos.

El Siglo de Oro

En este período España era una colmena de actividad. Las cosas que ocurrían en casa y en el extranjero alimentaban la imaginación de todos los hombres de espíritu (y también de las mujeres). Este era el telón de fondo del Siglo de Oro español. En España nunca las letras alcanzaron cotas tan deslumbrantes como en esta época. En este período los reyes y los nobles españoles tomaban bajo su patrocinio un gran número de poetas, novelistas y pintores de la más alta calidad. El mundo raramente ha visto tal galaxia de talento literario, con nombres como los de Miguel de Cervantes, Félix Lope de Vega, Francisco de Quevedo, Pedro Calderón de la Barca y Tirso de Molina. Merece la pena mencionar aquí a los nombres más importantes.
La figura excepcional de la época fue Lope de Vega. Aunque descendía de una familia aristocrática de Santander, Lope, como Cervantes, casi siempre pasó dificultades económicas. Era un hombre de su época, compartió sus triunfos y sus tragedias. Participó en la desastrosa aventura de la Armada Invencible. Luchó un duelo mortal y como resultado fue desterrado de Madrid. Se casó dos veces y tomó los hábitos después de la muerte de su segunda esposa. Después de haber amasado una considerable riqueza murió en 1635.
Con esta información vemos como su vida, al igual que la de Cervantes, estuvo llena de aventuras, líos amorosos y viajes. Tan llena estuvo su vida que nos preguntamos cuando tenía tiempo para escribir todo lo que escribió. Escribió mucho, 2.000 obras que no tienen igual en la literatura española. De éstas sólo 430 han llegado a nosotros. Entre ellas hay clásicos como Fuenteovejuna (basada en un hecho real), El mejor alcalde, el Rey y Peribañez o el Comendador de Ocaña. También escribió poemas, épica y romances en prosa, además de obras religiosas.
En algunas de estabas obras vemos importantes elementos sociales y políticos. Fuenteovejuna estaba basada en un hecho real que implicaba una insurrección popular y Peribañez o el Comendador de Ocaña ilustra la tiranía de las relaciones feudales en la España rural. Aquí la gente corriente es presentada en estado de rebelión permanente contra los señores feudales, pero la monarquía es presentada como el aliado y el defensor de la población. En otras palabras, tenemos aquí una expresión literaria del concepto del absolutismo. La monarquía absolutista española, como en todas partes, aumentó su poder a expensas de la nobleza equilibrándose entre las clases.
El contemporáneo de Lope, Pedro Calderón de la Barca, fue un dramaturgo, un filósofo y un teólogo que escribió entre otras cosas, La vida es sueño y El Alcalde de Zalamea. Era igualmente popular pero menos prolífico que Lope. Nació en 1600 en una familia acomodada, su padre era secretario del Tesoro y fue educado en las prestigiosas universidades de Salamanca y Alcalá de Henares. Más tarde participó en las campañas de Flandes y en la supresión de la insurrección catalana de 1640. Se dice que al menos tuvo un asunto amoroso ilícito y un hijo ilegítimo. Pero en 1651 expresó su deseo de entrar en un monasterio y sólo le detuvo la intervención personal de Felipe IV.
Las obras de Calderón tienen un fuerte elemento moralizador y sus personajes están aquejados de él. Están escritas en un estilo barroco. En El Alcalde de Zalamea y El Médico y su honra el tema principal es el honor. Es el ideal feudal de una sociedad cortesana que nunca había existido y, para ser más exactos, no existía en aquella época. No es de extrañar que Felipe IV, el príncipe de los rufianes, ¡fuera un ferviente admirador! Su obra más famosa, La vida es sueño, es el título más apropiado que se ha escrito para la época. La clase dominante española estaba viviendo un sueño del que tuvo un duro despertar.
El nombre de Francisco de Quevedo es menos conocido fuera de España, pero fue otro gran escritor del Siglo de Oro. Su nombre está asociado a la sátira. Dejó tras de sí un cuadro vivo de la España de la época en su obra maestra de lo que se conoce como literatura picaresca: El buscón. Sus obras están caracterizadas por su humor sutil, un espíritu crítico y están claramente enraizadas en los acontecimientos del período trágico de la historia española en la que estuvo destinado a vivir y escribir.
Quevedo vio que el declive de España estaba vinculado con la degeneración y corrupción de la corte. La banda de parásitos que ocupaban El Alcázar de Madrid era bien conocida para él por su experiencia como joven en la corte. A la edad de 31 años decidió trasladarse a Italia para ocupar un puesto en Nápoles como secretario del Duque de Osuna, pero cuando más tarde éste cayó en desgracia Quevedo sufrió la prisión y el exilio. Fue rescatado por el Duque de Olivares, el futuro ayudante de Felipe IV con quien mantuvo una curiosa relación de amor-odio durante el resto de su vida.
Su obra El buscón es probablemente la más hermosa novela satírica del siglo XVII. En su obra Sueños describe la vida de la corte y la aristocracia. Esta obra no cayó bien y fue encarcelado por sus críticas al círculo gobernante y el Duque de Olivares. Cuando más tarde éste último cayó en desgracia, Quevedo fue liberado de la cárcel pero murió en el olvido dos años después, en 1645.
La lista es larga pero mencionaremos sólo un autor más de la época: Tirso de Molina. Este era el seudónimo del fraile Gabriel Téllez, que más tarde nos dejó la inmortal historia de uno de los personajes más inmortales (o más bien amoral) de la literatura mundial: Don Juan, el personaje central de El burlador de Sevilla. Es interesante que este sacerdote estuviera familiarizado con la psicología femenina. En sus comedias de enredo (Don Gil de las calzas verdes y el amor médico) la protagonista siempre es una mujer.

La novela picaresca

"Los expulsados por la disolución de las mesnadas feudales y por la expropiación violenta e intermitente de sus tierras ese proletariado libre como el aire , no podían ser absorbidos por la naciente manufactura con la misma rapidez con que eran puestos en el mundo. Por otra parte, las personas súbitamente arrojadas de su órbita habitual de vida no podían adaptarse de manera tan súbita a la disciplina de su nuevo estado. Se transformaron masivamente en mendigos, ladrones, vagabundos, en parte por inclinación, pero en los más de los casos forzados por las circunstancias. De ahí que a fines del siglo XV y durante todo el siglo XVI proliferara en toda Europa Occidental una legislación sanguinaria contra la vagancia. A los padres de la actual clase obrera se los castigó, en un principio, por su transformación forzada en vagabundos e indigentes. La legislación los trataba como a delincuentes "voluntarios": suponía que de la buena voluntad de ellos dependía el que continuaran trabajando bajo las viejas condiciones, ya inexistentes". (Ibíd..)
Este fue el período que dio nacimiento al más español de todos los géneros literarios: la novela picaresca. El pícaro es un tramposo, un bribón y un aventurero que vive a costa de su ingenio porque no tiene nada más de lo que vivir. Es el producto de un período socio-histórico definido: el período de transición producido por la decadencia del feudalismo. Aquí tenemos los deshechos de un mundo en pleno proceso de disolución. La decadencia del viejo orden provoca una situación caótica en la que la vieja moralidad se resquebraja pero no hay nada que poner en su lugar: de aquí el nihilismo alegre y moral del pícaro.
La sociedad española de la época nos presenta un rico mosaico de canallas, ladrones y estafadores que probablemente no tiene igual en la historia mundial. La filosofía de esta capa se puede resumir en una sola palabra: supervivencia. La vida es una pelea alocada por garantizarse los medios de subsistencia por cualquier método posible. Su lema es: "Todo hombre para sí mismo y dejemos que el diablo tome lo último".
En la segunda mitad del siglo XV Madrid ya estaba establecida como "la muy noble y leal" capital de España. La población comenzó a aumentar por la afluencia de forasteros atraídos por la corte como las abejas a la miel o las moscas a sustancias menos apetitosas. La novela picaresca reflejaba la situación real en el período cuando el feudalismo español estaba en declive. Los engaños del comerciante, la brutalidad de los soldados, el fanatismo de los sacerdotes y la corrupción de los cortesanos, estos eran simples hechos de la vida.
Este complicado calidoscopio era, en realidad, la expresión de una sociedad en proceso de desintegración donde no era posible la síntesis. Junto a la aristocracia con sus altisonantes títulos y monederos vacíos, había una masa de elementos desclasados, mercenarios y aventureros. Las calles de la capital estaban llenas de criminales, desertores del ejército y fanfarrones de todo tipo y tamaño, portando espadas y puñales. Ellos elegían la lucha o un monedero con igual entusiasmo. Las bandas de ladrones eran activos por la noche y no era una buena idea estar en la calle en las horas de oscuridad. Un cronista contemporáneo se lamentaba: "No debe haber un rebelde, lisiado, manco, cojo o ciego en toda Francia, Alemania, Italia o Flandes que no descienda de Castilla".
Este es el verdadero contexto del que surgió el Lazarillo de Tormes, el Buscón y por último, pero no menos importante, El Quijote. Como estilo literario la novela picaresca surge de la degeneración del romance de caballería, como los prototipos humanos que surgen de la degeneración del feudalismo, es sólo otra forma de expresar la misma idea. La decadencia del feudalismo inevitablemente produjo una reacción contra los valores, la moralidad y los ideales del feudalismo. Esta reacción se expresa en la forma de ironía y ridículo; una perspectiva pasada de moda que ha sobrevivido a sí misma, es ridícula por definición y por lo tanto una fuente de humor.
Estas páginas rebosan con todo tipo de vida y personas con caracteres fuertes y coloristas. La clase de antihéroe de la novela picaresca, como en el Lazarillo de Tormes, es una caricatura de los héroes del romance caballeresco. En lugar de un caballero con brillante armadura, es un joven mendigo ruin, una figura familiar en la España de esta época.
Aquí tenemos la verdadera génesis de un género literario reconocible que aparece más tarde en Gil Blas de Le Sage, Jonathan Wilde de Fielding y Barry Lindon de Thackaray. Las páginas de El Quijote están llenas de personalidades y situaciones tomadas del gran libro de la vida mismo. El espíritu de este libro, con su sencillo realismo y alegre optimismo, es claramente el del humanismo renacentista y no tiene nada que ver en absoluto con la contrarreforma. Aquí nuestros ojos se dirigen no hacia el cielo sino hacia la tierra y todas sus riquezas. Su lema es: "Considero que nada humano me es ajeno".
En El Quijote hay un fuerte elemento nacional. Es intrínsecamente un libro español. No podía haber sido escrito en ninguna otra parte. Aquí tenemos el profundo constante del sol y la sombra tan característico del paisaje español que también se refleja en la vida y el carácter del pueblo español. Pero esta explicación, aunque es cierta, de ninguna manera agota la cuestión. No se puede explicar plenamente la riqueza de la caracterización de Cervantes en términos puramente nacionales. Para comprender correctamente a Cervantes es necesario situarlo en su contexto social, económico e histórico.
Fue Marx quien señaló que los períodos de gran transición histórica son particularmente ricos en "personajes". Esto es cierto tanto en Shakespeare como en Cervantes. La Inglaterra de Shakespeare, como la España de Cervantes, estaba en medio de una gran revolución social y económica. Era un cambio turbulento y penoso, que sumió a una gran cantidad de personas en la pobreza y creó en las ciudades una gran clase de elementos lúmpenproletarios desposeídos: mendigos, ladrones, prostitutas, desertores y aquellos que se codeaban con los hijos de los aristócratas empobrecidos y sacerdotes apartados del sacerdocio para crear una reserva interminable de personajes como Sir John Falstaff y el Lazarillo de Tormes.
Las escenas de taberna de dudosa reputación subidas de tono en Don Quijote dan vida y color a la novela, mientras destaca la contradicción central del período histórico. El pueblo normal español es vivo y alegre de la misma forma que la nobleza está muerte y es absurda. El tema central de El Quijote contiene una verdad histórica fundamental sobre España en el período de decadencia feudal. Los ideales de la caballería aparecen ahora tan ridículos y una excentricidad anticuada en la naciente economía capitalista, en donde todas las relaciones sociales, la ética y la moralidad están dictadas por el nexo desnudo del dinero.

Un período de transición

"A él [a Marx] le gustaba Cervantes y Balzac por encima de los demás novelistas. En Don Quijote veía la época de la caballería moribunda cuyas virtudes eran ridículas y se mofaban del mundo burgués emergente". (Paul Lafargue. Recuerdos de Marx).
Toda clase dominante alberga las mismas ilusiones en sí misma. En sus imaginaciones son héroes conquistadores, cuando en realidad están implicados en los asuntos más sórdidos y sucios. Marx, que admiraba mucho el Quijote, escribía:
"Con mucho, está claro, sin embargo, que la Edad Media no podría seguir existiendo el catolicismo, ni la política del mundo antiguo. Todo lo contrario, es el modo en el que ellos ganaban su sustento lo que explica por qué aquí la política, y allí el catolicismo, jugaron una parte importante. Por lo demás, requiere un delicado conocimiento de la historia de la república romana, por ejemplo, ser conscientes de que su historia secreta es la historia de sus bienes raíces. Por otro lado, Don Quijote hace mucho tiempo pagó la multa por imaginar equivocadamente que el caballero andante era compatible con todas las formas económicas de la sociedad".
Mientras que en Lope de Vega la vieja idea feudal del honor es tratada con una seriedad letal, en Don Quijote se convierte en materia de humor. Cervantes está mirando hacia delante, mientras que Lope está mirando hacia atrás. Cervantes representa una transición hacia una sociedad y moralidad capitalistas, basada en el dinero y no en la categoría, mientras Lope mira hacia atrás vehementemente a las certezas morales de un mundo desvaneciéndose donde todo hombre conocía su lugar y la sociedad era mantenida por un fuerte cemento de honor y obligaciones mutuas. Aún así, las obras de Lope ya descubren las cartas: son una admisión tácita de que estos valores han colapsado con la vieja sociedad que los ha producido.
La esencia del humor de Don Quijote es precisamente las contradicciones generadas por la transición del feudalismo al capitalismo, de una sociedad basada en el concepto del servicio feudal, el honor y la lealtad, a una sociedad totalmente diferente basada exclusivamente en las relaciones monetarias. El caballero andante de Don Quijote entra en conflicto con la realidad social y económica existente, de la misma forma que los sueños entran en conflicto con la vida cotidiana. Esto es una expresión literaria de la bancarrota de la aristocracia española, que disimulaba su pobreza con un aura de nobleza gentil. Esa es la ironía de una clase social que no comprende que está condenada y que las viejas formas ya no pueden jugar ningún papel.
Esta contradicción se nos descubre absurda y por lo tanto cómica. Las personas pobres y supuestamente ignorantes comprendían la verdadera situación y correctamente atribuían el comportamiento de los caballeros a la locura. En realidad es un tipo de locura, pero no se una locura individual sino la de una clase social entera que ha sobrevivido su utilidad y que no se reconcilia con este hecho, cuando en realidad es obvia.
En realidad, la España de la época estaba llena de hombres con grandes nombres e impresionantes títulos que no tenía dos peniques. Había incluso grandes terratenientes que eran poco más que mendigos. En el primer capítulo tenemos ya una descripción de Don Quijote como miembro de una nobleza que es más una sombra de sí misma, reducida a la semipobreza y prestando escasa atención a los asuntos mundanos de la producción agrícola:
"Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso ¾ que eran los más del año ¾ , se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda". (Miguel de Cervantes. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. 2004. Editorial Espasa Calpe. Madrid. p. 25).
Don Quijote no tenía concepción del dinero. Exclamaba indignado: "¿Qué caballero andante pagó pecho, alcabala, chapín de la reina, moneda forera, portazgo ni barca? ¿Qué sastre le llevó hechura de vestido que le hiciese? ¿Qué castellano le acogió en su castillo que le hiciese pagar el escote?" (Ibíd.., p. 384). Está fuera de la economía monetaria, al menos en su mente. Si la sociedad se hubiera dejado a la economía quijotesca pronto quebraría, ya que en aquel momento nadie había oído hablar del crédito e incluso el orgulloso poseedor de una tarjeta de crédito tarde o temprano se enfrentaría a la necesidad nada agradable de saldar sus cuentas.
En el episodio de la venta en el tercer capítulo, Don Quijote había recibido una lección de economía moderna del ventero que le preguntaba si llevaba algo de dinero con él, a lo que Don Quijote respondió: "que no traía blanca, porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que ninguno hubiese traído. A esto dijo el ventero que se engañaba; que, puesto caso que en las historias no se escribía, por haberles parecido a los autores de ellas que no era menester escribir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse como eran dineros y camisas limpias, no por eso se había de creer que no los trajeron, y así, tuviese por cierto y averiguado que todos los caballeros andantes, de que tantos libros están llenos y atestados, llevaban bien herradas las bolsas, por lo que pudiese sucederles; y que asimismo llevaban camisas y una arqueta pequeña llena de ungüentos para curar las heridas que recibían". (Ibíd.. p. 37).
La lección estaba bien aprendida. Cuando inicia su segunda ronda de aventuras, Don Quijote se asegurar estar bien provisto de la moneda del reino, endeudándose mucho como resultado de ello. En el capítulo siete se nos informa que: "Dio luego Don Quijote orden en buscar dineros, y vendiendo una cosa, y empeñando otra, y malbaratándolas todas, llegó una razonable cantidad". (Ibíd.., p. 59). Esta era la historia de toda la aristocracia española y de la misma España.

Sancho Panza

En Don Quijote dos son los protagonistas y no uno. Junto al alto y flaco caballero montado en un viejo caballo desvencijado hay un campesino pequeño y gordo a lomos de una mula. Aquí está uno de los grandes dúos de la literatura mundial, tan inseparables como la sal y la pimienta. ¿Qué decir del otro personaje de la novela? Sancho Panza es un pobre trabajador agrícola, un vecino de Don Quijote, "hombre de bien ¾ si es que este título se puede dar al que es pobre ¾ , pero de muy poca sal en la mollera". (Ibíd.., p. 59). La ausencia de sabiduría de Sancho es presumiblemente lo que lleva a seguir a su amo medio loco. Pero a cada paso es el campesino ignorante el que comprende la verdadera situación e intenta demostrárselo a su amo, que naturalmente se niega a creerlo.
En esto también hay implicaciones filosóficas. La filosofía dominante en la España de Cervantes no había avanzado más allá del escolasticismo de la Edad Media, una versión vulgarizada de Aristóteles mezclada con el idealismo de Platón. Los únicos avances reales de la filosofía en la Edad Media los hicieron los filósofos islámicos y los científicos de Al Andalus, pero como la España cristiana sólo había surgido de una larga guerra de conquista en el sur de los moros, estas ideas eran un anatema para ella. La Iglesia ejercía un dominio completo de la filosofía, como sobre todos los demás aspectos de la vida intelectual excepto de la literatura.
Los filósofos escolásticos cristianos pasaban una extraordinaria cantidad de tiempo debatiendo de cosas como el sexo de los ángeles y cuántos ángeles podrían bailar en la cabeza de un alfiler. Cervantes parodia las disputas universitarias en la divertida parodia del yelmo de Mambrino. Sin embargo, el propio Don Quijote es un idealista filosófico. En el capítulo diez pronuncia uno de sus discursos habituales sobre los principios de la caballería andante, donde demuestra más allá de toda sombra que los caballeros andantes (y por tanto sus escuderos) no necesitaban comer:
"Hágote saber, Sancho, que es honra de los caballeros andantes no comer en un mes, y, ya que coman, sea de aquello que hallaren más a mano; y esto se te hiciera cierto si hubieras leído tantas historias como yo; que aunque han sido muchas, en todas ellas no se ha hallado hecho relación de que los caballeros andantes comiesen, si no era acaso y en algunos suntuosos banquetes que les hacían, y los demás días se los pasaba en flores. Y aunque se deja entender que no podían pasar sin comer y sin hacer todos los otros menesteres naturales, porque, en efecto, eran hombres como nosotros, hase de entender también que andando lo más del tiempo de su vida por las florestas y despoblados, y sin cocinero, que su más ordinaria comida sería de viandas rústicas, tales como las que tú ahora me ofreces. Así que, Sancho amigo, no te congoje lo que a mí me da gusto; ni querrás tú hacer mundo nuevo, ni sacar la caballería andante de sus quicios". (Ibíd.., p. 79).
Sin embargo, Sancho Panza es un convencido materialistas filosófico y no hará caso de ninguna de estas palabras:
"¡Gran Merced! ¾ dijo Sancho ¾ ; pero sé decir a vuestra merced que como yo tuviese bien de comer, tan bien y mejor me lo comería en pie y a mis solas como sentado a par de un emperador. Y aún, si va a decir verdad, mucho mejor me sabe lo que como en mi rincón sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas donde me sea forzoso marcar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni tose si me viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo. Así que, señor mío, estas honras que vuestra merced quiere darme por se ministro y adherente de la caballería andante, como lo soy siendo escudero de vuestra merced, conviértalas en otras cosas que me sean de más cómodo y provecho; que éstas, aunque las doy por bien recibidas, las renuncio para desde aquí al fin del mundo". (Ibíd.., p. 81).
Sancho Panza, se presenta, después de todo, no como un ignorante. Sus palabras contienen el sentido común sencillo de las masas. Tiene los pies firmemente en la tierra. Vive en el mundo real, el que hace mucho tiempo ha abandonado Don Quijote. Come, bebe, estornuda, duerme y realiza todas las demás funciones corporales que su maestro idealista trata con desprecio. En realidad, Sancho está principalmente preocupado por su panza, hasta el punto en que pregunta a su amo sobre el jornal de los escuderos de los caballeros andantes. En otra parte Don Quijote dice: "debería haber recordado, por experiencia, que la palabra de un campesino está regulada no por el honor sino por el beneficio".

La Iglesia

En los siglos XV y XVI la España católica estaba en la vanguardia de la reacción europea. Era la época de la Reforma ¾ y la Contrarreforma ¾ . La Sagrada Iglesia Romana estaba en el centro del orden establecido y luchaba ferozmente para defender su poder y privilegios contra el espíritu de la nueva época. En su batalla sangrienta por las almas de los hombres, las armas utilizadas no fueron los simples discursos sino la espada y el fuego. Se tomaron muy en serio las palabras de La Biblia: "No he llegado para traer la paz sino la espada".
La Iglesia Católica Romana era todopoderosa en España ¾ una realidad enfatizada por el hecho de que el Cardenal Cisneros se convirtió en regente después de la muerte de Fernando ¾ Sólo después de dos años en el gobierno nombró rey a Carlos, el nieto de los monarcas católicos Fernando e Isabel. Carlos comenzó una política centralizadora, parte de ella fue convertir a Madrid en capital y que continuó su hijo Felipe II con la construcción de El Escorial en la sierra de Madrid e incluso ocasionalmente participó en la supervisión del trabajo en él.
Era una sociedad dominada por el sacerdote. Esto llevó al establecimiento de la Inquisición y la Sociedad de Jesús (los jesuitas), fundada por el fanático vasco San Ignacio de Loyola como tropas de choque militantes de la Contrarreforma. Felipe II estaba tan dominado y obsesionado por la religión que fue incapaz de tomar la más mínima decisión política sin consultar primero con sus sacerdotes.
Madrid y las otras ciudades españolas estaban llenas de instituciones religiosas, iglesias, monasterios y conventos para las órdenes sagradas como las Descalzas, monjas descalzas que se mortificaban de la manera que indica su nombre. En la recién construida Plaza Mayor de Madrid, había todo tipo de juegos y espectáculos para el entretenimiento y edificación de la opinión pública, incluido el más espectacular de todos: el auto de fe.
La religión impregnaba cada poro de la sociedad española sin producir ningún efecto evidente en la moral pública. Las órdenes inferiores, aunque exteriormente devotas, estaban obsesionadas con el fetichismo supersticioso que no tenía nada para inculcar un sentido de moderación en su conducta. Miles se reunían en la Plaza de la Cebada para escuchar los desvaríos de algunos frailes medio locos. La obsesión por la idolatría les inducía a raspar el yeso de los muros de las iglesias para guardarlos como reliquia.
Sin embargo, el ambiente dominante de fanatismo religioso no impidió la epidemia general de robo, violación, asesinato, peleas y duelos que estaban en el orden del día. Del reino de la miopía religiosa fanática de Felipe II al del disoluto Felipe IV, la inmoralidad alcanzó su cenit más espectacular. La propia iglesia reflejaba la moral general de la época. Había casos de frailes implicados en robos, violaciones y asesinatos. Los duelos se producían cada día por docenas. Por las noches las calles eran prácticamente intransitables, la iluminación de la ciudad estaba limitada a esas lámparas que parpadeaban ante las imágenes de las vírgenes y santos en los muros exteriores de las casas.
La iglesia, que supuestamente debía actuar como el guardián de la moral pública, en realidad era un semillero de intriga política. Su insistencia fanática en el sostenimiento por cualquier medio de la supuesta pureza doctrinal de la iglesia era en realidad un medio de fortalecer el control de la iglesia sobre cada uno de los aspectos de la vida y comportamiento humano. Esta dictadura espiritual, apoyada por la Inquisición ¾ la Gestapo de la Edad Media ¾ era sólo otra manifestación del estado burocrático que gobernaba España y presidía sobre sus ruinas.
La intolerancia y el fanatismo estaban en el orden del día. Después de la conquista de Granada, los musulmanes fueron obligados a convertirse o sino debían abandonar España. Muchos se convirtieron para seguir en su hogar, pero fueron sometidos a todo tipo de restricciones molestar y controles bajo la mirada escrutadora de la Inquisición. Llegaron incluso hasta obligar a cada familia morisca a mantener un jamón colgado en la cocina e incluso crearon una "policía del jamón" que inspeccionaba la cuestión antes mencionada en intervalos regulares para garantizar que se consumía entero. En El Quijote Cervantes se atreve a hablar con simpatía de los moriscos.
Cuando Don Quijote pronuncia las famosas palabras a Sancho: "Con la Iglesia hemos topado, Sancho", creó una expresión que se convirtió casi en un refrán popular en España. Mientras Don Quijote estaba bastante preparado para atacar a los molinos de viento, tenían que pensárselo dos veces enfrentarse a la Iglesia. Por supuesto, en una época en que la Inquisición quemaba a hombres y mujeres por las ofensas más triviales, Cervantes tenía que andar con cuidado y cubrirse las espaldas con declaraciones de su fe. Pero está muy claro que su actitud, al menos hacia la religión organizada, era crítica, si no abiertamente hostil. Si se lee Don Quijote cuidadosamente, es inmediatamente evidente que las críticas a la Iglesia aparecen como un hilo rojo a través de todo el libro. En el capítulo cinco la sobrina de Don Quijote dice:
"Más yo me tengo la culpa de todo, que no avisé a vuestras mercedes de los disparates de mi señor tío, para que lo remediaran antes de llegar a lo que ha llegado, y quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos, que bien merecen ser abrasados como si fuesen herejes". (Ibíd.. p. 49). Esto se lleva a cabo debidamente en otro capítulo, cuando uno por uno los libros de Don Quijotes son lanzados a las llamas:
"Aquella noche quemó y abrasó el ama cuantos libros había en el corral y en toda la casa, y tales debieron de arder que merecían guardarse en perpetuos archivos, más no lo permitió y suerte y la pereza del escrutiñador, y así se cumplió el refrán en ellos de que pagan a la veces justos por pecadores". (Ibíd.., p. 58).
Esta es muy claramente una parodia de los autos de fe de la Inquisición que llenaban las plazas centrales de las ciudades españolas con el hedor de la carne ardiendo. En estas ceremonias brutales a menudo era el inocente el que sufría, mientras el culpable presidía el espectáculo. En otras ocasiones, también, Don Quijote habla con mordaz desprecio sobre la Iglesia. En la época donde la Santa Inquisición tenía el poder absoluto sobre la vida y la muerte, era muy valiente, incluso temerario, adoptar esa actitud. En el capítulo XIII alguien dice que los monjes cartujos también vivían una vida austera como los caballeros andantes: "Tan estrecha bien podía ser ¾ respondió Don Quijote ¾ , pero tan necesaria en el mundo no estoy en dos dedos de ponello en duda". (Ibíd.. p. 93).

Una espíritu rebelde

Leyendo entre líneas es posible detectar elementos de crítica social en casi cada página de El Quijote. El espíritu de rebelión está presente desde el mismo principio. En el prólogo del autor leemos:
"Ni eres su pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa, donde eres señor de ella, como el rey de sus alcabalas, y sabes lo que comúnmente se dice, que debajo de mi manto, al rey mato. Todo lo cual te exenta y hace libre de todo respecto y obligación; y así, puedes decir de la historia todo aquellos que te pareciere, sin temor que te calumnien por el mal ni te premien por el bien que dijeres de ella". (Ibíd.. p.13).
Don Quijote también es un comunista instintivo. En su discurso a algunos cabreros incrédulos habla sobre un tiempo hace mucho tiempo pasado de oro, cuando todas las cosas eran de propiedad común:
"Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle las robustas encinas, que libremente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto". (Ibíd.., p. 81).
Él contrasta esta edad dorada cuando todas las cosas eran propiedad común con la presente época en la que el dinero y la concupiscencia determinan cada aspecto de la vida y el pensamiento:
"Y ahora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto, como el de Creta; porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. De esta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el agasaje y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero. Que, aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogisteis y regalasteis, es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra" (Ibíd.., p. 82).
Fue un golpe maestro de Cervantes poner lo que sería una muy atrevida crítica social en boca de un loco. Todo revolucionario en la historia ha sido considerado un loco por sus contemporáneos. Para la mayoría de las personas es racional aceptar el status quo y aquel que no acepta el orden existente es irracional ¾ loco ¾ por definición.
Hegel escribía: "Todo lo que es real es racional y todo lo que es irracional es real". Y esa frase ha sido tomada como una justificación absoluta del status quo. Pero Engels explica que para Hegel no todo lo que existe también es real, sin más calificación. Para Hegel el atributo de realidad pertenece sólo a lo que al mismo tiempo es necesario. "En el curso de su desarrollo la realidad demuestra ser una necesidad".
Eso que es necesario ser demostrado en última instancia debe ser racional.
Sobra decir que para un marxista todo lo que existe lo hace por alguna necesidad. Pero las cosas constantemente cambian, evolucionan, se modifican y engendran contradicciones internas que finalmente llevan a su destrucción. Por lo tanto, pierden la cualidad de necesidad y entran en contradicción con ella. El terreno comienza a moverse bajo los pies del orden establecido. Aquellas personas que se consideran los más realistas ahora se convierten en el peor tipo de utópicos reaccionarios, mientras que aquellos que eran considerados como soñadores y locos, se convierten en las únicas personas cuerdas de un mundo que se ha vuelto loco.
En un período histórico cuando un sistema socioeconómico caduco está en declive, la ideología, la moralidad, los valores y la religión que anteriormente eran el pegamento que mantenía unida a la sociedad, pierden su poder de atracción. Las viejas ideas y valores se convierten en objeto de ridículo. Las personas que se aferran a ellos se convierten en objeto de burla, como Don Quijote. La naturaleza relativamente histórica de la moralidad se hace evidente. Lo que era malo se vuelve bueno, lo que era bueno se vuelve malo.

El largo e ignominioso declive de España

"El descubrimiento de América, que al principio fortaleció y enriqueció a España, se volvió pronto contra ella. Las grandes rutas comerciales se apartaron de la Península Ibérica. Holanda, enriquecida, tomó la delantera a España. Después de Holanda fue Inglaterra quien adquirió una posición aventajada sobre el resto de Europa. Era la segunda mitad del siglo XVI, España se aproximaba a la decadencia. Después de la destrucción de la Armada Invencible (1588), esta decadencia revistió ¾ por así decirlo ¾ un carácter oficial. Nos referimos al advenimiento de ese estado de feudalismo burgués en España que Marx llamó ‘la putrefacción lenta y sin gloria’". (Trotsky. La revolución española y las tareas de los comunistas. 24 de enero de 1931).
Por debajo de la superficie toda la brillantez de las conquistas de España, los cimientos de este edificio imponente ya estaban desmoronándose. Todo el tejido de la sociedad estaba corrompido. A pesar de la peligrosa situación de las finanzas españolas, se decidió reanudar la guerra con Holanda. Para conseguir un ejército de mercenarios en España y Alemania, el Tesoro acuñó moneda falsa en forma de vellón, una medida que llevó inevitablemente a una explosión de la inflación. El colapso final llegó lenta e ignominiosamente.
No sólo se devaluó la moneda. La monarquía estaba totalmente corrupta y la corte no era otra cosa que un pozo negro de inmoralidad y vicio. En el reinado de Felipe IV la inmoralidad de la corte española alcanzó niveles escandalosos. El propio monarca, cuando no estaba ocupado cazando en El Pardo, El Escorial y Aranjuez, se pasaba el tiempo en numerosos asuntos amorosos y se rodeó de un auténtico ejército de meretrices, amantes e hijos ilegítimos. Fue padre de numerosos hijos ilegítimos, el más famoso fue Don Juan José de Austria, a quién engendró con una famosa actriz cómica conocida como La Caldonera. La reina, por su parte, no mantenía en secreto a su amante: el Conde de Villamedina.
El destacado poder de la Contrarreforma, España estaba mirando atrás, intentaba detener el flujo de la historia, aplicando una política quijotesca. Y como Don Quijote, no consiguieron detener el reloj, sino sólo condenarse al declive, la derrota y la decadencia a todos los niveles. España ya era un gigante con pies de barro y sus aventuras militares en los Países Bajos fueron el golpe del último clavo de su ataúd. En un breve espacio de tiempo Holanda se liberó del abrazo mortal de España, que pronto se encontró siendo la víctima de una agresión militar exterior, humillada y aplastada por las naciones que anteriormente habían sido sus inferiores.
La Inquisición se habían convertido en todopoderosa, presidiendo un reinado de terror, basado en los métodos habituales de la tortura y las hogueras. En 1680 la Plaza Mayor fue el escenario del auto de fe más espectacular. El hedor de la carne quemada envenenó el alma y pervirtió la mente de España. El oscurantismo penetró en los más altos niveles del estado. Este ambiente reinante se reflejó en el arte de ese período, un arte que, con unas pocas excepciones destacables, estaba impregnado con un espíritu de fanatismo miope y sin sentido.
El declive de España es una ilustración gráfica de cómo una sociedad que es incapaz de desarrollar las fuerzas productivas puede caer víctima de su propio éxito. "El orgullo llega antes de la caída" dice un refrán. La arrogancia de la España imperial tiene un homólogo moderno en la arrogancia de EEUU hoy. Igual que España era la nación más poderosa y rica de la tierra en el siglo XVI, EEUU lo es hoy. Igual que España era el centro neurálgico de la contrarrevolución mundial entonces, EEUU lo es hoy. Igual que España se excedió en aventuras militares extranjeras que agotaron su fuerza y vaciaron sus arcas, EEUU está sobrepasándose hoy a escala mundial.
Los paralelismo son obvios y se extienden a la esfera de la ideología y la religión. George W. Bush es un fanático religioso miope, como lo era Felipe II, y cada acto está determinado para establecer una dominación mundial absoluta. Estos paralelismo no son causalidad. Estamos viviendo un período de gran cambio histórico, un período de transición, similar al final del siglo XVI. Pero mientras que en aquella época el mundo estaba presenciando el desmoronamiento del feudalismo y el movimiento irresistible hacia el capitalismo, ahora estamos viendo la agonía mortal del capitalismo y un movimiento igualmente irresistible hacia una nueva sociedad que nosotros llamamos socialismo.
Aquellos que tienen el valor de decirlo son calificados de utópicos, soñadores y locos. Los que compartimos ese honor con Don Quijote, nos encontramos tan poco cómodos en el mundo del capitalismo como nuestro ilustre antepasado. Pero a diferencia de él, no buscamos dar marcha atrás al reloj o regresar a una edad dorada que nunca existió. Todo lo contrario, deseamos fervientemente avanzar hacia una nueva fase y cualitativamente superior de desarrollo humano.
No tenemos necesidad de sueño e ilusiones, preferimos mantener los pies sobre la tierra. En ese aspecto, al menos, estamos más en la tradición de ese gran proletario de gran corazón y con sentido común que era Sancho Panza. Pero compartimos con el caballero de La Mancha un feroz odio hacia la injusticia en todas sus formas. Compartimos su capacidad de elevarse por encima de la miope pequeñez del filisteísmo burgués, deseamos un mundo mejor al que vivimos ahora, y compartimos valor de luchar para cambiarlo.

Alan Woods

HOY ES EL CUMPLEAÑOS NÚMERO 80 DE FIDEL CASTRO.


Semblanza de Fidel

Para quienes hemos conocido a Fidel Castro (y lo queremos y admiramos) es difícil hacer una breve semblanza de él. Porque contrario a lo que pueden pensar los que solo lo conocen por los periódicos (muchas veces hostiles a él) no es un personaje simple de definir, sino sumamente complejo.
Ante todo hay que decir que es una personalidad genial. Pero no es solamente un genio, sino muchos genios.
Se le conoció primero como un genio guerrillero. Después se ha revelado ser también un genio como estadista: uno de los más grandes estadistas de su tiempo, destacándose sobre todos ellos por haber gobernado tantos años con gran habilidad, o si se quiere con mucho éxito, enfrentándose al poder más grande del mundo en condiciones tan desiguales.
Hay que agregar además que es un gran genio de la oratoria, yo diría que no solo es de los más grandes oradores de su tiempo, sino de toda la historia. Es asombroso ver cómo cautiva al auditorio, en Cuba y en cualquier otro país, hablando horas y horas, sin tener los discursos escritos como lo hacía Demóstenes, y a veces sin haberlos preparado siquiera, completamente improvisados. A diferencia de sus rivales los presidentes de Estados Unidos, que al decir de Gore Vidal no pueden escribir sus propios discursos si no tienen a alguien que se los escriba, y a veces ni siquiera los pueden leer.
Es un genio también en una gran cantidad de conocimientos. Es profundo en temas de agricultura, en temas de medicina, en economía (tal vez el más grande experto mundial en cuanto a la deuda externa), en electrónica, recursos energéticos, y muchas cosas más.
Gabriel García Márquez me ha contado del acierto y profundidad con que ha analizado por la mañana una novela suya que acababa de leer la noche antes.
Hace unos pocos años decidió estudiar la Teología de la Liberación, de la que no sabía nada, y algunos teólogos de esta Teología me han contado cómo había llegado a ser un experto en ella.
Podría agregar también que es genial en cuanto a la memoria: yo mismo soy testigo de cómo un tema inconcluso del que había conversado conmigo hacía diez años lo retomó cuando me volvió a ver diez años después (siendo tantas las personas que él ve).
También es famosa su facilidad para retener los números y para hacer operaciones matemáticas instantáneas.
Como alguien que lo ha tratado personalmente algunas veces, puedo atestiguar que es una personalidad fascinante: afectuoso, de voz muy suave, cortés, y aun tierno. Familiariza con cualquiera desde el primer momento. Es ingenioso, ocurrente, y siempre hace reír...
Todo esto explica que para el pueblo de Cuba haya sido un personaje indispensable, que haya gobernado por tanto tiempo (no por las armas, pues no gobierna por las armas) y que tenga tan inmensa popularidad. Y también que tenga los enemigos que tiene.

ERNESTO CARDENAL

sábado, agosto 05, 2006

Hace 111 años moría Federico Engels.


Federico Engels.

Qué antorcha de la razón se ha apagado!
Qué gran corazón ha dejado de latir![1]

El 5 de agosto del nuevo calendario (24 de julio) de 1895 falleció en Londres Federico Engels. Después de su amigo Carlos Marx (fallecido en 1883), Engels fue el más notable científico y maestro del proletariado contemporáneo de todo el mundo civilizado. Desde que el destino relacionó a Carlos Marx con Federico Engels, la obra a la que ambos amigos consagraron su vida se convirtió en común. Por eso, para comprender lo que Engels ha hecho por el proletariado es necesario entender claramente la importancia de la doctrina y actividad de Marx para el desarrollo del movimiento obrero contemporáneo. Marx y Engels fueron los primeros en demostrar que la clase obrera, con sus reivindicaciones, es el resultado necesario del sistema económico actual que, con la burguesía, crea y organiza inevitablemente al proletariado. Demostraron que la humanidad se verá liberada de las calamidades que la azotan actualmente, no por los esfuerzos bienintencionados de algunas nobles personalidades, sino por la lucha de clase del proletariado organizado. Marx y Engels fueron los primeros en esclarecer en sus obras científicas que el socialismo no es una invención de soñadores, sino la meta final y el resultado inevitable del desarrollo de las fuerias productivas dentro de la sociedad contemporánea. Toda la historia escrita hasta ahora es la historia de la lucha de clases, del cambio sucesivo en el dominio y en la victoria de una clase social sobre otra. Y esto continuará hasta que desaparezcan las bases de la lucha de clases y del dominio de clase: la propiedad privada y la producción social caótica. Los intereses del proletariado exigen que dichas bascs sean destruidas, por lo que la lucha de clases consciente de los obreros organizados debe ser dirigida contra ellas. Y toda lucha de clases es una lucha política.
En nuestros días todo el proletariado en lucha por su emancipación ha hecho suyos estos conceptos de Marx y de Engels. Pero cuando los dos amigos colaboraban en la década del 40, en las publicaciones socialistas, y participaban en los movimientos sociales de su tiempo, estos puntos de vista eran completamente nuevos. A la sazón había muchos hombres con talento y otros sin él, muchos honestos y otros deshonestos, que en el ardor de la lucha por la libertad política, en la lucha contra la autocracia de los zares, de la policía y del clero, no percibían el antagonismo existente entre los intereses de la burguesía y los del proletariado. Esos hombres no admitían siquiera la idea de que los obreros actuasen como una fuerza social independiente. Por otra parte, hubo muchos soñadores, algunas veces geniales, que creían que bastaba convencer a los gobernantes y a las clases dominantes de la injusticia del régimen social existente para que resultara fácil implantar en el mundo la paz y el bienestar general. Soñaban con un socialismo sin lucha. Finalmente, casi todos los socialistas de aquella época, y en general los amigos de la clase obrera, sólo veían en el proletariado una lacra y contemplaban con horror cómo, a la par que crecía la indus tria, crecía también esa lacra. Por eso todos ellos pensaban cómo detener el desarrollo de la industria y del proletariado, detener "la rueda de la historia". Contrariamente al miedo general ante el desarrollo del proletariado, Marx y Engels cifraban todas sus esperanzas en su continuo crecimiento. Cuantos más proletarios haya, tanto mayor será su fuerza como clase revolucionaria, y tanto más próximo y posible ser á el socialismo. Podrían expresarse en pocas palabras los servicios prestados por Marx y Engels a la clase obrera diciendo que le enseñaron a conocerse y a tomar conciencia de sí misma, y sustituyeron las quimeras por la ciencia.
He ahí por qué el nombre y la vida de Engels deben ser conocidos por todo obrero; tal es el motivo de que incluyamos en nuestra recopilación -- que como todo lo que editamos tiene por objeto despertar la conciencia de clase de los obreros rusos -- un esbozo sobre la vida y la actividad de Federico Engels, uno de los dos grandes maestros del proletariado contemporáneo.
Engels nació en 1820, en la ciudad de Barmen, provincia renana del reino de Prusia. Su padre era fabricante. En 1838, se vio obligado por motivos farniliares, antes de terminar los estudios secundarios, a emplearse como dependiente en una casa de comercio de Bremen. Este trabajo no le impidió ocuparse de su capacitación científica y política. Cuando era todavía estudiante secundario, llegó a odiar la autocracia y la arbitrariedad de los funcionarios. El estudio de la filosofía lo llevó aún más lejos. En aquella época predominaba en la filosofía alemana la doctrina de Hegel, de la que Engels se hizo partidario. A pesar de que el propio Hegel era admirador del Estado absolutista prusiano, a cuyo servicio se hallaba como profesor de la Universidad de Berlín, su doctrina era revolucionaria. La fe de Hegel en la razón humana y en los derechos de ésta, y la tesis fundamental de la filosofía hegeliana, según la cual existe en el mundo un constante proceso de cambio y desarrollo, condujeron a los discípulos del filósofo berlinés que no querían aceptar la realidad, a la idea de que la lucha contra esa realidad, la lucha contra la injusticia existente y el mal reinante procede también de la ley universal del desarrollo perpetuo. Si todo se desarrolla, si ciertas instituciones son remplazadas por otras, ¿por qué, entonces, deben perdurar eternamente el absolutismo del rey prusiano o del zar ruso, el enriquecimiento de una ínfima minoría a expensas de la inmensa mayoría, el dominio de la burguesía sobre el pueblo? La filosofía de Hegel hablaba del desarrollo del espíritu y de las ideas: era idealista. Del desarrollo del espíritu deducía el de la naturaleza, el del hombre y el de las relaciones entre los hombres en la sociedad. Marx y Engels conservaron la idea de Hegel sobre el perpetuo proceso de desarrollo *, y rechazaron su preconcebida concepción idealista; el estudio de la vida real les mostró que el desarrollo del espíritu no explica el de la naturaleza, sino que por el contrario conviene explicar el espíritu a partir de la naturaleza, de la materia. . . Contrariamente a Hegel y otros hegelianos, Marx y Engels eran materialistas. Enfocaron el mundo y la humanidad desde el punto de vista materialista, y comprobaron que, así como todos los fenómenos de la naturaleza tienen causas materiales, así también el desarrollo de la sociedad humana está condicionado por el de fuerzas materiales, las fuerzas productivas. Del desarrollo de estas últimas dependen las relaciones que se establecen entre los hombres en el proceso de producción de los objetos necesarios para satisfacer sus necesidades. Y son dichas relaciones las que explican todos los fenómenos de la vida social, las aspiraciones del hombre, sus ideas y sus leyes. El desarrollo de las fuerzas productivas crea las relaciones sociales, que se basan en la propiedad privada; pero hoy vemos también cómo ese mismo desarrollo de las fuerzas productivas priva a la mayoría de toda propiedad para concentrarla en manos de una ínfima minoría. Destruye la propiedad, base del régimen social contemporáneo, y tiende por sí mismo al mismo fin que se han planteado los socialistas. Estos sólo deben comprender cuál es la fuerza social que por su situación en la sociedad contemporánea está interesada en la realización del socialismo, e inculcar a esa fuerza la conciencia de sus intereses y de su misión histórica. Esta fuerza es el proletariado. Engels lo conoció en Inglaterra, en Manchester, centro de la industria inglesa, adonde se trasladó en 1842 para trabajar en una firma comercial de la que su padre era accionista. Engels no se limitó a permanecer en la oficina de la fábrica, sino que recorrió los sórdidos barrios en los que se albergaban los obreros y vio con sus propios ojos su miseria y sufrimientos. No se limitó a observar personalmente; leyó todo lo que se había escrito hasta entonces sobre la situación de la clase obrera inglesa y estudió minuciosamente todos los documentos oficiales que estaban a su alcance. Como fruto de sus observaciones y estudios apareció en 1845 su libro La situación de la clase obrera en Inglaterra. Ya hemos señalado más arriba cuál fue el mérito principal de Engels como autor de dicho libro. Es cierto que antes que él muchos otros describieron los padecimientos del proletariado y señalaron la necesidad de ayudarlo. Pero Engels fue el primero en afirmar que el proletariado no es sólo una clase que sufre, sino que la vergonzosa situación económica en que se encuentra lo impulsa inconteniblemente hacia adelante y lo obliga a luchar por su emancipación definitiva. Y el proletariado en lucha se ayudará a sí mismo. El movimiento político de la clase obrera llevará ineludiblemente a los trabajadores a darse cuenta de que no les queda otra salida que el socialismo. A su vez, éste sólo será una fuerza cuando se convierta en el objetivo de la lucha política de la clase obrera. Estas son las ideas fundamentales del libro de Engels sobre la situación de la clase obrera en Inglaterra, ideas que todo el proletariado que piensa y lucha ha hecho suyas, pero que entonces eran completamente nuevas. Fueron expuestas en un libro cautivante en el que se describe del modo más fidedigno y patético las penurias que sufría el proletariado inglés. La obra constituía una terrible acusación contra el capitalismo y la burguesía. La impresión que produjo fue muy grande. En todas partes comenzaron a citar la obra como el cuadro que mejor representaba la situación del proletariado contemporáneo. Y en efecto, ni antes de 1845, ni después, ha aparecido una descripción tan brillante y veraz de los padecimientos de la clase obrera.
Engels se hizo socialista sólo en Inglaterra. En Manchester se puso en contacto con militantes del movimiento obrero inglés y empezó a colaborar en las publicaciones socialistas inglesas. En 1844, al pasar por París de regreso a Alemania, conoció a Marx, con quien ya mantenía correspondencia. En París, bajo la influencia de los socialistas franceses y de la vida en Francia, Marx también se hizo socialista. Allí fue donde los dos amigos escribieron La sagrada familia, o crítica de la crítica crítica. Esta obra, escrita en su mayor parte por Marx, y que fue publicada un año antes de aparecer La situación de la clase obrera en Inglaterra, sienta las bases del socialismo materialista revolucionario, cuyas ideas principales hemos expuesto más arriba. La sagrada familia es un apodo irónico dado a dos filósofos, los hermanos Bauer, y a sus discípulos. Estos señores practicaban una crítica fuera de toda realidad, por encima de los partidos y de la política, que negaba toda actividad práctica y sólo contemplaba "críticamente" el mundo circundante y los sucesos que ocurrían en él. Los señores Bauer calificaban desdeñosamente al proletariado como una masa sin espíritu crítico. Marx y Engels protestaron enérgicamente contra esa tendencia absurda y nociva. En nombre de la verdadera personalidad humana, la del obrero pisoteado por las clases dominantes y por el Estado, exigieron, no una actitud contemplativa, sino la lucha por una mejor organización de la sociedad. Y, naturalmente, vieron en el proletariado la fuerza capaz de desarrollar esa lucha en la que está interesado. Antes de la aparición de La sagrada familia, Engels había publicado ya en la revista Anales franco-alemanes, editada por Marx y Ruge, su Estudio crítico sobre la economía politica, en el que analizaba, desde el punto de vista socialista, los fenómenos básicos del régimen económico contemporáneo, como consecuencia inevitable de la dominación de la propiedad privada. Sin duda, su vinculación con Engels contribuyó a que Marx decidiera ocuparse de la economía política, ciencia en la que sus obras produjeron toda una revolución.
De 1845 a 1847 Engels vivió en Bruselas y en París, alternando los estudios científicos con las actividades prácticas entre los obreros alemanes residentes en dichas ciudades.
Allí Engels y Marx se relacionaron con una asociación clandestina alemana, la "Liga de los Comunistas" que les encargó expusieran los principios fundamentales del socialismo elaborado por ellos. Así surgió el famoso Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels, que apareció en 1848. Este librito vale por tomos enteros: inspira y anima, aún hoy, a todo el proletariado organizado y combatiente del mundo civilizado.
La revolución de 1848, que estalló primero en Francia y se extendió después a otros países de Europa occidental determinó que Marx y Engels regresaran a su patria. Allí en la Prusia renana, asumieron la dirección de la Nueva Gaceta Renana, periódico democrático que aparecía en la ciudad de Colonia. Los dos amigos eran el alma de todas las aspiraciones democráticas revolucionarias de la Prusia renana. Ambos defendieron hasta sus últimas consecuencias los intereses del pueblo y de la libertad, contra las fuerzas de la reacción. Como se sabe, éstas triunfaron, Nueva Gaceta Renana fue prohibida, y Marx, que durante su emigración había perdido los derechos de súbdito prusiano, fue expul sado del país; en cuanto a Engels, participó en la insurrección armada del pueblo, combatió en tres batallas por la libertad, y una vez derrotados los insurgentes se refugió en Suiza, desde donde llegó a Londres.
También Marx fue a vivir a Londres; Engels no tardó en emplearse de nuevo, y después se convirtió en socio de la misma casa de comercio de Manchester en la que había trabajado en la década del 40. Hasta 1870 vivió en Manchester, y Marx en Londres, lo cual no les impidió estar en estrecho contacto espiritual: se escribían casi a diario. En esta correspondencia los amigos intercambiaban sus opiniones y conocimientos, y continuaban elaborando en común el socialismo científico. En 1870, Engels se trasladó a Londres, y hasta 1883, año en que murió Marx, continuaron esa vida intelectual compartida, plena de intenso trabajo. Como fruto de la misma surgió, por parte de Marx, El Capital, la obra más grandiosa de nuestro siglo sobre economía política, y por parte de Engels, toda una serie de obras más o menos extensas. Marx trabajó en el análisis de los complejos fenómenos de la economía capitalista. Engels esclarecía en sus obras, escritas en un lenguaje muy ameno, polémico muchas veces, los problemas científicos más generales y los diversos fenómenos del pasado y el presente, inspirándose en la concepción materialista de la historia y en la doctrina económica de Marx. De estos trabajos de Engels citaremos la obra polémica contra Dühring (en ella el autor analiza los problemas más importantes de la filosofía, las ciencias naturales y la sociología)**, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (traducida al ruso y editada en San Petersburgo, 3a ed. de 1895), Ludwig Feuerbach (traducción al ruso y notas de J. Plejánov, Ginebra, 1892)[2], un artículo sobre la política exterior del gobierno ruso (traducido al ruso y publicado en Sotsial-Demokrat, núms. 1 y 2, en Ginebra)[3], sus magníficos artículos sobre el problema de la vivienda[4], y finalmente, dos artículos, cortos pero muy valiosos, sobre el desarrollo económico de Rusia (Federico Engels sobre Rusia, traducción rusa de V. Zasúlich, Ginebra 1894)[5]. Marx murió sin haber podido terminar en forma definitiva su grandiosa obra sobre el capital. Sin embargo, estaba concluida en borrador, y después de la muerte de su amigo, Engels emprendió la ardua tarea de redactar y publicar los tomos II y III. En 1885 editó el II y en 1894 el III (no tuvo tiempo de redactar el IV[6]). Estos dos tomos le exigieron muchísimo trabajo. El socialdemócrata austríaco Adler observó conrazón que, con la edición de los tomos II y III de El Capital, Engels erigió a su genial amigo un monumento majestuoso en el cual, involuntariamente, grabó también con trazos indelebles su propio nombre. En efecto, esos dos tomos de El Capital son la obra de los dos, Marx y Engels. Las leyendas de la antiguedad relatan diversos ejemplos de emocionante amistad. El proletariado europeo puede decir que su ciencia fue creada por dos sabios y luchadores cuyas relaciones superan a todas las conmovedoras leyendas antiguas sobre la amistad entre los hombres. Siempre, y por supuesto, con toda justicia, Engels se posponía a Marx. "Al lado de Marx -- escribió a un viejo amigo suyo -- siempre toqué el segundo violín."[7] Su afecto por Marx mientras vivió, y su veneración a la memoria del amigo desaparecido fueron infinitos. Este luchador austero y pensador profundo, tenía una gran sensibilidad.
Durante su exilio, después del movimiento de 1848-1849, Marx y Engels se dedicaron no sólo a la labor científica. Marx fundó en 1864 la "Asociación Internacional de los obreros"[8] que dirigió durante un decenio. También Engels participó activamente en sus tareas. La actividad de la "Asociación Internacional" que, de acuerdo con las ideas de Marx, unía a los proletarios de todos los países, tuvo una enorme importancia para el desarrollo del movimiento obrero. Pero inclusive después de haber sido disuelta dicha asociación en la década del 70, el papel de Marx y Engels como unificadores de la clase obrera no cesó. Por el contrario, puede afirmarse que su importancia como dirigentes espirituales del movimiento obrero seguía creciendo constantemente, porque propio movimiento continuaba desarrollándose sin cesar. Después de la muerte de Marx, Engels siguió siendo el consejero y dirigente de los socialistas europeos. A él acudían en busca de consejos y directivas tanto los socialistas alemanes, cuyas fuerzas iban en constante y rápido aumento, a pesar de las persecuciones gubernamentales, como los representantes de países atrasados, por ejemplo españoles, rumanos, rusos, que se veían obligados a estudiar minuciosamente y medir con toda cautela sus primeros pasos. Todos ellos aprovechaban el riquísimo tesoro de conocimientos y experiencias del viejo Engels.
Marx y Engels, que conocían el ruso y leían las obras aparecidas en ese idioma, se interesaban vivamente por Rusia, seguían con simpatía el movimiento revolucionario y mantenían relaciones con revolucionarios rusos. Antes de ser socialistas, los dos habían sido demócratas y el sentimiento democrático de odio a la arbitrariedad política estaba profundamente arraigado en ellos. Este sentido político innato, agregado a una profunda comprensión teórica del nexo existente entre la arbitrariedad política y la opresión económica, así como su riquísima experiencia de la vida, hicieron que Marx y Engels fueran extraordinariamente sensibles en el aspecto político. Por lo mismo, la heroica lucha sostenida por un puñado de revolucionarios rusos contra el poderoso gobierno zarista halló en el corazón de estos dos revolucionarios probados la más viva simpatía. Y por el contrario, era natural que la intención de volver la espalda a la tarea inmediata y más importante de los socialistas rusos -- la conquista de la libertad política --, en aras de supuestas ventajas económicas, les pareciese sospechosa e incluso fuese considerada por ellos como una traición a la gran causa de la revolución social. "La emancipación del proletariado debe ser obra del proletariado mismo", enseñaron siempre Marx y Engels. Y para luchar por su emancipación económica, el proletariado debe conquistar determinados derechos políticos. Además, Marx y Engels veían con toda claridad que una revolución política en Rusia tendría también una enorme importancia para el movimiento obrero de Europa occidental. La Rusia autocrática ha sido siempre el baluarte de toda la reacción europea. La situación internacional extraordinariamente ventajosa en que colocó a Rusia la guerra de 1870, que sembró por largo tiempo la discordia entre Alemania y Francia, no hizo, por supuesto, más que aumentar la importancia de la Rusia autocrática como fuerza reaccionaria. Sólo una Rusia libre, que no tuviese necesidad de oprimir a los polacos, finlandeses, alemanes, armenios y otros pueblos pequeños, ni de azuzar continuamente una contra otra a Francia y Alemania, daría a la Europa contemporánea la posibilidad de respirar aliviada del peso de las guerras, debilitaría a todos los reaccionarios de Europa y aumentaría las fuerzas de la clase obrera europea. Por lo mismo, Engels, deseó fervientemente la instauración de la libertad política en Rusia, pues también contribuiría al éxito del movimiento obrero en Occidente. Con su muerte los revolucionarios rusos han perdido al mejor de sus amigos.

¡Memoria eterna a Federico Engels, gran luchador y maes tro del proletariado!

Vladimir Ilich lenin

* Señalaron más de una vez que, en gran parte, debían su desarrolío intelectual a los grandes Lilósofos alemanes, y en particular a Hegel. "Sin la filosofía alemana -- dijo Engels -- no existiría tampoco el socialismo cientifico."[9]
** Es un libro admirablemente instructivo y de rico contenido[10]. Por desgracia sólo se ha traducido al ruso una pequeña parte de esta obra, que contiene un esbozo histórico del desarrollo del socialismo (Desarrollo del socialismo cientifico[11], 2a ed., de Ginebra, 1892).

NOTAS
1. Las palabras citadas en el epígrafe al artículo Federico Engels las tomó V. I. Lenin de la poesía del poeta ruso Nikolái Alexéievich Nekrásov En memoria de Dobroliúbov.
2. Se refiere a la obra de F. Engels Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana.
3. Se alude al artículo de F. Engels "La política exterior del zarismo ruso" (C. Marx y F. Engels, Obras Completas, t. XXlI), imprimido en los dos primeros números de la revista Sotsial-Demokrat de 1890 bajo el título "La politica exterior del Imperio Ruso".
Sotsial-Demokrat: revista literaria y politica editada por el grupo "Emancipación del Trabajo" en 1890 en Londres y en 1892 en Ginebra; en total se publicaron cuatro números.
4. Lenin alude al artículo de F. Engels "Contribución al problema de la vivienda". (C. Marx y F. Engels, Obras Completas, t. XXI.)
5. Se alude al artículo de F. Engels, "Acerca de las cuestiones sociales en Rusia" y el epílogo a dicho artículo. (C. Marx y F. Engels, Obras Completas, t. XVIII y XXII.)
6. En consonancia con una indicación de F. Engels, V. I. Lenin llama cuarto tomo de El Capital a la obra de C. Marx Teorías de la plusvalía. En el prefacio al segundo tomo de El Capital, Engels escribió: "Me reservo el derecho de publicar la parte crítica de este manuscrito en concepto de IV volumen de El Capital, con la particularidad de que se suprimirán de él numerosos pasajes, agotados en los tomos II y III". Sin embargo, Engels no tuvo tiempo de preparar para la prensa el IV tomo de El Capital. Teorías de la plusvalía se publicaron por vez primera en alemán redactadas por K. Kautsky en 1905-1910.
7. Se alude a la carta de F. Engels a I. Ph. Becker del 15 de octubre de 1884.
8. Asociación Internacional de los Obreros (I Internacional): se trata de la primera organizacion internacional del proletariado fundada en Londres por Marx en otoño de 1864. La I Internacional encabezada por Marx y Engels dirigia la lucha económica y politica de los obreros de los diferentes paises, realizaba la lucha enconada contra la corriente antimarxista del proudhonismo, bakuninismo, tradeunionismo y lassalleanismo, fortaleciendo la solidaridad obrera internacional. La I Internacional dejó de existir en realidad en 1872 despues de la Conferencia de la Haya y fue disuelta oficialmente en 1876. Como lo señalaba Lenin, la I Internacional "sentó los fundamentos de la organización internacional de los trabajadores para preparar su ofensiva revolucionaria contra el capital". (V. I. Lenin, Obras Completas, t. XXIX.)
9. Véase F. Engels, "Prefacio a La guerra campesina en Alemania. (C. Marx y F. Engels, Obras Completas, t. XVIII.)
10. Se alude a la obra de F. Engels Anti-Dühring.
11. Con este título se publicó en la edición rusa de 1892 la obra de F. Engels Del socialismo utópico al socialismo científico, basada en tres capítulos del libro de F. Engels Anti-Dühring.