sábado, enero 07, 2017

Trotsky en el Ruedo Ibérico (*)

Para muchos lectores de Ruedo –la revista más apreciada de la juventud clandestina-, resultó ser una primera introducción tanto a Trotsky como a la célebre trilogía de Isaac Deutscher

Nota introductoria. Entre las escasas ausencias y subrayados que pueden encontrarse en un trabajo de erudición como el realizado por Sergi Rosés. Cordovilla en “Bibliografía de les obres de i sobre Trotsky editadas a España”, servidor distingue dos que resultaron importantes entre los receptores de tales obras en el tramo de la mitad de los años sesenta. Estoy hablando en primer lugar del estudio del célebre sociólogo radical norteamericano C. Wrigth Mills (el celebrado autor de Escucha yanqui, que explicaba desde dentro la revolución cubana), Los marxistas, publicada en la editorial ERA (México, 1964) que se podía encontrar en las trastiendas de las algunas librerías barcelonesas…Wright Mills no solamente dedicaba un amplio espacio a Trotsky, también denunciaba al estalinismo como un seudosocialismo, es más, según cuenta su discípulo Irving l. Horowitz (Los anarquistas, Alianza, 1973), estaba preparando un estudio sobre los trotskista cuando falleció…Sergi sí reseña el texto de Francisco Fernández Santos del que ya hemos publicado su introducción del especial de Ruedo Ibérico sobre Cuba, pero a nuestro juicio no habría estado de más que hubiera subrayado su importancia. Para muchos lectores de Ruedo –la revista más apreciada de la juventud clandestina-, resultó ser una primera introducción tanto a Trotsky como a la célebre trilogía de Isaac Deutscher que se convirtió en un auténtico best Sellers clandestino, aunque las Edició de Materioals comenzó a editarlo en lengua catalana, detalle que nos obligó a muchos a meternos en esta lengua hasta que por entonces era tratada como un “dialecto”. A muchos de nosotros esta lectura resultó decisiva, y nos servía para explicarnos el doble naturaleza del ”socialismo real” así como de los partidos comunistas cuya base admirábamos y cuyas direcciones detestábamos. Aunque ha llovido mucho desde el fin del desplome de la URSS y de todo lo demás, no creo que todo el legado trotskiano pueda estimarse como mera arqueología. Desde mi punto de vista se trata de una referencia ineludible, de un principio para entender todo lo que ahora nos preocupa en este nuevo comienzo.
Por otro lado, me gustaría que estos dos trabajos (el de Cuba y éste) pueden entenderse como un pequeño homenaje a su autor, uno de los hermanos Fernández Santos junto con el novelista Jesús y el crítico de cine, Ángel, que dejaron su huella en la actualización del marxismo abierto y crítico en nuestros lares.

Pepe Gutiérrez-Álvarez

Francisco Fernández-Santos: Trotsky, nuestro contemporáneo

En este mes de agosto, exactamente el día 22, se cumple el vigésimo quinto aniversario del asesinato de una de las personalidades más poderosas y fascinantes, al mismo tiempo que más trágicas, del siglo XX: León Davidovich Trotsky. El 22, de agosto de 1940, moría uno de los fundadores de la Unión Soviética, revolucionario hasta el heroísmo, pensador marxista de gran clase y escritor de exuberantes dotes y fecundidad: una de las principales figuras de esa extraordinaria galería de revolucionarios-filósofos que marcaron al mundo para siempre con la garra de la Revolución de Octubre, hecho fundamental del siglo XX. Con el asesinato de Coyoacán se cerraba el ciclo de una de las tragedias más representativas de nuestra época: la de los bolcheviques del año 17; se rompía el arco de acero de una vida tendida constantemente hacia el objetivo de la revolución socialista mundial; se extinguía un europeo universal que había defendido hasta el último aliento la herencia del marxismo clásico y el espíritu de la Revolución de Octubre. Significativamente, en el mismo momento de su muerte el mundo se hundía en un periodo de barbarie y de criminalidad como no había conocido nunca. Los lobos nazis aullaban triunfalmente por las llanuras de Europa, el mundo carcomido de la democracia burguesa parecía derrumbarse estrepitosamente, y en la Unión Soviética, después de los sangrientos procesos de Moscú que liquidaron a toda una generación de revolucionarios, el estalinismo se estabilizaba como estructura al parecer insustituible del primer país socialista. La revolución socialista mundial parecía un sueño más inconsistente y utópico que nunca.
Recuerdo todavía, vagamente, la impresión que me produjo la noticia del asesinato de Trotsky. Tenía yo por entonces once años. Algún tiempo antes, registrando en los cajones de libros «peligrosos» ocultos en algún rincón de mi casa, había descubierto dos libros de Trotsky: Cómo hicimos la Revolución de Octubre y Mis peripecias en España. (Este último traducido [126] por Andrés Nin y con un prólogo de Julio Álvarez del Vayo en que éste mostraba sus simpatías por la figura del autor.) Ambos libros fueron mi primer contacto consciente con la Revolución rusa y con Trotsky, que en mi espíritu quedaron desde entonces profundamente unidos. Mi admiración por una y por otro se fundían en una misma admiración. De ahí que el asesinato de Trotsky fuera para mí como si hubiesen asesinado a la Revolución de Octubre.
Han pasado veinticinco años. Mi admiración de los once años por Trotsky se ha mantenido intacta: es más, se ha profundizado y enriquecido, a medida que iba conociendo su obra de revolucionario y de escritor. Admiración, naturalmente, crítica, no dogmática ni beata.
El peor servicio que puede prestarse a un gran revolucionario y pensador es aceptar acríticamente, carismáticamente, todos sus actos y todas sus ideas. Trotsky cometió errores, a veces graves. Pero también los cometió Lenin, también los cometieron Marx y Engels, también los cometieron los jacobinos de 1793… De todos modos, hay un grado en el error que distingue tajantemente la grandeza y la verdad fundamentales de un hombre y de un movimiento, de la pequeñez y la mentira históricas. Y hoy, mientras el mito de Stalin y el estalinismo se desintegran, Trotsky sigue en pie: sus actos, su personalidad, sus libros, incluso sus errores, continúan siendo significativos e importantes en el mundo actual, no para imitarlos sin crítica, sino para meditar la verdad esencial que en sí llevan y enriquecer así el pensamiento y la práctica del socialismo. Stalin se extingue en sus aciertos y en sus errores, para quedar en el presente como un pesadilla que se recuerda con indignación, escepticismo o remordimiento. Trotsky se eleva por encima de sus aciertos y de sus errores, para ofrecernos la verdad irreductible de su vida y de su obra. Por eso es, como todo gran espíritu del pasado, nuestro contemporáneo.
El futuro le ha dado la razón. Es cierto que el movimiento comunista no le ha «rehabilitado» aún (salvo, parcialmente, el Partido Comunista italiano). Pero Trotsky no necesita «rehabilitaciones» de ese tipo. Su influencia se ejerce por encima de todo formalismo y de toda barrera de partido, a través de las obras que él escribió y de las que se le dedican. De ahí el éxito de la monumental biografía que le ha consagrado Isaac Deutscher y que es un retrato político, a menudo genial, no sólo de Trotsky, sino de toda una época crucial de la historia moderna de la humanidad 1/. De ahí la constante y creciente reimpresión de sus obras, a veces desaparecidas durante cuarenta años. De ahí la avidez con que se le lee en todo el mundo, sobre todo por los jóvenes, que no pueden conocer las inhibiciones esterilizantes del estalinismo residual.
Son las obras de Trotsky –y no el movimiento por él fundado en el exilio, que nunca pasó de ser una minoría en el movimiento socialista mundial– las que mantienen viva y actualísima su figura. Por ello, el mejor homenaje que se le pueda rendir, en este veinticinco aniversario de su muerte, es hablar de sus obras: ellas nos dicen con toda claridad, por encima de las calumnias y las tergiversaciones del estalinismo, de la verdad perdurable del Trotsky revolucionario y pensador. En ellas encuentra el nuevo pensamiento revolucionario un acicate, un enriquecimiento y una confirmación.
Hoy, dentro de la brevedad de esta nota, nos vamos a referir sólo a una de esas obras, y no a ella en su totalidad, sino en uno de sus aspectos. Me refiero al problema de la «cultura proletaria» tal como lo analizó Trotsky en su libro Literatura y revolución. De esta obra 2/ bien puede decirse que es uno de los mejores estudios de los fenómenos literarios que haya escrito un pensador marxista. Y asombra pensar que Trotsky lo escribió en 1923, es decir en una época en que se hallaba profundamente empeñado en los gigantescos problemas de la Revolución y en su incipiente lucha política contra el triunvirato Zinoviev-Karnenev-Stalin. ¿Cómo, en tales circunstancias, pudo Trotsky tener la serenidad y la independencia de juicio suficientes para analizar una materia tan delicada y autónoma como la literatura, reacia siempre a las urgencias inevitables de la lucha política? La comprensión e inteligencia de que Trotsky da muestras respecto de la especificidad y las exigencias propias de lo literario y, en general, de lo cultural, es muy grande y, si se juzga por las condiciones políticas de la época, verdaderamente excepcional. Sólo un revolucionario capaz de pensar la historia global y diferenciadamente al mismo tiempo podía escribir un libro como Literatura y revolución. [127] En esto, ni siquiera Lenin iguala a Trotsky, cuya cultura literaria y artística era superior a la de aquél.
Uno de los capítulos centrales del admirable libro de Trotsky estudia el problema de la «cultura proletaria». A él nos vamos a referir brevemente. Por 1923, una de las varias tendencias literarias que había dado lugar la Revolución de Octubre gracias a su fuerte expansividad cultural era la del Proletkult, tendencia que pretendía obtener una especie de marchamo oficial como expresión auténtica del marxismo en la literatura. Lenin y Trotsky se opusieron tajantemente a la concesión de semejante monopolio cultural. La tesis fundamental del Proletkult sostenía la necesidad de elaborar una cultura del proletariado, totalmente independiente de la cultura burguesa y radicalmente opuesta a ella. Tal tesis es extraña al marxismo: ni Marx, ni Engels, ni ninguno de los grandes teóricos marxistas podrían citarse en su apoyo. He aquí los argumentos que Trotsky utiliza contra ella, decididamente apoyado por Lenin 3/.
Para Trotsky, es imposible «crear una cultura proletaria mediante métodos de laboratorio». La creación de una cultura de clase, como es la cultura burguesa y habría de ser la proletaria, o de toda cultura a secas, exige un desarrollo orgánico de esa clase, de su mundo de su sistema social, que puede durar siglos. Ahora bien, la clase obrera carece de los medios y del tiempo indispensables para crearse una cultura propia y autónoma, antes de desaparecer como clase en el seno de una sociedad sin clases, socialista o comunista. «La burguesía –dice muy gráficamente Trotsky– llegó al poder completamente armada de la cultura de su tiempo. En cambio, el proletariado sólo llega al poder completamente armado de una necesidad aguda de conquistar la cultura.» El proletariado, que viene a la historia para disolverse progresivamente a sí mismo como clase y, por tanto, a las demás clases, no puede tener ni el tiempo ni la energía ni la serenidad para constituir una auténtica cultura de clase, que estaría condenada a desaparecer a breve plazo.
Una cultura, que es «un sistema desarrollado e interiormente coherente de conocimientos y de saberes prácticos en todas las esferas de la creación material y espiritual», exige una base social relativamente estable, no una base provisional. Esa base no se la puede dar el proletariado, clase que está hecha para suprimirse a sí misma al mismo tiempo que a las demás clases. Naturalmente, «no se puede crear una cultura de clase a espaldas de la clase. Ahora bien, para edificar esa cultura (proletaria) en cooperación con la clase, en estrecha relación con su expansión histórica general, hay que… construir el socialismo». Es decir, hay que suprimir al proletariado. Pero entonces, una vez suprimida, con el proletariado, la sociedad de clases, será el momento de crear, no una cultura proletaria, de clase, que carecería de todo fundamento social, de todo sujeto colectivo, sino una cultura socialista universalista «basada en la solidaridad». De ahí la contradicción insalvable de todo intento teórico o práctico de elaborar una «cultura proletaria». Y no se diga que el marxismo es ya un elemento esencial de la cultura proletaria. Porque el marxismo, dice Trotsky, «se edificó enteramente sobre la base de la cultura científica y política burguesa, aunque declarara a esta última no una lucha por la vida, sino una lucha a muerte. Bajo los golpes de las contradicciones capitalistas, el pensamiento universalizante de la democracia burguesa se elevó, en sus representantes más audaces, honestos y clarividentes, hasta una genial negación de sí mismo, armada de todo el arsenal crítico de la ciencia burguesa. Tal es el origen del marxismo».
En consecuencia, concluye Trotsky, el proletariado, sobre todo después de su victoria, «tiene por primera tarea asumir el aparato de cultura que antes servía a otros», y el esfuerzo de la intelligentsia socialista debe encontrarse, «no en la abstracción de una nueva cultura –cuya base falta aún– sino en el trabajo cultural más concreto: ayudar de manera sistemática, planificada y, naturalmente, crítica a las masas atrasadas a asimilar los elementos indispensables de la cultura ya existente».
Evidentemente, añado yo, esta generalización de la cultura moderna entre las grandes masas populares constituirá ya de por sí un cambio cualitativo de suma importancia que a la larga habrá de tener una repercusión profunda en el contenido y el estilo mismos de la cultura, preparando las bases materiales para el desarrollo futuro de una cultura universalista, implícita en el socialismo marxista pero cuya contextura concreta sólo vagamente podemos imaginar (por la misma razón que sólo vagamente podemos imaginar la contextura concreta de la sociedad radicalmente nueva en la que, y sólo en la que, esa cultura podrá nacer). Esa cultura universalista está, pues, aún lejos. [128] Y la construcción del socialismo sólo puede partir, no de una imposible cultura proletaria, sino la cultura existente de la sociedad burguesa. Digo cultura de la sociedad burguesa y no cultura burguesa porque la cultura moderna –empezando por el propio marxismo, las corrientes afines y otras corrientes críticas o revolucionarias– ha nacido en el seno de esa sociedad, pero en modo alguno se identifica ideológicamente con la burguesía y sus intereses de clase. De otro modo, el marxismo sería una especie de maná caído del cielo, sin relación alguna con la cultura de su tiempo y de toda la edad moderna. (Y recordemos que Marx se consideraba a sí mismo como heredero de la filosofía clásica alemana, de la economía política inglesa y del socialismo utópico francés, es decir, de tres sectores esenciales de la cultura de la sociedad burguesa.)
El concepto de «cultura proletaria» era, desde el punto de vista marxista, absurdo y, además, peligroso. La historia posterior de la cultura soviética le ha encargado de demostrarlo. El resultado último del Proletkult fue el zdanovismo, o estalinismo cultural, es decir, una falsa cultura, artificial y mecánica, que llegará al colmo del delirio con la pretendida «ciencia proletaria», enemiga irreconciliable de la «ciencia burguesa»; una «cultura» de laboratorio que no era ni podía ser la secreción lenta y orgánica de una nueva sociedad, sino un sistema de medidas administrativas, políticas y aun policiales, destinadas a instrumentalizar la acción cultural al servicio de un poder determinado: el de la burocracia estalinista y su empresa de acumulación «socialista» primitiva. De este modo, en nombre de una cultura cuya imposibilidad habían demostrado Trotsky y Lenin, se cometieron los más graves atentados contra la cultura real (aunque, al mismo tiempo, el régimen de Stalin –y esa es una más de sus múltiples contradicciones– realizara un gigantesco esfuerzo de extensión cultural entre las masas populares).
Hubo de llegar el XX Congreso para que empezara a resquebrajarse el artificioso edificio de la cultura seudoproletaria oficial. Y, hoy día, las nuevas exigencias culturales de los intelectuales y del pueblo, la dinámica misma de la destalinización, imponen, a pesar de todos los estalinistas retardatarios de dentro y de fuera, una revisión constante y a fondo de los viejos dogmas culturales y la reanudación de los contactos con la cultura universal. La cultura soviética, desembarazada del ortopédico armazón estalinista, podrá ahora dar lo mejor de sí misma, como en los primeros tiempos de la revolución.
En esto, como en tantas otras cosas, Trotsky habrá sido un precursor genial, un hombre que, consciente de la historia y de sus necesidades, no se resignó sin embargo a ellas, sino que, como todo auténtico revolucionario, supo luchar contra la historia para construir el futuro. Y cuando los jóvenes intelectuales y escritores soviéticos reclaman, contra lo que aún queda de estalinismo en Rusia, la libertad, la autonomía y la universalidad de la creación cultural y literaria, tras ellos, aunque no le citen, aunque, incluso, no le hayan leído, se yergue la aguda y penetrante figura de Trotsky, el héroe revolucionario que murió asesinado porque no quiso jamás renegar del espíritu de la Revolución de Octubre, el pensador marxista antidogmático, vibrante de ideas y abierto al universalismo, el gran escritor para quien la creación literaria no podía ser un simple instrumento de la acción política…
El 22 de agosto de 1940, Trotsky el hombre era infamemente asesinado en su casa de Coyoacán donde el gobierno de Lázaro Cárdenas le había ofrecido generosamente un refugio. Pero Trotsky el revolucionario, el pensador, el artista sigue más vivo que nunca.

F.-S.

1/ Tres tomos de la edición francesa: Le Prophète armé, Le Prophéte désarmé, Le Prophète hors-la-loi (Julliard), Colección «Les Temps Modernes», París).
2/ Traducida recientemente al francés con el título de Littérature et Révolution (París, Julliard, 1964). Una traducción española, hoy inencontrable, se hizo durante la República (creo que por Cénit). Existe una traducción argentina más reciente.
3/ «En la medida en que una cultura es proletaria, no es aún cultura. Y cuando es cultura, ya no es proletaria» (Lenin, citado por Trotsky, Literatura y revolución, p. 325).

(*) Cuadernos de Ruedo ibérico, París, agosto-septiembre 1965, número 2 páginas 125-128

Personajes en la Semana Trágica



La semana trágica de enero 1919, cuenta con miles de protagonistas, entre ellos dos personajes que años más tarde serán parte de los iniciadores del movimiento trotskista en Argentina

La lucha encabezada por los metalúrgicos de los Talleres Vasena en enero de 1919 desencadenó una histórica huelga general que puso en movimiento a miles de trabajadores en Buenos Aires y otras importantes ciudades del interior del país. Las movilizaciones, los cortejos fúnebres, el enfrentamiento a las fuerzas represivas en las calles, como también las víctimas, tuvieron miles de protagonistas.
Entre miles de héroes obreros anónimos y de los dirigentes más reconocidos de los movimientos de la época, anarquistas, socialistas, sindicalistas y el naciente comunismo, se encuentran también otros personajes. Pedro Milesi, metalúrgico, y Mateo Fossa, carpintero-tallista, fueron dos protagonistas de estos hechos que años más tarde serán parte de los iniciadores del movimiento trotskista en nuestro país. Entre los documentos que relatan estos hechos, Pedro y Mateo, escribieron sobre su propia experiencia en la semana trágica. Gracias al archivo de historia oral del Instituto Di Tella que realizó una entrevista a Mateo Fossa y al delicado cuidado con que Susana Fiorito resguarda los papeles y documentos de Pedro Milesi hoy podemos conocer sus palabras.
En 1886, Buenos Aires, nace Pedro. A los diez años su padre lo saca del colegio para que lo ayude en obras de construcción, luego recorre el país y aprende diversos oficios. Vive dos años en Uruguay y entra en contacto con anarquistas, en 1910 vuelve a Argentina para instalarse a trabajar en los campos de Santa Fe, donde participa del Grito de Alcorta, la primera huelga agraria, donde se vincula con dirigentes socialistas. Más tarde se traslada a Buenos Aires y comienza a trabajar como obrero metalúrgico. En la capital se afilia al Partido Socialista y en 1919 es protagonista de las huelgas y movilizaciones de la Semana Trágica. Así lo relata en sus escritos:
"...La célebre huelga de Vasena que dio origen a lo que posteriormente dio en llamarse "la semana trágica", ... se vio duramente agravada por la injerencia de la Asociación Nacional del Trabajo (famosa reclutadora de carneros) presidida por el potentísimo financista y estanciero Anchorena y las brigadas de pistoleros a sueldo de la Liga Patriótica Argentina (célebre incendiaria de locales e imprentas obreras)...La agresión brutal y premeditada de los patrones y sus agentes, repercutió hondamente en el seno de la clase obrera, determinando como acción lógica y solidaria el abandono de tareas y la afluencia en el entorno de la fábrica ...
... Declarada la huelga general de protesta por todas las organizaciones obreras sindicales, se procedió a la organización de los actos y de la impresionante marcha que precediera el sepelio de las víctimas, desde Barracas hasta Chacarita, como quien dice, desde una punta a la otra de Buenos Aires, doscientos mil trabajadores, hombres, mujeres y niños, caminando a pie llevaron a pulso sobre sus hombros los féretros de los cadáveres de los compañeros caídos en las luchas. En los labios de los acompañantes las estrofas de la Internacional y sobre todo del himno, el nuestro, el proletario: Hijos del Pueblo. En las manos de los portaestandartes de los sindicatos, flameando al viento el símbolo inmarcecible e invencible de nuestra emancipación, las banderas rojas, tan roja como la sangre roja de los mártires caídos a quienes sus compañeros llevaban sobre sus hombros hacia su última morada...
...Llegados por fin al cementerio y ya dentro del mismo la inmensa muchedumbre al iniciarse los primeros discursos se escucharon el horrísono tableteo de las ametralladoras disparadas a mansalva contra los indefensos manifestantes.
...Detrás de las bóvedas, en fosas recién abiertas, haciendo escalas humanas saltando por sobre los paredones que rodean al cementerio logramos los más salvar nuestras vidas. Nunca se supo la cantidad de víctimas. Lo que sí puedo afirmar, pues lo presencié de un domicilio a dos cuadras del Cementerio, es que durante tres días y sus noches funcionaron sin parar los hornos crematorios de la Chacarita..."
Nada será igual para Pedro luego de ser testigo y partícipe de estos hechos. A principios de la década del 20 se integra al Partido Comunista, más tarde comenzará a trabajar como obrero municipal con una activa participación gremial. Comienza a criticar al Partido Comunista y al inicio de los 30 se integra a la primera agrupación de tendencia trotskista ICA (Izquierda Comunista Argentina). En 1933 es detenido a causa de su militancia y trasladado al penal de Ushuaia. A fines de los ´40, ya sin militar en ninguna organización, se jubila y se va a vivir Córdoba. Allí se vincula con estudiantes y trabajadores, y entabla una estrecha amistad con los protagonistas del clasismo cordobés.
En 1896, Buenos Aires, nace Mateo en el seno de una familia obrera, de inmigrantes italianos. En 1914 comienza a trabajar como obrero tallista en madera y se afilia al sindicato donde se vincula también con los socialistas. Al poco tiempo se convierte en secretario general. En enero de 1918 Mateo es parte de la fundación del Partido Socialista Internacional, que desde 1920 pasará a llamarse Partido Comunista de la Argentina. Participa de la Semana Trágica y así lo relata:
"Cuando viene la Semana Trágica de enero de 1919 que empezó por los metalúrgicos de Vasena. Yo ya actuaba. Yo fuí a la calle Loria, donde estaban los muertos en un centro socialista, después vinimos con ellos por Boedo, se armaban broncas en el camino...El sector anárquico era el más combativo y el que tenía un espíritu más amplio de solidaridad. Estaba el sector socialista y el sector sindicalista, pero ellos eran en aquel tiempo ya reformistas. Después fue decayendo el anarquismo porque el mundo tomó los problemas de otra forma y ellos estaban un poco fuera de órbita, y fueron perdiendo terreno...
Yo me acuerdo que había ido allá a los de Vasena, en compañía de otro italiano que se llamaba Alfredo De Andreis...y tenía una voz formidable. Y pasaban los bomberos y los soldados con los mauser, y entonces éste se puso en un zaguán y les gritaba: "no sparare, son notre fratelli", no disparen, no tiren que son tus hermanos... Y cuando fuimos a la Chacarita por la calle Gascón primero, vemos por ahí que estaban quemando dos chatas del molino harinero Río de la Plata. Habían sacado los caballos, se los habían entregado a los carreros que se los llevaran y entonces descargaron, cada vecino se llevó una bolsa de harina para su casa, se descargó la chata y después se le prendió fuego. Y yo estaba allí, un muchacho, me gustaba verlo, lo miraba a todo eso. Después salimos de ahí, y al llegar donde está el Hospital Italiano, venían disparando unos vigilantes con un oficial delante. Y bueno, entonces rajamos. Son episodios de la vida de esos días.
...Ahí en el Once también, los cosacos (eran guardias a caballo, guardias de seguridad, le llamaban los cosacos) desenvainaban el sable y pegaban. A uno yo le ví abierta la cabeza, otro herido. Era la semana de enero eso, era bárbaro. Estos cosacos no andaban con vueltas...Fue una cosa movida, enero de 1919."
En 1926 Mateo es expulsado del Partido Comunista y junto a otros disidentes fundan el Partido Comunista Obrero, que se encarga de editar el periódico La Chispa. Tras el golpe militar de 1930 es detenido. Como secretario general del gremio de la madera tiene una actuación destacada en las huelgas de 1934, y en la histórica huelga de la construcción en 1936, allí se destaca como secretario general del Comité de Defensa y Solidaridad con los Obreros de la Construcción. Como parte de una delegación que concurre al Congreso de Trabajadores Latinoamericanos viaja a México en 1938. Allí se entrevista con León Trotsky, adhiere a sus ideas, y se transforma en el único argentino que tuvo contacto con el dirigente revolucionario. Al regreso de México se incorpora al GOR (Grupo Obrero Revolucionario), liderado por Liborio Justo, otro de los primeros grupos trotskistas del país. A fines de los 60 participa del movimiento de jubilados y en 1973 es candidato a senador por el PST.
Cada historia personal, cada experiencia de lucha, es parte de la tradición e historia de la clase trabajadora. En particular las historias de Mateo y Pedro aportan a conocer a protagonistas de los orígenes de la tradición de izquierda en nuestro país. Obreros militantes, que influídos por el impacto de la revolución rusa abrazaron las ideas del marxismo y ante la "revolución traicionada" fueron parte de los miles que en el mundo levantaron una alternativa a la burocracia stalinista. Hoy esta historia tiene miles de continuadores.

Violeta Bruck @Violeta_Bk

Trotsky: "El suicidio de mi hija"



El 5 de enero de 1933 se suicidó la primera hija de León Trotsky, Zina. Publicamos la carta donde, desde su destierro en Prinkipo (Turquía), responsabiliza al Partido Comunista de la URSS. Ya en 1928 había perdido a su segunda hija Nina también por política del estalinismo. Sus dos hijos (con Natalia Sedova) varones correrían la misma suerte en 1937-38.

Gabriela Liszt

El suicidio de mi hija*

Carta abierta sobre la muerte de Zinaida Volkova

A todos los miembros del Comité Central del Partido Comunista de la URSS
Al Presídium del Comité Ejecutivo Central de la URSS
A todos los miembros de la Comisión de Control Central del Partido Comunista de la URSS

Considero necesario informarles cómo y por qué se suicidó mi hija.
A fines de 1930 ustedes accedieron a mi pedido de autorizar a mi hija Zinaida Volkova, enferma de tuberculosis, a venir por un tiempo a Turquía, acompañada de su hijo Vsevolod, de cinco años de edad, para hacerse un tratamiento. No sospeché que detrás de esta actitud liberal de Stalin se ocultaba un motivo ulterior.
Mi hija arribó a este lugar en enero de 1933, sufriendo de neumotórax de ambos pulmones. Tras diez meses de residencia en Turquía, logramos obtener –a pesar de la oposición permanente de los representantes soviéticos– un permiso para que fuera a tratarse a Alemania. El niño se quedó en Turquía con nosotros para no molestar a la enferma. Pasado un tiempo, los médicos alemanes creyeron posible curar el neumotórax. La enferma empezó a recuperarse y soñaba tan sólo con volver con su hijo a Rusia para reunirse con su hija y con su esposo, un bolchevique leninista exiliado por Stalin.
El 20 de febrero de 1932 ustedes publicaron un decreto en virtud del cual, no sólo mi esposa, mi hijo y yo, sino también mi hija Zinaida perdíamos la ciudadanía soviética. En el país extranjero al que ustedes le permitieron viajar con pasaporte soviético, mi hija se ocupó únicamente de su tratamiento. No participó en la vida política, no podía haberlo hecho debido a su estado de salud. Evitó todo lo que podría provocar “sospechas” en su contra. El hecho de privarla de su ciudadanía fue un miserable y estúpido acto de venganza en mi contra. Para ella, este acto de venganza significaba romper con su hijita, su esposo, su trabajo y todo lo que constituía su vida normal. Su salud mental, ya perturbada por la muerte de su hija menor y por su propia enfermedad, sufrió un nuevo golpe, tanto más atroz cuanto que fue totalmente sorpresivo y de ninguna manera provocado por ella. Los psiquiatras declararon unánimemente que sólo el retorno a su situación normal, con su familia y su trabajo, podría salvarla. El decreto del 20 de febrero coartó precisamente esta posibilidad de salvarla. Todos los demás intentos fueron, como ustedes saben, en vano.
Los médicos alemanes insistían en que si se le permitía, al menos, reunirse con su hijo lo antes posible, había una posibilidad de devolverle su equilibrio mental. Pero las dificultades del traslado de Estambul a Berlín se multiplicaron puesto que el niño de seis años también perdió la ciudadanía soviética. Durante seis meses realizamos esfuerzos constantes, pero inútiles, en diversos países europeos. Sólo mi viaje inesperado a Copenhague nos brindó la oportunidad de llevar al niño a Europa. Con la mayor dificultad, éste realizó la travesía a Berlín en seis semanas. Pero no había estado con su madre siquiera una semana, cuando la policía del general Schleicher (1), de común acuerdo con los agentes estalinistas, resolvió expulsar a mi hija de Berlín. ¿A dónde? ¿A Turquía? ¿A la isla de Prinkipo? Pero el niño debía ir a la escuela. Mi hija tenía necesariamente que recibir atención médica permanente y condiciones de trabajo y una vida familiar normales. Este nuevo golpe superó la capacidad de resistencia de la enferma. El 5 de enero se asfixió con gas. Tenía treinta años.
En 1928 mi hija menor Nina [Nevelson], cuyo marido fue encarcelado por Stalin hace cinco años y todavía se encuentra incomunicado, debió ser hospitalizada, poco después de que yo fuera exiliado en Alma-Ata. Se le diagnosticó una tuberculosis aguda. Me dirigió una carta puramente personal, sin la menor mención de cuestiones políticas; ustedes la detuvieron durante setenta días, de modo que cuando le llegó mi respuesta ella había muerto. Tenía veintiséis años.
Durante mi estadía en Copenhague, donde mi esposa inició un tratamiento para curarse de una grave enfermedad, y donde yo me preparaba para someterme a una cura, Stalin, por intermedio de la agencia TASS, ¡denunció falsamente a la policía europea que en Copenhague iba a celebrarse inminentemente una “conferencia trotskista”!. Eso le bastó al gobierno socialdemócrata danés para hacerle a Stalin el favor de expulsarme con premura febril, con la consiguiente interrupción del tratamiento que mi esposa necesitaba. Pero en éste, como en tantos otros casos, la unidad de Stalin con la policía capitalista obedecía a objetivos políticos. Aun así la persecución de mi hija no tuvo ni un asomo de sentido político. La pérdida de la ciudadanía soviética y, con ello, la única esperanza de volver a un ambiente normal y recuperarse, junto a su expulsión de Berlín (indudablemente un servicio que la policía alemana le prestó a Stalin) no constituyen más que un acto de venganza miserable y estúpido. Mi hija conocía perfectamente su situación. Sabía que no podía estar segura en manos de la policía europea, que la perseguía a pedido de Stalin. Era consciente de ello, y murió el 5 de enero. Se califica a esa muerte de “voluntaria”. No, no fue voluntaria. Stalin la obligó. Me limitó a informar, sin sacar conclusiones. Ya vendrá el momento de hacerlo. El partido regenerado lo hará.

11 de enero de 1933
León Trotsky

Notas:

* El suicidio de mi hija. The Militant, 11 de febrero de 1933.
1. Kurt von Schleicher (1882-1934): general “socialista” del ejército alemán, fue elegido canciller en diciembre de 1932 y reemplazado por Hitler en enero de 1933. Este lo hizo asesinar en la “purga sangrienta” de junio de 1934.

Frustrada obsesión por asesinar a Fidel

“En 41 años, los organismos de seguridad cubanos conocieron y desmantelaron 634 complots homicidas contra Fidel Castro, en diferentes estadios de elaboración, sin contar los que pudieran no haber sido descubiertos, un record que ningún otro líder mundial ha alcanzado en la historia de la Humanidad”. De ellos, 60 estaban ejecutivamente dirigidos por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) y 10 contaban con participación del crimen organizado estadounidense”.
La información -rigurosamente verídica- ha sido aportada por el ex General de los servicios de inteligencia cubanos retirado en 1996 Fabián Escalante Font, en un artículo con su firma divulgado en al sitio CUBADEBATE con título de La obsesión yanqui por matar a Fidel. Escalante investigó a tal efecto los archivos de la Seguridad del Estado de Cuba, los procesos penales incoados a los autores y a los juzgados por los Tribunales, así como documentos diversos desclasificados en Estados Unidos.
Venenos sofisticados, dardos mortales, fusiles para cazar elefantes, armas modernísimas, y otros artilugios fueron diseñados, preparados, o utilizados, entre otros, por los frustrados asesinos para concretar tales macabros planes.
Pero, no sólo trataron de asesinar físicamente a Fidel Castro sino también moral e intelectualmente, afectar su imagen y desacreditar sus ideas. Para ello utilizaron, entre otros medios, polvos con drogas que afectaran sus sentidos, campañas mediáticas para denigrar su pensamiento y ejecutoria. Toda la creatividad y el poderío tecnológico y científico de la superpotencia fueron puestos a disposición de ese objetivo.
Películas, documentales, historietas infantiles, conferencias en Universidades de todas las latitudes, lanzamiento de cientos de falsos rumores sobre su muerte para promover inestabilidad, campañas radiales y televisivas, en fin, lo posible y lo imposible fue realizado con abultados presupuestos. Pero fracasaron una y otra vez; la imagen y el pensamiento del líder cubano se hicieron cada vez más fuertes en los pueblos de América Latina y el resto del tercer mundo.
“En estos días, a propósito de su desaparición física –dice el General Escalante– ha sido la personalidad, impronta y legado de Fidel Castro, la huella dejada en sus contemporáneos, el ejemplo de tenacidad, disciplina, valentía, solidaridad, optimismo y su visión de futuro lo que más se ha hecho resaltar al recordar los numerosos planes, complots y conspiraciones que urdió Washington durante más de medio siglo para asesinarlo”.
Son muchas las personas en todo el mundo que se preguntan el motivo de esta formidable obsesión criminal en un poderoso gobierno – la única superpotencia mundial actual- por eliminar, asesinar y sepultar las ideas de un hombre que, encabezando un pequeño país empeñado en ejercer su soberanía y alcanzar niveles superiores de vida para sus compatriotas, jamás le agredió.
Escalante considera que las razones para este odio visceral habría que buscarlas en la ejecutoria de la Revolución cubana a solo 90 millas y a que Washington no estaba preparado para ceder en un desafío que eventualmente podría conducir a la pérdida de América Latina como su patio trasero.
Durante años, el control de Cuba por Estados Unidos se ejerció con la complicidad de gobiernos corruptos en la Isla que mantenía aquel paraíso para sus inversiones y su ocio, mientras, según sus proyectos, la isla se convertía en al “Las Vegas del Caribe”.
El primer día de enero de 1959 se encontraron que en aquella apacible y hasta entonces bucólica Isla del Caribe, se había desencadenado, tras más de 25 meses de lucha armada en las sierras y llanos, una verdadera Revolución, que muy pronto transformaría el “status quo” existente, llevando a cabo un programa de transformaciones sociales, políticas y económicas sin precedentes en el continente americano.
El 6 de agosto de 1960 Fidel Castro proclamó al mundo, la nacionalización de todas las empresas norteamericanas y la finalización de sus operaciones en Cuba. En septiembre de ese año, aprovechando una visita del líder cubano a la ONU en Nueva York, la CIA contrató a la Mafia para asesinarlo. Comenzó así la cacería que se prolongaría infructuosamente por medio siglo. La Revolución continuaría profundizándose, meses después proclamó su carácter socialista… y la cacería continuó.
Sin embargo, fracasaron una y otra vez sus tramas criminales contra la vida del líder de la revolución cubana.
“No pudieron eliminarlo físicamente, murió cuando y como él quiso, después de una larga y provechosa vida al servicio de su pueblo y de la Humanidad. Fidel estará por siempre en nuestro corazón, nuestro pensamiento y nuestro actuar” -concluye el ex General Fabián Escalante.

Manuel E. Yepe

¿El final de la ideología en Cuba?

En 1960, el sociólogo y académico norteamericano Daniel Bell (1919-2011) publicó “El final de la ideología”, obra que llegó a ser un clásico en las ciencias políticas oficiales. La publicación fue catalogada por el Times Literary Supplement como uno de los 100 libros más influyentes de la segunda mitad del siglo XX.
A pesar de que en los años 1950 e inicios de los 60 había otros partidarios del “Final de la ideología”, Bell es considerado como el más influyente. Aun cuando tuvieron lugar algunas variaciones, esta escuela de pensamiento tiene un común denominador. Tratando de no simplificar excesivamente esa importante tendencia, para el propósito de este artículo, es posible afirmar que surgió debido al fracaso percibido, tanto del socialismo en la antigua URSS como del capitalismo en Occidente. Es decir, nació en oposición al “extremismo”.
En noviembre de 1968, junto con otros estudiantes de ciencias políticas de la Universidad de McGill, en Montreal, fundamos la Asociación de Estudiantes de esa disciplina. Organizamos una huelga y presentamos dos reivindicaciones principales: la primera, exigir la participación estudiantil en los comités de contratación de la Facultad; la segunda -asociada a este potencial empoderamiento estudiantil- reclamar un profesorado y un currículo más incluyente.
Este último podría incluir publicaciones no sólo de Daniel Bell -por supuesto considerado obligatorio y una indiscutible referencia en ciencias políticas-, sino también de científicos sociales progresistas, así como los trabajos de Marx y Lenin. En aquella época eso último estaba excluido. Tras diez días de ocupación y huelga, la solicitud de los estudiantes fue aceptada por la universidad.
Bell no vio llegar la inevitable insurrección que se estaba fraguando en Estados Unidos entre los ciudadanos afrodescendientes, poco después de que su best-seller saliese de prensa. Esas luchas progresistas, así como la de los pueblos indígenas, tienen su origen al inicio de las Trece Colonias. En los años 1960, los estudiantes estadounidenses fueron atraídos por ideologías y políticas alternativas. De hecho, el movimiento de los jóvenes era omnipresente en toda Norteamérica y en gran parte de Europa.
Mientras en los años 60 esta tendencia se caracterizaba por diferentes aspectos de la izquierda política e ideológica y experimentaba sus propios altibajos, parecía la despedida de la tesis del final de la ideología. Sin embargo, el legado de Bell nos sigue acechando.
En el último año aproximadamente, en Cuba ha tenido lugar un aumento continuo de artículos en un lenguaje indirecto acerca de la idea del final de la ideología, escritos por algunos blogueros e intelectuales cubanos marginales. Al inicio eran tímidos, pero luego cada vez más audaces.
Hablaban de la “estéril dicotomía entre socialismo y capitalismo”, aconsejando a los revolucionarios cubanos ser “equilibrados y profundos en sus criterios” cuando se trata de criticar el imperialismo estadounidense, o de evitar el extremo de ser “fidelista o anticastrista”, etiquetando de “extremistas” o “fanáticos” a los marxistas-leninistas o a los fidelistas, escribiendo sobre dos grandes falacias acerca de lo revolucionario en Cuba, la derecha y la izquierda como un “dogma excluyente” y, por último, postulando que “la vida es más compleja incluso que las ideologías”.
Leyendo estos artículos regresaban continuamente a mi mente aquellos días universitarios de 1968. ¿Cómo pudo ser posible que nos opusiéramos al final de la ideología en el corazón del capitalismo, y que ahora ello vuelva a surgir -entre todos los lugares imaginables-, justamente en Cuba? Podría argumentarse que la oposición en Cuba está viniendo de la “izquierda”, es decir de quienes pretenden apoyar a la revolución. Pues bien, ¿de dónde más podría surgir sino de esa llamada izquierda?
No olvidemos que Bell se consideraba a sí mismo de izquierda y que su oposición a la ideología fue ostensiblemente desde una perspectiva de izquierda y no de derecha. Es así como logró construir su credibilidad. Bell se había desilusionado del socialismo y no veía otra alternativa, por lo que libró una batalla tanto contra el capitalismo como contra el socialismo. Su trabajo refleja su propio dilema personal y político. Sin embargo, objetivamente hablando, esta llamada neutralidad respecto a los extremos consistió en lanzar un salvavidas al capitalismo. No es un accidente que Bell sea tan apreciado por las élites gobernantes de Occidente.
Siempre he aseverado que la más peligrosa oposición a la Revolución cubana proviene de la llamada izquierda, y no de la derecha abiertamente plattista. Es un cáncer en la sociedad cubana que, si se deja crecer sin una fuerte resistencia ideológica, podría influir en algunos ingenuos, especialmente entre los jóvenes, los intelectuales y los artistas.
Al mismo tiempo, cuando Bell escribía sus ensayos a finales de los años 1950, compilados en su volumen de 1960, Cuba constituía el escenario de la más evidente refutación de su teoría: el ataque a Moncada de 1953, su programa resultante y el triunfo de la revolución el 1 de enero de 1959. Fidel Castro y el Movimiento 26 de julio constituyeron el camino embrionario hacia a una nueva ideología revolucionaria marxista-leninista en Cuba.
Lejos de ser un período caracterizado por el final de la ideología, Cuba dio al mundo el resurgimiento y la confianza en la necesidad de la ideología. Cuba representó el fin del final de la ideología. La revolución cubana surgió durante el auge de la Guerra fría, pero se erigió resueltamente en contra de cualquier intimidación por parte de la llamada izquierda o del imperialismo. Para la izquierda de aquella época, y más aún para la derecha, esta posición no se correspondía con lo políticamente correcto. De esta manera, Fidel tuvo la perspicacia de no revelar el escenario completo en el periodo inicial. Sin embargo, la ideología se encontraba en el centro del pensamiento y la acción.
Desde 1953 Cuba siempre ha sido -y lo sigue siendo- la quintaesencia del desarrollo de los principios ideológicos. Cada palabra escrita y pronunciada por Fidel está impregnada de ideología. Cuba no está anquilosada, por el contrario sigue evolucionando según la situación. De otra manera, no hubiese podido sobrevivir a sus enemigos durante todo este tiempo.
Estoy convencido de que uno de los principales objetivos implícitos de la campaña mediática corporativa internacional contra Fidel, justo después de su fallecimiento, consistió en una revancha del imperialismo contra él por negarse a capitular en el tema de la ideología.
Pero, ¿por qué -podrán preguntarse los medios interminablemente- la revolución cubana nunca suscribió el final de la ideología, como debía hacerse, según las ciencias políticas oficiales? En todos estos años, desde el 26 julio de 1953 hasta el 25 noviembre de 2016, Fidel vivió y murió tal como lo exigió a los demás: como un humilde revolucionario.
En el actual contexto histórico, tratar de impregnar a la cultura política cubana de “neutralidad” respecto a la ideología: oposición a los “extremos”, “equidistancia” entre socialismo y capitalismo, etc., no constituye un desafío al dogmatismo de la izquierda tal como tratan de presentarlo.
El verdadero desafío es contra el socialismo y la ideología marxista-leninista. En los años 1960, la teoría del Bell complacía a los círculos de gobernantes que deseaban preservar el statu quo. ¡Las élites estaban en el poder y no temían ser desalojadas por su propio capitalismo! El Final de la ideología y su crítica al capitalismo fue tan sólo un pretexto para criticar al socialismo. En 1968, en la Universidad McGill, esto constituyó el principal argumento de los profesores y administradores conservadores.
Aparentemente ellos no estaban ni a favor ni en contra de ninguna ideología. “Todas las opciones políticas son bienvenidas”, aseguraban. Sin embargo, Bell fue aún más aceptado. Él se oponía, decían ellos, tanto al capitalismo como al socialismo. Sin embargo, quienes favorecían el statu quo del capitalismo se apoyaron en el final de la ideología.
Quienes se oponen a la ideología “extrema” de la izquierda fueron totalmente integrados a la ideología capitalista y ayudaron a elaborarla y a difundirla. El propósito del “Final de la ideología”, en los años 1960, y ahora respecto a Cuba, es poner fin a las ideologías marxista-leninista y socialista.

Arnold August. Periodista y conferencista canadiense.

Piglia, el último lector

Falleció el escritor argentino Ricardo Piglia

Mi hermana acaba de darme la noticia de la muerte de Piglia, y lo primero que me viene a la mente, más allá de los encuentros periodísticos que mantuvimos al cabo de años, son los pasajes de su libro “El último lector”, un magnífico ensayo, en particular los dedicados al Che Guevara lector. Piglia ausculta con su penetrante agudeza al personaje cuyo compromiso con la revolución lo ubicó en la movilidad perpetua –-nada menos apropiado para un lector--, y que, sin embargo, hasta en su trágico final en Bolivia, ya sin fuerzas, lleva libros encima. Cuando es detenido en Ñancahuanzu lo único que conserva (porque ha perdido todo, no tiene ni zapatos) es un portafolio de cuero, que tiene atado al cinturón, en un costado derecho, donde guardaba su diario de campaña y sus libros.
Piglia admira a ese lector contra toda adversidad y lo compara con otro revolucionario, y lector extraordinario, sometido, en cambio, a la inmovilidad: Antonio Gramsci.
Dice que Gramsci es el ejemplo opuesto y simétrico al del Che. Fue el político separado de la vida social por la cárcel, que se convierte en el mayor lector de su época. En prisión Gramsci lee todo el tiempo, lee lo que puede, todo lo que logra filtrarse en las cárceles de Mussolini. El mismo decía que leía por lo menos un libro por día. Está siempre pidiendo libros y, dice Piglia, de esa lectura continua, de ese hombre sólo, inmóvil, aislado, en la celda, nos quedan los Cuadernos de la cárcel, que son comentarios extraordinarios de esas lecturas.
Siempre me imaginé que Ricardo Piglia se sentía en parte en la piel de Gramsci (hasta le encuentro un parecido físico), en su caso moviéndose poco para “teletransportarse” por los libros. Y fue, más allá del gran narrador, nuestro gran lector, el hombre que nos legó nuevas formas de descifrar nuestra cultura. Un faro que sigue iluminando.

Jorge Halperin
Página/12

La era del robot, ¿fin de la lucha de clases?

Una historia de ciencia ficción


"The beginning of the mistake is from growing meat for the king and wine for the church", Fukuoka

"El error continuó al crear máquinas y ahora robots para los ricos."

"La inteligencia artificial podría significar el fin de la raza humana", Stephen Hawking

Ponerse apocalíptico en la “era de la tecnología” parece que está de moda y no solo porque se haya apuntado el mismísimo Stephen Hawking.
Pero juguemos a la “ciencia ficción”, imaginemos una planificación del futuro de la humanidad basada en la tecnología para acabar con la lucha de clases, ¿tendría sentido?
Algunos datos: 12,5 % de los trabajadores de la Unión Europea son pobres, en España es el 15% y en EEUU es el 25% y no ha parado de subir en los últimos años.
Otro dato curioso es el incremento de suplementos salariales y subvenciones para la supervivencia de una clase media cada vez más anoréxica. Si no existiera este suplemento salarial, un porcentaje importante de adultos con trabajos a jornada completa vivirían por debajo del umbral de la pobreza. ¿Es que el trabajo está perdiendo valor?
James Livingston, en Fuck Work afirma: “los economistas de Oxford que estudian las tendencias laborales nos dicen que casi la mitad de los trabajos existentes, incluidos los que conllevan tareas cognitivas no rutinarias (pensar, básicamente) están en peligro de muerte como consecuencia de la informatización que tendrá lugar en los próximos 20 años” y “los tipos de Silicon Valley que dan charlas TED han comenzado a hablar de excedentes humanos como resultado del mismo proceso: la producción cibernética.” Recomienda el libro Rise of the Robots (El alzamiento de los robots), 2016, al que considera un libro de ciencias sociales más que de ciencia ficción.
Habitualmente vemos noticias de cómo se están sustituyendo empleados por robots e inteligencia artificial. Y no solo el trabajo físico, según un informe de Nomura de 2015, cerca de la mitad de todos los trabajos de Japón podrían ser realizados por robots e inteligencia artificial para el 2035.

Una historia de ciencia ficción

Pues aquí nuestro argumento de una historia de ciencia ficción: Hoy la humanidad se prepara para reemplazar grandes porciones de trabajo humano por trabajo robotizado. En las próximas décadas, veríamos cómo cada vez será menos necesaria la mano de obra humana y la mente del ser humano en gran parte de los segmentos productivos.
En esta historia de ciencia ficción partiremos de la idea de que el capitalismo planea derrotar la lucha de clases destruyendo o marginando el valor del trabajo para reducir su dependencia con el capital.
La primera ofensiva para diluir el valor del trabajo estaría ligada al auge de la economía financiera frente a la economía industrial. Le siguió el aumento de la deuda como forma de ingreso negativo para aumentar el consumo. Ahora, en una nueva ofensiva, lo financiero se ha combinado con lo tecnológico para forma un cóctel diabólico contra el valor del trabajo.
Si debido al desarrollo tecnológico no fueran necesarias grandes masas de trabajadores y el trabajo perdiera valor, nuestra primera reacción podría ser positiva: no necesitaremos trabajar tanto. Podríamos dedicarnos a actividades placenteras, artísticas, educativas, etc., o, simplemente, seguir incrementando la comunicación banal en las redes sociales.
El segundo pensamiento es siniestro: por primera vez en la historia de la humanidad hay un riesgo claro de que los capitalistas rompan la dependencia con la clase trabajadora para producir bienes y servicios, que tampoco podrán consumirlos, dado que en el esquema actual quien no trabaja no puede consumir.
Así "los ricos" podrían dedicar toda su nueva fuerza "laboral" tecnológica a construir productos de lujo para ellos mismos y más robots productivos. Alcanzarían su sueño de terminar con la lucha de clases. Además, limitarían el consumo de recursos naturales solo para sus productos de autoconsumo, “salvarían” la biósfera y dispondrían de recursos en abundancia.
Esta estrategia podría correr el riesgo de provocar una rebelión global. "Los ricos" necesitarían “paz social” y pondrían en marcha un tercer instrumento consistente en dejar una porción de sus robots y vieja maquinaria produciendo bienes de consumo elementales para mantener una clase consumidora, el “consumariato”, e instrumentar para ello planes de ingreso básico universal que mantengan ese bajo consumo de supervivencia.

La humanidad se transforma

La nueva humanidad de esta historia estaría formada por habitantes residuales y poseedores dominadores.
Imaginen una gigantesca inversión en ciencia y tecnología con un fantástico desarrollo en el ámbito privado, avances que serían propiedad de los capitalistas. Solo los más ricos tendrían los derechos de estos avances. La crionización, el trans-humanismo, la inteligencia artificial, la ingeniería genética, la biónica, las mentes transferidas a sistemas electrónicos, se crearía una “especiación” hacia "super-humanos" que podrían extinguir a la humanidad residual.
Para poner en marcha este plan necesitarían desarrollar más avances tecnológicos y, sobretodo, una enorme inversión de capital en robots y tecnología. En un momento económico en que el capital financiero se ha desinflado, con intereses negativos en varias economías importantes, los robots permitirían un "despertar" del capital.
En "Crisis y Revolución", ya vimos como "los ricos" mediante la crisis del 2008 debilitaban las clases medias en diversas partes del mundo uniformizando la explotación.
En nuestra historia de ciencia ficción, el proyecto se ha tornado aún mas ambicioso: con el estandarte de la robotización de todo trabajo humano y la eliminación de partes cada vez mayores de la población mundial mediante guerras y desastres ambientales, "los ricos" no necesitarían trabajo humano, ya no necesitarían trabajadores y éstos ya no tendrían con qué negociar, perdiendo de forma definitiva la lucha de clases tal como la conocemos desde los albores de la humanidad.

Y las fronteras se levantarían de nuevo de la mano del fascismo

A un proyecto de esta naturaleza no le servirían los inmigrantes, ya no sería necesaria mano de obra humana barata y tampoco controlar a los trabajadores nativos. La derecha occidental tendría que volver a levantar las fronteras y criminalizar al inmigrante, el proyecto de "los ricos", otrora globalizante, pasa a otra fase.
"Los ricos" cerrarían fronteras y estabilizarían “islas” con potencial militar para contener a los países controlados por intereses ajenos a sus planes. Así evitarían el avance de éstos sobre los recursos que disfrutan.
La imposibilidad de incluir a todo el planeta en su plan, por la existencia de poderosos países no alineados, les obligaría a instrumentar el neo-fascismo. Para evitar que las democracias instalen la distribución de lo producido por los robots, se requeriría el rescate de una nueva ola fascista en los países centrales. "Los ricos" ya no necesitarían usar la “democracia”, recuperarían el fascismo.
En éstos países-isla controlados por "los ricos", los pocos humanos que disfruten de serlo, evolucionarían de forma independiente y se “especiarían” (nuevas especies), junto con la selección artificial, la genética y la biónica, alcanzando cada vez mas tiempo de vida y mas potencial de desarrollo. Los que puedan pagarlo dispondrán de increíbles recursos de una medicina transformativa que pueda alargar considerablemente la vida. Los habitantes residuales quedarían abandonados a su suerte.

¿Cómo luchar contra este plan?

Toda historia de planes perversos tiene a los buenos que resisten.
El Software Libre permitió romper con la apropiación del conocimiento del sistema capitalista evitando la dominación a través de los sistemas de información y comunicación convirtiéndose en una forma de lucha. Se hacía necesario buscar fórmulas para acceder al cómo estaban programados los sistemas, en un mundo donde todos los procesos cotidianos comenzaban a controlarse con software. Nació el movimiento de Software Libre que permitió a miles de programadores asociarse para hacerle frente a las grandes industrias del software que trataban de apropiarse de la producción de conocimiento de sus trabajadores.
Los robots no son bienes intangibles, como el software. En ese sentido, no pueden ser libres debido a que su fabricación consume recursos finitos. Sin embargo, el plan sería que en un futuro los robots, con inteligencia artificial, se puedan fabricar a sí mismos. Si a esto se le suma que se pretenda reducir la población mundial, que se instrumente la ecología y la “salvación del planeta” para los fines de este maquiavélico proyecto, la energía y otros recursos volverían a ser abundantes dejando de ser limitantes. Así que podrían alcanzar un umbral productivo donde podrían ser prácticamente libres.
La forma de combatir este plan sería luchar por regular el concepto de propiedad de la era industrial aplicado al conocimiento. Lucha que ya fue iniciada en el siglo XX en el marco del Software Libre y el Conocimiento Libre.
Mientras los derechos de propiedad intelectuales aseguren a los poseedores de los robots el control de todo lo que éstos produzcan, incluyendo más robots, sería imposible que la humanidad en conjunto participe de sus beneficios.
El hackeo de los robots y su posible uso por intereses favorables a la humanidad residual será fundamental en la lucha de resistencia. Habría que pensar en lograr una masa importante de robots públicos al servicio de la población general desarrollados por territorios libres o por países “gamberros”. Habría que contener la destrucción ambiental, controlando el consumismo, para poner en riesgo el proyecto de los billonarios.
Las estrategias de hackeo y acumulación política pueden ser útiles para bloquear este proyecto dominador. Los robots deben convertirse en aliados de la clase trabajadora frente a los robots enemigos de clase instrumentalizados por los capitalistas.
Todo dependería del poder relativo de los actores y de su capacidad de articular políticas. Los nuevos movimientos políticos de liberación basarían sus estrategias en la gestión del conocimiento y en la naturaleza de la propiedad de la producción de los robots para evitar la derrota en la lucha de clases. Ambas clases se disputarían el control y la regulación de los robots como medios de producción con su particular naturaleza "auto-replicante".
Cuando pensamos que iban a dominar el mundo con software, construimos el Software Libre. Hoy sería más necesario que nunca liberar las fuerzas de la robótica y la inteligencia artificial para ponerlos al servicio de toda la humanidad.
Y puestos a conspirar, habría que evitar que las futuras inteligencias artificiales se apropien de la producción de riqueza y reemplacen a la mismísima humanidad, la de "los ricos" y la de la humanidad residual, ¿verdad Stephen?

Diego Saravia, Nilsa Sarmiento y Rafael Rico Ríos

Referencias:
https://aeon.co/essays/what-if-jobs-are-not-the-solution-but-the-problem

https://www.theguardian.com/technology/2017/jan/05/japanese-company-replaces-office-workers-artificial-intelligence-ai-fukoku-mutual-life-insurance?CMP=fb_gu

http://www.nomuraholdings.com/investor/library/ar/2015/pdf/nomura_report_all.pdf

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=81442

https://futurism.com/stephen-h

http://www.realclearfuture.com

https://www.bloomberg.com/news

http://fortune.com/2016/11/06/

https://futurism.com/stephen-h

https://futurism.com/a-new-bas

http://www.reuters.com/article

* Diego Saravia es Ingeniero Industrial; Nilsa Sarmiento es Licenciada en Análisis de Sistema; Rafael Rico Ríos es Ingeniero de Telecomunicación.

“El PT funcionó como un prestador de servicios para las elites”

Entrevista con la filósofa Isabel Loureiro

“El punto débil del lulismo fue creer en la fórmula mágica de dar a los pobres sin sacar a los ricos”, dijo a Brecha la filósofa brasileña Isabel Loureiro, una de las coordinadoras del libro “Las contradicciones del lulismo” (Boitempo), en el que ocho profesores universitarios deconstruyen los gobiernos de Lula y Dilma Rousseff.

Agnese Marra.— ¿Qué diferenciaría al lulismo del petismo?
Isabel Loureiro.— Usamos el concepto de lulismo del profesor André Singer, referido a un reformismo débil en el que no se producen transformaciones estructurales sino una integración de las clases populares a través del consumo, lo que no significa un aumento de ciudadanía. Para mí el petismo se diferenciaría del lulismo por ubicarse más a la izquierda que la figura de Lula, pero no todos los autores del libro opinan lo mismo.
A.M.— Ustedes señalan las contradicciones y los puntos fuertes y débiles del lulismo. ¿Podría hablarnos de los esenciales?
I.L.— Los puntos fuertes del lulismo serían el abanico de políticas sociales volcadas hacia las clases más bajas, como la Bolsa Familia, las cuotas para negros en la universidad, la expansión de la universidad pública, el crédito rural para pequeños agricultores, entre otras. Estas medidas fueron especialmente buenas en el segundo gobierno de Lula y en el primero de Dilma, de eso no hay duda. El punto más débil fue creer en la fórmula mágica de dar a los pobres sin sacar a los ricos. No hubo un enfrentamiento a las elites y mucho menos al capitalismo. También hay que decir que eso no sucedió sólo en Brasil sino en todos los gobiernos llamados progresistas en América Latina. Todos pecan del mismo problema del lulismo, el de apostar a un modelo neodesarrollista, basado en el extractivismo, en el colonialismo interno, en la dilapidación de la naturaleza y en la violencia contra las comunidades tradicionales.
A.M.— En su capítulo del libro habla precisamente de la reforma agraria pendiente y asegura que Lula va a ser recordado como “el presidente compañero de los usurpadores de tierra”.
I.L.— Esa idea es del profesor Ariovaldo Umbelino de Oliveira y yo estoy completamente de acuerdo. Durante la época de Lula se legalizaron tierras públicas en la Amazonia que habían sido usurpadas por terratenientes del campo, se legalizó algo ilegal. Durante el lulismo no hubo reforma agraria. Todo lo contrario: aumentó la concentración. A su vez, en 2009, Lula liberó el uso de transgénicos y hoy somos el mayor consumidor de agrotóxicos del mundo. Por lo tanto lo que vemos en este gobierno progresista es un apoyo oficial al modelo hegemónico del agronegocio. Entiendo que hubo un contexto internacional proclive a la venta de commodities por el aumento de la demanda de China, pero se podría haber hecho una política que no fuera exclusivamente centrada en el extractivismo de materias primas, pero el problema de fondo es que la izquierda brasileña es desarrollista. En Brasil, al menos el PT no es una izquierda crítica de la modernización capitalista, por eso la nueva lucha de la izquierda es empezar a pensar en otros términos.
A.M.— ¿Cree que la izquierda brasileña necesita independizarse del lulismo para reencontrarse?
I.L.— En estos momentos la figura de Lula perjudica a la izquierda a la hora de reformularse. Lula tiene una visión caudillista de la política, es un caudillo del PT. Sólo hay que ver cómo ni él ni su partido permitieron que surgiera otro líder. Aquellos que aparecían como posibles sustitutos están en la cárcel. El PT es un partido burocratizado, con una trayectoria semejante a la de los partidos socialdemócratas europeos. En este sentido no creo que pueda ser una salida de izquierda en América Latina. Pero al mismo tiempo no podemos negar que la derrota del PT se lleva consigo a la izquierda como un todo, y esa es una de las grandes contradicciones, porque este partido simbólicamente sigue siendo el gran aglutinador de la izquierda en Brasil. Cuando se desmorona parece que no hubiera una alternativa real de izquierdas, al menos en términos de ganar elecciones. El reto de izquierda es reformularse sin pensar constantemente en las próximas elecciones y preocuparse por lo que necesita la gente.
A.M.— Además del tema del campo, en el libro hablan mucho de otro de los grandes logros del lulismo relacionado con el aumento de jóvenes con grado universitario. Sin embargo, mencionan que al mismo tiempo fortaleció iniciativas privadas de dudosa calidad.
I.L.— Los programas de apoyo al crédito para que los jóvenes pudieran acceder a universidades fueron un arma de doble filo porque fortalecieron facultades privadas de muy mala calidad. Lula siempre se justificó alegando que si no fuera de ese modo la integración de las clases populares en la universidad habría durado una eternidad. A pesar de haber ayudado a este tipo de universidades no se puede dejar de reconocer que para muchos de los alumnos graduados se abrieron nuevas perspectivas de mirar el mundo. Me acuerdo mucho de un artículo de Regina Magalhães, docente en una de esas universidades, que cuenta cómo sus alumnos de Sociología empezaron a percibir que vivían en una cosa que se llamaba sociedad, y que no eran individuos sueltos. Empezaron a establecer nuevas relaciones y crear un pensamiento más crítico que antes tenían vedado.
A.M.— A pesar de la mala calidad de algunas de las universidades, ¿se puede reconocer que han generado una cierta movilidad social?
I.L.— De eso no hay dudas. El artículo de Ruy Braga lo explica muy bien cuando habla de las mujeres jóvenes que trabajan media jornada en un call center de telemarketing y por la tarde van a esas universidades privadas. A pesar de que el nivel de esas facultades es horrible, esa joven ya no va a ser empleada doméstica como era su madre. Incluso puede que el salario que gane en telemarketing o en empleos posteriores sea igual o más bajo que el de la empleada, pero simbólicamente el ascenso social es inmenso.
A.M.— En el capítulo que trata sobre la Bolsa Familia señalan que no hubo cambios estructurales y que no ayudó a terminar con la criminalización de la pobreza.
I.L.— Para el autor del artículo, Carlos Alberto Bello, uno de los puntos más frágiles de la Bolsa Familia es el hecho de no formar parte de la Constitución, el que no haya sido institucionalizada como un derecho, sino que sea una medida que queda a expensas del gobernante de turno. Por otro lado, critica que la integración de las clases populares fue precaria y despolitizada, sólo a través del consumo y sin ofrecer una idea de ciudadanía y derechos. En ese sentido, insiste en que la sociedad brasileña continúa criminalizando la pobreza, vista como responsabilidad de los propios pobres. Domina la idea de que el pobre es perezoso y que no trabaja porque no quiere. Y lo peor es que al no haber habido una apuesta por la politización, son los propios pobres los que asumen esta idea sobre sí mismos. No creo que podamos esperar que sean las clases populares las que salgan de la pasividad política ante el giro a la derecha por el que pasa el país.
A.M.— Precisamente se ha visto que las clases populares son las que han apoyado a la derecha en ciudades como San Pablo, con un alcalde recién elegido que propaga la idea de meritocracia.
I.L.— Eso también tiene que ver con la despolitización. Curiosamente, las personas que se beneficiaron de políticas públicas, como por ejemplo las becas de universidad, creen que el ascenso social que han conseguido se debe a mérito propio y no lo relacionan con las políticas impulsadas por el país. Una vez que sienten que el mérito es de ellas y que a su vez tienen más capacidad de consumo, dejan de sentirse pobres y por lo tanto no quieren votar más al PT, “el” partido asociado a los pobres. Prefieren votar a partidos de derecha, a los que asocian con los ricos o con las clases medias. Esa paradoja a la que ahora se enfrenta el lulismo es justamente por no haber querido apostar por una inserción social más politizada, como la que hacían junto con la Iglesia católica cuando nació el partido. El PT ha dejado de lado ese tipo de educación y de contacto con las bases y con las realidades sociales.
A.M.— ¿Cuándo cree que el lulismo dejó de tener contacto con sus bases?
I.L.— Las personas que estudian el PT desde que se formó como partido señalan un cambio ya en los ochenta cuando comenzaron a ganar alcaldías. A partir de entonces y hasta ahora el PT fue abandonando sus bases y el aparato se centró exclusivamente en ganar elecciones, lo que le obligó a hacer cada vez más concesiones hasta que llegan al Ejecutivo. En ese momento el PT se convirtió en lo que es hoy: un partido electoralista, sólo preocupado por ganar elecciones.
A.M.— ¿Cree que el PT está pasando por un proceso de autocrítica?
I.L.— Ahora todos se llevan las manos a la cabeza con lo que ha pasado en el último año. Las bases del partido quizás se estén planteando posibles errores cometidos, pero el aparato no lo está haciendo. La prueba más clara es que quieren poner a Lula en 2018 como si fuera la solución de todos los problemas y la única forma de salvar al partido.
A.M.— ¿Logrará Lula presentarse en 2018?
I.L.— Me parece que es lo que quieren tanto él como el aparato del partido, pero va a ser muy difícil, porque las elites brasileñas se van a juntar para impedir que eso suceda, y si fuera necesario lo llevarán a la cárcel. El PT ha funcionado como un prestador de servicios para las elites del país, que tercerizaron el gobierno cuando les fue conveniente. Cuando vieron que la operación Lava Jato se les acercaba demasiado y Dilma no hacía nada para impedirlo, decidieron que ellos iban a gobernar de nuevo. Brasil es un país profundamente retrógrado en el que las elites nunca dejaron de gobernar. Durante un tiempo permitieron que se mantuviera ese reformismo débil del que habla Singer, pero incluso eso les pareció demasiado.
A.M.— En el libro sostienen que el lulismo fomentó la pacificación social.
I.L.— Sí, algunas personas situadas más a la izquierda decíamos que se vivía la paz de los cementerios. Mientras las personas consumían celulares y televisiones de plasma se quedaron adormecidas, parecía que todo estaba bien porque tenían acceso a bienes de consumo que pagaban en 20 cuotas, una falsa ilusión. Varias investigaciones demuestran que las desigualdades continuaban, que a pesar de haber mucho más empleo era enormemente precario; la salud también había mejorado algo pero seguía siendo mala. Las personas que estábamos a la izquierda del PT fuimos muy maltratadas, decían que éramos unos agoreros, y parecía que la lucha de clases había desaparecido del horizonte. Pero sabemos que nunca desaparece, era tan sólo una olla a presión a punto de explotar.
A.M.— ¿Las manifestaciones de junio de 2013 fueron esa explosión en la que las contradicciones del lulismo aparecieron de repente?
I.L.— Junio de 2013 fue esa transición abrupta: un día parecía que todo estaba bien y al día siguiente nadie estaba satisfecho. Y sí, podríamos decir que fue en ese espacio donde se vieron buena parte de las contradicciones del lulismo y de la despolitización de la que hablábamos antes. Lula y Dilma invirtieron en las universidades públicas y en becas para acceder a la universidad, pero las personas salían a la calle exigiendo calidad en la educación. Lo mismo sucedía con la salud. Muchos de esos jóvenes manifestantes se habían beneficiado de las políticas lulistas. Pero no eran conscientes de ello y pedían más. El gobierno de Dilma y el PT quedaron completamente paralizados, no supieron entender lo que sucedía y creo que hasta ahora no lo han entendido.
A.M.— ¿Pero se puede decir que el lulismo marcó un antes y un después en relación con los anteriores gobiernos?
I.L.— En lo que se refiere a política económica me parece exagerado pensar que marcó un antes y un después. Sólo hay que recordar la famosa Carta a los Brasileños que escribió Lula cuando llegó al poder, donde dejaba claro que iba a continuar al lado de los mercados financieros. En lo que se refiere a macroeconomía mantuvo una política no muy alejada de la de su antecesor Fernando Henrique Cardoso. Es cierto que llevó a cabo políticas sociales mucho más amplias que los anteriores gobiernos y con un modelo neodesarrollista sustentado en los commodities y el agronegocio, pero consiguió una redistribución de la renta que a su vez provocó un ascenso social importantísimo, sobre todo para aquellos que estaban en la miseria. Si a nivel político no se puede decir que fuera revolucionario, sí creo que hubo un antes y un después en términos simbólicos. La posibilidad de que un metalúrgico llegara a la presidencia de un país tan desigual y elitista como es Brasil fue un hecho importantísimo para las clases populares. Por otro lado, ese hecho crucial también escondió los conflictos reales y la lucha de clases latente, como si ya no hubiera que hacer nada más porque todo había cambiado. Como no hubo cambios estructurales, rápidamente volvimos al pasado. Dimos un paso adelante y dos hacia atrás.

Agnese Marra
Brecha (Uruguay)

viernes, enero 06, 2017

La anexión de Palestina podría estar más cerca de lo que se piensa



Un hombre camina a lo largo del muro de separación de Israel que serpentea a través de la ciudad palestina de Belén, 15 de agosto de 2015. (Miqueas Bond / Flash90)

Una tormenta total en la política doméstica israelí combinada con el cambio de guardia en Washington podría crear una oportunidad para que los que abogan por la anexión puedan finalmente hacer su movimiento

El ministro de alto rango del gobierno israelí Naftali Bennett anunció el domingo que va a introducir una legislación efectiva para anexar el tercer mayor asentamientos de Israel en Cisjordania, Maale Adumim, a finales de enero. Es casi seguro que cuando Bennett dice "a finales de enero", significa que después del 21 de enero, cuando asume Donald Trump.
El deseo de Bennett de anexionar de forma paulatina partes de Cisjordania no es nuevo ni secreto. El presidente del partido Hogar Judío se presentó con una plataforma de anexión desde que se postuló para el cargo en 2013 y en todas las elecciones desde entonces. A través de vídeos cortos y fragmentos de sonido agresivos, el ministro de Educación israelí ha intentado cambiar el discurso público, en Israel y en todo el mundo, hacia sus objetivos anexionistas.
Bennett también ha sido claro acerca de que él no espera anexar Cisjordania de un solo golpe. "Es un proceso", explicó Bennett en el Instituto Brookings hace dos años. "No estoy sugiriendo que -ya sabe- al mediodía de un día acabamos [anexando]. Hay un proceso de cambio de la visión global de lo que está pasando aquí y hay que empezar con eso... y se necesita tiempo. Es una batalla cuesta arriba".
También otros políticos estuvieron sorprendentemente abiertos acerca de la necesidad de adoptar un enfoque parcial de la anexión. Una exdiputada de la Knesset del mismo partido que Bennet, Orit Struck, durante su estancia en el Parlamento, junto con un veterano político del Likud, Yariv Levin, formuló un plan de 10 pasos para avanzar en la anexión de Cisjordania. Una de las primeras etapas era la anexión de los asentamientos como Ma'ale Adumim, en particular.
Ayelet Shaked, también del partido de Bennett, Hogar Judío, y ahora ministra de Justicia de Israel, abogó en el pasado por la anexión del bloque de asentamientos de Gush Etzion. Más recientemente anunció planes para aplicar la ley civil israelí en los territorios ocupados, algo que se considera como anexión de facto (Cisjordania está actualmente sujeta a la ley militar israelí). Hace unos meses la vicecanciller Tzipi Hotovely presentó una solicitud directa a su gobierno. Motivos y planes similares se pueden oír casi diariamente durante todo el gobierno de Israel y de la coalición gobernante, por no hablar en los círculos de derecha y los medios de comunicación ajenos al gobierno. Y mientras que las demandas de dentro del gobierno para promover la anexión se han convertido en la nueva normalidad en los últimos años, por una variedad de razones a menudo son descartados por marginales o poco realistas.
Hay dos razones políticas principales por las cuales el coro de dentro del gobierno israelí pide reiteradamente que la anexión debe tratarse más en serio esta vez. La primera, y más obvia, es la administración entrante de Trump en Washington.
Desde su elección, el presidente electo Trump ha estado enviando señales claras de que la política de su administración hacia Israel, y especialmente los asentamientos, será muy diferente de la de Barack Obama y John Kerry, y uno podría concluir, que la de los últimos ocho presidentes estadounidenses desde que Israel ocupó los territorios palestinos en 1967. El presidente electo no ha tenido pelos en la lengua cuando tuiteó en respuesta a la declaración de John Kerry de 75 minutos acerca de la política de asentamientos de Israel: "¡Mantente fuerte Israel , el 20 de enero se acerca rápidamente!"
Por supuesto, yendo un paso atrás del Twitter, las cosas no son tan claras. Trump también ha dicho que espera (o planea) dar otra puñalada en el largo pasatiempo de la política exterior de Estados Unidos: tratar de negociar un improbable acuerdo de paz entre Israel y los palestinos. Si Trump tiene alguna aspiración de pacificación, no sería lógico de su parte apoyar siquiera un mínimo movimiento de Israel hacia la anexión. Dicho esto, históricamente Israel no ha estado demasiado preocupado por la posibilidad de que enfurece a los presidentes estadounidenses -demócratas y republicanos por igual- por sus políticas coloniales, por lo que la perspectiva de que Netanyahu desafíe incluso a Trump por su política de los asentamientos es irreal. Tampoco Trump es conocido por su lógica lineal clásica.
La segunda y más importante razón por la que deberíamos tomar al creciente coro de la anexión más en serio tiene mucho que ver con la política israelí nacional y el rasgo más dominante de Benjamin Netanyahu: supervivencia política. Naftali Bennett no encabeza un partido particularmente grande, y por su cuenta es bastante limitado en su capacidad para forzar la política de Netanyahu. Donde sabe que puede tener más éxito Bennett, sin embargo, es en el cambio de dirección paulatino de este gobierno, desafiando las credenciales de derecha de Netanyahu.
No se preveía que Benjamin Netanyahu ganara la última elección. Por muchos indicadores, se esperaba que su partido Likud quedara en segundo lugar, detrás del Laborismo y el partido Unión Sionista de Isaac Herzog. Netanyahu se alzó con una inesperada victoria con un llamamiento de último minuto a los votantes de otros partidos de derecha argumentando que sólo un voto para él podría garantizar un gobierno de la derecha. En otras palabras, Netanyahu debe su asiento a los votantes que podrían volcar su voto por Bennett. Por otra parte, el partido Likud de Netanyahu se ha movido considerablemente hacia la derecha en los últimos años, en parte debido a un esfuerzo a gran escala para animar a los colonos a unirse al Likud, precisamente para este propósito.
El resultado es que el primer ministro está constantemente atento para mostrarse como más y más a la derecha, tanto para responder a las filas de su propio partido, como también para detener a Bennett y al partido Hogar Judío que lo están hostigando desde la derecha. Es por eso que después de declarar lo peligroso que era para los asentamientos la primera llamada para votar la "ley de normalización", Netanyahu mismo terminó votando a favor. La victoria de Bennett estuvo en llevarla a la Knesset, donde sabía que Netanyahu -por consideraciones dentro de la derecha política- tendría que votar a favor.
Si Bennett juega bien sus cartas, hay una buena posibilidad de que pueda llevar a cabo una maniobra similar hacia la anexión acotada. Si Bennett se las arregla para conseguir su proyecto de ley de Ma'ale Adumim en la Knesset en el momento adecuado, Netanyahu podría verse nuevamente acorralado políticamente. Incluso si el proyecto finalmente se dejara de lado, al menos podría obtener un premio consuelo o dos a cambio, como el apoyo a la legalización de los asentamientos de avanzada, la aprobación de la construcción de asentamientos en otros lugares, o de dar pasos burocráticos para afianzar aún más la soberanía de facto israelí sobre Cisjordania.
La sincronización para un movimiento de este tipo es más oportuna que nunca. Netanyahu está atravesando por una serie de escándalos graves en este momento. Será investigado por la policía esta semana por la supuesta aceptación de regalos ilegales y teme ser atacado en más de un frente a la vez. Sería conveniente políticamente para el primer ministro asegurarse de que sus socios de la coalición, especialmente aquellos frente a quienes puede perder votos, no muevan el bote con escándalos de corrupción o la investigación de los submarinos que pueden suponer una amenaza a su trono.
Benjamin Netanyahu sabe que su permanencia en el poder está directamente relacionada con la no concesión de tierras, la soberanía palestina y la idea misma de una solución de dos estados. Lo ha demostrado suficiente en varias ocasiones tanto de oponerse a todas esas ideas antes de una elección, sólo para revertir el curso inmediatamente después. Si siente que su magistratura está en absoluto en peligro, no dudará en aprovechar su inclinación por la derecha. En el clima político actual significa aflojar las riendas a Bennett y los anexionistas en su gobierno.

Michael Schaeffer Omer-Man
972mag
Traducido del inglés para Rebelión por J. M.

jueves, enero 05, 2017

Trump, racismo y clase obrera



El racismo entre los trabajadores no puede ser condonado o tapado. La unidad de la clase obrera comienza por tomar las demandas de los más oprimidos.

A pocas semanas de la asunción del próximo gobierno de Donald Trump, publicamos un articulo del sitio Left Voice, traducción de Trump, Racism and the Working Class

La inesperada victoria de Donald Trump ha llevado de nuevo al debate la discusión sobre el racismo y la supremacía blanca, llegando algunos a la conclusión de que la "clase obrera blanca" votó en bloque por Donald Trump y, por lo tanto, son los culpables de su triunfo. Sin embargo, la situación no es tan simple. Reproducir esta falsa narrativa sin cuestionar los supuestos que la sustentan sólo profundiza-conscientemente o no- las divisiones entre los trabajadores y por lo tanto socava las posibilidades de emprender la lucha contra el Trumpismo (Trumpism en inglés) y los patrones en general.
¿El triunfo de Trump fue gracias al voto de los trabajadores blancos? Trump no podría haber ganado si no fuera por el apoyo que recibió, entre otros, de millones de trabajadores que eran abrumadoramente blancos. Estas personas votaron por un fanático racista que calumnió a los mexicanos, quien fue consistentemente sexista y atacó a los musulmanes reiteradamente. No podemos excusar a los que votaron por él, incluidos los trabajadores.
Sin embargo, es un error pensar que la mayoría de los trabajadores blancos apoyan a Trump. Por empezar, la categoría "votante blanco que no estudió en la universidad" no equivale a "trabajador blanco", un defecto común sobre el cual los medios de comunicación y las encuestas basan sus cifras. Muchas de estas personas sin títulos universitarios son, por ejemplo, propietarios de pequeñas empresas, es decir, de clase media. Una señal del peso que tiene la clase media entre los votantes de Trump es que tienen en promedio más riqueza que los votantes de Clinton. En realidad perdió por goleada entre los que ganan menos de 50 mil dolares por año. Este sector demográfico constituye más de la mitad de la población de Estados Unidos, a pesar de que representan sólo el 36 por ciento de los votos.
Incluso entre aquéllos que califican para votar, sólo el 19,5 por ciento votó por Trump. Sesenta y nueve por ciento de ellos son blancos y sólo el 35 por ciento votó a favor de Trump-el 65 por ciento o bien votaron por Hillary Clinton o un tercer candidato o no votaron en absoluto.
Entonces, la mayoría de los trabajadores blancos no votaron por Donald Trump
Este hecho debe ser enfatizado porque si la discusión se centra en la lógica de que la mayoría de los trabajadores son partidarios de Trump, la situación se torna confusa y llevará a tomar decisiones equivocadas. (El hecho de que millones votaron por él es igualmente una terrible noticia.)
De hecho, las encuestas demuestran que la victoria de Trump en los estados de Ohio, Wisconsin, Michigan, Iowa y Pennsylvania fue principalmente el resultado de la caída en la participación de los votantes demócratas, en particular en las circunscripciones clave, y no fue debido al crecimiento del voto republicano. La impopularidad generalizada de Hillary Clinton y la profunda decepción en Obama llevó a muchas personas de color a quedarse en casa. Al mismo tiempo, esto influyó en la decisión de un sector de votantes blancos que antes habían votado por los demócratas y esta vez cruzaron la raya hacia Trump.

Motivaciones

A pesar de todas estas consideraciones, el hecho es que millones de trabajadores votaron por Trump. Ahora, la gran pregunta es, entre los que votaron por Trump, hasta qué punto le dieron su apoyo por la retórica anti-establishment o, por el contrario, ¿en qué medida el discurso racista y xenófobo guió su voto?
Aunque es imposible tener alguna certeza sobre esto, algunos aspectos son claros. Aquellos que votaron por Donald Trump o bien estuvieron de acuerdo con su discurso racista o lo toleraron como un defecto menor, algo que no fue lo suficientemente significativo para retirar su apoyo. Un sector hizo claramente más que tolerar su discurso racista. Hemos visto a decenas de fanáticos racistas y nacionalistas asistir a sus manifestaciones. El surgimiento de la llamada alt-right tiene una presencia real más allá de las redes sociales, y parte de eso se refleja en la oleada de crímenes de odio después de la victoria de Trump.
Es falso pensar que todos los votantes de Trump son fanáticos de la supremacía blanca. Ciertamente, hay algunos estratos de trabajadores empobrecidos o gente de clase media que fueron seducidos por los comentarios populistas contra el establishment y permitieron su intolerancia racial. Hay algunas razones para creer esto: el supuesto pasaje de votos de Barack Obama hacia Donald Trump, el extraordinario éxito de Trump en los estados donde Bernie Sanders ganó las primarias, además de algunas evidencias anecdóticas de aquí y de allá. Entre los que declararon que sus condiciones económicas eran peores que 4 años antes, el 78 por ciento votaron por Trump y sólo 19 por ciento por Hillary.
Esto demuestra que al menos una parte de las razones para votar a Trump, fueron otras y no el racismo. Sin embargo, la delimitación política con los votantes de Trump tiene que ser clara. Aquellos que se inclinaron por motivaciones económicas (erróneas) por sobre la solidaridad de los trabajadores se dirigen en la dirección equivocada y representan un obstáculo para lograr la unidad de clase. Por esta razón, es un grave error excusarlos, mostrar simpatía o justificar su voto. Si se desarrolla una resistencia al gobierno de Trump y al avance de la derecha, necesitamos la unidad de clase, y esta comienza cerrando filas incluyendo todas las etnias, culturas, color de piel, género y sexualidad.

Clase obrra, ideología y competencia

La fragmentación de la clase obrera por motivos de líneas étnicas o raciales es una tragedia. Socava el poder de clase, debilita el movimiento obrero y obstaculiza la lucha contra el capitalismo.
El prejuicio racial entre los trabajadores es real. No puede haber una perspectiva para unir a los trabajadores de todas las comunidades y etnias si ocultamos o negamos esto. Después de reconocerlo, la tarea es identificar y explicar cuáles son las fuerzas que lo motivan.
No es ningún secreto que, en tiempos de recesión económica, los trabajadores inmigrantes y las minorías raciales son los más útiles chivos expiatorios. Las declaraciones de Trump sobre los latinos y musulmanes son un ejemplo de manual.
Sin embargo, ¿Trump sólo le lavó el cerebro a millones de personas? La verdad es que esos sentimientos racistas no sólo son levantados por Trump y la burguesía en general -para "dividir y conquistar". La noción de falsa conciencia no es suficiente para explicarlo. En otras palabras, una teoría del racismo que describe a los jefes como los únicos creadores de la cultura y la ideología, y a los trabajadores como unos lemmings que están "programados" para odiar a la gente de color, no es suficiente para entender la realidad.
Desafortunadamente, los trabajadores han adoptado activamente el racismo en diversas circunstancias históricas, y se han beneficiado individualmente de los prejuicios raciales, incluso cuando estas mismas divisiones hirieron fatalmente al movimiento obrero a largo plazo y, en última instancia, a los mismos trabajadores blancos.

El enemigo equivocado, el aliado equivocado

En 1981, después de las elecciones en las que Ronald Reagan ganó la presidencia, Johanna y Robert Brenner escribieron un artículo en Contra la corriente que se puede leer hoy como si se tratara de la elección de Trump.
Desconcertados por los resultados electorales, trataron de darle sentido al alto nivel de apoyo que la clase obrera le dio a Reagan. Los Brenners comienzan el ensayo reconociendo el giro a la derecha, del cual el apoyo generalizado de los trabajadores a Reagan fue el testimonio. En la búsqueda de una explicación, avanzan con un argumento poderoso: frente a un reflujo en la organización y acción de la clase obrera y después de años (décadas) de derrotas impuestas a los trabajadores, son más propensos a buscar soluciones individuales a su difícil situación, en vez de participar en una lucha dudosa contra un jefe aparentemente "todo poderoso".
Después de todo, los trabajadores son "productores colectivos con un interés común (...) [pero] también son vendedores individuales de su fuerza de trabajo, en conflicto entre ellos acerca de los puestos de trabajo, ascensos, etc."
Esto constituye una base material para las divisiones entre los trabajadores de diferentes comunidades, culturas o etnias. Una sección privilegiada de trabajadores optaría entonces por defender su posición a expensas de las capas inferiores de la clase obrera, "aliándose, implícita o explícitamente, con la clase capitalista o una parte de ella".

La trampa de ´ser blanco´

Desde una perspectiva más crítica, Noel Ignatiev avanza un argumento similar hacia el final de su ahora célebre Cómo los irlandeses se hicieron blancos: "La adhesión de algunos trabajadores a una alianza con el capital sobre la base de la experiencia compartida de “ser blancos” es el mayor obstáculo para la realización de un amplio discurso anticapitalista de clase trabajadora".
El libro se basa en una profunda investigación histórica para mostrar cómo los inmigrantes irlandeses en América, sujetos a una fuerte segregación en el Reino Unido y también, aunque en menor medida en los EE.UU., avanzaron su posición aislando su lucha de la de los afroamericanos. En aquellos días, ni siquiera estaba claro si debían ser considerados "blancos". Frente a la dicotomía de unirse con los negros "hermanos de clase" para luchar por el fin de la esclavitud y de toda clase de segregación o bien, emprender su propia lucha por su cuenta, eligieron la última. Su pasaporte a la ciudadanía iba de la mano de mantener a los negros en las filas de la clase baja. Así fue como pasaron de estar obligados a tomar los trabajos más humildes y peligrosos a mantener a los negros fuera de la planta por medio de paros en el trabajo cada vez que el jefe contrató a un trabajador negro.
Los irlandeses aprendieron a segregar y despreciar a los negros para conquistar y abrazar su condición de blancos.
David Roediger cuenta la historia de cómo los italianos estadounidenses sentirían su condición de blancos reafirmada cuando realizaban incursiones para "golpear a algunos negros" en Harlem durante la Segunda Guerra Mundial. Un participante de estas turbas italianas recordó años después: "Fue maravilloso. Era nuevo. Los italoamericanos dejaron de ser Italo y comenzaron a convertirse en americanos”. Los inmigrantes europeos que llegaban a América, generación tras generación, compraban la mentira de la ” condición de blancos.”
Esto trajo consigo graves consecuencias. Como señaló James Baldwin, "porque piensan que son blancos no pueden permitirse ser atormentados por la sospecha de que todos los hombres son hermanos" (...) "Es una terrible paradoja, pero aquellos que creían que podían controlar y definir a los negros se despojaron del poder de controlar y definirse a sí mismos".

La solidaridad interracial es posible

Por otra parte, una situación en la que los obreros negros, morenos y ’blancos’ luchan juntos codo a codo, consolidan los lazos de solidaridad entre ellos y fortalecen la lucha de los trabajadores contra el capital. Un ejemplo de estas dinámicas aparece en Carrera, Clase y Poder en las cuencas mineras de Alabama, 1909-1921, de Brian Kelly. Con el telón de fondo de un sur segregado, en medio de innumerables manifestaciones de racismo perpetradas por trabajadores blancos contra los negros, la lucha de los mineros en Birmingham, Alabama se destaca como un ejemplo de solidaridad interracial de los trabajadores.
En 1920, 13.000 mineros se unieron a una huelga convocada por el Distrito 20 de los Trabajadores Mineros Unidos (UMW) en Birmingham. La lucha se extendió a una resistencia armada que sólo podía ser sofocada por el despliegue de tropas militares, que daba una larga derrota a la UMW.
El grado y el carácter de la colaboración interracial en este episodio de la historia de los Estados Unidos suscitaron un debate entre los historiadores de la clase obrera -conocido como el debate Gutman-Hill- que aún no se ha cerrado.
Brian Kelly reconoce las enormes limitaciones de la solidaridad entre blancos y negros y el persistente prejuicio racial entre los trabajadores blancos, incluso en el caso de las huelgas de UMW en Birmingham, 1908/1920. Sin embargo, su trabajo resalta la evidencia de los esfuerzos deliberados e implacables por parte de los propietarios de minas para generar el enfrentamiento entre los trabajadores, e inculcar el prejuicio racial entre ellos y para aumentar la rivalidad entre trabajadores negros y no negros.
Emplearon exclusivamente carneros negros, lanzaron un periódico con propaganda anti-negra y falsas historias que pintaron a los negros como traidores o enemigos, forzaron al gobierno estatal a emitir restricciones anti-negros, etc. Bajo la presión creciente del gobernador del estado y acusaciones de "Subversión racial", la UMW negó cualquier intento de igualar salarios y condiciones entre trabajadores negros y blancos. "Los principales beneficiarios y la principal fuerza en mantener la opresión de los negros en el distrito de Birmingham eran sus principales empleadores de acero, hierro y carbón".
Otra contribución -no menos importante- del libro de Kelly es el hecho de que la solidaridad interracial, aunque fue pequeña, limitada y frágil, se llevó a cabo. Con los restos irreducibles e innegables de prejuicios contra los negros, los mineros lucharon codo a codo contra los jefes y construyeron la solidaridad atravesando la raza, a pesar del viento de frente del omnipresente racismo y la segregación legal.
Los dos aspectos principales del trabajo de Kelly son, (1) el capital es una fuerza importante para mantener, y, sin duda los principales beneficiarios de la opresión de las minorías raciales; y (2) existe un potencial en la unidad de las luchas interraciales sobre la base de intereses materiales comunes.
A esto agregaría la afirmación que se deriva de la capitulación de la UMW cuando fueron atacados por el gobierno por construir solidaridad interracial: para poder mantener un frente unido de los trabajadores contra los patrones, y por lo tanto, para ganar, la clase obrera en si conjunto debe levantar las demandas de los más oprimidos sin concesiones.

Juan Cruz Ferre
Left Voice

“Lo específico de Gramsci es la ligazón que establece entre la cuestión filosófica y la problemática de la hegemonía”

Entrevista a Juan Dal Maso sobre "El marxismo de Gramsci. Notas de lectura sobre los Cuadernos de la cárcel"

Juan Dal Maso nació en Buenos Aires en 1977 y desde hace 20 años milita en el Partido de los Trabajadores Socialistas de Argentina. Vive desde 2007 en la zona del Alto Valle de Río Negro y Neuquén, en la Patagonia y desde una década está investigando el pensamiento del revolucionario sardo.

***

Nos habíamos quedado en este punto. El capítulo I lleva por título: "Criterios de lectura". ¿Cuáles han sido sus principales criterios de lectura?
El criterio o los criterios de lectura que propongo sería tomar los conceptos de "traducibilidad de los lenguajes" y "nueva inmanencia", que en el enfoque de Gramsci hacen a la unidad interna de los distintos componentes del marxismo, como inherentes a la propia construcción de los argumentos gramscianos. Esto implica que hay una unidad de los planos histórico, político, filosófico y económico que se expresa en la tentativa de Gramsci de construir conceptos "integrales", en especial el de hegemonía que muchas veces se considera como un equivalente de una autonomía absoluta de la política, mientras para Gramsci el rol fundamental del grupo social en la actividad económica es insoslayable para pensar cualquier política hegemónica. En este sentido, mi propuesta de lectura es mantener una correlación entre los conceptos filosóficos y los políticos de los Cuadernos y ver cómo las definiciones que Gramsci hace en un plano impactan en el otro.
Pero ese impacto del que habla, de un plano no es otro, ¿no es muy frecuente o general en la tradición marxista? Pienso, por ejemplo, en Lenin, en su lectura de Hegel y en sus posiciones y reflexiones políticas. Por no hablar de la influencia del Mariátegui filósofo en muchos planteamientos políticos de partidos latinoamericanos.
Sí, desde ya en todos los grandes pensadores marxistas hay una cierta correlación entre las cuestiones filosóficas y las políticas. Sin embargo, lo específico de Gramsci es la ligazón que establece entre la cuestión filosófica y la problemática de la hegemonía. Esto, en el marco de una evaluación que hace Gramsci sobre que el marxismo ha sido sometido a una doble revisión: la de Croce y la del materialismo vulgar. En este sentido, su reivindicación de Labriola sobre la que hablábamos antes el tratamiento mucho más detallado y profundo sobre la problemática de la filosofía de la praxis y su relación con la constitución de la clase obrera como clase hegemónica, que no está planteada con la misma importancia en otros autores marxistas. Respecto de Mariátegui, sin duda uno de los más grandes marxistas latinoamericanos, sus planteos filosóficos se separan de los de Gramsci allí cuando Mariátegui toma como propia la definición de Croce del marxismo como canon de interpretación histórica.
Por cierto, aparte de los Quaderni estarían sus Cartas. ¿Qué opinión le merecen las cartas de Gramsci? ¿Ayudan a entender su obra?
Sin duda las cartas ayudan a entender su obra, por varios motivos. Por el contexto general en primer lugar, pero también porque en ellas aparecen datos que permiten determinar en qué momentos Gramsci estaba interesado en tales o cuales libros o artículos, en qué momentos se interesaba por determinados temas que luego o simultáneamente vuelca en los Cuadernos, además de lo que significan las cartas como tales para entender su situación como detenido, las relaciones con sus seres queridos y las cuestiones políticas.
¿Alguien que diga que le interesa más de Gramsci son sus cartas, ¿dice una barbaridad?
No lo creo, al margen de que no soy quién para emitir un juicio de ese tipo. Las cartas son muy importantes y merecen un estudio detallado. En este trabajo no las tomé con especial atención porque está centrado casi exclusivamente en el análisis de textos de los Cuadernos.
Titula usted el epílogo: "Gramsci, la crisis capitalista y la reconstrucción del marxismo". ¿Qué nudos del marxismo hay que reconstruir en su opinión? Gramsci, fallecido va a hacer ahora 80 años, nos puede servir de ayuda? ¿Era acaso un adivino del futuro de la Humanidad?
Empezando por el final, en Argentina tenemos un chiste que dice "mandé la bola de cristal al service".... hablando en serio, sin elevar a nadie a la categoría de adivino, sí podemos considerar que ciertas previsiones tuvieron mucha fuerza. Por tomar un ejemplo, la importancia que daba Gramsci a lo que en ese momento le parecía un imperialismo norteamericano en ascenso, a base de fordismo y americanismo, cuestión en la que dicho sea de paso coincidía con ciertos análisis de Trotsky. Respecto de la reconstrucción del marxismo, considero que están planteadas, por así decirlo, ciertas "tareas" de Marx, esencialmente la lucha por la independencia política de la clase obrera, ciertas "tareas gramscianas", que tienen que ver con la lucha por la hegemonía que a esta altura hace no sólo a una clase obrera consciente de su interés que se relaciona con otros sectores sociales sino que influye también en la propia lucha por recomponer su unidad interna, en una clase obrera, joven, mujer e inmigrante que se yuxtapone con el movimiento obrero sindicalizado tradicional y tareas de Trotsky en tanto las luchas que comienzan por razones o demandas democráticas o populares elementales no pueden lograr triunfos más o menos duraderos si no se direccionan en un sentido de revolución permanente. En este contexto, la cuestión de la hegemonía es clave para pensar una estrategia marxista que busque crear una fuerza material y no solamente una izquierda testimonial o electoral. Esto a su vez supone una lectura de la hegemonía que no la reduzca a una acumulación de consenso, sino a un proceso más complejo que incluye una serie de coordenadas: el rol fundamental del grupo social en la actividad económica, la conquista de autonomía, la política y la ideología independientes y por último, lo que Gramsci llama la "relación de fuerzas militares". Esto último no necesariamente implica una concepción "militarista", sino la centralidad del análisis de relaciones de fuerzas y del arte político-estratégico tendiente a modificarlas. Algo de esto hemos tomado en un artículo publicado con posterioridad al libro, a propósito del reciente trabajo "The heirs of Gramsci" de Perry Anderson.
Ya que lo cita, ¿qué opinión le merece el libro de Anderson sobre las antinomias de Gramsci?
Creo que Las antinomias... es un texto pionero de lo que sería una crítica "por izquierda" a un Gramsci leído en clave más o menos togliattiana. Sin embargo, creo que hay varias críticas que le hace Gianni Francioni, en un texto clásico de los estudios gramscianos, son acertadas: cierta falta de rigor filológico y el desconocimiento de la importancia de la categoría de Estado integral que es clave para pensar el problema de la relación entre estado y sociedad civil que es uno de los ejes de la crítica de Anderson. El capítulo III del libro está dedicado a este tema del Estado integral que generalmente se analiza como una primacía del consenso y la sociedad civil, mientras que para Gramsci implica una unidad de consenso y coerción, sociedad civil y sociedad política, que genera fenómenos como que los partidos de masas y sindicatos juegan un rol de policía. Sobre toda esta problemática, exploramos confluencias entre Trotsky y Gramsci, al mismo tiempo que establecemos un diálogo crítico con obras como las de Francioni u otros estudios e intervenciones recientes como las de Fabio Frosini.
¿Hay alguna edición completa de los Quaderni en castellano? Si no es el caso, ¿qué explicación puede tener? ¿Por la facilidad para entender el castellano?
La edición de Ediciones Era de México, publicada en 1984, es una traducción de la edición crítica de Valentino Gerratana de 1975. Creo que las razones por las cuales se ha publicado esta edición en castellano antes que en otros idiomas (en portugués hay una edición medio crítica-medio temática, en inglés una selección de notas, en francés selecciones más limitadas), es por la influencia de Gramsci en América Latina desde los años '60, que a su vez pegó un salto en los '80, aunque dentro de lecturas que lo tomaban como referencia para pensar la "transición democrática".
Por cierto, ¿qué opinión le merece esta edición crítica de Gerratana? ¿Es superable?
Antes de responder esa pregunta, tengo que aclararle que soy un outsider de cualquier tipo de academia, por lo que lo que le voy a decir es la opinión de alguien que trabaja con la edición Gerratana y conoce ciertos debates de los estudios gramscianos, pero no más que eso.
De acuerdo. Su opinión vale.
Creo que hay una especie de acuerdo generalizado entre los investigadores sobre que la edición Gerratana es la que permitió leer a Gramsci superando ciertas limitaciones impuestas por las ediciones temáticas realizadas por Togliatti y Felice Platone entre 1948 y 1951. Bastaría solamente mirar por arriba el "aparato crítico" de la edición Gerratana para darse cuenta de que es un trabajo formidable. Esta edición a su vez abrió camino para otros investigadores que buscaron comprender más detalladamente cómo trabajaba Gramsci en la redacción de sus notas, ver la evolución de ciertas posiciones, destacar aspectos que estaban poco presentes en las ediciones temáticas, entre otros temas.
Actualmente se encuentra en preparación una nueva edición crítica por un equipo de investigadores encabezado por Gianni Francioni. Hay ciertas cuestiones que tienen que ver con temas muy específicos, como ciertas fechas de redacción de las notas o si el Cuaderno 10 I es un cuaderno "especial" o no, que quizás resulten un poco áridas para el lector no especializado. Por lo que he leído de autores como Fabio Frosini, Guido Liguori o el propio Francioni, quienes están trabajando en la nueva edición crítica consideran el texto de los Cuadernos menos sistemático de lo que lo consideraba Gerratana, así como asignan una importancia mayor a las notas de primera redacción (que Gerratana clasifica con la letra A), lo cual entiendo supone considerar menos "acabados" los cuadernos "especiales" (en los que predominan las notas de redacción "definitiva" que Gerratana clasifica con la letra C) y más en general se interesan por el "ritmo" de escritura de las notas para reconstruir lo más posible la evolución del pensamiento de Gramsci, como se puede ver en ciertas ponencias de los seminarios de la International Gramsci Society. Lógicamente todo esto incluye interpretaciones, pero hay aportes que podríamos llamar "científicos" importantes para comprender a Gramsci. Habrá que ver el impacto de la nueva edición crítica una vez publicada.
En la bibliografía, le hablo ahora desde coordenadas españolas muy provincianas, las mías, no cita usted a dos autores que han sido muy importantes para conocer, divulgar y desarrollo entre nosotros, aquí, en España, el pensamiento del filósofo sardo. Le hablo de Manuel Sacristán y de Francisco Fernández Buey. ¿Por qué no les cita? ¿No le merecen una atención especial?
Lamento contradecirlo, pero creo que en este caso el "provincianismo" corre por mi cuenta. Sin duda tanto la obra de Sacristán como la de Fernández Buey merecen una valoración especial basada en una lectura atenta y razonada. Son autores sobre los que no llegué a trabajar en detalle, a pesar de conocer en líneas generales su trabajo. Otras ausencias podrían ser las de Zavaleta Mercado, sobre todo en el capítulo acerca de América Latina, además de otros trabajos de autores que están citados en la bibliografía, pero no necesariamente están los trabajos que ellos podrían considerar más importantes. Quizás la elección de una bibliografía sea un acto un poco arbitrario, condicionado por el interés específico del autor y también por sus limitaciones como lector.
¿Limitaciones? ¡Quien no las tiene! Lo podemos dejar por el momento. Pero no le extrañe que le vuelva a importunar. Gracias por su generosidad.

Salvador López Arnal