miércoles, enero 11, 2017

¿Por qué leer a Julio Antonio Mella?




Julio Antonio Mella nació el 25 de marzo de 1903 en Cuba. En la mayor de las Antillas sucedía el primer experimento neocolonial a nivel planetario: conservó el estatuto de país dominado a favor de una metrópoli y fue laboratorio para estructurar en el siglo XX la condición más general del desarrollo capitalista dependiente. En su ámbito familiar, Mella nació como hijo “bastardo” de la relación extramatrimonial entre un sastre acaudalado, Nicanor Mella Breá, y la joven irlandesa Cecilia McPartland Diez. Su abuelo paterno fue general de las luchas por la independencia de Dominicana.
Ninguno de estos datos es gratuito para comprender la formación de su personalidad: conoció la discriminación de los hijos “naturales”, siendo un adolescente pudo viajar en primera clase, recorrer geografías, quiso y hubiese podido estudiar en México, fue el estudiante mejor vestido de la Universidad de La Habana al tiempo que el mayor promotor de la reforma universitaria; fue señalado por algunos como mestizo pero fue admitido en clubes exclusivos para blancos; creció bilingüe a la escucha de las historias de próceres independentistas latinoamericanos y del eco, débil en la voz de la madre, de las luchas sociales irlandesas; trabó amistad, por vía familiar, con Eusebio Hernández, veterano de la guerra de independencia cubana y después insigne profesor universitario.
Fue discípulo del poeta, periodista y político mexicano Salvador Díaz Mirón, se formó políticamente en el seno de un pujante movimiento obrero, bajo hegemonía anarcosindicalista, en un país con presencia significativa de proletariado urbano y con los agudos problemas propios del campo subdesarrollado, pudo llamar “Maestro” a un anarcosindicalista antisectario como Alfredo López, uno de los pocos que podía dialogar y reconocer a los “enemigos fraternos”, los comunistas; forjó su ideario democrático y socialista en la lucha contra una dictadura y contra la opresión neocolonial, en medio de la emergencia de las vanguardias artísticas, del movimiento estudiantil, del femenino y del obrero propiamente dicho, vio sufrir a su esposa mientras su hija dormía en la tapa de una maleta de viaje, sostuvo una relación personal y política muy intensa con una artista de vanguardia y combatiente internacionalista como Tina Modotti y conoció la brutalidad de las necesidades del exilio.
Esa amalgama le otorgaría importantes ventajas a Mella: leer los textos del marxismo en sus traducciones inglesas, cuando eran aún muy escasas en español; moverse entre diversos estratos sociales y contextos culturales, estar bien situado históricamente para comprender la trama revolucionaria de la independencia anticolonial cuando el marxismo vivía confusiones trágicas respecto a “lo nacional”, introducir la estrategia política, inédita en Cuba, de movilizar a la nación a través de una huelga de hambre, hecho que le llegaba en su tradición irlandesa; combatir el sectarismo e imaginar alianzas políticas impensables para la corrección revolucionaria de su momento; ser dogmático y después superarse con tanta agilidad como hondura, comprender el legado de la esclavitud y formular las reivindicaciones de la racialidad como derechos ciudadanos, contribuir a convertir definitivamente el antingerencismo en antimperialismo, considerar el marxismo como una filosofía que no pretende inventar un mundo sino dar cuenta de la transformación del realmente existente, inaugurar un nuevo pensamiento sobre José Martí y sobre la tradición liberal revolucionaria cubana y un largo etcétera. Entre otras cosas por esto es útil leer a Mella: para comprender cómo elaboró una obsesión –la libertad–, y alcanzó una estrategia –el socialismo.

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Julio Antonio Mella comprendió lo esencial del marxismo: “la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos”. Este es su desideratum: encontrar en la autonomía de la persona, y en la independencia de la organización revolucionaria, el recurso de la libertad. “Si lo producís todo, producid en fin, vuestra liberación y la de todos los oprimidos”.[1] Es esencial comprender la magnitud de este aserto de Mella: la tradición preponderante en el socialismo existente hasta hoy ha sido la del “socialismo desde arriba”, con el culto permanente al Estado y con la presencia omnisciente de las figuras esclarecidas, y los grandes líderes conductores de masas –lo que fue camuflado por el marxismo soviético con los rótulos del “Estado Popular” y el “papel de la personalidad en la historia”.
Mella combate la realidad de enajenación política que representa el Estado, en el sentido que tiene en la obra de Marx –estrictamente contrario a la forma en que lo comprendió el Socialismo de Estado– cuando afirma: “¿El Estado? Solamente esos ‘ciegos’ que no pueden ver lo que no les conviene pueden afirmar su libertad, su imparcialidad en la gran guerra social”.[2] El joven líder revolucionario comprende que el desarrollo del movimiento socialista, como el “movimiento mismo” de los trabajadores, en paráfrasis de Rosa Luxemburgo, exige al menos tres condiciones: un partido que viabiliza y coordina la lucha, pero que no la “dirige” como una entidad “superior” del movimiento; un aparato estatal que reconozca la asociatividad obrera resultante de la lucha; y el desarrollo expansivo, por independiente, del movimiento socialista. A este socialismo “desde abajo”, único factible para sostener la libertad como trama continuada, le es imprescindible defender, siempre, lo que afirma Mella: “proclamar nuestra absoluta independencia de los valores consagrados, de las normas fosilizadas que dan la patente de ‘revolucionario’, de los maestros que se han atribuido en este siglo veinte, la vanidosa pretensión de ser pastores cuando ya nadie quiere ser rebaño”.[3] “En los momentos presentes, quizás mejor que en cualquier otra ocasión, los oprimidos se dan cuenta exacta de esta verdad. Ya están comprendiendo que su emancipación solo podrá ser obra de ellos mismos. No más caudillismo, ora sea militar, civil o intelectual”. […]. La masa explotada no se va a liberar ni por las espadas providenciales, ni por los licenciados eruditos, ni por los falsos intelectuales que se dicen profetas…”.[4]
Mella restituye hoy una pregunta esencial del marxismo: el para quién es la revolución, para quién es el socialismo: entiende que no se trata de liberar a unos para oprimir a otros, sino de liberar a unos como condición para liberar a los demás: a los trabajadores, a los excluidos del trabajo, a los empleados precarios, a los trabajadores informales, pero, en general, para encarar no solo las diferencias producidas por el lugar ocupado en el trabajo, sino todas las diferencias –las desigualdades– producidas por la explotación. Mella recuerda que el marxismo es una filosofía de la justicia: no trata solo sobre la pobreza, sino sobre las causas de generación de las condiciones de la pobreza: la ausencia de posibilidad de intervenir sobre ellas; como es por igual una filosofía de la libertad: no trata solo sobre seres más o menos pobres, ni más o menos ricos, sino, sobre todo, sobre hombres y mujeres más libres. Por ello, es conveniente leer a Mella: para conservar su vigencia como pensador antimperialista, pero también para estudiarlo como un pensador de la democracia socialista.

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Durante mucho tiempo, la responsabilidad por la muerte de Mella se le ha adjudicado al Stalinismo en la figura de Vittorio Vidali, presentado por unos como héroe romántico –el célebre comandante Carlos Contreras en la lucha por la República española–, y por otros como asesino grotesco, implicado, entre otras, en las muertes de Trostky y de Andreu Nin. Según se afirma, Vidali le espetó un día a Mella, fuera de sí: “No lo olvides nunca: de la Internacional se sale de dos maneras, ¡o expulsado o muerto!”.
Los historiadores Adys Cupull, Froilán González, Rolando Rodríguez, y Cristine Hatzky han aportado las pruebas definitivas sobre el asesinato de Mella. Ellos brindan información exhaustiva sobre la trama implementada por Machado para ejecutarlo después de contratar para el empeño al cubano José Magriñat y tras desembarazarse de varios políticos que, aun en el seno del Machadato, se habían opuesto sucesivamente a negociar la extradición de Mella hacia Cuba, luego a pretender comprarlo por soborno y más aún a asesinarle. Los testigos cubanos de la determinación de Machado de matar a Mella contaron sobre su fría e inflexible resolución para acabar con la vida del líder y acerca de todo el proceso que llevó al desenlace fatal. Sin embargo, ambas versiones explican mejor la vida de Mella que su muerte: lo explican todo sobre su carácter revolucionario.
Enemigo de los déspotas de las oligarquías, de los tiranos del capitalismo, y de los fanáticos sepultureros de las revoluciones. Fue asesinado por Machado, pero fue el hijo nunca aceptado por el comunismo soviético. Julio Antonio Mella personifica la imagen del revolucionario verdadero: de quien se ve obligado a ser un rebelde, en palabras de Fernando Martínez Heredia, para poder ser un revolucionario. Pueden citarse muchos errores en su vida, pero es muy difícil encontrar una opción suya que no se situase siempre a la izquierda del espectro tenido por revolucionario. Ser rebelde es la única forma de ser revolucionario. El revolucionario, por serlo, es un hijo bastardo de la cultura oficial de su época, sus ideas son advenedizas para la teoría aceptada, sus tomas de posición resultan siempre incómodas para las burocracias que se proclaman e incluso se imaginan como revolucionarias.
Mella fue el hijo “bastardo” que aspiró a un socialismo que, aunque parezca un imposible después de la historia del siglo XX, todavía puede y debe anunciar “con todos y para el bien de todos” como la buena nueva de su triunfo. Su pensamiento nutrió la imaginación de la única revolución socialista triunfante en Occidente, la Revolución cubana de 1959, cuando esta debió ser muy rebelde respecto a la cultura oficial de su tiempo para poder ser una Revolución. Pero Mella no sirve solo para legitimar un pasado glorioso, su pensamiento –y sobre todo su actitud– ha de acompañar la zozobra de los experimentos necesarios a las revoluciones del futuro: estas no lo serán sin hacer naturaleza plena la rebeldía. Por eso, es imprescindible leer a Julio Antonio Mella: por lo mucho que debe andar en América todavía.
A 88 años del asesinato del joven revolucionario cubano, OnCuba comparte estos extractos del prólogo a “Julio Antonio Mella. Textos escogidos”, de próxima aparición en Cuba.

Julio César Guanche
OnCuba

Notas

[1] Mensaje a los compañeros de la Universidad Popular.
[2] Los estudiantes y la lucha social.
[3] Nueva ruta a los estudiantes.
[4] Idem.

martes, enero 10, 2017

Mario Soares: De la Revolución de los Claveles a la contrarrevolución



El líder socialista portugués falleció el 7 de enero, a los 92 años.

El 1° de Mayo de 1974, el líder y fundador del Partido Socialista de Portugal, Mario Soares –fallecido el 7 de enero a sus 92 años– llegaba a Lisboa desde su exilio en París. Ese día, 300 mil trabajadores producían la mayor movilización de la historia portuguesa. Entre quienes aguardaban a Soares estaba el secretario general del Partido Comunista, Álvaro Cunhal. Rodeados por la multitud, ambos caminaron del brazo por las calles de Baixa Pombalina y la avenida da Liberdade. La revolución portuguesa, que había sacado a los dos de la clandestinidad, se desenvolvía y crecía hasta parecer indetenible.
Cuando Soares, varias veces encarcelado, deportado y exiliado, desembarcó en Lisboa, la revolución tenía apenas cinco días. En la madrugada del 25 de abril, la canción Grandola Vila Morena —hermosa canción— había sonado en las radioemisoras: era la señal para el levantamiento militar dirigido por los jóvenes oficiales del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) para terminar con la dictadura fascista más larga del siglo XX, comenzada con un golpe militar en 1926. Con esos sones musicales comenzaba la llamada “Revolución de los Claveles”.
Seis años después del golpe de 1926, en 1932, llegó al gobierno el general Antonio Oliveira Salazar, que condujo un régimen de terror hasta 1968, cuando un accidente lo dejó discapacitado y lo sucedió otro general, Marcelo Caetano. Era el año de la Ofensiva del Tet en Vietnam, cuando las guerrillas del Norte ocuparon la embajada norteamericana en Saigón; del Mayo Francés, de la Primavera de Praga contra el oprobio estalinista, de la masacre de Tlatelolco en México. Año de grandes levantamientos revolucionarios. La dictadura de Caetano nacía para morir muy pronto.
El movimiento antidictatorial de aquellos jóvenes oficiales rápidamente se transformó en un principio de revolución obrera: fábricas ocupadas, grandes asambleas en lugares de trabajo y en los cuarteles, confraternización de trabajadores y soldados, que ponían claveles en la boca de sus fusiles y con ello le dieron a la revolución el nombre con el que la conoce la historia; esto es, surgían órganos de poder de las masas. Portugal estaba en manos del pueblo levantisco y todo dependía por tanto de su dirección política. Pero esa dirección estaba constituida por la socialdemocracia, con Soares a la cabeza, y por el estalinismo: ésa sería la tragedia de la revolución portuguesa.
Soares y el PS, con el PC, integraron todas las coaliciones gubernamentales sucedidas desde abril de 1974. Fue un gobierno de frente popular, con una particularidad: no había en él partidos burgueses. Como había dicho Trotsky del frente popular español, en él no estaba la burguesía sino sus abogados. Era en Portugal, como en España, el recurso último para evitar una revolución obrera, la instauración de la dictadura del proletariado. A mediados de 1975 la revolución llegó a su pico mayor, y ante la radicalización el PS se retiró del gobierno. La administración del Estado quedó en manos del estalinismo y del ala más izquierdista del MFA, liderada por el teniente coronel de infantería Otelo Saraiva de Carvalho, veterano de la guerra angoleña.
Se trató de una división del trabajo entre el PC y el PS para desmoralizar a los trabajadores. Mientras Soares, desde el llano, proclamaba la necesidad de “poner orden” (es decir, terminar con la revolución), el estalinismo, desde el gobierno, calificaba de “contrarrevolucionarias” a las huelgas y a cualquier movilización independiente de los trabajadores: “No es la hora del socialismo”, repetía Cunhal una y otra vez. La burocracia del Kremlin les exigía a los militares portugueses que permanecieran en la OTAN para no quebrar la “coexistencia pacífica” con el imperialismo yanqui, y todos hablaban del temor a una invasión militar de la Alianza atlántica: era un espantapájaros, porque Europa continuaba altamente inestable y Estados Unidos huía de Vietnam derrotado y humillado.
El PC hacía el trabajo sucio contra huelgas y movilizaciones mientras respaldaba incondicionalmente a la izquierda del MFA en el gobierno. Muchos años después, en una autocrítica notable, el teniente coronel Otelo Saraiva diría: “El arraigado sentimiento de subordinación a la jerarquía, de la necesidad de un jefe que, por encima de nosotros, nos orientara por el camino ‘bueno’, nos persiguió hasta el final con las funestas consecuencias ya conocidas”. El “jefe bueno” que encontraron esos militares fue el PC: estaban perdidos.
Así se forzó el retroceso, que permitió a Soares y al PS ganar las elecciones constituyentes de 1975 y, en noviembre de ese año, la derecha militar desplazó del gobierno a la izquierda del MFA y al PC, que lo aceptó sin chistar: su misión contrarrevolucionaria estaba cumplida con creces.
Fue entonces la hora de Soares. Primer ministro desde 1976, una de sus primeras medidas fue retirar las fuerzas militares portuguesas de Timor Leste, donde había un fuerte movimiento independentista, para que el ejército de Indonesia pudiera invadir y masacrar a 250 mil personas. Algunos llamaron a Soares “padre de la democracia”, pero sólo fue el usurpador de una revolución para llevarla a la derrota.
La frustración de la Revolución de los Claveles tiene entre sus consecuencias la situación del Portugal actual, uno de los países más pobres de Europa y hundido en la crisis capitalista internacional. Allí, el Bloco de Esquerda integrado por el PC reivindica aún la política criminal que llevaron adelante hace cuatro décadas, con lo cual anuncian que en una situación similar repetirían aquella tragedia. Queda a la vista la necesidad de construir una dirección revolucionaria.

Alejandro Guerrero

Pablo Picasso, un eterno explorador



En el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires puede verse una muestra de dibujos de las distintas etapas del gran artista malagueño.

Un trozo sustancial de la historia de Picasso, un artista que marcó al siglo XX porque fue él mismo marcado por los acontecimientos convulsos de su tiempo, está recorrido en la muestra del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (Mamba), que permanecerá hasta el 28 de febrero: “Pablo Picasso: Más allá de la semejanza. Dibujos de la colección Musée National Pablo Picasso-París”. Son 74 dibujos confeccionados desde que el artista tenía 16 años hasta poco antes de su muerte en 1973.
Desde Charité (Caridad), de 1897, cuando a sus 16 años el gran artista malagueño expuso por primera vez (fue en Barcelona, y entonces incorporó su apellido materno y fue para siempre Pablo Ruiz Picasso) hasta Mousquetaire à la guitare et tête (Mosquetero con guitarra y cabeza), de 1972 -un año antes de su muerte-, las paredes del Mamba muestran las exploraciones de Picasso en el mundo humano. El dibujo fue el terreno en el cual Picasso desarrolló sus investigaciones artísticas; esos dibujos y bocetos fueron la base de una obra que cambió la historia del arte moderno.
En las distintas etapas de Picasso, desde aquellos bocetos adolescentes que indagan en el dolor de las personas, en sus miserias, el artista construye y deconstruye la figura humana, muestra su naturaleza animal, cambiante, enigmática, incluso monstruosa, con sus deformidades y sus potencialidades de desintegración; también su potencia creadora, transformadora, la reinvención que los hombres hacen continuamente de sí mismos. En su vida Picasso produjo algo más de 20 mil dibujos en los que se despliega su pensamiento artístico en lápiz, grafito, carboncillo, tinta china, pastel, en un juego de formas que componen una elegía de la libertad: él también se reinventa a sí mismo.
Picasso estuvo entre los iniciadores de las vanguardias artísticas del siglo XX, siendo uno de los personajes fundamentales en la ruptura de la perspectiva, último estatuto renacentista vigente en el siglo XIX y los comienzos del XX. Sus figuras geométricas fragmentan líneas y superficies; crea la “perspectiva múltiple”, que representa todas las partes de un objeto en el mismo plano. En otras palabras: rompe todo compromiso con la apariencia de las cosas. Las cosas, en su manifestación, suelen parecer lo contrario de lo que realmente son -en la vida, en la economía, en la política. Por eso, en los dibujos y las pinturas de Picasso se ve una nariz de perfil, un ojo de frente: ya no hay un punto de vista único, se suprime la sensación de profundidad. Es una revolución estética de tiempos de crisis, guerras, revoluciones y enormes conmociones.
Picasso fue, con Georges Braque, el creador del cubismo, término inaugurado por el crítico francés Louis Vauxcelles, quien escribió peyorativamente de la pintura L’Estaque, de Braque, que estaba compuesta por “pequeños cubos”. Era la herramienta expresiva que necesitaba en la etapa de su vida artística que transcurre entre 1909 y el comienzo de la Gran Guerra.
En la muestra del Mamba se ve Buste de femme (Busto de mujer), de 1907, una forma abstracta que se anticipa en años al Kandinsky de 1911. “Fue por entonces -diría Braque- que conocí al artista y al hombre (…) pude ver una determinación inquebrantable, un extraordinario, ardiente deseo de libertad”.
André Breton y otros referentes del surrealismo -vanguardia artística surgida luego de la Primera Guerra Mundial- admirarían hondamente el trabajo de Picasso.
Picasso, rodeado de intelectuales y aristócratas, mimado por la crítica, millonario, irascible, obsesivo, siempre disconforme con él mismo, perteneció políticamente al Partido Comunista francés y también al PC español. Intervino en los Congresos de la Paz organizados por la burocracia moscovita en 1948 (Wroclaw, Polonia), 1949 (París) y 1950 (Londres). Sin embargo, el arte de Picasso fue lo opuesto al “realismo socialista” que el Kremlin había transformado en brutalmente obligatorio para coartar toda libertad expresiva de los artistas. En Moscú le habría ido mal, muy mal.
En definitiva, vale la pena llegarse al Mamba (avenida San Juan 350, CABA) para ver el recorrido de un artista excepcional.
Pablo Picasso tuvo todo lo que necesitaba para ser lo que fue.

Alejandro Guerrero

Meryl Streep ataca a Trump (y se olvida de Hillary)



El discurso de Meryl Streep en la reciente entrega de los Globos de Oro alcanzó fuerte repercusión por sus alusiones críticas a Donald Trump, presidente estadounidense electo. Se puso así a tono con otras referencias negativas al mandatario por parte de Hugh Laurie (Dr. House) y el presentador y actor Jimmy Fallon.
Al recibir el premio honorífico "Cecil B. DeMille" por su trayectoria, la destacada actriz reivindicó el carácter internacional de buena parte de los actores que trabajan en Hollywood: “Así que Hollywood está lleno de extranjeros y foráneos, y si nos quieren echar a todos se van a quedar sin nada que ver más que futbol y artes marciales” (El País, 9/1). Streep criticaba así la orientación xenófoba del magnate, que durante la campaña electoral prometió la expulsión de Estados Unidos de millones de trabajadores extranjeros y la edificación de un muro en la frontera con México.
La actriz también criticó a Trump por burlarse de forma pública de un periodista discapacitado (detractor de dichos anti árabes del millonario), “alguien a quien superaba en privilegio, poder y la capacidad de defenderse” (ídem). Señaló que mostrar intolerancia desde el poder incentiva la intolerancia en el resto de la sociedad y que mostrar violencia desde el poder fomenta la violencia. Streep reivindicó, en ese cuadro, el papel de la prensa en la responsabilización de los gobernantes “por cada atrocidad que hagan”.
Sin embargo, Streep apoyó la candidatura de Hillary Clinton y participó, con ese fin, en la Convención Demócrata del año pasado.
Ocurre que durante el mandato del presidente demócrata saliente, Barack Obama, se procedió a la expulsión de extranjeros más grande de la historia de Estados Unidos; sólo entre 2012 y 2014, el gobierno "demócrata del primer presidente afroamericano" produjo 2,5 millones de deportaciones.
Durante el mandato de Obama –y mientras Hillary Clinton oficiaba como su secretaria de Estado–, se produjo la tortura y la incomunicación contra el ex soldado y analista de inteligencia Bradley Manning (ahora Chelsea), que había filtrado los documentos que revelaban los crímenes de guerra estadounidenses en Afganistán e Irak –exhibidos mediante los Wikileaks– y por lo que recibió una condena de 35 años de prisión. No se podría decir que el gobierno de Obama haya sido un firme defensor de la libertad de expresión, claro.
El rechazo a Trump en las encendidas palabras de Meryl Streep muestra el clima de inquietud que se vive en cierto sector del campo cultural estadounidense, la mayor parte del cual se inclinó decididamente por el apoyo a Hillary durante la campaña electoral –ya sea por convicción o por considerarla el mal menor. Hubo excepciones, como Susan Sarandon, quien anunció en noviembre que no votaría a Clinton ni a Trump y señaló que “la razón por la cual estamos en esta situación (de crisis social, política y ambiental) es porque todos han estado votando el menor de dos males por mucho tiempo” (BBC Mundo, 3/11).
La defensa de las libertades democráticas y de prensa plantea la independencia frente a los poderes de turno.

Tomás Eps (@tomaseps)

Murió el escritor y pintor británico John Berger



Muere el escritor, pintor y crítico de arte. Autor de libros sobre arte, literatura y política; famoso por el ensayo "Modos de ver", escrito que fue una gran referencia para la historia del arte.

John Berger, novelista, crítico de arte, pintor y reconocido por libros sobre arte, literatura y política como "Mirar", "Con la esperanza entre los dientes" y "Páginas de la herida", falleció hoy.
En sus escritos resalto la relación entre la estética y la política, como sus reflexiones sobre el dibujo, Vicent Van Gogh, Pablo Picasso y también en sus novelas. Narró las tensiones entre el mundo urbano y rural.
Nació en 1926 en Londres. Estudió en la Escuela Central de Bellas Artes para ser pintor, pero abandono sus estudios cuando fue convocado para la Segunda Guerra Mundial. Luego, trabajo como profesor de dibujo, fue crítico de arte en el New Statesman y el Tribune, editado por Georfe Orwell.
En su libro, "Un pintor de nuestro tiempo" de 1958, abordó la relación entre arte y política con la voz de un artista húngaro exiliado en Londres, mostrando las tensiones entre arte y capitalismo. Además mostró que el marxismo servía y tenía vigencia como herramienta de análisis cultural, diciendo que el arte más allá de propaganda puede ser una vía de liberación.
Su libro "Modos de ver", fue convertido en una serie emitida por la BBC, lo que le valió su consagración.
En 1972, obtuvo el prestigioso Booker Prize por su novela G, novela que rompía con la narración lineal y abundaban las diferentes voces.
En sus artículos denunció las pésimas condiciones de vida de los trabajadores, teniendo gran actividad política, denunció al stalinismo. En julio de 2006, escribió "En defensa del pueblo palestino", junto con Noam Chomsky, José Saramago y Harold Pinter.
Nunca dejó de producir. Fue guionista de cine, poeta, dramaturgo y colaborador de El país. En 1995, con "Hacia la boda", narró una historia de amor en los tiempos de sida.

LID

La Semana Trágica, la lucha de clases y el impacto de la Revolución rusa



La historia demuestra que la lucha de los trabajadores no reconoce fronteras. La revolución de los obreros y campesinos alentó la rebelión de los explotados en el mundo.

En enero recordamos la llamada Semana Trágica de 1919, un hito de la historia de la clase obrera argentina.
Fue uno de los episodios más importantes de la lucha de clases en el país inscripta en el ascenso de la conflictividad obrera que se dio entre los años 1917-1922. Los hitos de este ascenso fueron, además de la Semana Trágica, las huelgas de La Forestal y las de los peones rurales de la Patagonia (1920-1922), y una serie de huelgas como las de los marítimos y ferroviarios, temas que son desarrollados en nuestro libro de Ediciones IPS de reciente aparición “Cien años de historia obrera en Argentina 1870-1969”.

“El fantasma de la revolución…

Las clases dominantes en la Argentina respondieron a este ascenso con la represión abierta, denunciaron a los bolcheviques y los anarquistas en cuyos nombres y figuras tomaron forma todos los fantasmas que las acechaban, creyeron ver soviets en las calles porteñas, enviaron contra ellos a los “cosacos”, organizaron “progroms” contra trabajadores judíos, eran los “rusos” que traían ideas extranjerizantes que atentaban contras las tradiciones nacionales.
La publicación El Diario describía así la situación en los días de la Semana Trágica “Paro general de vehículos y toda clase de transportes. El subterráneo no circula. Los tranvías tampoco. Imposición de los huelguistas. Mucha alarma en la ciudad. Atentados numerosos. El nuevo jefe de policía desacatado y burlado”. “Como consecuencia de estos lamentables sucesos, los gremios se agitan y no sería extraño que se apresurara la huelga de que se viene hablando (…) Como se ve la agitación obrera va in crescendo, motivo por el cual el gobierno debe tomar las medidas que la prudencia aconseja para reprimir las agresiones y otros excesos equivocados” y advierte: “Su presencia (de “los conspiradores rusos”) en el estallido es el resultado, más que nada, de los sucesos de Europa, como lo prueba el hecho de haberse fundado en Buenos Aires, ni bien fuera derrocado el régimen imperial en Rusia, un comité de obreros y soldados, a imitación del de Petrogrado”.
A comienzos de 1919 se vivía en todo el mundo el impacto de la Revolución rusa de 1917. Este fue el acontecimiento político y de la lucha de clases más importante del siglo XX. A partir de entonces nada fue igual. Por primera vez los trabajadores derrotaron a la burguesía y comenzaron a construir un Estado propio, basado en los consejos de obreros, soldados y campesinos, los soviets. El proletariado del mundo entero, desde Europa hasta América, desde Asia al África, se conmovió por esta primera revolución obrera y socialista triunfante. Los revolucionarios rusos, los bolcheviques de Lenin y Trotsky, atraían las simpatías de millones de trabajadores que la veían con esperanza. La Revolución rusa abrió la herida más profunda para el capitalismo, mostrando la posibilidad histórica de una sociedad socialista.

Recorre el mundo…”

En Europa el año 1919 comenzó con el estallido de la Revolución alemana en los primeros días de enero; en Italia, un importante proceso huelguístico inició un proceso revolucionario que se extenderá hasta 1920. En marzo, se instauró la República Soviética Húngara. Importantes procesos se dan en Inglaterra y Francia y otros países del mundo.
En todo el planeta, la Revolución rusa conmocionó a las corrientes políticas del movimiento obrero y a sectores del movimiento estudiantil y de intelectuales. En la Argentina se había iniciado en 1918 un movimiento de reforma en la Universidad. Comenzado en Córdoba, el movimiento estudiantil encontró ecos en el resto de América Latina y, como consecuencia del movimiento reformista, la mayoría de las universidades incorporan en sus estatutos el cogobierno docente-estudiantil y la docencia libre. Y seguiría con las acciones protagonizadas por un movimiento obrero que enfrentaba a las patronales y al Estado, como hemos referido.
El país capitalista que se fortalecía como potencia hegemónica en el mundo no quedó al margen del impacto. En Estados Unidos, en el marco de la represión estatal contra las organizaciones sindicales y los militantes de la izquierda que se opusieron a la guerra mundial, se desarrolló una oleada de huelgas en 1919. A comienzos de ese año 35.000 trabajadores de los astilleros en Seattle se declararon en huelga por aumento salarial y el proceso culminó en la huelga general, también abandonaron el trabajo 350.000 trabajadores de la siderurgia. En Nueva Inglaterra y Nueva Jersey fueron a la huelga 120.000 trabajadores textiles y en Paterson (Nueva Jersey) pararon 30.000 trabajadores de la seda. Lo mismo hicieron en Nueva York los fabricantes de puros, los camiseros, los panaderos, los camioneros y los barberos.
Ese año, un escritor de The Nation comentó: “El fenómeno más extraordinario de la época actual es la revuelta sin precedentes de la gente común. En Rusia, han destronado al zar, en Corea, la India, Egipto e Irlanda, mantienen una inquebrantable resistencia a la tiranía política. En Inglaterra, aunque tuvieron que oponerse incluso a sus propios representantes, provocaron la huelga de ferrocarriles. En Nueva York, dichas revueltas populares provocaron la huelga de estibadores desafiando a los dirigentes de los sindicatos... El hombre de la calle ha perdido la confianza en el viejo liderazgo y ha experimentado un nuevo sentimiento de confianza en sí mismo.”
Son estos solo algunos ejemplos que el siglo XX brinda para recoger las valiosas lecciones que la historia ofrece para la lucha de los oprimidos.

La revolución y el internacionalismo obrero

Es que la historia demuestra que la lucha de los trabajadores del mundo no reconoce las fronteras que los Estados capitalistas han levantado. La revolución de los obreros y campesinos rusos abrió la perspectiva de un cambio revolucionario en todo el mundo alentando la lucha de los explotados. Las divisiones entre los trabajadores y la imposibilidad de la transformación de la sociedad capitalista son falsos sentidos que las clases dominantes imponen para debilitar esa perspectiva. Un proceso revolucionario en un país del mundo puede debilitar al capitalismo y alentar la lucha en otros países.
El movimiento obrero y los sectores populares debemos recuperar las lecciones de la historia para estar a la altura de los procesos de la lucha de clases que la crisis capitalista desatará en el mundo. La Revolución rusa es un proceso repleto de estas lecciones, este año en que recordamos su centenario será una gran oportunidad para recuperarlas y recrearlas.

Alicia Rojo CEIP "León Trotsky"

Fidel Castro, ideología y praxis revolucionaria



Reseña de “El factor Fidel. El pensamiento político del Comandante”, de Katrien Demuynck y Marc Vandepitte (ediciones Dyskolo)

La Revolución Francesa, la Revolución Mexicana, la Revolución China… Fidel Castro (1926-2016) fue un apasionado de los procesos revolucionarios, los estudió a conciencia y trató de extraer enseñanzas para Cuba. Tomó ideas, entre otros, de Lenin, pero se trataba de transformar la realidad de un país, Cuba, que en la década de 1950 evidenciaba en las zonas rurales las siguientes condiciones: tasas de analfabetismo que superaban el 45%, sólo un 15% de la población con disponibilidad de agua corriente y más de un tercio sobre la que, sin apenas vacunas, se abatían los parásitos y las enfermedades. Además el porcentaje de campesinos que se alimentaba regularmente de carne y huevos era inferior al 5%, y pocas veces disponían de verduras. En Sierra Maestra, foco del movimiento revolucionario, las condiciones de vida del proletariado rural rayaban la desesperación. Padecían la explotación, los robos y a menudo la brutalidad policial. En “El factor Fidel. El pensamiento político del Comandante” (Ediciones Dyskolo), Katrien Demuynck y Marc Vandepitte abordan en 242 páginas cómo, a partir de las condiciones citadas, se llegó a edificar una sociedad “alternativa” al capitalismo que ha pervivido más de cinco décadas.
La revuelta popular, espontánea, en la que Fidel Castro participó en Colombia en 1948 le dejó huella para las décadas posteriores. Allí constató “cómo puede estallar un pueblo oprimido”. No se trataba de “conquistar el poder con diez, doce o cien hombres”, subrayó en una comparecencia el primero de diciembre de 1961. La idea era contar con el conjunto de la población. “Un fósforo en un pajar: ése fue el movimiento guerrillero”. Katrien Demuynck y Marc Vandepitte señalan ejemplos de las apelaciones continuas de Fidel Castro a la movilización de masas. El dos de enero de 1959 llamó a toda la población activa del país a la huelga general, con el fin de sentenciar al régimen de Batista e impedir un golpe de estado. “El seguimiento de la huelga fue unánime y la revolución fue un hecho”, recuerdan los investigadores. Decenas de miles de personas, principalmente cubanos jóvenes, se movilizaron durante la campaña de alfabetización de 1960. Ese año se organizó un gran operativo con 100.000 voluntarios para eliminar a los agentes contrarrevolucionarios -a quienes daba soporte la CIA- en las montañas de Escambray. En el alegato “La Historia me absolverá”, pronunciado durante el juicio por el asalto al cuartel general de Moncada (Santiago de Cuba), el 16 de octubre de 1953, el dirigente socialista mencionó a los 600.000 parados de la isla, el medio millón de obreros agrícolas que malvivían en condiciones de miseria, los 100.000 campesinos sin tierra, los 30.000 profesores y maestros con sueldos paupérrimos o los 20.000 pequeños comerciantes sofocados por las deudas.
Marc Vandepitte es filósofo y economista; imparte clases de Economía Mundial en diferentes universidades de Flandes, y de Historia en la Escuela Técnica Mechelen. Es autor de diferentes libros sobre la revolución cubana, como “La apuesta de Fidel” (1998) y “Cuba en los años noventa: el socialismo tropical y la crisis peculiar” (1999). Además publica de manera regular en el periódico digital Rebelion.org. Historiadora y autora de varios libros sobre Cuba y Fidel Castro, Katrien Demuynck recibió la distinción Félix Elmusa de la Unión de Periodistas de Cuba. La edición de “El factor Fidel. El pensamiento político del comandante” (diciembre de 2016) corre a cargo de Dyskolo, proyecto sin ánimo de lucro que publica las obras en formato digital y plantea la difusión de la cultura de modo libre, abierto y participativo. En la publicación de “El factor Fidel” han colaborado Beatriz Morales (traductora) y Boltxe Kolektiboa.
“La lucha debe venir primero y la conciencia revolucionaria vendrá inevitablemente detrás con un ímpetu cada vez mayor”, afirmaba Fidel Castro. El líder revolucionario consideraba un error alterar el orden de los términos, pues entendía la lucha de clases como “un vasto proceso de aprendizaje, una escuela irreemplazable”, destacan los autores de “El factor Fidel”. Este proceso de aprendizaje se desplegó en Cuba sobre la realidad histórica concreta. En abril de 1958 la dirigencia revolucionaria planificó una huelga general, pero ésta fracasó. La segunda intentona de paro generalizado se produjo seis meses después, durante la ofensiva final contra la dictadura batistana. En esta ocasión la huelga triunfó. ¿Qué ocurrió durante el intervalo? “La guerrilla había dado unos golpes decisivos al ejército regular, que al principio parecía invencible”, explican Katrien Demuynck y Marc Vandepitte, autores de “Cuba, otro mundo es posible” (2002) y “Encuentros con Fidel Castro” (2009).
Los investigadores dedican uno de los capítulos centrales del libro a la función de la propaganda y los medios de comunicación. Fidel Castro se mostraba tajante al respecto: “Sin propaganda no hay movimiento de masas, y sin movimiento de masas no hay revolución posible”. Cuando el joven Fidel Castro militaba en el Partido Ortodoxo cubano, aprendió de su fundador en 1947, Eduardo Chibás, una determinada simbología –sencilla y directa- que este empleaba en su programa semanal de radio; por ejemplo una escoba, con la que se podía barrer la corrupción. En aquella época, con 23 años, Fidel Castro dispuso de dos programas radiofónicos. Así, antes del asalto al cuartel de Moncada (26 de julio de 1953), ya contaba con experiencia en este medio de difusión. En Sierra Maestra “la utilización de los medios de comunicación fue crucial”, apuntan Demuynck y Vandepitte, quienes puntean uno de los hitos en la propaganda revolucionaria: la invitación al cuartel general en Sierra Maestra de un curtido periodista de The New York Times, Herbert Matthews, para que realizara un reportaje. “En aquel momento todo el mundo pensaba que Fidel estaba muerto y su ejército rebelde, eliminado”, destacan los autores del libro editado por Dyskolo.
El artículo mostró a la opinión pública mundial que el dirigente “barbudo” estaba vivo, y que los soldados “están librando un combate, que por el momento están perdiendo, para destruir al enemigo más peligroso al que se ha enfrentado el general Batista en su larga y azarosa carrera como dirigente y dictador cubano” (The New York Times, 24 de febrero de 1957). El artículo, sostienen Katrien Demuynck y Marc Vandepitte, “tuvo el efecto de una bomba y convirtió a Fidel en una celebridad internacional”; y agregan los autores un detalle no menor: “¡En aquel momento sólo disponía de 18 combatientes!”. Además, los mensajes de Radio Rebelde, la radio de la guerrilla, no sólo contrarrestaron la propaganda de Batista, sino que prepararon la toma del poder y contribuyeron a evitar saqueos y asesinatos tras la desaparición del dictador. “Sirvió de canal para lanzar la huelga general que daría el golpe de gracia al régimen”, destacan los autores de “El factor Fidel”. Pero no se trataba sólo de potenciar la agitación y la propaganda, había otros elementos que cultivar, por ejemplo, la paciencia. “El gran secreto del éxito es saber esperar”, aprendió Fidel Castro de José Martí. El Comandante tenía claro que la lucha revolucionaria depende de la correlación de fuerzas, y que el objetivo es avanzar por etapas “sin quemarlas”. Sin generarse enemigos de modo inútil, ni enfrenarse contra todos a un tiempo. “Mucha mano izquierda y sonrisa con todo el mundo”, otra lección martiniana.
¿Qué sentido tenía la paciencia en la fase prerrevolucionaria y después, tras la toma del poder? En Cuba se podía conquistar el poder revolucionario, “pero no como partido comunista”, constató Fidel Castro. También observó que el anticomunismo había echado raíces muy fuertes entre la población, incluso en algunos sectores del Movimiento 26 de Julio que promovía la lucha revolucionaria. A las campañas en Estados Unidos del senador del Partido Republicano, Joseph McCarthy, se agregaban los ataques en medios de comunicación y películas, que surtían efecto entre la población. Así lo expresaba Fidel Castro en el libro de Frei Betto, “Fidel y la religión” (La Habana, 1994): “Había mucha gente en la masa, pordioseros que podían ser anticomunistas, limosneros anticomunistas, gente muerta de hambre, gente sin empleo anticomunista”. Además, las apelaciones al socialismo hubieran frustrado la posibilidad de un Frente Amplio con la burguesía. Según Katrien Demuynck y Marc Vandepitte, “en sus cartas, discursos o manifiestos de la época, no se encuentra ninguna alusión a la lucha de clases, el socialismo o el marxismo”. Hay un encuentro histórico que pone de manifiesto esta elipsis: cuando el filósofo Jean-Paul Sartre visitó la isla a principios de 1960, Castro le pidió que no adjetivara la revolución cubana como “socialista”. Fidel Castro declaró el carácter “socialista” de la Revolución cubana el 16 de abril de 1961, un día después de las bombas que inauguraron la invasión de Playa Girón.
“Fidel era un autodidacta”, subrayan los autores. En un discurso del 12 de enero de 1968, advertía el líder comunista: “No puede haber nada más antimarxista que el dogma y la petrificación de las ideas”. El resultado de lecturas y praxis fue “una mezcla original y poco ortodoxa, una variante ‘tropical’ del marxismo-leninismo que también encontramos en el peruano José Carlos Mariátegui”, destacan Demuynck y Vandepitte. En una de las conversaciones con el periodista Ignacio Ramonet, Castro deja claras sus preferencias teóricas: “Si no hubiéramos estado inspirados en Martí, en Marx y en Lenin, no habríamos podido siquiera concebir la idea de una revolución en Cuba”. Respecto al marxismo-leninismo “clásico”, el Movimiento 26 de Julio se separaba en algunos aspectos: emprendió la acción revolucionaria sin ser un partido de vanguardia, sin que la lucha armada se hallara subordinada a una dirección política centralizada y sin un largo tiempo de preparación política. Fidel Castro y el Che Guevara coincidían en que no había que esperar a que se reunieran todas las condiciones para iniciar la revolución.
En cuanto a la religión, Fidel Castro señaló los puntos de conexión entre el cristianismo y los comunistas. En una entrevista con el fraile dominico brasileño y teólogo de la liberación, Frei Betto, declaró que muchos de los partidos comunistas en América Latina incurrieron en el error de un cierto ateísmo académico; se alejaron así de una parte de las masas depauperadas, que en muchos casos eran creyentes. Pero Fidel Castro también señaló en sus textos que hacendados y oligarcas utilizaron la cuestión religiosa como “instrumento político de resistencia a la revolución”. En otro discurso del 9 de agosto de 2000, Fidel Castro también resaltaba la importancia de la ética: “Es la fuerza más poderosa de que se pueda disponer”. “Hay que luchar por una vocación, por un deseo, sin esperar recompensa de ninguna clase, ni moral, ni material”. Uno de los grandes héroes de Fidel Castro y del “Che” Guevara fue Don Quijote de La Mancha. “Fue el primer libro del que se editaron millones de ejemplares tras el triunfo revolucionario”, resaltan Katrien Demuynck y Marc Vandepitte. “La recuperación de la dimensión ética y del humanismo son probablemente su aportación más importante al marxismo-leninismo”, añaden.

Enric Llopis

La Monarquía como freno al cambio político y social en España

Una de las percepciones que me sorprendió y preocupó más al integrarme de nuevo en la vida académica y política de España fue la que existía entre amplios sectores de las izquierdas gobernantes de que la Monarquía había sido un elemento determinante en el establecimiento de una democracia considerada como homologable al resto de las democracias en la Europa occidental, atribuyéndosele así una vocación democrática a tal institución y al que la dirigía, el Rey Juan Carlos, aun cuando su perpetuación en la gobernanza del país había sido impuesta por uno de los dictadores más crueles y represivos que hayan existido en la Europa occidental del siglo XX (según el profesor Malefakis, Catedrático de la Columbia University, en Nueva York, y experto en fascismo europeo, por cada asesinato que hizo Mussolini, el régimen dictador del General Franco asesinó a 10.000). Tal vocación democrática de la Monarquía parece –según aquellas izquierdas- haberse acentuado todavía más durante el mandato de su sucesor, el Rey Felipe VI, al cual se le considera ya aclimatado completamente a un régimen democrático, jugando un papel estabilizador del sistema.
¿Qué es lo que el Monarca estabiliza?
En esta percepción que acabo de describir se olvida, sin embargo, que la Monarquía ha jugado durante todo el periodo democrático un papel esencial en garantizar la perpetuación de las coordenadas de poder solidificadas durante la Transición, que han obstaculizado el progreso social, político e incluso económico del país. Aquellos que perpetúan la percepción de la Monarquía que describo en el párrafo anterior están ignorando que el hecho de que España, casi cuarenta años después de que se estableciera la democracia, continúe teniendo uno de los Estados del Bienestar menos desarrollados de la Unión Europea de los Quince (el grupo de países de semejante nivel de desarrollo al español), con uno de los gastos públicos sociales (que incluye sanidad, educación, vivienda social, servicios de ayuda a las familias y pensiones, entre otros) per cápita más bajos de tal Unión (y una de las democracias más limitadas en la misma UE-15), se debe precisamente a una continuidad y perpetuación de la excesiva influencia que las fuerzas conservadoras han tenido sobre el Estado español, lo cual ha dificultado su desarrollo político y social. Y el estandarte de estas fuerzas conservadoras ha sido la Monarquía. Este orden monárquico ha estado basado en un régimen bipartidista en el que los cambios han sido siempre limitados, como consecuencia de una enorme estabilidad en las relaciones de poder dentro de las instituciones políticas. Resultado de esta enorme influencia, todas las instituciones del Estado, con notabilísimas excepciones, están controladas o están bajo el dominio de las fuerzas conservadoras. La evidencia de ello es abrumadora. Lo ocurrido en estas últimas elecciones al Congreso de los Diputados es un ejemplo de ello.

La perpetuación del subdesarrollo social de España

Ni que decir tiene que España ha vivido cambios muy importantes, muy en especial durante el periodo de gobiernos de izquierdas. El desarrollo (aunque subfinanciado) del Estado del Bienestar es uno de ellos. Ahora bien, las coordenadas de poder dentro del aparato del Estado han cambiado poco, con una enorme influencia de las fuerzas conservadoras (las mismas que dominaban el Estado dictatorial) sobre tal aparato. Cómo explicar, si no, que España, casi cuarenta años después de la llamada erróneamente “transición modélica” de una dictadura a una democracia (presentada con excesiva complacencia como homologable con cualquier otra en la UE-15), todavía sea el país de tal UE-15 con mayor número de policías por cada 100.000 habitantes (recordando su pasado histórico dictatorial) y, en cambio, con uno de los menores porcentajes de la población adulta trabajando en los servicios públicos del Estado del Bienestar (tales como sanidad, educación, servicios sociales, escuelas de infancia y servicios domiciliarios a personas con dependencia, entre otros). Los datos están ahí disponibles y son fácilmente accesibles. Según la oficina de estadística de la UE, Eurostat, España tiene 527 policías por cada 100.000 habitantes, el número más elevado de los países de la UE-15. En realidad, España tiene el mismo número de policías que Alemania, país que es mucho más grande que España (que tiene casi 36 millones menos de habitantes que Alemania).
A la vez que los aparatos de policía y seguridad del Estado están sobredimensionados, destaca el número muy bajo de personas adultas trabajando en los servicios públicos del Estado del Bienestar. En realidad, el porcentaje de población adulta que trabaja en estos servicios (tales como sanidad y educación, entre otros) es solo del 10%, cuando en Suecia es el 21%; el promedio de la UE-15 es el 12%. Estos indicadores son una muestra del enorme poder que las fuerzas conservadoras tienen sobre el aparato del Estado.
Este enorme poder se reproduce, en parte, mediante la intervención llevada a cabo por los aparatos de policía y seguridad (sean del Estado central o autonómicos), cuya primera función es garantizar el “Respeto a la Ley”, principio central en un sistema en el que tal ley ha sido fruto, precisamente, de aquellas desiguales coordenadas de poder. Esta intervención tiene como función no tanto la eliminación de la delincuencia y la criminalidad común (que es de las más bajas de la UE-15), sino la defensa del orden político y jurídico que los favorece. La defensa de la ley es el punto central del sistema de poder institucional, caracterizado por favorecer sistemáticamente a grupos minoritarios que gozan de gran poder económico, financiero, político y mediático, a costa del poder de las clases populares que constituyen la mayoría de la población. La evidencia de ello es abrumadora (ver mi libro El subdesarrollo social de España. Causas y consecuencias. Anagrama, 2006).
Pero tal intervención policial no es suficiente. Está reforzada por un poder jurídico que garantiza la aplicación de tal ley, así como (y muy en particular) por los medios de información (que son predominantemente medios de persuasión), que constantemente se movilizan para garantizar lo que llaman la “estabilidad política”, que es, ni más ni menos, que la continuidad del orden establecido con las coordenadas de poder continuadas en la Transición definida como “modélica”.

La amenaza que supuso para el orden establecido el movimiento 15-M

Uno de los hechos más importantes ocurridos en los últimos años en España es la aparición y crecimiento de un movimiento democrático –el 15-M- que tuvo como característica denunciar la escasa representatividad y limitadísima democracia existente en las llamadas instituciones representativas del país. Su famoso eslogan “no nos representan” se hizo popular rápidamente hasta tal punto que las encuestas mostraban que la mayoría de la población estaba de acuerdo con el contenido de aquel eslogan. Otros eslóganes como “no hay pan para tanto chorizo” gozaron de igual popularidad. Tal movimiento alcanzó las dimensiones de un tsunami político, alarmando enormemente al establishment político-mediático del país. Y dicha alarma se acentuó cuando tal movimiento generó no solo una protesta, sino también un deseo de cambio profundo de las instituciones, apareciendo a lo largo del territorio español –tanto en el centro como en la periferia- fuerzas progresistas y movimientos político-sociales que consiguieron un apoyo electoral, a todas luces sorprendente y súper preocupante para tal establishment, representado en la figura del Monarca.

La respuesta represiva del establishment político-mediático frente a las nuevas fuerzas políticas surgidas del 15-M

De ahí que haya habido una enorme hostilidad hacia tales nuevas fuerzas políticas, encauzada por la práctica totalidad de los mayores medios de comunicación, claramente influenciados por las fuerzas financieras y económicas que constituyen el eje del establishment conservador que se opone por todos los medios al profundo cambio democrático que se requiere en este país para alcanzar niveles de calidad democrática homologables a los existentes en los países de la UE-15. Este establishment quiere eliminar a estos nuevos movimientos políticos, intentando recuperar el bipartidismo que les sirvió favorablemente durante la mayoría del periodo democrático. Es a esta movilización de los medios de información y persuasión en contra del cambio a la que el Monarca Felipe VI se refirió positivamente al destacar (y alabar) “el papel de la prensa en la estabilidad de un escenario político inédito” (declaración que aplaudió con orgullo El País, el rotativo que ha liderado dicha hostilidad hacia aquellas fuerzas democráticas). El Monarca, por cierto, mostró claramente su concepción de la prensa cuando, a raíz de un acto patrocinado por el diario ABC (que en el abanico mediático europeo correspondería a la extrema derecha), definió a este periódico como un diario dirigido por una “redacción dinámica, diversa y plural”, (el subrayado es mío), mostrando lo que entiende por pluralidad. El entendimiento con pluralidad incluye solo variaciones de la ultraderecha y derecha.
Es frente a esta realidad que no entiendo cómo algunas voces de izquierdas, todavía hoy, consideran que no es un tema importante o prioritario para las izquierdas pedir un cambio en el régimen político español, pasando de una Monarquía a una República. Por lo visto no se han dado cuenta todavía de que hay una relación directa entre el enorme retraso social y político de España y la perpetuación del régimen conservador basado en la perpetuación de la Monarquía. La evidencia muestra que la Monarquía es el eje central del establishment político-mediático conservador español. Y de ahí que su defensa sea el elemento central del régimen bipartidista español, habiendo hecho de su permanencia uno de los objetivos más importantes ante una eventual reforma de la constitución por parte del PP y del PSOE.

¿Qué es lo que deberían proponer las fuerzas democráticas?

Se deriva de esta realidad (que se intenta ocultar en los medios) que debería ser un objetivo de las fuerzas auténticamente democráticas recuperar la memoria y la cultura republicanas, puesto que la cultura monárquica nos ha llevado a esta situación que configura un futuro donde España continuará con su enorme retraso social y democrático durante muchas décadas. Lo cual me lleva a comentar otro indicador del carácter profundamente conservador que la Monarquía transmite a la población en general –reproduciendo y promoviendo las ideas y narrativa de las derechas victoriosas del golpe militar–. En su discurso de fin de año el Monarca repitió, una vez más, la desaprobación de la recuperación de la memoria histórica, refiriéndose al tema de “la importancia de no abrir de nuevo las heridas”, que es el eslogan utilizado precisamente por las fuerzas conservadoras frente a recuperar la memoria histórica ocultada a la población asumiendo que el silencio –fruto de la represión- se traducirá en olvido. Detrás de la enorme resistencia a recuperar la memoria histórica existe el intento de no recuperar la historia real del país, tergiversada por las fuerzas conservadoras, pues tal recuperación es esencial para establecer una auténtica democracia, cuyas raíces deben basarse en la cultura republicana que significó un gran avance en el desarrollo de la democracia en España. En realidad las heridas nunca se cerraron, y el rechazo a la memoria histórica es precisamente el miedo a que se conozca la historia del país, todavía desconocida y, lo que es peor, ignorada en las escuelas de este país. Hoy todavía 130.000 personas están desaparecidas, siendo tal número la mayor cifra (en términos proporcionales) de desaparecidos en el mundo, después de Camboya. Sus restos están repartidos indignamente en fosas y cunetas a lo largo del territorio del país, gozando los perpetradores de tanta brutalidad de plena inmunidad por todos los daños y crueldades, silenciados, cuando no homenajeados, en el país. La petición del Rey de no abrir heridas se basa en su esperanza de que el silencio lleve al olvido, tal como siempre han querido las fuerzas conservadoras del país. Definir al Rey como representando a todos los españoles se está presentando cada día más difícil, pues en los momentos de redefinición de las realidades del poder dentro del Estado, su discurso y su práctica son –como siempre ha sido la Monarquía en este país- claramente opuestos al cambio democrático que el país necesita como el aire que respira.

Vicenç Navarro. Autor del libro ‘El subdesarrollo social de España. Causas y consecuencias’, y Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra

En la muerte de Mario Soares

Los elogios fúnebres no pueden reescribir la historia

En una vida política tan prolongada y con una trayectoria tan contradictoria como la de Mario Soares, no todos los aspectos serán negativos. Pero si se pretende fijar en el momento actual su lugar en la historia, hay un hecho que para nuestro pueblo y nuestro país es más relevante que cualquiera otro. Si el 25 de abril de 1974 constituyó el más importante acontecimiento de nuestra historia hasta el día de hoy, Mario Soares debe ser recordado como uno de sus más destacados y encarnizados adversarios. Vasco Gonçalves y Álvaro Cunhal identifican en su figura al principal responsable de la contra-revolución portuguesa.
Debe ser recordado como alguien que, desde el primer día, apostó por que la Revolución de Abril no superase los límites de una revolución burguesa. Por que la conquista de la libertad política no trajese consigo las transformaciones económicas, sociales y culturales que garantizasen que, con el derrumbe del régimen fascista, los trabajadores y el pueblo portugués abrieran el camino de una sociedad no solo libre de la opresión sino también liberada de la explotación, de la desigualdad, de la dependencia y del atraso, y que los pueblos de las colonias portuguesas conquistasen la efectiva independencia nacional.
Esta perspectiva alarmó al gran capital nacional y transnacional. Mario Soares se consideró como una de los intérpretes políticos centrales de esta alarma. Conspiró, se alió y fue apoyado por los más reaccionarios sectores de la derecha y del imperialismo. Trabajó incansablemente para dividir a las fuerzas progresistas civiles y militares. Hizo suyas las consignas de orden reaccionarias, fue el portavoz del más rastrero y fanático anticomunismo. No hubo golpe contra-revolucionario en el que no estuviese directa o indirectamente implicado, no solo en Portugal sino también en África. Dio cobertura y justificación política a la ofensiva terrorista de la extrema-derecha.
Contenido el impulso revolucionario con el golpe del 25 de Noviembre de 1975 (que estuvo a punto de desencadenar una guerra civil), Mario Soares asumió como primer ministro la tarea de destruir e invertir, desde el gobierno, las grandes transformaciones que se habían desencadenado debido a la asombrosa creatividad revolucionaria de las masas en movimiento: la Reforma Agraria, .la nacionalizaciones, los derechos de los trabajadores y de los pueblos. Acordó con la derecha las sucesivas revisiones constitucionales con vistas a retirar de la Constitución las garantías de defensa de las conquistas revolucionarias. Culminó su nefasta actuación destructora con el proceso de adhesión a la CEE, instrumento decisivo de sumisión de Portugal al gran capital transnacional.
Así, en estos términos, Mario Soares deja marcadas las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado en nuestro país. Décadas de desencadenamiento de políticas de derechas, décadas de retroceso social y democrático, décadas de subalternidad y dependencia nacional.
Si su papel posterior es en algunos aspectos menos negativo, se debe sobre todo a que las políticas y los protagonistas políticos a los que abrió camino conseguirían agrandar más aun las políticas y la acción que él inició. Fue, como Presidente de la República, menos malo que como primer ministro. Pero nunca abandonó los rasgos fundamentales de su opción política e ideológica: la alianza con el gran capital y el imperialismo, la disponibilidad de actuar contra cualquier proyecto de transformación anticapitalista en cualquier sitio donde pudiera influir, concretamente en el marco de la Internacional Socialista.
Su lugar en la historia es, en lo fundamental, el de alguien que combatió tenazmente por la liquidación de la esperanza de Abril. De alguien cuya acción abrió el camino e inició las políticas que conducirían a Portugal a su penosa situación actual.
Ningún elogio fúnebre podrá eludir esa realidad.

Editorial ODiario.info

Esa extraña mercancía llamada... Conocimiento. Entrevista a Marx Gómez



Aprovechamos la visita del sociólogo e investigador del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) Marx Gómez, que realizara recientemente a Mérida, en el marco del décimo aniversario de la Fundación CENDITEL, para abordar un tema no menos complejo, y aunque invisible para muchos, es de una importancia cardinal para entender el alcance geográfico y nivel de penetración del capitalismo en los distintos ámbitos de la existencia humana, específicamente en el del conocimiento, al que el capitalismo ha identificado como una preciada y particular mercancía.
Para Gómez, la categoría Conocimiento Libre puede interpretarse "como una tautología, en tanto el conocimiento en sí mismo es libre, y al ser libre va hacia su socialización, su divulgación, su constante transformación (...), pero aunque parezca tautología, es más una condición de denuncia a ese Conocimiento Libre entendido como oxímoron, como si fueran cosas contradictorias, porque ahí es donde entra todo ese discurso de la propiedad intelectual que asume al conocimiento y la libertad como cosas disonantes"
Gómez amplía el debate reconociendo las tensiones históricas basadas en la "posibilidad del uso y apropiación [del conocimiento] con fines de conquista o con fines de liberación (...) pero concretamente esta discusión de Conocimiento Libre se inserta en una crítica a lo que llaman Capitalismo Cognitivo" que se constituye en una categoría mucho más clara de lo que "otras personas llaman sociedad de la información o sociedad del conocimiento olvidando que se trata de una sociedad capitalista".
Así, Marx Gómez retrata el proceso lógico e histórico en que el Capitalismo Cognitivo se constituye como una modalidad capitalista, que arranca desde finales del siglo XIX con los primeros instrumentos jurídicos tendientes a la privatización del conocimiento hasta el aceleramiento privatizador sufrido en la década de los 70' y 80' del siglo XX. Este esquema capitalista está sostenido en la idea de la Propiedad Intelectual y sus mecanismos jurídicos (Propiedad industrial, derechos de autor, patentes, etc) que ha venido robusteciéndose y consolidándose mientras que se expande geográficamente a través de toda una supranacionalidad concretada en instituciones como por ejemplo, la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI).
Sin embargo, existen una serie de movimientos, gobiernos y organizaciones que han venido denunciando y oponiéndose a esta lógica de privatización del conocimiento, preconizando la idea del sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos al plantear que no puede hacer Justicia Social sin una Justicia Cognitiva, idea que Gómez amplía en la entrevista al aclarar que "al hablar de una crisis del capitalismo, y si aceptamos que esa crisis del capitalismo tiene múltiples factores, (...) pero que en última instancia es una crisis civilizatoria, una crisis del modelo occidental de sociedad, de política, de economía, de cultura, etc., pues el conocimiento que nos llevó a esta sociedad que está en crisis civilizatoria no está eximido de una revisión crítica; en pocas palabras, crisis civilizatoria es crisis del conocimiento también, y entonces al ser crisis de conocimiento, los procesos de justicia social por otro mundo posible son también por justicia cognitiva".

lunes, enero 09, 2017

2016: Más de cinco mil muertos en el mar Mediterráneo



Aumentó el número de víctimas en relación al año pasado.

Dos noticias ocupan los titulares de los últimos días en torno a los refugiados que intentan llegar a Europa cruzando el mar Mediterráneo. La primera, celebrada por todo lo alto por la gran prensa europea, es que en 2016 se redujo drásticamente la cantidad de personas que ingresaron a la Unión Europea después de cruzar el mar: de un total aproximado de un millón de refugiados en 2015 se pasó a unos 360 mil el año pasado. Mucho menos difundida es la noticia que indica que, a pesar de esta reducción en el número total, la cantidad de muertos no disminuyó sino que aumentó, pasando de 3.700 en 2015 a aproximadamente 5.000 en el año que acaba de concluir.
Ya en octubre pasado, el vocero de un organismo de la ONU para los refugiados había reconocido que “esto es lo peor que hemos visto en la historia: pasamos de un muerto cada 269 llegadas a un muerto cada 88”. Desde esa fecha hasta fin de año la situación se agravó: se calcula que, en 2016, de cada 75 personas que intentaron cruzar el mar para llegar a Europa, una murió. Las cifras son pavorosas: mueren en el mar Mediterráneo un promedio de catorce personas por día; entre 2000 y 2014 murieron 22.394 personas (El País, 18/6/16). La Organización Internacional para las Migraciones, de todas formas, considera que “el número de muertes en el mar no reportadas puede ser mucho mayor, especialmente en viajes del norte de África a España”, en tanto numerosos naufragios no son ni siquiera registrados (The Guardian, 23/12). La mayor parte de los cuerpos jamás son encontrados: otros aparecen flotando en las costas libias, tunecinas o italianas, muchas veces después de varios meses de ocurridas las muertes.
La reducción en el número total de refugiados se relaciona con el aberrante acuerdo firmado el 18 de marzo del año pasado entre la Unión Europea y Turquía, que compromete a este último país a aceptar la “devolución” de aquellos que intentan ingresar desde allí al territorio europeo. El resultado no es ninguna mejora en la situación de los millones de refugiados que intentan escapar de la barbarie de la guerra y la descomposición social, sino un agravamiento. El cierre de la frontera turco-griega provocó un crecimiento récord de la cantidad de refugiados que intentaron cruzar el mar desde el norte de África hasta las costas italianas, una travesía mucho más extensa y peligrosa, que según las propias cifras oficiales tiene un promedio de un muerto por cada 47 viajeros.
Se calcula que viven actualmente en Turquía tres millones de refugiados, de los cuales un 10% está concentrado en campos especiales, que carecen de los servicios más elementales y tienen un régimen virtualmente carcelario; el resto vive en diferentes ciudades o pueblos del país. Hay un millón de niños en edad escolar entre los refugiados, de los cuales solo un 13% va a la escuela. Según Human Rights Watch, se calcula que aquellos refugiados que consiguen trabajo cobran menos de la mitad que un trabajador turco. De acuerdo a la misma fuente, más del 90% de los refugiados está por debajo de la línea de pobreza establecida en el país.

Lucas Poy

La muerte de Ciro Bustos



El ex compañero del Che falleció el 1 de enero a los 85 años.

El 1 de enero de este año murió en el exilio, en la ciudad sueca de Malmö, a los 85 años, Ciro Bustos, quien fuera compañero de lucha del Che Guevara y de Jorge Ricardo Masetti en el Ejército Guerrillero del Pueblo, primero, y en la guerrilla boliviana después. Bustos fue condenado durante décadas por la propaganda del aparato castrista a jugar el papel de delator, por contraposición al intelectual y políticamente insignificante “teórico” del foquismo, Régis Debray, en una suerte de caricatura del cuento de Borges, "Tema del traidor y del héroe". Curiosamente, ese es el papel que desempeña también en una de las biografías del Che más reveladoras y críticas del castrismo: La vida en rojo, de Jorge Castañeda. Durante décadas Bustos guardó silencio en la oscuridad del exilio sueco, hasta que fue persuadido a escribir sus memorias por otro biógrafo del Che, Jon Lee Anderson. Dichas memorias, publicadas en el año 2000 con el título El Che quiere verte, constituyen uno de los documentos más reveladores que poseemos sobre la historia de la revolución cubana, el carácter del foquismo y la suerte política y personal del Che. (Todas las citas en este artículo son tomadas de la edición publicada en 2007 con el título El Che quiere verte: La historia jamás contada del Che en Bolivia, Buenos Aires: Javier Vergara Editor.)
Ciro Bustos nació en Mendoza, Argentina, en 1932. Pintor de profesión, estudió en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo. Atraído por la Revolución Cubana, en 1961 viajó a La Habana, donde conoció al Che, que lo incluyó en el grupo que eligió para llevar a cabo su proyecto revolucionario en Argentina, parte de su “plan continental” para establecer una base guerrillera en norte de Argentina y en el sur de Bolivia y Perú. Como miembro de dicho grupo, que contaba con tan solo media docena de personas, y junto con Jorge Masetti, Bustos fue miembro del núcleo fundador del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), que operó en la provincia de Salta en 1963-1964. Después del fracaso de ese intento, el Che convocó a Bustos para su proyecto de guerrilla en la región de Ñancahuazú de Bolivia. Después de la derrota de este nuevo proyecto, Bustos fue condenado en la ciudad boliviana de Camiri a 30 años de prisión. Liberado en 1970 por el gobierno del general Juan José Torres en Bolivia, vivió bajo el gobierno de Allende en Chile y se trasladó a Argentina poco antes del golpe de estado de Pinochet en 1973, sólo para ser obligado a abandonar su país poco antes del golpe de estado de 1976. Partió al exilio en Malmö, Suecia, donde escribió sus memorias y donde fallecería 40 años después.
En sus memorias Ciro Bustos relata que, en la primera mitad del año 1961, fue invitado a cenar por una pareja de médicos residentes en Cuba, enviados por el Partido Comunista argentino, y que la mujer le dijo: “Te veo muy entusiasmado con la revolución, Ciro. Temo que tu desilusión va a ser muy dolorosa. Los comunistas de este país ya están saliendo, como las ratas, de entre las grietas debajo de la cama y lo van invadiendo todo para quedarse con el queso” (p. 64). Bustos cuenta que ya para la “segunda mitad del año 61” el “sectarismo estalinista” estaba haciendo estragos en la dirigencia de la revolución cubana (p. 58), lo que produjo, entre otras cosas, “la susceptibilidad de Masetti, muy agudizada por las maniobras de los viejos comunistas cubanos para desalojarlo del cargo en Prensa Latina, a pesar de ser el fundador” por iniciativa del Che (p. 113). Hacia el final de sus memorias, Bustos recuerda el testimonio de Gabriel García Márquez en El olor de la guayaba. García Márquez, un ex-corresponsal de Prensa Latina, se había propuesto escribir un relato sobre el creador de la agencia y viajó a La Habana a fin de obtener información sobre él y su obra. “Y lo que pasó es que se encontró con que no había nada. Ni un dato, ni un recorte, ni una referencia, ni una cronografía del acontecimiento periodístico que significó la aparición de Prensa Latina y, menos que nada, ni una nota sobre su director, Jorge Ricardo Masetti, a quien García Márquez considera ‘el protagonista de la mayor hazaña del periodismo latinoamericano’. Los entretelones de la ‘desaparición’ burocrática de la figura del argentino fueron tapados por la noticia de su desaparición física… Junto con él, desapareció de los archivos cubanos cualquier dato sobre el proyecto del Che para la instalación de una guerrilla en la Argentina; la creación del grupo a cargo de Masetti, cómo fue integrado y por quiénes; su entrenamiento y la ayuda prestada por el Ministro del Interior (Ramiro Valdés, comandante de la vanguardia en la columna “Ciro Redondo” del Che), y la consiguiente jefatura absoluta, independiente y personal del Che sobre el grupo argentino desde su génesis, jefatura a ejercer directamente una vez instalado el foco en Salta.” (p. 461)

Foquismo y revolución

Che dejó perfectamente claro a sus reclutas que el compromiso con su proyecto era “más un compromiso de muerte que de vida” (p. 72), diciéndoles: "Hagan de cuenta, desde ahora, que ya están muertos. Lo que vivan de aquí en adelante, será de prestado” (p. 98). Esta concepción guevarista de la política revolucionaria como una empresa suicida proviene de la concepción del Che de la propaganda armada como el demiurgo de las condiciones subjetivas, pero su urgencia por establecer grupos guerrilleros en América Latina también debe verse como una serie de intentos cada vez más desesperados de rescatar a la revolución cubana del abrazo mortal del estalinismo. Bustos lo afirma claramente: “El proyecto del socialismo yacía hecho añicos por la enfermedad mortal del estalinismo, pero la necesidad acuciante de la revolución, antes de que fuera demasiado tarde, era nuestra causa” (p. 88). Al mismo tiempo, Bustos menciona un encuentro del grupo que conformaría el EGP con el Che, en el cual recuerda “haber preguntado si algún tipo de organización nos apoyaría en nuestros propósitos al llegar allí. Respuesta: ninguna; crearla era parte de la tarea. Creo haber manifestado un cierto grado de incredulidad ante tamaña desproporción, media docena de hombres frente a millones. Recuerdo la respuesta: en Cuba fueron apenas un puñado y ganaron. Creo haber insistido que, en Cuba, había sido un puñado —mucho mayor en el momento del desembarco—, pero que, además, esperaba listo el Movimiento 26 de Julio” (p. 99) Y Bustos constata retrospectivamente sobre el proyecto foquista del Che: “Era mi propia voluntad, nadie me imponía nada, pero la idea de un grupo pequeño, al margen de todo contexto político o popular, la daba a la idea un carácter aventurero alejado de lo racional” (p. 73).
Las memorias de Bustos relatan en detalle la odisea torturada del “ejército de los cinco locos” desde Cuba a través de Praga, Argel (un intento de Masetti y Che de liberarse de su dependencia del aparato estalinista) y Bolivia hasta Argentina, desde noviembre de 1962 hasta junio de 1963. Bustos estaba a cargo de las comunicaciones del grupo con Cuba y recuerda vívidamente esta referencia a la revolución cubana en uno de los mensajes: “Los mensajes eran evidentemente contradictorios. En uno que ayudé a descifrar, el Che decía –tengo la frase grabada en la memoria: ‘Nuestra atalaya se hunde lenta pero inexorablemente’. Y añadía que nosotros ya deberíamos estar operando en la zona. ‘Hunde’ no quiere decir ‘es derrotada’ o ‘es invadida’ solamente. Quiere decir que algo con presencia propia desaparece, se sumerge. Y atalaya es la isla, Cuba, el lugar más alto, desde donde uno puede estar subido y mirar más allá. Frente a un texto así, otros, que hablaban de esperar, de ser pacientes, de hacer prácticas y estudiar o comer bien, no iban.” (p. 120).
La experiencia de la guerrilla salteña del EGP, que tuvo su “más sólida estructura política de respaldo” en “el grupo de Pasado y Presente de Córdoba” (p. 195) terminó en un completo desastre: 12 guerrilleros muertos y 13 guerrilleros prisioneros y condenados (p. 205). Bustos partió para Cuba con José María “Pancho” Aricó para plantear ante el Che un balance crítico del fracaso de la experiencia foquista, pero “la reunión se extendió más de dos o tres horas –nocturnas, claro– y Pancho olvidó lo que quería decir… El Che hizo uso de la palabra casi en forma exclusiva… relegando a Pancho al papel de testigo informático que, no obstante, daba muestras de un creciente entusiasmo y un total acuerdo” (p. 214). Esta anécdota da cuenta de la casi absoluta subordinación al líder carismático y de la consecuente ausencia de balances políticos que caracterizó a las experiencias foquistas latinoamericanas en los años 60 y 70.
En enero de 1967 Bustos recibió la visita de Tamara “Tania” Bunke, la guerrillera de origen alemán que moriría junto con el Che en la selva boliviana, la cual pronunció la frase: “El Che quiere verte”. Bustos en consecuencia partió a encontrarse con el Che en la selva boliviana de Ñancahuazú. Su impresión del encuentro con el Che, que tuvo lugar justo antes del inicio de los combates pero luego de que se produjeran deserciones que terminaron delatando la presencia de la guerrilla, fue lamentable. Bustos describe al Che como un “profeta en andrajos” y recuerda que “su ropa destrozada colgaba en jirones”, agregando: “No era un uniforme de combate cualquiera. Vestía el traje de la miseria universal, raído y mugriento” (p. 288).
Estos comienzos desastrosos en ningún momento indujeron al Che a cambiar sus planes. Bustos reporta la siguiente conversación con el Che:
“–Objetivo estratégico: toma del poder político en la Argentina ¿Estás de acuerdo?
“–Por supuesto –contesté.
“–Quiero entrar al país por la zona donde ustedes andaban, con dos columnas de unos cien hombres, argentinos, en un plazo no mayor de dos años. Tu trabajo desde ahora será mandármelos.” (p. 300)

De Salta a Bolivia

Bustos recuerda la enorme reticencia de los cuadros del EGP “después del desastre salteño” a “mandar jóvenes inexpertos a una región sin infraestructura, ni política ni militar, que mínimamente garantizara su funcionamiento” –una zona, además, rodeada de fuerzas armadas hostiles y donde ya había sido llevada a cabo una reforma agraria parcial. “Era repetir lo sucedido: quedar aislados, sin capacidad militar, sin infraestructura de abastecimientos y, peor ahora, sin retaguardia. La dirección nacional rechazaba la idea de abrir un foco. Pero no se contaba con un plan semejante a éste, directamente a cargo del Che, lo que volvía confuso el mandato del que yo era portador.” (p. 300)
Bustos intentó separarse de las guerrillas a fin de cumplir su mandato de activar al aparato urbano del EGP en Argentina, que había permanecido sustancialmente intacto, para apoyar el proyecto del Che en Latinoamérica, pero fue capturado junto con Régis Debray, que también se había separado de las guerrillas con el fin bastante más prosaico de salvar su propio pellejo, y un fotógrafo freelance, George Andrew Roth, el 20 de abril de 1967. Esto se produjo simultáneamente con la primera emboscada de la guerrilla al ejército boliviano, en la que éste sufrió varios muertos y heridos, así como la captura de un mayor, un capitán y muchos soldados. A pesar de este triunfo temprano, las perspectivas de la guerrilla boliviana del Che eran sombrías: el contacto con el mundo exterior se había perdido, los suministros eran bajos, el número de enfermos (debido, entre otras cosas, a la desnutrición) aumentaba y no existían perspectivas realistas de reclutamiento entre la población local.
Las instrucciones de Bustos eran preservar a toda costa la red de la guerrilla en Argentina (entonces bajo la dictadura militar de Juan Carlos Onganía). En cuanto a los guerrilleros de Ñancahuazú, el Che le indicó que evitase revelar la presencia de los cubanos. En cuanto a la presencia del Che, sólo se revelaría si quedara claro que el ejército ya lo sabía, y luego se le debía dar la mayor publicidad posible para tratar de romper el aislamiento de las guerrillas. Según Bustos: “No tenía ninguna importancia lo que Debray o yo dijéramos ni en qué momento; ellos ya lo sabían… se había establecido ya la presencia del Che bajo el nombre de Ramón, así como la del grupo de cubanos bajo sus órdenes, la de peruanos y, por supuesto, la de los bolivianos acaudillados por miembros o ex miembros del PC local” (p. 373). En estas condiciones, Bustos dibujó bocetos de la guerrilla, los cuales más tarde condujeron a la acusación de que fue él quien había traicionado al Che, aunque según uno de los agentes de la CIA, que habló años después, Régis Debray “cantó como un canario” (citado por Jon Lee Anderson en la introducción a la versión inglesa de las memorias de Bustos, Che Wants to See You: The Untold Story of Che in Bolivia, Verso, 2013, p. xiv).
Bustos afirma que Fidel Castro y los dirigentes cubanos abandonaron al Che y a sus guerrilleros a su suerte luego de la debacle inicial, y aduce como prueba la retirada del hombre de la inteligencia cubana en Bolivia, Renán Montero, alias Iván: “Renán (Iván, en Cuba, durante nuestro entrenamiento), fue retirado de su base en La Paz al finalizar marzo, inmediatamente después del primer combate, sin ser reemplazado nunca (insólita información conocida por mí recién muchos años después). Ana María [la esposa de Bustos] volvió a la Argentina y trasmitió los informes textuales para enviar a Cuba. La dirección en Córdoba designó a un adherente de la revista Pasado y Presente, sin prontuario político-policial —al que yo conocía como ‘El Gordo’—para que viajara de inmediato a La Habana. Pero, al llegar a destino, en el aeropuerto mismo, fue interrogado por la seguridad cubana, la cual, tras hacerse cargo del mensaje dactilografiado y embutido, lo montó en el mismo avión en que había llegado y lo expulsó de regreso a Praga, sin darle ninguna explicación. La Habana había tomado decidido partido por el apoyo exclusivo a la figura internacional del francés. Nunca más intentaron establecer ningún tipo de contacto con nadie de la organización ciudadana del Ejército Guerrillero del Pueblo en la Argentina, fundada por el Che” (p. 388). En consonancia con esta línea, “la revolución cubana no acercó ni un dólar a la defensa ni al sostenimiento de la familia abandonada [Bustos tenía dos hijas]” (p. 393), mientras el estado cubano derramaba atenciones sobre Debray, quien en realidad no las necesitaba (su madre era una parlamentaria gaullista de París y él gozaba de la protección personal del general Charles de Gaulle). Fue en la cárcel de Camiri que la noticia del asesinato del Che Guevara, acaecido el 9 de octubre de 1967, llegó a oídos de Bustos. Tanto él como Debray fueron condenados a 30 años de prisión pero finalmente liberados en diciembre de 1970, después de casi cuatro años, por el gobierno del general Juan José Torres.
Durante su estadía en prisión, el diario de Che fue entregado al gobierno cubano (que lo publicó inmediatamente) por Antonio Arguedas, ministro del interior en el gobierno del presidente Barrientos, ex comunista y agente de la CIA confeso durante los últimos seis años. "Arguedas vivió un tiempo en Cuba (como Ramón Mercader, el asesino de Trotsky), fue honrado allí, se lo calificó de ‘compañero’, asistió a los actos del 26 de Julio como invitado en el palco de la Plaza de la Revolución y retornó a Bolivia dos golpes de astado más tarde.” (p. 430).
Bustos limpia el registro revolucionario de Masetti y rechaza como infundada la acusación de que Masetti ejecutó a dos de sus propios hombres debido a su extracción judía: “Masetti no ignoraba que el porcentaje de judíos entre nuestras bases urbanas era notorio, igual que en toda la izquierda argentina, donde el que no era judío era casado con una judía, o a la inversa. Casi se podía decir que la mitad de la dirección nacional del EGP se componía en esos términos y Masetti lo sabía, y nunca me dijo ni una palabra en contra, siendo de mi responsabilidad. Por lo demás, era imposible imaginar a Masetti cayendo en el antisemitismo a la sombra del Che.” (p. 181)

Castrismo y peronismo

Bustos defiende la verdad histórica contra “la intención de los cubanos del Departamento América de peronizar nuestra experiencia, a pesar de los testimonios en contra” (p. 466). Esta falsificación histórica de las posiciones del Che, que tuvo su origen en los lazos del castrismo con el tercer gobierno de Perón (cuando Argentina restauró relaciones diplomáticas y comerciales con Cuba) y con Montoneros (recordemos que Firmenich y la plana mayor de Montoneros estuvieron exiliados en Cuba), fue supervisada por Fidel Castro pero dirigida desde el Ministerio de Interior cubano por “Barbarroja” Piñeiro. “La extracción política interna y la apoyatura ya lograda por el EGP en la Argentina —reclutamiento, red ciudadana, organización y dirección política en el país (cosa de la que soy testigo promocional)—, en la versión distribuida por ‘Barbarroja’ cambió desde la realidad de nuestros contactos, las bases y cuadros desprendidos del PC, a un sostén político y económico del peronismo —jamás antes ocurrido— relacionado con John W. Cooke, ex delegado de Perón, con quien no hicimos nunca relación alguna —aparte de la amistad anterior, ocasional y personal—, y a quien el Che mismo dejó ignorante del proyecto, a pesar de sus simpatías por el ‘Gordo Cooke’. El Che veía un peligro latente en la heterogeneidad del peronismo, que volvía inseguras todas las vinculaciones funcionales, además de los riesgos derivados de su nombre mezclado en ello.” (pp. 462-463)
Debemos a Bustos todos estos datos preciosos para el historiador y para el revolucionario que intenta hacer un balance crítico de la experiencia cubana y del foquismo. De lo que sus memorias carecen, es de lo que adolece el guevarismo en general: una concepción marxista de la política revolucionaria que vea en los trabajadores asalariados (y no en los pequeños propietarios campesinos de los países semicoloniales) al sujeto revolucionario, y que consecuentemente luche por la independencia política de la clase obrera a través de la conformación de un partido obrero con la perspectiva estratégica de un gobierno de los trabajadores, de la abolición del trabajo asalariado y de la extinción gradual del estado. Como ya lo expresamos en ocasión de la muerte reciente de Fidel Castro, los trabajadores, serán los continuadores genuinos, y al mismo tiempo los superadores, de la revolución cubana.

Daniel Gaido

Cuando Trotsky llegó a México



El 9 de enero de 1937, tras un largo exilio en países, León Trotsky llega a México. Desembarcando del buque petrolero “Ruth” que lo trajo desde Noruega. El gobierno de Cárdenas fue el único que accedió a darle asilo político al revolucionario ruso.

Durante su exilio noruego, los crímenes de Stalin se sucedían unos tras otro, como una lluvia fría en una noche de invierno que calaba hasta los huesos de la vanguardia del movimiento revolucionario, hasta quebrar esos esqueletos, que habían sabido luchar por un mundo sin explotados ni explotadores. Comenzaban los Juicios de Moscú, que arrancaban “confesiones” a los revolucionarios que habían sido los protagonistas del Octubre rojo de 1917. Todo el Comité Central del Partido bolchevique que había dirigido la revolución acabó fusilado, o en los campos de concentración, para morir allí, enterrados bajo una montaña de cadáveres.
Un atentado fascista en su casa, que se proponía arrancarle la vida y robarle los archivos (1), sumado a la presión de la URSS al gobierno, les indicaron la puerta de salida a León Trotsky y su compañera Natalia Sedova.
Pero ¿A dónde ir, si el mundo ya no tenía lugar para el revolucionario más perseguido de la historia contemporánea?
Sorpresivamente, como un rayo en cielo sereno, sus amigos de Norteamérica le avisan por telegrama que México lo esperaba con los brazos abiertos.
El organizador de la campaña para darle asilo a Trotsky fue Octavio Fernández, quien convence al muralista Diego Rivera, para que influyera con su fama al gobierno de Lázaro Cárdenas. La aceptación del presidente fue casi instantánea y los engranajes para traer sano y salvo a Trotsky se pusieron rápidamente en movimiento. Así, luego de algunas semanas de navegar cruzando el Atlántico norte, Trotsky y Natalia desembarcaban en Tampico el 9 de enero de 1937. Allí, eran recibidos calidamente por Frida Khalo (la compañera de Diego Rivera) y los trotskistas norteamericanos Max Shachtman y George Novack.
En las Declaraciones en Tampico, Trotsky señala, entre otras cuestiones: “Estoy sumamente agradecido al gobierno mexicano por concederme el derecho de asilo, tanto más cuanto que la actitud intransigente del noruego me dificultó la obtención de la visa. (…) Tenga el gobierno mexicano la seguridad de que no violaré las condiciones que se me han impuesto y que dichas condiciones coinciden con mis propios deseos: no intervención en la política mexicana y total abstención de todo acto que pudiera perjudicar las relaciones entre México y otros países”. También anuncia la pronta aparición de La revolución traicionada (que escribe durante el exilio en Noruega). Y finalmente anuncia su predisposición a colaborar con la llamada “Comisión Dewey”, presidida por el filósofo liberal norteamericano, encargada de verificar las acusaciones de Stalin contra Trotsky de “agente del fascismo”, “del imperialismo” y demás “crímenes” contra el Estado obrero soviético. Allí sostiene: “Saludo con todas mis fuerzas la iniciativa, asumida por destacados personajes de la política, las ciencias y las artes de muchos países, de crear una comisión internacional para investigar los materiales y testimonios relativos a los procesos de la Unión Soviética. La documentación es oral y documental. Pondré a disposición de la comisión los archivos que abarcan las actividades de los últimos nueve años de mi vida”.
Por razones obvias, Trotsky se ve obligado a decir que “no va a intervenir” en la vida política mexicana, para que ello no sea utilizado en su contra. sin embargo, en su vida “privada” o firmando con seudónimos va a militar sin descanso: recibe a sus compañeros y visitas de todo el mundo que van a verlo, escribe folletos, artículos, estudia la realidad de América Latina, escribe libros y sobre todo se lanza terminar los últimos preparativos en torno a la fundación de la Cuarta Internacional, que tendrá lugar en Paris en septiembre de 1938.
En sus primeras declaraciones termina con una predicción: anticipa el desastre de la II Guerra Mundial, y en cuanto a América Latina, plantea que va a estudiarla profundamente porque conoce muy poco respecto al continente.
Sin embargo al verla con sus propios ojos, dará como fruto una serie de escritos políticos, que superan por lejos a la sociología académica, y que en gran medida conservan actualidad para pensar las contradicciones y potencialidades de nuestra época. Entre ellos, analiza el fenómeno del nacionalismo burgués (en su época expresado en el gobierno de Cárdenas, pero del que es muy similar los dos primeros gobiernos de Perón en Argentina) y elabora la categoría de “bonapartismo sui generis”. Con ella explica que: “En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros. La actual política se ubica en la segunda alternativa; sus mayores conquistas son la expropiación de los ferrocarriles y las compañías petroleras” (ver “La industria nacionalizada y la administración obrera”)
A su vez realiza un seguimiento de los acontecimientos en Europa, que tras la derrota de la guerra civil española, se acerca gran la contienda bélica (ver La Segunda Guerra Mundial y la Revolución).

La comisión Dewey

Un acontecimiento importante sucede del 10 al 17 de abril de 1937. Una subcomisión de la Comisión Investigadora (la “Comisión Dewey”) realizó trece sesiones de indagación preliminar de las acusaciones presentadas contra Trotsky. La subcomisión dictaminó que el caso de Trotsky debía ser investigado y volvió a Nueva York para reunir más información y realizar nuevas audiencias públicas (en julio). ¿Quiénes integraban la subcomisión investigadora independiente?: “John Dewey, filósofo y pedagogo, veterano del liberalismo norteamericano, fue su jefe natural. Lo acompañaron Suzanne La Follette, escritora de izquierda, Benjamín Stolberg, periodista de izquierda, Otto Ruehle, veterano marxista de la izquierda alemana, Carlo Tresca, conocido militante anarquista, Edward Alsworth Ross, destacado sociólogo norteamericano, el rabino Edward L. Israel y otros. Se equivoca la prensa de la Comintern cuando afirma, absurdamente, que los miembros de la comisión eran o son mis partidarios políticos. Otto Ruëhle, quien como marxista se encuentra más cercano a mí –desde el punto de vista político- fue un implacable adversario de la Internacional Comunista en la época en que yo era miembro de su dirección”. Poco después pronunció su histórico veredicto: “El señor Trotsky es: inocente”

Su encuentro con el obrero argentino Mateo Fossa

Otro acontecimiento de particular interés es la entrevista que tiene con el dirigente obrero argentino Mateo Fossa, quien fuera dirigente de la gran huelga de la construcción de 1936.
En las Tres Entrevistas, Mateo Fossa recuerda:
“(…)Trotsky apareció por la puerta de su estudio y me hizo señales para que me acerque. Inmediatamente avancé observándole. Trotsky tenía el aspecto que se popularizó en sus fotografías: esbelto, sólido, con un aire de energía y orgullo que se reflejaba en su mirada penetrante y fuerte, vestía ropa azul de algodón, como la de un mecánico. Me acerqué, extendió los brazos y nos abrazamos durante varios segundos.
En seguida rogó que entrara y me sentara, mientras él se sentaba detrás de su escritorio. Empezó por decirme que conocía la campaña de calumnias lanzada contra mí en México por el stalinismo y todas las maniobras para impedirme participar en el Congreso latinoamericano del cual yo era delegado.
Me alentó a continuar luchando por nuestra clase y decir la verdad: el hombre más perseguido de la Tierra tenía todavía fuerzas para alentar a los otros a soportar las persecuciones, insignificantes en comparación a las que él sufría.
’No hay que perder el coraje frente a las calumnias y las maniobras de los burócratas’, me dijo’”.
Tal vez sin saberlo, Mateo Fossa se impresionaba por lo mismo que cualquiera de nosotros, el revolucionario más perseguido de todos los tiempos aun tenía fuerzas para alentar a los demás. Ejemplar.

El estalinismo logra asesinar a Trotsky

A pesar de los cuidados de sus compañeros, Trotsky bromeaba cada mañana y al despertar decía a Natalia “¡Caramba, hemos sobrevivido un día más!” sabiendo que su propia casa se iba convirtiendo en su prisión. Así, el 20 de agosto de 1940, un asesino a sueldo de Stalin, Ramón Mercader, golpeaba mortalmente en la cabeza a Trotsky quien moriría al día siguiente.
Cerca de 300 mil personas asistieron a su cortejo fúnebre.
Ese mismo año, pero en febrero, el escribía su Testamento:
“Fui revolucionario durante mis cuarenta y tres años de vida consciente y durante cuarenta y dos luché bajo las banderas del marxismo. Si tuviera que comenzar todo de nuevo trataría, por supuesto, de evitar tal o cual error, pero en lo fundamental mi vida sería la misma. Moriré siendo un revolucionario proletario, un marxista, un materialista dialéctico y, en consecuencia, un ateo irreconciliable. Mi fe en el futuro comunista de la humanidad no es hoy menos ardiente, aunque sí más firme, que en mi juventud.
Natasha se acerca a la ventana y la abre desde el patio para que entre más aire en mi habitación. Puedo ver la brillante franja de césped verde que se extiende tras el muro, arriba el cielo claro y azul y el sol que brilla en todas partes. La vida es hermosa. Que las futuras generaciones la libren de todo mal, opresión y violencia y la disfruten plenamente. León Trotsky”.

Daniel Lencina

1. "El 28 de agosto Trotsky fue a Oslo con Erwin Wolf para testimoniar en el juicio contra los nazis noruegos que habían invadido la casa de los Knudsen. Los procesos contra los fascistas se transformaban en una acción contra Trotsky. De testigo se convertía en acusado. A la tarde, en la gran sala de la casa de los Knudsen yo acababa de colgar el teléfono después de hablar con un periodista, cuando dos policías noruegos irrumpieron en la habitación, me agarraron y me llevaron. Un automóvil había traído a Trotsky de Oslo con unos policías. Trotsky descendió del automóvil. No pudimos decirnos nada. Wolf estaba en otro automóvil, al que me hicieron subir. Un policía fue rápidamente a buscar mi valija con mis pocas pertenencias personales y partimos hacia Oslo. Todo eso sin ninguna explicación. Nos llevaron, a Erwin y a mí, al gran edificio central de la policía en Oslo. Allí nos hicieron firmar una declaración en la que decíamos que abandonábamos Noruega por nuestra voluntad. La palabra era freiwillig, pues nos hablaban en alemán. De lo contrario, nos dijeron, los deportaremos a Alemania, a la Alemania de Hitler. Nos negamos". Jean van Heijenooort, Con Trotsky. De Prinkipo a Coyoacán, Noruega.

Ricardo Piglia, imprescindible falsificador



"El escritor no existe, todo el mundo es escritor, todo el mundo sabe escribir. Cuando se escribe una carta (esta, cualquiera), también eso es literatura", dice el personaje de Roberto Arlt que inventó Ricardo Piglia en su libro de cuentos Nombre Falso. El escritor no existe porque el buen escritor -aquel que puede hacer de un texto literatura- es el lector. Aquel que logra descifrar la verdad oculta detrás de toda obra: su falsificación, su delincuencia.
Murió Piglia, a los 75 años, ese eximio falsificador.
Cuenta en Los diarios de Emilio Renzi –su monumental obra que tendrá tres tomos– que su inicio en la literatura fue marcado por el artificio. En su adolescencia, una noviecita de Adrogué le preguntó qué estaba leyendo en ese entonces. Él tiró el nombre de La Peste, de Albert Camus, que había visto en una librería, pero nunca leído. “Prestámelo”, le dijo ella. Piglia compró el libro, lo leyó esa noche, lo arrugó un poco para que pareciera usado y se lo llevó al día siguiente. Esa, cuenta, fue su génesis como lector.
Detrás del origen de su lectura –vale decir de su escritura– se encuentra la idea del escritor como un elaborado impostor. Este rol le es dado por el carácter propio que tiene la literatura y que es problematizado a lo largo de toda su obra: “Así es la literatura de acá. Todo falso, falsificaciones de falsificaciones” (Nombre Falso). Las palabras no tienen dueño. Todo texto es reinvención de otro texto. El escritor, entonces, esconde y reelabora en base a un robo. Piglia, en su operación de falsificación, buscó ser descubierto.
En su idea de literatura se oculta un doble linaje. Así como en Jorge Luis Borges, según el análisis del propio Piglia, se encontraban el linaje materno y paterno como origen de su condición de escritor, en Piglia se reúnen dos tradiciones de literatura, aparentemente antagónicas: la de Borges y la de Roberto Arlt.
De Borges extrae la idea del escritor como lector. "A veces creo que los buenos lectores son cisnes aún más tenebrosos y singulares que los buenos autores" (Borges, Historia Universal de la Infamia). Son magistrales sus clases sobre el autor de El Aleph que emitió la TV Pública. También enseñó literatura latinoamericana en las universidades de Harvard y Princeton durante 20 años. Fue un articulador de lo popular y lo académico.
Piglia es constante lector de sí mismo. “Escribir es sobre todo corregir, no creo que se pueda separar una cosa de otra”, decía. Sus diarios, escritos en primera persona por su alter ego Emilio Renzi, fueron la gran lectura de sí mismo: para su publicación Piglia volvió sobre esos 327 cuadernos que escribió desde 1957.
Del linaje arltiano está el robo, el delito como ley de la literatura: la lectura, en Arlt, siempre aparece de la mano del delito porque su acceso está restringido y pertenece a la visión de una clase. Piglia, al igual que Arlt, hizo una reivindicación de los bajo fondos, un elogio de los rufianes.
La fuerza que dio Piglia al lector es motor de transformación: una mirada crítica es la que puede desgajar todo sentido de alienación, el mecanismo de una toma de conciencia. El lector detective, así, se proyecta a la mirada crítica de un régimen, el capitalista, que esconde sus modos de explotación y opresión.
Piglia sufrió esa explotación. En el primer volumen de Los Diarios de Emilio Renzi están descriptas las condiciones de precarización y miseria que tuvo que afrontar para convertirse en escritor. También se refleja su paso por la izquierda durante su juventud; su educación en la calle y en los bares (la mirada periodística como extracción de historias) y, sobre todo, su avidez cultural: Piglia, formado en los sesenta, fue singular en una generación deslumbrante. Dejó novelas notables como Plata Quemada (llevada al cine), libros de cuentos como La invasión y ensayos categóricos.
Planteó una visión politizada de la crítica. Fue maoísta (“¿Qué quiere decir ser maoísta? Quiere decir no estar con el PC. Eso era lo quería decir para nosotros ser maoísta, hacer una crítica a la Unión Soviética”, expresó en 2012 a Página 12); estuvo ligado a Vanguardia Comunista y participó en la dirección de la revista Los Libros, nacida en 1969 al calor del Cordobazo, junto con Héctor Schmucler, Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo.
Las diferencias políticas en la caracterización del gobierno de Isabel Perón precipitaron la última gran crisis de dicha revista, que terminó con el alejamiento de Piglia (sería cerrada por la dictadura en 1976). Esas diferencias se expresaron en dos cartas, presentadas como editoriales en la misma edición: mientras que para Piglia el gobierno de Isabel Perón, con su política represiva, favorecía el golpe de Estado, para Altamirano y Sarlo, nucleados en el PCR, la defensa de aquel gobierno era la alternativa contra el golpe (Página 12, 8/04/12).
Dos años después, en 1978, los tres harían la revista Punto de Vista –financiada por Vanguardia Comunista-, que tendría una vigencia de 30 años, pero con una orientación muy distinta a la matriz original. Piglia se iría de la dirección en 1983 y Altamirano en 2004. Su directora, hasta el final, terminó siendo Sarlo.
Piglia, al igual que otros escritores de los setenta –marcados por el derrotero político–, terminaría mostrando sus simpatías con el kirchnerismo.
“La injusticia en estado puro nos hace rebelarnos y persistir en la lucha”, dijo Piglia, hace pocos meses, al referirse a su enfermedad inclemente, la esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Escribió una vez, el 3 de marzo de 1957, que despedirse le parecía ridículo, que se saluda al que llega, al que uno encuentra, no al que se deja de ver. Para Piglia, de esos imprescindibles, no hay despedida.

Vera Funes y Daniel Mecca