El homenaje a Adam Smith que protagonizó Javier Milei, acompañado del economista ´libertario´ Adrián Ravier y el profesor Juan Carlos de Pablo, transitó el camino que va de la solemnidad al ridículo. Fue lo que ocurrió con Ravier, cuando parangonó a Milei con Smith y enseguida, consciente del dislate, prefirió recurrir a la broma y asociar a uno y a otro por el hecho de ser solteros. “Ambos se casaron con sus ideas”, dijo, sin advertir que sólo las sectas se “casan con ideas”. En la ciencia, el “casamiento” se enlaza dialécticamente con el divorcio vincular, porque las ideas se construyen y reexaminan en la confrontación con la práctica, la historia y la vida social; la ideología, lo contrario de la ciencia, establece un conchabo a perpetuidad con sus propios prejuicios. Smith indagó al capitalismo de la manufactura, hasta cierto punto, con rigor científico. Gracias a ello, encontró razones objetivas para explicar las leyes del intercambio, donde los bienes tienen como atributo común el trabajo humano. En esa búsqueda, el autor de “La Riqueza de las Naciones” llegó a establecer que la ganancia del capital era una “deducción del trabajo”, de la cual el capitalista “merecía” apropiarse por haber practicado la prudencia y austeridad en sus consumos.
Milei, a diferencia de Smith, pertenece a la corriente que atribuye el valor de lo producido a la “utilidad” o “satisfacción” individual que las cosas reportan al consumidor. Con este prejuicio anticientífico, se han “casado” el 90% de los economistas de nuestro tiempo. No es una teoría, es un fetichismo. Naturalmente, es un pensamiento funcional a los dueños del capital, pues, por un lado, les sirve para negar a la clase obrera como creadora de la riqueza social; y, por el otro, para darle sustento a los beneficios del capital ficticio, que no solamente se reproduce en el campo de la especulación financiera sino también en el comercio de las armas, la trata de personas y de niños. Milei le ha prodigado elogios a todos estos “filones” de negocios. La apropiación de la plusvalía de la fuerza de trabajo, por parte de esta casta parasitaria, no es el resultado de la austeridad y prudencia que Smith atribuía al origen del capital, sino del derroche, de la estafa y de todas las formas de la delincuencia económica – estamos ante “La Barbarie de las Naciones”.
Ravier, el presentador libertario, extendió el paralelismo entre los solitarios Smith y Milei, al sostener que ambos estaban unidos “sobre todo a sus amigos”. Pero en este caso, las comparaciones son todavía más odiosas. El mejor amigo de Smith era el filósofo liberal David Hume, un ateo ferviente, vetado como profesor universitario con el argumento de que “no era una buena influencia sobre los jóvenes”. Milei es admirado por Mauricio Novelli, Hayden Davis y Manuel Adorni, y también por Trump, el ‘good fellow’ del proxeneta Epstein. En “El Capital”, Carlos Marx caracterizaba a esta fauna como una “agradable mezcla de estafadores y profetas” -Un siglo y medio antes de $Libra, el fundador del socialismo científico encontró una definición que le cae como un traje a medida al colectivo “libertario”.
En la Universidad de Glasgow, Smith explicaba el vínculo entre la economía mercantil y la ruptura de los lazos de sujeción directa entre las personas. El mercado, para el economista escocés, o sea la conversión del siervo en mercancía, era la manifestación más elevada de la libertad humana. Tuvo que venir Marx y su “crítica de la economía política” para desentrañar a la última manifestación histórica de la esclavitud: lo que había puesto en pie el libre intercambio era una nueva y aguda sujeción, entre los dueños de los medios de producción y los que sólo pueden vender su fuerza de trabajo. La persona como mercancía es todo lo contrario a la libertad. La economía política, que Smith contribuyó decisivamente a fundar, tuvo que encubrir esa relación social de explotación, luego de haber puesto en evidencia a sus polos antagónicos.
En cuanto a Javier Milei, su foja académica consiste en la enseñanza de maniobras financieras por internet, en la turbia escuela de especuladores regenteada por su amigo Novelli. Allí, Milei explicaba (¿o explica?) el deporte preferido de la claque libertaria: cómo vivir sin trabajar, o mejor dicho, del trabajo de otros, explotando las oscilaciones de la gigantesca masa de capital ficticio que ronda por la economía mundial -por caso, con las criptomonedas. Los beneficios de las bitcoins o los títulos de deuda pública no son un “premio futuro por sacrificar consumos presentes”, como dicen los economistas que Milei ha leído en las solapas de libros. El interés financiero es una detracción de la ganancia del capital industrial, es decir, del trabajo no retribuido a los obreros.
Es cierto que a Milei y Smith los separa un abismo, en términos intelectuales tanto como morales. La sola comparación esta fuera de lugar. Lo que importa es la diferencia en la época histórica que transitaron, uno como científico, y el otro como tarotista.
Smith encarnaba al pensamiento de la burguesía en ascenso, Milei, por el contrario, es un predicador alucinado del capitalismo de la decadencia.
Smith fue el filósofo y economista del nacimiento y pujanza del capitalismo industrial. La reivindicación de la libertad humana expresaba el afán de la burguesía por emanciparse de las ataduras heredadas del régimen social anterior, en el plano económico y político. Milei, en cambio, deambula entre cuevas y festicholas, en la declinación del modo de organización social del capital. La “libertad” que defiende, es la que reclama la clase capitalista para explotar sin límites a los trabajadores.
En el CCK, Milei reivindicó a otro austriaco -Schumpeter- que acuñó el concepto de “destrucción creadora”, para referirse a la aceleración de la obsolescencia del capital con la aparición de inversiones en nuevas tecnologías. Milei, sin embargo, no es un ‘schumpeteriano”, porque la destrucción de capital industrial en Argentina está vinculada a la hipoteca de la deuda pública y al default a repetición, no a un salto tecnológico. De un modo general, las crisis que se adjudican a las innovaciones tecnológicas obedecen a la anarquía de la producción de toda economía de mercado. Ahora mismo, la Inteligencia Artificial amenaza llevar a la quiebra a los monopolios que han invertido en ella, financiados por fondos y bancos. Embarcados en una competencia despiadada entre ellos, no han obtenido resultados que remuneren y amplíen esa inversión. Los pronósticos agoreros ocupan cada vez un mayor espacio en los titulares financieros. Schumpeter, un economista de las grandes crisis de entreguerras, prometió que se podría llegar a “la otra orilla” de esas crisis, pero no ofreció pruebas de ello. Solo el inicio de la segunda guerra mundial y cien millones de muertos desarrollaron la destrucción que emergería como “creativa” después de la guerra, en una Europa y Asia en ruinas.
Una reconversión tecnológica sin desocupación en masa exige la supresión de las relaciones sociales de explotación, y una planificación democrática por parte de los trabajadores desde la dirección política del Estado. Antagónicamente, la competencia entre capitales -y los Estados que los amparan- conduce a la anarquía, al despilfarro de fuerzas productivas -desempleo incluido- y a la guerra internacional. Es el carro al que se ha subido Milei, el carro de Trump y Netanyahu.
Naturalmente, la “libre” explotación de la fuerza laboral, e incluso su liquidación física en el marco de la guerra, exige un cambio de régimen político -la liquidación de libertades y la instauración de un estado policial. El presentador de Milei, Adrián Ravier, cuenta con una página web -Punto de Vista Económico.com - donde reivindica el apoyo brindado por el economista austríaco Frederick Hayek -otro de los ídolos de Milei- a Pinochet, a quien visitara en los tempranos años 80. A la prensa chilena de entonces, Hayek le dijo que “la dictadura era un sistema político necesario bajo un período de transición”. Ravier le da la razón a Hayek, y saluda al gobierno que, en nombre de la “Libertad”, está creando un estado policial en la Argentina. Lo mismo pasa con Kast, en Chile. Los tardíos exégetas de Smith quieren terminar con las manifestaciones y el derecho de huelga, y legalizar las detenciones de los servicios de inteligencia sin orden judicial. En Milei y sus socios, el liberalismo histórico es la mascarada de un fascismo en grado de tentativa.
Marcelo Ramal
19/03/2026

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