Hoy, justamente hoy, temprano en la mañana, navego por los archivos digitales de varios periódicos, nacionales e internacionales. Reviso titulares, críticas culturales y efemérides. Leo sobre el deporte. Busco una referencia, una sola mención a Reportaje al pie de la horca, esa obra cumbre del periodista checoslovaco Julius Fucik. No encuentro nada.
Su nombre, otrora bandera del gremio, parece haberse desvanecido en el ruido de la información instantánea. La constatación fue un mazazo: el autor de una de las crónicas más conmovedoras y terribles del siglo XX, el hombre que escribió desde el mismo borde del abismo, casi se ha convertido en un fantasma para las generaciones digitales.
Julius Fucik, nacido en Praga en 1903, fue un activo militante comunista que, durante la ocupación nazi de Checoslovaquia, se convirtió en un pilar de la resistencia clandestina. Fue capturado por la Gestapo en abril de 1942, en un operativo que no iba dirigido contra él, y recluido en la terrible prisión de Pankrác.
Allí, sabiendo que su muerte era inminente, realizó el acto de rebeldía suprema: escribir.
Con la ayuda del guardia Adolf Kolínsky, quien le suministró un lápiz y 167 tiras de papel higiénico, Fucik escribió su testamento periodístico.
Reportaje al pie de la horca no es un lamento, sino un canto a la vida. En sus páginas describe la rutina del horror, la solidaridad entre los prisioneros y la firmeza de sus convicciones. Escribió: «Si canté toda mi vida, no sé por qué habría de dejar de cantar ahora, precisamente al final, cuando la vida es más intensa».
Su obra fue extraída hoja por hoja de la celda 267 y, tras la guerra, su esposa Gusta Fucíková logró reunir los manuscritos para publicarlos en 1945.
El libro fue un éxito instantáneo, traducido a más de 80 idiomas. En 1950, el Consejo Mundial de la Paz le otorgó póstumamente el Premio Internacional de la Paz. Y, en 1958, la Organización Internacional de Periodistas estableció el 8 de septiembre, fecha de su ejecución, como el Día Internacional del Periodista.
Sin embargo, parece que el tiempo y la política han erosionado su memoria. El nombre de Fucik ha quedado relegado en muchas conmemoraciones, y su legado, como señalan varios análisis, fue «demonizado» u olvidado tras el derrumbe del socialismo europeo, poniendo en duda incluso la autenticidad de su obra.
La búsqueda infructuosa en los periódicos digitales es un síntoma de ese olvido, de una memoria histórica que se desvanece entre la inmediatez y la polarización.
Pero su mensaje final es inmortal, una advertencia que trasciende su tiempo y su ideología. Al despedirse, escribió la frase que debiera ser un juramento para todo periodista honesto de este mundo: «También mi juego se aproxima a su fin. No puedo describirlo. No lo conozco. Ya no es un juego. Es la vida. Y en la vida no hay espectadores. El telón se levanta. Hombres: os he amado. ¡Estad alerta!».
La frase «¡Estad alerta!» resuena hoy con más fuerza. La obra de Fucik no es un relicario del pasado. Es un espejo en el que mirarnos, una advertencia contra el fascismo, la desinformación y la apatía de quienes con mentiras burdas intentan confundir.
Por eso, aunque su nombre no aparezca en los titulares de moda, quienes ejercemos este oficio tenemos la obligación de recordarlo por su extraordinaria lección de amor a la vida y de compromiso con la verdad.
Ortelio González Martínez | internet@granma.cu
8 de septiembre de 2026 12:09:57

No hay comentarios.:
Publicar un comentario