domingo, septiembre 13, 2020

La actitud de Lenin delante del suicidio de Lafargue y Laura Marx



En 1908, junto con Nadiezhda Krupskaia, y por mediación de Charles Rappoport 1/, Vladimir Ilich co­noció a Lafargue, yerno de Marx y uno de los líderes más reconocidos de la Internacional Socialista y cuyas ideas apreciaba particularmente. Por aquel entonces, Lafargue y compañera Laura, hija de Marx, vivían en Draveil, a unos 20 ó 25 kilómetros de París. En aquella época, la pareja se encontraba apartada de la actividad militante y dedicaba sus afanes en la recuperación de la obra de Marx, que todavía seguía muy dispersa. Lenin fue a visitarlos en bicicleta, y fue acogido calurosamente, como era habitual con todos los militantes que pasaban por aquella casita que respiraba idealismo. Ilich habló con Lafargue de Materialismo y empi­riocriticismo su más bien pobre obra filoso­fa. mientras que Laura Lafargue me llevaba a dar una ta por el parque. En sus memorias, Nadiezhda Krupskaia., cuenta que ella “estaba muy emocionada: ¡tenía delante de mí a la hija de Marx! Yo la miraba ávidamente y buscaba en sus rasgos, a pesar mío, los rasgos de Marx. Toda confusa, medio balbucí cosas incoherentes sobre Rusia y sobre la participación de las mujeres en el movimiento re­volucionario. Ella me respondía, pero no tuvimos lo que pudiera llamarse una conversación. Cuando regresamos, La­fargue e Ilich discutían todavía sobre problemas de filosofía. «Él probará bien pronto, dijo Laura de su marido, cuan sincero es en sus convicciones filosóficas», y los esposos intercambiaron una mirada que me pareció rara. Comprendí el sentido de aquellas palabras y de aquella mirada más tarde, en 1911, al enterarme de la muerte de los Lafargue: ellos murieron como verdaderos ateos, dándose la muerte cuando llegó la vejez y les faltaron las fuerzas para continuar la lucha”. 2/
Efectivamente, en 1911 tuvo lugar el trágico suceso que llenó de estupor y tristeza a los socialistas de todo el mundo. Pablo y Laura Lafargue se habían suicidado en su casita de Draveil, en la noche del 26 de noviembre, un gesto que sorprendió a toda la militancia socialista internacional. La entrañable pareja, después de haber pasado todo el sábado en París se habían dirigido a su casa en Draveil. Conversaron con humor, dirían el jar­dinero Ernest Doucet y su familia, de la jornada realizada. Laura y Pablo habían estado en un cine. Sabían cuan cerca se hallaba la muerte y eso no desfiguraba la serenidad y alegría familiar. Doucet a la ma­ñana siguiente, inquieto por lo tarde que era dada la espartanas costumbres de la pareja, golpea la puerta, como no responde nadie, la abre él mismo, y se encuentra a Paul y Laura ya sin vida. Él permanecía extendido y vestido en su habitación. En la habitación con­tigua, Laura sentada en una butaca, también estaba muerta.
Todo lo demás permanecía como de ordinario: limpio, recogido, ordenado. Sobre una mesa había una carta dirigida a su sobrino Edgar Longuet y una pequeña hojita con sus disposiciones testamentarias:
Sano de cuerpo y de espíritu, me mato antes de que la implacable vejez, que me roba uno a uno los placeres y alegrías de la existencia y que me despoja de mis facultades físicas e intelectuales, paralice mi energía y rompa la voluntad y me convierta en una carga para mí y los demás.
Desde hace años me prometí no pasar de los setenta. Fijé la época de mi partida y preparé el modo de ejecutarla: una inyección hipodérmica de ácido cianhídrico.
Muero con la alegría suprema de tener la certidumbre de que en un próximo futuro, la causa a que consagré mi vida durante 55 años triunfará.
Viva el Comunismo.
¡Viva el Socialismo internacional!
En cuanto a la actitud de Laura, se ofreció una explicación en un pasaje que se encuentra en la correspondencia que ambos mantuvieron con Engels en la que se podía leer
“No es cuestión de vida o muerte, pero si está robusto y en buena salud.
¿Cómo podría hacer de otro modo el trabajo que nuestro querido Moro le dejó?
¿Y quién lo haría si usted cayera gravemente enfermo? Es demasiado terrible de pensar… Si se hubieran tomado me­didas inmediatas, y hubiera podido serlo en el caso de mi hijo Étienne, él viviría hoy y tendría catorce años, eso me recuerda el día de mi cumpleaños, ¡hace algunos días llegué a los 38 años! ¿No es escandaloso? ¡Jamás pensé en que vi­viría tanto! Y nadie me ha felicitado.
Sobre la reacción de Lenin, su compañera dejó el siguiente testimonio: “El mes de octubre fue señalado por el suicidio de los Lafargue. Su muerte impresionó fuertemente a Ilich. Recordamos nuestra visita a su casa. Ilich me dijo en esta ocasión: `Sí ya no tienen más fuerzas para trabajar por el socialismo, es necesario mirar rectamente la verdad y hay que morir como los Lafargue Ilich tuvo el deseo de declarar ante la tumba de los Lafargue que su trabajo no había sido en vano, que la obra de Marx, obra a la cual Pa­blo y Laura Lafargue estaban tan estrechamente ligados, to­maba amplitud y se extendía hasta la lejana Asia: en esta época precisamente se veía en China la renovación del po­deroso aliento revolucionario. Vladimir Ilich escribió su dis­curso e Inés [Armand] lo tradujo. Recuerdo la emoción con que él lo pronunció en las exequias, en nombre del Par­tido Obrero Socialdemócrata Ruso”.
En una tarde lluviosa del domingo 3 de diciembre, los restos de Paul Y Laura fueron incinerados en el cementerio del Pere-Lachaise. Entre el enorme gentío de asistentes se distinguían líderes destacados del socialismo internacional como Dubreuilh, secretario general de la SFIO, Bracke, Vaillant, Guesde y Jaurès, por los franceses, Kautsky por los socialdemócratas alemanes, Edward Anseele por el Partido Obrero belga, Keir Hardie por los laboristas independientes, Roubanovitch por los eseristas, así como Alejandra Kollontaï y Lenin por el Partido Obrero Socialdemócrata ruso sin distinción de tendencias.
Todos hicieron uso de la palabra, también Lenin, que dijo: Camaradas: Tomo la palabra para expresar en nombre del POSDR nuestro profundo dolor por la muerte de Pablo y Laura Lafargue. Los obreros conscientes y todos los social-demócratas de Rusia, aprendieron ya en el período de preparación de la revolución rusa a apreciar sobremanera a Lafargue como a uno de los más talentosos y profundo difusores de las ideas del marxismo, que tan brillantemente se han visto confirmadas por la experiencia de la lucha de clases en la revolución rusa y en la fase de la contrarrevo­lución. Bajo la bandera de estas ideas se agrupó el destaca­mento de vanguardia de los obreros rusos, asestó con su lucha organizada y de masas un golpe al absolutismo y defendió la causa del Socialismo, la causa de la revolución, la causa de la democracia, a despecho de todas las traiciones, vacilaciones y titubeos de la burguesía liberal.
Para los obreros socialdemócratas rusos era Lafargue el vínculo de dos épocas de la época en que la juventud revolucionaria de Francia y los obreros franceses se lanzaban, en nombre de las ideas republicanas, al asalto contra el Impe­rio, y de la época en que el proletariado francés, bajo la dirección de los marxistes, desplegó una consecuente lucha de clase contra todo el régimen burgués, preparándose a la lucha final contra la burguesía, por el socialismo.
Los socialdemócratas rusos, que sufrimos toda la opresión de un absolutismo impregnado de barbarie asiática y que hemos tenido la dicha de conocer en forma directa, por las obras de Lafargue y de sus amigos, la experiencia revolu­cionaria y el pensamiento revolucionario de los obreros eu­ropeos, vemos hoy con particular claridad cuan rápidamente se avecina la época del triunfo de la causa a cuya defensa consagró su vida Lafargue. La revolución rusa ha abierto la época de las revoluciones democráticas en toda Asia, y ochocientos millones de seres se incorporan hoy al movi­miento democrático de todo el mundo civilizado para par­ticipar en él. Mientras, en Europa se multiplican los sínto­mas de que se aproxima el fin de la época de dominación del llamado parlamentarismo burgués pacífico, para ceder lugar a una época de batallas revolucionarias del proleta­riado organizado y educado en el espíritu de las ideas del marxismo, y que ha de derrocar el dominio de la burguesía e implantar el régimen comunista.

Pepe Gutiérrez-Álvarez

Notas

1/ Socialista francés de origen hebreo lituano (1865-1941), destacado intelectual y políglota, intervino en el socialismo ruso y francés, fue uno de los militantes más reconocidos de la SFIO, y denuncio la “Unión Sagrada” durante la “Gran Guerra”, cofundador del PCF lo abandonó en 1938 en protesta contra el estalinismo. En su sepultura se puede leer: Le socialisme sans la liberté n’est pas le socialisme, la liberté sans le socialisme n’est pas la liberté («Socialismo sin libertad no es el socialismo, el socialismo sin la libertad no es la libertad. «)
2/ Nadiezhda Konstantinovna Krúpskaia, Mi vida con Lenin, la última edición española fue la Madrágora, Barcelona: 1976; el mismo año hubo otra edición, Recuerdos de Lenin, Fontamara, Barcelona, que añadía algunos textos que no estaban en la otra edición. Según fuentes fiables, la traducción corrió a cargo de Juan Andrade, cofundador del PCE, de la ICE y del POUM, y que en estos menesteres editoriales solía trabajar al unísono con su compañera Mª Teresa García Banús.

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