Bajo el Tratado del Espacio de 1967, ningún país puede "plantar bandera" y reclamar soberanía. Sin embargo, las potencias han encontrado la grieta legal perfecta: las "zonas de seguridad". Bajo el pretexto de evitar que el polvo lunar dañe instrumentos sensibles, Estados Unidos y sus aliados de los Acuerdos Artemis pretenden establecer perímetros de exclusión (La Nación, 11/04).
No es propiedad privada, dicen, pero si nadie puede acercarse a 20 kilómetros de una base, el resultado es el mismo: el control absoluto del hielo y los recursos estratégicos. La disputa no es por toda la Luna, sino por un puñado de sitios privilegiados en el polo sur. Allí, donde la luz solar es permanente y el hielo abunda, se juega parte de la guerra mundial. El bloque China-Rusia, con su proyecto ILRS, compite palmo a palmo con el yanqui. Como el Acuerdo de la Luna de 1979 -que declaraba a los recursos lunares "patrimonio común de la humanidad"- no fue ratificado por ninguna de las potencias, hoy rige la ley de la captura: "el que llega primero, se lo queda".
Esta carrera por el loteo lunar explica por qué Trump recortó la investigación de exoplanetas y clima mientras aumentaba los fondos para el alunizaje humano (The Week, 15/04). Al capital no le interesa entender el universo; le interesa controlar el combustible para proyectar su poder militar.
Mientras tanto, la contracara de esta opulencia tecnológica es la degradación de quienes la producen. En Argentina, los científicos del CONICET viven bajo la línea de la pobreza mientras su trabajo sirve para mapear zonas de sacrificio petrolero. Se modifica la ley de glaciares permitiendo la megaminería en zonas periglaciares -quitándole al organismo de Ciencia y Tecnología las facultades que tenía para monitorear a las empresas- para extraer recursos minerales en función de la necesidad de la guerra. La cultura y la ciencia son vehículos de transmisión ideológica y movilización política, y por tanto las derechas las consideran potencialmente peligrosas, de esta forma impactan dos cráteres con un solo proyectil: objeciones políticas y presupuesto.
El imperialismo necesita tecnología extractiva y nuevos territorios para sostener un sistema en descomposición. La "zona gris" jurídica en la Luna es el reflejo de la anarquía capitalista en la Tierra. El capital prepara sus presupuestos con el único fin de nutrir la guerra, recortando todo gasto opuesto a esos intereses. La única garantía de que la ciencia y el espacio sean realmente patrimonio de la humanidad es que dejen de estar bajo el mando de las camarillas imperialistas. Ni un centavo para la guerra. Ciencia al servicio de la humanidad.
Iara Bogado
16/04/2026

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