La respuesta de Putin a este giro de la guerra han sido los bombardeos devastadores sobre Kiev – en especial las estructuras de energía (gas y electricidad). El jefe de estado ruso ha advertido, no obstante, que, como consecuencia de estos desarrollos, la totalidad de los países de la OTAN, que financian la totalidad de los gastos de Ucrania, pasaban a ser considerados blancos legítimos de las fuerzas armadas de Rusia. El Financial Times ha dado a conocer una investigación acerca del mapeo de la estructura militar y civil de los países europeos, que habría sido llevada adelante durante una década. La OTAN ha atribuido a Rusia los drones detectados sobre Rumania y Polonia y, hasta en un caso, Francia. El país más mencionado como blanco de una ocupación de parte de Rusia es Estonia, que cuenta con una población rusa muy numerosa. En algunas oportunidades, el mismo Putin o sus voceros han amenazado con represalias a Alemania, que cuenta con bases militares en el Báltico y es un protagonista exclusivo en cuanto a ensayos militares en el Báltico con los países ribereños.
La reciente ‘cumbre’ de la OTAN en Ankara, Turquía, le ha sumado varias castañas al fuego. La Comisión Europea anunció el aumento de la ayuda militar y la financiación del Presupuesto de Ucrania, al mismo tiempo que el aumento de los propios Presupuestos de guerra de los principales estados europeos para comprar armamento a Estados Unidos (como lo exigía Trump). Trump se avino a licenciar la producción de misiles Patriot a Ucrania, para dotarla de defensa anti-aérea, aunque el tiempo y el costo que lleva su producción echa sombras sobre la ‘promesa’. Erdoğan, el presidente del país huésped, aprovechó la ocasión para legitimar su pliegue a Trump, lo cual convierte a Turquía, junto con Armenia y Azerbaiyán, en el gendarme del Mar Negro y del Cáucaso -fronteras de Rusia. El cerco contra Rusia se encuentra relativamente montado. Un escenario ideal para que los servicios ‘occidentales’ difundan la inminencia de una acción preventiva de Putin, o sea mediante el ataque o la invasión parcial de algún estado miembro de la OTAN. Desde el Wall Street Journal ya han advertido que una falta de respuesta por parte de la OTAN, o sea de Trump, sería el final de la OTAN.
No todos, sin embargo, lo ven de esa manera. El involucramiento militar de Putin en el ataque a otro país, opinan otros, sería funcional al debilitamiento de Rusia o serviría para justificar ataques más amplios al territorio ruso de parte de Ucrania. Una ruptura de Trump con la OTAN serviría al propósito de éste de alcanzar un acuerdo por separado con Putin para repartirse Ucrania (y sus cereales y tierras raras), y para poder, de este modo, saldar cuentas con la Unión Europea en cuanto a quedarse con Groenlandia o para declarar la inmunidad impositiva de las tecnológicas norteamericanas en el continente europeo – dos puntos que no se saldaron en la reunión de Ankara. Sea como fuere, un gobierno francés de la condenada Marie Le Pen, del Frente Nacional, que va primera en las encuestas para las presidenciales de 2027, cambiaría el escenario diplomático en beneficio de Putin – lo mismo en el caso la neo-nazi Alternativa para Alemania, que también va primera.
El ataque preventivo de Putin a un país de la OTAN guarda una analogía con el caso de Galtieri y Malvinas – dos aventuras “preventivas”. Galtieri creía contar con la venia de Reagan, como Putin con la de Trump. Thatcher estaba desmantelando la flota británica, como Trump está levantando bases militares en Europa. Galtieri presidía una dictadura en ruinas que pretendía rescatar con una quijotada nacionalista, y a Putin le ocurre algo parecido, de la que buscaría salir con una declaración de estado de guerra nacional. Galtieri pagó el fracaso con un cambio de régimen; es lo que también podría ocurrir con Putin. Ambos casos podrían emparentarse con la creación de situaciones semi-revolucionarias que, por carencia de un proletariado revolucionario, desembocarían en salidas imperialistas. Pero también podría ocurrir lo contrario si trabajadores con un pasado combativo reciente, como el francés y el italiano, irrumpieran en escena para arrastrar a las masas de la mayoría de otros países europeos. La revolución, como ocurre con la guerra, representa la explosión de todas las formas sociales atrapadas por el fetichismo de la organización social capitalista.
Se explica, entonces, que The Economist, haya dado relevancia a un artículo escrito para la revista por el oligarca ruso, Andrei Melnichenko, un putinismo de cuño propio, que se encuentra sancionado por la OTAN. El titular es atractivo: “Porqué una Rusia quebrada sería malo para el mundo”. “Quebrada”, en su original en inglés, significa simultáneamente “bancarrota” y “despedazada”. El descuartizamiento de Rusia, en hipótesis, podría provocar un descuartizamiento mundial o un hundimiento de la civilización humana (una “guerra” como la de “los treinta años”, que devastó a Europa en el siglo XVI/XVII y retrasó a la civilización europea por un siglo). Enseguida de publicado el artículo, The Economist organizó una mesa debate entre sus periodistas. Caracteriza al planteo del oligarca como un pedido para que Occidente rescate a Rusia, aunque en los términos que viene planteando Putin: Una defensa de derechos nacionales dentro de una integración total al sistema imperialista. Como se ve, una contradicción sin salida.
“Muy poco, demasiado tarde”, respondió The Wall Street Journal – vamos con la guerra, como los cowboys en la conquista del Oeste. El artículo del ruso era sencillo, copiado de Putin: ‘organicemos una arquitectura de seguridad internacional que le permita al estado ruso mantener su unidad’; muerto Putin, o desplazado antes del gobierno, la dirección del estado pasará a manos de la oligarquía. Del mismo modo que una burocracia colectiva asumió el poder muerto Stalin, un colectivo de oligarcas haría lo propio oportunamente con Putin. Se ha abierto una transición, promete el oligarca, bajo el régimen actual. Este tipo de polémicas y de argumentos ha tenido lugar en todas las transiciones revolucionarias – antes de Stalin había ocurrido eso con el Zar. En definitiva, la guerra introduce la revolución por medio de los eslabones más débiles que deja la guerra. La respuesta del WSJ advierte, en primer lugar, que no hay espacio para retornar al pseudo equilibrio internacional previo a la guerra, y en segundo lugar, que Rusia es uno de los principales, si no el principal, botines de guerra del imperialismo. El WSJ no pone siquiera a consideración la principal oferta del oligarca: el rechazo a convertir a Rusia en un eslabón de las cadenas de producción de China, algo que Putin jamás haría público.
Este es el estado de la guerra al momento, en el terreno europeo. La continuación de la guerra contra Irán, Líbano, y la hostilidad en ascenso contra Cuba e incluso Brasil, ha ampliado la geografía y la política de la guerra. Se ha formado, de alguna manera, un “frente de la resistencia” entre China-Rusia-Irán-Cuba con varias colectoras añadidas. Los ajustes contra los trabajadores llevan la guerra al plano de la lucha de clases en cada país y en los protagonistas principales. Hay un claro punto de inflexión hacia una transición con contornos en parte indefinidos. La inminencia de un giro ha llevado a Zelensky a un mayor entrelazamiento con el nazismo ucraniano para obtener una reelección presidencial que le otorgue autoridad para extender la guerra; Putin tiene un desafío similar, porque quiere integrar a las regiones ocupadas de Ucrania y oficializadas como rusas, a las elecciones presidenciales del año corriente. Envalentonado por haber conseguido llevar la guerra a territorio ruso, reclama una reunión directa con Putin para convertir el rechazo en una muestra de una salida pacífica de su parte. De una u otra manera habrá elecciones en todos lados en Europa continental. La cuestión de la guerra será el eje de la agenda de los partidos frente al electorado.
El derrotismo revolucionario, o sea la promoción de la derrota de todos los estados imperialistas envueltos en la guerra, por medio de acciones de oposición, debe ser adaptado a la comprensión de las masas y a las modalidades políticas de cada país. ¿Estamos por la paz? Sí, por una paz sin anexiones ni exacciones económicas, con vigencia plena de la autodeterminación nacional (para separarse o para unirse). La resistencia del imperialismo a una paz sin anexiones, servirá como comprensión de la necesidad de terminar con el imperialismo. Que la guerra de la oligarquía financiera la pague ella misma; nacionalización de las industrias de guerra y de Inteligencia Artificial, la más importante de ellas: no a los ajustes sociales o impuestos directos o indirectos a los trabajadores; por un salario y jubilación mínimos igual al costo de la canasta familiar.
Jorge Altamira
13/07/2026

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