domingo, septiembre 13, 2026

Dante burlando el tiempo


A más de 700 años, el autor de la Divina Comedia sigue siendo inspiración y gozando de actualidad 

 La literatura prerrenacentista italiana cuenta con tres colosos cuyas obras siguen proyectando reflejos hasta nuestros días: Dante Alighieri (1265- 1321), Francesco Petrarca (1304 -1374) y Giovanni Boccaccio (1313 – 1375). El primero, falleció un 14 de septiembre hace 705 años. 
 En Petrarca, se encuentran los umbrales de un humanismo movido por la cultura clásica de la Antigüedad; en Boccaccio están ya los gérmenes del mundo burgués, y en Dante, –en palabras de Engels– el fin de la edad media feudal y la llegada de la era capitalista moderna, además de la obsesión de crear, a partir de la integración de los dialectos existentes allí, una lengua autóctona, lo cual intentó en vano en la prosa del Convivio, al mezclarlos con el latín. 
 De modo que no la fundó, pero sí, y posiblemente sin saberlo, creó, tal como lo suscribe la doctora Camila Henríquez Ureña, el monumento de la lengua que soñaba al concebir la Divina Comedia. Con la obra, el toscano «quedó consagrado como lengua literaria desde que el poeta lo glorificó en sus cantos inmortales, y más tarde, dando voz a una Italia unificada, ese dialecto se ha transformado en lo que hoy conocemos todos con el nombre de lengua italiana». 
 Grandes lagunas existen en los datos biográficos que se conocen de Dante, nacido en dorada cuna florentina, y huérfano desde pequeño, aunque bien educado e instruido, a la altura de su condición social. La musa de sus sueños, ideal que llevó a su obra, desde donde pueden –ahí sí– hallarse notables alusiones a su propia existencia, fue Beatriz Portinari, a quien conoció a los 9 años de edad y, desde entonces vivió en su corazón. La dama murió en plena juventud pero Dante la eternizó en sus creaciones, y la sublimó en la Divina Comedia. 
 Este poema épico, compuesto en terzine –estrofa inventada por Dante–, lo que conocemos como tercetos–, y en el que Beatriz representa lo más encumbrado, se halla toda una estampa del entorno y la espiritualidad de la época. El poeta entra en el mundo en que habitan los muertos y contará todo lo que allí sucede. 
 Así comienza la Divina comedia: A mitad del camino de la vida, / en una selva oscura me encontraba / porque mi ruta había extraviado. Allí será socorrido por Virgilio, que lo sacará del sitio pernicioso y lo llevará a recorrer el Infierno y el Purgatorio, desde donde Beatriz lo acompañará, para transitar el Paraíso, hasta que San Bernardo lo coloca ante Dios. 
 En un tiempo en que la vida terrenal significaba apenas el puente para la vida eterna, abordar el mundo de los difuntos no fue una novedad. El propósito era la purificación del espíritu. En la Divina Comedia, Dante fusionó la tradición cristiana a las leyendas paganas y reflejó los vicios de una época que lo decepcionaron, y de los que resultó víctima, por sus ideales y convicciones filosóficas y políticas.
 Creador de una de las más grandes creaciones de las letras universales –para Jorge Luis Borges la obra más perfecta de la humanidad–, Dante fue el precursor de la literatura moderna. A su inmortal obra la había titulado, sin sopechar el portento que había escrito, simplemente, Comedia, «porque si miramos el asunto, al principio es horrible, puesto que comienza en el Infierno, pero el final es feliz, agradable y apetecible, puesto que es el Paraíso; y si miramos el estilo, es descuidado y humilde, porque está escrita en lengua vulgar, en la cual se expresan hasta las mujeres y los niños». 
 Fue Sin embargo, Boccaccio, admirador de Dante –quien había fallecido cuando era un niño el autor del Decamerón– el autor de sus primeras biografías. En una de ellas, titulada Breve elogio de Dante, se refirió a la obra cumbre del escritor como divina y desde entonces, caló el calificativo, que con toda justicia determina la valía de una joya que no supuso como tal su creador. 
 Más de siete siglos han pasado de la muerte de Dante, y sin embargo, en nuestros días consigue aparecérsenos en alusiones populares; en el uso frecuente del adjetivo dantesco, que está en nuestro idioma; o en la intertextualidad de muchas obras. La connotada presencia no es casual. Sucede con las cosas cuyas dimensiones burlan el el tiempo. 
 Tal vez no sea hoy de muy fácil lectura –más emprendida ahora por los investigadores y los estudiantes de letras–; aunque tampoco es que haya dejado de ser atractiva. Lo que sí resulta inadmisible es andar por el mundo desconociendo un nombre tan grande, que puede uno toparse en cualquier parte, en cualquiera de las formas con que nos interpela la eternidad. 

Madeleine Sautié | madeleine@granma.cu 
 13 de septiembre de 2026 14:09:45

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