Vuelve la memoria a esa primera y única vez en que vi y escuché a Cintio Vitier (1921-2009). Era para entonces ya muy anciano. Disertaba en apenas murmullos; pero bastaban para lograr, en esos minutos, ojos y oídos atentos. ¿Qué podía saber aquella adolescente del tremendo significado para la cultura cubana de quien tenía enfrente?
Los detalles de la charla que ofreciera se han desvanecido; no obstante, queda el espíritu de sus palabras: Cintio parecía elevarse al hablar de Martí, como si cualquier endeblez física pudiera desaparecer ante el peso del conocimiento y de la admiración.
Irlo conociendo al paso de los años, tras la huella de su palabra, ha convertido la impresión en certeza: tanto la de una genuina erudición como el ser martiano. Fue él quien nos dijo que el Apóstol era el mayor aporte de la cultura cubana a la universal; y también que los cubanos «no debíamos nombrarlo como maestro, porque es como el aire que se respira».
Había nacido en Key West –hace hoy 105 años–, pero apenas días lo unieron a ese territorio. Matanzas fue la verdadera cuna, allá donde enseñaba el padre Medardo Vitier, y donde el violín le ocupó las primeras ansias poéticas. Arrancarse de allí, a los 14 años, fue doloroso.
Sin embargo, en La Habana ocurrirían otras cosas, muchas. La amistad con Eliseo Diego, quien aseguró una vez que en Cintio se condensaba la respiración constante de la Patria; el hallazgo de maestros tutelares: Juan Ramón Jiménez, César Vallejo, José Lezama Lima; el amor con Fina; la fe católica, Orígenes…
El joven que halló la poesía escrita para no separarse más de ella también anduvo pronto por los caminos del ensayo y de la crítica; y, como pocos, destejió, para iluminarla, la relación entre lo literario, lo nacional, lo patrio.
«Recuerdo aquellas sesiones de Lo cubano en la poesía en el Lyceum femenino de La Habana, que entonces presidía Vicentina Antuña, entre noviembre y diciembre de 1957 (…) La Patria se nos revelaba dolorosa y gozosamente en medio de la sangrienta lucha de aquellos días. Sin saberlo nos estábamos preparando para un triunfo que todavía parecía imposible. Hoy siento que aquel libro (…) era mi despedida del mundo anterior a la Revolución. Y fue también, en cuanto testimonio de la raíz poética de nuestra historia, mi umbral hacia ella».
No en balde dijo Eusebio Leal que Cintio era una de las columnas de la cultura cubana. El legado del Premio Nacional de Literatura (1988) hay que buscarlo, además de en la obra impresa, en sus libros y en las múltiples revistas que animó o para las que escribió, también en la Biblioteca Nacional, en el Centro de Estudios Martianos, en la Asamblea Nacional… siempre con la ética como respuesta a la búsqueda del sentido de la vida.
Su empeño puso la claridad de Ese sol del mundo moral en el pensamiento cubano, justo como colocó en muchas manos jóvenes los Cuadernos Martianos. Todo tendía a que no se apagara un rescoldo en el que creía fielmente: «la infinitud cualitativa de la vocación esencial del cubano por su integridad: vivir en lo libre».
De acuerdo con el acucioso investigador que fuera Enrique Saínz, la vastísima obra del poeta, ensayista, narrador, investigador, traductor y conferenciante Cintio Vitier, lo convierte por sus inquietudes, búsquedas, angustias, alegrías y calidades de la más alta estirpe, en un ejemplo de humanista cubano, latinoamericano y universal.
Su renacimiento constante tiene que ver con ese ejemplo para el hoy: hacer de Martí verbo vivo, fundar sobre la eticidad, creer en la grandeza de lo cubano y defender la cultura como un bastión más –y uno de los esenciales– para la lucha.
Yeilén Delgado Calvo | nacionales@granma.cu
24 de septiembre de 2026 18:09:39

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