lunes, mayo 04, 2015

Baltimore y la otra cara de la “democracia” imperialista



La revuelta en las calles de Baltimore exigiendo “Justicia por Freddie Gray”, el joven afroamericano asesinado por la policía, hizo recordar las imágenes vistas hace meses en Ferguson. En uno y otro caso, no se trata de “policías interactuando con individuos” como reflexionó el presidente Obama. Es la muestra de la verdadera cara de la “democracia” imperialista “puertas adentro”.

El presidente Barack Obama condenó que en Baltimore se haya desatado la violencia "sin sentido" y aclaró que los activistas deben ser tratados "como criminales". Luego reflexionó que “Hemos visto demasiados ejemplos de lo que parecen ser policías interactuando con individuos, sobre todo con afroamericanos, a menudo pobres, de forma tal que generan preguntas inquietantes”. Así, el primer presidente afroamericano de Estados Unidos se refería al reclamo de miles de manifestantes que piden “Justicia por Freddie Gray”, criminalizando a los jóvenes afroamericanos y reduciendo a una “interacción inquietante” lo que es una verdadera política de estado, el racismo.
Si los bombardeos, invasiones e injerencia norteamericana han sido la muestra más gráfica de la política exterior imperialista durante años, la rebelión de los jóvenes afroamericanos se da contra la opresión imperial “puertas adentro”, como explica el artículo Ferguson: ¿el fin de la ilusión posracial?.
Esto fue puesto en evidencia en Ferguson. Los manifestantes decían “Están haciendo en casa, lo que hacen afuera” en referencia a las invasiones en Medio Oriente o "¿Usted nos va a disparar? ¿Es ésta la Franja de Gaza?” cuando la Guarda Nacional, que había militarizado la ciudad, se disponía a reprimir.
Allí se vieron las imágenes de tanques ingresando en esa pequeña ciudad y policías equipados para la guerra. El denominado “Programa 1033” del Departamento de Defensa de Estados Unidos estableció la transferencia del material militar sobrante del Ejército hacia las policías locales. Según la Agencia de Logística de ese organismo, solo durante 2013 se han transferido pertrechos militares por 449 millones de dólares.
Según un análisis del New York Times, desde el 2006, los departamentos de policía han adquirido 435 vehículos blindados, 533 aviones, 93.763 ametralladoras y 432 camiones blindados resistentes a las minas.
Los recursos utilizados en la llamada “guerra contra el terrorismo” se vuelven hoy contra aquellos sectores que cuestionan la desigualdad social y el racismo.
Esta verdadera fuerza de ocupación fue vista por millones en el mundo y llegó a crear lazos “virtuales” de solidaridad que unían a Ferguson con Gaza, que en ese momento era bombardeada por Israel.
Estados Unidos bombardea Pakistán con Drones (aviones piloteados a control remoto). Esos bombardeos, que son parte de la política guerrerista en Medio Oriente, han dejado según el sitio thebureauinvestigates.com, la brutal cifra de 290 civiles muertos y 64 niños asesinados desde el 2009 al 2012.
Pero esa cifra es menor a los 313 afroamericanos que fueron asesinados en Estados Unidos, según el sitio Ocuppy.com, por la policía u otra fuerza de seguridad en 2012, el 40% de ellos tenía entre 22 y 31 años. La página web ProPublica se concentra en los jóvenes de 15 a 19 años y encuentra que los afroamericanos, en este grupo de edad, tienen 21 veces más posibilidades de ser asesinados por la policía.
La tasa de desempleo es del doble entre la comunidad negra (12%) que entre los blancos (6%). La población carcelaria estadounidense está compuesta por individuos afroamericanos en un 37%, mientras constituyen sólo el 12,6% de la población general. El 28 % de los hogares negros vivía en la pobreza en 2011, casi tres veces más que los hogares blancos. La pobreza solo refuerza la discriminación: por ejemplo, entre las personas que no completan el secundario, el 20,5 % de las negras no tiene trabajo, mientras que este porcentaje no llega a la mitad (9,7 %) entre las blancas.
La magnitud de estas cifras se acrecienta si tenemos en cuenta que, aunque es la primera minoría, la población afroamericana en Estados Unidos representa solo el 13 %.
Para darse una idea de cómo afecta el racismo en la calidad de vida de los afroamericanos podemos ver un estudio de WAVE, entre jóvenes de distintas ciudades del mundo, que indica “los adolescentes en Baltimore y Johannesburgo (Sudáfrica), a pesar de estar ubicados en países ricos comparativamente, tuvieron resultados de salud peores (que Ibadan o Nueva Delhi las otras ciudades tomadas en la muestra) y tendían a percibir sus comunidades más negativamente”, y continúa “En Baltimore, que se encuentra en la nación más rica del mundo y a sólo 40 millas de la Casa Blanca, los adolescentes mostraron considerablemente, altas tasas de problemas de salud mental, abuso de sustancias, violencia sexual y embarazo adolescente”
Estos datos muestran como, a pesar de las grandes conquistas en derechos civiles que produjeron las movilizaciones de los años 60, el racismo es una parte fundamental de la política implantada por las clases dominantes en Norteamérica. Como se explica en el artículo de Ferguson: ¿El fin de la ilusión posracial? “El triunfo de un presidente negro fue un acontecimiento de enorme peso simbólico. Obama se transformó en emblema de las aspiraciones de la comunidad afroamericana, hija de la esclavitud, y presa de la violencia y la discriminación racial. Pero esa llegada al poder fue una expresión del ascenso y la cooptación de una elite minoritaria negra presente en la clase dominante y el establishment político, y no de la superación del racismo.”

Diego Sacchi
@sac_diego

domingo, mayo 03, 2015

El apocalipsis llegó para salvarnos



El cine ha tenido siempre una componente ideológica, y en tiempos de crisis recurre a la fantasía para articular discursos que defienden, o cuestionan, las instituciones del poder. Aquí reflexionamos sobre los géneros que han servido a este propósito.

Dice Slavoj Zizek, hablando de Hijos de los hombres, que la imagen de una cosa se parece más a esa cosa que la cosa en sí. De esta manera, redefine la película de Alfonso Cuarón y nos la muestra como una obra realista que, lejos de lo que aparenta, no está hablándonos de un futuro hipotético, sino de la realidad presente. La fantasía es el mejor entorno para reflexionar críticamente sobre el mundo que nos rodea. Ofrece elementos y recursos diversos, ya sea a través de la comparación o la metáfora, poniendo en juego cuestiones morales y políticas a través de la trama argumental, de una manera que no sería posible en un drama realista.
El cine, además, es un territorio abonado para la reelaboración actualizada del mito, en tanto es capaz de provocar en el público un intenso proceso de identificación, lo que le convierte en una herramienta de propaganda de primer orden. Como tal, es en tiempos de crisis cuando adquiere una mayor relevancia. El cine se consolidó como espectáculo de masas en los años 30, cuando el capitalismo parecía estar al borde del colapso, a la vez que ejercía un papel determinante a la hora de apuntalar el edificio ideológico de un sistema que se resquebrajaba.

La catástrofe como metáfora

Como cuenta Ignacio Ramonet en La golosina visual, durante el crack del 29 la industria cinematográfica vive un auge inesperado a partir de la invención del sonoro. EEUU se llena de salas de cine y el negocio termina en manos de los banqueros: “semejante apogeo no deja nada indiferentes a los financieros y, en poco tiempo, el Chase National Bank del grupo Rockefeller, y la Atlas Corporation, del grupo Morgan, tomaron el control de las ocho compañías más importantes de Hollywood”1. La industria cinematográfica se convirtió en la fábrica de sueños. La gente acudía a las salas para evadirse de la situación de miseria que asolaba el país y desde su butaca asistía a cuanto espectáculo le ofreciera una realidad alejada de la suya propia.
En esa misma época floreció el género de terror, creado por y para la crisis. Los monstruos ayudaban a exorcizar los miedos, una de las consecuencias más extendidas del crack, y revelaban, a través de la fantasía, una realidad que traslucía una profunda carga ideológica: “La película de miedo, con sus monstruos inhumanos, logra que la apagada trivialidad de la calle se convierta en algo casi familiar y también que la miseria resulte casi tolerable, soportable. Recurriendo a unos medios brutales y, sin embargo, poéticos, el cine de terror canalizará la angustia y el extravío; procurará situarlos, dejar que estallen en alaridos de terror, para luego dominarlos gracias al inevitable happy end”2.
La crisis de los setenta no es sólo económica. Esta viene acompañada por una crisis institucional, que pone en cuestión los valores que fundamentan una sociedad ya por entonces profundamente tecnológica. El encarecimiento del petróleo, la derrota en la guerra del Vietnam y el caso Watergate harán temblar la confianza en las principales instituciones del estado más poderoso del mundo, el dólar, el ejército y el presidente. En este contexto surgió el llamado cine de catástrofes, que vino a revitalizar una industria que se encontraba en una pésima situación provocada por el auge de la televisión.
Las películas de catástrofes reproducen un modelo mítico a través del cual las instituciones sociales, unas instituciones representadas generalmente por una autoridad corrompida por su ambición, se desmoronan ante un agente externo, generalmente relacionado con “los cataclismos anunciados por Juan el Evangelista en el Apocalipsis”3.
Pero no es el fin del mundo lo que azota a las y los protagonistas. La acción transcurre en un entorno reducido, una ciudad, un pueblo, un barco o algún otro artefacto, modelo de la nueva era tecnológica. Una vez producido el cataclismo, un héroe, que representa los valores puros de una institución superada por los acontecimientos, logrará la salvación de quienes le acompañen, en un periplo que supondrá la búsqueda y recuperación de esos valores perdidos: “Los protagonistas de estas obras encarnan y defienden siempre esa extraña muestra de individualismo y civismo que se asocian tópicamente a los ‘valores norteamericanos’.”4
No se trata pues de una forma de crítica institucional, sino todo lo contrario. De hecho, en muchas ocasiones es un representante electo el que encarna esta crisis de valores que precede a la catástrofe, y que se traduce en la incapacidad de atender a las demandas del héroe. Este forma parte de una institución no democrática, ejército o policía, y es capaz de percibir las señales de lo que está por venir porque piensa sobre todo en “proteger y servir”: “Con toda su mítica ingenuidad, estas películas nos manifiestan su anhelo de que determinados aparatos represivos, como el ejército o la policía, o ciertos ‘hombres providenciales’, se encarguen de restaurar, de reconstruir, una sociedad en crisis, aunque para ello haya que sacrificar la democracia”5.

La historia del fin

La crisis actual se produce en un contexto diferente a las dos anteriores, y no ha dado lugar a un fenómeno cinematográfico tan concreto y con una repercusión tan marcada como el cine de terror en los 30 o el de catástrofes en los 70. Sí ha tenido sus manifestaciones en la gran pantalla, reflejando a través de unos efectos especiales digitales cuya evolución ha permitido reproducir mundos ficticios con un realismo como nunca antes se había visto, los miedos de una sociedad que parece desintegrarse ante múltiples amenazas.
La caída del muro de Berlín fue la antesala de un proceso de globalización neoliberal que pareció difuminar las fronteras y hacer más pequeño el mundo. Eso tuvo su reflejo en el cine. La catástrofe siguió siendo el elemento central que servía de metáfora para representar la crisis. Sin embargo, el lugar de la catástrofe ya no era un espacio cerrado sino el mundo entero, o una parte significativa del mismo.
Cuando la fantasía del fin de la historia fue desenmascarada por la primera guerra de Irak, aparecieron películas como Independence Day de Roland Emmerich (1996) o de Michael Bay (1998), donde una amenaza exterior pone en peligro la supervivencia del mundo y obliga a las instituciones del poder, en el caso de Independence Day al mismísimo presidente de EEUU pilotando un avión de combate, a liderar una respuesta resuelta y heroica para superar una crisis cuya única consecuencia posible es la extinción. Se trata de películas de propaganda que intentan alertar sobre un nuevo enemigo y reforzar la confianza en el gobierno y el ejército.
El siglo XXI trajo consigo crisis mucho más profundas que han puesto en cuestión las instituciones del capitalismo global. El terrorismo internacional, el cambio climático y el estallido de la burbuja inmobiliaria nos han arrojado a un mundo mucho más inestable y peligroso, más injusto y violento, más frágil, gobernado por instituciones incapaces o directamente corruptas.
Así pues, en el siglo XXI, las amenazas cinematográficas van un paso más allá, no hay institución que les haga frente, ni ejército ni gobierno. Se hace necesario volver a exorcizar el miedo mediante ficciones que arrojan a la humanidad a un mundo pos apocalíptico en el que la sociedad se desintegra, y un puñado de supervivientes debe hacer frente a una nueva situación donde los viejos valores ya no sirven.
Curiosamente, el modelo mítico al que hace referencia este tipo de películas no es el Apocalipsis, sino el “diluvio universal”. Una historia popularizada por el Antiguo Testamento pero que ya se encuentra en la Epopeya de Gigamesh. Una catástrofe provocada por un agente externo acaba con una sociedad sumida en una crisis de valores. Los y las supervivientes deberán luchar por sobrevivir y reencontrar los valores perdidos que les permitan volver a empezar. Un modelo que se repite, pero que adquiere diferentes formas y matices.
Enlazando con las películas de la década de los noventa ya comentadas, encontramos una serie de obras que se desarrollan en torno a la aparición súbita de una amenaza exterior. Una invasión extraterrestre, La guerra de los mundos de Steven Spielberg (2005), Monsters de Gareth Edwards (2010), Invasión a la tierra de Jonathan Liebesman (2011), Battleship de Peter Berg (2012); monstruos de otra dimensión como en Pacific Rim de Guillermo del Toro (2013), o cataclismos de origen solar que acabarán con la vida en la tierra como en Señales del futuro de Alex Proyas (2009) o 2012 de Roland Emmerich (2009). En la mayoría de estas películas, el gobierno y el ejército son el último bastión de defensa de la humanidad, defensores además de los valores morales fundamentales, el sacrificio, el valor, la familia.

Devorándonos mutuamente

Más complejas y ambiguas son aquellas películas que abordan el peligro del enemigo interior. Generalmente una enfermedad, ya sea de origen desconocido o creada por el hombre para la guerra bacteriológica. Muestran por un lado el peligro que entraña la pérdida de control sobre las fuerzas desatadas por la ciencia, la ambición o el poder, y por otro, constituyen una metáfora de la maldad oculta dentro del ser humano, capaz de devorarnos unos a los otros si las circunstancias nos empujan a ello. Es el caso de las películas de muertos vivientes, Survival of the dead de George A. Romero (2009) o la muy aclamada serie The Walking Dead, donde el mayor peligro proviene de los vivos en su lucha despiadada por sobrevivir. El grupo de supervivientes que transitan por un mundo infestado de caminantes, ven como sus viejos valores chocan constantemente con una realidad que les empuja a la violencia e incluso a la crueldad. El protagonista, un policía convertido en líder natural, encarnará la figura del héroe llamado a mantener la firmeza moral y a la vez a proteger a los suyos a toda costa, enfrentándose al dilema de ejercer una autoridad despótica y absoluta o permitir un cierto grado de democracia.
Otras películas como Soy leyenda de Francis Lawrence (2007) o Guerra mundial Z de Marc Forster (2012), parecen optar por una visión más trascendente e incluso religiosa. Si el mal está dentro de nosotros, aunque introducido desde fuera, la cura a este mal también viene de dentro, y deberemos llegar a ella a través de un acto de fe, que en el caso de la primera incluye un sacrificio mesiánico.
Paradigmático resulta el caso de la serie Last Ship, donde se hace valer la frase de José Antonio Primo de Rivera: “A última hora, siempre ha sido un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización”. A la tripulación de un barco de la marina americana le toca ejercer esa función. A bordo, una bióloga que deberá descubrir la cura para la enfermedad que ha destruido a la mayor parte de la humanidad y ha sumido el mundo entero en el caos. La fidelidad a ultranza de los soldados, y especialmente de sus líderes, a los valores que representa la institución extinta a la que pertenecen, aparecerá, un capítulo tras otro, como garante de una labor, la investigación científica, a todas luces secundaria.
Mención especial merecen dos obras que huyen de algunos de estos elementos comunes. El tiempo del lobo de Michael Haneke (2003) y The road de John Hillcoat (2009) eluden cualquier referencia a la causa de la catástrofe que ha conducido a la humanidad a una situación límite en la que debe enfrentarse cara a cara con el lado más oscuro de su propia naturaleza. Aquí no hay héroes ni instituciones que luchan por recuperar antiguos valores. Sólo la necesidad de sobrevivir que pondrá al débil a la merced del fuerte en un mundo sin moral, donde el único recurso de que se dispone es uno o una misma y no queda más remedio que desconfiar del resto, si no enfrentarse a ellos directamente y sin preguntar. Se trata sin duda de un enemigo interior, el individuo sin vínculos sociales. En el caso de The Road, se verá al final un atisbo de esperanza en la pervivencia de la unidad familiar como primer eslabón en el que se pueden desarrollar de nuevo esos vínculos y hacer de la vida algo mínimamente soportable.

La catástrofe es ahora

Las épocas de crisis, dicen, son épocas de oportunidades. El aumento del número de millonarios, la concentración de capitales y la maximización de beneficios de las grandes empresas así lo atestiguan. También la aparición de nuevos movimientos políticos y ciudadanos de contestación y denuncia. Pero la industria del cine sigue estando en manos de los primeros. No es raro que en momentos como estos, construyan relatos en los que los desastres que ellos mismos están creando sirven para justificarse a sí mismos.
Pero hay algunas películas que se alejan de ese objetivo. La ya nombrada Hijos de los hombres de Alfonso Cuarón (2006), V de Vendetta de James McTeigue (2006), Los juegos del hambre de Gary Ross (2012) o Elysium de Neill Blomkamp (2013), nos muestran regímenes totalitarios, mundos devastados por el deterioro ecológico o el aumento de las diferencias de clase, donde la violencia de las instituciones ha sido el único recurso para mantener la paz y la seguridad de los de arriba, sacrificando la democracia y sus valores.
Si la catástrofe sirve para alertar del peligro que supone que el ser humano pierda toda confianza en las instituciones que le gobiernan, ya que sin ellas está abocado a la lucha atroz por la supervivencia, estas otras películas conforman más bien una imagen inversa de las primeras, donde las instituciones consiguen perpetuarse a pesar de la crisis, condenándonos a un mundo degradado en lo ecológico, lo social o lo político. Son, a la vez, una imagen de la realidad presente, como explica Zizek, que nos llama, tal vez, a la subversión.

Manel Barriere Figueroa (@manelbf1977), militante de En lucha / En lluita

Artículo publicado en la revista anticapitalista La hiedra (@RevistaLaHiedra)

http://lahiedra.info/el-apocalipsis-llego-para-salvarnos/

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Notas:

1. Ramonet, Ignacio, 2000: La golosina visual. Madrid: Editorial Destino, p. 44.
2. Ibid., p. 46-47.
3. Ibid., p. 58.
4. Ibid., p. 61.
5. Ibid., p. 61-62.

¿Qué pretende Hitler?



Nota introductoria de Pepe Guitérrez-Álvarez.

Se cumple setenta años de la muerte de Adolf Hitler, un pretexto tan bueno como cualquier otra para reflexionar sobre su ascenso y su caída. Lo es quizás especialmente por cuanto el personaje como lo que significa está siendo tratado desde unos grados de canalización insoportable. Para encontrar ejemplos no es necesario ir hasta la caverna o citar personajes como Esperanza Aguirre y Cia, por no hablar de los barones del PSOE que evocan el nazismo para enfocar el derecho a decidir de los catalanes, baste aproximarse a artículos como Desde la cervecería al bunker (aparecido en la “cuarta página” de El País, 26-04-2015), de alguien con el currículo de José Álvarez Junco, en el que el personaje aparece totalmente desligado de los intereses que representó, de la época, de las contradicciones inter-imperialistas y de cualquier reflexión de calado. Podría parecer que todas las grandes aportaciones sobre el personaje no hubieran existido. Para contrarrestar tanta ceguera, creo que pueden servir texto como este de León Trotsky, aparecido con el título de Por un frente único obrero contra el fascismo (Carta a un obrero comunista alemán, miembro del partido comunista alemán), escrito: el 8 de diciembre de 1931 y publicado por vez primera: En el Biulleten 0ppozitsii, n.º 27, marzo de 1932, bajo el título de “¿En qué es errónea la política actual del partido comunista alemán?”. Su edición en castellano se hizo en la recopilación La lucha contra el fascismo. El proletariado y la revolución, aparecida en la Editorial Fontamara (Barcelona, 1980), en traducción de Mariano Fernández Enguita y Jesús Magallón, y luego reeditada por la Fundación Engels.

PG-A

Alemania vive hoy uno de sus más grandes momentos históricos; el destino del pueblo alemán, el destino de Europa y, en gran medida, el destino de toda la humanidad en los próximos decenios dependen de él. Cuando se coloca una bola en el vértice de una pirámide, un débil impulso sirve para hacerla rodar a derecha o a izquierda. Esa es la situación a la que se acerca Alemania cada hora que transcurre. Ciertas fuerzas quieren que la bola ruede hacia la derecha y rompa los riñones de la clase obrera. Otras quieren mantener la bola en el vértice. Es una utopía. Los comunistas querrían que la bola rodase hacia la izquierda y rompiese los riñones del capitalismo. No basta con querer, hay que poder. Intentemos una nueva forma de examinar tranquilamente la situación: la política que lleva a cabo actualmente el Comité Central del Partido Comunista alemán, ¿es correcta o es errónea?

¿Qué pretende Hitler?

Los fascistas aumentan muy rápidamente. Los comunistas aumentan también, pero mucho más lentamente. Este crecimiento de los dos polos demuestra que la bola no puede mantenerse en el vértice de la pirámide. El crecimiento rápido de los fascistas implica que la bola puede rodar hacia la derecha. Esto constituye un inmenso peligro.
Hitler intenta convencer de que él está en contra de un golpe de estado. Para estrangular de una vez por todas la democracia, pretende llegar al poder por la sola vía democrática. ¿Se puede creer realmente en sus palabras?
Está claro que, si los fascistas estuvieran seguros de obtener por la vía democrática la mayoría absoluta de los mandatos en las próximas elecciones, preferirían quizás esta vía. De hecho les está cerrada. Sería estúpido pensar que los nazis se desarrollarán durante un largo período al ritmo actual. Tarde o temprano, su receptáculo social se secará.
El fascismo encierra dentro de sí tan terribles contradicciones que se aproxima el momento en que el flujo dejará de compensar el reflujo. Este momento puede llegar mucho antes de que los fascistas hayan logrado reunir la mitad de los votos. Les será imposible pararse porque no tendrán nada nuevo que esperar. Se verán obligados a recurrir al golpe de estado.
Pero incluso sin hablar de eso, la vía democrática está vedada a los fascistas. El crecimiento formidable de los antagonismos políticos en el país y, sobre todo la agitación de los bandidos fascistas tendrán forzosamente como consecuencia que, cuanto más cerca de la mayoría estén los fascistas, más se calentará al rojo la atmósfera y más se multiplicarán las escaramuzas y los combates. En esta perspectiva, la guerra civil es absolutamente inevitable. La cuestión de la toma del poder por los fascistas se resolverá, no por medio del voto, sino por medio de la guerra civil que los mismos fascistas preparan y provocan.
¿Se puede imaginar por un solo instante que Hitler y sus consejeros no lo comprendan ni lo prevean? Sería tomarlos por imbéciles. No hay mayor crimen en política que contar con la estupidez de un enemigo poderoso. Puesto que Hitler no puede dejar de comprender que el camino del poder pasa por una guerra civil muy dura, sus discursos sobre la vía democrática y pacífica no son, pues, más que una cobertura, es decir, un ardid de guerra. Hay, pues, que estar tanto más en guardia.

¿Que esconde la estratagema de Hitler?

Sus cálculos son totalmente claros y evidentes: intenta adormecer al adversario con la perspectiva más lejana del crecimiento parlamentario de los nazis, para darle, una vez adormecido, en el momento favorable, un golpe mortal. Es perfectamente posible que la admiración de Hitler por el parlamentarismo democrático deba ayudarle en un próximo futuro a realizar una coalición en la que los fascistas ocuparán los puestos más importantes y se servirán de ello… para un golpe de estado. En efecto, es mas que evidente que la coalición del Centro con los fascistas sería, no una etapa hacia la solución “democrática” del problema, sino que serviría de trampolín para un golpe de estado en las condiciones más favorables para el fascismo.

Hay que apuntar de cerca

Todo demuestra que el desenlace , incluso independientemente de la voluntad del estado mayor fascista, se producirá en el transcurso de los próximos meses, si no de las próximas semanas. Esta circunstancia tiene una enorme importancia para la elaboración de una política correcta. Si se admite que los fascistas van a tomar el poder dentro de dos o tres meses, será diez veces más difícil batirse contra ellos el año que viene que no éste. Los planes revolucionarios de todo tipo elaborados a dos, tres o cinco años vista, no son más que charlatanería lamentable y vergonzosa si la clase obrera deja a los fascistas llegar al poder en los dos, tres o cinco próximos meses. En las operaciones militares, como en la política de los momentos de crisis revolucionaria, el factor tiempo tiene una importancia decisiva.
Para ilustrar esta idea, tomemos un ejemplo. Hugo Urbahns, que se considera como un “comunista de izquierda”, declara que el partido comunista alemán ha fracasado, que está muerto políticamente, y propone construir un nuevo partido. Si Urbahns tuviese razón, esto significaría que la victoria de los fascistas estaba asegurada, porque son necesarios años para crear un nuevo partido (además, no está probado que el partido de Urbahns vaya a ser mejor que el de Thaelmann: cuando Urbahns estaba a la cabeza del partido no había menos errores).
Si el fascismo conquistase efectivamente el poder, esto significaría no solamente la liquidación física del partido comunista, sino también su fracaso político total. Los millones de obreros que forman el proletariado no perdonarían jamás a la Internacional Comunista y a su sección alemana una derrota vergonzosa, infligida por bandas de polvareda humana. Es por esto por lo que la llegada de los fascistas al poder haría necesaria, según todos los indicios, la creación de un nuevo partido y de una nueva internacional. Sería una catástrofe histórica espantosa. Sólo los verdaderos liquidadores, los que se refugian detrás de frases vacías, los que se preparan de hecho a capitular cobardemente antes del combate, consideran desde ahora que todo eso es inevitable. Nosotros, los bolcheviques-leninistas, a quienes los stalinistas califican de “trotskistas”, no tenemos nada en común con esa gente.
Nosotros estamos firmemente convencidos de que la victoria sobre los fascistas es posible, no después de su Regada al poder, no después de cinco, diez o veinte años de dominación por su parte, sino hoy, en la situación actual, en los próximos meses o a las próximas semanas.

Thaelmann considera que la victoria del fascismo es inevitable

Para vencer es necesaria una política correcta. Esto implica en particular que hace falta una política adaptada a la situación actual, al reagrupamiento actual de fuerzas, y no calculada para una situación que deba llegar dentro de uno, dos o tres años, cuando el problema del poder esté ya resuelto desde hace tiempo.
Todos los males vienen de que la política del comité central del partido comunista alemán está basada, en parte conscientemente y en parte inconscientemente, en el reconocimiento del carácter inevitable de la victoria del fascismo. En efecto, en su llamamiento en favor del “frente único rojo”, publicado el 29 de noviembre, el comité central del partido comunista alemán parte de la idea de que es imposible vencer al fascismo sin haber vencido previamente a la socialdemocracia alemana. Thaelmann repite esta idea en todos sus artículos. ¿Es correcta esta idea? A escala histórica, es completamente cierta. Pero eso no significa en absoluto que se puedan resolver las cuestiones que están a la orden del día gracias a ella, es decir, contentándose con repetirla. Esta idea, correcta desde el punto de vista de la estrategia revolucionaria en su conjunto, se convierte en una mentira, incluso en una mentira reaccionaria, una vez que se traduce al lenguaje de la táctica. ¿Es cierto que para hacer desaparecer el paro y la miseria hay que destruir previamente el capitalismo? Es cierto. Pero sólo el último de los imbéciles sacará la conclusión de que no debemos combatir hoy con todas nuestras fuerzas contra las medidas que permiten al capitalismo aumentar la miseria de los obreros.
¿Se puede esperar que el partido comunista derribe a la socialdemocracia y al fascismo en los próximos meses? Ninguna persona con sentido común, que sepa leer y contar, se arriesgaría a una afirmación semejante. Políticamente, el problema se plantea así ¿Se puede hoy en día, en el transcurso de los próximos meses, es decir, a pesar de la presencia de una socialdemocracia todavía muy potente aunque debilitada, oponer una resistencia victoriosa al ataque del fascismo? El comité central del partido comunista alemán responde negativamente. En otras palabras, Thaelmann considera la victoria del fascismo como inevitable.

¡Volvamos a la experiencia rusa!

Para presentar mi idea lo más clara y concretamente posible, voy a retomar la experiencia del levantamiento de Kornilov. El 26 de agosto de 1917 (según el viejo calendario), el general Kornilov lanza un destacamento de cosacos y una división salvaje sobre Petrogrado. En el poder estaba Kerensky, agente de la burguesía y aliado de Kornilov en un setenta y cinco por ciento. Lenin se encontraba en la clandestinidad, acusado de estar al servicio de los Hohenzollern; en esta época, yo estaba encerrado por la misma acusación en una celda de la cárcel de Kresty. ¿Cuál fue entonces la actitud de los bolcheviques? También tenían derecho a decir: “Para vencer a la banda de Kornilov, hay que vencer a la banda de Kerensky”. Lo dijeron más de una vez, porque era correcto y necesario para toda la propaganda futura. Pero eso era absolutamente insuficiente para resistir al Kornílov el 26 de agosto y en los días siguientes, e impedirle ahogar al proletariado de Petrogrado. Es por esto por lo que los bolcheviques no se contentaron con lanzar un llamamiento general a los obreros y a los soldados: “¡Romped con los conciliadores y apoyad el frente único rojo de los bolcheviques! ” No, los bolcheviques propusieron a los socialistas revolucionarios y a los mencheviques un frente único de combate, y crearon con ellos organizaciones comunes para la lucha. ¿Era esto correcto o incorrecto? Que me responda Thaelmann. Para mostrar todavía más claramente cómo se presentaba el frente único, recordaré el episodio siguiente: liberado de la cárcel gracias a una fianza desembolsada por las organizaciones sindicales, fui directamente desde mi celda a una sesión del Comité de Defensa Popular, donde junto con el menchevique Dan y el socialista revolucionario Gots, que eran los aliados de Kerensky y que me habían mantenido en la cárcel, examiné y resolví los problemas de la lucha contra Kornilov. ¿Era esto correcto o incorrecto? Que me responda Remmele.

¿Es Brüning un “mal menor”?

La socialdemocracia apoya a Brüning, vota por él, asume la responsabilidad de su política ante las masas basándose en la afirmación de que el gobierno Brüning es un “mal menor”. Este es el punto de vista que intenta atribuirme la Rote Fahne, bajo el pretexto de que yo he protestado contra la participación estúpida y vergonzosa de los comunistas en el referéndum de Hitler. Pero, ¿es que acaso la oposición de izquierda alemana, y yo en particular, hemos pedido que los comunistas voten por Brüning y le den su apoyo? Nosotros, como marxistas, consideramos tanto a Brüning y a Hitler como a Braun como los representantes de un único y mismo sistema. El problema de saber cuál de entre ellos es un “mal menor” carece de sentido, porque su sistema, contra el cual luchamos nosotros, necesita de todos sus elementos. Pero hoy estos elementos están en conflicto, y el partido del proletariado debe utilizar absolutamente este conflicto en interés de la revolución.
En una gama hay siete notas. Preguntarse cuál de las notas es la mejor, si do, re o sol, no tiene sentido. Sin embargo, el músico debe saber cuándo y qué tecla golpear. Preguntarse quién es el mal menor, si Brüníng o Hitler, carece también de sentido. Pero hay que saber cuál de estas teclas golpear. ¿Está” claro? Para los que no lo comprendan, tomemos un ejemplo más. Si uno de mis enemigos me envenena cada día con pequeñas dosis de veneno, y otro quiere darme un tiro por detrás, yo arrancaré primero el revólver de las manos del segundo, lo que me dará la posibilidad de terminar con el primero. Pero esto no significa que el veneno sea un “mal menor” en comparación con el revólver.
La mala suerte ha querido que los jefes del partido comunista alemán se hayan colocado en el mismo terreno que la socialdemocracia, contentándose con invertir los signos: la socialdemocracia vota por Brüning calificándolo de mal menor; los comunistas, que se niegan terminantemente a confiar en Brüning y Braun (y tienen toda la razón), han descendido a la calle para apoyar el referéndum de Hitler, es decir, la tentativa de los fascistas de derrocar a Brüning. Así, han reconocido que Hitler es un mal menor, puesto que una victoria en el referéndum llevaría al poder a Hitler, y no al proletariado. ¡A decir verdad, uno se siente un poco embarazado de explicar una cosa tan elemental! Está mal, muy mal, que músicos como Remmele, en lugar de distinguir las notas, toquen el piano con las botas.

No se trata de los obreros que han dejado la socialdemocracia, sino de los que se quedan con ella

Miles y miles de Noske, de WeIs y de Hilferding preferirían a fin de cuentas el fascismo antes que el comunismo. Pero para ello deben romper definitivamente con los obreros, lo que no han hecho todavía hoy. La socialdemocracia, con todos sus antagonismos internos entra hoy en un conflicto agudo con los fascistas. Nuestra tarea es utilizar este conflicto, y no reconciliar en el momento crucial a los dos adversarios contra nosotros.
Ahora hay que volverse contra el fascismo formando un solo frente. Y este frente de lucha directa contra el fascismo, formado por todo el proletariado, hay que utilizarlo para un ataque por el flanco, pero tanto mas eficaz,contra la socialdemocracia.
Hay que mostrar en la práctica la mayor disposición para formar con los socialdemócratas un bloque contra los fascistas en todas partes donde estén dispuestos a adherirse a este bloque. Cuando se dice a los obreros socialdemócratas: “Abandonad vuestro partido y uníos a nuestro frente único, al margen de todo partido”, no se hace más que añadir una frase huera a millares de otras. Hay que saber arrancar a los obreros de sus jefes en la acción. Y la acción, ahora, es la lucha contra el fascismo.
No hay duda alguna de que hay y habrá obreros socialdemócratas dispuestos a pelear contra el fascismo codo con codo con los obreros comunistas, y eso independientemente e incluso contra la voluntad de las organizaciones socialdemócratas. Evidentemente, hay que establecer los lazos mas estrechos posibles con estos obreros de vanguardia. Pero, por el momento, son poco numerosos. El obrero alemán está educado en un espíritu de organización y de disciplina. Eso tiene su lado bueno y su lado malo. La aplastante mayoría de los obreros socialdemócratas quiere pelear contra los fascistas, pero, por el momento, todavía, únicamente junto con sus organizaciones. Es imposible saltarse esta etapa. Debemos ayudar a los obreros socialdemócratas a verificar en la práctica -en una situación nueva y excepcional- lo que valen sus organizaciones y sus jefes cuando es cuestión de vida o muerte para la clase obrera.

Hay que imponer a la socialdemocracia el bloque contra los fascistas

El destino quiere que haya en el comité central del partido comunista numerosos oportunistas aterrorizados. Han oído decir que el oportunismo es el amor a los bloques. Es por lo que están contra los bloques. No comprenden la diferencia que puede existir entre un arreglo a nivel parlamentario y un acuerdo de combate, incluso el más modesto, a propósito de un huelga o de la protección de los obreros tipógrafos contra las bandas fascistas.
Los acuerdos electorales, los regateos parlamentarios concluidos entre el partido revolucionario y la socialdemocracia suelen servir, por regla general, a la segunda. Un acuerdo práctico de cara a acciones de masas, por objetivos de lucha, se hace siempre, en provecho del partido revolucionario. El Comité Anglo-Ruso era una forma inadmisible de bloque entre dos direcciones, bajo una plataforma política común, imprecisa, engañosa y que no obligaba a ninguna acción. Mantener ese bloque durante la huelga general, en la que el Consejo General jugó el papel de rompehuelgas, llevó a los stalinistas a practicar una política de traición.
¡Ninguna plataforma común con la socialdemocracia o los dirigentes de los sindicatos alemanes, ninguna publicación, ninguna bandera, ningún cartel común! ¡Marchar separados, golpear juntos! ¡Ponerse de acuerdo únicamente sobre la manera de golpear, sobre quién y cuándo golpear! Uno puede ponerse de acuerdo con el diablo, con su abuela e incluso con Noske y Grzesinsky. Con la única condición de no atarse las manos.
En fin, hay que poner a punto rápidamente un conjunto práctico de medidas, no con el fin de “desenmascarar” a la socialdemocracia (ante los comunistas), sino con el objetivo de luchar efectivamente contra el fascismo. Este programa debe tratar de la protección de las fábricas, la libertad de acción de los comités de fábrica, la intangibilidad de las organizaciones y las instituciones obreras, el problema de los depósitos de armas de los que puedan apoderarse los fascistas, de las medidas a tomar en caso de peligro, es decir sobre las acciones de lucha de los obreros comunistas y socialdemócratas, etc.
En la lucha contra el fascismo corresponde un lugar inmenso a los comités de fábrica. Sobre este punto, hace falta un programa de acción particularmente preciso. Cada fábrica debe transformase en una fortaleza antifascista con su mando y sus destacamentos de combate. Hay que conseguir el plano de los cuarteles y de otros focos fascistas en cada ciudad, en cada distrito. Los fascistas intentan sitiar los focos revolucionarios. Hay que sitiar al sitiador. El acuerdo en este terreno con las organizaciones sindícales y socialdemócratas es no solamente admisible, sino también obligatorio. Rechazarlo en nombre de consideraciones “de principio” (de hecho por estupidez burocrática o, peor todavía, por cobardía) lleva a ayudar directamente al fascismo.
Desde noviembre de 1930, es decir, desde hace un año, hemos venido proponiendo un programa práctico de acuerdo con los obreros socialdemócratas[1]. ¿Qué se ha hecho en este sentido? Casi nada. El comité central del partido comunista se ha ocupado de todo menos de lo que constituía su tarea central. ¡Qué de tiempo precioso se ha perdido! A decir verdad, no queda mucho. El programa de acción debe ser puramente practico, puramente concreto, sin ninguna “exigencia” artificial, sin ninguna segunda intención, para que todo obrero socialdemócrata pueda decirse: lo que proponen los comunistas es absolutamente indispensable para la lucha contra el fascismo. Sobre esta base, hay que arrastrar con el ejemplo a los obreros socialdemócratas y criticar a sus jefes que, inevitablemente, se opondrán al movimiento y lo frenarán. Sólo en esta vía es posible la victoria.

Una buena cita de Lenin

Los epígonos actuales, es decir, los muy malos discípulos de Lenin, adoran cubrir sus lagunas en todos los aspectos con citas que, muy a menudo, no son en absoluto apropiadas. Para un marxista, no es la cita, sino el método correcto lo que permite resolver el problema. Pero con la ayuda de un método correcto no es difícil tampoco encontrar la cita conveniente. Introduciendo al punto la analogía con el levantamiento de Kornilov me he dicho a mí mismo: seguramente se podrá encontrar en Lenin una interpretación teórica de nuestro bloque con los conciliadores en la lucha contra Kornilov. Y efectivamente, en la segunda parte del tomo XIV de la edición rusa, he encontrado las siguientes líneas de una carta de Lenin al comité central, que data de comienzos de septiembre de 1917:
“Incluso ahora, no debemos apoyar al gobierno de Kerensky. Sería faltar a nuestros principios. Se preguntará: ¿No hay que pelear contra Kornilov entonces? Evidentemente que sí. Pero no es la misma cosa, y hay un límite entre las dos; y este límite, ciertos bolcheviques lo franquean, cediendo al espíritu de “conciliación”, dejándose arrastrar por la marea de los acontecimientos.
“Nosotros hacemos y continuaremos haciendo la guerra a Kornilov, pero no apoyamos a Kerensky, al contrario, desvelamos su debilidad. Hay ahí una diferencia. Una diferencia bastante sutil, pero completamente esencial, y que no debemos olvidar.
“¿En qué consiste entonces la modificación de nuestra táctica después de la revuelta de Kornilov?
“En que modificamos la forma de nuestra lucha contra Kerensky. Sin atenuar por nada del mundo nuestra hostilidad hacia el , sin retractarnos de nada de lo que hemos dicho en contra suya, sin renunciar a derrocarle decimos: hay que tener en cuenta el momento, no intentaremos derrocarle de inmediato, le combatiremos ahora de otra forma y, más precisamente, señalando a los ojos del pueblo (que combate contra Kornilov) la debilidad y las vacilaciones de Kerensky.”
No proponemos otra cosa: total independencia de la organización comunista y de su prensa, completa libertad para la crítica comunista, incluso en lo que concierne a la socialdemocracia y los sindicatos. Sólo los oportunistas más despreciables pueden admitir la alienación de la libertad del partido comunista (por ejemplo, por la adhesión al Koumintang). Nosotros no somos de ésos.
No debemos retirar nada de nuestra crítica de la socialdemocracia. No debemos olvidar nada del pasado. Ya arreglaremos en el momento adecuado todas nuestras cuentas históricas y, entre ellas, nuestra cuenta por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg. De la misma forma, nosotros, los bolcheviques rusos, hemos presentado una cuenta global a los mencheviques y a los socialistas revolucionarios por las persecuciones, las calumnias, las detenciones, las muertes de obreros, de soldados y de campesinos.
Pero hemos presentado esta factura dos meses después de haber utilizado los arreglos de cuentas particulares entre Kerensky y Kornílov, entre los “demócratas” y los fascistas. Es sólo gracias a ello que hemos vencido.
Si el comité central del partido comunista alemán hace suya la posición que está expresada en la cita de Lenin, toda la actitud hacia las masas socialdemócratas y las organizaciones sindicales cambiará inmediatamente: en lugar de los artículos y los discursos que solamente son convincentes para los que ya están convencidos por adelantado, los agitadores encontrarán un lenguaje común con nuevos centenares de miles y millones de obreros. La diferenciación en el seno de la socialdemocracia se acelerará. Los fascistas se darán cuenta pronto de que no se trata ya de engañar a Brüning, Braun y WeIs, sino de aceptar la lucha abierta contra toda la clase obrera. Sobre esta base, se producirá inmediatamente una profunda diferenciación en el seno del fascismo. Sólo esta vía hace posible la victoria.
Pero hay que querer esta victoria. Sin embargo, entre los funcionarios comunistas hay desgraciadamente, ¡ay! carreristas miedosos y bonzos que adoran su pequeño puesto, su salario, y todavía más su piel. Estos individuos se sienten muy inclinados a hacer exhibición de frases ultraizquierdistas que disimulan un fatalismo lastimoso y despreciable. “¡No se puede luchar contra el fascismo sin haber vencido a la socialdemocracia!” dice el feroz revolucionario… mientras prepara un pasaporte para el extranjero.
Obreros comunistas, sois cientos de miles, millones, no tenéis ninguna parte adonde ir, no habrá suficientes pasaportes para nosotros. Si el fascismo llega al poder, pasará como un temible tanque sobre vuestros cráneos y vuestros espinazos. La salvación se encuentra únicamente en una lucha sin cuartel. Sólo la aproximación en la lucha con los obreros socialdemócratas puede aportar la victoria. ¡Apresuraos, obreros comunistas, porque os queda poco tiempo!

Monedero y el cascabel del gato

Ignoro sí el Wall Street Journal ha dado portada a la dimisión de Juan Carlos Monedero, opero dado el papel que esta noticia ha ocupado en la prensa nacional no me habría extrañado en absoluto. Quizás sus editores hayan considerado que se trata de un asunto local, pero aquí, en provincias, la cosa ha sido tan clamorosa que la dimisión ha tenido una repercusión mediática inicial equivalente a la del terremoto de Katmandú.
La verdad es que después de leer las “informaciones, así como algunos de los ejercicios de Podemología por parte de diferentes expertos, es dudoso que sea para tanto. No es so pena que Podemos sea una empresa registrada por unos pocos colegas y que por detrás no haya más que algunos miles de empleados como en esas películas en las que la tropa sigue a los jefes hasta los mayores peligros sin decir tan siquiera esta boca es mía.
Pero no creo que sea eso. Sin querer minimizar el protagonismo de los primeros actores, Podemos es ante todo y sobre todo una respuesta de masas a una situación insostenible para los de abajo. Su proyección electoral revela el alcance del rechazo a esta situación, un rechazo que des estar encarnado por un partido establecido lograría una mayoría electoral absoluta. Su base social es diversa, pero primordialmente está ocupada por las nuevas generaciones que protagonizaron el movimiento del 15-M, cuyos objetivos lograron el respaldo de la mayoría de población. La solución está clara, Podemos podría poner el cascabel al gato, algo que el gato (la minoría más poderosa y sus adláteres) no puede permitir, sobre todo desde Siryza venció al miedo en Grecia.
Podemos ha ocupado el escenario consiguiente a Siryza en muy poco tiempo, lo que significa, primero que el potencial está ahí; segundo, que todavía no ha hecho el trabajado desde abajo, no ha acumulado el historial de luchas y conquistas (de legitimidad) parciales, de organización articulada a todos los niveles. O sea no ha tenido el tiempo ni la experiencia que ha precedido el triunfo electoral de esta coalición de la izquierda radical, antes al contrario, Podemos es una necesidad que expresa todo lo que no se ha hecho y qué tendrá que hacer sí quiere dar el paso siguiente. Podemos tiene por lo tanto una asignatura pendiente, la asignatura probada por Sirias. Ese es su desafió, también e insistimos: justo lo que el gato quiere evitar.
No es otra cosa lo que expresan la utilización catastrofista de un conflicto del “petit comité”, de los “fundadores” que no eran cuatro reunidos en un bar sino unos cuantos cientos sino más. Tampoco es cuestión que Monedero haya padecido toda esa campaña para convertirlo en “el Bárcenas de Podemos”, una maniobra despreciable por supuesto que ha quedado en nada y que forma parte de un peaje a veces mucho más terrible. Mal estaríamos sí en un proyecto como el de ponerle el cascabel al gato sufra especialmente porque uno de sus portavoces estaría más a gusto hablando por sí mismo. Sí Monedero es un poeta, un filósofo, un estupendo francotirador, pues que diga lo que tiene que decir sin miedo a la verdad.

Pepe Gutiérrez-Álvarez

sábado, mayo 02, 2015

A cien años de “El enemigo principal está en el propio país”



En este mes de mayo se cumple un siglo de la proclama del socialista revolucionario alemán Karl Liebknecht, el grito de combate para que la clase obrera se transformara en el tercer bando en disputa en medio de la Primera Guerra Mundial imperialista.

“La socialdemocracia alemana oficial, que era el partido más fuerte, el partido dirigente, en el seno de la II Internacional, asestó el golpe más sensible a la organización internacional de los obreros. Pero también en la socialdemocracia alemana resultó más poderosa la oposición. Es el primero de los grandes partidos europeos en el que alzaron su vigorosa voz de protesta los camaradas que permanecen fieles a la bandera del socialismo. Hemos leído con alegría las revistas Lichtstrahlen y Die Internationale. Y con mayor alegría aún nos hemos enterado de la difusión en Alemania de llamamientos revolucionarios ilegales, como por ejemplo el titulado "El enemigo principal está dentro del propio país". Esto demuestra que el espíritu del socialismo vive entre los obreros alemanes, que en Alemania hay todavía hombres capaces de defender el marxismo revolucionario.” (Lenin, El socialismo y la guerra, en Marxistas en la Primera Guerra Mundial, IPS-CEIP, 2014)
En mayo de este año se cumple un siglo del manifiesto del que habla Lenin. Su autor, oficialmente apócrifo para evitar las represalias del régimen militar, aunque todos sabían de quien se trataba, fue uno de los dos principales dirigentes del ala revolucionaria del socialismo alemán, Karl Liebknecht. Circuló como una octavilla ilegal por las calles, las fábricas, los barrios obreros, los círculos socialdemócratas alemanes. Su título pasó a la historia y se convirtió en un símbolo, en una síntesis del internacionalismo obrero en una guerra imperialista.
Este folleto, fue traducido por primera vez al castellano y publicado en la compilación que publicamos desde Ediciones IPS y el CEIP León Trotsky el año pasado, “Marxistas en la Primera Guerra Mundial”, que además de textos del propio Liebknecht incluye otros de Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburg y Franz Mehring, también en su mayoría previamente inéditos en nuestro idioma. Se pueden leer dos trabajos introductorios al libro aquí y aquí.
Aquí desarrollaremos algunas ideas más para entender el significado de este documento de Karl Liebknecht y su importancia en medio de la Primera Guerra Mundial, como parte de sus actividades revolucionarias.

¿Por qué no se expresó al comienzo la oposición obrera a la guerra?

Ya declarada la guerra, el 4 de agosto de 1914 se realiza una sesión en el Parlamento alemán donde el gobierno pide la aprobación de los primeros créditos necesarios para la campaña militar. Sectores de las clases dominantes aún temían por la posible reacción de los socialdemócratas. Este partido tenía la mayor bancada en el parlamento, era poderoso, tenía detrás suyo al movimiento obrero organizado y una antigua tradición antimilitarista. Repetidamente había amenazado con usar todo ese poder para frenar una guerra imperialista europea y poner en crisis al capitalismo alemán. Sin embargo, el 4 de agosto, la bancada socialdemócrata votó por unanimidad contra su propio programa y su propia historia, aprobando los créditos de guerra. En los días siguientes, la mayoría de los otros partidos socialistas europeos hicieron lo mismo en sus respectivos países en los dos bandos. Todavía se sigue discutiendo qué es lo que llevó a la organización socialista fundada por Marx y Engels, parte de una Internacional obrera formidable, formalmente bajo la bandera del marxismo, a traicionar tan miserablemente en el momento más decisivo de su historia y para el que en teoría se había preparado. Historiadores contemporáneos sostienen que en realidad la actitud de la Segunda Internacional no fue más que hacer lo que sus bases le pedían, que una ola de nacionalismo recorría a la clase obrera de los distintos países y que, de haber actuado de otra manera, los trabajadores socialistas habrían barrido a sus dirigentes. Por lo tanto, no habría habido “traición” alguna. El principal argumento es que no hubo una oposición de masas obrera.
Sin embargo, las masas obreras solo se podían expresar colectivamente a través de sus organizaciones. Pero había solo una: la socialdemocracia, que también incluía a los sindicatos. Cinco décadas previas de construcción lenta y afirmación de una “identidad” partidaria. El 4 de agosto los dirigentes decidieron, sin consultar con sus bases, por encima de ellas, apoyar la política del gobierno. Una poderosa burocracia se había ido enquistando en el partido y quitándoles a las masas el control sobre sus propias organizaciones. Luego de la traición del 4 de agosto, ¿cómo podría manifestarse la oposición de las masas? Hay una metáfora de Lenin que puede servirnos para entender esto. Tres años después, en medio de la Revolución Rusa, propuso cambiar el nombre de su partido, quitándole el nombre de “socialdemócrata”.
Lenin decía que era necesario cambiar la vieja ropa ya demasiado sucia por las traiciones de la Segunda Internacional. Pero en 1914 la socialdemocracia era la única ropa con que contaban los obreros alemanes. Incluso el ala izquierda del Partido Socialdemócrata (SPD), que tenía como sus principales referentes a Karl Liebknecht, Rosa Luxemburg, Franz Mehring y Clara Zetkin, a diferencia de la fracción de los bolcheviques rusos, ni siquiera estaba demasiado organizada al interior del partido como una tendencia o una fracción que peleara por la dirección del partido. La razón de esto parecería residir en la concepción de partido que levantaban y que Rosa Luxemburg formuló más claramente, según la cual el partido revolucionario debía agrupar a la clase obrera en su conjunto y en todo caso las corrientes de izquierda a su interior tenderían a confluir naturalmente con la espontaneidad revolucionaria en la lucha de clases, a diferencia de la idea del partido de vanguardia que sostenía Lenin. Esta falta de organización permanente de la izquierda socialdemócrata hizo que también fuera más difícil el proceso, luego del 4 de agosto, de construir una organización alternativa.
El partido en su conjunto se había acostumbrado a una situación de décadas de nadar a favor de la corriente, de éxitos relativamente fáciles y obtenidos en forma gradual y pacífica. Un par de generaciones de dirigentes obreros y socialistas se habían formado bien lejos de los ecos de las barricadas y de la época de las persecuciones. Se habían desarrollado organizaciones del proletariado que llevaban a cabo su actividad en forma independiente en su territorio y que no se adaptaban a una unificación a nivel internacional sino de una manera muy laxa. En ese sentido, la Segunda Internacional era una unión débil de partidos obreros, predominantemente limitada a Europa. En 1890, todavía con Friedrich Engels vivo, esta organización introduce la celebración anual del 1° de Mayo para ir preparando el terreno para esa unificación. Las consignas que se levantaban en los distintos países en el Día Internacional de los Trabajadores sirvieron a la causa de obtener reivindicaciones de las clases obreras nacionales, pero muy poco a que cerraran filas como una organización cohesionada mundialmente. Es decir, tenía un aspecto positivo, por el cual se unía a los trabajadores a nivel nacional, pero al mismo tiempo generaba tendencias conservadoras, presiones a ligase muy estrechamente a la suerte de cada Estado en particular.
Estas presiones iban aumentando en los principales países desarrollados en la medida en que se arrancaban cada vez más conquistas, sin una fuerte lucha de clases y con regímenes políticos que se iban “democratizando” permitiendo que los socialistas crecieran electoralmente y ganaran grandes bancadas legislativas, incluso avizorando la posibilidad de llegar al poder por esa vía. Los socialistas, como vanguardia de los trabajadores, debían ir por delante de estas presiones y contraponer sus tendencias revolucionarias a las presiones conservadoras que sufría el movimiento obrero y expresar los intereses del conjunto de los trabajadores, particularmente los de las capas más bajas y desorganizadas, contra la burocracia sindical que expresaba a los sectores más altos. La ideología del “tránsito pacífico al socialismo” brotaba de esta integración cada vez más creciente de los partidos socialistas a sus propios Estados capitalistas, en paralelo al debilitamiento de los lazos reales con la Segunda Internacional, que se terminó transformando en una federación de partidos nacionales. La izquierda revolucionaria surgida de la socialdemocracia sacaría estas conclusiones y fundaría la Tercera Internacional en 1919 como un partido obrero internacional de combate, centralizado, que tenía como objetivo ya no la preparación de las condiciones para la emancipación del movimiento obrero en el largo plazo sino la revolución como tarea práctica, dado que las convulsiones de la época imperialista sacudían violentamente las fronteras nacionales.

¿"Mantener" las conquistas a cualquier costo?

En la época de las leyes anti-socialistas el Partido Socialdemócrata alemán no tenía un aparato de imprentas propias porque estaba sujeto permanentemente a la persecución estatal y podía perderlas. Tras la derogación de las leyes represivas de Bismarck hasta la debacle de 1914, formalmente la estrategia de los socialistas podía resumirse en valerse de la democracia capitalista para desarrollar al movimiento obrero, pero al mismo tiempo luchar contra ella, en pos de un orden social superior, el socialismo. Pero ahora en la mitad de la segunda década del siglo XX, con un aparato partidario enorme, con 91 periódicos y 65 imprentas propias, algunos dirigentes llegaron a argumentar su apoyo a la burguesía guerrerista alemana con el argumento de que haberse opuesto a la guerra hubiera significado perder todo aquello conseguido tan pacientemente. Estas presiones hacían perder de vista a la socialdemocracia el sentido estratégico de todas esas posiciones conquistadas, transformándolas en un fin en sí mismo en vez de un medio para hacer avanzar la organización y la conciencia revolucionaria de los trabajadores. “Para el partido son más importantes sus imprentas y su organización que sus principios y su dignidad”, escribía amargamente Trotsky en octubre de 1914 sobre la socialdemocracia alemana (La guerra y la Internacional, en Marxistas en la Primera Guerra Mundial, IPS-CEIP, 2014).
Una vez que los dirigentes socialdemócratas traspasaron el límite, justificaron su apoyo a la guerra en la defensa “frente a la barbarie del despotismo zarista” de las conquistas de los trabajadores alemanes. Plantearon que, mediante su colaboración patriótica y en agradecimiento por sus servicios, la burguesía lo gratificaría con el mantenimiento de la democracia, los sindicatos, sus periódicos y sus logros. Sin embargo, 1915 fue terrible para los trabajadores, y a un año de comenzada la guerra los sindicatos estaban militarizados, reinaba la ley marcial, la censura y el avasallamiento de las conquistas que se suponía que se mantendrían.

La izquierda surgida de la Segunda Internacional empieza a levantar cabeza y a anticipar las revoluciones que pondrán fin a la guerra.

Como dijimos más arriba, la gran desventaja de la izquierda del SPD era que prácticamente no estaba organizada como fracción, más allá del prestigio de sus dirigentes y su relación más estrecha con un grupo muy reducido de cuadros y el hecho de que ocuparan algún puesto importante en la estructura del partido. Según Pierre Broué “es significativo que la resistencia a la colaboración de clases y a la ‘paz civil’, lo que se conoce como mantener la lucha de clases proletaria, tuvo su expresión en la Alemania de 1914 solo donde los sectores de izquierda tenía responsabilidades efectivas, controlaban sectores del aparato o posiciones en la prensa, y donde una organización o una parte de una, podían expresar la oposición de los activistas y parte de las ‘masas’ a las políticas chovinistas de los dirigentes nacionales.” (La revolución alemana 1917-1923, Primera parte, ed. original 1971). Karl Liebknecht, que como diputado había mantenido la disciplina y el 4 de agosto, contra sus convicciones, había votado a favor de los créditos de guerra, asume que había cometido un error en ese entonces, y en la sesión de fines de 1914, donde el gobierno solicita la aprobación de nuevos créditos, declara: ”Como protesta contra la guerra, contra sus responsables y quienes la dirigen, contra la política capitalista que la originó, contra los objetivos capitalistas que persigue, contra los planes de anexión, contra la violación de la neutralidad belga y luxemburguesa, contra la dictadura militar, contra el abandono de las obligaciones sociales y políticas, de los que siguen siendo culpables el gobierno y las clases dominantes, ¡voto en contra de los créditos de guerra requeridos!” (Fundamento del voto contra la aprobación de los créditos de guerra en la sesión parlamentaria del 2 de diciembre de 1914, en Marxistas en la Primera Guerra Mundial)
Este hecho fue silenciado por todos los periódicos alemanes y europeos, por lo cual sus amigos de la izquierda del SPD tuvieron que imprimir un volante ilegal que hicieron circular por las calles para que se conociera su posición y alentar los trabajadores que se resistían a la guerra pero estaban desmoralizados por la traición de su propio partido. Rosa Luxemburg defenderá la valiente actitud de su camarada: “Cada corporación, cada comunidad importante basada en la participación de varios individuos, requiere de la disciplina, es decir, de la subordinación del individuo, sin la cual es imposible la cooperación. Sin disciplina, no serían posibles ni las fábricas, ni la educación, ni el ejército, ni el Estado. ¿La disciplina en la que se basa el Partido Socialdemócrata es esta misma? ¡No, en absoluto! Hay un contraste directo entre la naturaleza y las raíces de nuestra disciplina socialdemócrata y la disciplina de la fábrica o la militar. La disciplina militar y la del capitalismo industrial se basan en la coerción externa, mientras que la socialdemócrata se basa en la subordinación voluntaria (…) Lo que para todo ciudadano y soldado es la compulsión de la ley, para cada socialdemócrata es la fuerza vinculante del programa del partido. Y ningún grupo de un centenar de camaradas (…) tiene la atribución de obligar a una persona a traicionar al partido. La disciplina de todo el partido, es decir, ante todo su programa, está por delante de toda disciplina de cuerpo, y sólo ella puede investir de autoridad a esta última, y naturalmente constituir su límite”.
El documento distribuido ilegalmente del que en estos días se cumplen 100 años amplía y continúa su declaración de guerra contra la guerra imperialista del Parlamento:
“El principal enemigo del pueblo alemán se encuentra en Alemania: el imperialismo alemán, el partido alemán de la guerra, la diplomacia secreta alemana. El pueblo alemán debe combatir este enemigo interno en una lucha política, cooperando con el proletariado de otros países cuya lucha es en contra de sus propios imperialistas (…) ¡El enemigo principal está en el propio país!”
Esta acción de Liebknecht anticipa la respuesta obrera masiva contra la guerra, que en Alemania comenzará con una huelga general contra su encarcelamiento luego de su encendido discurso en el acto del Primero de Mayo de 1916, que extenderán el descontento y llevarán a las revoluciones rusa y alemana...

Guillermo Iturbide

El papel de las elecciones en el capitalismo

En los regímenes capitalistas constitucionales las elecciones periódicas sirven a las clases dominantes para elegir cuál sector de ellas gobernará, para seleccionar y renovar el personal gobernante y para medir la temperatura política, es decir, el nivel de conciencia, organización y decisión de los sectores populares. Dado el control por el capitalismo y sus agentes de los instrumentos de mediación -medios de comunicación, Academia, escuelas, jerarquías eclesiásticas conservadoras, Justicia electoral- esas elecciones supuestamente “democráticas” están viciadas desde su origen mismo porque los sectores populares están en ellas en condiciones de inferioridad. Si pese a eso desde fines del siglo XIX los trabajadores han luchado por el voto universal o por elecciones libres es porque intentan siempre luchar incluso en terreno adversario, en condiciones desfavorables, disputar centímetro a centímetro las condiciones de dominación y explotación capitalistas, resistir y defenderse por todos los medios.
Incluso en el caso de ganar las elecciones, como mostró el Partido Comunista Italiano que, con más del 33 por ciento de los votos en 1976 se derrumbó en poco tiempo, o como demuestra hoy el caso de Syriza en Grecia, un mayor peso en las instituciones capitalistas no modifica la relaciones de fuerzas entre las clases ni reduce el poder de los financistas, banqueros, hacendados, empresarios monopolistas, transnacionales ni de sus fuerzas represivas. Los termómetros- las elecciones lo son- nunca modifican la situación del paciente y, a lo sumo, lo animan o lo desaniman. Los enormes daños y desastres causados por el capitalismo sólo desaparecerán con éste, con la creación de otro poder y de otro tipo de relaciones sociales.
Para los pobres, discriminados, explotados y oprimidos el participar o no en las elecciones organizadas por el capitalismo allí donde ellos residen es sólo una cuestión de táctica. En Venezuela, frente a la mitad de la población dirigida por una derecha golpista, las elecciones deben servir para educar y separar del frente reaccionario con argumentos fraternos a los que son simplemente conservadores e ignorantes y aislar a los fascistas y agentes extranjeros. En otros países donde aún hay cierta legalidad y donde los sectores anticapitalistas y progresistas son minoritarios –como en Argentina, Paraguay o Perú, o en los países de Europa meridional- las elecciones deben ser utilizadas también para educar y organizar, demostrando la posibilidad de una alternativa al capitalismo, para hacer contracultura. Si, de paso, se obtuviese alguna posición electoral, ésta debe ser utilizada también como tribuna, como si uno hablase parado en una caja de Coca Cola, para denunciar, para organizar, apoyar las luchas sociales y proponer leyes favorables a las mayorías.
No existe la vía electoral al poder ni mucho menos la posibilidad de construir poder popular desde las instituciones capitalistas. Por eso, por ejemplo, es erróneo el sesgo electoralista que le imprimió el Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) en Argentina a su campaña. Ese electoralismo sólo le permitió tener unos pocos votos y diputados más pero es insuficiente para hacer frente al hecho de que la inmensa mayoría de la población apoya a partidos derechistas y reaccionarios y acepta como natural la ideología capitalista.
Será siempre mala, para la izquierda, una elección en la que no se explique qué sucede en escala mundial, qué repercusiones tendrán esos hechos en el país, el lazo entre las luchas locales y la resistencia antiimperialista en otros lugares del continente y la necesidad y posibilidad de romper los lazos de dependencia y de explotación construyendo una fuerza alternativa anticapitalista. Es ceguera sectaria alegrarse por aumentar un punto el propio porcentaje cuando más del 90 por ciento del país y la inmensa mayoría de los asalariados votan aún por diversas facciones capitalistas de derecha.
En países, en cambio, como México donde no existe un Estado de derecho y la dictadura del capital es cada vez más feroz y sangrienta, las elecciones sirven para recomponer el frente maltrecho de la oligarquía y lograr la apariencia de legalidad a la camarilla que dirige ilegítima e ilegalmente ese semiEstado. Si en algún Estado de la República, como en Guerrero, es posible imponer el boicot a esa maniobra y anular las elecciones mismas demostrando así el aislamiento del régimen, participar en la farsa electoral equivale a respaldar a quienes desde el gobierno, y en nombre del poder capitalista, están destruyendo las bases mismas de la entidad nacional. Si, en cambio la relación de fuerzas en otros Estados no permitiese el boicot, podría ser una alternativa el abstencionismo con relación a las urnas tramposas junto con el activismo en la realización de Asambleas, huelgas parciales, manifestaciones, todo desarrollando la conciencia de la necesidad de construir órganos de democracia directa, como las policías comunitarias, los grupos reales de autodefensa, antinarco y contra la violencia estatal, gobiernos autónomos por voto asambleario y revocación también asamblearia de los mandatos.
El objetivo, en un período de elecciones que debería ser de consulta popular, pero es en cambio de reorganización del poder de las clases dominantes, debe ser educar a los sectores populares para la alternativa, mostrar que ésta es posible, organizarla, darle cuerpo en realidades locales o regionales, golpeando así la conciencia de los trabajadores y oprimidos de otras regiones menos organizadas del país e, incluso, ayudando a los que en Estados Unidos mismo –en el terreno de los patrones del gobierno mexicano- hoy se sublevan no contra una u otra injusticia sino contra el Estado y el régimen racista, como en Baltimore.

Guillermo Almeyra

Sobre el levantamiento de Baltimore

Manifiesto del militante contra la Guerra de Vietnam, la brutalidad policial y el encarcelamiento masivo de afroamericanos

El levantamiento de Baltimore, hoy noche, ha transmitido el inconfundible y potente mensaje de que está llegando a su fin una época de aceptación por parte de la gente de los intolerables asesinatos y la brutalidad sin fin de la policía. La tortura y el gratuito asesinato de Freddie Gray –junto al encubrimiento y las insultantes mentiras que circulan en estos momentos– es sólo la última de una larga serie de horrores de ese tipo perpetrados no sólo en Baltimore, sino en todo Estados Unidos. De North Charleston, en el estado de Carolina del Sur, a Ferguson, en Missouri; de Pasco, estado de Washington, a la ciudad de Nueva York, y más allá… ¡ESTO TIENE QUE ACABAR!
Las autoridades y los medios de comunicación se lamentan por la "violencia". Se indignan por la rotura de ventanas, pero no por el cuello roto de Freddie Gray. Ambas instancias se enojan por la destrucción de propiedad, pero no por la destrucción de niños negros y morenos. ¿Violencia? ¿Qué me dicen de la violencia incesante que inflige la policía a las masas de población negra y latina en todo Estados Unidos? ¿Qué opinan de la violencia –de récord mundial– que impregna una sociedad en la que un joven negro de cada tres tiene la probabilidad de cumplir condena de prisión antes morir? ¿Qué decir de la violencia que tiene a casi un millón de hombres y un número creciente de mujeres negros languideciendo en las cárceles? ¿Y qué hay de la violencia con la que se comporta la policía en los guetos y barrios, como un ejército de ocupación, al igual que los ejércitos de ocupación de EE.UU. se comportan como una policía en todo el mundo?
Esto es Estados Unidos, y todo su sistema ha sido construido sobre la base de una violencia cruel, injusta e interminable, aquí y en todo el mundo, y que continúa en la misma empresa. Estos criminales de primera categoría y sus apologistas no tienen absolutamente ningún derecho a criticar lo que las masas hacen cuando están hartas, cuando no pueden aguantar más, y cuando se ven obligados a expresarlo. Ante el asesinato y el terror ¿no está justificada la resistencia?
Son los que insultan a los que se rebelan llamándoles matones, mientras los verdaderos matones reales quedan impunes y reciben vacaciones pagadas. Y los que dan órdenes a los matones no sólo no reciben castigo sino que ostentan puestos en los más altos niveles de gobierno. Aquí, en esta tierra de ladrones y hogar de esclavos [1] , acusan de saqueo a los que se rebelan, cuando los poderes fácticos han saqueado a los negros como pueblo durante siglos, en paralelo y como parte de un mismo saqueo de continentes enteros. Prometen justicia desde el Departamento de la Injusticia y su sistema judicial amañado, en lo que es sólo una estrategia de denigración a los ojos de la gente. Sacar a la calle a la Guardia Nacional significa una sola cosa: más violencia insensata contra el pueblo. ¡NO! ¡NO! ¡NO!
La historia y la realidad actual muestran que hasta tanto la gente no se alce y se niegue a jugar el juego de la injusticia, la indignación y el horror continuarán. Todos debemos estar del lado de los rebeldes de Baltimore, negarnos a condenarlos e intensificar la lucha para PONER FIN a los asesinatos de la policía y al encarcelamiento en masa. Este es un clamor y una llamada a toda la sociedad a ponerse de pie y decir ¡BASTA! ¡ESTO DEBE CESAR!

Carl Dix
STOP MASS INCARCERATION
Traducido por S. Seguí para Rebelión
27 de abril de 2015

Carl Dix es un activista afroamericano, natural de Baltimore y organizador y miembro activo de la campaña Stop “Stop and Frisk” (Alto a los registros arbitrarios). En su día fue uno de los primeros soldados de leva que se negaron a luchar en la guerra de Vietnam, por lo cual sufrió dos años de prisión.

[1] Del original “… home of the slave”. Aquí hay un juego de palabras a partir de una estrofa del himno nacional que habla del país como “home of the brave”, hogar de los valientes. (N. del t.)

viernes, mayo 01, 2015

El socialismo de Alfredo Palacios



El Partido Socialista fue un actor fundamental durante los años en que la clase obrera argentina daba sus primeros pasos de lucha y organización. El derrotero de Alfredo Palacios, gran referente de esta corriente hasta su muerte en 1965, refleja la estrategia que perseguía el socialismo y nos permite problematizar la relación entre la izquierda y el movimiento obrero en el período.

De leyes y luchas

El nombre de Alfredo Palacios suele ir acompañado de una carátula indisociable: la de haber sido el “primer diputado socialista de América Latina”, a propósito de su famosa elección como legislador por el distrito obrero de La Boca en 1904.
Por aquellos años, la clase trabajadora irrumpía en la vida política y económica del país dando sus primeros combates contra el régimen oligárquico de los inmensos palacetes y los grandes terratenientes, de la mano de anarquistas y socialistas. Fue entonces cuando asumió el joven abogado Palacios –quien luego de haberse ligado a los círculos obreros católicos de la mano del cura alemán Federico Grote, se afiliara al socialismo-, en un Parlamento cuya vía de acceso más habitual era el fraude.
En 1902 la burguesía había dictado la Ley de Residencia como reacción a la “cuestión social” que ya se había manifestado durante la década previa. La clase obrera no se quedó de brazos cruzados y libró una histórica huelga general contra la ley de Cané. Sostenido por este impulso, Palacios dio su primera intervención como diputado repudiando enérgicamente la misma y prosiguió la aprobación de medidas que buscaban responder desde el parlamento a las contradicciones de la sociedad del centenario. Muchas de ellas fueron efectivamente aprobadas, como la de descanso dominical y “la ley de la silla” –que obligaba a los patrones a disponer de un asiento para el descanso de los empleados de comercio.
Pero sería parcial analizar la extensa labor parlamentaria de Palacios sin considerar su estrategia política. ¿Cuál era la finalidad de estas leyes que favorecían a los trabajadores? Más específicamente: ¿cuál era su relación con la lucha de clases de la época?

Los primeros días del Partido Socialista

En 1896 tomó lugar el Congreso fundacional del Partido Socialista Argentino. Allí fueron delineados algunos principios fundamentales que marcarían su actuación durante los años venideros. De acuerdo a las propuestas de Juan B. Justo, los delegados gremiales sólo participaron con voz y voto en cuestiones estrictamente económicas. A la vez, el método insurreccional fue definido como una vía estrictamente excepcional para la pelea por los derechos de los trabajadores, frente a la “lucha política” entendida como participación electoral. Los cambios políticos que favorecerían a los trabajadores provendrían del propio parlamento burgués.
Si bien la inserción que los socialistas efectivamente tenían ente los trabajadores implicó su participación en huelgas y en la fundación de sindicatos, sociedades y centrales, lo que subyacía era la concepción del Partido con un rol “pedagógico” hacia la clase y de “agente modernizador” del régimen. Por ello el PSOA dedicaba especial atención a la educación de las masas creando bibliotecas y clubes y, en su Declaración de Principios, advertía que en varias cuestiones (por ejemplo, en la necesidad “moneda sana”), “el proletariado tiene los mismo intereses que el capitalismo avanzado e inteligente”.
Es ilustrativo que en el acto conmemorativo del 1° de mayo del año siguiente se convocara a realizar manifestaciones “ordenadas”, sin “gritos excesivos”. Esto sólo se exacerbaría con el pasar de los años: para la siguiente década directamente llamarían a “evitar gritos destemplados (…) [para] demostrar a la clase capitalista y gobernante que nuestras manifestaciones son modelos de educación y cultura”.

Un “diputado de profesión”

A principios de siglo se vislumbraban cambios en el país: el gobierno inauguraba cierta política de integración del movimiento obrero, expresada por ejemplo en el Proyecto del Código de Trabajo de 1901. Si bien esto no significó una merma de los métodos represivos –que resurgirían con cada conflicto– la elite gobernante comprendía que no podía cerrar los ojos ante aquel actor social que emergía con fuerza. En ese marco, Alfredo Palacios desarrolló su labor en la bancada.
A pesar de que no era particularmente afecto a la disciplina interna del Partido Socialista (que lo llevó a fuertes discusiones con compañeros de gran peso e incluso a distanciamientos), confluía con la apuesta de un cambio evolutivo, no violento, sin acción directa de las masas, en consonancia con las formulaciones del socialismo europeo de momento. Fue un representante de lo que Juan B. Justo definiría como “diputados de profesión”: es decir, “hombres hechos por el estudio y la experiencia para la acción parlamentaria” y ello contribuyó a que se erija como un gran referente de la corriente.
Lo que estaba planteado era una escisión entre lo sindical y lo político que supuso en los hechos (y luego en la teoría), considerar a los trabajadores como consumidores a los cuales debía protegerse (proponiendo medidas a favor del libre comercio), y como votantes a los cuales se debía ofrecer un programa que los contemplase. En palabras de Palacios, lo central era perseguir “fórmulas jurídicas revolucionarias que surgiendo de la acción de los trabajadores, cristaliza[ra]n en un nuevo derecho”. No es de extrañar pues que fuera un arduo defensor del orden institucional y del buen funcionamiento de las leyes.
Los últimos años de la primera década del s. XX fueron de intensa agitación. Luego de la “Semana Roja” de 1909, la burguesía encaró los festejos del Centenario con persecuciones a través de las fuerzas estatales y bandas parapoliciales, así como de legislación –v.g. la Ley de Defensa Social–. Las modificaciones en la estructura del país, la derrota de la huelga general de 1910 y, posteriormente, la erogación de la Ley Sáenz Peña, marcaron un cambio de etapa. El esquema socialista encajó perfectamente con la ampliación del sistema político resultante. No es de extrañar que en 1913 ganaran un senador y, en 1914, siete nuevos representantes.
En el prólogo del Tercer Censo Nacional de ese año podía leerse: “el socialismo no tiene nada que ver con el anarquismo. El primero busca sus prosélitos por medio de la propaganda ilustrada y persuasiva. El segundo trata de imponerse por medio del terror y la violencia. El uno quiere edificar con los elementos que reúne. El otro sólo propónese destruir”. Vemos así un socialismo en una relación más fluida con el Estado –que lo empieza a considerar una “oposición reconocida”– frente a un anarquismo combativo, víctima de ataques y represión (pero cuyos errores estratégicos contribuirían a su retroceso).
En 1915 Palacios era apartado del Partido (por su insistencia en dirimir sus conflictos mediante el duelo, no por diferencias fundamentales con los lineamientos estratégicos) y fundaba el Partido Socialista Argentino. Si bien logró hacer buenas elecciones (con un 25% en la Capital en 1918, que le vale un concejal), no consiguió la anhelada representación parlamentaria. Este motivo lo llevó a retirarse temporariamente de la militancia en 1922.
Para 1930, dos años después del fallecimiento de Justo y en el contexto de crisis económica, el Partido Socialista –que ya cargaba con varias rupturas dentro de su seno– realizó una apertura de sus filas. Palacios se reintegró al mismo e inmediatamente logró una gran elección para el cargo de diputado.
La llegada del peronismo representó un duro golpe para gran parte de la izquierda argentina. El PS (al igual que el Partido Comunista) catalogó al régimen como “totalitario” y “dictatorial”, lo cual lo llevó a apoyar proyectos de derrocamiento y a acentuar un aislamiento progresivo respecto a la clase obrera. Muchos cuadros llegaron incluso a ocupar algunos puestos durante el gobierno de la autoproclamada “Revolución Libertadora”. Entre ellos, como representante en la Embajada de Uruguay, estaba Alfredo Lorenzo Palacios. Éste, a pesar de haberse pronunciado en contra los fusilamientos del 56’ y del pedido de luto del gobierno por la muerte del dictador Somoza, renunciaría recién en 1957, luego de ejercer su puesto durante de las presidencias de facto de Lonardi y Aramburu. En sus palabras, se consideraba embajador “del pueblo argentino” y no de un gobierno.
Los años siguientes vieron un Partido Socialista abrumado por disputas intestinas, que no podía dar respuestas a fenómenos de la realidad nacional ni internacional y lo alejaban cada vez más del rol que una vez había ocupado como referencia para los trabajadores.
En 1958 la mayoría del Comité Ejecutivo Nacional decidió la separación de una minoría partidaria, constituyéndose la primera como Partido Socialista Argentino y, la segunda, como Partido Socialista Democrático. Si bien Palacios, miembro del PSA, aún lograba atraer la simpatía de las masas y consiguió una nueva senaduría nacional en 1961 –con más de 300 mil votos en la Capital Federal–, no logró poner un freno a la crisis del socialismo. Poco tiempo después se daría una violenta expulsión de sectores juveniles e izquierdistas.

Reforma o revolución

El desarrollo posterior del socialismo –encarnado en personalidades como Alfredo Palacios– mostró un partido que, carente de programa y estrategia revolucionaria, no pudo ofrecer una alternativa a los trabajadores. Presentes ya en sus primeros congresos y cada vez más acentuados, el electoralismo y el reformismo del PS contribuyeron a debilitar al movimiento obrero.
Su retórica socialista en el parlamento fue entrando en creciente contradicción con una inserción orgánica en las organizaciones propias de la clase. En 1919 esto se evidenció en su llamamiento a levantar la huelga durante la famosa Semana Trágica, en contraposición a la valiente lucha que sostuvieron miles de obreros de la mano del anarquismo (ya en decadencia). Y para la década del 30’ significó alejarse de los procesos más revulsivos de las nuevas generaciones de trabajadores industriales que expresaron una gran potencialidad de lucha, pero que desde el punto de vista del socialismo no encajaban en el modelo de “partido moderno”.
Para concluir nos parece sugerente la reflexión de Rosa Luxemburgo: “En el campo de las relaciones políticas, el desarrollo de la democracia acarrea —en la medida en que encuentra terreno fértil— la participación de todos los estratos populares en la vida política (…) Pero esta participación sobreviene bajo la forma del parlamentarismo burgués, en el cual los antagonismos de clase y la dominación de clase no quedan suprimidos sino que, por el contrario, son puestos al desnudo. Justamente porque el desarrollo del capitalismo avanza en medio de dichas contradicciones, es necesario extraer el fruto de la sociedad socialista de su cáscara capitalista. Justamente por eso el proletariado debe adueñarse del poder político y liquidar totalmente el sistema capitalista”.

Jazmín Bazán
Consejera Directiva de FFyL (UBA)
Gabriel Piro

The Telegraph: “El mundo está al borde del peor ‘default’ de la historia”



La negativa rentabilidad de los bonos de la zona euro está provocando una inestabilidad macroeconómica que puede resultar en el mayor ‘default’ de la historia, según aseguran expertos financieros.
“Más del 30% del total de los bonos de la Eurozona tienen un tipo de interés negativo, situación que genera una carga adicional en la macroeconomía y genera riesgos para la estabilidad financiera (…) Desde el lanzamiento de la política de flexibilización cuantitativa por parte del Banco Central Europeo esta tendencia ha tomado forma de avalancha”, afirma el editor asociado del diario ‘The Telegraph’ Jeremy Warner en un artículo.
Según Warner, estas alarmantes tendencias no se habían observado nunca antes. Además el especialista señala que en la economía mundial el crecimiento de la demanda es cada vez más dependiente del crecimiento de la deuda pública. “Solo en el G-7 el volumen de la deuda pública es equivalente al 120% del PIB total. Mientras que la deuda global del sector privado ha crecido un 30%”, agregó.
Por su parte, continúa el editor de ‘The Telegraph’, los bancos centrales de EE.UU., Reino Unido, Japón y de la Unión Europea, uno tras otro, comenzaron a imprimir dinero para tratar de combatir las tendencias negativas. Pero estas medidas solo servirían para reducir la estabilidad financiera macroeconómica en conjunto, finaliza Warner.

¿Hacia el estallido afroamericano?



Por primera vez en la Historia de EEUU, en 2008 es elegido como Presidente de la Nación un negro debido al voto de las minorías latina y afroamericana, con lo que los partidos tradicionales del establishment habrían cambiado su estrategia electoral para captar un voto que en el horizonte del 2050 será mayoritario. Así, según la Oficina del Censo de EEUU, hacia el 2043 los blancos dejarán de ser la mayoría de la población estadounidense y serán desplazados por la suma de la población hispana que aumentaría de 53,3 millones en la actualidad a 128,8 millones en 2060 y la afroamericana, que pasaría los 41,2 millones actuales a los 61,8 millones previstos por las proyecciones.
Sin embargo, según un artículo de la publicación canadiense Global Research, 47,8 millones de estadounidenses vivirían bajo el umbral de la pobreza y deberían utilizar los cupones de alimentación (SNAP por sus siglas en inglés), para satisfacer sus necesidades alimenticias, lo que se traduce en un aumento del 70 por ciento desde 2008 debido a la elevada tasa de desempleo y pobreza que se habría ensañado con las minorías latina y afroamericana. Así, desde el inicio de la recesión en 2008, 28,2 millones de personas se inscribieron en el SNAP y unos 10 millones de niños vivirían en la pobreza extrema, según dicha publicación. Por otra parte, la reducción en el Presupuesto del 2013 de cerca de 85.000 millones de dólares, ha obligado al Programa Especial de Nutrición Suplementaria para Mujeres, Infantes y Niños (WIC) a eliminar beneficios a casi 600.000 madres, lactantes y niños, según la publicación canadiense. Además, aunque la tasa de paro de EEUU en el mes de Marzo permaneció en el 5,5 % , continuaría el endemismo crónico de altas tasas de desempleo en la población afroamericana (17%), cifra que se triplicaría en cuanto atañe a la población joven negra (51%), con los consiguientes efectos colaterales de marginalidad, economía sumergida e incremento de los índices de delincuencia. que se elevaría hasta cifras ionosféricas en lo que respecta a la población joven pues seguiríamos hablando de cerca de 9 millones de peticiones de desempleo (superior a la población de Chicago), a lo que habría que sumar los 7,9 millones que trabajan a tiempo parcial por las condiciones de sus empresas o por motivos económicos (comparable al total de vecinos de Detroit y Baltimore) y los 2,2 millones que no buscan empleo (equivalente a Baltimore).

La distopía afroamericana frente a la utopía de Martin Luther King

Una distopía sería “ una utopía negativa donde la realidad transcurre en términos antagónicos a los de una sociedad ideal” y se ubican en ambientes cerrados o claustrofóbicos. Así, Detroit sería un escenario distópico de naturaleza real (no ficitica) y el paradigma del mayor éxodo masivo de población sufrido por una ciudad moderna durante los los últimos 70 años , éxodo motivado por la conjunción de razones económicas (la corrupción generalizada de las autoridades municipales y el hecho de que los altos impuestos por vivir dentro del área metropolitana se reducían drásticamente en el extrarradio) y raciales. Así, Detroit habría pasado de tener en el área metropolitana 1, 8 millones de habitantes en 1960 ( 90 % de raza blanca) a 700.000 en el 2012 (84% de raza afroamericana), movimiento migratorio centrífugo conocido coloquialmente como “white fligt“ (vuelo blanco) ya que la mayoría de la población que emigraba a los extrarradios era de raza blanca y de clase media y alta, quedando la población de color confinada al este de la ciudad en una zona irónicamente denominada “Paradise Valley” (Valle paraíso).
Nos encontraríamos pues ante un escenario distópico, donde el 36% de la población viviría por debajo del umbral de la pobreza y con la tasa de delincuencia más alta de todo EEUU, favorecido por la lacerante falta de inversiones en los servicios públicos y la existencia de miles de solares y viviendas abandonados vacíos que deberán ser derruidos por el Ayuntamiento. Además, la drástica recaudación de impuestos obligará a recortar todavía más los programas de asistencia social, subir los impuestos y privatizar la mayoría de servicios públicos debido al déficit acumulado y al nivel de los bonos emitidos ya que no pueden imprimir dinero para financiar sus déficits como lo hace la nación, situación extrapolable a otras muchas ciudades de mayoría afroamericana. Así, la ciudad de Camden, en Nueva Jersey, la segunda ciudad con mayor tasa de criminalidad de Estados Unidos, se vio abocada a despedir al 45% de sus fuerzas del orden, con lo que la conjunción de tasas de paro estratosféricas ( superiores al 15 %), drástica reducción de los programas de asistencia social para una población de facto subsidiada y la actuación desmesurada y con claros tintes racistas de las fuerzas de orden público, podría hacer que las áreas metropolitanas con altas tasas de población afroamericana ( New Orleans, Washington, St-Louis, Los Ángeles, Atlanta, Cleveland y Chicago), estallen en violentos disturbios callejeros donde se entremezclen las demandas sociales con las de segregación racial, olvidando las enseñanzas de Martin Luther King ( “ La violencia crea más problemas sociales que los que resuelve”).

La vigencia de las ideas de Jeremiah Wright

El reverendo Wright en un sermón pronunciado en el 2001 en la parroquia de la United Church of Christ de Chicago expresó la necesidad de una metanoia colectiva de la sociedad estadounidense “que transforme las guerras militares imperiales en guerras políticas internas contra el racismo y las injusticias de clase” , para lo que propuso una redistribución fundamental de la riqueza a través de la reasignación del presupuesto público. Citando el “regalo de la Administración de George W. Bush de 1.300 billones de dólares en exenciones de impuestos para los ricos”, replicó con una propuesta de financiación pública de asistencia médica universal y de reconstrucción del sistema educativo para ponerlo al servicio de los pobres.
Asimismo, en una conferencia pronunciada en la Universidad Howard (Washington) en el 2006 afirmó: "Este país se fundó y está dirigido según un principio racista (...) Creemos en la superioridad blanca y en la inferioridad negra (...) más que en el propio Dios", según un extracto publicado por The Wall Street Journal. Obama, hijo espiritual del Reverendo Wright y deudor del título de su libro “La Audacia de la Esperanza,”, se vio forzado a renegar de su paternidad ideológica y no dudó en desmarcarse de la influencia de su mentor religioso ante los ataques recibidos siendo todavía senador, pero en su libro “Los Sueños de mi padre” , habla sobre la actitud vital de la población afroamericana , marcada por el estigma generacional de “una segregación racial que ha caracterizado el devenir norteamericano” según sus palabras, herida sin cicatrizar que posiblemente vuelva a abrirse y estallar en el final de su segundo mandato.

El racismo policial y el papel de las Fraternidades

Tras la muerte del adolescente afroamericano Trayvon Martin por el vigilante George Zimmerman ( absuelto de los cargos de asesinato), el profesor de Estudios Culturales y Negros en la Universidad Duke, Mark Anthony Neal afirmó:”Lo primero que aprendimos es que no hemos superado el asunto de la raza. En la elección de 2008 se tenía la esperanza de que haber elegido a Obama nos permitiría trascender las cuestiones de raza”, pero la deriva totalitaria sufrida por EEUU durante el mandato de George W. Bush provocó que en nombre de la sacro-santa seguridad del Estado se llegara en la práctica a anular el principio de inviolabilidad ( habeas corpus) de las personas, instaurando de facto el principio de “presunción de culpabilidad” en lugar del primigenio de “presunción de inocencia”, lo que habría quedado como estigma imborrable en las fuerzas de seguridad de los EEUU y tendría su reflejo en la prepotencia, brutalidad y el desprecio racial que destilan las intervenciones policiales en las grandes ciudades de EEUU, elementos constituyentes de la llamada “perfección negativa”, término empleado por el novelista Martín Amis para designar “la obscena justificación del uso de la crueldad extrema, masiva y premeditada por un supuesto Estado ideal”.
Así, tras la muerte todavía sin aclarar del joven afroamericano de 18 años Mike Brown por disparos de un policía blanco en Ferguson (Missouri) , la población afroamericana volvió a rememorar la década de los 60 y la lucha por las libertades civiles encabezada por el reverendo Martin Luther King, Premio Nobel de la Paz (“Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos”).
Según elinformador.com.mx, casi la totalidad de las nueve hermandades históricamente negras, (conocidas como ''Las Nueve Divinas''), nacieron del conflicto racial en el país y fueron fundadas en los campus universitarios a principios de la década de 1900 cuando los estudiantes negros se enfrentaban a prejuicios raciales y a la exclusión. Así, según Gregory Parques, profesor asistente en la Escuela de Derecho de la Universidad Wake Forest y miembro de la fraternidad Alpha Phi Alpha. “hubo un momento en que las fraternidades negras estaban en la vanguardia de la lucha por los derechos civiles, pero esos días se han perdido en la memoria” pues la mayoría de sus dirigentes estarían sedados y adormecidos debido a las cuantiosas aportaciones que reciben de los fondos federales.
Sin embargo, la persistencia de la violencia policial contra la población afroamericana y la práctica impunidad de la policía cuyo penúltimo exponente sería la muerte en Baltimore de un joven negro en dependencias policiales, estaría haciendo oscilar en sus valores la otrora monolítica actitud de las Fraternidades de permanecer al margen de las protestas violentas. Así, fraternidades negras como Omega Psi Phi, Alpha Phi Alpha y Beta Phi Sigma y las hermandades Zeta Phi Beta y Gamma Sigma Rho han hecho un llamamiento a sus miembros para que se unan a las protestas contra las actuaciones policiales, con lo que podríamos asistir al agigantamiento mediático de otro líder activista pro-derechos civiles y a una nueva gran marcha pacífica sobre Washington (Martin Luther King, 1.963), no siendo descartable una posterior reedición de los violentos disturbios raciales del verano de 1963, quedando de paso la frase de Luther King “I have a dream” (Tengo un sueño), como una utopía inalcanzable en la distópica sociedad estadounidense del siglo XXI

GERMÁN GORRAIZ LÓPEZ-Analista