domingo, abril 03, 2011

El hombre y su otro yo: Alienación y fetichismo


La alienación, aparte de ubicársela en la subjetividad del trabajador a través de la praxis (que es irremediablemente individual), debe estudiársela a partir de la división social del trabajo.
Son las relaciones de producción las que determinan al elemento-hombre, y tales relaciones no dependen de ese elemento-hombre, sino que, precisamente, lo determinan, pues, en última instancia, tal elemento no es sino un punto de interferencia de la compleja red de relaciones del sistema. Las relaciones de producción capitalistas instituyen un principio de legitimidad que es al que se adscribe el elemento, y si ese elemento traspone dicho principio, pasa a ser ilegítimo.
Con razón uno de los sacerdotes encargados del templo de San Cayetano, en Liniers (Argentina) les dijo a sus feligreses que para pedir trabajo, es otra puerta la que tienen que golpear. Los fieles siguieron orando, sin tener en cuenta que los bienes materiales y espirituales que le corresponderían y que le son negados no están en manos del santo.
El elemento sistémico vive de meter mano en el entorno o medio para arrancarle sus frutos con el fin de reponer su fuerza de trabajo, pero para lograrlo debe enajenar esa su fuerza de trabajo y por lo tanto perder los bienes que él mismo crea. No alcanza a entender que su actividad, su ser, forman parte de un sistema del cual él es un mandadero.
Intuitivamente siente que no es libre y lucha por independizarse del sistema y del medio. El ser humano, como ya hemos dicho, es en parte elemento del sistema social y es, al mismo tiempo, parte del entorno o medio.
Arranca u obtiene frutos de la naturaleza, pero en un régimen de propiedad privada es despojado de ellos y de su libertad, como ya dijimos, y queda enajenada la propia naturaleza y la libertad de la especie, ya que transforma la vida de la especie en un medio para ganarse la vida individualmente.
Esta alienación, aparte de ubicársela en la subjetividad del trabajador a través de la praxis, debe estudiársela a partir del territorio, de la división social del trabajo y de la significación del sistema social. El obrero, como generador del tiempo de trabajo, está siendo en este sentido el elemento del sistema capitalista, pero al tener que enajenarlo, enajena su esencia y por lo tanto lo saca de sí y lo transforma en parte del entorno de ilegitimidad.
Lo que se exterioriza o aliena no es solamente el objeto producido o el trabajo como actividad del individuo, sino el proceso social de producción plasmado en un poder material, caracterizado como el comportamiento históricamente creado por los hombres hacia el sistema y entre los mismos hombres, comportamiento previo y relativamente exterior a cada individuo en particular que constituye un doloroso desdoblamiento.
Como antes viéramos, esta alienación suele ser caracterizada como algo inmoral, cuando en realidad en toda la historia de la sociedad dividida en clases y principalmente en el surgimiento y auge del capitalismo, responde a una no linealidad que ha permitido la formidable acumulación de capitales sin la cual la humanidad no hubiese podido constituir las fuerzas productivas que se observan actualmente.
Estas fuerzas productivas, son la base social del sistema visto desde abajo y se hallan compuestas por el trabajador y las máquinas que producen objetos de consumo o también reproducen máquinas. Fuerzas productivas que se hallan en correlación y contradicción con las relaciones de producción, con las relaciones que los propios hombres establecen a partir del sistema social y su entorno o medio, para, fundamentalmente, producir y reproducir a la especie y con ella al propio sistema.
Las fuerzas productivas se constituyen mediante la coordinación de fuerzas humanas objetivadas socialmente, en conjunto con los instrumentos de producción. Participan de la estructura propia de la división social del trabajo (trabajos útiles, valores de uso), manifestándose luego, en las relaciones de cambio, como trabajo abstracto general cristalizado en el valor de cambio de las mercancías, lo que se expresa en la ley del valor (reguladora de la producción capitalista).
De esta manera, la alienación reside en el principio de legitimidad del sistema por cuanto éste exige enajenar el trabajo del obrero y temporizarlo. Así, las fuerzas productivas alzadas frente al individuo aparecen como un poder extraño que lo oprime.
Ese es el caso de dicha alienación, y allí nos encontramos con dos hechos. Las fuerzas productivas aparecen como fuerzas totalmente independientes y separadas de los individuos, como un universo propio frente a estos, lo que se explica porque esos individuos, cuyas fuerzas productivas como un todo los enfrentan, existen diseminados y en contraposición los unos con los otros ya que han enajenado su esencia al vender su tiempo de trabajo.
Y otra aparente paradoja resulta del hecho de que tanto en las fuerzas productivas cuanti más en las relaciones de producción, el principal protagonista es el mismo hombre, enfrentado consigo mismo desde dos posiciones antagónicas, como elemento y como parte del entorno. Ello es así porque el enfoque se realiza desde dos ángulos, por una parte como productor social-individual de mercancías, y por la otra como ocupante de un determinado lugar en la escala social, en las relaciones de producción. Así el hombre se enajena y se desdobla, resultando víctima de un verdadero juego de pinzas, pues a un mismo tiempo pertenece al sistema y al entorno.
De una parte se hallan las fuerzas productivas que adoptan, en cierto sentido, una forma material y que para los mismos individuos no son ya sus propias fuerzas, puesto que ellas han sido expropiadas por los dueños privados. De otra parte, la mayoría de las personas agrupadas en las relaciones de producción debe enfrentar a estas fuerzas productivas, de las que se han desgajado y que, por lo mismo, han perdido todo contenido real de vida convirtiéndose en individuos abstractos.
Debido a la desocupación y a la exclusión, el post-obrero actual integra en menor medida las fuerzas productivas en cuanto al aporte de trabajo vivo, pero sigue siendo atenazado por el trabajo muerto (su trabajo anterior depositado en las máquinas) y las relaciones de producción globalizadas. Estas últimas, que en el momento del auge del capitalismo fordista erigían a la alienación en su principal motor de acumulación, se han transformado en el mayor freno para el desarrollo de la principal fuerza productiva, el obrero. En este sentido, de nada vale el desarrollo técnico-científico, puesto que produce una declinación de la cuota de ganancia y por lo tanto, incrementa la desocupación y deja fuera del sistema a los ex-trabajadores.
Antes veíamos que las fuerzas productivas aparecían vinculadas con las relaciones de propiedad que separan y contraponen a los hombres, pero debe aclararse que dichas fuerzas no son las alienantes, sino que las alienantes son las relaciones de producción, son las relaciones sociales propias del sistema que, pariendo a dichas fuerzas, las convierten en poderes extraños. Tales son ahora los elementos alienantes, por un lado, lo alienado o sean las fuerzas humanas productivas y por el otro, el agente alienante, es decir, las relaciones objetivas que vinculan a los productores.
La relación de propiedad como proceso de valorización del capital sujeto a leyes, y la alienación resultante del doble carácter de este proceso, en tanto que trabajo social –la fuerza productiva- se enfrenta con la valorización o relación de propiedad privada.
Si la alienación ocurre por la acción conjunta de fuerzas y relaciones, no cabe considerar un solo factor. Si aislamos a las fuerzas productivas de su vinculación necesaria en el proceso de la producción caemos en el error de considerarlas responsables de la alienación humana, sea ello debido a su insuficiencia o debido a su desarrollo impetuoso (en la RCT, por ejemplo).
No es del caso, pues, aplicar el esquema de hombre-alienado-en-las-cosas, sino partir de los procesos reales concretos responsables de la alienación, del sistema social capitalista que necesita de esa alienación para subsistir.
Así pues, el conjunto alienante sería el de la relación estructural de fuerzas productivas y relaciones de producción. Ello nos diría que es la propia esencia humana la que aliena al individuo, porque según hemos analizado, el fundamento del concepto hombre consiste en la suma de sus fuerzas de producción y las formas de intercambio social. En las tesis sobre Feuerbach, Marx escribía que la naturaleza humana equivale a las relaciones sociales.
El hombre social -el sistema- produce la alienación del individuo en un proceso de compleja interiorización subjetiva, o por mejor decir, en un doble resultado, ya que por una parte produce alienación y por la otra, una creciente humanización del entorno.
Se origina así una nueva instancia en la contradicción fundamental de la sociedad, en tanto que crece la alienación respecto del trabajador y del sistema, a un mismo tiempo se profundiza la humanización del hombre y su derredor. El elemento actual, constituido por el tiempo de trabajo, es acechado desde el entorno, entorno o medio desde el cual pugna por legitimarse otro principio de legitimidad basado en el encuentro entre el tiempo de trabajo y su verdadero dueño, el hombre, venciendo así la discontinuidad entre praxis y poiesis.
Este análisis permite una diferenciación semántica entre dos categorías, las del hombre en general y el hombre individuo concebido como praxis del sujeto, y en ello no cabe confusión alguna ni reemplazo del uno por el otro. El hombre en general –la humanidad- no es el agente o sujeto histórico, a menos que con esas palabras designemos al sistema, a las fuerzas y a las relaciones productivas, cuyo dinamismo proviene de su propia dialéctica interna. Vale decir, que o la categoría remite a la realidad o se incurre en idealismo histórico. Pero el ser social objetivo no sustituye ni elimina la acción humana como individuo, hacedor asimismo de la historia –que es su historia-. La concepción de esta categoría hombre-individuo, sin confundirlo con el hombre en general, requiere encuadrar al sujeto como singularidad. Vale decir, que hablar de una persona o individuo es hablar de un sujeto determinado, viviendo en un tiempo y un espacio, pero no es hablar del elemento componente del sistema social. El elemento no podría existir tal como es si el sistema no lo considerara legítimo. Toda referencia al individuo es dirigida a una individuación singular y en ese sentido no puede ser analizado como categoría, pues lo que importa es la existencia del ser humano vinculado y desdoblado en el trabajo, en la estructura social, en el tiempo de trabajo que es el principio legitimador que emana del sistema. Esta subjetivación de lo objetivo en un sujeto produce la irreductible realidad del individuo despersonalizado por las relaciones de producción que lo alienan y desdoblan. Así el hombre como individuo se coloca entre la interiorización de lo objetivo y la objetivación de lo subjetivo, cuyo nexo es la praxis de cada persona. Ser social y praxis del sujeto individual (es decir, praxis de este sujeto individual) equivale a los factores históricos conjugados en una síntesis dialéctica para cuya comprensión se hace necesario superar las unilateralidades del fatalismo y del voluntarismo y acudir al enfoque sistémico.
Existe una constante sin la cual puede escapársenos la especificidad del término alienación, y es la que nos indica que dicha alienación aparece en la subjetividad del obrero, vale decir, en su praxis y por lo tanto, en su entorno. La mencionada alienación se manifiesta a través de fenómenos subjetivos: el trabajador experimenta la alienación, se siente alienado, las fuerzas productivas se le aparecen como un poder independiente; su energía, fraccionada en el tiempo de trabajo. Ello puede superarse únicamente con la destrucción de la propiedad privada, porque en tal caso se produce la abolición de la actitud con la que los hombres se comportan ante sus propios productos. Tales expresiones subjetivas, como reiteradamente señala Marx, corresponden a su nexo con el mundo exterior y a la propia conformación subjetiva de privación de voluntad, individuo abstracto, unilateral, escindido, contingente.
Por lo tanto, no es del caso hablar de relaciones alienadas salvo que se implique en ellas al obrero alienado, porque el fenómeno de la alienación es subjetivo y objetivo. Vale decir que la noción de alienación corresponde a una síntesis de los agentes objetivos que la causan y a las consecuencias subjetivas producidas por esos agentes, en ausencia de los cuales dicha alienación no existe.
Sin los aspectos subjetivos y objetivos en que se encuadra nuestra noción de alienación es imposible comprender el proceso y por ello mismo quienes la asientan en la pura subjetividad del hombre sin implicarla con el condicionamiento objetivo proveniente de la base productiva de la sociedad y principalmente del sistema, cometen un craso error. El ser humano no se aliena en la naturaleza o en el mundo sino que lo hace en la objetividad de las relaciones creadas por él mismo pero condicionadas por el sistema, que a raíz del proceso relacional lo dejan dentro y fuera.
El marxismo considera que la praxis y los resultados de la praxis, los productos -primer sentido de objeto- se hallan en la estructura de la sociedad, es decir, en la segunda noción de objeto que constituye la causal alienante. Si reducimos la alienación al esquema idealista de hombre-cosa, estamos contemplando una apariencia fenoménica que oculta la verdadera causa alienante.
Si bien antes hablábamos de la alienación nacional, debe entenderse que la alienación en la Patria, en el Estado, en la ideología, en la religión, en la política, son expresiones de una misma, que se unifican en la estructura social. El sustento se halla en la base y es sobre esa base que se levantan los discursos legitimadores del sistema, como parte de la superestructura, pero que, como hemos dicho, presentan una contradicción con el principio legitimador que emana de la propia base o modo de producción, principio legitimador que se asienta en la venta, extendida en el tiempo, de la fuerza de trabajo. O sea, en la temporización de la complejidad del sistema capitalista.
Asimismo la metodología puede consistir en articular el sistema abstracto de la alienación hombre-cosa para referirse a alienaciones históricas anteriores al capitalismo. Siempre es necesario partir de la ciencia social y de los fenómenos concretos de cada etapa histórica o modos de producción determinados para de ellos deducir las alienaciones históricas objetivas correspondientes.
En la división manufacturera del trabajo es donde se manifiesta, frente a los obreros, la potencia espiritual del proceso material de producción como propiedad ajena y poder dominador. Este proceso de disociación comienza con la cooperación simple, donde el capitalista representa frente a los obreros individuales la unidad y la voluntad del cuerpo social del trabajo. El proceso sigue avanzando en la manufactura, que mutila al obrero al convertirlo en obrero parcial. Y se remata en la gran industria, donde la ciencia es separada del trabajo como potencia independiente de producción y aherrojada al servicio del capital (Marx). Esto se acentúa cuando la ciencia pasa a ser integrante de las fuerzas productivas en forma directa.
La producción realizada en el sistema capitalista debe ser considerada como proceso de explotación del trabajo y proceso de explotación del capital en donde el obrero pierde su capacidad de dirigir las condiciones de trabajo y son éstas las que lo dirigen a él, pero esta inversión de roles no cobra realidad técnicamente palpable hasta la era del maquinismo y más con la aparición de las computadoras y la robotización. Al convertirse en autómata, el instrumento de trabajo lo enfrenta como capital (durante el proceso de trabajo) alzándose frente al obrero como trabajo muerto que domina y succiona la fuerza de trabajo viva. En la gran industria, erigida sobre la base de la robotización y la maquinaria sofisticada se consuma el absoluto divorcio entre la espiritualidad del proceso de producción y el trabajo manual, con la transformación de las potencias espirituales en sujeción del capital sobre el trabajo.
El carácter hostil e independiente que el régimen capitalista de producción otorga a las condiciones y a los productos del trabajo en relación con el obrero –enfrentándolos con éste- se convierte, con la maquinaria y la cibernetización, en una contradicción absoluta.
Aparece aquí la contradicción fundamental del sistema, entre el trabajo social (fuerzas productivas) y la apropiación privada (relaciones de propiedad). Debido a tal contradicción ocurre que las condiciones y los productos del trabajo aparecen frente al trabajador como extraños y separados. Como hemos dicho, el sistema socioeconómico es quien otorga la faz alienante a las cosas. Estas, por sí mismas no poseen la virtud de alienar a su productor, sino que las relaciones sociales, partícipes del sistema, son las agentes alienantes que terminan no solamente despojándolo de su trabajo, sino también de su propio ser, de su esencia, dejándolo parcialmente fuera del sistema.
El entorno está siendo humanizado por la praxis y poiesis, e inmediatamente dicho entorno o medio se incorpora a la realidad social objetivada y allí sufre una metamorfosis que lo deshumaniza. Es la potencia creadora del trabajador quien transforma el entorno o medio, produciendo objetos inéditos y de esa manera, al incorporarse al sistema, el tiempo de trabajo va negándose a sí mismo como elemento de dicho sistema.
Las máquinas, las computadoras, de acuerdo a la tecnología alcanzada, constituyen resultados de la praxis y poiesis. Pero no sólo las máquinas, sino que todos los valores de uso resultan ser el soporte material del valor de cambio, y los objetos, al funcionar como soportes materiales de otra objetividad, ocurre que sus cualidades naturales humanizadas sirven como asiento material de las relaciones sociales. Las máquinas adquieren así nuevos significados como instrumentos de producción, se convierten en parte de las fuerzas productivas dentro de la división del trabajo. De esa manera, el sentido técnico de la praxis es trascendido –sin renunciar a su papel anterior- pues las máquinas se vinculan esencialmente con el trabajo social productivo. Pero además dichas máquinas constituyen parte del capital constante y del capital fijo puestos en circulación por los capitalistas, pasando por ello a ser soportes materiales del capital, sin renunciar a ser valores de uso e instrumentos de producción. Adquieren así, al incorporarse al proceso de producción, un nuevo sentido como instrumentos de producción y elementos del proceso de valorización del capital.
El resultado de la praxis, la poiesis, humaniza al entorno y las cosas adquieren un sentido para el hombre, pero al transformarse en soporte material pasan a cumplir otro papel sin abandonar el primero y los sentidos de la praxis constituyen entonces apariencias fenoménicas ocultando reales sentidos objetivos, pues con el salario se cree pagar el trabajo cuando en realidad se paga la fuerza de trabajo. El capitalista cree que su ganancia proviene de la redituable venta de sus productos o que la produce el capital en su conjunto. El prestamista piensa que los intereses que cobra surgen del dinero atesorado, y el terrateniente, que la renta de la tierra constituye propiedad natural del suelo.
Se sabe que existen diversas formas de aproximación al mundo, entre ellas la práctica que engloba a la praxis pero no la agota, la empírica y la teórica, la artística y la religiosa. Únicamente la teórica puede captar los nexos esenciales y objetivos que confieren sentido y determinación a los procesos sociales. Las leyes del valor o las de la plusvalía aparecen luego de un arduo esfuerzo de abstracción teórica, y por eso mismo la praxis sin teoría no puede ser fundante del conocimiento científico.
Las praxis y poiesis son indivisibles, partes de un mismo proceso de enajenación y requieren ser asentadas en la legalidad esencial del sistema y ello sin negar el nivel de la praxis individual sino que debe adjudicársele a ésta toda la creatividad propia de la subjetividad humana, pero anexada a la estructura determinante. La alienación en las cosas es consecuencia de la alienación en la esencia social, pues las fuerzas humanas, los instrumentos productivos y las relaciones sociales, al ser extrañadas del trabajador, se alienan por constituir el soporte de las fuerzas productivas o de las relaciones de producción capitalistas.
Las cosas aparecen como extrañas porque objetivamente han sido independizadas del productor al ser éste enfrentado por todo el sistema productivo. Es en la interconexión universal de los individuos –no en la relación intersubjetiva entre un individuo y otro- en donde el trabajo vivo no retribuido crea valor engendrando el plusvalor del cual se apropia el capitalista y por el cual existe el sistema.
Mas este apoderamiento es ocultado o fetichizado, y revelado por la ciencia marxista y así, la extrañación de la praxis ocurre como consecuencia de la totalidad del proceso de valorización del capital, cuyo meollo es el trabajo no retribuido, expresión de la ley de la plusvalía.
El carácter misterioso de la forma mercancía estriba, por tanto, en que proyecta ante los hombres el esfuerzo social como si fuese una virtud de los productos de su trabajo, un don natural social de estos objetos, y como si, por tanto, la relación social que media entre los productores y el trabajo colectivo de la sociedad fuese una relación social establecida entre los objetos mismos, al margen del sistema.
Las cosas parecen vincularse entre ellas, fuera de la acción humana y por sí mismas alienar a los productores; pero lo que reviste a los ojos de los hombres la forma fantástica de una vinculación entre elementos materiales inanimados no es sino una relación social concreta establecida entre y por los mismos seres humanos organizados sistémicamente. En eso estriba el famoso fetichismo de la mercancía. ¿Y cuál es el procedimiento que trueca la relación social del trabajo en relaciones entre las cosas? Pues es aquel que hace que tales cosas actúen como soportes materiales de determinadas relaciones humanas, en este caso como cristalizaciones del trabajo social. Aquello que para la ciencia se percibe como ley del valor -que traduce el trabajo empleado socialmente para producir una mercancía en valor de cambio- para la visión de los obreros parece una relación entre cosas. De tal forma permanece oculto el hecho de que esas cosas constituyen mercancías, fruto de un trabajo social y valorizadas socialmente.
La ley del valor o el fetichismo que se oculta tras ella constituyen el doble resultado de un mismo proceso reflejado en la ciencia y en la práctica productiva. Tanto el fetichismo como la ley del valor resultan de antítesis o contradicciones actuantes dentro del sistema, en tanto que la mercancía es valor de uso y valor, o sea, trabajo privado que es compelido a funcionar como trabajo social -trabajo determinado, concreto, que resulta cotizado a la par como trabajo general abstracto- aparece como personificación de las cosas (fetichismo) y cosificación de las personas (alienación).
Es, por tanto, la contradicción inmanente del sistema capitalista que, por una parte, extraña la esencia humana del hombre desquiciando su praxis subjetiva, convirtiéndola luego en una cosa, y al mismo tiempo personificando a las cosas mismas.
Alienación y fetichismo resultan así las dos caras de un único proceso, inherentes a un sistema que introduce la praxis del hombre, subjetiva, individual, en un cosmos social en donde el resultado de esa praxis le es escamoteado a su propietario para ser usufructuado por un grupo social antagónico.
Dentro de este contexto, la principal fuerza productiva que reside en el hombre, y las denominadas genéricamente fuerzas productivas, constituyen la unidad orgánica del trabajo acumulado y del trabajo vivo, vale decir, del conjunto de elementos materiales y personales correspondientes de la producción de bienes necesarios para, a su vez, producir –partiendo de objetos de la naturaleza- cosas capaces de satisfacer las necesidades humanas y sistémicas.
Entre estos elementos materiales necesarios para la producción se cuentan –como ya dijimos- los instrumentos de trabajo, las máquinas, los robots y computadoras, los laboratorios y centros de investigación adscriptos a la producción, los edificios industriales, las centrales y redes eléctricas, los medios de transporte, los puertos y centrales de cargas, vías férreas y carreteras. En general nos referimos a todos aquellos objetos y conjuntos de objetos que han sido creados por el ser humano para ejercer su acción sobre los objetos de trabajo y obtener su principio de legitimidad frente al sistema. El elemento personal a que hacíamos referencia más arriba es el de la parte del hombre productora y conductora de medios de trabajo, medios que a su vez producen al propio hombre. Los instrumentos de producción, las máquinas, constituyen el elemento material determinante dentro del conjunto de las fuerzas productivas, pues marcan el carácter y nivel de desarrollo de la producción. Las etapas económicas de la humanidad se distinguen no tanto por lo que se produce en ellas sino por los medios de trabajo empleados. Todo proceso de producción social requiere, en principio, la preparación de los medios de trabajo, y a posteriori su empleo para producir objetos de consumo. Por ello, la producción social se divide, como hemos estudiado, en producción de medios de producción (sector I) y producción de medios de consumo (sector II). La ley correspondiente a toda reproducción ampliada reside en el desarrollo primordial del sector I, en la construcción de un número cada vez más complejo y mayor de instrumentos de producción a fin de reequipar sobre esta base a todas las ramas de la economía.
El hombre como portador del tiempo de trabajo, como decíamos, es en ese sentido la principal fuerza productiva y precisamente es en ésta donde actúan como freno las viejas relaciones de producción, impidiendo su desarrollo pleno. En el caso argentino y el de otros países periféricos, además del devastador efecto causado por la globalización financiera y el desarrollo capitalista, se vivió un proceso particular de destrucción de fuerzas productivas, que luego analizaremos con más detalle, pero donde se reflejaba una crisis de estructura proveniente de un régimen de propiedad semicolonial aunada a la crisis del sistema capitalista.
De todas maneras, no se puede escapar a las regularidades del caos determinista propio del sistema global. Las contradicciones sistémicas y las provocadas por el propio desarrollo de las fuerzas productivas, especialmente las concernientes al ciberespacio, han provocado un tipo de caos poseedor de una característica intrínseca generada internamente por el sistema capitalista. Este caos se diferencia de los efectos incontrolables del azar o de las fluctuaciones estocásticas –es decir, pertenecientes o relativas al azar- en el entorno externo o medio. Estos procesos estocásticos, externos, pueden generar azar, un comportamiento que parece caótico, en un sistema que no esté atrapado en un atractor extraño. Pero en el caso del sistema capitalista, nos referimos a las contradicciones internas del sistema que se transforman en un atractor extraño, en donde el caos determinista actúa como acelerador del sistema impulsándolo hacia su límite cuantitativo, en tanto va preparando en el seno del viejo sistema los elementos constitutivos del nuevo, los elementos que habrán de sucederlo, que no son otros que la concreción del encuentro del tiempo de trabajo con su dueño, el ser humano. Pero en tanto y por ello, en el sistema capitalista, el concepto de hombre productivo no puede ser separado del concepto de negación de la productividad, la enajenación.
El enfoque es, efectivamente, antropológico, es decir, que da por sentado que el hombre social es en sí mismo un sistema que persigue el principio y el fin de su existencia, si lo tomamos estrictamente desde este parámetro social. En un sentido más amplio podríamos pensar que es un subsistema del sistema materia y, por lo tanto, recurrir a aquella afirmación de Espinosa en cuanto a que el hombre es un instrumento de la naturaleza, pues ésta se autoconoce a través de aquél.
Repasando, recordemos que el sistema social consta de elementos y relaciones. En el capitalismo, el ser humano se desdobla, y una parte del mismo, que es su capacidad de trabajo –temporalizada en el tiempo de trabajo- es legitimada y pasa a ser el elemento del sistema. El resto del ser humano, su parte psíquica y física constituyen parte del entorno interno del sistema y por lo tanto, permanecen como nexos respecto del elemento. Ahora bien, desde ese entorno las partes física y psíquica pugnan por legitimarse, es decir, por lograr el principio de legitimidad, que sería el de conseguir que dichas partes física y psíquica se integren en un solo elemento, pasen a ser un nuevo elemento y que por lo tanto, que el ser humano sea una totalidad, venciendo la alienación actual, uniendo el ser y el tener.

Ricardo San Esteban

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