miércoles, mayo 20, 2026

Cumbre Trump-Xi: la "trampa de Tucídides" del siglo XXI


En la cumbre que acaban de mantener Trump y Xi Jinping, el líder chino introdujo esta expresión en las conversaciones entre ambos. ¿Qué es la “trampa de Tucídides”? La expresión proviene del historiador griego Tucídides, autor de Historia de la Guerra del Peloponeso, donde analizó el conflicto entre Atenas y Esparta en el siglo V a.C. La frase más citada de Tucídides sostiene que: “Fue el ascenso de Atenas y el temor que esto provocó en Esparta lo que hizo inevitable la guerra”. 
 El concepto fue retomado contemporáneamente por el politólogo estadounidense Graham Allison para describir situaciones históricas en las cuales una potencia emergente desafía a otra dominante, generando tensiones que pueden desembocar en guerra.
 Según Allison, muchos grandes conflictos históricos tuvieron esta estructura, en la cual incluye las dos grandes guerras mundiales. En la Grecia clásica, Atenas representaba una potencia comercial, marítima y expansiva; Esparta encarnaba una potencia militar tradicional que veía amenazada su posición. El crecimiento económico y militar ateniense alteró el equilibrio regional. Esparta reaccionó intentando preservar su hegemonía. El resultado fue una larga guerra devastadora que debilitó a toda la civilización griega.
 El hecho de que Xi utilizara esta referencia no es casual, sino que pinta en forma cabal la situación internacional actual en la que las tendencias a una guerra mundial están fuertemente presentes en el escenario global. La analogía con otros conflictos del pasado aparecen con absoluta nitidez: China crece como potencia industrial, tecnológica y militar; Estados Unidos percibe amenazada su supremacía global y la rivalidad y choques se traslada a todos los planos al comercio, la tecnología, las finanzas, a la política y por supuesto, como no podía ser de otra forma, al plano militar. La cumbre entre el presidente estadounidense Donald Trump y el mandatario chino Xi Jinping en Pekín dejó una combinación de gestos diplomáticos, promesas comerciales y fuertes tensiones geopolíticas sin resolver. El encuentro estuvo dominado por cuatro grandes ejes: comercio, guerra de Irán, Taiwán y tecnología estratégica, especialmente inteligencia artificial y tierras raras. 
 Aunque ambos gobiernos presentaron la reunión como “exitosa”, el balance concreto muestra más compromisos precarios que acuerdos duraderos. Si hay que caracterizar la cumbre en pocas palabras, ésta funcionó como una pausa en una confrontación que sigue abierta.

 Más sombras que luces en los acuerdos económicos 

Uno de los terrenos donde se concentró mayores expectativas sobre los resultados de la cumbre giró alrededor del ámbito económico. El mandatario estadounidense estuvo acompañado por una comitiva de los CEO de las principales compañías norteamericanas que juntas representan más del 50% de la capitalización bursátil de Wall Street. Trump anunció futuras compras chinas de productos agrícolas estadounidenses, aviones Boeing y eventuales flexibilizaciones arancelarias. China, por su parte, insinuó ampliar el acceso de empresas norteamericanas a sectores de su mercado. Sin embargo, detrás de la retórica optimista persisten los problemas estructurales. Estados Unidos acusa a China de subsidios industriales, sobreproducción y competencia “desleal”. China rechaza las restricciones estadounidenses sobre chips, inteligencia artificial y exportaciones tecnológicas. La disputa por las tierras raras sigue siendo central, ya que Pekín controla una parte decisiva del suministro mundial. Trump llegó a Pekín necesitado de mostrar resultados económicos ante el deterioro interno provocado por la guerra en Irán y el aumento de los precios energéticos. China también necesitaba estabilizar el frente externo para contener su desaceleración económica y la crisis inmobiliaria. Ambos gobiernos intentaron mostrar avances concretos para estabilizar una relación deteriorada por años de guerra comercial, sanciones tecnológicas y disputas geopolíticas. 
 Sin embargo, los acuerdos alcanzados fueron parciales, en muchos casos preliminares, y dejaron intactas las contradicciones estructurales entre las dos mayores economías del planeta. El anuncio más importante fue el compromiso chino de comprar entre 200 aviones. El principal anuncio, sin embargo, tiene sabor a poco pues la cifra confirmada fue mucho menor que la esperada por Washington. Los mercados lo interpretaron así, lo que se tradujo en una caída de las acciones de la compañía Boeing en la bolsa neoyorquina. Para Trump, el acuerdo tenía un enorme valor político. Boeing atraviesa dificultades financieras y productivas. El sector aeronáutico es estratégico para el empleo industrial estadounidense y el anuncio permite mostrar “victorias comerciales” antes de las elecciones legislativas. Para China, la compra funciona como moneda diplomática, ya que permite reducir tensiones con Washington. 
 Pero el trasfondo sigue siendo conflictivo: China continúa impulsando su propia industria aeronáutica, en primer lugar a través del avance de Comac que amenaza a largo plazo el dominio de Boeing y Airbus.
 El segundo eje económico central fue el agro. Washington logró compromisos chinos para ampliar compras de: soja, carne vacuna, maíz, productos agrícolas estadounidenses en general. Funcionarios estadounidenses hablaron de compras anuales por “decenas de miles de millones de dólares” durante tres años. La soja sigue siendo decisiva. Trump necesita sostener ingresos agrícolas en Estados clave. Los productores rurales norteamericanos son base electoral republicana. Varios análisis recuerdan que muchos compromisos agrícolas anunciados durante el acuerdo comercial de 2020 nunca se cumplieron plenamente.
 La tecnología fue otro de los capítulos más sensibles. Hubo conversaciones, con la presencia de los líderes de las empresas estadounidenses en esa área, en torno a inteligencia artificial, semiconductores, exportaciones tecnológicas, regulación de riesgos de IA, cadenas de suministro críticas. La cumbre volvió a ratificar que, más allá de algunos avances, persiste un enfrentamiento estratégico. No hubo flexibilización decisiva sobre restricciones a chips avanzados, controles de exportación, bloqueo tecnológico estadounidense y sanciones sobre empresas chinas. 
 Estados Unidos mantiene el objetivo de frenar el avance chino en la tecnología de punta y China, por su parte, acelera su política de autosuficiencia tecnológica. 
 Trump mantiene el veto a las transacciones con China de la compañía holandesa ASML. El gobierno holandés ha expropiado a Nexperia, una sucursal de la china Wingtep; Pekín ha vuelto a rechazar la oferta de comprar los H200 a Nvidia para privilegiar a Huawei y ha vetado la compra de la start up de IA, Manus, una china con sede en Singapur, por parte de la norteamericana Meta. China vienen limitando el traslado de empresas chinas a Singapur. 
 En lo que se refiere a un punto crítico, como es el suministro de “tierras raras”, donde China controla cerca del 90% del refinamiento mundial, se mantuvo la tregua establecida entre ambos países el año pasado. Pero las tensiones persisten. Estados Unidos pretende garantías sobre un suministro estable y está haciendo esfuerzos por superar la dependencia que mantiene con Pekín. El gobierno chino utiliza el monopolio que tiene sobre estos minerales críticos como arma de negociación y para obtener compensaciones frente a los condicionamientos impuestos por Washington en su relación comercial con el gigante asiático. 
 Uno de los resultados institucionales más relevantes fue la discusión para crear un “Board of Trade” y un “Board of Investment” (mesa comercial y de inversiones). Estos organismos buscarían administrar conflictos comerciales, evitar escaladas arancelarias y canalizar disputas regulatorias. Se trata de un intento de institucionalizar la rivalidad entre ambas potencias. La existencia misma de estos mecanismos muestra que la confrontación ya no es coyuntural. Ambas potencias necesitan gestionar permanentemente el conflicto; compiten ferozmente, pero al mismo tiempo dependen mutuamente. 

 La guerra en Irán

 Pero más allá de la cuestión económica, la principal preocupación que desvela a Trump y que atravesó la deliberación en la cumbre es la guerra en Irán. Washington buscó que China presione a Teherán para reabrir plenamente el estrecho de Ormuz. Trump declaró que comparte con Xi una visión similar sobre impedir que Irán obtenga armas nucleares y garantizar la circulación energética global. El líder chino volvió a ratificar que su gobierno se abstuvo de equipar militarmente a Irán, pero China evitó alinearse completamente con Washington. “Xi se comprometió a no proporcionar armas a Irán mientras estuviera en guerra con Estados Unidos. Sin embargo, fuentes chinas, si bien confirmaron que ambos líderes hablaron sobre Oriente Medio, no mencionaron tales compromisos. El único comentario público del gobierno chino sobre Irán provino de un portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, quien declaró: 'No hay necesidad de que esta guerra, que nunca debió haber ocurrido, continúe'" (The Economist, 14/5). 
 El resultado fue una cooperación diplomática limitada y ambigua. Si hay algo que quedó claro en la cumbre es que China no constituye una fuerza progresiva emancipadora de los pueblos y de transformacion social. No hubo ni una sola palabra por parte de la dirigencia china de denuncia y condena del genocidio en Gaza, de la invasión sionista del Líbano ni del ataque a Venezuela, el bloqueo a Cuba y la propia agresión a Irán. No nos debe sorprender si tenemos presente que tanto Pekín como Moscú no ejercieron su poder de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, posibilitando -con su abstención- la aprobación de la moción de Bahréin que condena los ataques iraníes a sus países vecinos. Un hecho que estuvo precedido por la abstención china y rusa ante la votación del plan colonial de Trump para la Franja de Gaza. China está actuando como un factor de estabilización en la región. Esto tienen sus precedentes: China ejerció una presión sobre Irán para que los hutíes detengan sus represalias contra Israel y el imperialismo en el Mar Rojo. 
 Del mismo modo, Xi Jinping fue el que apadrinó una aproximación y reconciliación en su momento entre Irán y Arabia Saudita. No nos olvidemos que China, asimismo, tiene un fluido intercambio comercial con Israel. Detrás de la mediación de Pakistán y las negociaciones de Islamabad está la mano de Pekín quien propicia un arreglo entre Irán y Estados Unidos. Si bien a primera vista le convendría un desgaste de su rival en el marco de una disputa cada vez más despiadada, a la élite dirigente china le preocupa el impacto negativo que la guerra está teniendo en la economía global y en su economía doméstica, debido a su dependencia de las importaciones desde Medio Oriente. 
 China interviene en la política mundial en función de sus propios apetitos e intereses dirigidos a conquistar una tajada mayor en el marco del sistema de explotación capitalista mundial vigente. 

 Taiwán: Un choque explosivo

 Taiwán volvió a aparecer como el principal foco de choque explosivo. Xi Jinping reiteró que la cuestión taiwanesa constituye una “línea roja” para Pekín y advirtió contra cualquier apoyo norteamericano al independentismo taiwanés. Trump evitó compromisos explícitos. No confirmó nuevas ventas de armas y buscó mantener una posición ambigua, lo que generó inquietud entre sectores militaristas estadounidenses. El analista internacional Andrés Repetto acaba de publicar un artículo de "Por qué la cumbre Trump-Jinping podría ser la antesala de un posible conflicto entre ambos países” (La Nación, 15/5). Donald Trump exaltó el vínculo con la potencia asiática, mientras el presidente Xi Jinping le advirtió que una gestión inadecuada de la cuestión de Taiwán podría empujar a ambos países a “un conflicto”. El analista dijo que no hay que pasar por alto las palabras con que abordó la cuestión el líder de China, que no es un detalle menor: “Dejó en claro cuál es la situación y cuál podría ser si no se hacen las cosas como China quiere que se hagan”. En otra palabras, el riesgo de un conflicto bélico, lo cual habla a las claras que las tendencias a una guerra mundial están instaladas en el concierto mundial.
 Estados Unidos no ha dado el paso de alentar la independencia de Taiwán pero el problema se ha vuelto más ríspido porque la Casa Blanca ha reforzado la venta de armas a la isla ante la posibilidad de una invasión por parte de China. Detrás de los acuerdos comerciales y las fotografías diplomáticas, el tema verdaderamente decisivo de la cumbre Trump–Xi fue Taiwán. 
 Para ambos gobiernos, la cuestión taiwanesa no es un asunto secundario ni regional: concentra el problema central de la hegemonía mundial, el control militar del Asia-Pacífico y la supremacía tecnológica global. 
 Muchos analistas -hasta sectores militares estadounidenses- consideran que Taiwán es hoy el punto del planeta con mayores probabilidades de desencadenar una confrontación directa. 
 Desde el punto de vista militar, Taiwán funciona como una pieza central del cerco estratégico estadounidense sobre China. Un control chino de Taiwán modificaría profundamente el equilibrio militar regional al ampliar el acceso naval chino al Pacífico y pondría bajo presión bases militares de Estados Unidos y aliados asiáticos. Taiwán posee además una importancia económica extraordinaria. Allí opera Taiwán Semiconductor Manufacturing Company (TSMC), principal productor mundial de chips avanzados. 
 Por eso Taiwán es mucho más que una isla: es un nodo decisivo de las fuerzas productivas del capitalismo contemporáneo. 
 Xi Jinping intentó obtener una reducción del apoyo militar estadounidense a Taiwán, límites a nuevas ventas de armas, menor presencia naval norteamericana y reafirmación del principio de “una sola China”. Pero esto fue eludido por Estados Unidos. El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, adelantó que no hay ningún cambio de la política norteamericana en la materia. La cumbre vuelve a corroborar que la tendencia a un enfrentamiento de fondo es el eje dominante de la política mundial. Baja la retórica y gestos contemporizadores y amigables, el trasfondo de la cumbre es un fuerte aumento de la tensión militar. China incrementó ejercicios militares alrededor de Taiwán: despliegues navales, presión aérea y simulacros de bloqueo marítimo. Estados Unidos respondió con: patrullas navales,; fortalecimiento de alianzas asiáticas, ventas de armas, cooperación militar con Japón y Filipinas. La región atraviesa una militarización acelerada.
 Lejos de disiparse, la escalda bélica está llamada a intensificarse, pues responde a una cuestión de fondo en que el imperialismo estadounidense pretende mediante ese medio revertir su declive histórico y, de un modo general, resolver las contradicciones recurrentes y cada vez más amplias del sistema mundial capitalista. La especulación financiera y la sobreproducción revelan que hay una capacidad industrial excedente, una saturación en los mercados y una sobreacumulación de capitales que da cuenta de la envergadura de la crisis y que el capitalismo históricamente ha “corregido” apelando a depuraciones del capital drásticas y violentas, a través de depresiones y guerras. En este contexto, es oportuno destacar que Trump llegó debilitado a esta cumbre condicionado por el fracaso en su intervención en Irán, el impacto económica de la guerra y tensiones internas cada vez mayores con una economía que va a los tumbos, con un recrudecimiento de la inflación y el descontento de la población que va creciendo y que amenaza seriamente con provocar una derrota del magnate en las elecciones de medio término. 

 Comentario final 

La competencia entre Estados Unidos y China refleja la expansión mundial del capital y la tendencia de las potencias a disputar violentamente esferas de influencia. La paradoja es que esta rivalidad no elimina la interdependencia. Es que la globalización ha provocado un salto como nunca de la integración económica mundial. Ambos capitalismos permanecen profundamente entrelazados. Por eso, la cumbre combinó cooperación y enfrentamiento simultáneamente. 
 Asistimos a una fase de transición hacia un orden mundial más convulsivo, mientras aumentan las guerras, las crisis comerciales y la militarización global. 
 A partir del panorama aquí expuesto la alusión a la “Trampa de Tucídides” se ajusta totalmente a la realidad actual cuya dinámica conduce a una confrontación inevitable en el marco de una rivalidad creciente entre las potencias, que no solo incluye a Estados Unidos y China sino que se extiende a Europa y Japón. La referencia de Xi a Tucídides intenta mostrar a China como defensora de una “coexistencia pacífica” y la necesidad de evitar una confrontación bélica pero las tendencias estructurales del sistema empujan hacia una competencia cada vez más aguda y a la guerra. 

 Pablo Heller

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