Marco Rubio, el secretario de Estado y del Consejo de Seguridad Nacional de Trump, pronunció un discurso de características imperiales. Como si el mandato de su gobierno no estuviera limitado a cuatro años, puso como condición para una ‘normalización’ de las relaciones entre Estados Unidos y Europa una ‘limpieza étnica’ de la población inmigrante, incluidos los descendientes con ciudadanía. Descendiente de cubanos emigrados, Rubio convocó a un retorno al “cristianismo”, con un colosal desprecio por las raíces indígenas y africanas de los pueblos del Caribe y América del Sur y, por supuesto, de América del Norte. El discurso de Rubio es un puente tendido a Putin, quien se destaca por la reivindicación de esos mismos “valores civilizatorios’. La diatriba recibió réplicas menores, pero no la denuncia de un imperialismo genocida.
El abismo abierto entre los imperialismos europeos y el norteamericano ofreció espacio para que los jefes de gobierno europeos ventilaran la necesidad de una “disuasión nuclear común”, independiente de Estados Unidos. El planteo abriría el ingreso de Alemania al “club nuclear” (lo mismo que Japón), dando entierro completo a la prohibición de un rearme de dos de las tres expotencias del Eje nazi-fascista. Como quiera que el inglés Starmer y el francés Macrón son virtuales ‘patos rengos’ en sus países, el “club nuclear’ podría quedar presidido por el Reencuentro Nacional y el partido Reforma, ambos fascistas, si una movilización de masas no los destruye, e incluso en Alemania por la ‘neonazi’ AFD, vista la crisis del gobierno de coalición que encabeza el democristiano Friedrich Merz. Rubio, llamado ahora ‘el pequeño Marcos’, lanzó un llamado abierto a favor del voto por el ultraderechista húngaro, Orban, que ha perdido el primer lugar para las elecciones que tendrán lugar en abril próximo.
La Conferencia de Seguridad de Múnich ha formalizado la prevalencia de la guerra en la política mundial. El discurso imperial, sin embargo, es incompatible con la democracia política; los “cambios de civilización” no pueden ponerse a votación cada cuatro años y las elecciones intermedias. Más allá de los discursos, no obstante, la Conferencia aprobó de facto una guerra de larga duración en el Medio Oriente, para barrer con Irán, Yemen y lo que queda de Palestina. Esta guerra hará ingresar a otras fuerzas al escenario, como Turquía y Arabia Saudita; la geografía de la guerra mundial se acrecienta a grandes pasos. Lo mismo ocurre con las amenazas a Cuba en América Latina. Esta guerra ya conmociona políticamente a la mayor parte del mundo; es necesario que la clase obrera internacional la convierta, por medio de la lucha, en la tumba del imperialismo.
Política Obrera
Redacción
16/02/2026

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