Trump ha emprendido una operación atrevida y por sobre todo riesgosa. El Tesoro de Estados Unidos ha suspendido las restricciones y sanciones al comercio de combustible de Rusia, que sigue con activos secuestrados por un cuarto de billón de dólares, y los intereses correspondientes financian la maquinaria de guerra en su contra. Putin se ha comprometido a entregar de inmediato 300 mil toneladas de diésel, 500 mil enseguida después, hasta un millón. Debe servir a la reducción de un tercio en el costo de la materia prima del trabajo de cosecha y transporte del agro norteamericano. Mientras tanto, el cereal ucraniano, y en parte el ruso, se pudre en los almacenes como consecuencia del bloqueo al Mar Negro y al puerto de Odessa. El propósito más amplio es estabilizar los mercados financieros afectados por una inflación monetaria creciente. La decisión de Japón de aumentar los gastos de inversión y rearme ha provocado una liquidación de tenencias de los títulos del Tesoro de larga duración en el mercado de deuda de Estados Unidos. Pero el faltante de diésel no se encuentra vinculado tanto al suministro de parte de las refinerías de Rusia como a los bloqueos de los puertos del Golfo Pérsico y la entrada al Mar Rojo, algo que Trump se niega a admitir, porque no se resolvería procediendo al “aniquilamiento” de Irán. Esta guerra de agresión no provocada condiciona cualquier acuerdo de corto plazo con China, una arteria vital. Como quiera que la flota rusa sufre sanciones de parte de diversos estados, el compromiso de Putin con Trump acerca del diésel enfrenta obstáculos de diverso orden. Se han agravado tanto las condiciones de la guerra como las del comercio de materias primas. Trump se desquita ahora contra Zelensky, cuando hace pocas semanas se comprometió a fabricar los interceptores Patriot en suelo ucraniano. El acuerdo con Putin ha suscitado la oposición de los republicanos estadounidenses, que hace apenas unas semanas habían votado la ley Lindsay Graham, un ultraderechista que acaba de fallecer, que estipula una provisión masiva de armamento para el régimen de Zelensky. La ficción del interregno causado por el faltante de diésel queda de manifiesto cuando se tiene presente que hasta hace horas apenas la ‘conversación’ del momento era la ‘guerra híbrida’ de Rusia contra la OTAN y los preparativos en Alemania para enfrentar una guerra atómica, a más tardar en 2030.
El diésel, después de todo, debería servir para levantar una cosecha que debe ser exportada a China a un precio razonable. Algunos observadores han interpretado la suspensión de sanciones a Rusia como un medio para que pueda solventar su presupuesto y sus reservas de divisas, con independencia relativa de la asistencia de China. Rusia podría ser presionada, en esta hipótesis, para abandonar la importación de bienes ‘duales’ (de uso civil y militar) de China, y ser ‘inducida’ a un “acuerdo de Paz”. Con independencia de su propósito anexionista de Ucrania, Rusia es un estado dependiente en la cadena financiera mundial, que el imperialismo querría convertir en semi-colonia. China carece de los recursos y del interés para rescatarla de esta condición, que se está decidiendo por medio de una guerra imperialista. En definitiva, la guerra imperialista se extiende a escala planetaria y desafía a los trabajadores y masas de todos los países a emprender una acción histórica independiente.
Jorge Altamira
11/10/2026

No hay comentarios.:
Publicar un comentario