sábado, julio 21, 2018

Rosa Luxemburgo: Guerra a la guerra



Tenemos que seguir evocando y debatiendo sobre Rosa Luxemburgo, lograr que el año próximo sea el que merecemos porque su evocación nos ayudará a ver el mundo de otra manera. En su vida hay diversos tiempos, pero seguramente el más importante es el que comienza al 4 de agosto de 1914, cuando los partidos socialdemócratas apoyaron los créditos de guerra y una oleada de patrioterismo recorrió a la mayor parte del movimiento obrero organizado (casi hasta el último detalle), para Rosa fue un período de profunda desesperación. Los es­casos partidarios de la lucha contra la guerra, los opo­sitores a la incontenible corriente social patriótica que se extendía por Alemania, se reunían en su casa y du­daban acerca de la actitud a adoptar: escisión o acti­tud de resistencia en el seno del Partido. Mehring, casi septuagenario, Liebknecht, Pieck, Meyer y Marchlewski formaban este pequeño grupo. Clara Zetkin los apo­ya incondicionalmente. Aún y así, habrá que esperar hasta septiembre para conseguir el acuerdo de lanzar una primera decla­ración pública manifestando la existencia de una opo­sición en el seno del SPD: la firmarían Mehring, Liebk­necht, Clara Zetkin y Rosa Luxemburg. El proceso de escisión estaba en marcha, pero la decisión concreta de escindir el Partido aún no había cristalizado suficien­temente. En la Internacional, fueron los socialdemócratas rusos los que reaccionaron con mayor violencia con­tra la guerra y la actitud de los socialdemócratas ale­manes.

Un desastre humanitario

El desastre bélico colocaba ante los internacionalistas en una nueva situación política que trastocaba los planteamientos corrientes hasta entonces. Una fuerte corriente partidaria de la derrota de las potencias —los “derrotistas revolucionarios”—, se organizaría en torno a Lenin y los bolcheviques, cuyo juicio sobre la guerra no era desfavora­ble: hay que convertir la guerra mundial en guerra civil. La guerra debería ser la antesala de la revolución. No era éste, sin embargo, el punto de vista de Rosa. La guerra era la barbarie, la destrucción de la sociedad, un desastre humano sin paliativos. De barbarie y destrucción no podían surgir progresos sociales, no podía surgir el socialismo.
Sin embargo, lo urgente en aquel final del año era denunciar ante las masas alemanas y ante los socialistas de la Internacional la actuación de los buró­cratas y parlamentarios del SPD. Las posibilidades eran escasas, pero la traición de los dirigentes bien valía el sacrificio. En un ambiente de chauvinismo socialpatriótico, agitado desde el reaccionario Gobierno alemán y coreado por los socialdemócratas mayoritarios, se pro­cedió a votar, una vez más, los créditos militares en el Reichstag. Era el 2 de diciembre de 1914. Un solo hom­bre, el diputado socialista Karl Liebknecht, votó en con­tra. El resto de diputados contrarios, una pequeña mi­noría de los 110 diputados socialdemócratas, se ausen­taron del local para no tener que hacer frente a la de­cisión de voto. Pero era mejor así. Un solo hombre pa­saba a ser el símbolo de la resistencia contra la guerra y las masas alemanas así lo empezarían a entender, como no dejaría de hacerse notar, más tarde, con oca­sión de la detención de Liebknecht, que provocaría las primeras acciones masivas de protesta contra la guerra.
Por entonces, Rosa tenía que cumplir la pena de pri­sión a la que había sido condenada a partir del mes de diciembre. Una enfermedad, que la lleva al hospital, le permite mantener su libertad y puede participa en la creación del primer órgano de expresión de la extre­ma izquierda alemana: la revista “Die Internationale”, de la cual Rosa fue la responsable y la inspiradora. En el primer y único número que aparecería, Rosa escri­bió el artículo La reconstrucción de la Internacional, amarga crítica del abandono de la lucha de clases por el SPD y la Internacional. Pero el principal criticado era Kautsky, por su moderación y apatía, a pesar de no es­tar de acuerdo con la dirección: En tiempo de paz son válidas, en el interior del país la lucha de clases y en el exterior, la solidaridad internacional; en tiempo de guerra, por el contrario, en el interior del país, la solidaridad de clases y en el exterior, la lucha entre los trabajadores de los dis­tintos países. El llamamiento histórico del Manifies­to Comunista experimenta así una adición esencial, y después de la corrección introducida por Kautsky, reza: ¡Proletarios de todos los países, uníos en tiem­pos de paz y degollaos mutuamente en tiempos de guerra! (Frólich; 303)
Las palabras de Rosa destilan la enorme amargura que la bancarrota de la socialdemocracia le había pro­ducido. La reconstrucción de la Internacional, ante todo, requería la «lucha por la paz» y el abandono de la política iniciada el 4 de agosto.
Pero este fue el único número de “Die Internationale”, apareció en abril de 1915, y fue inmediatamente confiscado por las autoridades y prohibida su posterior edición. Pero Rosa ya no está presente en su aparición: desde el 18 de fe­brero, sin previo aviso, Rosa había sido arrestada, y re­cluida en la prisión femenina de Berlín. Un viaje a Ho­landa, con Clara Zetkin, para participar en una confe­rencia internacional de mujeres, no pudo, tampoco, realizarla. Entra en prisión, deprimida, agobiada por la de­rrota de las posiciones revolucionarias en la Internacio­nal y por el curso de la guerra, como le confesaría a su amigo Diefenbach. Pero pronto recupera su estado de ánimo combativo. La reclusión no es excesivamente ri­gurosa y dispone de tiempo para trabajar, para pasear, para pensar y para “volver a sí misma”. Sus distraccio­nes y actividades preferidas vuelven a resurgir. Entre ellas la botánica: Hace dos años —tú no lo sabes—, tenía otra ma­nía: en Sudende me sentí arrebatada por las plantas; comencé a coleccionarlas, a herborizar. Durante cua­tro meses no hice absolutamente nada más que pa­searme por los campos y distribuir y clasificar lo que traía de mis excursiones. Ahora poseo doce herbarios atiborrados y me oriento bastante bien en la “flora indígena”, es decir, en el patio de la enfermería de aquí, en donde algunos farolillos y lujuriosas malas hierbas crecen para alegría mía y de las gallinas…le explica a su “queridísima Lulú” en carta del 18 de septiembre de 1915 (Cartas; 194.)
Pero en la misma carta le confiesa el peso que sien­te de la “responsabilidad” que los demás le exigen: Necesito tener algo que me ocupe por completo, por poco conveniente que sea para una persona seria de la que —para su desgracia— se espera siempre al­guna cosa inteligente… Necesito tener a alguien que me crea cuando digo que es únicamente por error el que yo gire en el torbellino de la historia mundial, cuando en realidad yo había nacido para cuidar gan­sos (idem)
Pero, desde luego, no todo era botánica en su reclu­sión. A través de la eficaz secretaria y amiga de Rosa, Matilde Jacob, se mantenía en estrecho contacto con los acontecimientos. Leo Jogiches, con quien vuelve a reanudar la antigua amistad, la mantiene constantemen­te informada. De esta temporada carcelaria Rosa obten­dría, además del descanso obligatorio, el tiempo nece­sario para escribir varias obras importantes: La crisis de la socialdemocracia conocida como el “Folleto de “” por ser éste el pseudónimo que utilizó (Editada en Anagrama como La crisis de la socialdemocracia en 1977, con prólogo de Clara Zetkin y una extensa introducción de Ernest Mandel); Crítica de los críticos: o lo que los epígonos han hecho de la teoría marxista, suerte de anticrítica realizada contra aquellos que la habían atacado con respecto a su libro La acumu­lación de capital; y además, escritos estrictamente po­líticos, como las directrices políticas de la extrema iz­quierda, a defender en la conferencia de Zimmerwald, y que más adelante, a partir del uno de enero de 1916, se convirtieron en los puntos programáticos de la re­cién creada Liga Spartacus.
Desde su ingreso en prisión, se producen aconteci­mientos importantes en la escena política mundial, y en el interior del partido alemán. En efecto, la postura de Lenin y los bolcheviques, contraria a la reconstruc­ción de la Internacional y deseosa de construir una nue­va Internacional revolucionaria, empiezan a encontrar eco. En septiembre de 1915 se reúne en Zimmerwald, cerca de Berna, una Conferencia internacional socialis­ta, contra la guerra. Lenin plantea su consigna: trans­formación de la guerra imperialista en guerra civil. Es derrotado, entre otras razones a causa del voto en con­tra de los socialistas alemanes, partidarios del centro inspirado por Kautsky. Es la ruptura entre Lenin y Kautsky. El espíritu de Zimmerwald, no obstante, se vuelve a reproducir en la conferencia de Kienthal, en la primavera de 1916, donde se vuelve a adoptar una resolución de compromiso. Solo Paul Frolich, más tarde biógrafo de Rosa, entre los ale­manes, se manifiesta abiertamente a favor de los bolcheviques.
Las dudas e indecisiones de la izquierda alemana son el reflejo de sus propias contradicciones, que no tardarán en cristalizar en Partidos organizados y dis­tintos. A partir de enero de 1916 funciona el grupo Spartacus, así llamado por el pseudónimo utilizado para la publicación de sus Cartas Políticas, encabezado por Karl Liebknecht. Un año después se fundaría el Partido Socialdemócrata independiente (lSPD), con Kautsky, Haase y Ledebour al frente.

El espartaquismo

El grupo Spartacus, estaba, evidentemente, inspi­rado por Rosa, desde prisión, a través de la redacción de su programa político, revolucionario e internaciona­lista. En torno a él se reunían los principales represen­tantes de la extrema izquierda: Liebknecht, Jogiches Marchlewski, Clara Zetkin, Mehring, Pieck y otros. Pero no todo era fácil para la izquierda: Liebknecht había sido movilizado y enviado al frente ruso; Clara, detenida y liberada tras seis meses de prisión; Meyer y otros, a su vez, habían sido también detenidos.
Este tiempo de prisión, que mantiene a Rosa físicamen­te alejada de la controversia en la Internacional y en el partido alemán, no significa sin embargo, que le aisle ni mucho menos. Por el contrario, su influencia entre la izquierda y a través de ésta, entre las masas, empieza a crecer. Se empiezan a difundir los puntos programáticos de la fu­tura Liga Spartacus, claramente revolucionarios: Rosa era su autora y la Liga Spartacus, su grupo, como de­cían sus adversarios y enemigos.
El programa de Spartacus era internacionalista y revolucionario, entre sus puntos fundamentales podemos citar los siguientes: 1. La guerra mundial ha destruido el resultado de cuarenta años de trabajo del socialismo europeo… ha destruido a la clase obrera revolucionaria como instru­mento político de poder… Ha destruido la Internacio­nal proletaria. 2. Al votar los créditos de guerra los dirigentes de los partidos socialistas alemán, francés e inglés han re­forzado el imperialismo… y han asumido su parte de responsabilidad en las consecuencias de la guerra. 3. Esta táctica es una traición… 9. El imperialismo, en tanto que fase última de poder político del capitalismo, es el enemigo común de las clases obreras de todos los países…12. Dada la traición de los objetivos y de los in­tereses de las clases obreras por sus representantes ofi­ciales, se hace completamente necesario que el socia­lismo cree una nueva Internacional, que asuma la di­rección y la coordinación de la guerra de las clases revolucionarias contra el imperialismo en todo el mun­do.» (Netl, pp. 620-622.)
Este programa político, que culmina con una serie de puntos tácticos, finaliza con la siguiente afirmación: La patria de todos los proletarios es la Internacional socialista y su defensa debe pasar delante de cualquier otra cosa.
Rosa fue liberada de la prisión el 22 de enero de 1916, y fue recibida clamorosamente por centenas de personas. Entre ellas, Liebknecht, con un permiso obte­nido en el frente, para poder participar en las sesiones del Reichtag, donde atacó duramente la política mili­tarista e imperialista del Gobierno. El “grupo Spartacus”, en realidad todavá débil y desorganizado, aparecía como cada vez más peligroso a los ojos de la policía, el Gobierno y los partidos burgueses.
A Rosa la esperaban, sin embargo, nuevos problemas. Su “folleto de Junios”, acabado de escribir en abril de 1915 y sacado dificultosamente de la prisión, reposaba en su escritorio, sin haber sido publicado. Dificultades técnicas lo habían impedido. Rosa las supera y en abril de 1916, un año después de su redacción, el folleto de Junius verá la luz. Su otro trabajo carcelario, la An­ticrítica, no lo vería nunca publicado. Aparecerá por vez primera en Leipzig en 1921.
El Folleto de Junius es una violenta requisitoria contra la socialdemocracia cobarde cuyo alineamiento al lado de los Gobiernos imperialistas ha provocado una enorme derrota del proletariado, de proporciones y con­secuencias aún no imaginables.
Al decir de Rosa, la guerra está mostrando ya su verda­dera faz. Se acabaron las alegres despedidas de los sol­dados que parten hacia el campo de batalla, se acaba­ron los desfiles, las patrióticas arengas, el falso entu­siasmo animado por el militarismo. La guerra se pre­senta como lo que es: una carnicería repugnante en la que los pueblos de Europa se destrozan entre sí para mayor gloria de sus respectivos gobiernos imperialis­tas. Y de los capitalistas que se enriquecen en el conflicto. El proletariado, por su parte, ha sufrido la más aguda derrota de su historia.
Enlodada, deshonrada, embarrada de sangre, ávida de riqueza: así se presenta la sociedad burguesa, así, es ella. Para el proletariado sería el colmo de la lo-cura dejarse llevar por las ilusiones u ocultar esta catástrofe; sería lo peor que le pudiera ocurrir… Solo alcanzará su liberación si sabe aprender de sus pro­pios errores. Para el movimiento proletario, la auto­crítica, una autocrítica valiente, cruel, que llegue has­ta el fondo de las cosas es el aire y la luz sin la cual no puede vivir. En la guerra mundial actual, el prole­tariado ha caído más bajo que nunca. Es una desgra­cia para toda la humanidad. Pero solamente sería el fin para el socialismo en el caso de que el proletaria­do internacional se negará a medir la hondura de su caída y a sacar las enseñanzas que de ella se derivan (Rosa Luxemburgo, La crisis de la socialdemocracia; Ed. Anagrama, Barcelona, 1977, p. 39).
La responsabilidad histórica de este hundimiento de la conciencia proletaria debe recaer sobre las espaldas de los socialdemócratas alemanes que han traicionado a la Internacional, el 4 de agosto.
En ninguna parte la organización del proletariado ha sido puesta tan totalmente al servicio del imperia­lismo; en ninguna parte ha sido soportado el estado de sitio con tan poca resistencia; en ninguna parte la prensa ha sido tan amordazada, la opinión pública tan estrangulada, la lucha de clases económica y po­lítica de la clase obrera tan totalmente abandonada como en Alemania (Idem; 41) Su denuncia de la guerra imperialista hace las veces de introducción a lo que va a ser su argumentación de fondo, que versa sobre tres pilares esenciales: la natu­raleza imperialista de la fase de desarrollo capitalista que atraviesa Europa; el carácter inter-imperialista de la guerra y la imposibilidad de “guerras nacionales” donde la defensa nacional juegue el papel central, como había ocurrido en los conflictos bélicos del siglo XIX y el papel del proletariado y su organización política en el conflicto, orientado hacia la revolución social.
La era del imperialismo representa la entrada en ac­ción en la escena política mundial de fuerzas poderosas que tienden a mantener o a expandir las áreas de in­fluencia de las diversas potencias. El militarismo es, pues, una consecuencia derivada del desarrollo impe­rialista. La historia reciente de Europa así lo demues­tra. Turquía, Marruecos, los Balcanes, zonas de expan­sión del capitalismo alemán, contra los intereses de otras potencias así lo han sufrido en sus propios terri­torios. Pero el reparto del mundo entre las potencias imperialistas toca a su fin y el proceso expansionista sólo puede continuar a costa de alguna de las potencias en juego. La guerra inter-imperialista es inevitable. Lo que está en juego en la guerra mundial es, no la salva­ción de la patria como vociferan los corifeos patrio­teros de los Gobiernos imperialistas, sino los mezquinos intereses de una minoría explotadora.
El conflicto esconde la lucha por dirimir la influencia que a nivel mundial co­rresponde a cada potencia. Unas y otras son anexionistas, militaristas e imperialistas. No cabe hablar, pues, de guerras “nacionales”, de «defensa nacional», en el caso de ninguna de las potencias presentes en la guerra. Cabe hacer la excepción, quizá, de los pequeños países agre­didos: Bélgica, Serbia… Pero la naturaleza profunda de la guerra ha variado con respecto a anteriores enfrentamientos. Lenin, en su respuesta a El folleto de Junius, cri­tica esta posición de Rosa, aduciendo el carácter de guerra nacional liberadora que pueden poseer las lu­chas de resistencia de los pueblos colonizados. Rosa hubiera estado ciertamente de acuerdo, pero a lo que ella se refiere es a la guerra entre Estados europeos, imperialistas.
La segunda crítica de Lenin a este folleto versa so­bre la no caracterización como oportunista de los diri­gentes socialdemócratas, vinculados a su vez indisolu­blemente al conflicto bélico. Sin embargo, Rosa no se muerde la lengua al respecto:…la socialdemocracia renunció oficialmente a la lu­cha electoral, es decir, a toda agitación y a toda dis­cusión ideológica en el sentido de la lucha de clase proletaria y redujo las elecciones a su simple conte­nido burgués: lograr la mayor cantidad posible de es­caños, para lo cual estableció relaciones amistosas con los partidos burgueses (Idem; 116)
Luego añade: Al aceptar el principio de la Unión sagrada, la social­democracia renegó de la lucha de clases para toda la duración de la guerra… Al renegar de la lucha de clases, la socialdemocracia se ha anulado a sí misma como partido político representante de la clase obre­ra (Idem; 121) Y sigue: Esta postura de la socialdemocracia, anterior a la guerra, da lugar a que sea incapaz de intervenir en el curso de la misma, que sea incapaz de desviar su de­sarrollo hacia la conquista de la liberación del proleta­riado. Al votar los créditos de guerra, la socialdemo­cracia se entrega con todas sus energías a salvar la sociedad capitalista de su propia anarquía consecutiva a la guerra; por lo tanto, se entrega a prolongar indefini­damente la guerra y a aumentar el número de sus víctimas (Idem; 125)
Las argumentaciones posibilistas, nacionalistas, de defensa nacional aducidas por la mayoría de la social­democracia son rechazadas por Rosa como pretextos fútiles que enmascaran en la realidad una posición bur­guesa frente a la guerra. Y otro tanto sucede con el derecho de las naciones a la autodeterminación enarbolado por los oportunistas para justificar su alinea­miento al lado del imperialismo, como posición nece­saria para salvaguardar el derecho a la autodetermi­nación de Alemania. Según sus criterios, la política imperialista no es obra de un país o de un grupo de países sino que es el producto de la evo lución mundial del capitalismo en un momento dado de su maduración, que es un fenómeno natural, un todo inseparable que no se puede comprender más que en sus relaciones recíprocas y al cual ningún Es­tado puede sustraerse (Idem; 134), por consiguiente, la guerra en curso es el resul­tado inexorable de ese proceso, el deber de la social-democracia era haberlo previsto y caracterizado correc­tamente, no alineándose al lado de los gobiernos burgueses, sino desarrollando la lucha de clases.

Los intereses del proletariado

Lo que los dirigentes de la socialdemocracia debían haber propuesto en tanto que vanguardia del prole­tariado consciente, no eran recetas ridículas de na­turaleza técnica, sino dar la consigna política, formu­lar con claridad las tareas y los intereses políticos del proletariado en el curso de la guerra (Idem; 147)
Dicho lo cual, Rosa lanza una vigorosa defensa del internacionalismo, demostrando la identidad de intere­ses proletarios, en la guerra y en la paz; la necesidad de la lucha común contra el enemigo común: En la guerra actual, el proletariado consciente no puede iden­tifica su causa con ninguno de los dos campos (Idem; 158), exclama. Y concluye su escrito con estas bellas palabras: …se confirma que la guerra actual no es solamente un asesinato, sino también un suicidio de la clase obrera europea… Esta locura cesará el día en que los obreros de Alemania, de Francia, de Inglaterra y de Rusia despierten al fin de su embriaguez y se tiendan la mano fraternal, ahogando a la vez el coro bestial de los militaristas y el ronco bramido de las hienas capitalistas, lanzando el viejo y poderoso grito de guerra del trabajo: Proletarios de todos los países, uníos, (Idem; 164-165)
El “Junius Brochure” acompañado de las tesis de Rosa que servían de programa al recientemente formado gru­po Spartacus, provocan una gran sacudida en la izquier­da socialdemócrata. Los campos empiezan a clarificar­se: la derecha mayoritaria, con la dirección del SPD al frente: Ebert, Scheidemann, Noske; el centro, dirigido por Kautsky, Bernstein, Ledebour y Haase y la izquierda, agrupada en el llamado grupo “Internationale”, que publica las “Cartas a Spartacus”, nombre con que se le conocerá a partir de 1918, y que se agrupa en torno a Rosa, Liebknecht, Zetkin, Mehring, Jogiches y Pieck.
Pero la jerarquía del SPD mantenía aún, ficticia­mente, su unidad, de hecho, Spartacus entiende la necesidad de pasar a la ofen­siva. En 1916 las masas no son ya presa fácil de la pro­paganda chauvinista e imperialista. La guerra se mues­tra tal cual es, y la miseria y el hambre empiezan a con­trastar vivamente con el enriquecimiento de algunos ca­pitalistas de la retaguardia. El grupo de Rosa y Liebk­necht se marca como objetivo celebrar el Día Inter­nacional del Trabajo, con una jornada de agitación, de manifestaciones y mítines. Los intentos de actuar en común con los “centristas” fracasan y el grupo Spartacus se lanzan en solitario a la convocatoria de la acción. En el lugar y la hora de la manifestación muchos miles de personas se congregan: Liebknecht toma la palabra: “Abajo el Gobierno; abajo la guerra”, resuena su grito en la Postdamerplatz de Berlín. Es ins­tantáneamente detenido, lo cual da lugar a una manifes­tación de protesta que dura varias horas.
Liebknecht, procesado y juzgado, es condenado el 28 de junio a dos años de prisión y, por su interven­ción en el juicio, el Tribunal Supremo militar eleva la pena a cuatro años y un mes. La sentencia en contra de éste ocasionó la primera huelga general política durante la guerra. Era el sínto­ma de que algo empezaba a cambiar y que el proletaria­do empezaba a salir de su letargo.
Para Rosa, sin embargo, la actividad, la febril activi­dad de esos meses, no iba a durar mucho tiempo. El 10 de julio, vuelve a ser nuevamente arrestada. Su arres­to no va a ser seguido de juicio: será detenida preven­tivamente. Otros espartaquistas van a caer en manos de la policía: Mehring y Meyer, encarcelados, Marchlewski en un campo de concentración. Pero las cartas de Spartacus no van a cesar de publicarse. Pero el inagotable Leo Jogiches aseguraba la continuidad de la agitación.

Cartas desde la prisión

Rosa fue encerrada, primero, en la prisión femeni­na de Berlín, pero a mediados de septiembre será tras­ladada a la Jefatura de Policía, donde la «alojan» en un infecto cubil de once metros cúbicos, lleno de chinches, sin luz y sin ninguna libertad de movimientos. Cortada de sus escasas relaciones con el exterior, Rosa escribirá más tarde: El mes y medio que estuve allí hizo enca­necer mi cabeza y quebró mis nervios de tal forma que pienso que ya no me recuperaré jamás. (Frolich, p. 325.) A finales de octubre es trasladada a la fortaleza de Wronke, en Posnania. Allí disfruta de mayor tranquili­dad, puede pasear, una de sus aficiones favoritas y so­bre todo, quizá con la ayuda de algún funcionario com­placiente, puede comunicarse con amigos y camaradas. Su correspondencia es especialmente abundante en este período. Escribía a Sonia, la mujer de Liebknecht, a “su querida Lulú”, a Clara Zetkin, pero sobre todo a su amigo Diefenbach, con quien había reanudado sus re­laciones durante su corto período de libertad. Se supo­nía que ambos se casarían al finalizar la guerra. No po­dría ser porque Diefenbach muere en la guerra, en noviem­bre de 1917, estando ella en la cárcel de Breslau, donde ha sido transferida desde julio de 1917.
La etapa de su estancia en Wronke es relativamente plácida. Recupera sus antiguas aficiones, la botánica principalmente, pasea mucho, lee y escribe artículos que publicará después la prensa clandestina, traduce la auto­biografía de Vladimir Korolenko, Historia de mi con­temporáneo, con el fin de dar a conocer la moderna li­teratura rusa. Sin embargo, su lejanía de los aconteci­mientos da lugar a que sus escritos políticos sean repe­titivos de anteriores posiciones mantenidas por ella. Su estancia en Wronke se caracteriza por la placidez, la tranquilidad de espíritu, la lejanía relativa de los acontecimientos y la nostalgia de los amigos y amigas, de la vida política —no de “la política”—, la vuelta a su intimismo y la recuperación de sus sentimientos más profundos.
Esta situación cambia brutalmente cuando la trasladan a la cárcel de Breslau. En ella, Rosa está más cerca, físicamente cerca, de la guerra. Cargamentos de uniformes ensangrentados, que los presos tienen que zurcir; vehículos militares que entran y salen de la cár­cel… Rosa siente la guerra y siente su brutalidad. Un soldado, que conduce un carro tirado por búfalos —es la primera vez que Rosa ve estos animales— los golpea salvajemente, haciéndolos sangrar, con una crueldad tal que el guardián de la prisión le pregunta si no tiene piedad de las bestias: Y de nosotros, ¿quién tiene pie­dad?, responde el soldado. Este acontecimiento, apare­ntemente trivial, afecta a Rosa intensamente como se lo hace saber a su amiga Sonitchka, a la que le narra esta historia. La muerte de Diefenbach la sumerge en un estado de apatía y resignación.
Es para mí como una palabra cortada en medio de una frase, como un acorde interrumpido que conti­nuo oyendo. Hacíamos miles de proyectos para des­pués de la guerra; queríamos gozar de la vida, viajar, leer buenos libros, admirar la primavera como nun­ca… No lo concibo: ¿es posible? ¡Como una flor arrancada y pisoteada… (Cartas, 220.) le escribe a Louise Kautsky. Y en una carta posterior le confiesa: …vivo soñando que está aquí, le veo vivo, delante de mí, con el pensamiento, hablo con él de todas las cosas, en mí continúa viviendo (Idem; 220)
Los acontecimientos exteriores, sin embargo, no pa­saban desapercibidos a Rosa. En medio de su aislamien­to, en Wronke, recibe una primera gran noticia: la re­volución ha estallado en Rusia. El zar ha abdicado. Es febrero de 1917. Y meses después, otra gran noticia: los bolcheviques toman el poder en Rusia. Lenin es Presi­dente del Consejo de Comisarios del Pueblo. Su antiguo amigo y dirigente del socialismo polaco (DKPL) y ulterior responsable de las Cheka, Félix Dzyerzinski, es tam­bién comisario del pueblo. Rosa, desde su encierro, se entusiasmará ante tales triunfos. Pero no por ello de­jará de ejercitar sus dotes críticas al respecto, pero esto merece mayor atención.

Pepe Gutiérrez-Álvarez

(*) Inicialmente este trabajo estaba destinado a la revista Tiempo de Historia que dirigía Eduardo Haro Teglen en los años setenta, pero cerró antes de poder publicarlo. Estaba basado sobre todo en la lectura de Rosa Luxemburgo (México, Ediciones Era, 1974), la biografía escrita por J. P. Nettl, la más completa de las publicadas hasta el presente. J. P. Nettl se confiesa abiertamente anticomunista dirá que “aquellos que se complacen con la crítica de los principios de la revolución bolchevique, harían mejor encaminando a otro lugar sus pasos”. Esta biografía está publicada por ERA. Otras biografías importantes de Rosa, las de Paul Frölich, Lelio Basso, Norman Geras aparecieron, respectivamente, en las editoriales Fundamentos, Península y ERA.

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