jueves, enero 17, 2019

Fuera las manos de Venezuela



En el último tiempo se ha formado una Cruzada contra el gobierno de Venezuela, nada menos que en nombre de la democracia. La integran un evasor fiscal norteamericano, misógino por añadidura y jefe de una Gendarmería internacional que ha destruido pueblos enteros en Medio Oriente y Norte de África; un notorio fascista brasileño; un pinochetista chileno también incurso en negocios traviesos; un strosnista paraguayo; un golpista hondureño; un guatemalteco en riña con la Comisión de Derechos Humanos de la ONU; y un colombiano uribista, cuyo tutor tiene cuentas en la Justicia por encubrimiento de paramilitares. Uno de los cruzados, mexicano, con una catarata de denuncias por corrupción, fue reemplazado hace un mes por el único mandatario con pergamino democrático en la región, quien precisamente por esto se dio de baja de esta caballería ligera. El presidente de Argentina, por su lado, más allá de los Panamá Papers, los paraísos fiscales y a los cuadernos Gloria, pertenece a una corriente política vinculada a todos los golpes y dictaduras militares que tuvieron lugar en el país desde 1955. Todos estos personajes fueron interpretados magníficamente por el actor Lautaro Murúa, en el film Gracias por el Fuego, cuando le susurra a su nieto - "me cago en la democracia".
La catadura de esta legión de reaccionarios no exculpa, por supuesto, a la camarilla cívico-militar de Nicolás Maduro. Ha llevado al pueblo venezolano a un callejón sin salida y a una pesadilla política social. Un movimiento que debutó con exaltados planteos de emancipación nacional de alcance latinoamericano, y que llevó adelante algunas medidas importantes en esa dirección, ha concluido, como otros similares en el pasado, en una bancarrota económica y política colosal. Desde el comienzo estableció un régimen de poder personal y estatización de las organizaciones populares, en especial los sindicatos, que se reforzó con métodos plebiscitarios. Procuró desarrollar una ‘boliburguesía' con los elevados ingresos petroleros, que sirvieron para enriquecer a sus beneficiarios, pues de ningún modo crearon una clase capitalista doméstica con algún grado de independencia. Ahora que el país atraviesa una crisis de abastecimiento y una hiperinflación fomentada desde el gobierno, Maduro anuncia la privatización de la riqueza minera a compañías rusas y chinas, y no excluye hacerlo en beneficio de las norteamericanas.
El propósito de estas líneas es, sin embargo, hacer un balance más abarcador. ¿Los comentaristas de oficio olvidan que todas las variantes nacionales de lo que llaman ‘populismo' emergieron como un instrumento de rescate del sistema social y político llevado a la quiebra por los gobiernos que los precedieron, denominados ‘neoliberales'? Esa fue la expectativa que animó al ex presidente de Venezuela, Rafael Caldera, un democristiano, cuando indultó a Chávez en 1997. Venezuela venía de la gran masacre del ‘caracazo', de un enorme fraude bancario y con un precio de diez dólares para el barril del petróleo. Idem Duhalde y los K - la bancarrota de 2001/3, prohijada por ellos mismos con Menem, De la Rúa y los futuros macristas Sturzenegger o Dujovne. Qué decir de Rafael Correa o de Evo Morales, que ocuparon el centro del escenario en medio de bancarrotas gigantescas y, por sobre todo, para neutralizar varias insurrecciones populares.
Sin los Lula, los K, los Correa y los Morales, hoy no existiría el aparato de Estado que cobija a los Macri y los Bolsonaro. América Latina ha asistido a una carrera de postas donde ‘neoliberales' y ‘populistas' se han pasado el bastón para sacar a flote el régimen político y social que su antecesor llevó al abismo. Con una salvedad, sin embargo: no es una simple repetición del mismo juego, pues cada vez es peor. Quienes achacan los ‘males' de América Latina a una falta de continuidad en las ‘políticas de Estado', no saben de qué están hablando: la ausencia de continuidad testimonia la quiebra del Estado.
El estado de crisis permanente de América Latina no es sino una refracción de la crisis capitalista mundial sobre los eslabones más débiles de la cadena. En tanto defensores del capitalismo, ‘populistas' y ‘neoliberales' son incapaces de salir de este condicionamiento. Las ‘expropiaciones' más importantes de Chávez fueron negociados - por ejemplo el de Techint, por la que pagó dos mil millones de dólares en efectivo y dos mil doscientos por la aceptación de pasivos ocultos. Por la norteamericana Verizon, obló una suma superior a su cotización en Bolsa, entonces en su nivel más alto. Así no se construye el ‘socialismo', ni nada.
El desafío de América Latina - salir de este ciclo destructivo -, requiere una acción histórica independiente de la clase obrera.
Si la Cruzada intervencionista lograra sus propósitos, Venezuela asistiría a un remate descomunal de sus riquezas mineras e incluso a la pérdida de conquistas importantes, como las más de dos millones de viviendas que fueron entregadas en estos años. Una vez convertidas en propiedades privadas, sus poseedores se verán obligados a venderlas a la especulación inmobiliaria, bajo la presión de sus necesidades cotidianas.
La sucursal de la caballería ligera de Trump no tiene apoyo popular ni, por lo tanto, los medios políticos para gobernar Venezuela, por eso reclama una intervención militar - interna y externa. Se trata de un llamado a la guerra civil, que desbordaría las fronteras de Venezuela. Los trabajadores venezolanos deberían convocar, contra esta perspectiva nefasta, a su propia Asamblea Nacional - un Congreso de delegados electos en las empresas -, para desarrollar su alternativa de poder. Los trabajadores latinoamericanos debemos formar un frente contra esta perspectiva de barbarie de la Cruzada ‘democrática' - golpista o bélica. Más prosaicamente, la derecha en Argentina, Uruguay y Bolivia, principalmente, buscan extorsionar a la ciudadanía de sus países con el ‘espectro' de Venezuela, en este año electoral. Venezuela es sólo una carta en el mazo derechista. Los tres años de gobierno de Macri muestra a qué propósito sirve este espectro. Bajo ‘populistas' o ‘neoliberales', la precariedad social y laboral no ha dejado de crecer.
Más allá de todo esto, Venezuela atraviesa una crisis humanitaria, que la intervención militar no va a resolver - como no ha resuelto la que el mismo imperialismo y la reacción local han provocado en Medio Oriente. El Mediterráneo se ha convertido en el cementerio de los salvadores de la Cruzada occidental. De nuevo, es necesario una movilización internacional para arrancar esa ayuda a los Estados de todo el mundo, bajo el control de organizaciones de trabajadores y de Derechos Humanos independientes.

Jorge Altamira

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