miércoles, febrero 26, 2025

La segunda invasión de Trump a Ucrania


En la jornada de ayer, una resolución de condena a la invasión de Ucrania por parte de Rusia fue rechazada por Estados Unidos, en la ONU, al cumplirse su tercer aniversario. Para Donald Trump, en plena negociación con el gobierno de Rusia por el reparto de Ucrania, la responsabilidad del atropello debería atribuirse a la propia Ucrania, al gobierno de Zelensky e incluso a la Unión Europea, o al menos a Francia y Alemania. De no haber sido por el fraude electoral de 2021, que le habría birlado la victoria presidencial en Estados Unidos y la reelección, la guerra en Ucrania, bajo su presidencia, asegura Trump, no hubiera tenido lugar. La controversia es, obviamente, largamente artificial, porque la responsabilidad de una guerra no recae en quien disparó el primer tiro, ni tampoco es la consecuencia de decisiones unilaterales. Son innumerables los casos en que el agresor se disfraza en su contrario, como ocurrió en la guerra de Estados Unidos contra España, a fines del siglo XIX, por el control de Cuba y el Caribe, o que es detonada a partir de un pretexto casual. Lo que importa es establecer el carácter histórico de una guerra; los intereses sociales y nacionales en disputa; y el cuadro internacional del momento político. Hay, por otra parte, muchas clases de guerra: imperialistas, nacionales, revolucionarias. La antinomia entre guerra y paz es, en una sociedad mundial antagónicamente clasista, un caso de embuste agravado. Las guerras en Rusia y en el este de Europa conocen un giro especial a partir de la disolución de la URSS, que de por si representa el pasaje de sus estados componentes a la tutela de diversas potencias imperialistas. Un segundo paso es la disolución de la Federación Yugoslava y el asalto a Serbia, por parte de la OTAN. El gobierno de Clinton, por un lado, y los de Alemania y Austria, por el otro, van a asumir un rol protagónico. Pero el voto de ayer pone a luz a quien se atribuía un papel secundario, incluso enfrentado al belicismo neoliberal. O sea, a Donald Trump. Trump fue el agente principal de la guerra en la Ucrania, aunque con una importante salvedad: nunca separó a esa guerra de una ofensiva política y económica contra la Unión Europea. En la guerra de la OTAN y Rusia se combinaron una guerra imperialista, de distinto carácter, de ambos lados, y otra guerra, subterránea, aunque no menos violenta, dentro de la OTAN – entre Estados Unidos y la UE. Esto fue planteado, en estas páginas, desde el comienzo.
 El acaparamiento de Ucrania ha ocupado un lugar relevante desde el día siguiente (o, más bien, desde antes) de la disolución de la URSS. A partir del derrocamiento del presidente pro-ruso Yanukovich, en 2014, tomó la forma de una guerra entre las zonas occidentales y orientales del país. Pero se produce un cambio fundamental bajo la presidencia de Trump, cuando en agosto de 2017, refrenda la ley de sanciones económicas contra Rusia, que apuntaba fundamentalmente a detener la construcción del gasoducto Stream 2, que debía reforzar la provisión de gas ruso a Europa, vía el marco Báltico y Alemania. Los gasoductos 1 y 2 servirían para el abastecimiento de un fluido barato y para cimentar una integración creciente de Rusia a la economía de la UE; un cambio geopolítico, como se dice en la actualidad. El crítico más feroz a estos acuerdos de gas fue Donald Trump, quien denunció en la OTAN que “Alemania se ha convertido en una dependencia de Rusia”. Trunp se había convertido en el lobbista más importante de las petroleras norteamericanas del ‘shale gas’ y de su conversión en gas licuado para exportación. Putin, por otro lado, firmó un contrato de largo plazo para el transporte del gas ruso por el gasoducto de Ucrania y Gazprom (la empresa estatal de Rusia) se avino a pagar 3 mil millones de euros en un arbitraje por controversias. Apenas horas después de estos acuerdos, Trump firmó una orden ejecutiva que sancionaba a las empresas que finalizaban la construcción del Stream 2. Los socios alemanes se retiraron del proyecto, que fue finalizado por Gazprom, aunque nunca llegó a funcionar por la capitulación de Ángela Merkel, la canciller de Alemania, a las presiones de Trump. Esta ruptura no solamente afectó el comercio de gas sino el conjunto de la integración económica de Rusia a Europa. La aspiración de Putin era servir de puente entre la UE, de un lado, y la Comunidad Económica de Asia Central, para desarrollar un bloque imperialista independiente de Estados Unidos. En esa etapa, los minerales y las tierras raras de Ucrania no figuraban en el tope de la agenda, pero sí la escrituración definitiva de las privatizaciones de tierra del país, que hoy dominan los fondos de cobertura norteamericanos. La aspiración de Merkel de que “Europa y Rusia quedarán vinculados en una relación segura y resiliente por las próximas décadas” quedó en la nada. Trump logró imponer el GNL, cuatro veces más caro que el gas natural, y asestar un golpe mortal a la industria alemana, que quedó fuera de competencia en el mercado mundial. Trump tampoco estaba improvisando – continuaba la política energética de Ronald Reagan, a partir de 1980, en esa época contra el gas soviético, cuando las compañías europeas empezaban a invertir en el gas de la región de Siberia. Se puede concluir, sin casi margen de error, que el bloqueo al gas y al acuerdo con Alemania, y luego el sabotaje a la vacuna rusa Sputnik (bajo el gobierno de Trump) fueron los factores eficientes que llevaron a la invasión de Ucrania por parte de Rusia. 
 La actualidad de esta política imperialista es incuestionable. Trump ha lanzado un Oferta hostil de Compra de los activos minerales y agrarios de Ucrania, como base de un acuerdo de cese de la guerra con Rusia, en cuyos territorios ocupados se encuentran incluso los principales yacimientos de tierras raras. Con este planteo liquida la relación Europa-Ucrania y desvaloriza todo el capital invertido en Europa; los fondos de garantía de Estados Unidos dominan el mercado europeo y empresas norteamericanas han empezado a quedarse con las europeas que se declaran en quiebra. En la letra chica de un acuerdo eventual, Trump planteará la misma libertad de acceso a las riquezas naturales, siempre con el argumento de la necesidad de reconstruir Ucrania. Estamos ante una oferta a la oligarquía capitalista de Rusia. La lucha inter-imperialista entre EEUU y UE pasa a un plano más alto. Las implicancias estratégicas de todo esto son, por cierto, mucho mayores, como el rearme militar de unos y otros, para ‘garantizar’ el cumplimiento de los acuerdos. Pero queda claro que, lejos de mediador de la paz, Trump representa una tendencia más poderosa a la guerra y a los regímenes políticos de excepción. 

Jorge Altamira
25/02/2025

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