Árbenz murió en 1971 en el exilio, un destino compartido por muchos líderes progresistas de la región
La historia de Guatemala, y por extensión la de América Latina, no puede entenderse sin analizar figuras como Jacobo Árbenz, quien asumió la presidencia de la nación centroamericana en 1951, con una visión clara: transformar el país a través de un programa nacionalista y progresista.
El pilar de su Gobierno fue la Reforma Agraria (Decreto 900), con la cual buscaba desmantelar el sistema arraigado por los conquistadores. El éxito de su reforma, que benefició a más de 100 000 familias, provocó que la administración estadounidense de Harry S. Truman considerara el programa como una escalada de la influencia comunista y, por ende, un peligro para la potencia imperialista.
Ya en 1953, con la entrada a la presidencia de Dwight Eisenhower, la tensión era aún mayor. La política del mandatario norteño se caracterizó por promover acciones encubiertas para derrocar gobiernos de izquierda, con la vigente justificación de considerarlos hostiles a los intereses del país. Con el apoyo de la entonces joven CIA, en agosto de 1953, en Irán, Mohammad Mosaddegh fue la primera víctima de las tácticas de derrocamiento. Árbenz le continuó el año siguiente.
La bautizada como Operación PBSucces, bajo esta dupla estadounidense, fue la orquestación de maniobras subversivas contra Guatemala. Con la narrativa de «contención del comunismo» en plena Guerra Fría, la CIA financió y organizó una campaña sicológica y un bombardeo a la capital, lo que forzó la renuncia de Árbenz en 1954.
Árbenz murió el 27 de enero de 1971, en condición de exiliado, despojado de su nacionalidad durante años, un destino compartido por muchos líderes progresistas de la región. La caída del Gobierno guatemalteco marcó el fin de la llamada «Primavera Democrática», así como el inicio de un patrón de intervención sistemática y décadas de dictaduras militares que definirían el destino político en América Latina en la segunda mitad del siglo XX.
El golpe contra Árbenz fue el comienzo de un modelo que las distintas administraciones estadounidenses perfeccionarían con el paso del tiempo, para frenar cualquier intento de reforma social que amenazara su hegemonía política.
Brasil (1964), con el derrocamiento de Joao Goulart; República Dominicana (1965), con la invasión directa de tropas estadounidenses para evitar que el líder progresista Juan Bosch retomara el poder; Chile (1973), donde la CIA trabajó activamente para desestabilizar el gobierno de Salvador Allende y que terminó con el golpe de Estado, y luego dictadura de Augusto Pinochet; Uruguay y Argentina (en los años 70), con el apoyo al Plan Cóndor –diseñado y coordinado por la CIA con los servicios de seguridad de las dictaduras militares latinoamericanas para aniquilar a la izquierda–; son algunas de las acciones que la Casa Blanca apoyó, instigó u orquestó bajo la doctrina de Seguridad Nacional.
En la actualidad, la historia no es distinta. Las maniobras, manipulaciones, bloqueos comerciales, intervencionismos, entre otras tácticas, son las mismas que en aquellos tiempos. Lo vimos en campañas sicológicas y de descrédito contra el Gobierno de Venezuela y, recientemente, el bombardeo en su capital, donde secuestraron a su presidente legítimo, Nicolás Maduro, y a su esposa, Cilia Flores.
¿Será que quieren que Venezuela sea la Guatemala del 54, o son simples coincidencias históricas?
Elizabeth Naranjo | internet@granma.cu
27 de enero de 2026 00:01:00

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