Puede haber pasado mucho tiempo –años, décadas– de haber leído una novela como Pedro Páramo y, sin embargo, basta con pensarla, o con escuchar el nombre de su autor, el mexicano Juan Rulfo (16 de mayo de 1917-7 de enero de 1986), para que regresen no solo a la memoria, sino también al cuerpo, aquellos estremecimientos experimentados frente a sus páginas, ante las que uno se pregunta cómo puede alguien escribir de ese modo, que consigue sacar al lector del arrellanado sitio en que se encuentra y llevarlo a aquellos parajes en los que la muerte, el miedo y la impávida escena lo invitan a entrar como para que se convenza de su existencia.
Considerado uno de los grandes maestros de la literatura universal del pasado siglo, su crédito cuenta entre las descollantes figuras del boom, suceso que ofreció, desde el mundo editorial, la revelación de las nuevas grandes plumas de la narrativa latinoamericana.
No pudo el colombiano Gabriel García Márquez, premio Nobel de Literatura, dejar de aludir a las impresiones que le causó la obra de este hombre, nacido en Acapulco y crecido en el pueblo de San Gabriel –donde reinaban la superstición y el culto a los muertos–; en un entorno nada indulgente, marcado por el conflicto entre el Gobierno mexicano y los milicianos católicos, conocido como la guerra cristera, en la que su padre resultó asesinado.
«El conocimiento de la obra de Juan Rulfo me dio el camino que buscaba para mis propios libros. Siempre vuelvo a releerlo completo, y siempre vuelvo a ser la víctima inocente del mismo asombro de la primera vez. No son más de 300 páginas, pero son casi tantas y creo que tan perdurables como las que conocemos de Sófocles. Así es mi admiración por Rulfo», reconocía, en una entrevista, el autor de Cien años de soledad, quien solía comprar muchos ejemplares de Pedro Páramo con el propósito de que quien recibiera uno de ellos como regalo, se comprometiera a regresar para hablar con él de aquella obra que consideró «entrañable», creyó la novela más hermosa jamás escrita, y la que, decía, se sabía de memoria, al punto de poder repetir cada escena acaecida en el espacio mítico de Comala, que tanto recuerda a Macondo.
Sobre la brevedad de su obra –una única novela y los cuentos agrupados en El llano en llamas– refiere el Gabo que, si bien es la razón por la que no le dan el Nobel, hubiera sido suficiente por su extraordinaria calidad. «Si yo hubiera escrito Pedro Páramo no me preocuparía ni volvería a escribir nunca en mi vida».
De otros particulares en la obra de Rulfo dejó constancia expresa García Márquez, a quien, al esgrimirlos, mucho se le ha de tener en cuenta, por tratarse de otro de los autores cimeros de las letras universales. Y tiene el lector la posibilidad de comprobar sus muchos tinos, yendo de la mano del texto mismo donde está narrado, desde paisajes insólitamente espeluznantes, el trozo de historia de su país que le fue dado presenciar, así como la odisea de la condición humana.
Hasta la espectral Comala llegará Juan Preciado para buscar a su padre, el cacique del pueblo, Pedro Páramo. El sitio está habitado por voces de muertos que pondrán al tanto al visitante, que también muere, sobre la historia local estigmatizada por el infortunio y la indignidad. Para ello, el narrador hará gala de un estilo esencialmente novedoso en el que, y a pesar de lo tenebroso, el pulso poético zigzagueará el relato.
De altos quilates resultan también los cuentos reunidos en El llano..., en los que late una asfixia abrumadora que recae sobre seres desolados y abatidos por la desgracia. Entre los que más guarda la memoria lectora está
Diles que no me maten, magistral pieza que recrea la hora final de Juvencio Nava, un campesino asediado por el remordimiento de sus actos, que ruega a su hijo interceda por él para recibir un no rotundo, y comienza así:
«–¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
–No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti».
Poco de su vida –que puede hallarse en una rápida búsqueda en internet–, y algo de su obra, recogen estas líneas que ojalá consigan invitar a regresar, o a conocer, a Rulfo, Premio Nacional de Literatura, en 1970, y Premio Príncipe de Asturias de las Letras, en 1983. Abordarlo, cuando se cumplen 40 años de su fallecimiento, será, para con él, homenaje, y para sí, un destello de exaltaciones, de las mejores que puede proporcionar la buena literatura.
Madeleine Sautié | madeleine@granma.cu
8 de enero de 2026 21:01:54

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