Siempre, en sus aniversarios –ahora el 67–, se recuerda la Operación Verdad como relevante medida de respuesta a la primera campaña de guerra sicológica del Gobierno de Estados Unidos contra la Revolución, que utilizó como pretexto la aplicación de la justicia, en Cuba, a torturadores y asesinos de la dictadura batistiana.
Fue primero una gran concentración popular, el 21 de enero de 1959, en la cual un millón de cubanos respaldaron, a mano alzada, el enjuiciamiento y castigo de aquellos criminales.
Al día siguiente, hubo una extensa conferencia de prensa, con alrededor de 400 periodistas latinoamericanos, estadounidenses y europeos, en la que el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz desmintió infundios y falsedades.
Se daba inicio a una etapa novedosa en el acontecer político y judicial latinoamericano: nunca antes los represores, al servicio de las oligarquías explotadoras y de las transnacionales estadounidenses, habían enfrentado la justicia y respondido por sus crímenes.
Sería lógico pensar que aquella campaña de propaganda subversiva contra la Revolución se organizó –y se ejecutaron sus primeros pasos– después del triunfo del 1ro. de enero. Lo cierto es que no fue así.
La campaña fue gestada –incluso iniciada– desde mucho antes, como parte del plan de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y del Departamento de Estado, que intentó evitar el triunfo de la Revolución cuando se había hecho evidente, tras el fracaso de la ofensiva estratégica de la tiranía, del verano de 1958, que no podría lograrse a través de medios militares por el Ejército batistiano.
¿Cómo fue utilizado el mensaje central, de lo que posteriormente fue la campaña de propaganda enfrentada por la Operación Verdad, en los intentos de impedir el triunfo del Ejército Rebelde? ¿A qué sectores priorizados, y con qué finalidad, se hizo llegar antes del triunfo? ¿Qué objetivos perseguía aquella primigenia guerra mediática contra la Revolución después del triunfo?
UNA MEDIACIÓN ENGAÑOSA
Pocos días después de la victoria del Ejército Rebelde en la batalla de Las Mercedes, concluida el 6 de agosto de 1958, que posibilitaba vislumbrar su cercano triunfo definitivo sobre la tiranía, la Embajada de Estados Unidos en Caracas –en realidad, la estación legal de la CIA, con sede en aquella Embajada– hizo llegar una solicitud de entrevista, por parte del inspector general de la CIA, Lyman Kirkpatrick, con el representante del Movimiento Revolucionario 26 Julio (mr-26-7) en el exterior, Luis M. Buch, quien radicaba en la capital venezolana. Así empezó a ser protagónico el rol de la CIA para intentar impedir aquel triunfo.
Autorizada la entrevista por el mando rebelde, el Inspector General de la CIA se interesó por un amplio listado de cuestiones informativas, requeridas para planificar las acciones que debían cumplimentar, entre ellas: fuerzas y medios del Ejército Rebelde y sus principales jefes, nexos con otras fuerzas opuestas al batistato, papel de los comunistas en la contienda, y otros elementos.
Uno de aquellos intereses informativos evidenció que la CIA valoraba una mediación latinoamericana, entre el batistato y el mr-26-7, para impedir el triunfo revolucionario. La preparación de aquella mediación fue aprovechada por la CIA, con el objetivo de enajenar toda aproximación positiva hacia los revolucionarios cubanos en los escenarios interamericanos, y lograr su aislamiento internacional.
El interés mediacionista dio sus primeros pasos el 8 de diciembre de 1958, por medio de un llamado del Departamento de Estado a los mandatarios de la región, que instaba a «algún sentimiento de responsabilidad hemisférica en ocuparse de la deteriorada situación cubana, que ha creado problemas humanitarios y complicaciones internacionales».
Además de la respuesta del tirano dominicano Rafael L. Trujillo, que ofreció a su congénere cubano, Fulgencio Batista, 10 000 soldados para apuntalar el régimen, ya en la segunda decena de diciembre, en el seno de las cancillerías interamericanas e instancias de la Organización de Estados Americanos (OEA), comenzó a organizarse una «comisión de mediación». Para integrarla, se nominó al expresidente –y a la sazón embajador de Panamá en la OEA– Arnulfo Arias, y al expresidente ecuatoriano Galo Plaza.
¿Qué argumento se daba para el trabajo de aquella comisión?: impedir el triunfo revolucionario en Cuba, «para prevenir el fuerte derramamiento de sangre que se auguraba con el triunfo rebelde». Aquella argumentación borraba de un plumazo los crímenes de la dictadura, y tergiversaba la finalidad justiciera de la decisión revolucionaria de, tras el triunfo, poner a disposición de los tribunales a sus autores.
La «comisión mediadora» entre el tirano Batista y el mando rebelde era inviable –la reacción de Luis M. Buch ante Lyman Kirkpatrick, el 18 de agosto, así lo había hecho saber–. Sin embargo, el solo hecho de habérselo propuesto garantizaba la diseminación de aquella argumentación entre los gobiernos de la región.
Era una medida encaminada al aislamiento de la Revolución, desde la etapa en que, denodadamente, se trataba de impedir que triunfara. Además, les posibilitó insertar a la OEA, desde aquella fecha, en las acciones contra la Revolución, que al igual que las maniobras del tirano Trujillo, en continuidad ininterrumpida, alcanzarían plenitud y protagonismo en el primer semestre de 1959.
Pero aquella campaña de propaganda no fue solamente enfilada desde diciembre de 1958 sobre los gobernantes latinoamericanos. En la mañana del 31 de diciembre de 1958, ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado, el subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos, Roy Rubbotom, expuso que el triunfo de la Revolución en Cuba intentaba ser prevenido por la OEA, añadiendo el mismo argumento de que ello era necesario para prevenir «el baño de sangre» que acarrearía.
Muchos de los legisladores que lo escucharon se convirtieron, apenas tres semanas más tarde, en tenaces impulsores de las medidas contra la Revolución.
El representante a la Cámara, Wayne Hays, llegó a amenazar, aquel mismo mes de enero, con la suspensión de la cuota azucarera cubana en el mercado estadounidense, de continuar en Cuba el enjuiciamiento de los criminales batistianos en los tribunales revolucionarios.
A UNA MENTIRA, TODA LA VERDAD
De lo expuesto hay mucho para ampliar, ejemplos de la estrecha relación con otros importantes componentes del plan de la CIA, entre ellos el intento de deslegitimación de las acciones del Ejército Rebelde, por medio de la influencia que el diplomático y empresario William D. Pawlwy hiciera sobre el tirano Batista para que abandonase el país. También pudiera hablarse de las numerosas acciones de la estación local de la CIA en La Habana, a fin de que, en ausencia del tirano, ocupase su lugar una «tercera fuerza» que bloquease el acceso del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz al poder.
La campaña propagandística, de demonización e intentos de aislamiento de la Revolución, prosiguió, con amplio despliegue internacional, después del triunfo de enero, y la respuesta más contundente y rápida resultó la Operación Verdad.
Poco se ha destacado que, a pocos días de relevantes éxitos militares en las batallas libradas en los territorios oriental y central del país, capaces de precipitar la caída de la dictadura, la Revolución fuese capaz de ofrecer tan inmediatas y calificadas medidas de respuesta en otro campo, el de las ideas con Fidel al frente.
Andrés Zaldívar Diéguez | internet@granma.cu
20 de enero de 2026 22:01:35

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