domingo, mayo 26, 2019

El universo concentracionario”, una obra clave de David Rousset



No deja de resultar sintomático que la pequeña obra de David Rousset “El universo concentrionario” (escrita en verano de 1945), tardara más de medio siglo en ser editada aquí por Anthropos (con el apoyo del Servicio Cultural de la Embajada francesa Es obvio que bajo el franquismo dicho edición habría sido poco menos que un milagro, sobre todo considerando que su autor formó parte de una comisión internacional que a finales de los años cuarenta se dedicó a investigar el totalitarismo en la España de Franco, contribuyendo en la edición de un Libro Blanco sobre la represión antirrepublicana, cuyo alcance ya había sido denunciando en Francia por autores como George Bernanos, en nada sospechoso de “comunismo”.
Pero más vale tarde que nunca, y ahora se trata de agradecer su aparición, coincidente además con una fase en la que resulta patente la existencia de una creciente voluntad de recuperación de la memoria histórica, incluyendo ni que decir tiene todo lo que significó el “Holocausto”, y la emergencia de una extensa bibliografía presente en las librerías, en la que se incluye la edición del texto escrito del la monumental película de Claude Lanzmann, “Shoah”, así como la edición del texto de Jean Améry, Más allá de la culpa y la expiación. Tentativas de superación de una víctima de la violencia, Pre-textos, Valencia, 2001), ambos también con décadas de atraso. El ensayo de Améry sobre los campos de exterminio nazis, contiene una apretada y lúcida evocación del libro de Rousset, que fue uno de los primeros alegatos y de mayor carga de profundad que se hayan realizado sobre el exterminismo, un tema cuya actualidad histórica marca nuestro tiempo, y lamentablemente, en un sentido mucho más extenso que el que nos trata de encerrar el actual neconservadurismo dominante asentado sobre una única simetría forzada entre el “Shoah” y el “Gulag”, que, entre otras cosas, excluye (y exonera) páginas y páginas de la historia de la infamia, entre las que, a mero título de ejemplo se banaliza todos los horrores del sistema: la trata de negros, la experiencia del “apartheid” en Sudáfrica, o la actuación de los trust farmacéuticos ante el SIDA en el continente africano, etcétera.
Inquieto revolucionario en los años treinta, la década no puede acabar peor. Nada queda de la ilusión revolucionaria que atravesó Francia en las jornadas de junio de 1936, la guerra en España ha terminado con la victoria absoluta del militar-fascismo. Roussett asiste a un tiempo de desesperación cuando en agosto 1939 en que se producen dos hechos importantes: el Pacto Molotov-Ribentropp y la declaración de guerra entre Francia-Inglaterra contra Alemania. Con la ocupación de Francia por el ejército hitleriano. Rousset se enrola en la Resistencia francesa para luchar contra el nazismo, será detenido en 1943, al campo de exterminio de Buchenwald, donde es uno de los trabajadores forzados en una mina de sal y en donde asiste a la aniquilación física y moral de sus compañeros. Liberado al acabar la guerra, en un tiempo de febrilidad extraordinario, redacta esta obra que consagrara internacional el concepto del “universo concentracionario”, que sé publica en París y obtiene el premio Ranaudot en 1946.
Cuando apenas han dejado de sonar las armas, Rousset describe la existencia de los campos de concentración, y su alegato constituye una advertencia sobre hasta dónde puede alcanzar la capacidad destructora del sistema social y, se erige en un modelo que fácilmente se impone en otros ámbitos de la sociedad, en sus más habituales comportamientos de la vida a través del fascismo cotidiano. Como marxista, Rousset encuentra los fundamentos de este horror, no en una ideología abstracta (la locura de una ideología racista como se ha divulgado en el cine norteamericano con más pretensiones), sino en las bases económicas y sociales del capitalismo e imperialismo, cuyas consecuencias permanecen vigentes. Rousset describe con contención y penetración el universo de los campos de concentración, una realidad atroz que se cierra sobre sí misma y que sobrevive en nuestro mundo como un astro muerto y olvidado. Su prosa nos advierte sobre una realidad que cuesta creer, sobre la que no tenemos ni idea, pero que puede alcanzar la categoría de “normalidad” en determinadas circunstancias, como se siguió viendo. Su testimonio está atravesado por una imperiosa necesidad de obligarnos a no olvidar, y de hecho, su vigencia literaria y testimonial ha podido sobrevivir los diversos vaivenes ideológicos de su autor, y ha pasado a ser un clásico inexcusable de la barbarie exterminista.
A lo largo de una densidad descriptiva impresionante, Rousset describe como la muerte habitaba entre los deportados durante todas las horas de su existencia y les mostraba todos sus caracteres. El campo concentrionario era un no lugar donde la descomposición de la sociedad y de todos sus detritus morales se imponían como algo necesario e inevitable. A los deportados se les hizo muy presente como realidad inmediata y, para los supervivientes la experiencia planeó como una sombra amenazante capaz de envolvernos a todos. Pocos de los pudieron regresar, la mayoría fueron destruidos por la maquinaria nazi, algo que Rousset no olvida, de ahí que el libro este dedicado a algunos de ellos como Marcel Hic, Robert Filiastro, Philippe Fournié, que fueron “sus compañeros de lucha”. El primero, Marcel Hic (1916-1944), se había adherido a la Liga Comunista a los 18 años, luego de uno de los animadores de la sección francesa de la Cuarta Internacional, y su principal animador en la clandestinidad. Fue detenido junto con Roussett, y murió en Buchemwald en octubre de 1944. Estos detalles vienen a cuento porque Rousset es presentado meramente en la edición como un “militante político, periodista y escritor”, algo que suena a muy insuficiente.
Dado que se dice tan poco de él, quizás valga la pena anotar que David Rousset, (París, 1912-1997. Estudiante, miembro de los Estudiantes socialistas. Se adhiere en 1934 a la Liga Comunista francesa, miembro del Comité Ejecutivo de las muy activas Juventudes Socialistas del Sena, motor de la tendencia trotskista, será excluido en 1935. A continuación será uno de los líderes de las Juventudes Socialistas Revolucionarias, y luego del Partido Obrero Internacionalista, trabajará como responsable del “trabajo colonial”, dentro del cual será, junto con sus camaradas Jean Rous y Robert Louzon. Hallándose en Fez (Marruecos francés), tratando de crear sobre el terreno un primer brote revolucionario, l le sorprende el golpe militar-fascista en España. Será por lo tanto uno de los “embajadores” del Comité de Milicias antifascistas de Barcelona en vías de llegar a un acuerdo con el Comité de Acción del Marruecos, que representaba el núcleo nacionalista que había luchado por la independencia (cf. Abel Paz, “La cuestión de Marruecos y la República española”, Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo, Madrid, 2000). Esta faceta internacionalista suya permanecerá en no poca medida, ya que a pesar de su evolución hacia el “gaullismo de izquierda”, Rousset permaneció hasta su muerte, ligado a numerosos combates en pro de las libertades, dando pruebas de una constante solidaridad con los pueblos oprimidos.
Al reintegrarse al final de la guerra en la sección de la Cuarta en Francia, será uno de los defensores de unas tesis que proponen luchar por la “transformación” del PC francés, sin duda influenciado por la atracción que alcanzó en este momento dicho partido. En 1946 romperá con el trotskismo (en el que, empero, acabarán militando sus hijos, uno de los cuales, Pierre, es uno de los más conocidos representes de la generación de mayo del 68), animará “La Revue Internationale”, y junto con Jean-Paul Sartre, Albert Camus, André Breton Gerard Rosenthal y Merleau Ponty, entre otras celebridades galas, fue además uno de los cofundadores en 1948 del efímero Rassamblement Démocratique Révolutionnaire, proyecto en el que la evolución “norteamericana” de Rousset sería el principal detonante, y motivo de su disolución.
Poderosamente interesado por lo que está ocurriendo en Rusia, denunciando los campos de trabajo creados por el régimen mal llamado soviético. Entonces, la intelectualidad próxima al PCF lanza una campaña en contra suya en un tiempo en el que el prestigio de este partido resulta impresionante. Rousset consigue superar la embestida, y mantiene su denuncia, ganando un proceso que evidencia la existencia de los campos de concentración en la Rusia soviética. A través de varios artículos y de otro libro, David Rousset denunciará la existencia en la URSS de campos de concentración, una realidad —el Gulag que entonces aceptaban muy pocos.
En dichos artículos Rousset empezó a reunir pruebas sobre el tema, demostrando que un comité especial (OSSO) de la NKVD, recibió en 1934 el poder de sentenciar a todas las personas «socialmente peligrosas) a trabajos forzados, por un tiempo que no podía superar los cinco años. No obstante, el mismo régimen en la edición del segundo volumen de la Gran Enciclopedia Soviética (1947), confirmaba los extraordinarios poderes del OSSO para aniquilar a los disidentes.
La conmoción fue general, y izquierda intelectual no comunista se dividió sobre este problema. Camus escribió en octubre de 1948 que los campos soviéticos eran tan inaceptables como los nazis. Otros, al menos en un principio, evitaron tratar el problema o guardaron un prudente silencio. En Los Mandarines, Debreuilh (Sartre) comenta que única cuestión relevante es sí, al denunciar los campos, se trabaja en beneficio de la humanidad o contra ella. En dicha novela, Simone de Beauvoir presenta el alegato de Rousset como algo incuestionable, otra cosa es que, inmerso ya en una guerra fría en ciernes, admitiera que “el comunismo” fue el enemigo principal.
La crisis de la izquierda independiente se precipitó cuando el 12 de noviembre de 1949, Rousset lanzó un llamamiento a todos los antiguos deportados políticos para que prestasen su apoyo a una comisión de investigación de los campos soviéticos. El PCF contraatacó, visiblemente molesto por la lluvia de críticas que le habían caído por su cansado ya por su actitud contra la Yugoeslavia de Tito y por su derrota en el juicio contra el funcionario soviético Víctor Kravchenko, autor de Yo escogí la libertad, que fue editado con entusiasmo por la derecha, y que en España fue utilizado como una prueba más de que “Rusia era culpable”, pero cuyos testimonios se mostraron como ciertos. El hecho demostraba lo difícil que resultaba mantener a favor de la verdad, en medio de un equilibrio en que los horrores de uno se querían justificar por los horrores de los otros, y en donde una tercera vía como la que había animado al Reassamblement, se mostraría sin posibilidad de continuidad, y por lo tanto, para mantener los ideales que le habían durante su fase revolucionaria, se abría la “travesía del desierto”.
Cinco días después del llamamiento de Rousset, uno de los intelectuales del PCE, Pierre Daix replicó con un largo y polémico artículo en el que le acusaba de “trotskista”, de intentar distraer la atención de las injusticias del mundo capitalista y hasta de fomentar una nueva guerra hitleriana contra la URSS. Daix sostenía sin más pruebas que su fe que en la Rusia de Stalin sólo existía un trabajo correctivo, cuya duración máxima era de un mes, y que sólo podía ser decretado por un tribunal cuyos jueces eran elegidos y revocados por el pueblo mismo, o sea que no era más que una simple cuestión de reeducación. Por supuesto, negaba la existencia de trabajos forzados infligidos por decisiones administrativas, y recordaba a Rousset que él también había estado internado en un campo nazi. Concluía afirmando Rousset era un embustero. Otro abogado del PCF se aprestó a apoyar las afirmaciones de Daix, citando al antiguo menchevique y luego fiscal durante los procesos de Moscú, Vishinsky, quien decía que los tribunales soviéticos eran escuelas de educación guiadas por el espíritu de la “disciplina socialista”.
Esta reacción del PCF hizo que Sartre rompiera su silencio, y en enero de 1950, él y Merleau Ponty se declaraban convencidos de que los ciudadanos soviéticos podían ser deportados sin juicio y sin límite de tiempo, estimando. que el número probable de detenidos era de diez a quince millones. Dicho esto, nadie con un mínimo de rigor intelectual podía llamar socialista a un Estado en el que uno de cada veinte ciudadanos se hallase en un campo de trabajos forzados. No obstante, ambos filósofos estaban persuadidos que los motivos que guiaban a Rousset no eran buenos, y no andaban errado. Extrañamente Rousset había rehusado que se practicasen investigaciones simultáneas sobre las condiciones imperantes en las colonias, en España y en Grecia.
En consecuencia, no hacía sino someterse a la idea del Enemigo Número Uno, y lo hacía admitiendo una vía de colaboración con la CIA, tal como detalla Frances Stonor Saunders cuando trata este episodio en su obra La CIA y la guerra fría cultural (Debate, Madrid, 2001, pgs, 104-105), un episodio en el que, justo es decirlo, Rousset coincidió con parte de una élite izquierdista que furiosa con el estalinismo, entraría en un juego en el unos prosiguieron abandonando todos sus ideales (John Dos Passos, Arthur Koestler), en tanto que otros (como Bertrand Russell o Ignazio Silone) rectificaron y siguieron manteniendo su independencia. Se puede decir que Rousset se mantuvo en un incierto punto medio.
Después de El universo concentracionario, Rousset escribió otras obras, la más ambiciosa de todas fueron los tres volúmenes de “Les jours de notre mort” (1947), así como “Le Pitre ne rit pas” (1948) y “La socíeté éclatée” (1973). Después de trabajar como corresponsal de las revistas estadounidenses tan poco socialistas como Time y Fortune escribió también para Le Fígaro o Le Monde. Durante años mantuvo una ininterrumpida actividad política como diputado y notable detrás de la etiqueta de “gaullista de izquierda”, pero abandonará el partido en 1971, cuando se impuso la línea “liberal” que representaba Pompidou, y abandonó su escaño (1973). El socialista de izquierdas Jean-Pierre Chévenement, le recordaría como “una gran figura de nuestra historia contemporánea ” y como “uno de los pocos que supieron tener una inteligencia inmediata”, en referencia a su temprano y lúcido antitotalitarismo.
Pero también lo pudo citar como representante del desconcierto de una generación que luchó por una revolución cuya referencia inicial –Octubre de 1917-, había acabado por una serie de confluencias –atraso secular con sus potentes tradiciones burocráticas, “Gran Guerra”, guerra civil animada desde el Imperio, aislamiento, etcétera- resultando un universo insoportable.

Pepe Gutiérrez – Álvarez

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